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Héroes — capítulo 10

10

Mar del Norte

20 de agosto de 1941

El tren llegó a la estación. Pronto, las tropas bajaron y se organizaron. Los magos que allí estaban destacados se encontraban apartados del grupo principal, aunque atentos de no levantar sospecha alguna. Matías Ortiz formaba parte del cuerpo de vuelo, un pequeño cuerpo de la recién creada subdivisión mágica dentro de la División Azul. A decir verdad sólo era un cuerpo de voluntarios, de cuya existencia sólo el General Franco y algunos de sus allegados conocía.

Durante la República, el gobierno mágico poseía una plena organización, con un cuerpo militar, pero la Guerra Civil trastocó mucho a la sociedad mágica, a pesar de que esta se mantuvo neutral y ayudó a ambos bandos, independientemente de qué uniforme llevasen. Y ahora, con la dictadura, los magos se habían reorganizado.

Aunque nadie estaba obligado a ir a la guerra, a nadie se le podía cambiar de pensamiento, y muchos magos españoles compartían los ideales de la dictadura. Otros, simplemente, fueron coaccionados. Ese era el caso de Matías. Su familia, en parte muggle, había ayudado a los republicanos durante la guerra, lo que a Matías le había costado el fusilamiento de sus padres y sus hermanos varones. Su única hermana, squib, se había quedado en España, amenazada con ser fusilada si Matías no obedecía, por lo que él se había visto obligado a ir a la guerra.

Ahora se encontraba allí, a las puertas de la Unión Soviética. Y probablemente a las puertas de la muerte.

—¿Estás listo? —preguntó Carlos, su compañero de vuelo.

—Sí.

Los dos se subieron a sus escobas y dieron fuertes patadas en el suelo.

—¡Tenemos que unirnos al escuadrón alemán de vuelo! —gritó Carlos.

—¡De acuerdo!

Carlos Rodríguez era igual que Matías. Su familia también había ayudado más a los republicanos que al bando nacional, de modo que ahora estaba allí, obligado a entrar en una guerra en la que no debería verse inmiscuido, por amenazas hacia su familia muggle. Tanto él como Matías eran muy buenos sobre una escoba. Cuando eran pequeños e iban a la schola mágica situada en los Picos de Europa, siempre formaban parte del equipo de quidditch, siendo una excelente pareja de golpeadores. Por ello les habían cedido plaza en el grupo de vuelo. De lo contrario, habrían formado parte de la infantería.

Pronto alcanzaron el escuadrón de vuelo. El teniente al mando los miró de manera despectiva y les dio una orden en alemán. Ni Matías ni Carlos sabían palabra alguna en ese idioma, pero entendieron que debían entrar en la formación y, sobretodo, no romperla. Pronto volaban en dirección al frente. De repente vieron un pequeño grupo que volaba en escoba. El teniente dio la orden de perseguirlos. Matías y Carlos fueron separados del grupo y se lanzaron a por los recién llegados.

—¡Carlos! ¡¿De verdad tenemos que atacar a esas personas?! ¡No parecen una avanzada soviética!

—¡Ya lo sé, Matías, pero ahora tenemos órdenes! ¡Vamos!

Se lanzaron contra aquellas personas y comenzó una pequeña batalla, donde se intercambiaron hechizos y maldiciones. Tanto Matías como Carlos utilizaban hechizos aturdidores, pues no eran partidarios de matar a la gente, pero los alemanes no dudaban ni un momento en emplear maldiciones asesinas.

—¡Carlos, cuidado!

Un hechizo aturdidor golpeó a su amigo. Este se desmayó y se cayó de la escoba. Veloz como un rayo, Matías se lanzó a por su amigo, cogiéndolo al vuelo. Sin embargo, su peso era demasiado para la escoba, de modo que los Matías consiguió gobernar la escoba a duras penas antes de estrellarse contra el suelo. El joven sacó su varita. La batalla había terminado ya y el escuadrón principal se veía ya lejos. El resto de mago había iniciado la huida, pensando que los que había caído estarían muertos.

Perfecto. Aparte de estar en una guerra en la que no deseaban encontrarse, ahora estaban atrapados en medio de la nada.

—Stop! —gritó alguien en inglés.

Matías se dio la vuelta y apuntó con su varita a dos hombres que acababan de bajar de sus escobas, dos magos, por las varitas que llevaban, uno pelirrojo y con la cara llena de pecas y el otro con el pelo color azabache.

—¡No! ¡Esperen! ¡No iba con ellos! —a la mierda todo, pensó Matías. Si aquellos hombres iban a matarlo, al menos podría intentar alegar que no formaba parte de aquella mascarada. Si sobrevivía y volvía con los alemanes, igualmente lo matarían.

—Don't move! Throw your wand! —gritaba el pelirrojo —. On your knees!

Matías no entendía ni una palabra de inglés. Jamás lo había estudiado ni tampoco había viajado a Inglaterra cuando era más joven. Su madre sí que sabía hablarlo, pero Matías nunca mostró interés.

El de pelo azabache le lanzó un hechizo que le hizo arrodillarse. E l otro lo desarmó.

—*The hands where I can see them, ok?*Your friend is dead? Charlus, check it—decía el pelirrojo, pero Matías no entendía nada.

El de pelo azabache, el tal Charlus, examinó a Carlos.

—No, it's alive. But it's stunned.

—Por favor, no nos hagan daño, nosotros no tenemos nada que ver con esto, nos obligaron a venir aquí. Por favor...

—I don't understand anything about he's saying, and you?—preguntaba el pelirrojo.

—No, anything.

—Ey! What's happening?**We must gotta go! Who are they?—un tercer hombre, alto y de pelo moreno, llegó también. Portaba una varita.

—I don't know, we don't understand him.

—Por favor... Por favor, no nos maten...

—He is spanish. I recognize the language —el recién llegado se acercó a Matías —. Chico —chapurreó en español —. ¿Te... Te encuentras bien? Ven con nosotros. Es mejor que quedarse aquí.

Matías sólo pudo asentir mientras los dos hombres del principio levantaban a Carlos y se lo llevaban. Minutos después se reunieron con otras tres personas, una de ellas una mujer enorme. Al rato, lo único que recordaría de aquellos momentos fue que huía, huía muy lejos de allí.

—¿Estás bien? —le preguntaba aquel hombre que resultaba ser francés. Habían logrado coger un camión y acababan de llegar a una ciudad costera. El hombre sabía algo de su idioma, lo justo como para entenderse.

—Sí. ¿Dónde estamos?

—Acabamos de llegar a Dantzic. Allí tomaremos un barco hasta Suecia, territorio neutral.

Matías asintió. Pudo ver al otro lado del camión a Carlos, siendo atendido por una mujer rubia.

—Soy Pierre. Miembro de la Resistencia Mágica francesa.

—Matías, mago español. Me enrolaron a la fuerza en la División Azul, un cuerpo militar español enviado para colaborar en la guerra junto a los alemanes.

Al rato, el camión paró.

—We are ready. Now we must find a boat who can carry us to Sweden. What are we going to do whit these two? —decía el pelirrojo.

—These two will come with us. They aren't nazis. And there's no more discussion —*dijo el francés.

Al rato estaban en los muelles de la ciudad.

—Matías, ¿qué vamos a hacer? Hemos desertado ¿Iremos con estos desconocidos?

—Por lo menos no nos han matado. ¿Y qué perdemos por ir con ellos? Tengo entendido de que quieren llegar a Inglaterra. ¿Qué prefieres, morir en la guerra o tener una oportunidad de sobrevivir?

—Tienes razón.

Para su suerte pudieron encontrar un barco sueco que les llevaría a Suecia. Una hora después abandonaban Dantzic. En unas pocas horas llegarían a Suecia. Allí tratarían de buscar un barco que los llevase a Inglaterra, puesto que, aunque Suecia era neutral, mantenían contactos comerciales con ambos bandos.

Finalmente y sin el menor contratiempo llegaron al puerto y ciudad de Kalmar. Allí decidieron pasar la noche. Por una vez durmieron sin tener que pensar en el hecho de que el enemigo podría estar al otro lado de la puerta.

A la mañana siguiente bajaron al puerto, donde afortunadamente encontraron un barco inglés que los podría llevar a todos hasta Escocia. Una vez subidos, contemplaron el puerto de Kalmar. La guerra no había terminado, ni mucho menos, pero para ellos terminaba un importante capítulo.

—¿Qué haréis ahora? —preguntó Charlus a Pierre.

—Iremos con vosotros a Inglaterra. Quiero ver a mi hermano Louis. Luego buscaremos la forma de volver a Francia para seguir con la resistencia.

—¿Y ellos? —quiso saber Septimus mientras señalaba a los españoles, que se mantenían apartados.

—Les buscaremos ayuda. Podemos darles cobijo porque a todas luces son desertores. Si se les ocurre pasar por su país, los matarán. Relajaos, volvéis a casa —sonrió Pierre.

Sin embargo, cuando llevaban un día de navegación, algo malo ocurrió. Los viajes por mar eran muy peligrosos, ya que había minas que los barcos habían ido dejando, pero también submarinos. Un día saltó la alarma. El capitán les dijo que un submarino alemán se aproximaba a ellos. Inmediatamente ordenaron ponerse los chalecos salvavidas y empezar a desplegar los botes.

—Si van a hacer eso es porque nos van a torpedear.

Efectivamente, durante un momento pudieron ver una estela en el agua que se dirigía hacia ellos. Acto seguido, una gran explosión azotó uno de los costados del barco, haciendo que se bambolease. Varios miembros de la tripulación cayeron a las gélidas aguas del Mar del Norte, así como grandes amasijos de hierro saltaron por los aires. Septimus, Charlus, Harold y James se pusieron a cubierto.

—¿Estáis todos bien? —preguntó Harold mientras se levantaba.

Todos no.

—Oh... merde... —un pedazo de hierro que había saltado por los aires le había impactado en el estómago, clavándosele fuertemente.

—¡Pierre! —gritó Charlus —. No, Pierre, no...

De la herida manaba muchísima sangre. Pronto se les unieron Charlotte, Olympe, Lucien y los españoles, pero nadie podía hacer nada por salvar a Pierre. La herida era demasiado grave y nadie tenía conocimientos suficientes para curarle.

—Ch-Charlus... —llamó Pierre. De la boca le salió sangre.

—Te pondrás bien, Pierre. Te pondrás bien.

Pierre le cogió del cuello de la chaqueta.

—Charlus, hazme un favor. Dile a mi hermano... que le quiero. Que es un gran líder. Y que seguirá siéndolo.

—Pierre... Pierre —llamaba Charlus.

Por último, Pierre miró Charlotte, Olympe y Lucien, Jamesy después a Matías.

—Miembros de la Resistencia. Ha sido un placer servir a vuestro lado —. Charlotte lloraba, al igual que Olympe y Lucien. Un placer... conocerte —dijo en español a Matías. Este asintió tristemente con la cabeza —. Adiós, Preston. Un placer servir a tu lado.

—Adiós, Pierre.

Entonces Pierre se quedó con la mirada perdida. En cuanto su cabeza se ladeó, supieron que había muerto, aunque se resistían a creerlo.

—Pierre... ¡Pierre! —gritaba Charlus, confiando en que su amigo volviese en sí.

—Ha muerto, Charlus —decía Harold mientras obligaba a su hermano a soltar el cadáver —. Tenemos que irnos de aquí.

Tenían razón. El barco había comenzado a escorarse. Parte de los botes se habían perdido, pero aún quedaban algunos. Afortunadamente, pudieron subirse a uno de ellos. Minutos después abandonaban el barco, que desaparecía engullido por las aguas, llevándose el cuerpo de Pierre. Ninguno de los miembros de la tripulación había sobrevivido.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Harold.

—Estamos demasiado lejos de Escocia. A decir verdad no sé ni dónde estamos. No podemos aparecernos, o de lo contrario lo haríamos en el agua. Y el bote pesa demasiado como para que lo llevemos con nosotros —explicó Septimus.

—¿Entonces? —quiso saber James.

—Esta es una zona de tránsito de barcos, sólo tenemos que esperar a que uno aparezca para llevarnos. Será sólo cuestión de tiempo. Mientras tanto, el barco iba en esa dirección. Deberíamos remar —dijo Charlotte.

Comenzaron a remar, pero inmediatamente desistieron, pues estaban cansados. Pronto rindió el desámino entre ellos, por estar en medio de la nada, perdidos, pero también por la pérdida de Pierre.

—Es inútil —dijo Septimus.

—¿Qué? —preguntó Charlus.

—Esto. Estamos perdidos. Todo está perdido.

Charlus se levantó y le asestó un puñetazo al pelirrojo.

—¡No vuelvas a decir eso!

—¿Te has vuelto loco?

—Pierre no ha muerto para que ahora estemos así, ¿vale? Seguiremos adelante y saldremos de esta.

—¡Mirad! —gritó James.

A lo lejos pudieron ver un barco. Algunos de ellos encendieron sus varitas, de modo que les vieron. A los pocos minutos, embarcaron en aquel barco, inglés, que había sido avisado a tiempo del hundimiento del barco en el que viajaban. Ahora podían llevarlos a Escocia.

*—¡Quieto!

—¡No te muevas! ¡Tira tu varita!

—¡De rodillas!

—Las manos donde pueda verlas, ¿de acuerdo? ¿Tu amigo está muerto? Charlus, comprúebal.

—No, está vivo. Pero está aturdido.

—No entiendo nada de lo que está diciendo, ¿y tú?

—No, nada.

—¡Eh! ¿Qué está pasando? ¡Tenemos que irnos! ¿Quiénes son?

—No lo sé, no le entendemos.

—Es español. Reconozco el lenguaje.

—Estamos listos. Debemos encontrar un barco que nos pueda llevar a Suecia. ¿Qué vamos a hacer con estos dos?

—Estos dos vienen con nosotros. No son nazis. Y no hay más discusión.