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Héroes — capítulo 2

Diario El Profeta. 22 de junio de 1940.

Los alemanes han invadido Francia, quien ha firmado un armisticio. Retirada Francia de la guerra, Inglaterra se encuentra ahora mismo sola. Sin un potente aliado que pueda ayudarla y sin la comunida mágica dando una respuesta, las esperanzas de los ingleses están minando. Sin embargo, es de destacar la labor de ayuda de muchos magos y brujas quienes, en contra del Ministerio y del Estatuto Internacional de Secreto, ayudan a las tropas muggles mediante el envío de víveres. Mientras tanto, se ha sabido que magos y brujas franceses se han unido a la Resistencia en el país galo. Por otra parte, el Wizengamot se vuelve a reunir para deliberar acerca de qué hacer. Los miembros del tribunal...

La tensión era palpable dentro del Wizengamot. Se habían formado dos facciones claramente divididas, entre los que querían entrar en la guerra y los que no. La situación fuera del país se había vuelto insostenible. Francia había caído derrotada por la Alemania nazi e Inglaterra se encontraba sola. Los Estados Unidos de América, al otro lado del Atlántico, no se habían decidido a intervenir en la guerra, igualmente que ellos.

—Miembros del tribunal, como sabéís, Francia ha caído. Es ahora, más que nunca, cuando debemos tomar una decisión. Por tanto, lo someteremos a votación —dijo el presidente del tribunal.

Se produjo un pequeño revuelo mientras los miembros del tribunal discutían entre ellos. Dumbledore, en silencio, contemplaba a Elphinstone Urquart, que lucía unas gafas de pasta negras. Ni siquiera entendía qué veía Minerva en él, pero decidió que ese era el menor de los problemas. El presidente llamó al orden.

—De acuerdo. Vamos a terminar con esto. Votos a favor de la intervención en la guerra.

Dumbledore, Elphias Doge y muchos otros alzaron la mano. Urquart y los suyos permanecieron impasibles.

—¿Votos en contra?

Urquart, junto a otros, alzó la mano, pero por la expresión de su rostro se hizo patente que no lo había conseguido. Eran menos las manos levantandas en contra que las que se habían alzado a favor. Dumbledore no pudo evitar ocultar una sonrisa de triunfo mientras miraba a Urquart. El presidente del Wizengamot llamó nuevamente al orden, pues se habían elevado un barullo y muchas personas felicitaban a Dumbledore.

—Orden... ¡Orden! Bien, puesto que la votación ha resultado ser favorable, este tema queda bajo el mando conjunto del Cuartel de Aurores y el Departamento de Seguridad Mágica. Tanto el Jefe del Cuartel como el Jefe del Departamento deberán coordinar las actividades.

Sin embargo, el presidente del Wizengamot no decía aquellas palabras muy convencido. Igualmente, Dumbledore se mostraba dudoso de que Urquart, Jefe del Departamento de Seguridad Mágica, accediese a aquella orden después de haber votado en contra. Y así era.

—Señor presidente, he de mostrarme reacio a esa orden. Mi objeción de conciencia me impide aceptarla.

—Señor Urquart, es usted Jefe del Departamento de Seguridad Mágica y, por tanto, está sometido a las obligaciones que su cargo conlleva. Eso incluye obedecer las deliberaciones del Wizengamot.

—Señor presidente, entre las derechos de un Jefe de Departamento está el de objetar de conciencia si alguna disposición del Wizengamot le es contraria a su pensamiento o a sus ideales.

El presidente sonrió.

—Muy bien, señor Urquart. Entonces no le importará que le aparte del cargo y busque a otra persona capaz de lidiar con este asunto.

Sin embargo, Elphinstone Urquart pareció pensárselo mejor.

—Espere. Puede que no lo haya pensado detenidamente. Accederé a las disposiciones del Wizengamot. La situación así lo requiere.

Como Dumbledore suponá, Urquart jamás se arriesgaría a perder tan preciado puesto.

—La sesión se da pues por concluida —sentenció el presidente. Los presentes en el tribunal se levantaron, dispuestos a irse.

Dumbledore y Elphias salieron.

—Ha sido todo un éxito —confesó Elphias, sonriente.

—No del todo, amigo mío. Urquart va a tener que "coordinar" las operaciones, lo cual me hace pensar que no lo va a hacer. Elphias, necesito pedirte un favor.

—Lo que quieras Dumbledore, lo que quieras.

Dumbledore sonrió. Elphias Doge era en verdad un amigo en el que poder confiar.

—Necesito que vigiles a Urquart, que las operaciones salgan bien.

—Cuenta con ello —aseguró Doge, a pesar de que violaría unas cuantas normas. Estaba absolutamente prohibido vigilar a un Jefe de Departamento.

Tras eso, Dumbledore regresó a Hogwars. Allí, Charlus Potter y su amigo Milton salían de su clase de Encantamientos.

—¿Lo habéis oído? Es oficial.

Melissa Henderson se había acercado a los alumnos que acababan de salir de la clase.

—¿Qué es oficial, Melissa? —preguntó Charlus.

—El Wizengamot acaba de aprobar la intervención de los magos en la guerra. El Cuartel general de Aurores y el Departamento de Seguridad Mágica han empezado a coordinar las operaciones. El Ministerio ya está buscando voluntarios para alistarse en una improvisada fuerza mágica de choque que ayude a los muggles.

Charlus miró a Milton, quien parecía sorprendido. Al rato, los dos estaban en el Gran Comedor.

—Espero que no estés pensando en eso.

Charlus leía el Profeta Vespertino, el cual traía una ampliación de última hora acerca de la última deliberación del Wizengamot y el reclutamiento.

—¿Pensar en qué?

—En reclutarte. El Ministerio ya ha dicho que está terminantemente prohibido a los alumnos de Hogwarts alistarse.

—Nos queda un año para terminar la escuela.

—Exacto, hasta entonces no puedes hacer nada. Pero esto te lo pido como algo personal, Charlus. No te alistes. Dicen que tu hermano Harold va a hacerlo, lleva diciéndolo desde que la guerra empezó.

Charlus miró a Milton. Lo cierto es que sí que quería alistarse, pero por ley debía esperar hasta finalizar la escuela. Entonces, alguien se acercó a ellos.

—Charlus, ¿vas a alistarte? Por favor, no lo hagas.

—Yo... Aún no lo he decidido, Dorea —Dorea Black se mostraba siempre muy interesada en Charlus.

—No te preocupes, Dorea, no va a hacerlo.

—¿Queréis dejarlo ya? Mi hermano se va a alistar, así es. Lo tiene decidido desde hace meses. Y probablemente yo también lo haga.

Se levantó furioso, cogió el ejemplar del Profeta y se marchó, dejando a sus amigos preocupados. Dorea miró a Milton.

—Creo que la culpa la tiene ese piloto muggle que vino aquí. Le llenó la cabeza de ideas —dijo Milton, a lo que Dorea asintió.

Mientras tanto, Charlus subió a su habitación. Allí se percató de que Galatea, la lechuza parda de su hermano, acababa de llegar con una carta. Seguramente era para decirle que ya se había alistado en el ejército.

Efectivamente, minutos antes de eso, Harold Potter se encontraba en la cola del Ministerio para alistarse en el improvisado ejército mágico.

—¿De verdad piensas hacer esto, Harold? Tu padre no lo aprobará. Además, no tienes experiencia militar.

—Lo único que importa es la intención, Thomas. Los aurores son pocos y los miembros del Departamento de Seguridad Mágica se encargarán de todo el papeleo. Necesitan gente y la necesitan ya.

—Pero tu padre...

—Mi padre puede decir lo que quiera, pero voy a hacerlo.

Llegó hasta la mesa.

—¿Nombre? —dijo el funcionario.

—Harold Potter.

—Muy bien, señor Potter, rellene estos formularios. Después vuelva y formalizaremos su reclutamiento.

Cogió los papeles y se fue a un banco cercano.

—¿Qué es esto? Creía que a los niños se les estaba prohibido alistarse.

Harold alzó la vista. Un chico alto, pelirrojo y con la cara llena de pecas, ligeramente más mayor que él, lo miraba. Harold iba a confrontarlo por su insolencia, pero se dio cuenta de que llevaba una túnica de auror. Además, iba acompañado por dos hombres, también aurores.

—¿Eres un auror? —preguntó con incredulidad.

—Parece evidente. Pero no sólo soy auror. También soy miembro de la recién creada Real Fuerza Aérea del Ministerio de Magia —y dicho esto se dio unos toquecitos en una insignia escarlata y negra que mostraba una varita en vertical atravesada por dos escobas que formaban una X.

—Nunca he oído hablar de eso.

—Eso es porque acaba de surgir, chaval. El Departamento de Seguridad Mágica ha creado este cuerpo especial para formar parte de la fuerza de choque mágica que irá a la guerra. Somos un cuerpo de vuelo sobre escoba, igual que los muggles tienen esos aparatos de metal voladores.

Harold contemplaba la insignia.

—¿Qué tengo que hacer para entrar en ese cuerpo?

—No puedes hacer nada. Hay que ser miembro del Cuartel de Aurores. Se siente

—¡Espera! ¿Quién eres?

El chico lo miró con sorna.

—Me llamo Septimus Weasley.

Y se marchó. Era evidente que no tenía intención de saber el nombre de Harold. Acto seguido, este continuó rellenando el formulario. Sin embargo...

—¿Harold? ¿Qué estás haciendo?

Harold Potter alzó la vista. Su padre estaba ante él. Inmediatamente le cogió los documentos de alistamiento.

—Padre...

—¿Es una broma? Tu madre y yo ya te dijimos que no ibas a alistarte.

—Pero...

—Señor Potter, he intentado convencerlede que no lo hiciera... —decía Thomas.

—Y es evidente que no lo has hecho bien. Ahora largo de mi vista, chico —ordenó el señor Potter, de modo que Thomas se marchó de allí.

—Padre, es mi decisión.

—Eres muy joven para ir a la guerra. Y en nuestra familia estamos en contra de esa intervención.

—Me da igual lo que digas, voy a alistarme —cogió los papeles y se los arrancó de la mano. Después caminó hasta la mesa de reclutamiento.

—Harold, si entregas esos papeles quedarás desheredado.

Pero Harold Potter hizo caso omiso y entregó los papeles. Se dispuso a marcharse, pero su padre lo detuvo, apresándole de un brazo.

—Está bien, haz lo que quieras. Por mí como si tu deseo es matarte. Pero te diré una cosa, no te atrevas a meter a Charlus en esto. Es más joven que tú.

—No tengo pensamiento de meter a Charlus en esto, padre. Y ahora quítame las manos de encima. Esta noche pasaré a recoger mis cosas y a despedirme de madre. Y después me iré.

Y dicho esto, se marchó.

Mientras tanto, a kilómetros de allí, una mujer ayudaba en un plan de evacuación que el Gobierno muggle estaba llevando a cabo, consistente en evacuar a cien mil niños al oeste del país y hacia Gales.

—¿Sarah? ¿Cómo va todo? —preguntaba una mujer mayor a la enfermera Sarah Granger.

—Todo va bien, señora Hughes —la señora Hughes era la Jefa de las Enfermeras destacadas en esa evacuación.

—Me alegro. Llegan noticias preocupantes del frente. Francia ha caído.

—Eso tengo entendido. ¿Por eso evacuamos a los niños?

—La evacuación ya estaba planificada de antemano, pero es bueno que se haya realizado ya. Con Francia fuera de la guerra, los alemanes se centrarán en Inglaterra. No es conveniente que los niños estén tan cerca del frente. Los nazis centrarán su atención en Londres y el Támesis. Voy a atender unos asuntos, ha llegado una carta para ti.

—Gracias, señora Hughes.

La enfermera Sarah Granger abrió la carta que le acababa de llegar. Minutos después estaba preparando su maleta mientras hacía verdaderos esfuerzos por no ponerse a llorar. Hannah, una compañera suya, llegó al edificio donde se encontraban.

—Sarah, ¿qué ocurre?

La aludida le pasó la carta. Mientras Hannah la leía, Sarah se puso a llorar. Cuando Hannah al fin entendió lo que sucedía, dejó la carta y abrazó a su amiga.

—Oh, Sarah, lo siento mucho. Pero no te preocupes, no es el fin del mundo.

La carta decía que enviaban a Hannah a Inglaterra, de modo que no podría ayudar más a los niños. Pero se debía también a que la zona de Londres era el nuevo objetivo de la Alemania nazi. A Sarah no le quedaba otro remedio que irse.

Mientras tanto, en una base aérea cercana a Londres, James Preston ultimaba los preparativos de su nuevo caza. Sus superiores no entendían como su anterior caza, plenamente operativo, se había estrellado en el norte del país. Sin embargo, no fueron capaces de encontrar el aparato, aunque bien era cierto que no disponían de tiempo para ello. Además, James alegó que no recordaba nada de lo ocurrido. Así pues, el caso fue cerrado.

Sin embargo, James recordaba a la perfección todo lo ocurrido. Si su avión se había estrellado era porque, como le habían explicado en aquel lugar, atravesó una zona de fluctuaciones que alteraron los sistemas del avión, provocando que se estrellase. Si no encontraron los restos del aparato fue porque este se había estrellado cerca de la zona de contención de ese castillo, como a él le gustaba llamarla. Y si había alegado no recordar nada era porque había prometido a esa gente no decir nada acerca de lo que había visto, con el único motivo de poder seguir sabiendo de ellos.

Cuando hubo terminado, sacó un pequeño pergamino de su bolsillo y lo leyó.

James,

Nuestras autoridades han llegado a un acuerdo. Los nuestros van a entrar en la guerra. Ten los ojos bien abiertos, pues cuando deje la escuela, pienso alistarme.

Atte.

Charlus Potter.