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Historia 126109 — capítulo 12
Disclaimer: Tengo tanto parecido a Riordan, como Cronos de humano y bondadoso. ¿No verdad? Pues eso.
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Capítulo 11. Día cinco: la primera danza.
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Cuando desperté al día siguiente, la luz viva de la mañana entraba oblicua por la ventana. Demasiada claridad para el inicio de una semana que se perfilaba tediosa por su larga espera. Mi mente se desprendió de la confusa oscuridad del sueño sin sueños en el que había estado dormitando. El mundo dejó de ser confuso y adormecido; pareció hacerse un hueco en el despertar de mis sentidos mientras me incorporaba levemente de la almohada. Todavía sentía las manos arrugadas, de las pilas y pilas de platos con las que, a solas en la cocina con los platos sucios como única compañía, me las había tenido que ver la noche anterior.
Me consolé pensando que al menos ese trabajo sucio me había servido de perfecta excusa para no tener que presentarme en la fogata nocturna, porque de lo contrario habría sido un desastre... Ahí, delante de todo el campamento mestizo 2, el fuego a la espalda, las miradas enfrente... La desaparición del disfraz de la niebla de los dioses habría sido el menor de mis fracasos, vamos. Me quité de encima la manta de noche, y, bostezando, me encaminé al servicio para lavarme la cara y asearme.
El baño era un cuarto redondo, bastante común y corriente, en comparación con lo que había resultado ser la decoración de la habitación y el resto de la casa. No había ventanas. Las paredes eran azulejos. Tenía una bañera alargada, una taza de váter arrimada a un pequeño armario de compartimiento triple, un bidet, un lavabo junto al cual aguardaba un toallero, y un espejo cuadrado que se pendía sobre el lavabo. Abrí el grifo del lavabo, que era de mango giratorio en lugar de rueda, como suele ser generalmente en los baños, y me incliné para despejarme la cara con el agua. Entonces fue cuando vi el rostro que se asomaba por el espejo.
Lo primero que pensé fue que había alguien detrás de mí, espiándome. Pero cuando estaba a punto de girar en redondo, el susto galopando con fuerza en la garganta, me acordé de que se suponía que esa chica de rostro ovalado y bucles cobrizos que me observaba desde el espejo no era otra persona más que yo mismo. El deseo de hacer desaparecer ese rostro femenino para siempre de mi memoria me impulsó a lavarme la cara tan deprisa como jamás lo había hecho en toda mi vida. Lo único que quería era salir pitando de ahí lo antes posible.
Cuando salí de la ducha, me sentía más que preparado para enfrentar el día. Mientras me secaba, observé de reojo mi cuerpo desnudo en el espejo. El sobresalto fue mayor cuando lo que constataron mis ojos no fue el cuerpo desnudo de un chico, que bah, sino el de una chica... Aparté a un lado la mojada toalla y bajé la mirada por mi cuerpo, asustado de que hubieran desaparecido mis atributos masculinos. Había ciertas cosas, desapariciones, por las que un chico no estaba dispuesto a pasar. Y la ausencia de cierto órgano entre las piernas, era una de ellas. ¡Vamos, ni por todas las profecías del mundo iba a tolerar aquello! Lo que vi, no obstante, me dejó tranquilizado. Muy, muy tranquilizado.
Seguía teniendo el torso musculado, más pálido que propiamente tonificado; unos hombros altos y relativamente anchos; unos abdominales marcados de forma pasable; piel blanca, tersa con cicatrices en alguna que otra zona; vello fino y rubio que comenzaba bajo el ombligo y se perdía más allá... Alterné la vista del espejo a mi cuerpo, de mi cuerpo al espejo... Era lo más raro que jamás había visto, y creedme cuando os digo que he visto cosas bastante raras. Y, sin embargo, no podía negar que en el fondo -y no muy en el fondo- sentía una manifiesta curiosidad. Y quería saciarla. ¿Y qué mejor forma de hacerlo, que sacando provecho a mi aparente cuerpo femenino?
Durante un instante me debatí internamente en si debía hacer lo que mi ocurrente mente deseaba que hiciera, o en si debía dejarme de esas cosas y reprocharme a mí mismo por semejantes pensamientos impuros. Pero, oh, venga, vamos. ¿Cuántas oportunidades hay en la vida de un chico para toquetear sin tapujos a una chica? En la mía, ninguna, y estoy seguro de que vosotros también sentiríais curiosidad si estuvieseis en mi lugar. Nunca había llegado tan lejos con una chica (en una vida había muerto demasiado joven, y en la otra, la más reciente, había estado ocupado ayudando a Cronos a preparar una guerra contra el Olimpo,como para dejar mucho sitio a esas necesidades carnales), como para poder observarla en toda su desnudez. Y el cuerpo femenino que se me presentaba enfrente era un digno y claro ejemplo de esa desnudez femenina recreada tantas veces en mis fantasías más nocturnas.
Así que, muerto de curiosidad, bajé los ojos por el cuerpo de la figura del espejo y vi el nacimiento de unos blancos senos que resaltaban contra la toalla roja que se ajustaba entorno a la cintura. Sonrojado pero decidido, dejé que la toalla resbalase del todo hasta el suelo. Los senos del espejo -y menudos senos, dioses- subían y bajaban a un ritmo acelerado que denotaba la excitación del momento. Con un ramalazo de adrenalina, alargué la mano y...
... Y ahí no había nada. Nada, más que un pecho plano, pectoral y más pectoral. ¿Cómo…? ¡Menuda decepción!
Con una fuerza más desmedida de lo que seguro, era recomendable, volví a llevarme la mano al lugar donde, según muestras del espejo, había un seno izquierdo con pezones duros por la humedad del agua de la ducha. Lo único que encontré fue una tetina masculina que, en comparación con lo que yo deseaba palpar, era toda una desilusión. Fruncí el ceño... Y la chica del espejo también lo frunció. Ladeé la cabeza de derecha a izquierda, de arriba a abajo... Y la chica la movió al mismo tiempo que yo. Me llevé las manos a la cabeza para palpar la ondulación de los largos bucles... pero me quedé a medias, acariciando un mechón corto de color amarillo y más que liso. Estaba contemplando nada más que una imagen ilusoria; una imagen que hacía todos los movimientos, acciones o expresiones que esbozaba yo, sí, pero que no tenía ni mis rasgos, ni mi persona. Un buen reflejo, eso era todo. Una simple imagen, nada más.
—Bueno —me dije en voz alta—, tendrás que buscarte otros pechos que tocar, Luke. Estos, por lo visto, no son para ti, aunque sean tuyos.
**.
Una vez en el comedor, cada uno se sirvió lo que le apetecía. Yo me conformé con un plato de bacon, huevos revueltos, tostadas untadas con mermelada de limón, dos manzanas y una buena taza de leche caliente. No era mucho, pero seguía con mi norma de no empezar el día con el estómago muy cargado. Para desayunar, prefería las cosas ligeras. Y sí, aunque creáis que comer eso en conjunto no es nada ligero, comparadlo entonces con los platos de chuletas de cordero con patatas al vapor que comía Beckendorz, o con el costillar con salteado de verduras que los hermanos Travis y Connor Stoll se estaban metiendo animosamente entre pecho y espalda, y luego decidme si mi desayuno es ligero o no.
—¿Es que nadie recuerda lo saludable que es desayunar con una simple, buena y nutritiva taza de cereales? —Oigo quejarse a mis espaldas a Katie Gardner, la que una vez fue jefa de la cabaña de Démeter—. ¡Deberían cuidar más y mejor su salud!
Me senté junto a Percy y Annabeth, algo que, sospecho, a este paso, se convertiría en una costumbre. Una buena costumbre, porque había vuelto a congeniar muy bien -y esta vez de verdad- con Percy, y, Annabeth, aunque a veces tenía extraños gestos celadores hacia Percy y otras veces me lanzaba miradas torvas que, por más que lo meditaba, no lograba entender, seguía siendo la chica inteligente, la maravillosa amiga que tuve la desfachatez de fallar.
Unas sillas más allá, Clarisse hizo una mueca al ver cómo Travis se llenaba sin remilgos los carrillos de la boca. A pesar de que había considerables centímetros de madera entre ambos, la chica parecía temer que las mandíbulas del chico expulsaran de entre sus garras y en cualquier momento a la cara algún trozo de carne rezagada, ya que su asiento coincidía justo enfrente del de Stoll.
Después de desayunar, Annabeth y Percy me condujeron a la sala establecida como sitio de entrenamiento. Era la casa central, situada a la cabecera del semicírculo. La zona de las casas brillaba como la arena bañada por los rayos del sol. La atmósfera era cálida, fresca, y la brisa leve que agitaba las copas de los árboles arrojaba tanta hojarasca por los aires, que tuvimos que entrecerrar los párpados para evitar que se nos colasen en los ojos.
La casa por la que entramos, que se encontraba a la cabecera del semicírculo formado por el resto de veintena de las demás casas, era una estructura baja de piedra con betas azules, blancas y rojas, que refulgían al amparo del radiante sol matinal, provocando que la policromía hiciese resaltar el bajo edificio sobre el resto del paisaje que lo rodeaba; además, poseía una arquitectura adintelada a dos aguas que formaba un triángulo frontón en la parte más menor de la fachada, cuyos ángulos y vértices, a su vez, estaban decorados con ricas y exquisitas esculturas pintadas a relieve de los diferentes dioses del Olimpo en sus poses o habilidades más aclamadas por las leyendas de los mortales, mostrando una vez más la interaccionada relación existente entre los elementos divinos y los elementos humanos. La primera estancia que se intuía desde el corredor central era una doble sala, de dimensiones equilibradas y proporciones armoniosas, de planta rectangular y columnas y altitud bastante envidiable a la de un gigante, y eso sin contar con el techo que se sostenía con columnas centrales de mármol blanco, que sobresalía muy por encima de las paredes y que, aunque decoroso, desde la altura en la que yo lo contemplaba, boquiabierto a las mismas puertas de la entrada, parecía un lejano paraguas transparente; estaba orientada de este a oeste, con la entrada hacia el este, como tan bien sabía que se caracterizaron los templos griegos de la antigua y esplendorosa Atenas.
Tenía varias columnas alrededor y seis más al frente, tres escalinatas en cada extremo que no me dio tiempo de discernir hasta donde desembocaban, ya que mis ojos se posaron pronto en la presencia de un fulguroso fuego interno que brincaba alegremente en unas brasas colocadas sobre un altar de plegarias. Del umbral de la puerta se despedía la fragancia del incienso al quemarse, el reflejo destellante del arco iris de las velas de colores haciendo que los rostros de las afanosas estatuas cobrasen vida, expresión. La imponencia del altar con incrustaciones de piedra llegaba incluso hasta el dintel de la puerta que era donde estaba yo. Una vez más, no pude más que maravillarme del buen acierto de Annabeth.
—Grover dice que fuiste tú quien realizó el diseño de estas casas —musité, volviéndome hacia ella, admirado—. Déjame decirte que es maravilloso, sencillamente.
Annabeth se sonrojó. Tenía un sonrojo bonito, chapetas rojas dando color y vida a su rostro. Aunque la sonrisa que planeó por sus labios era modesta, en sus ojos grises brillaba la autocomplacencia y el orgullo merecido.
—Del mismo modo en que los dioses estuvieron siempre presentes en la vida olímpica de los griegos de antaño, el templo es, más para nosotros los mestizos, una construcción abierta y cerrada, donde tanto el interior como el exterior interactúan entre sí, simulando el papel de intervención del Olimpo en las vicisitudes humanas.
No había entendido ni papa de todo cuanto había dicho Annabeth; pero asentí igualmente de buena gana, porque el entusiasmo y profundidad con el que hablaba la chica era hasta contagioso. Después de conocer el templo, anduvimos aún más por el interior de la casa. Torcimos a la derecha y ascendimos por unas cortas escaleras, aproximándonos a un armamentado cuarto del que emergían fuertes sonidos de lucha, gritos de postura y corrección, alaridos de embestidas, y el clamor del acero contra el acero.
La sala reservada para los entrenamientos era una estancia rectangular y muy espaciosa cuyas paredes, de un blanco inmaculado, estaban llenas de alargados barrotes de madera por los que algunos mestizos ya escalaban, y por dispares armas, y cuyo suelo forrado estaba plagado de pistas de obstáculos. Aquí y allí se podían distinguir lanzas, hachas, arcos, espadas, cuchillos... La luz del sol entraba a raudales en toda la estancia, debido a la claraboya de grueso cristal transparente que dominaba el techo de arriba. Al parecer, ahí, ni de noche ni de día, ni con lluvia ni con truenos llegaba a alumbrar la luz artificial.
Percy y Annabeth se marcharon de la sala de entrenamientos tan pronto estuvieron convencidos de que sabría volver por mí mismo a mi casa correspondiente. Una vez estuve solo, dediqué una ojeada circular a mí alrededor. Clarisse, como la encargada de entrenamientos que era, ya se hallaba presente, rodeada de otros mestizos que la prestaban bastante atención. Con cuidado de no interrumpir ninguna lección, me acerqué despacio hacia ellos. Clarisse les enseñaba tanto técnicas de lucha como tácticas de supervivencia, así como trucos para construir refugios en medio de un claro, paraje boscoso o cualquier otra zona poco hospitalaria que permaneciese al amparo de la naturaleza. Luego les ordenó que se agrupasen en grupos de cuatro y que practicasen entre sí. Cuando el sonido de las armas al chocar comenzó a vibrar con más fuerza por toda la estancia, la robusta joven se volvió hacia mí e inquirió:
—Y tú, ¿qué tan buena eres con las armas?
No titubeé.
—La mejor —dije sin pararme a recapacitar, pensando más en mis dotes en la batalla de los titanes que en cualquier otro combate—. Soy muy buena con ellas, sobre todo con las espadas.
La chica me observó fijamente durante un largo momento, la ancha frente sudorosa, los labios firmemente apretados en una pálida línea blanca, los ojos llameantes..., los pensamientos internos herméticamente cerrados a miradas aviesas de mirones como yo.
—Recoge la espada —ordenó Clarisse mientras lanzaba al aire la primera espada que encontraron sus manos—. Vamos a ver qué tan buena eres.
Aceptando el desafío, me adelanté y conseguí agarrar al vuelo el arma. Tenía la empuñadura desgastada, la hoja envejecida, pero el filo seguía siendo tan afilado como una hoja de amolar, como lo era cualquier otra espada esplendorosa. No fue hasta que noté el frío tacto del acero en la mano, su dureza afilada, cuando me di cuenta de lo mucho que había echado de menos esto.
—¿Y a quién voy a vencer? —inquirí—. ¿A ti?
Clarisse hizo un ademán de rechazo con la mano.
—Poco a poco, Lucy, poco a poco. Puedes alardear de tus habilidades con las armas...
—Yo no alardeo —la corté con sequedad—, aviso, que es distinto. Las tengo, soy sincera.
—... Pero no puedes alardear en cuestión de demostraciones —continuó hablando Clarisse como si yo no la hubiera interrumpido—. Dejémonos de palabras. Pasemos a la acción. —Me miró fijamente mientras hacía un gesto a los hermanos Stoll para que se adelantasen—. Ahora veremos cuanta sinceridad esconde tu chulería.
Con una imperiosa mirada, ordenó a los dos chicos que traspasaran la línea divisoria que marcaba el área y que se introdujeran de inmediato en el ámbito de pelea.
—¿Preparados? —Los tres asentimos—. ¡Adelante!
Todos los entrenamientos habían cesado de repente. Todos nos miraban. Alcé el arma y di un paso hacia el frente. Ninguno de los hermanos tardó en venir a mi encuentro. Los dos embistieron contra mí con toda la fuerza que pudieron reunir sus brazos, sus piernas y sus pisadas. Gran error. Sonreí. Había bailado esa danza demasiadas veces, como para no saber que el truco para vencer no estaba en la rabia del principio del ataque, sino en el autocontrol de las emociones.
Empecé despacio, buscando mi propio ritmo, dejando que fueran los propios movimientos de la grácil danza de acero quienes marcasen el ímpetu con el que mi arma les respondiera. Mis manos hablaron entre sí en una muda coordinación de movimientos. Mis pies sincronizaron unos pasos de equilibrio en la defensa. Mis respuestas corearon a las evasivas, defensa y contragolpes. No era un baile de la muerte, era una danza de sondeo. En medio de las muchas miradas, sin poderme controlar por más tiempo, dancé con el sonido de las armas. Dancé con el acero de los Stoll.
Dancé con el pasado.
··.
Vuelve a ser pequeño. No sabe cuantos años tiene exactamente. ¿Cinco? ¿Cuatro? Ha perdido la cuenta. Está tumbado boca arriba sobre un prado verde. El sol le guiña amistosamente desde el cielo despejado, los árboles susurran arrullándole desde el zarandeo suave del viento en sus frondosas copas. Hace calor. Mucho calor, pero permanece tapado con gruesas mantas hasta la barbilla, haciendo caso omiso del sudor copioso que gotea por su frente.
Hay una mujer sentada junto a él en el prado de hierbas secas, las piernas cruzadas, la manta echada a la espalda como una capa, las manos enredadas en su enmarañado cabello rubio. Tiene el pelo largo, los ojos anormalmente brillantes, el rostro surcado de las primeras señales del paso de la edad. A pesar de lo mucho que brilla, a pesar de que su fulgor puede competir dignamente con el amarillo de la bola de arriba, el niño los sabe tristes, pensativos, retraídos en imágenes que sólo ella puede vislumbrar, aun sin tener la vista clavada en su mirada. No necesita el contacto visual. El leve temblor de sus dedos que acarician metódicamente sus cabellos lo delatan. No sabe si la mujer pretende tranquilizarle o tranquilizarse así misma. La sonrisa que maniata sus labios es permanente; jamás vacila, jamás se extingue. Siempre amplia, abierta, tan permanente como rota, amarga, loca.
Sus dedos, blandos, pequeños, infantiles, juegan con el bolígrafo que meses atrás ella le regaló, advirtiéndole de su peligro, convidándole a usarlo sólo en casos de emergencia. Es un bolígrafo, un simple bolígrafo de nada, pero ella se ha empeñado en reiterarle que es el arma idónea que puede llegar a salvar su vida algún día. Ella le ha confesado a quien perteneció, quién se lo dio. En los días felices, que junto a esa mujer que le ha obligado a arroparse con una gruesa manta en pleno verano cada vez son más contados, el niño juega a que el objeto, de tinta azulada, son palabras que se deslizan por una lengua divina; mensajes secretos de amor que llenan la palma de sus manos, los poros de sus brazos, de sus piernas, de su cara. El roce puntiagudo del bolígrafo en su piel son los besos paternos que recibe por portarse bien.
En los días contados en que se enfada, lanza el objeto lejos, muy lejos de sí, enfadado, incomprensivo, asustado, deseando que la azulada cabeza de suave plástico del bolígrafo sea el rostro de un hombre, el punto débil de un dios, el llamamiento a reaccionar de un padre. Su padre. Hoy juega con el boli, apretando, sacando y metiendo la punta, apretando, sacando y metiendo la punta, pero en sueños, por las noches, se abraza al objeto, acuna sus pesadillas, su soledad, sus silenciosas preguntas con el tacto frío del objeto contra las húmedas mejillas. El niño que físicamente es, quiere decir algo a esa mujer, hacerle unas cuantas preguntas sobre su padre, pero el joven que ya es, el adulto que a tan temprana edad comienza a ser, le insta a guardar silencio, a un "no puedes, no puedes, no puedes". La mujer comienza a hablar en un tono dulce, demasiado meloso para su gusto, del bebé que fue, del bebé que es, del bebé que siempre será para ella.
—Eres especial, mi pequeño, mi Luke —le dice mientras los ojos le brillan con mayor intensidad debido a las lágrimas contenidas, y le quiebra la voz—. Nunca lo olvides, mi niño, eres especial. Tampoco te olvides de que te quiero, de lo mucho que te quiero. Mi bebé, mi ángel, recuerda siempre que mamá te quiere, que papá te quiere.
La irritación trepa por su estómago, pero él lo rechaza de un sopapo. Se acurruca junto a la mujer, utilizando su olor familiar, el tono melodioso de su voz, la certeza de su amor, como el bálsamo para aplacar los sentimientos negativos que se despiertan en él a la mención de ese llamado padre. Pero, repentinamente, ella calla. Se lleva las manos a los oídos y empieza a balancearse adelante atrás, adelante atrás, cada vez más rápido, cada vez más desesperada, cada vez más asustada. El niño quiere levantarse del suelo para ayudar a calmarla, pero ella echa las dos mantas sobre él, en una protección precipitada e inútil. Cuando consigue emerger finalmente del manojo de mantas, nota un olor acre que inunda sus fosas nasales. Asqueado, se frota la nariz con fuerza, como queriendo disipar el mal olor a punta de refregonzazos con el dorso de la mano. Busca con la mirada a la mujer, pero lo único que encuentra es un monstruo, una criatura sacada de las páginas más fantasiosas y horribles de los cuentos para asustar a los niños.
Pero él no es un niño, se dice, él no puede permitirse asustarse y flaquear. Porque le necesitan. La mujer, su familia, su jaula, su madre..., le necesita. Ella le ha contado varias veces que semejantes criaturas repugnantes existen de verdad, que pueblan la tierra, pero él les ha dado la credibilidad que se merece la palabra de una demente. Y es en esos momentos cuando se da cuenta de lo equivocado que ha estado siempre, de que la palabra de los dementes no es más que la verdad subyacente en la incredulidad. Los monstruos de los titanes existen. Verdaderamente, existen. Y éste, concretamente, existe porque quiere matarle.
El niño olvida el para qué sirve el teléfono móvil que la mujer ha guardado en una bolsa que se halla a pocos palmos de donde está. Olvida que, con un grito de llamada, la policía puede venir a su rescate. Sólo agarra con fuerza el trozo de plástico alargado con tinta azulada que ahora se ha convertido en su único bálsamo de realidad; cierra los dedos con fuerza entorno a eso, y da un paso hacia adelante.
—¡No me provoques! —advierte con voz pastosa, gemebunda, que pretende ser intimidante—. ¿Dónde está mi madre? ¡Respóndeme! ¿Dónde está mi madre? ¿Qué has hecho con ella?
A pesar de su gesto de valentía, tiembla como una hoja, suda como un poyo, balbucea como un infante. La bestia se adelanta, le agarra de un brazo con brusquedad, le sujeta del cuello de la camisa, lo alza del suelo y lo zarandea con tanta fuerza que sus dientes chocan entre sí con estrépito y dolor. Es pequeño, pero se retuerce como una serpiente a la par que intenta propinar puñetazos, arañar o dar mordiscos. Mas todo lo que encuentran sus dentelladas, sus patadas inexpertas y sus puños frágiles, es aire y nada más que aire. Todo lo que su madre le ha leído sobre batallas de héroes se desvanecen de su mente en un instante de estupor.
Nunca se ha peleado. Nadie le ha enseñado a defenderse de los monstruos. Es su instinto más primario, quien toma partido por su supervivencia. En ese momento de máximo terror, lo único que puede recordar es lo que siempre le ha dicho su madre: que el bolígrafo puede salvar su vida. Alza el bolígrafo, el estúpido e inútil bolígrafo, y clava la punta todo lo que puede en uno de los ojos protuberantes de la bestia. Al contacto con la piel del ser extraño y monstruoso, el bolígrafo que creía un simple bolígrafo empieza a transformarse. Antes de que pueda parpadear dos veces, el niño se da cuenta de que está sosteniendo en la mano una espada mágica, un arma que brilla de forma extraña con una mitad de acero y otra mitad de bronce celeste.
No es venganza ni rabia lo que lleva a su brazo a trazar un círculo por el rostro repugnante de la bestia. Es el miedo, la incomprensión, el horror, lo que mueve a su mano para que interrumpa a tajos la afanosa y estertórea respiración de la bestia. El niño lanza una salvaje estocada con el extremo puntiagudo del arma apuntando hacia lo más alto que alcanzan sus cortos brazos. Llevado por la histeria, el pavor, golpea y golpea una y otra vez, una y otra vez, sin que le importe los cortes que se abren en las palmas de sus propias manos al sujetar por el filo la afilada hoja de acero.
El niño corta piel, brota sangre negruzca a borbotones. La espada atraviesa el vientre velludo del monstruo, sale roja y ensangrentada por la espalda de la bestia, invitándole a marchar. El animal le suelta con un gemido súbito, y el niño recula a trompicones mientras el monstruo emite un gruñido gutural de agonía y dolor. Le está obligando a desaparecer. Al retirar del todo la espada ensangrentada de las vísceras de la bestia, la criatura, con un último coletazo, se derrumba en el suelo, sobre un copioso charco de su propia sangre.
Y muere.
El niño ha aprendido a ejecutar un nuevo baile. Ha aprendido a conocer a la dama. La dama de las sombras. La encapuchada de un baile.
La dama que ejecuta la danza de la muerte.
··.
Volví en mí, al presente. Mientras parpadeaba y cruzaba el brazo que sujetaba el arma por delante del esternón para protegerme, el presente se convirtió en un alubión de pensamientos e imágenes. Había visto otro recuerdo salido de las profundidades de la mente. Acababa de presenciar mi primera matanza, mi primera destrucción a los tarados del Tártaro, mi primera danza junto a Backbiter. Sentía en mi interior un persistente dolor, una añoranza hacia aquella mujer que había advertido la llegada de los monstruos antes incluso de que mis ojos los distinguieran, esa mujer que siempre había sido mi madre. Que seguía siendo mi madre.
No quería pensar en ella. No todavía. Intenté refugiarme, y me refugié en los golpes de espada que sonaban en la estancia. Ahora, quien estaba al frente mío con los dientes entrechocados y presentando un solo costado, en la postura típica que proclamaba estar lista para el ataque, era Clarisse.
Giré lentamente con la espada en ristre... Pero Clarisse no esperó que terminase de sondear sus defensas. Giró hacia su izquierda de una forma tan deprisa que a duras penas pude mantenerla en mi punto de mira. Con un lánguido movimiento, casi despectivo, Clarisse detuvo mi espada a centímetros de su cuerpo. Esquivé su segundo golpe saltando hacia atrás, pero perdí el equilibrio.
Tan silenciosa como las sombras, tan rápida como la pantera, tan mortal como la misma muerte, Clarisse cayó sobre mí girando su arma de forma tan acelerada que dentelleaba a la luz del sol. Antes de que me diera cuenta, estaba sobre una pierna, de rodillas, ileso... Y también desarmado.
—Aunque seas buena —dijo entre dientes, la punta de la espada apoyada en el hueco de mi garganta—, recuerda que siempre habrá alguien que dance mejor que tú. —Envainó el arma con un movimiento fluido—. Levántate. Volveremos a empezar.
Me levanté del suelo, completamente humillado. Jamás había combatido con Clarisse, pero ahora entendía por qué, en su día, la chica había sido nombrada jefa de su cabaña, la casa de Ares, el dios de la guerra y las batallas. Estaba aturdido. Llevaba tiempo, y nunca mejor dicho, sin sufrir una derrota. Y, a pesar de la cierta vergüenza que eso me provocaba, también sentía... Excitación. Por fin había alguien que estaba a mi altura.
Me giré para recoger la vieja y desgastadaespada, que había quedado tirada y abandonada a tres metros de donde estaba. Entonces mi vista se posó en un arma afilada, temible y mortífera que estaba colgada en la parte más alta de la pared más cercana, a vista de todos, pero fuera del alcance de todos.
Backbiter.
-…-…-
No me matéis,, no me matéis! Sé que dije que Thalía saldría en este capítulo -por fin- pero es que la cosa ya estaba siendo bastaaaante larga -de por sí, este capi ya tiene unas cuatro mil quinientas palabras- y, como no podía limitarme a presentar a Thalía y, zas, cortar el capi... ¡Tendréis que esperar hasta el siguiente! jajaja.
Ya está más que escrito, corregido y dispuesto, así que, bue, cuanto más comentéis, antes actualizaré, jaja.
Ah, por cierto! Las descripciones de la casa principal y la sala / templo, están basadas, como siempre, en descripciones e información de los templos de la antigua polis de Atenas. (Ya sabéis que a mí me gusta investigar, antes de escribir). ¡Y no matéis a Luke por querer tocarse los pechos, jaja! Es normal que el chico sienta curiosidad, jeje.
En fin, ¿comentarios? Aunque sea para maldecirme por retrasar un capi más a Thalía...