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Héroes — capítulo 11

Diario El Profeta. 1 de septiembre de 1941

La Operación Barbarroja sigue su curso. Las tropas alemanas cargan contra los soviéticos en lo que se ha convertido en la mayor operación militar de la historia.

Mientras tanto, aquí en Inglaterra, Elphias Doge ha tomado al fin posesión de su cargo como nuevo Jefe del Departamento de Seguridad Mágica. Además, hemos tenido noticia de que en Escocia ha llegado un barco con los soldados ingleses que habían ido a Europa a rescatar a Harold Potter. El señor Potter viaja con ellos y se encuentra perfectamente.

Las altas torres de Hogwarts podían divisarse a los lejos. Al no contar con un traslador, se fueron desplazando mediante aparición. Al estar la noche pronta a su caída, decidieron hospedarse en Hogwarts, pues el director Dippet y el profesor Dumbledore les había permitido pasar la noche en el castillo. Además, aquel día era el primero de un nuevo curso, así que se les permitió asistir a la Ceremonia de Selección, siendo todos sentados en la mesa de los profesores.

—Alumnos, bienvenidos a un nuevo curso en Hogwarts —dijo el profesor Dippet —. Hoy es un día muy especial, pues contamos entre nosotros a héroes de guerra, hombres y mujeres que han luchado en la guerra que azota Europa y que viven para contarlo.

El Gran Salón prorrumpió en un gran aplauso. Tras la Ceremonia de Selección, todos cenaban. James estaba especialmente contento por estar de nuevo entre aquellas paredes, mientras que Charlotte, Olympe, Lucien, Matías y Carlos se sentían elogiados por estar en aquel lugar.

—Caballeros, ¿podemos hablar? —preguntó el profesor Dumbledore a Harold, Charlus y Septimus.

Los tres jóvenes se levantaron. Al rato caminaban junto al profesor por el viejo puente de madera que unía el castillo con el círculo de piedras y los terrenos. Finalmente llegaron al círculo.

—No quiero ni imaginar los percances que han pasado, caballeros, pero ahora están aquí y están bien. Díganme, ¿qué clase de problemas han tenido con los magos alemanes?

—Estaban bien coordinados y nos persiguieron de continuo mientras estuvimos en suelo alemán, pero por lo demás... —dijo Septimus.

—¿Creen que podían estar dirigidos por alguien?

—Tenían una buena organización, pero no podemos decir que alguien superior los dirigiese —explicó Charlus.

—De acuerdo. Procuren descansar, caballeros, mañana será un día muy largo.

A la mañana siguiente se les proporcionó un traslador que los llevó al Ministerio de Magia. Dumbledore iba con ellos. Allí se reunieron con el Ministro de Magia y se hicieron las fotos de rigor. Después, los llevaron a una pequeña sala.

—Hay alguien a quien tienen que ver —dijo el funcionario del Ministerio que los atendió.

En la sala había un hombre alto y rubio. Se parecía mucho a Pierre.

—Caballeros, les presento a Louis Delacour, el líder de la Resistencia Mágica francesa —dijo Dumbledore.

Charlus cayó en la cuenta. Era el hermano de Pierre. Louis Delacour saludó a Charlotte, Lucien y Olympe. Después se acercó a Harold, Septimus y Charlus,

—Caballeros, me alegro de conocerles al fin. Pero sin embargo una duda me asalta. ¿Dónde mi hermano Pierre?

Nadie consiguió articular palabra alguna.

—Señor Delacour. Lamento tener que darle esta noticia pero... Pierre murió durante nuestro viaje de regreso, en el Mar del Norte. Un torpedo alcanzó nuestro barco y los fragmentos provocados por el estallido hirieron a Pierre. Murió delante de mí. Su cuerpo se hundió con el barco —explicó Charlus.

Louis Delacour apoyó una mano en una silla mientras se llevaba la otra a la cara para reprimir un grito.

—Mi hermano... Pierre. Él era un gran luchador. No me puedo creer que haya muerto.

—Sí lo era. Y nos ayudó mucho. Siento mucho su pérdida.

—Tranquilo, sé que luchó hasta el último momento. Al menos veo que miembros de la Resistencia han sobrevivido. Gracias, caballeros. Francia volverá a ser libre. Lucharemos por todos aquellos que han muerto en esta guerra. Por mi hermano incluido.

Al rato, Charlus, Harold y Septimus esperaban en otra sala. Charlotte, Olympe y Lucien fueron llevados a la embajada francesa en el Ministerio, pero nadie sabía qué hacer con Matías y Carlos, por lo que fueron acogidos en la Oficina de Refugiados. James volvía con su destacamento, pero les aseguró que volverían a verse.

—¿Qué pasará ahora? —preguntó Harold.

—Supongo que primero veremos a nuestras familias. Descansaremos durante un tiempo y después... Volveremos al frente —explicó Septimus.

Tras el Ministerio, cada uno volvió a sus hogares. Harold y Charlus volvieron a casa, donde fueron recibidos por sus padres, contentos de ver que sus hijos estaban sanos y salvos. Aquella noche, sin embargo, deberían reunirse con los Black.

—Qué alegría. Debemos proponer un brindis. Por Harold y Charlus, porque al fin hayan conseguido volver con nosotros y haber superado todas las adversidades.

Todos brindaron. Aquella noche no sólo Cygnus había ido a cenar. También estaban su mujer Violetta y sus hijos: Pollux, Dorea, Marius y Cassiopeia. Esta última era la que más nervioso ponía a Harold. Pero la presencia de los Black ponía nerviosos a todos los Potter por igual. La amenaza de los dos matrimonios concertados pesaban sobre ellos.

—Supongo que hay algo de lo que nos quieres hablar, ¿no, Cygnus? —preguntó Charles Potter.

—En efecto, Charles. El Ministerio ha condedido un tiempo de descanso a Harold y Charlus. Habíamos pensado que Charlus y Dorea aún son demasiados jóvenes, pero que Harold y Cassiopeia podrían... casarse ya.

—¿Qué? —dijero Charles, Harold y su madre al unísono.

Cygnus rio.

—Es un poco precipitado, pero Harold debe volver al frente. Y quién sabe si una segunda vez podría matarlo. Debemos asegurar el linaje.

—¿Esperas que nuestros hijos procreen enseguida? —preguntó Charles, sarcástico.

—No lo espero. Lo quiero. Seamos serios, Charles. Tu hijo casi muere en esa guerra. Y tu segundo hijo casi lo estropea todo al enrolarse también —dijo mientras miraba a Charlus, que le devolvió la mirada, enfrentándolo —. Volverán al frente, ¿qué posibilidades tenemos de que sobrevivan esta vez? No, debemos estar preparados —alzó su copa —. Por Harold y Cassiopeia.

Todos alzaron sus copas, aunque los Potter lo hicieron a regañadientes. Más tarde, cuando los Black se habían marchado ya, los Potter se encontraban reunidos en el salón.

—Es una locura... yo no quiero casarme con ella —decía Harold.

—Ni nosotros, hijo. A decir verdad, fue un tremendo error concertar esos matrimonios con los Black —dijo Charles Potter.

Charlus no decía nada. Él también tenía un matrimonio concertado con Dorea, pero no había expresado su opinión. Lo cierto es que no le importaba. Dorea no estaba... mal. Ya la había besado una vez, pero desde Hogwarts no la había vuelto a ver hasta aquella noche y ni siquiera pudo tener un momento a solas con ella. Ni siquiera habían formalizado relación alguna.

Lo cierto es que Dorea era una Black atípica. Había sido seleccionada para Gryffindor, algo que decepcionó profundamente a su familia. Pero lo que perdió yendo a esa Casa lo ganó con inteligencia y belleza. Además, allí había conocido a Charlus, lo que había permitido a sus padres meditar con la idea de que se casasen, cosa que al final habían formalizado.

—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó su madre.

—Tendremos que seguir adelante con esto. No sé qué es peor, si tener a los Black como familia o como enemigos —dijo Charles Potter.

Así pues, la boda iba a celebrarse. El lugar de la ceremonia sería la mansión de los Potter, la cual contaba con una zona ajardinada donde podrían acoger a los asistentes. Harold y Cassiopeia pasaron más tiempo juntos, ya que apenas se conocían. Él formó parte de Gryffindor y ella de Slytherin, luego nunca habían intercambiado palabra alguna.

La primera noche, Harold volvía a casa después de ver a Cassiopeia. Se dejó caer en la cama.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Charlus, que leía un libro.

—Ha estado... bien.

—¿Te gusta?

—Sí, creo que sí... Pero no creo que llegue a quererla —Harold miró a su hermano —. No quiero casarme, Charlus. Quiero irme a la guerra, a luchar.

—Cualquiera en tu situación preferiría eso a morir en la guerra.

Harold frunció el ceño.

—¿Cómo? Espera... Tú quieres casarte.

—Cállate —ordenó.

—Merlín bendito... Te gusta Dorea, quieres casarte con ella.

Charlus cerró el libro y se enfrentó a su hermano.

—Sí, ¿y qué? Ella me gusta, ¿qué tiene de malo que quiera casarme con ella y formar una familia?

Harold sonrió.

—Nada, no tiene nada de malo. Pero ella es una Black.

—Me dan igual los apellidos, Harold. Lo único que me importa es saber si yo le gusto.

—Por favor, por eso no te preocupes. Esa chica lleva enamorada de ti desde siempre. ¿Las has besado?

Charlus asintió.

—La noche que dejé el colegio.

—A esa chica le gustas. Querrá casarse contigo. Y si no, estará obligada a ello. Pero yo...

—Pues no te cases.

—¿Estás loco? Padre me mataría.

—Padre no quiere esos matrimonios. Más miedo tengo yo de decirle que quiero casarme con Dorea.

Los dos hermanos permanecieron callados. Quedaban tres días para la boda.

Finalmente, el temido día llegó al fin. Charlus estaba en la entrada de la propiedad, recibiendo invitados. Entre ellos llegaron Septimus, acompañado de la enfermera Sarah Granger, con quien se había reencontrado y James. También llegaron Charlotte, Olympe y Lucien, quienes aún no habían vuelto a Francia. Sin embargo, Matías y Carlos alegaron no poder ir. El Ministerio todavía estaban decidiendo qué hacer con ellos.

Al rato, todos se encontraban frente al altar. Harold estaba visiblemente nervioso, ataviado con su traje de boda. Finalmente, la novia apareció, vestida de blanco. Cuando por fin estuvo al lado de Harold, el mago que iba a oficiar la ceremonia comenzó a hablar. Sin embargo:

—No —dijo Harold.

—¿Cómo dice, joven?

—No puedo hacerlo.

—¿Qué? —preguntó Cassiopeia.

—No voy a casarme. No quiero casarme. Quiero ir a la guerra. Quiero luchar. Lo siento, Cassiopeia, pero no te quiero.

Harold salió de allí, abandonando el lugar. Se levantó un gran revuelo.

—Esto es un escándalo —se quejó Cygnus —. Charles, vuelve a por tu hijo y oblígale a casarse. Teníamos un trato.

—Lo lamento, Cygnus, pero mi hijo es mayor de edad y tiene su propia vida, él decide. Y me imagino que Charlus tampoco querrá casarse.

Todos miraron a Charlus, esperando que dijese lo mismo que su hermano, que no deseaba contraer matrimonio. Pero Charlus sólo miraba a Dorea, que lo contemplaba a él. Entonces se acercó a ella y le tomó la mano.

—No... No soy como Harold. Porque yo sí que estoy enamorado. Y sí que quiero sacarme. Dorea Black... ¿quieres casarte conmigo?

Dorea parecía sorprendida.

—Esto... Sí, claro que sí. Me casaré contigo.

Los dos se besaron. Tras separarse, Charlus miró al mago reverendo.

—Señor... ¿Puede casarnos?

El reverendo miró a ambas familias, que estaban alucinando.

—Supongo... que sí. ¿Nombres?

—Charlus Howard Potter —dijo Charlus.

—Dorea Irma Black.

—Muy bien. Por favor, siéntense.

Todavía sorprendidos por lo ocurrido, tanto el desplante de Harold como la petición de Charlus, los familiares se sentaron. Cassiopeia, triste por lo ocurrido, le dio su ramo y su velo a Dorea. El reverendo alzó una varita frente a la pareja.

—De acuerdo. Tómense de las manos. Estamos hoy aquí reunidos para unir en matrimonio a estas dos personas. ¿Aceptas tú, Charlus Howard Potter, a Dorea Irma Black como tu legítima esposa para amarla y respetarla durante el resto de tus días.

—Sí, acepto.

Una cinta dorada salió de la varita del mago, entrelazándose entre las manos de los contrayentes.

—¿Aceptas tú, Dorea Irma Black, a Charlus Howard Potter como tu legímtio espos para amarlo y respetarlo durante el resto de tus días?

—Sí, acepto.

Una nueva cinta salió, entrelazándose entre las manos de la pareja.

—Los anillos, por favor.

Charlus se sacó los anillos que iba a darle a Harold y Cassiopeia.

—Con este anillo te tomo a ti, Dorea.

—Con este anillo te tomo a ti, Charlus.

Se pusieron los anillos.

—Por el poder que me ha sido conferido, yo os declaro marido y mujer. Que ninguna magia oscura ni nadie de este mundo sea capaz de romper este matrimonio. Podéis besaros.

Y así hicieron. Los asistentes prorrumpieron en aplausos.

—Damas y caballeros, es un placer para mí presentarles al señor y la señora Potter. Mis más sinceras felicitaciones.

Y conjuró un círculo de plata que coronó a la feliz pareja, haciendo caer una lluvia plateada sobre ellos.

El resto sucedió demasiado rápido. El banquete, las felicitaciones... Charlus echó en falta a Harold, aunque se imaginó que sería demasiado violento para los Black. Por la noche, los recién casados paseaban por el campo.

—Una boda preciosa.

Harold estaba sentado contra un árbol.

—¿La has visto?

—Desde lejos. Mi más sincera enhorabuena.

Abrazó a la pareja y después se marchó. Al instante se encontraron con sus padres.

—Bueno, no es la boda que esperaba, pero es una boda. Mi enhorabuena, chicos —dijo Cygnus Black.

—Gracias, señor Black. Supongo que estará enfadado pero...

—Tranquilo, chico. En el fondo entiendo a tu hermano. Y una de mis hijas al final se ha casado. Todos contentos. Tengo que irme ya. Un beso, cariño.

Se despidió de su hija y se fue. Charles Potter vio cómo se iba.

—Bueno, todo ha salido bien, pero mataré a tu hermano. Enhorabuena, chicos, ojalá que seáis muy felices.

Se fue también. Mientras tanto, Charlus y Dorea continuaron caminando, cogidos de la mano. Tendrían que aprovechar el tiempo al máximo antes de que Charlus se viese obligado a marcharse.