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Historia 126109 — capítulo 7

Disclaimer: Ni hombre ni padre. Ni rico ni escritor. No, no soy riordan. (¡Dioses! Qué más me gustaría). Lo aclaro desde ya, no vaya a ser que se cuele por aquí algún letrado olímpico y se confunda de defensor. xddd

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NT: Leer la nota de abajo. ¡Es muy importante!

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Capítulo 6. Día 4: Primer recuerdo.-…-…-

Durante el viaje, fui conociendo a Grover. A mi viejo amigo, a quien reencontré en las bromas y en las historietas, dispuesto a hacer sacar una sincera sonrisa a alguien, siempre puesto a dar un buen consejo, asustadizo pero decidido a hacer lo que creía correcto. Pero también conocí al juicioso sátiro, al Grover serio y atento, obligado a madurar debido a las secuelas del conflicto de titanes, abrazado siempre a su palabra y más rápido que nunca a interponer su cuerpo por la vida de quien protege. Y mi respeto al ver en quien se había convertido no se hizo de rogar, porque a ambos aprendí a querer por igual.

Entre preguntas, apoyos, confesiones, bromas y diversiones, alcanzamos una relación mucho más llevadera y fraternal que la que incluso tuvimos anteriormente, antes de que todo se torciese. Y lo mejor de todo era que con Grover no temía las agudas preguntas, porque entre tanto cambio y crecimiento, su habitual indiscreción se había suavizado bastante. Ahora, por ejemplo, cuando le pedía que por favor no encendiese el fuego, se encogía de brazos sin preguntar por qué, a pesar de que sus ojos me mensajeaban claramente: rara, rara, rara.

**

Al cuarto día, cerca del mediodía, hicimos un alto bajo la sombra de unos árboles, asentados en un llano reclinado que desembocaba en un gélido arrollo. Me quedé de pie a una considerable distancia de la afluencia, rascando piojosamente la suciedad que tenía pegada a las mejillas. Grover saltó hábilmente de una roca a otra, parándose en una que estaba bañada por los cálidos rayos del sol, inclinándose hacia la helada corriente. Con envidia, vi como se echaba agua a la cara, tratando de refrescarse y de recuperar algo de la energía perdida. Yo también estaba cansado. ¡Caray si lo estaba! pero como si le tuviese mirando por encima de mi hombro, recordé claramente las palabras de Hades:

"Eso sólo significa que, ante la gente, no podrás aproximarte a nuestros elementos porque entonces la niebla se levanta.

Cada golpeteo del agua en la orilla me susurraba Poseidón, dios del mar, aunque por extensión, dios de todas las aguas. Reprimí las ganas de lanzarme de cabeza al arrollo. Sólo era el primer obstáculo de tantos. Así pues, a pesar de mi abatido aspecto tiznado de sudor, rasguños y barro, me dejé caer cansado bajo las amplias copas de un arbusto, reclinando la cabeza contra la aspereza de su corteza. No obstante, pronto eché una mirada circular a mí alrededor, buscando la fuente de mi inquietud.

Arrollo cristalino, con cortante corriente fluyendo río adentro. Lados de la trocha, con bordes dorados por el sol. Arena fina y húmeda, llena de hojas y ramitas resecas. Rocas planas y amplias de múltiples colores... Fruncí el entrecejo por la incomodidad. Ahí había algo que me resultaba desquiciantemente familiar.

Cerré los ojos cansado, tratando de relajarme aunque tan sólo fuera durante un mini segundo, procurando no hacer mucho caso a esa sensación de aviso y alarma que se murmuraba en mi mente, y así relegar la incómoda sensación de deja vú. Pero, maldición, ni siquiera eso pude hacer. Al instante de cerrar los párpados, pasó por mi mente un torbellino de imágenes. Caras, luz, tierra, colores... Y de pronto, me vi a mí mismo en una posición similar a la que ahora tenía, época pasada, infancia expuesta, niño desaliñado y harapiento.

··

Es su primera vida y tiene nueve años. Está desfallecido en el suelo entre los enredos de unas anudadas raíces, recién escapado de la involuntaria prisión de cemento de su madre. Siente la garganta reseca, de tanto gritar. Resienten los nudillos y las uñas despellejadas de tanto golpear y trepar. Cree que va a morir; de hecho, está seguro de que no va a sobrevivir. Pero entonces, el leve temblor de unos pasos retumbando bajo sus huecas mejillas le da a entender que no está solo en la sombra de ese raído árbol. La aparición de dos menudas figuras haciendo pantalla a su nublada vista lo confirma.

Sin tiempo de alarmarse, siente unas manos pequeñas que le ponen boca arriba. Parece que al final ha acabado por desmayarse porque requiere de varios y abundantes chorros helados en la cara para reanimarse. Sin fuerzas para hablar, se deja manejar por unas decididas manos que le incorporan con destreza, a pesar de que tiemblan bajo el liviano peso de su cuerpo. Nota como un cuenco metálico interfiere el balbuceo incontrolable de sus agrietados labios, y un trago de agua azucarada se desliza, revitalizante, poco a poco por su vacío estómago.

Termina por abrir los ojos y lo que ve le sorprende e incomoda por igual. Hay una niña de unos cinco años arrodillada frente a él, con ojos grises llenos de inquietud, nerviosismo y alivio. Sus ojos van veloces y registradores de su cara, a su cogote, al entorno en sí. Por un momento, lo único que piensa estúpidamente, es que los dioses han mandado a un ángel cabreado a su rescate; y es que esos ojos perseguidos a cualquier leve movimiento por una larga melena rubia enmarañada, llenos de petulante sabiduría y prematura astucia, sólo pueden ser sobre divinos o seminaturales. Pero luego comprende que la niña, a pesar de seguir vertiendo cuidadosamente agua en su garganta, está vigilando por cualquier indicio de peligro. No tiene tiempo de extrañarse porque alguien tan infante tenga tan sensible y afilado el instinto de desprotección y riesgo, porque un movimiento de rodillas le recuerda que está recostado en el regazo de otra persona cuyo rostro y nombre aún le es ajeno.

Dedica un leve movimiento de disposición y gratitud a la chica del cuenco. Luego se levanta hasta estar medio enderezado, y apoya la espalda en el anguloso tronco del árbol, ayudado por las siempre omnipresentes manos firmes y pequeñas, y lentamente gira la cabeza hacia su segunda salvadora, una niña de unos siete años que parece ofuscada por su peso. Con la mente todavía algo nublada, alcanza a pensar que es la niña más directa, enfadada y peligrosamente tensa que ha conocido. Ella sube el mentón analizadora, escrutando la cara del intimado niño, buscando algún resquicio de desmayo. Y él, pretendiendo ocultar su vergüenza e inseguridad, busca sus ojos para fulminarla, pero lo que encuentra le deja momentáneamente indefenso.

A pesar de la tirante mueca en los labios, hay calidez, sosiego,y bienvenida en su enjuto rostro, a la par que una advertida prudencia, confianza y una oferta de seguridad en sus eléctricos ojos. Son los ojos más azules y arrebatadoramente retadores que ha visto en su corta vida. E incluso se atreve a especular que sus ojos son la imagen más profunda y bonita con la que se ha topado, cosa que tiene todo sentido y razón puesto que hasta hacía tan sólo pocas horas siempre ha estado encerrado en un polvoriento almacén subterráneo a pie de calle.

Simple belleza mortal de la que beben sus ojos como si fueran entregas celestiales.

O eso cree. Porque cuando su conciencia es consciente del fondo de agua cristalina que hay tras la cabecita rubia, y los juguetones zarandeos del viento en los que está sumergido el corto y rizado cabello negro de la morena, jamás lo admitirá, pero su cuerpo tiembla bajo el peso de las dos miradas, y en su ombligo hay un nudo que tira insistente por el resquicio de esperanza y el futuro de un bendito quizás que le extienden ambas niñas. Sonríe. Sin saber bien por qué, salvo que en su pecho no sólo siente que es lo correcto sino que también es lo que quiere hacer, sonríe. Y las amplias y sendas muecas que le devuelven los dos pares de labios hacen aflorar en su pecho un nuevo sentimiento, una emoción a la que no sabe cómo definir ni calificar, una sensación que calienta su sangre, cosquillea su garganta y aflauta sus ojos. Una sensación que tal vez otras personas más diestras habrían catalogado de amistad…, concordia…, amor.

··

De vuelta al presente, me apreté la sien con ambas manos al tiempo que balanceaba el cuerpo de delante hacia atrás. Haciendo semejante gesto debía tener toda la apariencia de alguien muy trastornado y perturbado, seguramente. Pero a mi me sirvió para espantar las impactantes visiones de mi mente. Enterrando los dedos en la húmeda tierra para recordarme en qué tiempo estaba, fijé la vista al frente, y comprobé que ese lago del que en esos momentos estaba saliendo un refrescado y animado sátiro, era el mismo que siglos atrás testificó la colisión de tres niños con recién descubierta herencia divina. Mi primer choque con ellas. El encuentro mío de Thalía y Annabeth.

-¿No piensas meterte en el río? -Quiso saber Grover sacudiendo bruscamente el agua de su castaño pelaje que no se había molestado en ocultar tras unas falsas piernas, interrumpiendo de paso mis cavilaciones-. Si quieres asearte puedes hacerlo tranquila, yo no miro.

Me encogí de hombros.

-No, gracias; estoy muy bien así. -Grover me miró incrédulo, recorriendo elocuentemente las manchas que surcaban por toda mi cara y mis ropas, pero no dijo nada.

Nada de encender el fuego a pesar de los delatadores temblores del frío. Nada de transportes aéreos. Nada de caminar por esquinas donde se concentrase una afluyente ráfaga de viento... Una rareza más, creo que piensa, no hace diferencia.

**.

El almuerzo fue frío y lo comimos a toda prisa. A pesar del notable cansancio, una vez más estaba ahí el exigente Grover, metiendo prisa con sus últimos bocados de hierbajos en la boca. Me limpié las manos contra los pantalones, e incentivado por el pronóstico de llegada al Campamento por parte de mi amigo (dos horas a lo sumo), eché a andar detrás del sátiro, todavía con la cabeza recreándose en la escena del pasado. Siempre había creído -vale; conste que cuando digo siempre me refiero al breve tiempo in memoriam que lleva mi mente en el presente de la Tierra- que nuestro primer encuentro había sido en un entrerrejas de barro, y no en un desfallecimiento al pie de un arbusto... Pero, sobre todo, tenía la impresión de que ellas tenían un físico distinto. ¿Y por qué no? Que uno reviviese y reviviese una y otra vez, con siglos y siglos de intervalos por medio, no significaba que tuviera que tener siempre el mismo rostro, ¿no? Aunque claro, tal vez no era yo, el chico elegido tres veces como hijo de Hermes y heredero de una horrible cicatriz en el rostro, recordatorio de una estúpida lucha con un dragón en una pasada vida, el más apropiado para señalar ese no cambio.

El caso era que, visto lo visto -aunque quizás lo más acertado sería decir recordado lo recordado-, me equivocaba. A pesar de la edad, seguían manteniendo el mismo rostro, moldeado a infantes trazos de la niñez. Me di cuenta entonces de que esta vez sería algo diferente, porque Thalía no habría cambiado desde nuestro último encontronazo (el juramento de lealtad a Artemisa se lo impedía) mientras que Annabeth tendría…, ¿cuántos? Ni Jurado ni Doninframundo me habían notificado el año exacto en el que se empeñaban en marcar los calendarios. Así pues, no tenía ni idea de cuántos días terrenales habían transcurrido desde mi supuesta muerte.

Aunque yo no envejeciera en los Campos Elíseos, no podía decir lo mismo del precio que pagaban los seres vivos  en vejez y sabiduría del paso del mundo, la vida y la incesante rotación de la Tierra. El triángulo se había invertido: la más pequeña pasaba ahora a ser la mayor; el mayor bajaba a un mediano plano, y la volátil mediana aguantaba en un físico joven a pesar de tener en una suma normal, la edad más mayor. Fruncí el ceño, no gustándome para nada como pintaba aquello. ¿Cuánta edad aparentaba yo entonces? evoqué el rostro femenino que había vislumbrado en el espejo de Hades (vale, lo admito. Seguía negándome a admitir que aquella chica era yo), y calculé unos 20 o 22 años, a lo sumo. Quise estar cien por cien seguro, así que, tanteando a Grover, le pregunté sobre la edad máxima en que se podía estar en el campamento.

-Tranquila, el campamento siempre está abierto para todos los mestizos, tengan la edad que tengan y vengan de donde sea que vengan ellos. -Fue su distraída respuesta.

-Pero ¿entonces hay mucha gente de mi edad? -insistí.

-Bueno, de vez en cuando Beckendorf suele dejarse ver por el comedor, ya que él dirige las forjas. -Tropecé con mis propios pies y casi me caigo de bruces. Mantuve el equilibrio por poco ¿Beckendorf? ¡Pero creía que estaba muerto!-. Silena visita mucho las cabañas porque junto con Sr. D y Quiron, ella dirige el campamento. -Esta vez el tropiezo fue tal, que me pateé a mí mismo. ¿No se suponía que ella también había muerto? Aquello ya estaba dándome demasiado yuyu-. Ah, también suele aparecer Rachel; digo, ella es nuestro Oráculo ahora mismo..., ya sabes, la que pronuncia las profecías. -Continuó impertérrito Grover, ignorante de mis miedos y sobresaltos. Aquello sí que logró que me tropezase en condiciones. ¿Tendría cerca a la persona que había impulsado mi renacimiento? Casi besé el suelo por esa inquietante idea. Y no lo hice porqueGrover, muy diestramente, me ayudó a tiempo a estabilizarme-. Ah, y Clarisse suele dejarse caer por las cabañas... es normal, teniendo en cuenta que ella es la que dirige los entrenamientos. -No pude evitarlo. Me fui de boca abierta contra el suelo-. Y algunos cuantos más, como Percy, Chris, Nico... suelen pisar la zona de cabañas, pero normalmente suelen estar en los edificios vecinos del campamento, aprovechando sus hechizos protectores, pero no viviendo dentro de éste.

Grover me tendió la mano y tiró de mí.

-Cre-Creía que el campamento sólo tenía doce cabañas. Cada una por cada trono divinodel Olimpo -me apresuré a completar, ante la mirada interrogante de Grover. ¡Bocazas! me acusé mentalmente. Él todavía no había especificado de cuantas cabañas disponía el campamento.

-Bueno, hace unos años no lo tenía; pero desde que los ataques se volvieron más frecuentes y premeditados, los dioses permitieron que se extendiese los beneficios del vellocino de oro..., llamando a los Mestizos adultos a asentarse si querían, dentro. Con tantos ataques, no nos podemos permitir el lujo de que los maten y escaseen, precisamente. Ahora ahí es donde suelen ir los mayores de 18 años... Y, supongo que ahí es donde irás tú. ¿Es un sitio muy bonito, sabes? -Grover sonrió ampliamente-. Cómo no, si los diseñó Annabeth.

Y una vez más, yo que estaba a medio levantarme, volví al suelo aplastado por la sorpresa. ¡Lo había conseguido! Annabeth había cumplido con su gran sueño de diseñar un edificio, una estructura que tuviese su seña, que perdurase en la remembranza de los dioses del Olimpo.

-Mira -Grover me miró algo impaciente ante mi repentina y continua torpeza-, sé que debes de estar muy sorprendida por los nombres de los semidioses y eso... al fin de cuentas, todos ellos fueron héroes de la última batalla con los titanes. Y sí, entiendo tu ilusión por la perspectiva de compartir edificio con heroínas…, sobre todo con ellas. Pero es necesario que avancemos ¿entiendes? piensa que sólo son chicas, chicas como tú.

Sin embargo, permanecí despatarrado en el suelo, sordo a la diatriba lógica de Grover, la conmoción abarcando todo mi rostro.

Héroes…, mestizas…, cabecillas…, ellas… Ni de coña ¡No pensaba tener nada, absolutamente nada con Clarisse!

**.

Al caer la tarde, el sol desapareció tras unos lejanos picos montañosos, tiñendo el ambiente con suaves y discretos colores, permaneciendo las copas de los árboles inmóviles por la falta del viento, pareciendo el paisaje aguantar el aliento junto conmigo. Estaba de pie, inmóvil en la cresta de una simiente, al borde de la línea de propiedad de la colina mestiza, mirando una granja grande empotrada bajo el valle. Era el Campamento Mestizo. Mi hogar. Había llegado, había regresado por fin a casa. Sentía el corazón desbocado, como si acabase de correr 100 metros en apenas diez segundos. Se habían terminado las escamudillas en caminos poco transitados por los monstruos; se acabaron las noches relativamente tranquilas a la intemperie, rumiando en la cabeza qué hacer. Ahora sí que empezaba la verdadera misión. E inesperadamente, sentí miedo. Pavor, ha decir verdad.

De pronto, unas frases cruzaron mi mente. Fue algo fugaz, efímero, y sin embargo sabía que no me lo había imaginado. Sin saber cómo, supe que no se trataba de otro recuerdo del pasado... Más bien eran palabras del presente.

-Salta al vacío, Luke. Salta seguro como siempre lo has hecho. Sé que puedes hacerlo.

Era la voz de Hermes. Estaba cerca, lo intuía. Lo sentía observándome, asintiendo a mis temores. Era mi padre. El hombre con el que me había estado todo el tiempo peleando. Y esta vez, sin yo rogarlo, me había brindado toda su atención; y no como un dios, sino como un padre que por instantes, velaba por su hijo. Solté un hondo suspiro, asintiendo imperceptiblemente a sus palabras, gratificado por su cercanía y confianza.

Grover interpretó mi extrema quietud como pánico y timidez. Oprimiéndome el brazo para infundirme ánimos, se acercó a la entrada, empujándome suavemente por la espalda hacia los dominios protectores del campamento. Traspasé la puerta. Iba a dar comienzo la verdadera razón por la cual me habían dejado regresar a la Tierra: la caza de esa supuesta mestiza a la cual debía encandilar.

-…-…-

NT: ¡Hola!

¡Se acerca el momento, se acerca el momento! Pronto Luke volverá a ver a sus amigos... Y su vida se pondrá aún más de patas alrevés, jejeje.

Por otra parte, ¿qué os ha parecido el primer recuerdo? Por cierto que os habréis dado cuenta de que he cambiado el tiempo verbal. Es para que haya más distinción entre el tiempo presente, y el tiempo de los muchos recuerdos que le asaltarán al pobre chico. De todas formas, si no os convence la fórmula de narrarlo, me avisáis y ya veré cómo lo cambio. ¿OK?

Por lo demás, con un sólo voto no puedo hacer nada. ¿No creéis? Así que, vuelvo a pedir vuestros votos en los comentarios. (No seáis vagos; si la cosa es tan simple como entrar y decir quiero que Luke se quede con xxxx). ¡Última oportunidad!

Os recuerdo que están: Annabeth, Thalía, Silena y Clarisse. (Creo que sólo son esas cuatro; si me he dejado alguna, me avisáis). En fin, que sólo tenéis que dejar en los comentarios a vuestra mestiza favorita y, ¡tachán! La que tenga más votos, será la que complete el amor con Luke.

En fin. ¿Nos vemos en el enlace de abajo? Espero que sí, espero que sí!