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Historia 126109 — capítulo 8

Disclaimer: Que Riordan se quede con el monney dólar, que a mí me bastan vuestros comentarios. (Mentira, quiero dinero, pero son esas tonterías que dices cuando no quieres problemas con la ley. xd).

-…-…-

Capítulo 7. Día cuatro: Campamentos Mestizos.

-…-…-

Cruzamos la portezuela de hierro, y de inmediato avanzamos a pasos apresurados por el sendero reclinado que daba a un amplio llano.

Los pájaros reían y piaban libremente desde el resguardo de sus lejanas ramas; los insectos y demás animalejos terrestres pululaban por las zonas verdes y no tan verdes; las esponjosas nubes blancas se apresuraban a reunirse en algún punto intermedio del despejado cielo azul, algunas de ellas sincronizando su vuelo con la de un ave rezagada.

Pisando la tierra amada, firme y conocido del campamento Mestizo, sintiendo cómo la energía, las ganas, el entusiasmo y la fuerza subían cosquilleantes por mis piernas, por la columna vertebral, por los brazos, hasta acabar recorriendo todo mi cuerpo, espantando a su paso el miedo y la indecisión, relajé los músculos, subí la mirada al frente y aspiré con honda avidez, llenando mis pulmones y las demás células vivas de mi cuerpo de algo más que aire u oxígeno. Llenándolos de esperanza y coraje, embriagadores sentimientos que me ayudaban a afrontar con valentía cualquier suceso conveniente o inconveniente que el futuro tuviera a bien mostrarme en los días venideros.

-Ven, puedo enseñarte cómo es el campamento juvenil mientras nos dirigimos hacia la Zona de Adultos… queda de paso. -Me ofreció Grover.

Como no podía decirle que me sabía esa zona como la palma de mi mano, asentí. Además, ¿siendo sinceros? Quería, no, Necesitaba ver esos sitios conocidos de nuevo.

Al llegar a la base de la alta colina, no pude evitar alzar la vista hacia la cima, donde, durante años, estuvo plantado el árbol de Thalía. Ahora, custodiando el venecillo de oro en su lugar, había un enorme dragón que dormitaba amodorrado junto al mágico venecillo.

El leviatán tenía una cabeza grande de tamaño considerable y a tener en cuenta, en la que destacaban unas púas flexibles y afiladas con la punta negra alrededor de la base de la mandíbula y en la parte posterior del cráneo detrás de las grandes orejas que parecían abanicar más que diez abanicos juntos, el conjunto de la testa de un armatoste que por su aspecto más parecía otra arma a temer. La nervuda cola del dragón rojo acababa en varias púas semejantes a las de la cabeza, aunque a simple vista parecían ser más duras y rígidas. A pesar de estar tumbado, dormitando aparentemente, el dragón meneaba espasmódicamente la cola con fría lentitud, barriendo las piedras, los huesos, la hojarasca y demás residuos naturales que encontraba en su recorrido.

En las alas tenía incrustado unos poderosos músculos bajo el entramado de escamas rojas y brillantes que le cubrían los hombros, y una ristra de afilados colmillos como dientes de sierra, con claros restos sanguinolentos que bordeaba el largo morro del animal, parecía datar del fabuloso banquete que hacía poco se había dado, y que, por lo visto, podría ser el motivo de sus cabezadas. Sospeché que a pesar de su apariencia adormecida, aquel dragón de fabulosa porte defendería con furioso celo su custodia.

Mi vista se enredó en su cuerpo inmenso e imponente de garganta gruesa y profunda. En el amarillo bruñido que dejaban entrever sus entrecerrados párpados; en la letra "S", que formaba su cuello ladeado que descansaba entre sus patas; en la peculiar tonalidad metálica de su mortífera piel; en las semiescondidas garras de punta negra que herían sin maldad la tierra; en los labios levemente retraídos en un gruñido de ensoñación que además dejaban ver la brillante punta roja y bífida de la lengua que gobernaba en la cavidad de su boca, muy similar a la de una serpiente; en las escamas escarlatas que recubrían su bestial espalda.

Mientras lo observaba, la cicatriz de garra de dragón que empezaba desde abajo de mi ojo en una línea blanca dentada y que descendía para cruzar casi todo un lateral de mi rostro, comenzó a palpitar con furia contenida, como si fuera una herida reciente, recordándome mi pasado enfrentamiento con un ejemplar como aquel.

El dragón, que a pesar de su majestuosidad no podría tener ya la edad adulta de un leviatán, movió levemente la cabeza entreabriendo las fauces y expulsó un ronco rugido que, si bien no era ensordecedor ni fulminante, fue lo bastante sonoro para hacer vibrar su cuerpo así como a la tierra que se comprimía bajo su generoso peso, causando de paso algunos desprendimientos de guijarros de barro y agujas de pino. Hilillos grisáceos salían disparados de sus grandes orificios nasales hacia el cielo al son de sus prolongados ronquidos.

Finalmente, retomé la arbolada senda en dirección a Grover, que había seguido andando hacia el interior del campamento, hasta volver a caminar a la par de sus pasos.

El sátiro me observó, pero no me dijo nada. Como todo sátiro, capaz de leer como un libro abierto las emociones ajenas, parecía comprender el estado estupefacto de mi rostro, si bien sospeché que él lo atribuía a la sorpresa de ver por primera vez a un semental de tamañas dimensiones, y no a la consternación, que era la emoción que realmente me embargaba por dentro.

Así pues, seguimos andando a paso comedido en un relativo silencio. Grover me enseñó la pista de arquería; la Casa Grande con su tejado azul a dos aguas y la galería cubierta que lo rodeaba; los campos de tiro con arco; los campos de tiro de jabalina y el arbolado campo de equitación con sus correspondientes establos; el lago de canotaje, el pabellón de cara al mar y al aire libre que era el comedor, el anfiteatro de canto y actuación situadas cerca del campo de fresa cuyos frutos se tostaban plácidamente al sol; la zona de voleibol, y la arena circular, habitual escenario de los combates a lanza y espada, además de los restantes edificios griegos con sus blancas columnas que aquí y allá se diseminaban por el valle.

Andando codo con codo junto al que se creía mi guía, me obligué a mirar boquiabierto todo lo que me señalaba Grover y lo que salía a nuestro paso. Nada de lo que veía me sorprendía, por supuesto; pero alguien nuevo vería el panorama del campamento con ojos redondos y sobrecogidos, así que... A fingir, tocaba.

Vislumbré junto al bosque y el lago las estrafalarias cabañas donde dormían los campistas, cada una de ellas erguidos como tributos a los dioses. Mis ojos se entretuvieron por un instante en la cabaña campista de color marrón, perteneciente a los hijos e hijas menores de edad del dios Hermes, pero pronto se alejaron de su fachada desgastada, pues me traía muy malos recuerdos.

Sin embargo, hubo algo que me llamó la atención. Doce… no, no había doce cabañas. Cierto que la "U", que formaban las que yo conocía, permanecían ahí, intactas; pero ahora se habían añadido otras varias, alargando los laterales, haciendo hueco, por fin, a los hijos nacidos de los dioses secundarios.

Solas todavía, en la cabecera, estaban las de Zeus y Era, simulando su posición dominante en las alturas del Olimpo. No obstante no cabía la duda. Había ya por fin una cabaña por cada dios divino, incluso para aquellos que sólo eran la sombra de los Grandes. Había un lugar respetable, asignado por propio reclamo del progenitor Olímpico y no por descarte, para todos y cada uno de los mestizos que estaban en el Campamento Griego. Y esta vez, advertí, no había ninguna vacía cerrada a cal y canto, ni otra abarrotada, mudo testigo de nocturnos llantos de niños abandonados.

Percy había cumplido..., y los dioses lo habían admitido: el cumplimiento a la promesa del abierto reconocimiento a todos sus hijos.

Sin poderlo evitar, di un hondo suspiro que extrajo fuera de mí hasta la última mácula de preocupación de mi ser. Me sentía bien, aliviado. Pero, sobre todo, me sentía orgulloso por comprobar el logro de Percy, la felicidad de muchos niños, la palabra de los dioses que por primera vez se ganaban sin reservas mis alabanzas.

**.

Grover me guió por el prado, hacia el otro lateral del bosque, doscientos metros más allá. Separando la zona joven de la adulta, había arboledas de árboles, una corriente sinuosa de agua brillante, acres de fresas pululando bajo un cielo azulado mágicamente soleado.

Estaba tan hechizado por el brillo embeleso y la sana naturaleza que nos rodeaba, que tuve la sensación de estar de vuelta en algún prado de los Campos Elíseos. Así de hermoso y sobrecogedor me resultaba el panorama. No podía dejar de admirar el abanico natural que se desplegaba frente a mis extasiados ojos.

El ambiente estaba impregnado de un aroma floral procedente de cientos y cientos de abiertos capullos rojos, blancos, azules, lilas, amarillos, y un sinfín de colores a los que el sol les arrancaba titilantes destellos dorados que iban a parar también a las hojas y a las cortezas de los robustos árboles de alrededor. Curiosamente, se me ocurrió pensar que no sólo el Campamento Mestizo parecía transformado; también el mundo entero parecía reavivarse bajo el escrutinio de tan hermoso pasaje natural.

Con ese despliegue de tonalidades de intensos verdes, azules y rosados, con las hectáreas y hectáreas de tierra fértil que se extendían a ambos lados de nosotros sin ocultar la huella del plantado trigo, el maíz, los viñedos y frondosas vides, estaba claro que aquel pequeño -aunque bien provisto bosque- no estaba puesto sólo para el disfrute de los sentidos, sino también para cumplir con la necesidad de abastecer los siempre hambrientos estómagos de los campistas.

Tras diez minutos de embelesada caminata -sí, lo reconozco, por culpa de mis cortos pasos embobados con el bello y añorado paisaje- después de salvar el desvío de un camino de tierra removida que desaparecía tras recientes siembras, llegamos a la linde de un valle, desde el cual se veía un llamativo paisaje alegremente salpicado de variascasitas diseñados en una híbrida e innovadora arquitectura. Un letrero colocado al final del camino y señalando los pequeños edificios rezaba con letras grandes y negras, escritas a prueba de daltónicos como nosotros los semidioses:

"Bienvenido al Campamento Mestizo 2: sólo apto para quienes las camas se les ha quedado pequeña, o los ronquidos del Dragón demasiado molestos… Vale, ¡vale! ¡Sólo apto para Mayores de dieciocho! ¿Has oído, tú, renacuajo? Si tienes menos de dieciocho, ya puedes largarte de aquí".

Una flecha apuntaba al frente, donde estaban apiñadas las casitas. Me quedé mirando la peculiar estructura de esos nuevos edificios. ¡Y no era para menos! Es decir, mezclaba la griega antigua y la moderna estadounidense. Eran una veintena o treintena de casas grandes y rectangulares, de una sola planta, con un tejado a dos aguas, con un tamaño ampliamente monumental aunque no colosal.

Desde el exterior, tenían una gran perfección, gracias al buen balance de armonía y belleza que proyectaban por igual. Eran de piedra blanca e impoluta, decoradas graciosamente algunas con cenefas y rosetas, otras con ovas y perlas, y otras con meras palmetas armoniosas. Tenían los marcos de las ventanas, las jambas de las puertas, las barandillas de las escaleras que iban a dar de bruces con las entradas a cada una de ellas pintadas también de blanco.

Estaban colocadas unas al lado de otras -separadas eso sí, por considerables metros de distancia entre ellas- formando un medio círculo, de forma que, entre todas, rodeaban un sobresaliente edificio rectangular que, contrario a los otros, tenía un estilo cerrado en sí mismo, teñido de un color digno de azulejos. Tal edificio central tenía una cubierta exterior a dos aguas y con tejas planas con una pequeña teja curva en las junturas, en la que se encaramaba una gárgola a modo decorativo. El templo de rezo a los dioses..., supuse, un guiño a las costumbres religiosas de la polis de la antigua Atenas.

Si todo aquello lo había diseñado Annabeth, desde ya tenía mis respetos más sinceros; ¡era fantástico! como arquitecta, la chica de verdad se había lucido.

Grover me guió hasta ellas, pero parecía indeciso, como si no supiera o no pudiera distinguir con exactitud a cuál de todas esas casas me correspondía ir. Torcimos a la izquierda y nos topamos con un recio roble y un rugoso olmo que flanqueaban una amplia verja gris. Luego de traspasar la alambrera, noté que en los hierros de los cuadrados de lareja se pegaba otro nuevo letrero que rezaba:

"Vamos, deja de hacerte el remolón y entra. ¡Se supone que ya eres lo bastante mayorcito para superar estos muros tontos!".

Sonriendo con nerviosismo porque ambos carteles parecían haber leído mi estado de ánimo, busqué algún indicio conocido con la mirada. No se oía el entrechocar de armas; no se escuchaban los gritos agudos de varias voces hablando en voz alta; no se distinguía el ruido típico de un campamento ajetreado. O bien no había nadie -cosa que costaba creer, realmente- o bien esta vez habían sido más sabios y los gimnasios y demás salones de entrenamiento o entretenimiento estaban refugiados en la fachada perteneciente a algunas de aquellas numerosas casitas. Aun así, resultaba muy extraño no oír en el ambiente el tropel humano de gente alrededor.

¿Dónde estaba la gente?

-…-…-

¡Hola!

Aquí otro capítulo! Sí, sí, sé que no pasa nada interesante, pero es que yo soy persona de descripciones, y necesitaba dar hueco como era debido al lugar que Luke bien llamó hogar... Y al que pronto -más le vale, jeje- tendrá que querer también como un hogar.

El dragón del venecillo no es el de Riordan. Busqué y busqué en los libros, pero no vi ni una sola descripción del animalejo, sólo su color, así que lo he puesto tal y como salía en mi versión original de la historia. (Recordad que esto es una adaptación de un original mío al mundo y personajes de Rick). De todas formas, si me he equivocado y resulta que sí que hay descricpión -no sé, en esos libros posteriores del Campamento Romano- me avisáis y lo corrijo, ¿vale?

También quiero decir que para crear el Campamento Mestizo 2, me informé. (Ya sabéis, leyendo diseños arquitectónicos de casas del siglo XIX, y de los templos, panteones y viviendas de la Grecia pasada). Espero que no os haya resultado muy pesado. ¡Y que os haya gustado, eh! Sobre todo eso último.

En fin, eso es todo.

¿Nos vemos en los comentarios? Espero que sí, espero que sí.

PD: Se me olvidaba... La ganadora (con diferencia de dos votos), es... Thalía! (Hay un personal por aquí, que corretea feliz, jejeje). Pero ya verá Lucy que Grace no es de las que lo ponen muy fácil, ya.