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Mi hermano, mi protegido — capítulo 1

Mi primer día en Hogwarts no fue nada mal. Digo, ser nueva en quinto año y que todos te miren algo raro por quedar en Hufflepuff no es fácil, pero al menos estaré cerca de mi hermano. Bueno, en realidad Cedric no es mi hermano, pero él no debe saberlo, no hasta que sea el momento adecuado.

A ti, mi querido lector, te daré un par de pistas acerca de mi para que puedas entender un poco mejor, pero el resto lo mencionaré más tarde. (Si eres algo fácil de impresionar... espera, ¿Por qué habría de decirte que dejes de leer? Bueno, solo prepárate) ¿Listo? Ok, aquí va: No soy del todo humana, y mi única misión es proteger a Cedric. Me complace anunciar que la única persona en el castillo que conoce mi verdadera identidad es el profesor Dumbledore, un humano bastante peculiar, nunca te aburrirás si lo tienes al lado.

 Gracias a él, el sombrero Seleccionador me asignó a Hufflepuff para estar cerca de mi hermano, pero aun hoy sigo con la duda de cuál hubiera sido mi casa si me hubiera inscrito en el colegio como un estudiante más.

En fin. Desde el primer día tuve que alejarme Chesire, mi gato. Su pelaje es completamente negro, así que no le sería difícil esconderse para vigilar a Cedric mientras yo debía asistir a las clases para aparentar ser una alumna del montón y permanecer encubierta.

La primera clase  fue Pociones. Siempre se me habían dado bien (Bueno, si quieres mi trabajo tienes que hacer bien una que otra poción) y parece que al maestro de pelo grasiento logré impresionarle, pues pareció que casi me dedicaba una sonrisa de ojos fríos por una sencilla poción de filtro de paz.

Creo que él mismo debió beberla, pues al parecer se molestaba con frecuencia al ver los desastres de pociones que preparaban algunos estudiantes. Si hubiera tenido tiempo me hubiera dedicado a ayudar a los pobres chicos, pero no podía detenerme para dar clases de pociones, tenía que estar pendiente de Cedric. Él era mi mayor prioridad.

La siguiente clase fue adivinación. Literalmente, los medios que utilizaba la profesora Trelawney para obtener un soplo del futuro eran bastante complicados y laboriosos. Yo ya me había acostumbrado a utilizar los procesos rápidos que los míos descubrieron hace ya muchos siglos, pero al ser los magos mortales no podían valerse de ningún otro medio.

Cuando acabó la clase me sentí aliviada. Era hora de almorzar, y estaba ansiosa de hablar con Cedric.

-¿Qué tal tu primer día?-me preguntó cuando me hubiere sentado a su lado.

-Nada mal -en parte era mentira, pero no podía explicarle por qué adivinación se me hacía tan aburrida-. Es algo diferente a mi antigua escuela, pero no tardaré en acostumbrarme.

-Me alegra mucho -respondió él con una hermosa sonrisa.

A pesar de que Cedric no era mi verdadero hermano le tenía mucho aprecio, y le quería como si lo fuera. Siempre me había encariñado mucho por las personas a las que protegía, y el momento de dejarlas ir era muy doloroso. (¿Qué, muy cursi?)

Tras el almuerzo tuve un rato libre, así que me dirigí a al torre de astronomía. Dumbledore me dijo que después de comer siempre estaba vacía, por lo que era el lugar idóneo para pensar.

Me senté con los pies colgando por el borde, observando el bosque prohibido a través de los barrotes que evitaban que los estudiantes cayeran muchos metros hacia un destino bastante desagradable.

Contemplé el cielo. Recordé a mi familia, bueno a mi verdadera familia. Mi madre estaría lidiando en alguna discusión de mis tíos, mi padre... Nadando, seguro. De repente recordé que debía ir a clase.

Llegué justo a tiempo para que Hagrid no notara mi retardo, y comenzamos la clase de cuidado de criaturas mágicas.

Transformaciones fue algo aburrida, ya que la profesora McGonagall solo nos explicó las reglas y nos hizo una pequeña demostración, pero ni siquiera me dejó tocar mi varita nueva.

La tenía desde una semana atrás, pero no podía dominar bien ni los hechizos más simples. Si no fuera buena con las pociones me habría sentido completamente inútil.

Nunca podré olvidar las palabras del señor Ollivander cuando me vendió mi varita.

-28 cm, laurel, flexible y -el hombre se cortó con los ojos como platos.

-¿Si, señor? -pregunté, temiendo lo peor.

 -Fibras de lengua de hidra...

-¿Perdón? -no podía creer lo que oía.

-Esta varita es muy antigua, seguramente fabricada por uno de los primeros ancestros en el negocio.

-¿Está seguro de que es hidra?, ¿no podría ser mas bien de dragón o algo así?

-Lo siento señorita, esta varita la ha elegido y es la adecuada para usted, incluso con lengua de hidra -soltó con un dejo de impaciencia.

¡Fabuloso! ¡Hidra! Odio esas cosas. Tienen cuellos delgados, largos y con anillos, todo lo que una estada pudiera desear, y una de las trampas más mortíferas que han existido jamás.

Pagué los 10 Galeones de oro y salí con una sonrisa nerviosa (Cedric no lo soportó y tuvo que tomarme una foto para burlase), pero yo tenía cosas más importantes en las qué pensar, como cuál sería el mejor caldero...


Hola! Como están?

Haha, gracias por leer mi fic.

Espero que comenten y me den su opinión.

Un Saludo desde Colombia.

Mars