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Enamorado del enemigo. — capítulo 2

Por Peeta:

Me encuentro observando el paisaje que llega a mis ojos a través de la ventana de un vagón del tren. Está más que claro que jamás había subido en uno de estos, la velocidad a la que viaja la máquina es realmente impresionante, pero sorprende más el hecho de no poder sentirla. 

  • ¿Qué es lo que tanto ves? - Pregunta la chica que está sentada en el sillón de al frente; sin despegar la mirada de su pequeño y filoso cuchillo. Clove, creo que ese fue el nombre que pronunció Effie, después de decir que era la primera voluntaria en el distrito 12. Sin embargo, ya la había visto antes, digo, nunca tuve la oportunidad de hablarle, o de presentarme, pero todos en el distrito hablan de ella. ¿Qué más podía esperar? No todos los días llega una familia de otro distrito.

  • ¿No piensas contestar, chicho rubio? -Otra vez su aguda voz aparecía interrumpiendo mis pensamientos; su mirada seguía clavada en el cuchillo, pero esta vez se había asegurado de incluir cierto desdén en ella.

  • No observaba nada en especial, solo… Siempre pensé en qué habría más allá de mi distrito, y ahora lo estoy descubriendo.

  • Te entiendo, digo, el distrito 12 no es muy interesante -El desprecio en su voz era más que evidente-, no hay nada bueno que ver allí.

  • Si lo detestas tanto, ¿por qué lo has elegido como tu nuevo hogar?

El silencio se apoderó del vagón por unos minutos; la mirada de Clove era inexpresiva; y su boca era una fina y delicada línea recta.

-Jamás lo elegí -Dijo por fin, y por primera vez, depositó sus ojos en mí, eran de un verde oscuro, como el verde de los pinos en invierno. Eran hermosos-. No deberías hablar de algo de lo que no tienes ni el menor conocimiento.

-Podría saber más, si tú quisie…

-No hablo de eso nunca, y menos con extraños - Se levantó del sillón, y sin decir más, atravesó el pasillo hasta desaparecer por una puerta que se encontraba al final.

Me quedó pensando en lo mucho que le ha afectado la pregunta, sea cual haya sido el motivo de su transferencia, no fue por una buena causa. Tomó una servilleta para tratar de distraerme; humedezco la yema de mi dedo en una taza de café que se encuentra sobre la mesa, y lo uso como pincel para trazar líneas sin sentido sobre el pedazo de papel. No puedo terminar mi ''dibujo'', una especie de torres sofisticadas empiezan a aparecer a través de mi ventana, acompañadas de gritos de euforia e histeria. Hemos llegado al Capitolio.