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Historia 126109 — capítulo 5
Disclaimer: Ni con todos los mazapanes que coma, puedo hacer pasar mi humilde escritura con la maestría de Riordan. Por lo tanto, sí, los personajes de abajo siguen siendo de su autoría… Si bien la historia es original de mi traviesa cabeza.
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Capítulo4. Pautas.
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Creí que Hades me mandaría de inmediato a la Tierra, pero el dios se limitó a mirarme fijamente —por lo que me vi obligado a bajar una vez más los ojos— e inquirió:
—¿Seguro que esa es tu elección definitiva? ¿Puedo entender entonces que retornas a la vida de la tierra para ayudarnos con el cumplimiento de la profecía? —Como única respuesta, me puse de pie—. Siéntate, Castellan; que antes tienes que entender unas cuantas cosas más. —A regañadientes, obedecí—. En primer lugar, has de saber que tendrás en tu memoria, todo lo que hiciste en el pasado. Ningún hombre debe poder tener en su mente, el recuerdo de vidas pasadas, pero en el pasado, en tu pasado, Luke Castellan, está la clave de que triunfes o que falles.
—Entiendo. —Y era verdad; iba a ser algo caótico tener escenas de mí mismo en otros momentos de mis vidas, pero si todo culminaba con los participantes de esa batalla…, tenía que saber y recordar, con exactitud, qué fue lo que me llevó finalmente a atacar a los dioses.
—En segundo lugar —continuó Hades esbozando una sonrisa enterada—, has de saber que al elegir esta opción tendrás tan sólo un año bisiesto para cumplir con tu cometido.
—Es decir que sólo me dais 366 días. ¿Que empiezan a contar desde cuándo?
—Desde el momento en que pises la Tierra. Y más vale por tu bien, y por el bien de todos, que lo consigas, Castellan. Porque de lo contrario… ni siquiera el Elíseo más perfecto te parecerá un lugar seguro donde refugiarte. —Tragué saliva. No era justo que me amenazase.
Se suponía que ellos eran los dioses, los todopoderosos, los que con un rezo te daban todo lo que pedían, y no yo, una simple alma endeble camino de convertirse en un escuálido mortal. Pero oye, a ver cómo le dices tú no a un dios, y en concreto, a uno que tiene caras de gente atormentada impresas en el dobladillo de su ropa. Sería bueno saber qué gran mal no hacer para no acabar contándome entre el vestuario del dios de la muerte. Pero, ¡uff! No era el momento adecuado para sacar a relucir el tema… no, teniendo en cuenta la tormentosa mirada que desprendían las profundas cuencas de Hades.
—También —prosiguió éste—, debes saber que quizás, conocerás el amor. Tanto ese del que te has estado avergonzando, repudiando y escondiendo, como ese del que te has asustado y al que has reprimido durante tantos años. Eso, para tu suerte o desgracia, nunca se desvanece por completo. Puede estar suprimido o perdido... pero coja los caminos que coja, uno siempre se encuentra con él. Y, si esta tu tercera vida que vas a iniciar es un círculo en el que casi siempre te toparás con las mismas piedras…, el amor, al que tendrás que recurrir más que nunca— lo tendrás también de vuelta, y esta vez, Castellan, tendrás sí o sí que enfrentarlo, asumirlo, o, en el peor de los casos, agarrarte a él y disfrutarlo. Tendrás que abrazarte a el para que el plan funcione. Porque sólo el verdadero amor, el único sentimiento que mueve montañas, impedimentos y profecías —Hades torció el gesto, bastante compungido—, ¡Hay que ver lo contagioso que es pasar un solo instante con Afrodita! puede traer a ese mortal que buscamos. —A eso también asentí; era lógico que alguien destinado a hacer cosas nobles, fuera creado por algo puro y noble.
—En tercer lugar, debes saber que podrías muy bien volver a caer en la oscuridad; estás siendo mandado para manipular y convencer lo que más has querido y apreciado, por lo que desde ya te garantizo que vas a ser el motivo de muchas peleas, lágrimas y llantos. Puedes unir, abrazar y revivir lo que en su día cortaste y dejaste pasar…, pero también puedes destrozar definitivamente lo que ya destrozaste.
—Estoy preparado para oír otro rechazo y no dejarme vencer por ello —musité en beneficio de la sinceridad—. Eso no significa que no pueda hacer cambiar de opinión a nadie; ya sólo mi apariencia es muy convincente, ¿recuerdas? las mentiras es lo mío, por eso de ser hijo de Hermes.
—Y esa es otra. No tendrás apariencia... —el dios sacudió la cabeza con disculpas—. Es decir, por lo menos no la que conoces tan bien.
—¿Qué quieres decir? —pregunté con la frente fruncida.
—Quiero decir que estarás bajo una niebla poderosa. Los mestizos, a diferencia de los seres humanos normales y corrientes, veis más allá de la niebla, por supuesto, los genes divinos que tenéis os lo permiten. Pero incluso a vosotros, se os puede embotar y confundir los sentidos... y más si entre los tres dioses más poderosos, nos encargamos de ello.
—Repito. ¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que no serás Luke Castellan, el joven rubio de 23 años con cicatriz en la cara, ni Luke Castellan, el chico rubio de 12 años, flacucho y enjuto por el hambre. Serás... —Hades aguantó las palabras, como si quisiese prepararme ante lo que diría a continuación—, muy diferente a como eres ahora. Aún ignoras qué será lo que verán los demás, pero está claro que a ti, a un chico de rasgos familiares, no verán.
Permanecí en la silla sentado, asimilando lo que el dios decía y lo que no decía.
—¿Voy a ser un hombre adulto? ¿Un anciano de pelo entrecano? ¿Un niño...? —pregunté, pero Hades simplemente se limitó a encogerse de hombros y a erguirse alto y poderoso sobre su trono.
¿A qué venía tan repentina muestra de poder? Seguí su mirada y, de pronto, encontré la respuesta al principio de la entrada.
En el umbral de la puerta, mirando atentamente hacia el interior de la estancia con cierta incomodidad, estaba... Hermes.
Nada más y nada menos que mi padre.
—¿Qué hace él aquí? —inquirí con cierta brusquedad.
—Soy el único de los otros dioses que el señor Hades, aquí presente, permite que entre en su territorio. —esbozó una sonrisa compungida—. ¡No te imaginas la cantidad de muertos que desean enviar mensajes!
Me quedé mirando al que sería por tercera vez, mi padre. En esta ocasión, tenía el aspecto de un hombre cuarentón de largos y entrecanos cabellos blancos y poblada barba plateada. Ante mi inquisitiva mirada, levantó las manos, como quien dice viene en son de paz.
—Tranquilo, ¿vale? sólo vengo a llevarte directo a donde comenzará tu nueva trayectoria.
—¿Así sin más? —Paseé la mirada entre los dos dioses, desconcertado—. ¿Eso significa que ya me puedo ir? —Miré a Hades con tiento—. ¿No me vas a convertir en un humano? Con tangible corporalidad, quiero decir.
—¡Pero si ya lo eres! —se extrañó Hermes. Hice caso omiso de sus palabras y aguardé la respuesta de Hades, quien me miró como si yo fuese el más tonto de todas las criaturas habidas y por haber. ¡Qué maldita manía la suya, esa de mirar con superioridad!
—Hum, yo diría que te duele el trasero; de hecho, a estas alturas ya tienes que tenerlo más que irritado. —le lancé la mirada más laminada que pude, lo cual, tratándose o no de una alma incorpórea como se supone que yo lo era en esos momentos, era decir muy mucho. Creía que había ocultado bien ese incómodo dato, pero a juzgar por la rigidez de mis piernas y la crispación de mis puños, había fallado considerablemente. No obstante, Hades se apresuró a completar ante mi creciente ira—. Si te duele el trasero o cualquier otra parte, es porque tienes sensibilidad; si tienes sensibilidad, es porque tienes un cuerpo material en el que sentir; y si tienes un cuerpo material..., es que ya tienes un cuerpo vivo de carne y hueso, un envoltorio humano que utilizar.
—¡Pero si no sé ni qué aspecto tengo! —me quejé.
Fastidiado, Hades movió las manos y, con un fuerte crujido, se abrió una gran raja en el suelo, por donde salió, no sin elegancia, un enorme espejo con marco dorado, que fue a parar justo enfrente de mí.
En el espejo vi reflejado el salón, una amplia estancia palaciega con solo dos miradores que daban a una vista árida y desoladora de inframundo, con oscuros dibujos de mosaicos incrustados en los marcos de los miradores y en los alfeizares, así como unos cuantos lujosos muebles de un color negro fúnebre que se apoyaban en la solidez de las forradas paredes. También vi las finas y bien cuidadas alfombras que se abrían paso por toda la superficie del suelo, un elevado trono de huesos retorcidos en posturas dispares e imposibles con su correspondiente dios subido a él, y los multitudinarios tapices colgados de las espaciosas paredes que mostraban la muerte en sus distintas representaciones según las variables culturas humanas. Sin embargo, lo que más me interesaba era el rostro que tenía en frente… El que se suponía, ahora era el mío.
Me miré.
No pude evitar llevarme las manos a la cara, tocarme la nariz, la boca, las orejas, los mofletes... todo esperando ser todavía fantasmal para asegurarme de que estaba soñando, y que lo que veía no era real.
Que la chica que estaba frente al espejo ataviada con un largo pero ligero traje rojo, era cualquiera…
Cualquiera menos yo.
Parpadeé varias veces. Me pinché la nariz. Me tiré de mis —ahora— castaños pelos. Me pisé adrede el pie, y me encontré bailando a la pata coja, sujetándome la pierna magullada por la dura suela de unas altas botas de montaña que ignoraba que calzaba. Me hervía la sangre, y no ayudaba mucho verme —o verla a ella, porque eso no era yo—, en el espejo, ojos llorosos, mirada rabiosa, mejillas coloreadas, respiración entrecortada.
Me giré hacia Hades, enojo personificado.
—¿Por qué me has hecho esto?—espeté— ¿Por qué me has puesto en este cuerpo de mujer? ¡Por qué!
Hades me miraba como si no entendiese el motivo de mi enojo. Observaba mi cuerpo con viveza, como quien contempla el retrato de una dama perfectamente pintada, bella y bien dotada.
—Mírate bien al espejo, Luke... Y, ahora, mírate bien las manos. -En esta ocasión, fue la voz de Hermes la que consiguió penetrar en la niebla de desconcierto que embotaba mi cabeza. Para variar, le hice caso sin rechistar.
He de reconocer que la joven que se asomó al mismo tiempo que yo alespejo, tenía una apariencia bastante atractiva y agradable: su simétrica cabeza hacía gala de un pelo moreno, largo y lustroso, con gruesas fibras que terminaban en unas puntas levemente onduladas; los ojos, verde césped brillantes por el enfado y la frustración, estaban abiertos desmesuradamente, redondos, pegados a una tostada y rellena cara ovalada, sobre una nariz discreta e italiana y una boca amplia de labios generosos.
No obstante, di un paso hacia atrás, alejándome lo más posible de la condenada imagen. Tras armarme de valor, bajé la vista a mis propias manos...
No os podéis imaginar cuan grande fue mi sorpresa cuando descubrí las manos blancas y callosas que conocía tan bien; los dedos largos con las uñas mordisqueadas; el brazo joven, fuerte y masculino con su fina mata de vello rubio. Las piernas, el torso y el pecho vigoroso y en buena forma. De nuevo palpé mi cara y ahí estaba, tangible, la horrenda cicatriz recorriendo todo mi lado izquierdo.
—N—no entiendo —balbuceé.
—La imagen del espejo es falsa; es la imagen que mantendrás ante la gente. Pero tus corrientes y vulgares rasgos —Hades puso más saña a esas palabras—, siguen ahí…, intactos bajo el poder de la niebla. Y del mismo modo en que la pringada princesa tuvo que amar al príncipe bestia, sólo la mestiza que consiga descifrar tu auténtica identidad… Que logre separar esa falsa imagen —señaló el espejo—, y vislumbrar tu auténtico rostro —señaló mi cara con un rígido dedo—, será la indicada de la profecía... La que, junto a ti, concebirán al mortal más esperado, importante y poderoso del último milenio. Pero ¡cuidado! Volverás al mundo terrenal, con el apoyo de todo el Olimpo y, en especial, con la bendición de los tres poderosos. Es decir, yo -Zeus—, yo -Poseidón—, y yo, Hades, el mejor de todos ellos, por supuesto. Eso sólo significa que, ante la gente, no podrás aproximarte a nuestros elementos porque entonces la niebla se levanta. No debes mojarte si hay alguien mirando, ni tampoco debes utilizar transportes aéreos para desplazarte, ni acercarte al Inframundo —torció mordaz la comisura de los labios—, cosa que estoy seguro, vas a cumplir a raja tabla. Pero, por encima de todo, no debes acercarte al fuego. Aunque Estia vigila el hogar, el fuego es nuestro único elemento común, el de todos los dioses; y a el podrás acudir siempre que estés en líos para que te ayude... Siempre y cuando no estés acompañado de un par de ojos que constaten lo que la niebla no quiere que vean.
De más está decirte que mantengas esto en secreto ¿Verdad? —Asentí efusivamente.
No podía decir nada; y no ya porque estaría en el cuerpo de una mujer y nadie me creería —que también—, sino porque nunca se sabía a ciencia cierta qué significado final podía adquirir la palabra de los oráculos, y aunque en aquellos momentos actuábamos basándonos en su previo conocimiento… ¿Quién quita que incluso eso no estuviera ya estipulado en el designio profético?
—La profecía —recalcó Hades moviendo un dedo admonitorio en mi dirección—, debe permanecer en secreto porque, si ha logrado agitarnos a nosotros los dioses... Adivina hasta qué punto puede inquietar e incidir en los mortales. Pero, sobre todo, imagínate todo el caos que puede causar entre los mestizos.
E imaginé. Y las escenas que acudieron en tropel a mi cerebro, no eran halagüeñas. En absoluto.
—Por lo demás —Hades comenzó a emitir una fuerte luz cegadora—, me voy a descansar. Hoy ya he hablado demasiado. —Unió las palmas de las manos y posó la punta de los dedos bajo la barbilla, en un más que fingido gesto reflexivo—. Necesito una ardiente jarra del jugo de Percéfone. ¿Bueno, a que esperáis? —Nos contempló como si le sorprendiese vernos todavía en su presencia—. Marchaos ya de aquí, venga. ¡Vamos, iros! ¡Fuera de mi reino! —desunió las manos e hizo un ademán de rechazo, chasqueando el índice y el corazón contra la yema del pulgar. Mientras lo hacía, hilillos de humo rojizo salieron despedidos de sus dedos, y el suelo comenzó a temblar bajo mis pies, en un más que elocuente aviso de desplome—. ¡Largo!
Estaba demasiado ocupado en no quedarme ciego debido a la refulgente luz amarillenta que como un telón caía pesadamente sobre la cabeza de Hades, ocultando de la vista al dios del Inframundo, como para molestarme en sus tan educadas formas de despedirnos. Hermes se me adelantó, protegiendo completamente mi vista con su divino cuerpo (no que él tuviera un cuerpo divino, sino que como él era un ente divino en un cuerpo... bah, ya me entendéis) y, cogiéndome del codo como si yo no pesara nada —cosa que probablemente para una deidad no dejaba de ser cierta— se propulsó conmigo hacia adelante, a una velocidad fugaz de náuseas y vértigo.
Nos alejamos de ahí, del Inframundo, en un torbellino de espíritus perdidos, de esqueletos y callejuelas desgastadas.
Y en menos de un remolino nauseabundo y de una desorientación absoluta, me encontré con que, sí, estaba de Regreso. De vuelta a vivir una vez más, en la Tierra.
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NT: ¡Hola!
Recién acabo de escribir este capítulo. Lo publico porque pronto empezaré los exámenes —sí, son así de crueles al ponérnoslos a la vuelta de Reyes— y hasta finales de este mes no tendré cabeza ni tiempo para hacerlo, por lo cual…
Además, me apetecía regalároslo como presente de Navidad, así que…
Eso sí, ¡espero que me regaléis más reviews! Aunque tan sólo sean para felicitarme las fiestas, jaja, que hace mucha ilusión.
¡Mil besos navideños a todos! O de Hanuca, o de cualquier fiesta que vosotros celebréis, oye, que aquí entre los dioses y yo nunca discriminamos.
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PD2: ¡Hola!
He vuelto a subir este capítulo - hoy, 08/04/2013— porque tenía demasiadas incoherencias ortográficas… Y tan sólo viéndolo así me daba hasta grima. Xd
Espero que os haya sentado bien la relectura. (Y puede que si me sorprendéis, el verdadero siguiente capítulo llegue más pronto de lo que se tarda en contar las doce casitas del campamento Mestizo; ¡tan sólo tenéis que comentar!). A partir de este punto, comienza la cuenta atrás para la genialosa acción… Y los reencuentros… Y las sorpresas.
Por cierto… ¿Sabéis cuál es la definición de comentario? Dícese de aquella frasecita que le roba diez segunditos al tiempo… Y que devuelve una sonrisa de par en par a la felicidad.
¿Alguien quiere devolverle la dicha a la dicha?
¡Pues comentadme!