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Historia 126109 — capítulo 11

Disclaimer: din, don, dan, Riordan sigue siendo el mandamás.

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  Capítulo 10. Día cuatro: noticias.

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En un primer momento me quedé paralizado, sin saber qué hacer. Annabeth se mantenía derecha y en silencio frente a mí, con los brazos a los lados, la mirada grisposada con sincera curiosidad en la estancia que se abría a mis espaldas. A pesar de su discreto escrutinio, la inteligencia brillaba en sus ojos, ardía en su mirada, florecía en su persona, en toda ella. Aunque creía conocerla y sabía que no era una persona de reacciones radicales, no podía estar seguro de cómo iba a tomar mi presencia en aquella habitación, en aquel campamento, en su vida.

Un momento, un momento... Me refrené a mí mismo. Ya estaba dando por hecho que Annabeth me iba a reconocer, que ella vería mi verdadero rostro tras la neblina de los dioses. Pero, ¿y si...? ¿Y si no era ella la mestiza indicada en la profecía...?

 Y, ahora quizás lo más importante, ¿en verdad quería, de verdad deseaba, que fuera precisamente ella, Annabeth, la semidiosa? Según Hades, la concepción del mortal dotado con los ojos de la Cláusula, iba a ser por amor, y, tras la visita de Afrodita, no dudaba que así fuera. Si bien hablar de amor eran palabras mayores, muy mayores, no podía negarme a mí mismo que no sentía nada por Annabeth.

 La estimaba, y mucho. No soy muy dado a hablar de sentimientos (éa, y menos mal), cuanto menos de sentarme y analizarlos, pero lo que estaba claro era que la quería. Como amiga. Como hermana. Como compañera. Como persona esencial en mi vida. Pero, ¿enamorarme de ella...? No, eso nunca lo había hecho, y dudaba que fuera a empezar entonces.

 Y, sin embargo, si en ese momento hubiera visto reconocimiento en sus inteligentes ojos grises, tampoco me habría resultado un desastre ni una decepción. Con Annabeth tenía confianza, mucha seguridad en mí mismo, una desenvoltura que no sentía con cualquier chica. Algo que, llegado el momento de hacer de manitas -ejem, y cosas de adultos- sería necesario. Sin embargo, Annabeth no me reconoció. No se dio cuenta de quién era realmente yo.

 Cruzada de brazos frente a mí, me observaba como quien ve a alguien por primera vez. El corazón se me encogió en el pecho, agitado por la decepción. Deseaba recuperar a mi amiga, a mi hermana, a una de mis mayores confidentes; y el escrutinio desconcertante de sus ojos grandes no dejaban paso para aquello.

 Aun así, me alegró notar que ella continuaba siendo totalmente íntegra. Eso era agradable, algo que se sentía seguro. Los últimos rayos del sol de la tarde entraban a raudales por la ventana de la habitación y por la puerta abierta de la entrada principal, haciendo que los destellos anaranjados se reflejasen en el rubio cabello de Annabeth. Los ojos grandes de la chica se relajaron, y nuestra silenciosa comunicación se rompió.

Desde mi posición en la puerta del dormitorio, la zona despejada de fuera y la otra casa de enfrente era una mancha borrosa que desfilaba a ambos lados del marco de la entrada, bañada en la rojiza luz del atardecer.

—Hola —musitó con simpatía—. Estábamos ahí —dijo señalando con el mentón—, y nos dimos cuenta de que faltabas. —Miré donde ella señalaba, ella miró a su vez, y me di cuenta de que debía referirse al comedor que se intuía al fondo del corredor. No podía distinguir la puerta misma del comedor ya que la esquina de la pared tapaba la vista, mientras los inquisitivos ojos de Annabeth volvían a posarse sobre mí—. Clarisse nos dijo que ya habías llegado y..., bueno... Venimos a presentarnos. —Extendió la mano al frente—. Me llamo Annabeth.

—Hola. Encantado —repuse, con voz titubeante, mientras me acercaba a plantarle dos besos en cada mejilla—, A—Annabeth—. Pero..., ¿estábamos...? ¿Os distéis cuenta...?

Annabeth se hizo a un lado, y detrás de ella encontré el motivo de ese nos mayestático. Había otro rostro conocido.

Con las piernas levemente separadas, los dos botones superiores de la camisa desabrochados, los pulgares colgados de las trabillas de los pantalones holgados de forma descuidada, y con los ojos avispados y risueños y el cabello como siempre alborotado, estaba Percy.

El chico adelantó un paso, todo sonrisas. Entusiasmado, me acerqué y le palmeé la espalda con ambas manos.

Cuando me aparté un paso, no entendí la cara de circunstancias que se dibujaba en el rostro de los dos, hasta que caí en la cuenta de que las chicas no se palmean la espalda. ¡Dioses, menudo desliz el mío! Con Grover no había hecho falta más que un apretón de manos, y lo mismo ocurrió con Clarisse, teniendo en cuenta que uno nunca sabe cómo tratar a la volátil hija de Ares. Pero con Percy... Con Percy la cosa era diferente. Le veía de igual a igual, de hombre a hombre, como se suele decir en estos casos, vamos.

Las cejas de Annabeth estaban arqueadas levemente, como las alas de esos animales con los que tanto se representa a la inteligente de su madre, las lechuzas, en pleno vuelo. En verdad que era digna hija de Atenea. Sonreí con expresión ingenua, fingiendo quitarle hierro al asunto. Tendría que ir con más cuidado a partir de ahora. Annabeth era muy avispada, demasiado para mi gusto en ocasiones.

 Mi vista volvió a recaer en la joven, que en ese momento plegaba la boina azul que antes le encasquetaba la cabeza y lo guardaba en una pequeña bolsa de piel que llevaba amarrada a la cintura. Su abundante y larga mata de brillante cabello dorado realzaba las curvas de su cuerpo, esas formas femeninas que anteriormente no había visto desarrolladas en la niña que había convivido conmigo durante años y que se había aguantado todas esas huidas de monstruos.

Era alta, casi tanto como Percy, y ambos tendrían aproximadamente la misma edad. Veinte años a lo sumo, calculé, igual que Clarisse. Asentí. Di un paso más hacia adelante y me uní con Annabeth Y Percy en el pasillo, rumbo al comedor.

Mientras me explicaban curiosidades del campamento, recorrimos el largo pasillo, torcimos al topar con la esquina y luego cruzamos la entrada del comedor, traspasando una estancia de suelo laminado. Las paredes y las columnas blancas emitían un fulgor pálido y curioso, debido a la luz del atardecido sol que se filtraba en la estancia a través de la claraboya principal del techo. El comedor estaba abarrotado de pequeñas mesas para cuatro, distribuidas linealmente a un lado y a otro de la estancia.

Nos dio la bienvenida en la estancia el sabroso olor del aroma de apetecibles manjares que me abrieron el apetito a base de tirones y crujidos en el estómago. Todos saludaron a Annabeth y a Percy cuando les vieron pasar, y ellos les respondían con una sonrisa amable o, en el caso de Percy, con algún apretón de manos o de hombros, un amistoso choque de puños, o con una chanza recurrente. Algunos se me quedaron mirando, descaradamente.

 A mí me costaba sonreír a todos aquellos que se levantaban a saludarme. Esperaba que en cualquier momento una de las tantas chicas que estaban en la estancia se levantase y gritase a pleno pulmón ¡Éa, mirad, ése es él! ¡Luke, tú eres Luke! Pero nadie se levantó más de lo estricto. Nadie me saludó con doble sentido. Nadie me reconoció... empezaba a pensar que Hades y la demás tropa de dioses del Olimpo se habían equivocado de mestizo. Que yo no era el semidiós indicado por la profecía. Que nunca iba a poder deshacerme de esta estúpida neblina que me ocultaba.

 Además, ver de nuevo todos aquellos rostros era un abanico intimidante de fantasmas vivientes. Gente a los que yo daba por muertos me saludaban como si fuese uno más entre ellos. Beckendorf. Los dos hijos del señor D. Silena...

—Ven —dijo Percy, poniendo una mano gentil sobre mi brazo—. Nuestra mesa está por aquí.

Choqué el hombro con el suyo en un gesto de agradecimiento. A juzgar por la expresión que puso Annabeth, cualquiera diría que le había besado o algo peor. ¡Ops, dioses, malditas las ideas asquerosas que se me pasaban por la mente!

—Nos sentamos en la mesa del fondo —informó Annabeth; esperó un momento a que pasara un campista cargado con una bandeja rebosante de comida digna para un pelotón, y luego nos precedió hacia el frente de la estancia, abriéndose camino por entre las numerosas mesas—. Con Beckendorf, Silena, Chris, Clarisse... bueno, les vas a conocer ahora. Son muy simpáticos, ya verás.

Pero antes, me condujeron a una larga mesa repleta de manjares que con sólo mirarlos ya se me hacía la boca agua. Había grandes fuentes humeantes de salchichas, y carne; patatas cocidas; diversos tipos de pescado en salazón, fritos así como asado a la parrilla; pavo y cordero; montones de hortalizas crudas cortadas a tiras; enormes soperas con sopa de calabaza; cebolla y sopa de verduras... También localicé pan, queso, varias piezas de fruta, diferentes tartas y pasteles así como barriles de agua con gruesos hielos en su interior, y una variopinta mezcla de zumos y refrescos.

—Los mestizos necesitamos el doble de energía que la de los mortales —me explicó Annabeth, al ver mi pasmo—. Nunca se derrocha nada.

Agarró una bandeja de plástico, un plato blanco de cerámica con rebordes rojos, y dos cubiertos de mango bruñido. Luego comenzó a pasarla por una barra larga y de metal, dividida en tres barras circulares que se unían para dar forma a una especie de pasillo por el que deslizar las bandejas provistas de alimentos.

Percy y yo la secundamos con entusiasmo, llenando a rebosar nuestros platos. Yo es que ni tuve reparos en mirar qué era carne y qué pescado. Tenía un hambre canina y eso era más que suficiente. Sólo ponía pilas y pilas de carne, pescado y verdura en el plato.

Después nos encaminamos a la mesa del fondo situada entre dos columnas gruesas y blancas, cuidando de no derramar ni una gota de zumo ni un plato. En el camino fui haciendo malabarismos entre la bandeja llena y un trozo de queso de cabra que me fui zampando mientras nos acercábamos a la mesa. En realidad más que una mesa, eran tres que alguien las había unido para que cupiese más gente.

—¿Hambriento? —inquirió Percy, riendo y señalando el asiento desierto que estaba frente a la silla de Annabeth, la que estaba situada justo a un extremo de la mesa. Él se acomodó junto a ella.

—Mucho —contesté mientras dejaba reposar la bandeja sobre la mesa de madera y retiraba la silla con el pie. Y no mentía. ¡Dioses, Me moría de hambre!

Cogí unas costillas rociadas con salsa picante sin molestarme en usar el tenedor ni el cuchillo y le hinqué el diente. Para algunas cosas, era mejor la mano como único cubierto. Y menos mal, dioses, ¡estaba buenísimo!

—Prueba esto primero —dijo Annabeth a Percy. Le acercó una alita de poyo a la boca, mientras él la miraba entre sorprendido, avergonzado y complacido. Parecían una pareja de lo más enamorada, de esas que casi vomitas cada vez que les ves hacer carantoñas. ¡Arrgg, qué cursi era la cosa! No entendí que me mirase con advertencia antes de meterle el trozo de carne en la boca al chico. ¿Esperaba que me pusiese celoso? No entendía nada de nada. Sacudí la cabeza; me interesaba más el plato de comida que tenía enfrente, la verdad. Devoré media docena de costillas, por lo menos, saboreando cada mordisco, cada bocado. Realmente era lo mejor que había probado en años. ¡Ja, y nunca mejor dicho!

 Una vez estuve relativamente lleno, ya me vi más dispuesto de socializar con el resto de compañeros.

 Al frente por mi derecha, estaba Clarisse; la chica alteraba un bocado de patatas asadas por cada frase que le decía a Chris, quien le miraba como si fuese la cosa más maravillosa y graciosa del mundo. En fin, me perdonaréis, pero creo que jamás llegaré a entender el gusto de algunos. A mi derecha estaba Beckendorf. Bebió un largo trago del contenido de su vaso, se limpió la boca con la servilleta de papel, y después se volvió hacia mí:

—Bueno. De momento, ¿qué te parece el Campamento?

—Bien —dije, cortando una tira de cordero—. Parecéis todos muy amigables... Y muy unidos.

—Oh, y lo estamos —corroboró Percy—. En cuanto lleves unos días más por aquí, ya verás cómo serás una más dentro de la peña.

—¿Significa eso que ya me consideráis amig —tragué con dificultad—. ¿Amiga?

—Por supuesto asintió Percy. A su lado, Annabeth le miró; me miró y luego le volvió a mirar. Después compuso una sonrisa cordial y dijo:

—Por el simple hecho de estar aquí, en la casa B, ya eres de las nuestras.

—¿Casa B?

Clarisse soltó un bufido; posó con fuerza el vaso sobre la mesa, haciendo que el líquido naranja que bebía se desbordase un poco por los bordes, y luego señaló con un puño un letrero que pendía colgando en lo alto del marco de la puerta del comedor. Lo ojeé brevemente. Simplemente había una B grande y oscura en un fondo blanco y cuadrado. Ah, bueno, eso lo explicaba todo. Debía ser el método de distinción de las casas del Campamento 2.

—Bueno, si os hago alguna pregunta indiscreta, impropia de un amigo corriente —musité mientras ponía dos gruesas salchichas de carne salteada sobre una rebanada de pan y las rociaba generosamente de képchup y mostaza picante—, os doy permiso para que me deis una colleja.

El rostro de Annabeth se iluminó con la misma sonrisa cómplice que me había dedicado un sinfín de veces. Sin pensármelo dos veces, le correspondí... Sólo me faltaba la sonrisa de Thalía para completar el momento perfecto.

 Thalía...

—¿Es verdad que existen unas cazadoras?

Estaba decidido a hacerme el desentendido.

—Las cazadoras de Artemisa, sí —explicó Annabeth pinchando un trozo de zanahoria—. Son chicas que renuncian a todos sus parentescos y a los chicos, a cambio de la juventud y la inmortalidad.

—¡Wow, qué bien suena eso! —exclamé, fingiéndome admirado. En verdad que oído en boca de Annabeth, la cosa sonaba hasta interesante y todo—. ¿Y dónde están esas cazadoras? ¿Las podremos conocer alguna vez?

Sentía el corazón en la garganta mientras aguardaba la respuesta; incluso el pan y la carne quedaron olvidados en la mano.

—Sí —musitó Annabeth. Se le notaba el entusiasmo en toda la cara—. ¡Mañana vendrán al campamento!

El pan resbaló de mis dedos con un sonido amortiguado. Mañana... Mañana...

—¡Qué! —La exclamación de Clarisse resonó por toda la estancia—. ¿Que esas remilgadas..., esas tontas de remate..., esas..., esas...? ¡Arrggg!

Tenía el rostro desencajado por la rabia, los ojos encendidos.

—Tranquila, tranquila Claris —repuso Chris riendo entre dientes, mientras le pasaba un brazo por los hombros y le acercaba con suavidad hacia sí—. Ya se te ocurrirá una palabra mejor para ellas, ya verás, ya.

Travis y Connor Stoll, dos de mis antiguos compañeros de la cabaña de Hermes sentados en la mesa de la izquierda que teníamos cerca de la nuestra, que a su vez eran hermanos no sólo por parte de padre sino también por parte de madre y que cualquiera diría que eran gemelos, de lo mucho que se parecían, se pusieron a hacer planes de inmediato para hacerles la vida imposible a las cazadoras. Unas bromas que ponían los pelos de punta y que, con esas expresiones pícaras en sus rasgos de elfo típicos de todos los hijos de Hermes (eeps, menos yo, por favor), con esas cejas arqueadas, esas sonrisas sarcásticas y un destello muy particular en los ojos, como si estuvieran a punto de deslizarte un petardo por la camisa, me recordaba que nunca tenía que enemistarme con ellos.

—Mira, ahí viene Silena —hizo notar Beckendorf—. Ella tiene que saber algo más del asunto, seguro, que por algo es la que nos manda aquí, junto al señor D.

Alcé la cabeza y clavé la vista hacia el punto donde señalaba el chico. Silena Beauregard, una de las chicas más guapas que he tenido el placer de conocer jamás (sí, y una de las que manipulé a conciencia; pero eso ya era recliminación de otro momento, otro instante), con su conocido rollo de papiro en la mano, dejaba de andar entre las mesas susurrando quién sabrá qué indicaciones a los campistas, y ahora se acercaba a nosotros. En el rostro se le notaba la herencia de su madre, Afrodita. Su hermosura no era tan espectacular como el de la diosa del amor, por supuesto, pero aun así resultaba evidente que era guapa, muy bella.

 Silena llevaba un vestido casi blanco que le llegaba un poco más abajo de las rodillas, con escote cuadrado y medias mangas. La tela era fina y lisa, parecía incluso relucir bajo el tenue roce del sol. Jamás había visto un vestido igual, sin los habituales volantes, estampados, lacitos y flores. Era un vestido sencillo, simple pero elegante; parecía estar diseñado para no dejar de fijarse en el modo sugerente en que la tela moldeaba sus formas femeninas... ¡Ejem, Luke, necesitas una sesión privada contigo mismo! Cuando se giró a tres pasos de la mesa en donde estábamos, los cortos pliegues del vestido blanco se arremolinaron con curioso estilo en torno a sus largas piernas. Tragué saliva.

—¿Ya lo sabéis, a que sí?

El entusiasmo de Percy y Annabeth eran respuestas más que de sobra.

—¿Cuándo llegan? —Saltó la rubia de inmediato—. ¡Silena!

La hija de Afrodita alzó los brazos al aire, vencida, y confirmó:

—La semana que viene, llegan la semana que viene. Al parecer Artemisa tiene que asistir a no se qué reunión del Olimpo, y como no sabe cuánto tiempo exacto va a durar, no quiere dejarlas solas durante mucho tiempo. Así que...

Dejé de escuchar. Sólo estaba pendiente de una cosa: Thalía. Iba a volver a ver por fin a Thalía. Y aunque no sería hasta la próxima semana que vendrían, al menos ya tenía una fecha de referencia, algo que me diese esperanzas. Thalía... Thalía... Ella era mi última esperanza de que en verdad los dioses no se habían equivocado de mestizo. Y, sin embargo, si tengo que ser sincero conmigo mismo, no la quería ver por eso. La quería ver porque… Bueno… Porque era ella, Thalía.

 Y eso era razón más que suficiente para que se me acelerase el pulso y para que mi estómago comenzase a bailar la tonga de forma incontrolable.

-…-…-

¡Hola!:

¡Pues ahí está la noticia!

 Thalía llega la semana que viene -en el siguiente capítulo, para que nos entendamos- y ahí está el por qué Afrodita no le dijo nada a Luke en el capi anterior...

Lo cierto es que quería dedicar un capítulo entero al resto de féminas que salen en la saga. No por haceros esperar más (bueno, quizás también por eso, jaja), sino para que Luke comprenda y asimile, antes de encontrarse con ella, lo que nosotros/as ya sabemos desde el final de la encuesta... Que Thalía es la elegida de la profecía.

¡Así crece la tensión entre ellos!

 Por otra parte. La verdad es que yo siempre he visto a Annabeth como una chica bastante celosa. Y prueba de ello es la forma en que trata a Rachel... (Lo que pasa que, como hacemos la mayoría de las chicas, no lo muestra abiertamente; o a lo mejor sí, no sé. Como Percy -al igual que Luke y que otra buena parte de los chicos- es tan ciego a veces con cosas que son tan obvias..., no sé, será por eso que mientras leía los libros pillé las ndirectas que dejaba Riordan por ahí). O cómo, antes de que Percy se perdiera en la isla con Calipso, le plantó el beso, como si quisiera... Dejarle un recuerdo bonito al chico, para que éste no le olvidase o, mejor dicho, para que recordase que ella estaba ahí.

Y claro, como ahora Annabeth no ve a Luke sino a Lucy, pues eah, tiene que dejarle clara las cosas. (Si fuera una chica de verdad, lo habría pillado. Pero como la niebla de los dioses no le ha vuelto más sensitivo a esas cosas... Pues óle, ahí tenemos al pobre Luke que no entiende nada de nada, jaja.

En fin, eso es todo por hoy!

¿Me regaláis vuestras opiniones?

¡Saludos! Y gracias por leer.

PD: Si alguien recuerda cuál de los dos hijos de Apolo moría en el quinto libro, que me lo chive, please, que como no tuve a mano el último libro, no pude añadirlo en el capi.

¡Gracias!