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Historia 126109 — capítulo 9
Disclaimer: Aunque me cartee mucho con Riordan, sigue sin cederme sus derechos de autor. (Lástima). Así que los personajes y escenarios siguen siendo suyos... De momento.
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Capítulo 8. Día cuatro: la bienvenida de Clarisse.
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Me puse de espaldas al conjunto de casas bajas, escudriñando el terreno en busca de alguna otra entrada por el cual vislumbrar movimiento humano a lo lejos, pero nada. Y entonces...
—¡Vaya! —exclamó repentinamente una voz bronca, grave y a pesar de todo femenina detrás de nosotros—. El gran guía y señor Grover visitándonos por estos lares. ¿Qué te trae por aquí, amigo sátiro?
La improvisada bolsa de viaje regalada por Hermes golpeó mi espalda cuando me giré en redondo sobre los talones, buscando la fuente de la que provenía la voz. La robusta joven de cabello rígidamente cortado a la altura del mentón que se aproximaba a nosotros con enérgicas zancadas por el sendero era la persona con la que menos me apetecía tropezar en esos momentos. Resultaba que la segunda persona con la que iba a encontrarme volvía a ser alguien inesperado, fíjate tú. Se trataba de nada más y nada menos que Clarisse La Rue.
Preguntándome a mí mismo por qué diantre tenía que ser precisamente ella quien me introdujera en ese anónimo campamento adulto, hundí la barbilla en el pecho y con la vista la recorrí de arriba a abajo, evitando toparme con sus ojos llameantes. De cuerpo no había cambiado casi nada: figura grandullona, hombros anchos, pelo corto, ojos negros y llameantes, y un rostro curtido y malicioso.
Eso sí, al menos se le notaba que había crecido. Ahora aparentaba tener unos veinte años, año más, año menos. Vestía un traje compuesto de pantalón y blusa larga de amplias mangas y pardos colores que se mimetizaban con el entorno verde que nos rodeaba. En las piernas llevaba enfundadas unas botas de suave pelaje de cuero negro que parecían más pesados que un casco de caballo, y que, estaba seguro, podría derrumbar de igual modo y dejar cao a alguien, si así ella lo quería. Encascado en la cabeza, un sombrero de hombre de ala ancha y visera pronunciada, ocultaba media parte de su rostro. O al menos por un momento, porque pronto se despojó de él, quitándoselo con un ademán impaciente.
Puse la mente en blanco y comencé a repetirme a mí mismo, en un mantra desesperado: "Clarisse no, Clarisse no, Clarisse no". Era nueva; era una recién llegada; era una chica, no un chico; era Lucy, no Luke. Clarisse no podía ver a través de la niebla de los dioses. ¡Mi futuro no podía estar en manos de ella! Los dioses no podían permitirlo. No podían hacerme aquello.
A medida que ella se acercaba junto a nosotros y que sus ojos constataban mi presencia, mi corazón golpeaba con fuerza contra mi garganta. ¡Por todos los dioses del Olimpo...! ¡Malditos fueran todos! Dudé. Miré al frente, miré detrás. Basculé el peso de una pierna a otra y miré por encima del hombro, decidido a salir disparado al instante hacia el bosque como alma que lleva el diablo, si es que en los oscuros ojos de la hija de Ares veía revelado el brillo innegable del reconocimiento de mi verdadero rostro.
—¡Clarisse! —exclamó Grover con una mueca radiante—. Me temo que me he confundido un poco. Intentaba llevar a su dormitorio a Lucy, pero... —Echó una ojeada circular al camping, a la media luna circular que formaban las casas de baja planta que se desplegaban frente a nosotros—. Todavía no me acostumbro a la distribución de este campamento, ¿sabes? Me alegro de que seas tú quien nos haya encontrado. Así podrás ayudarnos...
La cháchara entusiasta de Grover fue decayendo de intensidad a medida que Clarisse se nos acercaba, y a medida que nos era más visible el mohín hosco que formaba su ceño profundamente fruncido.
Una vez terminó de adelantarse, la chica se detuvo, resoplando, y alzó los ojos de mi cuerpo hacia mi rostro, asimilando con rapidez la capa hasta las rodillas y el traje oscuro y polvoriento que, gracias a un espejo cuadrado que encontré en las profundidades de la alforja preparada por Hermes, sabía que llevaba. Me puse cabizbajo y traté de adoptar un aire tímido y nervioso, con la esperanza de que eso me ayudase a no ser reconocido por ella. Una gran estupidez, sí, lo sé, pero ya me diréis vosotros qué haríais estando en mi lugar, si en vuestro futuro se determinase la posibilidad / amenaza de compartir algo más que una mirada aprensiva con Clarisse, la chica conocida también como la "Antiachuchona".
—Con que Lucy, eh? —la mirada, ligera, ceñuda y torva que me echó hizo que reculase un paso. Era impresionante el nerviosismo que podía provocar una simple ojeada suya. Parecía la de un sargento pasando a análisis a su soldado más inmundo.
Clarisse frunció aún más el ceño al fijarse en mi ropa polvorienta: pantalones ajados y manchados, camisa remangada con las solapas sudadas... Vamos, la perfecta estampa de descuido. Enarcó unas cejas al ver el bulto que se columpiaba en mis hombros, pero no profirió ningún comentario respecto a lo ligero que parecía el equipaje. Únicamente comentó con tono desdeñoso:
—Así que tú eres la nueva, ¿no? ¿La tal Lucy?
El gran alivio que me embargó al ver que la chica no me reconocía fue tan grande que ni me importó su timbre áspero y gruñón. Clarisse pronto devolvió su atención a Grover, quien disimuladamente, mientras la joven me ojeaba, había dado unos tres pasos hacia atrás, sabiamente prefiriendo estar al margen del ceño pronunciado y esas cejas intimidantes que tan bien se gastaba la hija de Ares.
—Si vinieses más a menudo, no te pasaría —le espetó a un inquieto Grover—. No obstante, no te preocupes. A partir de aquí, efectivamente, ya puedo encargarme yo. —Dudó un momento y luego preguntó con voz no exenta de preocupación—. ¿Qué tal ha sido el viaje? —Su curiosidad se agudizó—. ¿Muy agitado?
—Casi que no —contestó el sátiro algo más aliviado, una vez Clarisse suavizó su expresión severa—. Elegí un camino menos conocido y, por lo tanto, menos transitado. A medida que nos fuimos adentrando en él, olí muchas veces el olor de los monstruos, pero... Por raro que suene eso, al final no nos hemos topado con ninguno de ellos... Es extraño, la verdad. Pero, ah, no puedo decir que no me agrade.
—Pues no debería agradarte —le espetó la chica de las batallas—. El hecho de que no os los hayáis topado, significa que estarán por ahí, dando por culo a otros insensatos que, seguramente, no sabrán ni cómo defenderse. —Se puso en jarras, las piernas separadas, los brazos tensos, la barbilla por delante como si quisiera apuntalarnos con ella—. ¡Y lo peor de todo es que ahora mismo andarán por ahí, libres, campantes! ¿Puede saberse qué clase de semidioses y sátiro estáis hechos? ¡Deberían meteros en purición, por cobardes!
Grover se fue encogiendo poco a poco sobre sí mismo a medida que avanzaba el vapuleo verbal de Clarisse. Pero yo me erguí bruscamente. Ni chica ni chico, ni hermafrodita ni unisexual, nadie me llamaría cobarde. No iba a permitir aquello.
Y entonces me sucedió algo extraño; o, bueno, tal vez no tan extraño, teniendo en cuenta cómo estaba siendo mi regreso a la tierra. Ante el toque de esa emoción fuerte de mi orgullo herido, en mi cabeza se arremolinaron colores, luces, bultos incongruentes, voces indistinguibles, borrosas imágenes que se disolvieron en un abrir y cerrar de ojos como papel mojado, deshechado por el desagüe. Sabía bien lo que significaban, pero decidí hacer caso omiso de ellas. No estaba preparado para otra ronda al pasado. No tan pronto. Pero que los recuerdos despertaran en mi cabeza ante esa sensación, era algo digno de tener en cuenta y analizar más tarde.
Avancé un paso hacia Clarisse, sin una idea clara en mente, tan sólo queriendo que retirase la pulla, pero la nueva mirada que la chica me dirigió era tan afilada que, en fin, no podéis culparme que me parase en seco, ¿verdad? ¡Era Clarisse, dioses! Ya me gustaría a mí veros haciendo frente a ese volcán fulminante.
—El caso es que hemos llegado sanos y salvos —musitó Grover, consiguiendo que la atención de Clarisse volviera a centrarse sobre él—. ¿Y no es eso lo más importante?
Clarisse resopló perceptiblemente, pero el silencio que siguió a la pregunta de Grover fue más que suficiente para entender que, aunque por muy poco, no iba a quitarle razón a aquel punto. Aprovechando ese asalto ganado, el sátiro se apresuró a anunciar en voz alta:
—Bueno, me temo que Los Mayores quieren verme —la voz casi no le falló a Grover; pero la insistencia de sus pezuñas a hacer un hueco en la tierra hablaban a las claras para todo aquel que le conocía de su nerviosismo... O, mejor sería decir, de su gran mentira. Había que admitir, eso sí, que era un buen recurso recurrente—. ¿Podrías llevarla a su dormitorio, Clarisse? No deseo que se enfaden conmigo. —después de que Clarisse asintiese, Grover se volvió hacia mí—. Ha sido un placer traerte, Lucy. Como te dije, aquí estarás a salvo. Y en caso de que no, Clarisse y los demás te enseñarán a defenderte y a ponerte a salvo. Ya lo verás. Puedes contar conmigo para lo que quieras, ¿de acuerdo? Recuerda; lo que necesites... sólo tienes que buscarme en el Bosque Intermedio, ese que hemos recorrido antes, ¿te acuerdas? Y preguntas ahí por mí. Te ayudaré... en lo que sea necesario.
—Gracias, Grover —dije. Me aclaré la garganta, incómodo por el tono tan tomado en el que había salido mi voz. ¡Era un hombre, dioses! No iba a echarme a llorar como una niña pequeña sólo porque no deseaba que Grover se fuera. Por supuesto que no—. Lo tendré en cuenta siempre y cuando tú recuerdes que aquí tienes a otro…, a otra, amiga. ¿Vale?
A nuestro lado, Clarisse soltó un sonoro bufido y aspiró ruidosamente por la nariz, dejando bien claro lo ñoño que le parecía la situación. Se cruzó de brazos y empezó a dar golpecitos al suelo con la punta de los pies, en un claro ademán de advertencia e impaciencia.
Antes de que a la chica se le ocurriera cogernos del cogote y sacudirnos a los dos cual cartón de zumo antes de ser abierto, cosa que a mi inquieto entender estaba cobrando decisión en la cabeza de Clarisse, me adelanté hacia el sátiro. Esta vez fui yo quien le extendí la mano a mi amigo. Se la apreté con fuerza, transmitiéndole de esa forma toda mi incalculable gratitud. Después nos separamos. Nos miramos con emoción contenida y, finalmente, cabeceamos afirmativamente. Grover saludó con la mano a Clarisse; dio unos cuantos pasos hacia detrás; giró sobre sí mismo y salió en tropel hacia el bosque, perdiéndose pronto en la espesura del verde follaje.
Durante un tiempo que no supe calcular, me quedé mirando con fijeza el punto en el que se había perdido la figura cuadrúpeda de mí tan estimado guía, hasta que Clarisse interrumpió abruptamente mis silenciosas elucubraciones.
—Bueno, muévete. No tenemos todo el día y el día no tiene por qué vernos aquí parados todo el tiempo, como pasmadotes.
Echó a andar sin esperar respuesta, caminando con aire orgulloso, segura de que iría tras sus pasos. Recordé que Clarisse era de esas personas que esperaba que sus palabras se cumplieran al pie de la letra, y sin rechistar. Así que, encarnando una nueva vida o no, con apariencia de chica o no, ¿por qué habría de ser ella diferente conmigo en esta ocasión? Ciertamente, había cosas que no cambiaban, ni aunque se llegase a vivir cien vidas, y Clarisse La Rue, era una de ellas. Suspirando, me apresuré a ir tras las zancadas de la bendecida hija de Ares. De buena me valió mi altura, porque sus pasos eran tan largos que casi tuve que correr para no quedarme rezagado.
Clarisse se detuvo frente a una de las casas rectangulares de planta baja. Más exactamente frente a la quinta empezando por la izquierda. Esta tenía un porche espacioso con una intrincada barandilla sostenida por decorativos pilares de hierro. A la casa le revestía piedras grises y blancas bien pulidas y en absoluto erosionadas todavía por el capricho del viento. Era sencilla y elegante, griega y moderna, abrazada por detrás, según me dieron a entender las gruñonas palabras de Clarisse, por un jardín hermoso que descendía hasta un estanque de agua verdosa con varias aves chapoteando en su plácida corriente cristalina.
Un robusto árbol se plantaba a un costado de la casa, como si estuviera resguardándola, sobresaliendo notablemente unos cuantos buenos metros por encima de la puntiaguda fachada del bajo edificio, rociando de vez en cuando al techo rojo agujas y cortezas plateadas que refulgían bajo el tacto diurno del sol. Ahí estaba, recogida en un fondo verde y puesta bajo un cielo infinito, el lugar donde iba a pasar los trescientos sesenta y un días más importantes de toda mi existencia.
Continué andando tras los pasos de Clarisse, quien ya ascendía de dos en dos los altos peldaños de piedra. La puerta era de una madera pulida, abrillantada y maciza, si bien a la altura de los ojos había una compuerta de vidrio con marco de piedra que bien podría servir de mirilla. Clarisse llamó a la puerta con tres golpes certeros que casi hicieron retumbar los goznes.
Le lancé una mirada crítica y ella me la devolvió con creces en otra furibunda y malhumorada. Estaba claro que ni la paciencia ni el buen agrado formaban parte de la lista de sus cualidades. Al ver que nadie abría, Clarisse alzó una mano enguantada y la posó sobre el picaporte. Sin más preámbulos lo giró en redondo, abriendo a la par las dos puertas de madera maziza que custodiaban la entrada principal.
—Venga, ¿a qué estás esperando? —espetó sobre su hombro, demandándome con los ojos a que entrase tras ella.
Negando con la cabeza, la seguí. Un pequeño vestíbulo con el suelo desnudo pero limpio y pulido, nos dio la bienvenida. Se extendía en línea recta hacia el interior de la casa; en los laterales del pasillo, varias habitaciones, cerradas sobre sus goznes, flanqueaban el amplio corredor. Clarisse se detuvo frente a la primera puerta a la derecha, y señaló con un dedo admonitorio:
—Este es tu dormitorio. Adentro podrás encontrar todo lo que necesitas, incluso un baño bien amueblado sólo para ti. —Se giró levemente y señaló con un brazo hacia las entrañas de la casa—. Ahí al fondo está la cocina; es general, y esta noche, cuando todos vuelvan de sus incursiones al exterior, podrás conocer a los demás hijos e hijas de Hermes que también viven aquí.
¿Incursión al exterior? Pensé. Aquel tenía que ser el motivo por el cual no se veía a nadie transitando por el Campamento 2 y por el cual la zona parecía tan desierta. ¿Y por qué habían elegido a Clarisse como la representante de ellos para darme esa especie de bienvenida? Mejor no pensar mucho en ello, decidí. En cambio pregunté, sorprendido, sin querer dejar pasar la oportunidad:
—¿Y tú cómo sabes que mi padre es Hermes?
Clarisse sonrió burlonamente antes de responder:
—Porque no todos los días manda un mensaje un dios al campamento, anunciando a bombo y a platino que hagamos un hueco privado a uno de sus hijos. Una hija que, por cierto, todavía ni se había dignado a presentarse. —El frunce de sus labios dejaba bien claro los muchos reclamos que podía decir de aquella actitud predilecta del dios—. Uno cabría pensar que esperaría a que llegase, ¿verdad? A que cayese la noche y se celebrase la fogata general. Pero no... La señorita ya se merecía una presentación digna de una princesita, ¿cierto?
Me sonrojé visiblemente. ¿Que Hermes había hecho qué? ¿Es que acaso no le bastaba con haber participado junto a Doninframundo y a los demás habitantes del Olimpo para meterme en el atolladero de aquella situación? ¿Tenía que ponerme en ridículo también delante de los que iban a ser mis compañeros, y encima cuando yo no estaba?
La vergüenza y la rabia pugnaban un pulso de voluntades en mi fuero interno. Sin embargo, las palabras de Clarisse se colaron por mis pensamientos revueltos, haciendo que la comprensión me golpease de golpe. "Fogata general". Hermes no podía permitir que me mostrase tal cual era bajo las llameantes llamas de la hoguera. Así todo cobraba más sentido, cierto. Pero eso no quitaba mi disgusto, para nada. ¡Me había presentado ya de antemano ante los otros como una mimada a la que papá complace en todo!
Al final opté por escuchar en silencio a la joven que, con expresión ceñuda -en serio; empezaba a sospechar que esa era la expresión natural que más preferible y habitualmente adoptaba su semblante- me explicaba deprisa las localizaciones compartidas de la casa. Véase el comedor, el salón, la terraza, el estanque, así como a la gente, a la docena de mestizos, que podía encontrar viviendo en aquella cabaña.
—¿Que Annabeth vive aquí? —Su ceño se pronunció aún más; no sé bien si porque alguien se había atrevido a interrumpirla, o porque le extrañara que siendo supuestamente una recién llegada, yo conociera el nombre de una de las campistas más veteranas que tenían—. Es que Grover me ha hablado mucho sobre ella —me defendí, sin mentir en lo más mínimo.
Era cierto que mi amigo me había hablado de Annabeth. Y lo había hecho tantas veces y hasta la saciedad que, en fin, recuerdos propios a parte junto a la hija de Atenea, era como si ya la conociese de toda la vida.
—Grover me ha dicho que ella es la persona que realizó el diseño de construcción y arquitectónico de toda esta parte del campamento —me apresuré a excusar mi desliz a Clarisse, con fingida despreocupación y una pizca de inocente curiosidad—. Según él, ella es hija de Atenea. ¿Cómo es que convive junto a los hijos de otros dioses que no son sus hermanos?
Casi podía sentir en la carne las llamas desdeñosas que destilaban los ojos de Clarisse.
—Aquí no seguimos la misma distribución que el campamento Mestizo 1 —replicó con un tono que decía "ya tendrías que haberlo imaginado"—. Todos ya somos bastante adultos como para que nos anden diciendo con quién compartir casa y con quien no. ¿No crees? Lo que hacemos es más sencillo. Quienes se llevan bien, conviven en la misma casa. Y punto. No hay mayor regla que esa.
Vaya, eso sí que era toda una novedad.
—¿Y los chicos también entran en esa misma regla? —pregunté, más que sorprendido.
—Mientras sean dormitorios separados —dijo, encogiéndose de hombros—, no hay ningún problema. —Enarcó una ceja, a modo de burlesca morbosidad—. ¿Por qué? ¿Acaso no te ves capacitada para controlar tus impulsos carnales?
La sonrisa torva que me dirigió me convenció de que la chica bromeaba... Bueno, mejor dicho, yo mismo convencí a mis oídos a que no habían escuchado la pregunta. Me negaba en rotundo a que semejante intimidad de mi cuerpo llegara a los oídos de alguien tan... En fin, tan Clarisse, y nunca mejor dicho, como lo era Clarisse.
—Bueno, pues muchas gracias por todo —me obligué a musitar. Mal que bien, me había ayudado a llegar a mi destino. Le extendí la mano, antes de que se fuera, en un ademán educado y, sí, ¿por qué no reconocerlo? También reconciliador para limar posibles asperezas del futuro—. Encantada de conocerte, Clarisse.
Ella miró mi mano como si fuera una víbora venenosa de la que necesitara cerciorarse que no iba a morderla antes de tener el arrojo de tocarla. Una vez se convenció de que mi palma no iba a empezar a retorcerse como un reptil, Clarisse se sacó el guante que protegía su mano derecha y me la estrechó brevemente.
No había puesto gran fuerza en el apretón de manos, pero, oh, vamos, era Clarisse; y siendo yo un chico o no, el hecho de que estuviera más que acostumbrado a estrujar cosas y a blandir espadas ante monstruos o pupilos imaginarios, no garantizaba que ella no apretase con saña mis dedos. Ella sí que se había estado entrenando de verdad, y no en una escena de ficción proporcionada por los Elíseos. Además, la mirada desconfiada de sus ojos no se había aplacado lo suficiente como para que yo no me alegrara de recuperar sana y salva y al poco tiempo mi mano.
Puse el brazo a la espalda y moví los dedos con disimulo, comprobando que a ninguno le faltara la sensibilidad. Finalmente la chica se alejó a pasos largos y resueltos por el pasillo, deshaciendo el camino y perdiéndose su figura de inmediato tras descender en tropel los escalones y girar a la izquierda.
Sacudiendo la cabeza, me giré hacia el dormitorio indicado por la hija de Ares, ese que según ella ya me correspondía desde mucho antes de que yo apareciera por el campamento viniendo a importunarla y al parecer también viniendo a sacarla de las muchas tareas que se moría por hacer, teniendo en cuenta lo aprisa que se había escurrido por el sendero de fuera.
Recordando que no podía quedarme solo en el pasillo como un tonto perdido, me apresuré a reafirmar el bolso de viaje sobre los hombros y a empujar la puerta del cuarto.
La estancia en la que entré era circular, amplia y muy luminosa. Tenía interpuesta en medio, justo en el centro, una gran cama y un par de almohadones de pluma, con una gruesa colcha de patchwork cubriendo las sábanas. Bien amueblada, como tan bien me había señalado Clarisse antes, con sillas de respaldo alto y un par de sofás, de foro verde mar, de dos plazas cada uno con mullidos cogines blancos. Había una mesa redonda de madera pulida con un mantel de encaje de color azul; y una gran alfombra de tono alegre se extendía rincón a rincón por todo el dormitorio.
Las paredes eran blancas y estaban completamente desnudas, a excepción de la ventana, también redonda, que se asomaba por arriba. En el techo, el dibujo de una vaca, un animal con el que muchas veces los mortales simbolizaban a Hermes, brillaba dorado y hermoso, junto a una bombilla grande y redonda de luz de cuello de bronce y cristal inmaculado.
Sobre la mesita de noche, de madera oscura y porosa, había un libro de cubierta oscura y letras doradas, titilantes, que cobraban intensidad cuanto más tiempo lo observaba .
Descargué el ligero bulto de la alforja sobre la colcha roja con franjas amarillas que cubría la mullida cama, y sin sentarme en el colchón, extendí la mano y cogí el libro para ojearlo. Pasé las páginas, curioso, pero todas presentaban el mismo estado. El tomo estaba en blanco. Las ojeé más despacio, una por una, pensando que tal vez me había saltado algo, pero no encontré nada. Ningún garabato; ningún dibujo; ningún trazo o letra dándome la bienvenida y diciendo lo buena que esperaban que fuera mi estancia por ahí. (¿Qué pasa? Si Silena era la encargada del campamento como me dijo Grover, puede que todavía siguiera siendo una aficionada a imitar el estilo de bienvenida de los hoteles. "Nota mental; buscar luego sobre la almohada un caramelo de limón"). Sólo en la portada del volumen, había algo escrito. Y ni siquiera era eso, sino un grabado cuyo significado desconocía, y un número... El 361.
—Trescientos Sesenta y uno. —Leí en voz alta.
Graso error. Con un grito gutural, retiré con presteza el brazo, sacudiendo frenéticamente la mano y alejando lejos de mí el libro. Polvos dorados se adherían a las yemas de mis dedos, calentando, quemando. Con ojos redondos de estupor, clavé la mirada en el libro, que había quedado tirado en el suelo. Bueno, mejor dicho, en lo que antes era un libro. Las páginas blancas se desprendían de la cubierta y se dispersaban por todas partes, como si un urracanado viento las estuviese empujando. Del lomo, las tapas y la cubierta sólo quedaban cenizas resplandecientes, residuos de papel, tinta y cuero. De los vestigios de lo que antes era un libro, cual ave fénix, estaba surgiendo algo... No, mejor dicho, estaba emergiendo alguien...
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Tatatachán! ¿Quién creéis que será...? (¿Thalía**…,** Anabeth**…, campistas? ¿Enemigos…, titanes …, dioses? ¡Se aceptan apuestas!**
El capítulo me ha salido algo más largo que los anteriores -porque aunque ya lo tenía escrito, me puse a corregir, a sacar y a añadir, y al final como que he acabado poniendo casi mil palabras de más, jaja- así que espero que os haya gustado y que no haya sido nada pesado de leer. (La descripción de la casa, a excepción de la habitación, es greco-rromana, con tintes norteamericanos). Y la forma en que retracto a Clarisse creo que es fiel a la de Riordan … -como que la chica es muy gruñona con Percy, jeje, cosa que me encanta de ella- Pero si no, me decís, ¿OK?
En fin, eso es todo por esta semana.
Espero veros en los comentarios!