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Héroes — capítulo 9

Diario El Profeta, 22 de junio de 1941

Los peores pronósticos se han confirmado. Como espías destacados en la zona llevan advirtiendo, la Alemania Nazi ha roto su Pacto de No Agresión con la Unión Soviética y ha iniciado una invasión del territorio. Para Inglaterra esto supone un leve respiro en la guerra, pues el frente con Alemania se verá aliviado, pero ante todo no debemos bajar la guardia...

Dos hombres llegaron a la mansión. Tras llamar a la puerta, un elfo doméstico los recibió.

—¿Deseaban algo?

—Queremos hablar con el señor Potter. Somos miembros del Departamento de Seguridad Mágica del Ministerio de Magia.

—Acompáñenme —el elfo los llevó hasta el salón principal de la casa —. El señor les recibirá enseguida. ¿Desean tomar algo?

—No será necesario —dijo uno de los hombres.

El elfo se inclinó y se marchó. Al rato, el señor Potter llegó.

—¿Charles Potter?

—Sí, soy yo. ¿Mi elfo les ha ofrecido algo?

—Sí, pero no queremos nada. Somos del Departamento de Seguridad Mágica del Ministerio de Magia. Traemos información... de sus hijos.

—¿Mis... hijos? ¿Harold está bien? ¿Charlus?

—Nuestros contactos con la Resistencia Mágica francesa nos han confirmado que el señor Harold Potter está vivo y con su hermano.

—¿Están a salvo?

—Verá, señor Potter. Hay un problema. Sus hijos se encuentran cerca de Vilna. El delicado estado de salud en el que encontraron a Harold ha hecho que tengan que desplazarse por métodos convencionales. No hemos podido contactar con ellos por miedo a que las comunicaciones fuesen interceptadas, pero ahora centroeuropa es un auténtico hervidero, por lo cual hemos conseguido la información que ahora le hemos dado. No sé si se habrá enterado, pero Alemania ha iniciado la invasión de la Unión Soviética en lo que se conoce como la Operación Barbarroja. Y sus hijos están en ojo de la tormenta.

—Ha dicho que están cerca de Vilna. ¿Por qué están allí y no desplazándose en dirección contraria si mi hijo está delicado de salud?

—Eso al parecer ha sido cosa de los miembros de la Resistencia Mágica con los que viajan. Consideraron oportuno avisar a los magos rusos de lo que se les venía encima. Sus actos fueron los más adecuados. Si los alemanes llegan a pillar a los rusos por sorpresa...

—Eso no quita el hecho de que mi hijo necesita recuperarse y necesita hacerlo lejos de allí.

—Señor Potter, hemos hablado con ellos. Harold Potter se encuentra en pleno uso de sus facultades. Debo recordarle que son miembros de la fuerza de choque del Ministerio de Magia inglés y que por tanto están de servicio.

—No me lo recuerde... —Charles Potter suspiró —. Gracias por la información, caballeros. Mi elfo les acompañará hasta la salida.

Los dos hombres se marcharon. Charles Potter esperó en la sala.

—Qué grata sorpresa. Harold está vivo —un hombre que había permanecido en la sala contigüa apareció.

—Cygnus, deberías haberte ido ya.

—¿Dos magos del Ministerio te hacen una visita y esperas que me vaya? Además, traían buenas noticias, Charles. Porque son buenas noticias, ¿no? Harold está vivo, lo que significa que el matrimonio vuelve a ponerse en marcha. Cassiopeia se va a poner muy contenta. Y te han confirmado además que Charlus también está vivo. Todo va viento en popa.

—Cygnus... Están en medio de una guerra. Esto no ha acabado.

—Espero que no estés diciendo que deseas que los matrimonios se rompan, Charles.

—Yo no he dicho eso. Los matrimonios ya están concertados. Vete a casa y dile a tu hija que podrá casarse.

Cygnus Black sonrió y se marchó. Tras irse, apareció la mujer de Charles.

—¿Qué ocurre, querido?

—Una buena noticia, Harold está vivo. Y está con Charlus.

La mujer sonrió.

—Qué alivio... qué alivio.

Los dos se abrazaron. Charles no creyó conveniente tener que decirle a su mujer que las esperanzas de que sus hijos sobreviviesen eran bajas. Ni tampoco que tenía en mente anular los matrimonios que habían concertado para sus hijos.

Mientras tanto, en el Ministerio de Magia, el Wizengamot se encontraba reunido en pleno. Albus Dumbledore tenía la palabra.

—Señor presidente, miembros del Wizengamot. Estamos aquí para deliberar acerca de la nueva situación en Centroeuropa. Como sabéis, la Alemania Nazi ha iniciado la invasión de la Unión Soviética. Aunque Inglaterra ve ahora su frente un poco más aliviado, esto no ha acabado. Sin embargo, el tema principal de este pleno es el siguiente. Cuatro hombres de nuestro bando, tres magos y un muggle, se encuentran cerca de Vilna, acompañados por miembros de la Resistencia Mágica francesa. Originalmente tres de ellos formaban un pequeño grupo de rescate con la misión de encontrar y salvar a Harold Potter, que había sido secuestrado durante el bombardeo de Hannover por magos alemanes. Cumplieron con su misión con creces, pero el inicio de la Operación Barbarroja ha hecho que queden atrapados y no puedan ser rescatados.

—¿A dónde quiere llegar con esto, Dumbledore? —preguntó Elphinstone Urquart.

—A lo que quiero llegar, Elphinstone, es a que el Departamento de Seguridad Mágica ha sido negligente. No se han preocupado por esos hombres, los han abandonado a su suerte. Por no hablar de su lamentable operación para buscar y encontrar a Harold Potter, totalmente fallida. El señor Potter fue encontrado por miembros de la Resistencia Mágica, magos mucho menos preparados de lo que estamos aquí.

—¿Y cuál es su petición, Dumbledore? —preguntó el presidente de la sala.

—Pido, señor presidente, que Elphisntone Urquart sea destituido de su cargo como Jefe del Departamento de Seguridad Mágica por su incompetencia y se nombre a un nuevo Jefe.

—¡Señor presidente esto es un ultraje! Saben muy bien todos ustedes que he obrado de la mejor forma.

—Si hubiese obrado de la mejor forma, Elphinstone, las cosas habrían salido a mejor y no tendríamos a nuestros hombres en territorio enemigo.

—Pero... —replicó Elphinstone.

—Es cierto —dictaminó el presidente del tribunal —. Sus actuaciones han sido negligentes, Elphinstone. Me veo obligado a destituirle de su cargo —y acto seguido golpeó con el mazo —Urquart no daba crédito —. ¿Alguna propuesta para ocupar el cargo de Jefe del Departamento?

—Sí, señoría —dijo Dumbledore —. Propongo a Elphias Doge.

—Muy bien. El señor Doge será sometido a un período de prueba. La sesión ha concluido.

Elphinstone se levantó furioso y caminó decidido hasta Dumbledore. Este no se amilanó, pero Elphias se puso a su lado.

—Enhorabuena. De un sólo golpe has conseguido quitarme de en medio y poner a tu títere.

—Has sido negligente, Elphinstone... Y ambos sabemos que algo más has hecho. Sabes a lo que me refiero —dijo

Urquart se le quedó mirando con odio.

—Esto no va a quedar así, Dumbledore. Puedes estar seguro.

Y dicho esto se fue.

—Creo que te has arriesgado demasiado, Dumbledore —dijo Doge.

—Lo sé, pero tenía mis razones. Quitando el hecho de su mala actuación con la guerra, tengo mis sospechas de que está tratando con Grindelwald. Pero ahora mismo tú eres el nuevo Jefe del Departamento, Elphias.

—Y me encargaré personalmente de traer a esos chicos de vuelta a casa, Albus.

Mientras tanto, en un piso de un suburbio de Vilna, Septimus, Charlus, Harold y James, junto a Pierre y el resto de los miembro de la Resistencia Mágica, se encontraban reunidos con tres magos rusos, miembros del Comité Mágico de la URSS, el órgano de gobierno de los magos y brujas de la Unión Soviética. Ellos eran Anton Porskoff, Vladimir Vólkov y Dimitri Novikov.

—Agradecemos vuestra ayuda, pero llegáis tarde. Alemania ha comenzado la invasión de nuestro territorio —decía Anton, el único que sabía hablar inglés con acento ruso.

—Sentimos no habernos dado más prisa, pero uno de los nuestros no podía viajar más rápido —explicó Pierre.

—No importan. Llevábamos tiempo sospechando de Alemania y no nos hemos equivocado.

—Entonces parece que no tenemos nada más que hacer aquí, ¿no? ¿Hay alguna forma de salir del país y volver a nuestro hogar.

—Sí la hay, lo desconozco. Lo sentimos pero no podemos ayudaros, necesitamos todos los hombres posibles. A partir de ahora, estáis sólos.

—Nos hemos dejado la piel para venir a avisaros —se quejó Septimus.

—Y lo habéis hecho el mismo día en que Alemania nos declara la guerra. No veo en que nos ayuda eso. Contentáos con que no pensemos que sois partidarios del enemigo y os hayamos apresado.

—Esto es... —dijo Septimus.

—Déjalo, ¿vale? Ahora ellos tienen su propia guerra. Tenemos que ver la forma de escapar. Ahora que Harold está plenamente recuperado, no tenemos necesidad de quedarnos aquí —dijo Charlus.

Todos se marcharon a un piso que había ocupado.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó James.

—Creo que vosotros ya no tenéis necesidad de seguir aquí con nosotros, chicos —confesó Charlus.

—Tienes razón —confesó Pierre —. Pero hemos pasado mucho juntos. Y sería un suicidio separarnos ahora. No. Seguiremos juntos y saldremos de aquí juntos.

—Entonces, ¿qué haremos? —preguntó Septimus.

Pierre desplegó un mapa de Europa sobre una mesa.

—Creo que nuestra prioridad ahora mismo es ir a Suecia. Es un país que, aunque de dudosa neutralidad, nos daría un respiro. Por ello, debemos viajar hasta Dantzic y allí buscar un barco que nos permita viajar hasta Suecia, donde nos veríamos más aliviados para volver a Inglaterra.

—Está bien, ¿cuándo nos vamos? —quiso saber Charlus.

—Por mí... Ahora mismo.

Minutos después se encontraban saliendo ya de Vilna. Allí había tropas rusas, y aunque no tenían que preocuparse por ser perseguidos, pronto llegarían las tropas alemanas y era mejor que no se quedasen allí. Por suerte, nadie los molestaría, así que pronto se encontraban ya en campo abierto, viajando hacia Dantzic. De vez en cuando se desplazaban con escobas, otras veces apareciéndose y desapareciéndose. Pronto llegarían a Suwalki.

—¡Pierre! ¿Qué es eso? —gritó Septimus.

Todos viajaban en escoba. A lo lejos pudieron ver una especie de nube negra, enorme.

—¡Son magos! ¡Dispersaos! —gritó Pierre.

El grupo se dividió a tiempo para aterrizar en tierra y esconderse. Una vez allí se dividieron en grupos. Los magos alemanes pasaron por encima de ellos, algunos de los cuales se habían lanzado contra el pequeño grupo, enzarzándose en una pequeña lucha. Por suerte, la cosa no duró mucho.

—¿Son parte del ejército invasor? —preguntó Charlus.

—Sí. Seguramente serán enviados para hacer frente a los magos rusos.

—¿Y ahora qué hacemos? —quiso saber Septimus.

—Seguiremos por tierra, apareciéndonos sólo cuando sea necesario.

—Olympe dice que hay un tren cerca de aquí —mencionó Charlotte.

Sin embargo, Charlus y Septimus corrieron al ver que uno de los magos enemigos se levantaba.

Tras asegurarse de quiénes eran, dos magos españoles obligados a estar allí, caminaron hasta una pequeña estación, donde había un tren estacionado. Todo parecía indicar que acababa de llegar. El tren estaba empezando a desembarcar tropas.

—Muggles —dijo Pierre —. Pero no son alemanes. Probablemente sean aliados de Alemania. Nosotros no tenemos nada que hacer aquí. Prosigamos.

De vuelta a Inglaterra, en el Ministerio de Magia, Elphinstone Urquart recogía sus objetos personales de su despacho. Minerva McGonagall, su mujer, estaba con él.

—Lamento que todo haya acabado así, Elphinstone. Ah, hola, Minerva —saludó Albus Dumbledore.

—Albus —saludó Minerva cordialmente. A pesar de que había conseguido apartar a su marido de su trabajo, Minerva no podía estar enfadada con Dumbledore.

—¿Puedo hablar un momento con Elphinstone a solas?

Minerva se fue del despacho.

—¿Qué quieres, Albus?

—Voy a darte una oportunidad, Elphinstone. Quiero que me digas la verdad. ¿Has estado en contacto con Gellert Grindewald?

Urquart miró furioso a Dumbledore.

—¿Cómo te atreves? Soy inglés, sirvo a mi país. A mí gente. Jamás trataría con escoria tenebrosa... y alemana.

Dumbledore miró seriamente a Urquart.

—Espero por tu bien que digas la verdad, Elphinstone. Eres un hombre de honor, pero si has tratado con ese hombre...

—Fuera de aquí, Dumbledore. Fuera de aquí.

Albus se marchó. Por supuesto que no creía que Elphinstone diciese la verdad, pero no podía acusarlo porque sí. No todavía.

Mientras tanto, en la mansión de los Potter, estos tenían visita. Cygnus Black, acompañado de Abraxas Malfoy, se encontraban allí.

—¿Se tienen noticias de Harold y Charlus? —preguntó Cygnus Black.

—Todavía no. Se encuentran en medio del radio de acción de la Operación Barbarroja. Es imposible contactar con ellos, pero sabemos al menos que hacen todo lo posible por volver a casa —explicó Charles Potter.

—Perfecto. Cassiopeia y Dorea están deseosas de casarse con ellos.

—Deduzco que esa no es la cuestión que les ha traído aquí, caballeros —dijo Charles Potter.

—En efecto. Estamos aquí por la guerra. No sé si se habrá enterado, Charles, pero un mago se está alzando en Europa, con poder suficiente para doblegar a los magos.

—No me interesa, Cygnus. Yo no comparto vuestras ideas.

—Charles —dijo Abraxas —. Los muggles tienen las de perder, no nosotros. Y los que no apoyen a ese mago, también tendrán las de perder.

—He dicho... que no me interesa. No comparto sus ideas, repito. No me gustan los muggles, pero no los considero una amenaza.

Cygnus Black se levantó.

—Cometes una equivocación, Charles. Pero por suerte los hijos fruto de esos matrimonios compartirán nuestras ideas.

Charles los miró seriamente.

—Creo que deberíais iros ya. Esta reunión ha terminado.

Cygnus y Abraxas se marcharon. Charles sabía que la situación se estaba poniendo complicada, no sólo porque no sabía qué reacción tendría Cygnus cuando supiese que Harold y Charlus no se casarían con Cassiopeia y Dorea, pero si además había un mago tenebroso en Europa capaz de doblegar a los muggles y a los magos contrarios a sus ideas, por quienes más temía en ese momento Charles Potter era por su hijos.