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Historia 126109 — capítulo 10
Disclaimer: Lo intento, pero aún no encuentro la editorial que me haga millonaria con las aventuras de griegos, romanos y egipcios. Así que bue, sigo sin ser Rick Riordan. (De que él sea un hombre y yo una jovencita con claros problemas de obsesión con Luke, ya ni lo menciono, jaja).
-…-…-
—Trescientos Sesenta y uno. —Leí en voz alta.
Graso error. Con un grito gutural, retiré con presteza el brazo, sacudiendo frenéticamente la mano y alejando lejos de mí el libro. Polvos dorados se adherían a las yemas de mis dedos, calentando, quemando.
Con ojos redondos de estupor, clavé la mirada en el libro, que había quedado tirado en el suelo. Bueno, mejor dicho, en lo que antes era un libro. Las páginas blancas se desprendían de la cubierta y se dispersaban por todas partes, como si un urracanado viento las estuviese empujando.
Del lomo, las tapas y la cubierta sólo quedaban cenizas resplandecientes, residuos de papel, tinta y cuero. De los vestigios de lo que antes era un libro, cual ave fénix, estaba surgiendo algo... No, mejor dicho, estaba emergiendo alguien...
Precavido, tensé los músculos, preparado para pelear y defenderme de quien fuera al instante. No tenía espada, pero fuera quien fuese, ya vería qué tan contundente puede llegar a ser el poder de unos buenos puños.
Y entonces la persona terminó de emerger.
A la salida de la mujer de su interior, el libro volvió a ser una masa de hojas, papel y cubierta de cuero. Mi boca se movió por si sola, como un pez fuera del agua, emitiendo sonidos conmocionados.
Cerré los ojos y conté hasta tres, seguro de que la imagen se disiparía y que despertaría del sueño en cuanto los volviera a abrir. Pero cuando volví a enfocar la vista, ella seguía frente a mí, presente. Flotando ingrávida en el aire frente a mis ojos, estaba Afrodita.
No tenía una apariencia trémula, para nada. Parecía tan corporal, palpable y tangible como yo, o, por defecto, como el colchón que se hundía bajo mi trasero. Al verla, mi reacción no varió un ápice de las anteriores veces en que ya nos habíamos topado. Era tan hermosa, que hacía que se me paralizase toda palabra, idea o reacción coherente en la garganta y en el cerebro.
Por un momento, olvidé mi nombre. Olvidé que la boca servía para algo más que boquear. Olvidé dónde me hallaba y por qué me hallaba ahí. Ni caso tiene describírosla, porque las palabras sólo menoscabarían su hermosura.
Llevaba un vestido rojo de raso, y el pelo rizado en una cascada de tirabuzones. Su cara era la más bella que había visto jamás: un maquillaje perfecto, unos ojos deslumbrantes, una sonrisa capaz de iluminar hasta al lado más oscuro de la luna. A su lado, las estrellas, el sol y demás astros palidecían en comparación.
La diosa de la belleza me sonrió ampliamente, aumentando aún si cabe su gloriosa belleza. Mi corazón comenzó a latir tan acelerado y desbocado, agitado por la emoción, que para nada me habría extrañado si en ese preciso momento hubiera salido de mi pecho, dando brincos alegres por todo el cuarto.
-Hola, Luke -saludó la diosa, mientras posaba los pies en el suelo-. Sospecho, por la expresión que denota tu rostro, que aún me recuerdas, que sabes bien quién soy.
Asentí, todavía obnubilado. Entiéndanme, era Afrodita, la diosa del amor. El ser más bello, perfecto y hermoso que jamás haya existido. Para que me entendáis, os convino a que penséis en la persona más guapa que conozcáis, y que multipliquéis su belleza por tres. O por diez. O por cien. O por mil. O por... Bah, da igual. No llegaría a igualar, menos a eclipsar, la hermosura de Afrodita. Y esa era la cuestión. Que la diosa del amor dejaba sin aliento a cualquiera.
-Eso me alegra. -¿Le alegraba el qué, perdona? Tuve que hacer un esfuerzo para concentrarme en lo que decía, y no perderme en el movimiento de sus labios rojos, carnosos, sensuales...-. Los asuntos del amor a veces son tan infravalorados, que la gente tiende a olvidarlos y a no darles importancia... -suspiró, algo apenada-. Una cosa muy injusta, ¿no te parece?
Y a pesar de mi intento, no me había quedado con nada de lo que la diosa del amor había dicho.
-¿Q-qu-qué?
Sólo había escuchado música. Música celestial, atrapante, cautivadora.
—¡QUÉ MONADA! -Exclamó Afrodita, batiendo arriba y abajo sus largas pestañas-. Te entiendo, querido, te entiendo. Yo también me siento igual cada vez que me miro. Apropósito, ¿tienes un espejo?
Miró a su alrededor, y mis ojos no pudieron más que seguir la trayectoria de su mirada.
-Pu-pu-pues... -Quise decirle que en la habitación no había ningún espejo, y que seguramente habría alguno en el cuarto de baño, pero, una vez más, de mi boca no salieron palabras.
-Da igual -atajó la diosa, todavía la sonrisa radiante en el rostro. Se metió la mano por el vestido y extrajo un brillante espejo del tamaño de un plato de un bolsillo tan pequeño que era increíble que hubiera cabido ahí algo tan grande. Y a juzgar por el tintineo que hizo el espejo al salir, sospeché que guardaba más utensilios de cosmética en el mismo sitio.
-Aquí está. -Con un ademán de la mano, hizo que el espejo flotara en el aire frente a su rostro.
Tan pronto como lo tuvo enfocado, comenzó a observarse con detenimiento, fascinada y crítica al mismo tiempo con su imagen. Entornaba los ojos, se ponía de perfil, agitaba la melena, fruncía los labios... Si lo que buscaba eran imperfecciones en ese rostro que necesitaba de una palabra nueva para definir la hermosa perfección, pensé, fascinado, no las encontraría jamás.
-Y bueno, ¿cómo te encuentras? -preguntó mientras se seguía observando-. ¿Qué tan grato te está resultando tu regreso a la Tierra?
Deseaba corresponder a su interés con cultas frases que me hicieran ver atractivo ante sus ojos, pero me avergüenza reconocer que sólo repuse algo así como
—AH... EH... UF...
Me di una bofetada mental. ¡Menudo pánfilo estaba hecho!
-No tienes de qué asustarte -dijo, con voz suave, seductora, interpretando mis balbuceos de forma errónea-. Sólo es una visita de protocolo.
¿Asustarme? La pequeña sonrisa pícara en la que se curvaron sus labios al girar con coquetería el cuello me dijeron a las claras que ni ella misma se creía que mis balbuceos se debían a ese motivo. La diosa del amor sabía muy bien el efecto que causaba en los mortales. Claro que sí.
Se miró más atentamente en el espejo. Por un momento, temí que hubiera encontrado un defecto microscópico que sólo sus ojos hubieran percibido. En verdad que era imposible. Pero satisfecha, al parecer, por la imagen que le devolvía la sonrisa radiante, la diosa hizo desaparecer el espejo con un chasquido de los dedos. Luego exclamó:
-¡Qué maleducada! Llevo aquí cinco minutos, y aún no te he dado dos besos como corresponde la educada cortesía... ¿Sabrás perdonarme?
Aunque la tenía enfrente, había una distancia de metro y medio que nos separaba. Pero cuando se inclinó hacia delante, las cuestiones kilométricas importaron un pimiento. Afrodita frunció los labios... Y al instante sentí en la mejilla la leve caricia de unos labios, el etéreo contacto de un beso fugaz. Extraño. Maravilloso, y extraño.
Me llevé la mano al lugar donde se había depositado el beso; parecía que estuviera sumergido en un sueño, un bello y delicioso sueño. Y, sin embargo, la caricia había sido tan real... Y eso a pesar de que la diosa aún mantenía las distancias entre ambos.
-Supongo que te preguntarás a qué se debe mi visita. ¿Cierto?
En verdad que quería responderle. Pero seguía siendo incapaz de articular palabra. Sólo podía emitir sonidos guturales que en absoluto decían a las claras lo que en el fondo pensaba, lo cual era algo parecido al: "Sí, supones bien".
Seguía perdido en su feminidad. En su figura esbelta. En su maravillosa belleza. En sus ojos que me engullían cual estanques de primavera de agua profunda y límpida... ¡Uala, Luke! ¡Concéntrate, hombre!
Me mordí la cara interior de las mejillas, con fuerza, lo que me ayudó a despejar un grado la mente y a recobrar algo la compostura.
-Pues la verdad es que sí me lo pregunto...
-Toda conquista necesita siempre una ayuda. ¿No crees?
-¿Cómo?
La diosa chasqueó la lengua, impaciente.
-Puede que de vez en cuando recibas la visita de un dios, para ver cómo te están hiendo las cosas y demás. El libro -señaló con la cabeza el ejemplar que seguía abandonado en el suelo-, será nuestro principal método de comunicación. Si necesitas algo, y resulta que en ese momento no puedes acercarte al fuego para llamarnos, sólo tendrás que... Bueno, hacer lo que has hecho hoy. Pronunciar el número que aparezca en la portada, y uno de nosotros, vendrá a tu ayuda.
No paraba quieta en el sitio mientras hablaba. Embobado, contemplé cómo Afrodita se giraba curiosa por la estancia, observando aquí y allá la habitación, a veces palpando con delicadeza algún que otro objeto.
Después de que su curiosidad hubo quedado satisfecha, se sentó elegantemente en la cama, junto a mí, arreglando con esmerado cuidado los pliegues de su vestido. Enlazó los dedos y me contempló con dulce serenidad. La mirada intensa de sus ojos me dejó desarmado. Su fragancia me llenó las fosas nasales. Olía a rosas, a embriaguez, a pasión... A amor, a amor, a amor.
-Y bien, ¿no vas a decir nada?
Quise decirle bastantes cosas, claro que sí. Empezando con que era todo muy extraño. Que se estaban implicando demasiado. Que, para, supuestamente confiar en mí, se estaban tomando muchas licencias molestas en no repetir los mismos errores del pasado y dejarme a la intemperie de los acontecimientos. Que eran unos mentirosos, porque confianza, cero. Que me alegraba que ahora no se alejasen tanto de los mortales, pero que ya no me parecía igual de bien que estuvieran sobre mí, constantemente. Que parecían temer que en cualquier momento les diera la espalda, y me fuera corriendo a los brazos de Cronos y demás titanes cual poseso descarriado. Sin embargo, como en cierta forma entendía su punto desesperado -pues yo no era virgen en traición- y comprendía la magnitud de la tarea impuesta, únicamente inquirí:
-¿A-a cualquiera de vo-vo-sotros, sea el dios que s-sea?
Pero, al igual que tiempo atrás le ocurrió a Hades, la indecisa pausa de Afrodita antes de asentir con la cabeza, me convenció de que no había tanta unanimidad de opiniones en el Olimpo como los dioses querían hacerme creer. ¿Cuál de ellos no podía estar de acuerdo con el plan?
¿Deméter, que defendía la agricultura, la nutricia pura de la tierra verde y joven y, por defecto, abogaba por el ciclo bivificador de la madre tierra como la máxima protección de la supervivencia de la vida y la muerte de los semidioses y mortales? ¿El señor D, que no quería líos de faldas cortas en su campamento? ¿Hermes, que no estaba de acuerdo con la forma en que los dioses me utilizaban?
No, seguramente la negativa no venía de la boca del dios del viaje. Había sido precisamente él, mi supuesto y estimadísimo padre (nótese la ironía), quien me había traído de vuelta a la Tierra, entregándome sin ningún recelo o reservas a este alocado plan de salvación de la profecía. Y, además, por más que me había mandado sus palabras de apoyo, eso no significaba que ahora se interesara más por mí, su hijo. ¿Verdad? ¿Verdad?
Tenía que pensar en la posibilidad de otros dioses. Los tres más importantes quedaban descartados por completo, teniendo en cuenta que la endiablada niebla que camuflaba mi verdadero rostro venía dado por ellos, según palabras mismísimas del propio Hades. ¿Artemisa? Y entonces lo vi con máxima claridad. Pues claro que era Artemisa.
En el supuesto caso de que Thalía fuera la mestiza elegida de la profecía, la diosa de las cazadoras no tenía que estar nada contenta con la idea de perder a una de sus mayores Hijas en su fila de cazadoras. Aunque, claro, ahora que lo pensaba, teniendo en cuenta el bajo juicio de Atenea, la diosa que defendía la inteligencia como el eslabón principal de la supervivencia y salvación de la humanidad, sobre los chicos que se acercaban a sus hijas rubias de ojos grises, no me apresuré a descartarla tan de inmediato.
-Y, bueno -inquirió Afrodita-, cuéntame. ¿Tienes algún plan en mente?
Se inclinó y su pierna rozó la mía. Un ramalazo de... ejem... Lujur..., digo..., cosquillas (¡Sí, cosquillas!) me recorrió el cuerpo, haciendo que de nuevo perdiera el hilo de mis ideas y el dominio sobre las palabras.
-Yo... Yo... -balbuceé. -No podía concentrarme-. En verdad... Emmm... No... Sólo... Confiar en mi instinto.
La diosa pareció algo decepcionada. ¿Qué esperaba? ¿Escuchar un plan a lo Romeo y Julieta? Mi vena pasota no se había emblandecido tanto. (O al menos eso esperaba). No obstante, me asaltó un fuerte sentimiento de vergüenza. Era tan guapa, tan bella, tan hermosa... Y la tenía tan cerca, y la sentía tan lejos... Que no podía soportar la idea de que se sintiera decepcionada de mí.
Me devané los sesos, tratando a la desesperada de discernir alguna manera de volverme a ganar su aprobación, pero mi mente parecía ser una confusión caótica de impresiones y recuerdos, un concentrado cóctel de fragmentos emocionales. Y la diosa lo empeoró al posar una mano de palma suave y dedos largos y estilizados sobre mi hombro:
-Eso está bien -musitó con voz tranquilizadora-. Confiar en la voz que hay en cada uno, es la mejor forma de no errar tanto.
-S-sí, m-mi diosa -Mi cabeza casi se desgañitó del cuello, con tanto vigor entusiasta con el que asentí. ¿Qué me pasaba? ¡Dioses, Luke, contrólate! ¿Qué me pasaba?
Cerré los ojos y apreté los párpados con fuerza, dispuesto a negar a mi vista la visión de la hermosa diosa. Si no la veía, no había tentación; y si no había tentación, tampoco no había balbuceo. Y entonces, y sin que tuviera algún motivo aparente, me imaginé el rostro de mi madre.
Rescaté sus rasgos familiares. Su fragancia conocida, su tacto implorante. Y, antes de que viniera a darme cuenta, el efecto hechizante de la diosa ya no me embargaba. No es que ya no la viera hermosa, ojo, es que la veía maternal, lo cual le quitó de golpe todo encanto al asunto.
¡Ala! Resultaba que el antídoto contra la belleza hechizante de Afrodita era el rostro trastornado de una madre. ¡Qué gracia! Para mí, claro, porque dudaba mucho que la diosa de la belleza y el amor se pusiera contenta con mi descubierto truco.
-Bueno, Luke. Si no tienes nada más que decirme...
-¿Quién será el próximo dios o la próxima diosa que vendrá? -tanteé, adrede-. ¿Artemisa?
-¡Artemisa! ¡Por favor! Ésa sólo sabe acudir a la llamada cazadora de la jungla. ¡No tiene remedio! Y esas hijas que la siguen como corderitos son un desperdicio. ¡Qué lástima!
Era evidente que la idea de que Artemisa era la hermana más aburrida que tenía en el Olimpo, no había cambiado en absoluto bajo el prisma de la diosa del amor.
-¿Son muchas? -pregunté, tratando de sonar indiferente-. Las cazadoras de Artemisa, quiero decir -especifiqué, ante la mirada inquisitiva de Afrodita-. ¿Siguen siendo las mismas?
-La diosa soltó una risa cantarina, como de campanas tañendo con alegría.
-¿Y no será, así por casualidad, eh, que lo que en verdad quieres saber es si cierta hija de Zeus sigue con ella? -Me ruboricé violentamente, lo que dio alas a la hilaridad de la diosa-. ¡Sé leer entre líneas, Luke! -Ya lo veía, ya-. Con los asuntos del amor, las sutilezas es, muchas veces, lo que más cuenta.
-No! Es decir, sólo preguntaba por... No me interesa en ese sentido... Te confundes... Yo no siento amor por... Por...
Afrodita soltó un resoplido.
-Tranquilízate, Luke, no pasa nada. No tienes por qué avergonzarte de tus sentimientos. Yo estoy contigo. Yo te entiendo. -Me palmeó el brazo-. Al fin de cuentas, es en parte gracias a mí, por lo que estás aquí.
Al oír aquello, la miré fijamente, bastante sorprendido.
-¿Y cómo es eso?
-Soy la diosa del amor. ¿Recuerdas? Lo cual significa que he tenido que convencer a mi padre y a mis tíos para que te den una buena oportunidad. Las otras veces que viviste las despachaste todas. ¡Caramba, qué chico tan malo! Desperdiciando tu vida con asuntos de lanzas y espadas, de titanes poco románticos. ¡Y eso que te di oportunidades para salvarte de ese destino! Pero esta vez no te va a valer eso de escaquearte, no, no.
-No entiendo...
-Ellos simplemente querían cogerte, sacarte del aburrimiento estático ese de donde sea que estabas, y lanzarte así sin más a conseguir un Luke junior. Pero yo les dije que no. ¡Cómo se les ocurriría! -Reprimió un escalofrío de horror-. Tenías que tener una motivación; una motivación bonita y sincera, claro que sí. ¿Y qué mejor que el amor para ese cometido?
-Oséa que, a grandes rasgos, es usted la culpable por la que tenga que pasarme trescientos sesenta y pico días de conquistas bochornosas. ¿No?
La diosa se pasó por el foro -o, bueno, por donde sea que se pasen los dioses las cosas que no les importan- mi tono acusatorio. Chasqueó la lengua. El sonido resonó por la estancia como un látigo al desenrollarse de golpe.
-Siempre hay un motivo por medio que justifique el renacer de las almas mortales, Luke. Eso no lo olvides. En esta ocasión, hay un oráculo por medio, una profecía, unos monstruos malos, unos dioses asustados por lo que puedan hacer los titanes, blablablá, blablablá, blablablá. ¡Casi siempre es la misma fórmula! ¡Qué pesados con lo mismo! -se retiró el pelo de la cara con un gesto irritado-. Esos son motivos aburridos de los demás. Mis intereses, querido, se centran en un punto más interesante. ¿Adivinas cuál, verdad? ¡Exacto! ¡Tú!
-Un momento... ¿Yo?
-Sí, tú, y tus sentimientos.
Protesté vehementemente.
-¿Sentimientos? ¡Qué sentimientos! Yo ni siquiera he hablado de amor...
-Anda, ni yo tampoco, ¡já! -replicó Afrodita con voz triunfante-. Me he limitado a hablar de sentimientos. Tú eres el que ha especificado de qué clase de sentimientos estamos hablando.
Estaba pillado. Pero aun así, protesté.
-Por supuesto que no! Ha sido usted.
-Oh, el amor, el amor, el amor -canturreó la diosa, haciendo caso omiso de mi protesta-. ¡Es tan maravilloso! Hace que todo mejore, ¿verdad? Que se vea la vida de otro color tan distinto. Y ahora tú estás de vuelta en la Tierra a causa de ello. ¡Qué cuco suena eso! Un renacimiento por amor. ¡Es todo tan trágico! ¡Y tan bonito! Pero oh, no, disculpa. Se me olvidaba que tú sólo querías saber algo de una amiga, que para nada estás interesado en el amor... -hizo como que meditaba, para luego preguntar-. ¿Qué querías saber de esa amiga?
Se me aceleró de nuevo el corazón. Y aunque no quería darle la razón abiertamente, sus hermosos y embaucadores ojos me arrancaron la insistencia de los labios. Y con ella, le di la razón en todo lo que decía.
-¿Thalía sigue siendo una de las cazadoras? -el rubor, por la vergüenza, las ansias de saber, hizo que la piel del cuello y de las mejillas se me sonrosasen de nuevo.
Afrodita se rió con más ganas aún si cabe, totalmente satisfecha consigo misma.
-No pienso responderte a esa pregunta, no, no. ¡Lo siento! -Los bucles acariciaron sus mejillas cuando sacudió la cabeza-. La respuesta lo averiguarás pronto, muy pronto. ¡Pero todo pinta tan bien! Con incertidumbre a ver qué mestiza será... Con la angustia de no poder conquistarla... Con el dolor de, aun así, no ser un amor eterno, sino sujeto a 360 días... ¡Ah, Luke, Luke, Luke! Es muy divertida tu historia.
-¿Ah, sí?
Pues que me explicase dónde estaba el chiste, porque yo no le veía la gracia por ninguna parte.
-¡PFFF! No tienes ni que preguntar. Tú sólo espera, espera, que el entretenimiento aún está por llegar. ¡Te doy mi palabra! No me gusta el aburrimiento, así que te garantizo sorpresas. ¡Muchas sorpresas!
Pues vaya ánimos me estaba dando la diosa.
-Me alegra comprobar su entusiasmo, señora, pero le ruego que se reserve para otros casos... Ya sabe, no quiero resultar egoísta y dejar a los demás sin esa dosis de angustia, duda e incertidumbre. ¿Me entiende, verdad?
-¡Y encima eres considerado! ¡Qué mono! Tranquilo, puedo centrarme en varias tragedias a la vez.
-¿Tragedias?
-Luke, Luke, Luke, ¡me darás la historia de amor verdadero y trágico de todo el siglo! Y del milenio, si me apuras.
Pues no le apuraba, no.
-¿Y qué tal si le quitamos lo trágico, eh?
Se echó a reír, feliz. ¡Pues a mí no me hacía ni pizca de gracia!
-No te preocupes. El amor lo puede todo, Luke. ¡Todo, todo! Y ya verás como no tardarás en descubrirlo. De momento, dime, ¿ya has podido descartar a alguna mestiza?
-Bueno, teniendo en cuenta que todos están de expedición -respondí, asustado por las perspectivas que dejaban entrever sus planes-, no puedo decir que a muchas, la verdad. Sólo a Clarisse. Sólo a la hija de Ares quien, en su día, fue jefa de su cabaña. -Me encogí de hombros, tratando de ocultar mi alivio-. Ella es la única mestiza con la que me he topado.
A juzgar por el humor poco reprimido que brilló en los ojos de Afrodita, mi alivio de que Clarisse no fuera finalmente la elegida, no había pasado desapercibido. No era justo. A esta mujer no se le podía pasar nada por alto. ¡Diosa tenía que ser!
-Entonces tranquilo -fue todo cuanto dijo, la risa reprimida en los labios-, en menos de..., un minuto, se te presentará una nueva oportunidad.
-¡Umm! ¿en menos de un minuto? -pregunté, con cierto sarcasmo en la voz -. Demasiada precisión, ¿no?
Afrodita se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio. Y fue ahí cuando lo oí. Voces conversando, zapatos traqueteando arriba y abajo, golpes de puertas de armario y de armas al ser posadas en una superficie dura... La expedición por fin había concluido, y la gente estaba de vuelta. Miré por la ventana. El sol era rojizo, y las sombras de los árboles se alargaban, espigadas, como muestra de la llegada del ocaso. Era increíble. ¡Se me había pasado el tiempo volando!
-Tengo que irme -dijo Afrodita-. En breve tendrás visita. Por más que he intentado retrasarlo y hacerte no oír, ellos han caído en la cuenta de que tú no estás. Vienen a buscarte, y no creo que nos convenga que me vean aquí.
-¿Volverás? -inquirí con cierto pesar. Con la diosa de la belleza enfrente, daba gusto tener unas miras tan... apetecibles.
Afrodita abrió la boca, pero antes de que pudiera responder, una llamada interrumpió su respuesta. La diosa enarcó una ceja, como diciendo: ¿Lo ves?
-Adiós, Luke. Y recuerda. Confía en tu corazón. Síguele, que él te guiará.
-¿Que me guiará...? ¿Y a dónde se supone que me llevará?
Afrodita únicamente sonrió, enigmática y compasiva. Y aunque sonreía, tenía los ojos húmedos por la emoción. Como diosa del amor, hacía honor a su cometido. En verdad que creía en la omnipresencia, en la omnipotencia y en la omnisciencia del amor. En serio. No sé bien qué era más. Si hermosa, o amorosa.
Mientras la observaba partir, la imagen corpórea de la diosa se fue transformando en una etérea y plateada. Pareció que iba perdiendo consistencia, que se iba difuminando en medio de una niebla ondulante que la volvía más y más transparente, como si fuera un dibujo sin dimensiones. Fluctuaba constantemente, hasta que finalmente desapareció con un último destello trémulo de luz plateada y potente.
Parpadeando, me quedé mirando el punto en el aire en el que había desaparecido la diosa del amor, y después desvié la vista hacia el libro. ¡Vaya! Volvía a estar en la mesita de noche, cerrado e intacto, como si no lo hubiera tocado ni movido nadie.
De nuevo volvieron a llamar a la puerta. Esta vez, apresuradamente, me acerqué a la salida. Giré el pomo que misteriosamente había permanecido bloqueado durante toda la conversación con la afrodisíaca diosa del amor, y abrí la puerta de par en par, planeando ya una excusa con la cual justificar mi ausencia.
Sin embargo, todo argumento o excusa se fue al traste cuando ví de quien se trataba. En el umbral de la habitación, justo frente a mí, la mano extendida en un interrumpido gesto de llamada, había una joven familiar. Muy, muy familiar.
Vestida de forma informal con unos vaqueros ajustados, unos tejanos limpios, una camiseta de lino de blanco inmaculado y el voluminoso pelo semiescondido bajo la visera azul de una boina puesta descuidadamente al revés, subió los ojos grandes por todo mi rostro y los clavó en los míos, con una intensidad abrumadora.
Como esas películas cursis de romanticismo adolescente de las que tanto nos gustaba reírnos sin tapujos antes de que todo se torciese entre nosotros, nos miramos fijamente. El tiempo pareció detenerse. El aire pareció congelarse. En lo que a mí me pareció la vigésima vez en lo que llevaba de día, volví a quedarme sin palabras. Sólo al cabo de medio minuto pude balbucear con voz incrédula, trémula y esperanzadora:
-¿A-Anna-beth...?
-…-…-
¡Lo sé, soy mala! Os dejo con el suspense, ja. ¿Pensabais que era Thalía, a que sí, a que sí?
Espero que os haya gustado el capítulo. Tuve que leer unas tres veces la escena de percy y Afrodita en el coche de Ares en la escena de "La maldición del titán", para pillarle el puntillo que Riordan dio a la diosa del amor. (Creo que la he tomado bien las medidas, pero ya me diréis, ya). Aun así, ha sido divertidísimo escribirla. Mientras lo hacía me estaba riendo de lo lindo imaginándome la cara que se le habría quedado al pobre de Luke y la filedigna lealtad de Afrodita con el amor, jejejeje.
Por lo demás, siento no haber actualizado la semana pasada. (Los exámenes me tenían más que maniatada). Pero en compensación os he traído un capítulo bastante largo, eh. ¡Más de cuatro mil palabras! (Normalmente lo habría dividido en dos; pero además, como era todo conversación, habría quedado fatal separarlos). PPero bueno, ¡igualmente espero vuestros comentarios! No me falléis.
Nos vemos en el enlace de abajo...?