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Héroes — capítulo 8
27 de mayo de 1941
(Extracto del diario Parisino "Le Parisien Sorcier", traducido al inglés)
Esta mañana se han producido una serie de asesinatos en la Catedral de Notre Dame. Al parecer el obispo y otras personas que se encontraban allí han sido asesinados por magos alemanes. Estos estaban buscando a miembros de la Resistencia Mágica que se encontraban ocultos esa noche en la Catedral. Los fugitivos han escapado. Se cree que magos ingleses viajan con ellos...
La pequeña embarcación navegaba lentamente sobre las aguas del Sena. La niebla que aquella mañana se había formado les proporcionaba cierta protección contra miradas indiscretas.
—¿Dónde vamos ahora? —preguntó Charlus.
—Nuestra estancia en París se ha visto alterada. Vamos a tener que irnos lo antes posible, pero antes tenemos que visitar a una última persona, alguien que podrá decirnos dónde se encuentra tu hermano.
Desembarcaron en un pequeño embarcadero y se introdujeron en las callejuelas hasta llegar a un enorme espacio abierto donde destacaba un gran edificio.
—¿Qué es eso? —preguntó Septimus.
—El Museo del Louvre —dijo Charlotte.
—Bien, a partir de aquí iremos sólo yo, Charlotte y Charlus. Los demás esperadnos fuera y estad atentos a cualquier imprevisto.
Los tres entraron en el Museo. Aún era demasiado pronto como para que hubiese gente, sólo algunos vigilantes y trabajadores que no repararon en ellos. Llegaron hasta un gran pasillo, donde un hombre de pelo canoso observaba un cuadro.
—¿Padre?
El hombre se volvió y sonrió.
—Pierre, me alegro de verte —también hablaba el inglés, aunque con un fuerte acentro francés —. Charlotte.
—Te presento a François Delacour, mi padre. Es él Charlus Potter, el hermano del secuestrado.
—Ah, sí, sí. Vas en busca de tu hermano. Está bien. Ha sido llevado al campo de concentración de Auschwitz. Allí los nazis tienen un espacio enteramente para magos y brujas.
—¿Está bien?
—Más o menos, pero en ese sitio tendrá los días contados. Has de darte prisa.
—De acuerdo.
Oyeron una serie de explosiones.
—Me temo que vuestros amigos se encuentran en apuros. Id a ayudarlos.
—¿Y tú, padre?
—Yo estaré biem, hijo. Tengo que cuidar de este museo. Nos veremos pronto.
Los tres salieron corriendo de allí. Sin embargo, llegaron justo a tiempo para ver cómo los alemanes se llevaban a sus compañeros a vuelo de escoba.
—¿A dónde los han llevado? —preguntó Charlus.
—Me temo que al Palacio del Elíseo —dijo Pierre.
—Entonces vayamos allá.
—¿Te has vuelto loco? Es impenetrable —dijo Charlotte.
—No para mí. Tengo un plan. Llevadme a esa prisión.
Pierre y Charlotte se miraron. Cuando uno de los suyos era secuestrado, daban por hecho de que no le volverían a ver. Pero la determinación de Charlus era clara. Quizás podrían hacer algo. Y no podían dejar a Lucien y a Olympe de esa manera, eran sus amigos. Minutos después estaban a la afueras de la prisión, escondidos en un callejón.
—¿A qué parte han podido llevarlos? —quiso saber Charlus.
—El Palacio del Elíseo es la Residencia oficial del Presidente de la República francesa. Los magos lo utilizan también como sede para sus operaciones, ya que formamos parte de un organismo dentro de la República, del cual sólo el Presidente sabe de su existencia. Es decir, no tenemos un Ministerio, sino un director general mágico. El palacio es una auténtica fortaleza, nadie puede entrar ni salir sin que nadie lo sepa. Es una locura, Charlus. Probablemente hayan sido llevados a las celdas que hay en el subsuelo —explicó Pierre
—Bueno, yo tengo un plan, ¿sabéis? Nadie podrá verme entrar... Si nadie me ve —sacó una capa de uno de los bolsillos de su chaqueta, el cual había sido hechizado mágicamente con un hechizo de extensión indetectable.
—¿Qué es eso? ¿Una capa? —preguntó Charlotte.
—Pero no una capa cualquiera. Es una capa invisible. Mi padre se la cedió hace un año a mi hermano Harold, pero este, temiendo perderla en la guerra, me la dio a mí. Te oculta mágicamente, mirad —se puso la capa encima y, efectivamente, le ocultó —. Sólo hay espacio para uno más.
—Iré yo. Conozco bastante bien el palacio —dijo Charlotte.
—Perfecto. Pierre, espéranos aquí.
Los dos se encaminaron hacia el palacio, entrando por una puerta secundaria. Accedieron a un vestíbulo. Guiados por Charlotte, atravesaron puertas, pasillos y salas enormes hasta que empezaron a descender. Pronto llegaron a una zona de celdas y dieron con sus amigos.
—¿Estáis todos bien?
—¿Cómo habéis entrado? —preguntó Septimus al ver las caras de Charlus y Charlotte flotar delante de ellos.
—No ha sido tan difícil. Esperad... Alohomora.
La puerta de la celda se abrió, dejándoles salir. Minutos después, estaban todos fuera.
—No tenemos tiempo, tenemos que marcharnos antes de que den la alarma —dijo Pierre.
Y así, minutos después, el grupo abandonaba al fin París. Subidos en un coche ampliado mágicamente para llevarlos a todos, su próximo destino sería Reims, donde harían parada para conseguir un traslador.
—¿Dónde está Auschwitz? —preguntó Septimus.
—En Polonia. Está bastante lejos de aquí, nos llevaría mucho tiempo viajar en medios convencionales, así que utilizaremos un traslador —explicó Pierre —. Lo conseguiremos en Reims. Pero debemos tener cuidado. Auschwitz se encuentra en territorio enemigo. Alemania y Rusia tienen firmado un Pacto de No Agresión, de modo que una vez allí estaremos sólos.
Horas después estaban ya en Reims, donde consiguieron un traslador. Por desgracia sólo podía llevarlos hasta Praga. Una vez allí deberían buscar otra manera de viajar hasta Auschwitz.
Se reunieron todos alrededor de una bota sucia y vieja. James tragó saliva y la tocó. Al rato estaban todos en Praga, en un piso que habían ocupado momentáneamente. Pronto se haría de noche y necesitaban descansar.
—Aquí también hay magos alemanes, pero no creen que el enemigo llegue tan lejos. Por si acaso, esta noche empezaré yo la guardia.
Al rato, Charlus se sentó junto a Pierre.
—Aún es pronto para que hagas la guardia, Charlus.
—No puedo dormir. No puedo dejar de pensar en Harold, en si estará bien.
—No te puedo decir eso, Charlus. Nuestros espías nos han dicho que Auschwitz es un infierno. Allí llevan a todos aquellos que no entran en lo que los nazis llaman "la raza aria". Y esos son los judíos, los gitanos, los homosexuales, los minusválidos... Y por supuesto, los enemigos. Auschwitz cuenta con una sección para los magos. Tu hermano habrá sido llevado allí, pero sus condiciones serán las mismas que las de los muggles. Debemos darnos prisa. Por supuesto que cogería ahora mismo y nos iríamos, pero necesitamos descansar. Necesitamos todas nuestras fuerzas para entrar en Auschwitz. Y necesitaremos tu capa —sonrió Pierre.
—Sí, es verdad. Lo entiendo perfectamente. Sólo espero que esté bien.
—Si tu hermano es como tú, entonces lo estará. ¿Cómo conseguiste esa capa?
—Es una vieja reliquia de la famila. Lleva en ella desde... Ni idea. Mi padre la utilizaba. Y su padre antes que él. Se la dio a mi hermano cuando él acabo en Hogwarts. Y mi hermano me la dio a mí pensando que a lo mejor no volvería de la guerra.
—Es una capa excepcional, Charlus.
Se quedaron en silencio durante un tiempo.
—¿Cuál es tu historia?
Pierre lo miró mientras meditaba.
—Los Delacour somos una importante familia de magos y brujas de Francia. Ocupamos cargos importantes. Con la guerra nos pidieron que lideramos a la Resistencia y así hacemos.
—¿Por qué nos ayudáis?
—Porque vuestras intenciones son claras y buenas. Y porque fuimos convencidos por alguien.
—¿Por quién?
Pierre sonrió.
—No me está permitido decirlo, pero puedes confiar en nosotros. Ahora duerme. El viaje de mañana será largo y difícil. Te necesitamos en tus plenas facultades. Esta noche no harás la guardia, tranquilo.
A la mañana siguiente, todos estaban descansados y listos para macharse.
—¿Cómo viajaremos? No tenemos trasladores —dijo Septimus.
—Nos iremos apareciendo de vez en cuando. Otras veces utilizaremos las escobas que Charlus guarda en su bolsillo. Pero no es seguro utlizar trasladores, pues no sabemos dónde podríamos aterrizar —dijo Pierre.
—¿Aparecerse? —preguntó James.
—Los magos tenemos la capacidad de aparecernos y desaparecernos para viajar pequeñas distancias. Es una buena forma de desplazamiento, pero inútil si queremos viajar grandes distancias. Normalmente la utilizamos en combate, ya que resulta bastante efectiva para moverse por el campo de batalla. Pero muchos magos y brujas prefieren otros métodos de viaje antes que ese —explicó Charlus.
—Me preguntó por qué —dijo James de forma irónica.
—Pronto lo averiguarás —dijo Charlotte mientras le tomaba de la mano.
Todos hicieron lo mismo.
—Olympe, tú conoces el punto de llegada más cercano. Llévanos —dijo Pierre.
Olympe se concetró y, acto seguido, se desapareció, llevándose a todos. Para James, aquello fue horrible, como si le metiesen por un tubo demasiado estrecho y le sacasen por él. En cuanto llegaron a su destino, vomitó. Charlotte le daba palmadas en la espalda.
—Tranquilo, es normal.
Para cuando James estuvo recuperado, montaron todos en escobas y alzaron el vuelo. Cada vez estaban más cerca de Auschwitz. Finalmente y sin el menor contratiempo, consiguieron llegar al campo de concentración.
—¿Y ahora qué? —preguntó James.
—Ahora me introduciré en el campo de concentración. Puedo desaparecerme dentro. Una vez allí me pondré algo de esa ropa y buscaré a Harold. Hay muchísima gente —dijo Charlus.
—Necesitarás ayuda. Voy contigo —dijo Septimus.
—Yo también —afirmó James.
—No, es peligroso.
—Conocemos a James. Lo encontraremos antes si vamos los tres —dijo Septimus.
—Tiene razón. Ese sitio es muy grande. Si vais más lo encontraréis antes. Además, hay tanta gente que no sabrán quiénes sois. Nosotros esperaremos aquí, atentos a cualquier imprevisto —dijo Pierre.
—Está bien —asintió Charlus.
Los tres se aparecieron dentro del campo de concentración. Allí se hicieron con unas viejas prendas y se las pusieron. Acto seguido, entraron.
—Bien, vamos a separarnos. Buscad y encontrad a Harold. En una hora volveremos aquí. Si no lo hemos encontrado, reanudaremos la búsqueda —explicó Charlus.
Asintieron con la cabeza y se separaron.
Charlus caminó por las casetas del campo de concentración. Allí había gran cantidad de gente, todos magos y brujas. Le extrañaba que hubiese tantas personas, pero recordó lo que Pierre le había dicho. Muy probablemente se trataría de judíos, homosexuales, gitanos o minusválidos, aunque también pensó que podían ser personas contrarias al régimen nazi.
Aquello estaba resultando más difícil de lo que esperaba, como encontrar una aguja en un pajar. Pasó una hora y volvió al punto de encuentro, pero nadie encontró a Harold. Estuvieron así hasta que se hizo de noche y decidieron quedarse a dormir en uno de los barracones. Esa noche la pasaron los tres metidos en una sola cama. De repente, Charlus vio una enmarañada cabeza de pelo azabache. Se levantó y caminó hasta esa persona.
—¿Harold?
La persona alzó la cabeza. Tenía los pómulos hundidos, profundas ojeras y había perdido parte del pelo. Había perdido más que eso, pues poco quedaba del joven que un día fue. Era Harold.
—¿Ch-Charlus? —musitó él.
—Sí, hermano, soy yo —y lo abrazó.
Septimus y James se acercaron también para abrazar a Harold. Una vez estuvieron listos, decidieron irse.
Fuera, caminaron hasta el punto de encuentro, donde se iban a desaparecer, pero de repente sonó la alarma.
—¡Corred! —gritó Septimus.
De repente se oyeron disparos y explosiones fuera de la verja. Probablemente Pierre y los demás estaban llamando la atención. Charlus y los suyos pudieron desaparecerse a tiempo. Se escondieron en un pequeño refugio, donde Charlus dejó a Harold.
—Está muy débil —dijo Charlotte —. Pero sobrevivirá. Tendremos que viajar de la forma más lenta. Más apariciones podrían matarlo.
—Gracias —musitó Charlus mientras mantenía la mano de su hermano sujeta.
Al rato, Charlus se reunió con Septimus, Pierre y James.
—Bueno, necesita tiempo, pero se recuperará.
—Me alegra oír eso —dijo Pierre —, pero debemos irnos cuanto antes. Nos ha llegado información preocupante. Hitler planea invadir Rusia. Aún no lo ha hecho oficial, pero está decidido. Si nos quedamos aquí, nos veremos rodeados por hordas alemanas y nos detectarán fácilmente.
—Harold no puede viajar mediante aparición —dijo Charlus de forma seria.
—Tranquilo, no le dejaremos aquí. No ahora. Pero debemos actuar rápido.
—Creía que los alemanes tenían un pacto de no agresión con los rusos —dijo Septimus.
—Y así es, pero Rusia posee recursos que ayudarían mucho a Alemania en la guerra, especialmente el petróleo del Caúcaso. Debemos avisar a los rusos.
—¿Qué? —preguntó James.
—Debemos avisar a los magos rusos. Ellos sabrán qué hacer, preparar a los muggles antes de que la invasión les pille desprevenidos.
—¿Eso quiere decir que no volvemos a casa todavía? —quiso saber James.
—Eso me temo —sentenció Septimus.