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Héroes — capítulo 7
26 de mayo de 1941
Aquella mañana no habría edición del Profeta, pues se encontraban en otro país. Además, dada la situación, lo menos que les apetecía era leer el periódico. El vehículo viajaba por una carretera de tierra. Pierre les había dicho que debían viajar por carreteras secundarias, ya que los accesos principales a las ciudades y pueblos se encontraban vigilados por los alemanes.
De repente, se oyó una explosión.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó James.
—Posiblemente alguna operación de sabotaje. Tenemos entendido que los nuestros tratarían de hacer explotar una bomba en los alrededores. Es así desde que empezó la resistencia.
—¿No estáis al tanto de vuestras propias operaciones? —preguntó Septimus, incrédulo.
—Entre nosotros manejamos información confusa. Y por supuesto nos guardamos unas cuantas cosas.
—¿No sería peligroso? ¿Y si algún día os encontráis en un sitio en el que alguno de los vuestros ha puesto una bomba? —preguntó Charlus.
—Por supuesto, no ponemos bombas si sabemos que habrá gente de los nuestros —dijo Pierre.
Llegaron a Bapaume, donde dejaron el coche. Entraron en un pequeño cobertizo y sacaron escobas.
—Volaremos hacia París. Aplicaos hechizos desilusionadores. Los magos alemanes patrullan el cielo. Si alguno se queda atrás no nos responsabilizamos. Ante todo nuestra máxima es no caer presos del enemigo. Si lo hacéis, tragaros esto —les pasó una pastillita a cada uno de los tres —. Son cápsulas que contienen poción para olvidar. No hay antídoto, de modo que olvidaréis todo lo que sabíais y al enemigo no les serviréis de nada, por lo que os matarían. Es mejor así que morir envenenado —explicó Charlotte.
Los tres se guardaron las pastillas, confiando en no tener que utilizarlas. Septimus y Charlus e aplicaron hechizos desilusionadores y lo mismo hicieron con James. Luego alzaron el vuelo, yendo James con Charlus. Por delante tenían unos doscientos kilómetros hasta llegar a París, así que tenían que darse prisa. Sin embargo, el cielo estaba vigilado y un escuadrón de magos alemanes se les echó encima. Aunque la batalla fue corta, perdieron a Jacques en el camino.
—Lo siento mucho —dijo Septimus al llegar a París.
—Gracias —confesó Pierre —. Jacques era un gran amigo y un gran soldado. Confío en que se haya tomado la pastilla.
Habían aterrizado en la Isla de la Cité, cerca de la Catedral de Notre Dame de París.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó Charlus.
—Los miembros de la Resistencia Mágica se encuentran desperdigados por París. Nos reuniremos con varios de ellos. Algunos nos proporcionarán información, otros se nos unirán por un tiempo —dijo Pierre —. Nuestra primera parada es la catedral de Notre Dame, donde un obispo nos puede dar cobijo esta noche. Allí además hay alguien que nos puede ayudar. Vamos.
Entraron en la catedral mientras se hacía ya de noche. Allí fueron recibidos por unos niños que los llevaron a una habitación donde los recibió un obispo.
—Monseigneur —saludó Pierre.
—Bonne nuit, Pierre. Qui sont-ils? —preguntó el obispo al ver a Septimus, Charlus y James.
—*Anglais. Il sont de le Ministère de la Magie.**Ils sont en mission de recherche, mais ils ont besoin d'informations.*Ce soir nous avons besoin de rester ici. Où est Olympe?
—Ici.*
—Este es el obispo Fabien Desplat. Es miembro de la Resistencia.
—¿No es un mago? —preguntó Septimus.
Pierre negó con la cabeza.
—No, pero sabe de nosotros. Nos ayudará. Acoge a magos y brujas en apuros. Ahora mismo tiene a una bruja a la que protege. Nos llevará ante ella.
Llegaron hasta un sótano donde se encontraba una mujer. Pero no una mujer cualquiera, sino una chica que era mucho más alta que ellos. Debía de tratarse de una semigiganta. Charlotte fue a abrazarla mientras sonreía.
—Os presento a Olympe Maxime, una bruja en búsqueda y captura que posee información sobre la Academia Beauxbatons.
—¿La Academia...? —preguntó James.
—Beauxbatons, la academia francesa de magia, al estilo de Hogwarts —explicó Charlus.
—Exacto. La academia se oculta mágicamente, por lo que los magos alemanes desean fervientemente averiguar dónde está, pero a la mayor parte de los miembros de la Resistencia se les borró la memoria. En cuanto a las personas que asistieron a ese colegio, son demasiadas y las listas de miembros permanecen ocultas. Olympe se encontraba en París en el momento en que se decidió buscar a miembros de la academia, por lo que ha tenido que ocultarse. Vendrá con nosotros —explicó Pierre.
Dejaron a Olympe y a Charlotte solas.
—¿Una semigiganta? —preguntó Septimus.
—Cuida tus palabras, chico, eso es un insulto para ella —dijo Pierre.
—No es el primer semigigante que conozco, descuida, pero no creo que deba acompañarnos. Nos retrasará.
Pierre se acercó a él.
—Cuando llegue el momento, veremos quién es más rápido, si ella o tú.
Y con eso dio por finalizada la conversación. Acto seguido, se prepararon para la noche.
—¿He dicho algo malo? —preguntó Septimus.
—Creo que deberíamos fiarnos de ellos. Estos magos pueden llegar a ser más sorprendentes de lo que creíamos —dijo Charlus.
—No es la semigiganta lo que me preocupa.
—¿Entonces?
—Marchant —confesó Septimus.
—¿El que fue apresado durante el vuelo? Tomaría la pastilla, no te preocupes.
—¿Y si no la ha tomado?
Mientras tanto, James subió al campanario de la catedral. Allí, Olympe y Charlotte conversaban hasta que repararon en la presencia del recién llegado. Olympe se despidió de su amiga y bajó.
—Hola —saludó James.
—Hola.
—Me extraña que hables inglés.
—Algunos lo hemos aprendido para la guerra. Mi madre era inglesa, sé hablarlo desde pequeña —James asintió —. ¿Cuál es tu historia?
—Pues... volaba con mi caza por el norte de Inglaterra, sobre las ruinas de un castillo, cuando los sistemas de mi avión empezaron a fallar. Caí a tierra, pero durante la caída, pude comprobar cómo esas ruinas cambiaban para convertirse en un enorme castillo. Después me dijeron que me encontraba en Hogwarts y que la magia existía. Afortunadamente pude convencerles de que no me borrasen la memoria. Ahora estoy aquí, acompañando a dos magos en la búsqueda de un prisionero —Charlotte sonrió —. ¿Y tú?
—Olympe y yo teníamos que volver a Beauxbatons, pero la guerra nos pilló de por medio. Entonces decidimos unirnos a la Resistencia Mágica.
James asintió con la cabeza. Contemplaron el cielo de París.
—Cuántas estrellas... —confesó James.
Y se quedaron así por un tiempo, contemplando el cielo nocturno.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, Albus Dumbledore caminaba por las calles de Sttutgart después de haber hablado con Dieter Lenz. Una mujer lo esperaba al final de la calle.
—La noche está en calma hoy.
La mujer sonrió.
—Correcto. Buenas noches, Albus.
La contraseña había sido la correcta.
—Buenas noches, Bathilda.
Bathilda Bagshot era una historiadora de la magia, pero no dudaba en ayudar a su amigo Dumbledore siempre que lo necesitase.
—¿Dieter te ha dado muchos problemas?
—No demasiados. Pero ha cantado como un loro. Creo que ahora podemos ir a nuestro siguiente destino.
La mujer sacó un pequeño vaso de cristal y lo sostuvo. Dumbledore lo tocó y al instante los dos desaparecieron. Llegaron a un callejón. Bathilda tiró el vaso a un cubo de basura, haciéndose añicos.
—Berlín está precioso en esta época del año —confesó ella.
—Sí, aunque esas esvásticas no le quedan bien. Pero bueno, debemos ir a ver a nuestro siguiente contacto.
—¿No piensas ayudar al chico Potter? —preguntó ella.
—Eso es cosa de su hermano, quien ya se ha puesto en marcha. Ante todo, no quiero llamar demasiado la atención de los magos alemanes, ni tampoco la del Ministerio de Magia inglés.
Caminaron por una calle hasta llegar a una casa a la que llamaron. Una doncella les abrió.
—Venimos a ver al señor Krum —dijo Dumbledore.
La mujer asintió y les dejó pasar. Los condujo hasta un salón donde un hombre de pelo negro y con un gran mostacho los vio llegar.
—Ernest, me alegro de verte.
—Dumbledore. Siempre es un placer. ¿Y ella es...?
—Bathilda Bagshot.
—Encantado, Madame Bagshot.
—Lo mismo digo, señor Krum.
—Bathilda, te presento a Ernst Krum, agente infiltrado entre los magos alemanes.
Los dos se sentaron.
—Supongo que vienes por el asunto de Gellert, Albus.
—Así es. He traído a Bathilda porque es la tía abuela de Gellert y a lo mejor puede proporcionarnos información.
—Verás, Albus, Gellert ha pasado un tiempo en Inglaterra últimamente.
—Lo sé, Ernst, he estado al tanto. ¿Sabes si ha vuelto?
—Ayer mismo cruzó las puertas de Nurmengard, pero no sé cuanto tiempo estará allí. La guerra lo mantiene ocupado. Y tampoco sé que planes tiene, pero está ayudando a los nazis. Los magos alemanes le dan igual, sólo espera que, llegado el momento, se les unan o mueran.
—Está bien, Ernst, gracias por la información.
Albus y Bathilda se despidieron y salieron a la calle.
—No pensé que hubiese magos alemanes de nuestro lado, Albus.
—No todos piensan igual, como has podido comprobar. Además...
De repente reparó en algo o alguien que vio en lo alto del edificio en el que acababan de entrar.
—¿Qué ocurre, Albus?
—Mira allí.
En la azotea del edificio había un hombre rubio ataviado con un abrigo negro. Empuñaba además una varita con la que les apuntaba.
—¡Apártate! —gritó Dumbledore. El mago de la azotea lanzó una maldición asesina que Albus esquivó a tiempo, echando a Bathilda sobre la calle —. ¿Estás bien?
—Sí, sí, creo que sí. ¿Ese era Gellert?
—El mismo.
De repente oyeron un grito que provenía del interior de la casa. Entraron corriendo y vieron en el salón el cadáver de Ernst Krum y a su doncella, asustada al verle.
—Chiquilla, será mejor que te vayas. ¡Huye! —dijo Bathilda. Aunque la sirvienta no sabía hablar inglés, entendió lo suficiente como para irse de allí.
Lajoven corrió hasta la cocina, donde oyeron que salía por una puerta trasera. En la puerta de entrada principal, el hombre rubio, Gellert Grindelwald, los esperaba.
—Hola, Albus. Tía Bathilda, me alegra volver a verte.
—No parecías alegrado cuando has intentado matarnos, Gellert.
—Por favor, tía Bathilda, en realidad esa maldición era para Albus.
—¿Qué haces aquí, Gellert? ¿No estabas en Nurmengard? —preguntó Albus.
—Y eso es lo que ese idiota os ha hecho creer, pero en realidad estaba aquí. Ahora lo he matado porque no quería unirse a mí.
—Maldito seas, Gellert... —dijo Dumbledore mientras sacaba su varita.
—Ah, ah, ah, Albus, yo que tú no lo haría.
Sacó una varita finamente tallada.
—La Varita de Saúco.
—Exacto. Quizás ahora te lo pienses dos veces antes de intentar seguirme la pista. Vuelve a Inglaterra, Albus. Esta guerra no puedes ganarla.
Y dicho esto, se desapareció. Albus llamó a las autoridades mágicas antes de marcharse con Bathilda.
Mientras tanto, a kilómetros de allí, a mitad de camino entre Lille y París, los magos alemanes mantenían a alguien prisionero.
—Allez-vous nous dire ce que vous savez? (nos cuentas lo que sabes?
Jacques Marchant sonrió. Cogió la pastilla con la poción y la tiró al suelo se levantó.
—Bien sûr.
De vuelta a París, ya estaba amaneciendo. El grupo se dispuso a irse, hasta que de repente empezaron a oír golpes en la entrada principal. El obispo Desplat fue a abrir.
—¡Non, Fabien! —gritó Pierre.
—¡Avada Kedavra!
El cuerpo de Fabien Desplat salió despedido hacia atrás, muerto. Al instante, diez magos alemanes entraron en la catedral.
—¡Corred! ¡No podemos enfrentarnos a ellos!
Se reunieron todos y salieron por un pasadizo hasta la calle. Desde allí corrieron hasta el río, donde había un pequeño barco al que subieron.
—¿Nos han visto? —preguntó Septimus.
—No, no lo creo. Estarán muy ocupados matando a la gente que estaba en la catedral —dijo Charlotte.
Mientras tanto, en la Catedral, Jacques Marchant entraba junto a otro mago alemán, un general.
—Ils ne sont pas ici
—*Il est normal.D'avoir fui
El general miró a Marchant con desconfianza hasta que dio una orden a uno de los magos. Este apuntó a Marchant y gritó la maldición asesina.
*—Monseñor —saludó Pierre.
—Buenas noches, Pierre, ¿quiénes son? —preguntó el obispo al ver a Septimus, Charlus y James.
—Ingleses. Son del Ministerio de Magia. Están en misión de búsqueda, pero necesitan información. Esta noche necesitamos permanecer aquí. ¿Dónde está Olympe?
—Por aquí.
*—No están aquí.
—Es normal. Han huido.