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Historia 126109 — capítulo 13

Disclaimer: Si Luke hubiera quedado vivo, esta historia sería de Rick Riordan. Pero como no fue así… Toca fanfickear, pues.

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Capítulo 12. Día diez: cazadoras.

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Los días que precedieron a la llegada de las cazadoras de Artemisa pasaron en un ritmo al que la rutina no hizo ascuas para acostumbrarme. Levantarme, asearme, adecentar el dormitorio, desayunar, cumplir con la actividad del día impuesta por el estricto horario de Silena. Y entrenarme, por supuesto, todos los días tenía que entrenarme. Todo semidiós que se preste a ser buenamente considerado como tal, tiene que tener al menos nociones de cómo defenderse, más con las incursiones al exterior para dar caza a los monstruosos engendros de los titanes. El esfuerzo físico que realicé durante esa semana me ayudó bastante a calmar la espera; además de que al hacer ejercicio, ejercicio de verdad y no una ilusión de los Elíseos, el esfuerzo me revitalizó tanto por dentro como por fuera. Hasta que, finalmente, el tan esperado día llegó, de la mano del número 355 marcado en la portada del libro / portal que seguía en la mesita de noche.

El día de la llegada de las hijas de Artemisa atardeció claro y con viento, los anaranjados rayos del sol colándose entre las escasas nubes que deambulaban por el turbado cielo. Estaba llevando una pila de platos a la cocina, cortesía del asqueroso horario de Silena, cuando Annabeth salió a saber de dónde y pasó a mi lado como un torbellino, la melena golpeando su espalda por debajo de la gorra azul de béisbol de los Yankees, corriendo, arrastrando del brazo a un jadeante Percy, anunciando en voz alta a cualquiera que quisiera escucharla -o a cualquiera que, como yo, no tenía ningún brazo libre con el cual pudiera taparse los tímpanos- que Thalía había llegado.

Más tarde no pude recordar en qué mesa solté los platos, si es que no me limité a dejarlos caer al suelo. El caso es que, para cuando quise darme cuenta, yo también corría, en post de Percy y Annabeth, hacia la entrada del Campamento 2. Cuando llegamos a la entrada, del sol sólo se vislumbraba la coronilla balanceándose por el oeste, una uña rojiza deslumbrando desde el horizonte. Al parecer, habían llegado en el carro solar de Apolo.

Por más que escudriñé a los recién llegados, no distinguí la figura de un hombre / chico / joven. Todas eran chicas; todas cazadoras. Por lo visto, Apolo llegaba tarde en su recorrido por el cielo, de ahí que sólo hubiera parado para que su carro, transformado a saber en qué estilo de coche o autobús, expulsara una veintena de cazadoras de su interior, antes de reemprender su diaria e incambiable marcha en dirección al oeste. Pronto, las hijas de Artemisa anduvieron por todas partes, portando sus arcos, sus petates y sus plegadas tiendas de campaña de las que, por lo visto, jamás se separaban. Aunque no encontré a Apolo, sí hallé a quien más me interesaba encontrar. Estaba ahí. Realmente Thalía estaba ahí.

La reconocí de inmediato. ¿Y cómo no hacerlo? Era hermosa. Había visto mujeres hermosas, amén de la diosa Afrodita, y conocía a otras tantas que no se quedaban atrás, independientemente de que fueran mortales o semidiosas. Sin ir más lejos, Silena era bella, Annabeth indiscutiblemente guapa. Pero thalía... La lengua se me quedó pegada al paladar mientras la observaba. Sentí que algo extraño me cosquilleaba en el pecho mientras la boca se quedaba sin su dosis de aire y oxígeno. Tragué saliva. Thalía tenía una pálida piel marfileña que ofrecía un marcado contraste con sus ojos azul eléctrico y su cabellera negra como el ala de cuervo. Seguía teniendo el pelo corto y oscuro, aunque le había crecido bastante y ahora su cabellera, negra como la noche, se abría en un rizoso abanico por encima de los hombros, y las hermosas pecas que rodeaban graciosamente su nariz parecían haberse multiplicado por cien desde la última vez que nos habíamos visto.

Tragué saliva, maravillado por lo que veía. Thalía era de complexión ágil y fuerte, como una corredora de atletismo, un cuerpo espigado y esbelto. No llevaba su habitual ropa de estilo que iba a medio camino entre el punk y el gótico. Iba completamente de cazadora, lo que significaba que estaba ataviada con una parca plateada, unos vaqueros sueltos, y una fina capa de un color verde oscuro grisáceo que se hubiera confundido con el follaje y las sombras si se estuviera quieta en el sitio, inmóvil y al acecho.

Desde donde estaba, vislumbré, admirado, cómo los últimos rayos del sol volvían su iris de un azul asombroso, más intenso incluso que el azul eléctrico habitual en los que tantas veces me había perdido.

Los campistas habían formado un corro de bienvenida alrededor de las cazadoras de Artemisa. Aunque no se llevaban muy bien con las chicas, la hostilidad y enemistad mostrada a los chicos era más evidente y manifiesta. Miraban a los chicos de forma furibunda, como si los pobres fueran los culpables de todos los males que habían acaecido en el mundo.

Uno de ellos, incluso, se atrevió a ofrecer su escultural brazo -palabras textuales, eh- como ayuda a una de las cazadoras. Todas dieron un paso simultáneo hacia atrás como un enjambre ante aquella oferta, los ojos relampagueantes, los dedos volando diestros a las cuerdas de sus arcos, las miradas afiladas en silenciosas promesas de asesinato. A partir de ese momento, se agruparon de forma más prieta entre ellas, alejándose todo cuanto les era posible de los varones, cual personas huyendo de la peste.

Sólo Thalía permaneció en el sitio, aunque le lanzó una mirada de advertencia al mestizo en cuestión que había tenido la osadía de ofrecerse como ayudante. Seguí aproximándome a ellos con disimulo.

Sin embargo, cuando ya estaba cerca del tumulto formado, me embargó un absurdo temor. ¿Y si Thalía tampoco me reconocía? ¿Y si sólo hablaba mi deseo de que lo hiciera y no la verdad, que no era otra que el error de los dioses sobre la elección del mestizo implicado? Nervioso, tragué saliva, y me obligué a poner un pie delante de otro. De todas formas, tuve que comedir mis nervios y entusiasmo. Para todos los ahí presentes, yo era Lucy, una recién llegada que jamás había conocido a ninguna de las hijas de Artemisa, por lo cual no podía abalanzarme sobre ellas y abrazarlas, como tan entusiastamente tenía intención de hacer Annabeth.

Desde una línea discreta, a pocos metros de donde los mestizos daban la bienvenida a las recién llegadas, observé como Thalía bajaba con celeridad los escasos peldaños de la entrada principal para correr al encuentro de sus amigos. Saludó a Percy, a Beckendorz y a Chris con castos besos fraternales en cada mejilla (cosa harto extraña teniendo en cuenta que la chica no dejaba de ser una cazadora del bando de Artemisa), aunque también regaló un amistoso abrazo a Percy, y luego se unió de buena gana al abrazo asfixiante de Annabeth, quien tenía los ojos anegados en lágrimas de euforia. Sostuvo la mano de Clarisse y la agitó con tanto vigor como después fue recompensada su mano; chocó las palmas y no sé qué otros códigos de dedos y manos con Silena, y luego volvió a estrujar a Annabeth en otro nuevo abrazo. A juzgar por los temblores que las agitaban a las dos mientras aún permanecían entrelazadas, al menos una de ellas sollozaba de la emoción, si es que no lo hacían las dos.

Poco a poco y una vez se hubieron intercambiado los saludos de cortesía y rigor, los campistas se fueron dispersando por el campamento como si hubieran perdido todo interés en las recién llegadas... O, bueno, mejor dicho, como si se hubiesen dado cuenta de que la cortesía estaba cumplida y no estuvieran dispuestos a mostrar más apego del que fuera preciso y necesario.

—Recordad vuestra promesa —advirtió Thalía a sus cazadoras, antes de que éstas comenzasen a alejarse de donde ella aún permanecía abrazada a Annabeth, y se adentrasen más en el interior del campamento—. Sigue siendo vuestra vida.

Silena chasqueó la lengua, fastidiada; Clarisse soltó un resoplido entre burlón y desdeñoso. Las cazadoras hicieron caso omiso de esas muestras, aunque no se molestaron en explicar a quienes les preguntaban en murmullos qué demonios significaba esa palabrería. Algunos -todas chicas, por supuesto- acompañaron a las hijas de Artemisa a la casa reservada para ellas, y otros regresaron a sus propias tareas y ocupaciones que habían interrumpido con la llegada de las cazadoras. Al rato sólo quedaron en la entrada Thalía y un pequeño coro de campistas formados por Annabeth, Percy, Chris, y otros cuantos más.

Di un paso hacia enfrente. Me notaba el pulso en la oquedad de la garganta. Me arrimé más a ellos. Sentía un nudo prieto en la boca del estómago. Otro paso más. Más arriba del estómago, las mariposas jugaban a ver cuál de ellas aleteaba de forma más furiosa. Los semidioses del campamento me daban la espalda, incluso Annabeth. Thalía, no. La hija de Atenea le susurró algo al oído a ésta última; mientras ambas se reían por lo musitado por la rubia, ella miró por encima del hombro de Annabeth...

... Justo donde yo me encontraba.

Sus ojos pasaron por encima de mí, como si su cerebro no hubiera procesado mi presencia, pero tan pronto como se alejaron, volvieron veloces a mi figura, a mi rostro, a mis ojos. La conexión fue tan intensa que me pareció que mi propio yo se perdía en esa mirada. Sentía la sangre murmurando en los oídos, la saliva reseca en la boca, el mundo congelado a nuestro alrededor. Yo era Thalía. Ella era yo.

De repente sentí que el aire rielaba entorno a mí, como si yo mismo fuera algo insustancial, inmaterial; me sentí ondear como una mácula se ondea ante el abrasador calor. Imaginé lo que estaría viendo en esos momentos Thalía: Una chica de pelo y rizos cobrizos y cara ovalada, cuya imagen tremulaba constantemente como una onda del agua al caerle un guijarro encima, hasta centrarse en la de un chico alto de pelo rubio y rostro inolvidablemente familiar. Mientras sus ojos azules me clavaban en el suelo traspasando neblina, ropa, piel y alma, me asaltó el convencimiento de que la conocía desde siempre, daba igual las vidas que viviese; que ella siempre había sido y sería una parte esencial de mí mismo, que sus necesidades eran las mías, sus dichas mis felicidades, su dolor mi propia agonía.

Los ojos azules de Thalía me contenían en el sitio con la misma firmeza con la que el huracán contiene en el aire las alas de una mosca. Busqué sus ojos como si fueran el reflejo desnudo de mi alma, tratando de hallar en ellos la respuesta que siempre había tenido reservado para mí, sólo para mí: su incondicional afecto. Miedo, dolor, incredulidad y absoluto desconcierto fue todo cuanto encontré en ellos.

—Estoy aquí, frente a ti, para redimirme y ganarme de nuevo tu perdón

—pensé en mi foro interno con la mente repentinamente clara y despejada, y juro que jamás había dicho ni pensado algo más en serio.

Una repentina oleada de aire se levantó y revolvió los negros cabellos de Thalía, metiéndose por delante de sus ojos abiertos como platos. Una bocanada de viento que iba en dirección contraria a mí, de tal forma que no estaba destinada a romper mi disfraz femenino. Ella se apartó los cabellos de la cara con un ademán impaciente, como si temiese que los mechones le estorbaran la vista y que yo desapareciera de su punto de mira movido por el pequeño soplo de aire. Pero para cuando se disipó la repentina y pequeña corriente y ella volvió a buscarme, ansiosa, la conexión entre ambos ya se había roto.

Qué oportuno, el viento... Y qué poco ocurrente, el señor y celoso padre Zeus.

Thalía se quedó rígida entre los brazos de Annabeth; los labios le temblaban, y su expresión era casi enloquecida, como si estuviera viendo a un fantasma. Annabeth se apartó de su amiga, preocupada por su repentino cambio de humor y sus visibles temores

—¿Th—¿Thalía?

La aludida se volvió hacia Annabeth, como si su voz fuera el lazo a la realidad. Cabeceó con un ademán rígido hacia mi dirección. Annabeth se volvió hacia donde su amiga inquiría una explicación; fue ahí cuando me vio. Se acercó a grandes pasos, me agarró de la mano y me tiró hacia adelante, hasta pararme justo enfrente de la cazadora jefe.

—Thalía, te presento a Lucy. Es una recién llegada en el campamento; apenas lleva una semana con nosotros. Lucy —continuó Annabeth, completamente ajena a la agitación que me embargaba—, te presento a mi mejor amiga, Thalía Grace. —Enlazó el brazo entorno al brazo de Percy—. También es la jefa de las cazadoras de Artemisa, tú que preguntaste por ellas la otra noche.

—¿Luc—Lucy?

Casi sonreí al ver la perplejidad desmesurada del rostro de Thalía. Me miró, y luego a Annabeth. Me miró, y luego a Percy. Me miró, y luego a todos, simultáneamente, intercalando mi rostro con los semblantes de los demás semidioses, las lejanas casas, el entorno mestizo y campista que nos rodeaba. Era evidente que no sólo no daba crédito a sus ojos; tampoco entendía la actitud tranquila y normalizada de Percy, Annabeth, Chris y los demás.

Thalía abrió la boca... Y en ese momento, se oyó el sonido inconfundible de una revuelta. Gritos, exclamaciones malsonantes, chasquido de arcos al tensarse... Todos se volvieron hacia el interior del campamento, de donde procedía el barullo. Sin dedicar dos miradas en mi dirección, Percy, Annabeth, Chris y los demás corrieron hacia el lugar de donde procedía la sonora discusión. Como jefa de sus cazadoras, Thalía también tendría que haber ido a ver qué sucedía. Pero ella no se movió.

De pronto fui consciente de que estábamos momentáneamente solos. No había nadie alrededor nuestro en una treintena de metros, por lo menos. Me adelanté, decidido. Thalía dudó, pero luego ella también avanzó, removiendo el polvo del suelo con sus zapatos de montaña al dar el primer paso y levantándolo aún más con los siguientes que dio... Y avanzó... Y avanzó...

Estuvo junto a mí en pocas zancadas. Una vez frente a frente, alzó una mano y, con dedos temblorosos, arrastró la yema de los dedos con suavidad sobre mi rostro. Me palpó las mejillas, las cejas, el puente de la nariz, los párpados, los labios.

—Eres tú —susurró, temblorosa. Sus intensos ojos azules rebosaban incredulidad; en sus labios planeaba la sombra de una sonrisa desfallecida—. Dioses, no me lo estoy imaginando, no me he vuelto loca. Eres tú de verdad.

Si a distancia me había parecido hermosa, ahora que la tenía casi pegada a mí, la veía más hermosa aún si cabe.

—Sí, soy yo —confirmé, la voz enronquecida, el alma en un vilo. Apoyé la palma de las manos en sus hombros, tocando su textura, sintiendo el calor que emanaba de su piel cálida, oliendo su fragancia única, rozando su oscuro pelo de ala de cuervo—. Soy yo.

Thalía delimitó el contorno de mi cuello, los rubios mechones que se resistían a abandonar por completo mi frente, la tangible dureza de mis hombros. Unidos, yo a sus hombros, ella a mi rostro, me volví a perder en sus ojos. Intenté transmitirle todas las emociones contenidas que el nudo de mi garganta me impedía decir, lo que la constancia de mi jadeante aliento no llegaba siquiera a insinuar.

Estábamos muy cerca, casi pegados. Me incliné sobre ella, bajando la cabeza; ella apoyó una mano contra mi pecho y arrimó su cara a la mía. Talía no apartó en ningún momento los ojos de los míos. Parecía querer cerciorarse, con todos sus sentidos, de que yo estaba ahí, de pié, vivo, de que realmente era tangible, existencial, accesible.

—Sí, realmente eres tú —musitó al cabo de no sé cuanto tiempo—. En verdad eres tú.

Estaba sollozando. Se apartó un paso, agitada. Y, de pronto, sin que en su semblante aflorase el más leve cambio o indicio de lo que iba a hacer, me abofeteó de lleno en toda la mejilla.

La sorpresa fue tan grande que sólo atiné a quedarme ahí de pié, incrédulo, estupefacto, mirando de hito en hito su otro brazo que se retiraba, alzado, para cobrar impulso, mientras los dedos de la misma mano se curvaban hacia adentro...

Lo último que vi antes de que mi visión se fragmentara en numerosos y dolorosos puntitos luminosos, fue un puño que volaba con furiosa celeridad hasta enterrarse directa y profundamente en mi nariz.

-…-…-

¡Je, je, je! ¿qué pensaban, que iban a besarse? ¿Eh, eh, eh?

Me lo he pasado en grande imaginándome esa última escena -qué mala soy- ¿vosotros no?

¡Pobre Lucke! Menuda muestra de reconocimiento le ha dado la señorita Grace, jajaja. (Y lo que le queda, xd). Teniendo en cuenta el carácter tan arisco que la chica se gasta cuando habla con Percy... creo que Thalía reaccionaría exactamente así, ¿no creen? (Además que el chico ya puede ir dando las gracias porque el encuentro no haya terminado con él cayendo espaldas al vacío, como ocurrió en el tercer libro, xddd).

Teniendo en cuenta el largo de los tres últimos capítulos, este puede resultar hasta corto y todo. Pero no... Casi tres mil palabras, la cifra media de los demás capis.

En fin, ¡espero que os haya gustado! Y que no critiquéis mucho a la pobre Thalía. (Reconozcámoslo; por esta vez, Luke/Lucy se lo merecen... Algo, al menos, jajaja).

Bueno, y ahora sí. ¿Comentarios?