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Historia 126109 — capítulo 6

Disclaimer: Todos los personajes y escenarios abajo presentados pertenecen a Rick Riordan. Yo sólo los cojo prestados para jugar gratuitamente con ellos.

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NT: Leer la nota de abajo. ¡Es muy importante!

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Capítulo 5. Día 1: Primer reencuentro.

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La mañana era fresca y despejada, y la ventisca que se arremolinaba frente a mi improvisada guarida, sacudía con furia el tejado de bolsas de plástico con el que algún Dios se había visto obligados a cubrirme, levantando a su paso una ola de polvo y suciedad que proporcionaban al aire un olor de resina y cloaca. El portal donde estaba acurrucado había visto tiempos mejores, pero por ahora, se conformaba con tener los barrotes medio torcido, la pared grotescamente pintarrajeada y las baldosas, misteriosamente limpias, con un color ocre y amarillento. Permanecí enrollado contra la pared y la metálica puerta, con la cabeza escondida entre los brazos y la nariz aplastada en el suelo. Estaba esperando que los espasmos provocados por el horrible sueño que me había despertado cesasen por completo. La risa de Cronos, los diversos y llameantes rostros de Tifón, el hormigueante letargo de Morfeo… ¡Joder! menuda forma mas asquerosa de empezar una nueva vida.

Me levanté pesadamente con los ojos llorosos a causa de las resecas legañas. Por unos momentos, la cabeza me dio tumbos y no sabía si estaba arriba o abajo. Bajé la borrosa vista hacia mi antebrazo izquierdo, donde tenía una fea y ennegrecida cicatriz en el mismo lugar en el que había estado mi punto mortal y, sospeché que, con niebla de camuflaje de dioses incluida, aquella herida sí que sería visible a todos los ojos humanos. Entorné la vista y analicé cuanto había a mí alrededor. Supuse que había sido Hermes quien me había dejado en aquel escondite, porque realmente no recordaba cómo y cuando había llegado hasta ahí. Lo último que recordaba era el tenso viaje con aquel dios; y más atrás, la extensa charla con don Inframundo; y más atrás…, nada. Sólo una vorágine de imágenes, de rostros conocidos, de susurros inconexos, de escenas, conversaciones y acciones… que en aquel momento no lograban tener ningún significado para mi madrugadora mente. Me raspé los párpados con los nudillos, mientras abandonaba tales cuestiones en un compartimiento profundo del cerebro. Me estiré en mi improvisada cama cuan largo era, soltando un bostezo camaleónico. ¡Dioses, pero que incómodo era ese suelo! ¿No podía haberme dado Hermes unas pocas mantas para amortiguar la dureza y la frialdad de aquellas desgastadas baldosas? Pero no, seguro que para el dios del viaje eso era mucho pedir. ¡Au! Sentía todas las articulaciones entumecidas y adoloridas, debido a la posición fetal en la que había permanecido durante toda la noche.

Me incliné hacia el improvisado techo que pendía sobre mi cabeza para retirar las acumuladas bolsas, cuando el ruido de unos pasos por la acera de al lado me mantuvieron petrificado en el sitio. Con sigilo, desanudé la cuerda que rodeaba mis tobillos, y agarré con firmeza el cuchillo que ahí tenía, habida cuenta de que los pasos sonaban cada vez más cerca…, como si estuviesen arañando con zarpas el suelo asfaltado… ¿Como si fuesen cascos? Salí de mi escondrijo de un brinco, giré rápidamente sobre mi mismo tratando de otear en todas direcciones a la vez, y me planté de pies abiertos y postura combativa en medio de la acera, justo enfrente del inesperado visitante.

Nos miramos cara a cara.

Él con sobresalto, recelo e incredulidad, como si lo que estaba viendo (o a quien estaba viendo), no era precisamente lo que sus ojos esperaban constatar. Yo, yo lo miraba con total y genuina sorpresa y bastante sobresalto. Lo cierto es que no esperaba encontrarme tan pronto con una criatura mística. Y mucho menos que esa criatura fuese precisamente un sátiro. Y mucho menos que ese sátiro fuera Grover.

Por un momento no supe bien que hacer. Superpuestas casi de forma contigua, por la mente se me sucedieron miles de posturas y conductas que adoptar. No sabía bien si o bien correr y abrazarle y decirle y asegurarle que lo había echado de menos; pero pronto descarté esa primera idea, porque sospechaba que me tomaría como un vil embustero de cuidado. O tal vez podía empezar a correr en esos mismos instantes para así huir de su presencia y de su mirada acusadora; pero también rechacé esa segunda idea a dos segundos de gestarla porque reconocí que para el sátiro ese gesto sería como echarle un cubo de agua helada a la cara. O quizás lo más apropiado era simplemente permanecer quieto, aguardando la primera gota de gracia de una lluvia de merecidas acusaciones que se perfilaba poco piadosa y totalmente ganada. Finalmente decidí adoptar esa última postura. Digo, iba a quedarme todo un año entero en la tierra con una misión de reconciliación por delante… ¿Cierto? Pues empezar a escaquearme de mis responsabilidades no era cosa que fuera a ayudarme precisamente a llevar a buen puerto ese cometido.

Grover sacudió la cabeza, la ladeó mientras me mirabacon ojos escrutadores, luego la volvió a sacudir. Después frunció la frente. Alzó el brazo y se lamió la palma de la mano. Balanceó el peso de una pezuña a otra y, finalmente, con la resolución arrebolando su semblante, dio un paso hacia delante… Hacia mí.

-Eih, tranquila -dijo, sin dejar de recortar las distancias entre ambos-. No quiero hacerte daño. Sólo vengo a buscarte y a llevarte a un lugar seguro. -Me extendió una mano en son de paz-. Te lo prometo. Chica, conmigo estás a salvo.

Pero ¿qué? Abrí la boca para replicar, con la indignación de que me cambiase de sexo de forma tan descarada. ¡Pero bueno! ¡Me estaba tratando como una chica! ¿Acaso tenía yo rasgos, gestos o apariencia de alguien afeminado? ¿Eh? ¿Alguien con pinta de…? ¿Con pinta de…? Y entonces lo entendí. Volví a cerrar la boca con un chirrido de dientes al chocar. El estupor hizo que mis ojos se abrieran de par en par, mientras la verdad de las palabras de Grover me golpeaban en el cerebro como si fueran un puñetazo asestado en todo el estómago a descubierto: eran los efectos de la niebla de los dioses. ¡También funcionaba con los sátiros! Por todos los dioses del Olimpo, pero si ya casi me había olvidado de ese bromazo del señor doninframundo.

¡Maldita sea el Olimpo! ¡Maldito sea Hermes! ¡Maldito sea Hades por cambiarme de sexo! Tuve que bajar la vista a mis brazos para asegurarme de que los rasgos masculinos que tan bien identificaba como los míos propios continuaran ahí, intactos e invariables, mientras pugnaba por disipar la irritación que me causaba mi nueva condición femenina. Despacio, envainé el cuchillo de vuelta a mis calcetines y, algo nervioso, sujeté la mano que mi -de nuevo- guardián, me ofrecía.

Lo que sí no podía evitar era mirarle fijamente, intentando grabar en mi retina su rostro de humano y cuerpo de cabra. Grover se estaba inquietando ante mi obstinada mirada, me daba cuenta, pero la verdad es que no podía quitarle la vista de encima, pensando lo extraño que se me hacía saber quién era él, y que él ignorara quien era yo realmente. Perturbado, el sátiro comenzó a arrancar pequeños retazos del dobladillo de la manga derecha de su camiseta, llevándoselos después a la boca. No pude evitarlo, sonreí. Aquel simple gesto me confirmó que era el mismo Grover de siempre; quizás unos pocos centímetros más alto, con el rostro menos aniñado, los ojos más atentos y prestos, con los brazos más curtidos y con su pelaje de animal del monte más rasposo y oscuro de lo que recordaba…, pero por lo demás, no había cambiado en absoluto. Y mentalmente lo agradecí.

Era el mismo Grover de mi infancia, viniendo de nuevo al rescate de Luke Castellan, aunque él no lo supiera ni fuera consciente de ello.

-¿Cómo te llamas? -preguntó al cabo de un momento Grover, buscando romper el silencio.

-¿Te mandan tras de alguien y no te dicen por cuál nombre responde?

Grover se encogió de hombros.

-Digamos que sólo me dicen dónde está, cuántos hay y cuál es la situación de ese mestizo… es decir, de niños mitad...

-Sé lo que es un mestizo -le atajé sin miramientos. Grover sabía enrollarse de lo lindo cuando quería…, y os aseguro que el tío siempre quería. Como me descuidase, ya le tendría hablándome de tiempos milenarios cuando los dioses bajaron a convivir frente a frente y por primera vez con los mortales-. También sé que los dioses del Olimpo existen de verdad; que EEUU está repleto de centauros, monstruos, ninfas, y un montón de criaturas más entre las que, por supuesto, estáis los sátiros, que os dedicáis a salvar a los semidioses y a llevarlos al campamento de Mestizos. -Le pasé un brazo por el hombro, a modo amistoso-. ¿Nos vamos pues?

Él me miró con la boca abierta.

-H-ha sido demasiado fácil -parpadeó varias veces, perplejo, mientras sus dedos hurgaban ociosamente en el ojal superior de su camiseta-. ¿Lo normal es que te resistas a creerlo, que te asustes por ello, que me digas que estoy mintiendo para que luego yo te pregunte si no es cierto que tienes dislexia o el síndrome de THDA. -Resopló con frustración-. N-no es normal que lo aceptes así sin más.

-Antes me has dicho que os suelen decir la situación de los semidioses a los que pretendéis rescatar -Grover asintió dubitativo, sin saber a dónde quería ir a parar-. ¿Qué te han dicho de mí?

-Lo de siempre -hizo un ademán displicente con la mano-. Que te han echado de varios colegios; que te has escapado de casa; que llevas dando tumbos cuatro meses tú sola, defendiéndote de los monstruos...

-Y alguien que ha pasado por todo eso -le interrumpí-, que ha visto un sinfín de razas ansiosas por probar su sangre…, ¿crees que se va a asustar porque le digan que vienen a llevarla a un campamento, y encima de protección? -Ladeé la cabeza fingiendo incredulidad-. ¿Me ves con cara de tonta o qué?

Grover sonrió.

-Supongo que tienes razón. -Soltó una risita nerviosa-. Es la costumbre…, nada más. No muchos de los chicos y chicas a los que tengo que guiar hasta el Campamento se creen de buenas a primeras la existencia de los dioses, los monstruos y las criaturas que los mortales catalogan de mitológicos. -Amplió de oreja a oreja la sonrisa que bailaba en sus labios-. Aun así, todavía no me has dicho cómo te llamas… No puedo llamarte simplemente Chica, ¿no te parece?

Por increíble que parezca, eso sí que me pilló por sorpresa; mucho indicar lo que tenía que lograr y lo que no debía desvelar, y nadie me había dicho por cual nombre debían llamarme. De todas formas no tuve mucho tiempo de estrujarme los sesos. Grover ya me estaba mirando con extrañeza; ¡y cómo no hacerlo! Nadie se pone a balancearse sobre los talones (sí, justamente como lo estaba haciendo yo), tan sólo para decir un mísero nombre. Así que solté lo primero que se me pasó por la cabeza… Cómo no, tartamudeando.

-Lu... Lu...

-Lu Lu?

-Lucy -no pude reprimir un escalofrío de horror al pronunciarlo en voz alta-. Me llamo Lucy. - ¡Maldita sea el Olimpo! ¡Maldito sea Hermes! ¡Maldito sea Hades por cambiarme de sexo!-. Ya sabes..., como Luciana, sólo que abreviado. Lucy.

-Bonito nombre, Lucy. -la expresión de mi rostro le alertó de la conveniencia de no tocar ese escabroso punto. Sabiamente, Grover cambió inmediatamente de tema-. Pues bienvenida al alocado mundo de los dioses, Lucy. El campamento Mestizo te está esperando. Y te aseguro que ahí sí que vas a saber el verdadero significado de estar a salvo.

-Eso espero -refunfuñé entre dientes. Ante la ceja enarcada del sátiro, me apresuré a decir en voz alta-. Gracias. Ansío por llegar.

Él asintió vigorosamente con la cabeza, ojeando con suspicacia e incomodidad nuestro entorno, como si entendiera mi deseo de protección y compartiera mis ansias de seguridad. Giré sobre mis talones, dispuesto a deshacer el improvisado refugio en el que me había despertado. Sin embargo, Grover me lo impidió posando una mano sobre mi hombro.

-Por cierto, Lucy -reprimí un gruñido de protesta al oír ser llamado así-, me llamo Grover. Es curioso, porque ¡No me lo has preguntado!

**

Grover me ayudó a recoger mis pertenencias en la mochila (cosa que no duró ni medio minuto porque ni tiempo me había dado a desperdigarlas) y después, uno al lado del otro, nos pusimos en marcha.

A falta de un desayuno en condiciones, por el camino fui mordisqueando un trozo de queso y una hogaza de pan que extraje de las provisiones de la bien provista mochila, cortesía del siempre viajero Hermes. Como no reconocía el lugar donde me había dejado el dios, no sabía cuanto quedaba hasta llegar al Campamento, así que conciencié a mis pies para una caminata de maratón. Y no estaba tan lejos de equivocarme, a fin de cuentas.

Bajo la deslumbrante luz del día, comenzamos a recorrer extensiones de escarpado bosque, encogidos por el cortante frío. Transitamos rutas rurales escarbadas a espaldas de la población, uno, porque la naturaleza era el don de todo sátiro, y dos, porque en aquellos caminos encontraríamos menos monstruos contra los que pelear..., cosa que, a esas alturas del panorama y según la experiencia de Grover, dejaba las expectativas de los encontronazos con los monstruos y reducía las estadísticas por lo menos a un enfrentamiento por día. No obstante, no nos topamos con ninguno de los vástagos de los titanes. Suerte o no, raro o no, lo cierto es que sospechaba que ese despeje de lucha en nuestro horizonte conducido a desembocar al Campamento Mestizo de los Griegos se debía más a las interesadas providencias de esos tres grandes y manipuladores dioses de allí arriba, que a los conocidos y acertados atajos del buen sátiro Grover.

El viaje duró cuatro días y tres noches, durante el cual estuvimos andando, huyendo, escondiéndonos y durmiendo en sitios distintos cada noche. Caminábamos sin descanso durante el día, con el sol a la espalda por la mañana y de cara por la tarde. Y a las horas de queda de la llegada de la intransitable oscuridad, acampábamos en el primer lugar que nos lo permitiera, alguna zona más o menos resguardada: al pie de un árbol robusto y retorcido, bajo el amplio techo de una enorme roca o al abrigo de alguna pequeña loma pelada. Y en todo ese tiempo Grover no permitió que parásemos para coger el aliento. Dormir, asegurar la ruta, atarse los cordones... Cosas importantes como esas, eran las únicas pausas que permitía que interrumpiesen la rutina. Nunca paramos propiamente para descansar. El chico parecía haberse propuesto recorrer la mayor distancia en el menor tiempo posible, queriendo dejarme sano y salvo al final del sendero del campamento.

Durante el viaje, fui conociendo a Grover. A mi viejo amigo, a quien reencontré en las bromas y en las historietas, dispuesto a hacer sacar una sincera sonrisa a alguien, siempre puesto a dar un buen consejo, asustadizo pero decidido a hacer lo que creía correcto. Pero también conocí al juicioso sátiro, al Grover serio y atento, obligado a madurar debido a las secuelas del conflicto de titanes, abrazado siempre a su palabra y más rápido que nunca a interponer su cuerpo por la vida de quien protege. Y mi respeto al ver en quien se había convertido no se hizo de rogar, porque a ambos aprendí a querer por igual.

Entre preguntas, apoyos, confesiones, bromas y diversiones, alcanzamos una relación mucho más llevadera y fraternal que la que incluso tuvimos anteriormente, antes de que todo se torciese. Y lo mejor de todo era que con Grover no temía las agudas preguntas, porque entre tanto cambio y crecimiento, su habitual indiscreción se había suavizado bastante. Ahora, por ejemplo, cuando le pedía que por favor no encendiese el fuego, se encogía de brazos sin preguntar por qué, a pesar de que sus ojos me mensajeaban claramente: rara, rara, rara.

**

NT: ¡Hola!

¡Qué raro se le está haciendo Luke a Gover, jajaja! ¿Verdad?

Bueno, ahora bien. Vengo a proponeros un juego.

Como ya le explicó Hades -alias doninframundo- a Luke en el anterior capítulo, sólo las mestizas, cabecillas de sus respectivas cabañas, que participaron e influyeron de forma trascendental en la última batalla con los Titanes, son válidas para el cumplimiento de la profecía.

Os propongo… ¡Sí! Que me ayudéis a decidir cuál de esas mestizas será finalmente la elegida.

Ya sabéis que están: Annabeth, Thalía, Silena y Clarisse. (Creo que sólo son esas cuatro; si me he dejado alguna, me avisáis). En fin, que sólo tenéis que dejar en los comentarios a vuestra mestiza favorita y, ¡tachán! La que tenga más votos, será la que complete el amor con Luke.

¿Qué os parece la estrategia? (Pobre de Luke si finalmente sale ganando Clarisse, jajajaja). Pero, oye, aquí vosotros / as, queridos lectores / as, mandáis.

Así que pues, ¡comentad con vuestros votos! Y decidamos entre todos el destino final del corazoncito de Lu... Lu... ¡Lucy! Ejem... Luke.