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Héroes — capítulo 3

La traducción al alemán corre a cargo de**Kirara11 (Bipa en LBF).**Especiales agradecimientos por su ayuda J

Diario El Profeta, (el día está borroso y es imposible de leer) de septiembre de 1940.

Las alarmas han sonado esta mañana en Londres. Aviones de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, vuelan sobre territorio inglés bombardeando ciudades y demás emplazamientos estratégicos. Pedimos encarecidamente a la población mágica que se oculte en sus casas y las protejan mágicamente.

Los bombardeos se oían incluso en el interior del Ministerio. A pesar de que los trabajadores trataban de realizar sus tareas, todo el mundo estaba muy nervioso. De vez en cuando se oían explosiones que hacían temblar los cimientos del edificio. Pero como el Ministro se encargaba de reiterar, allí estaban seguros.

Albus Dumbledore caminaba por los pasillos con dirección al Departamento de Seguridad Mágica. Antes de llegar, pudo ver pasar a un grupo de aurores, todos ellos con escobas voladoras. Albus pudo reconocer a algunos de sus antiguos alumnos. Por desgracia, aquellos chicos y chicas eran demasiado jóvenes.

Finalmente, llegó al Departamento.

—¿Elphinstone?

El Jefe del Departamento de Seguridad Mágica se encontraba en el vestíbulo del Departamento, revisando unos pergaminos.

—Dumbledore —saludó con desdén, cosa que no pasó desapercibida a Dumbledore.

—Elphinstone, ¿cómo está llevando el Departamento de Seguridad Mágica el asunto de la guerra?

Urquart cerró la carpeta con ímpetu.

—Los asuntos del Departamento de Seguridad Mágica no son de la incumbencia de un profesor de Hogwarts, Dumbledore. Y ahora, si no te importa, estoy lidiando una batalla ahí fuera. El Jefe del Cuartel de Aurores está dirigiendo a los aurores y a los nuevos reclutas, pues mayoritariamente es una batalla aérea.

—Sólo me preocupo por cómo se suceden los acontecimientos, Elphinstone.

—Preocúpese mejor de enseñar a los alumnos de Hogwarts y menos de meterse donde no le llaman.

Y dicho esto, se marchó. Dumbledore, por su parte, salió del despacho. Naturalmente no esperaba obtener ninguna información de Elphinstone Urquart. Desde que el Wizengamot había aprobado la intervención en la guerra, Urquart se había mostrado muy irascible. Y aunque era verdad que Dumbledore debería estar en Hogwarts, como miembro del Wizengamot podía venir al Ministerio, aun cuando ese día no había sesión del tribunal. Simplemente había venido para ver a otra persona.

—Albus.

—Hola, Elphias. ¿Y bien?

—Urquart lo está haciendo bien. No sé si esperas que descuide sus obligaciones o que... sabotee alguna de las operaciones, pero ya te digo que todo transcurre con normalidad.

—No esperaba menos de él, Elphias. Si descubriese que descuida sus obligaciones, tendría que elevar una queja al tribunal para que lo destituyesen de inmediato.

—Eres muy cruel, Albus. Pero ya te digo, Urquart está trabajando como siempre. Incluso diría que está totalmente volcado con el asunto de la guerra.

—Entonces espero que siga siendo así. Gracias, Elphias, tengo que irme ya.

—Hasta la próxima, Albus.

Dumbledore se marchó de allí mientras Elphias Doge volvía a su despacho en el Departamento de Seguridad Mágica. Antes de entrar, vio al final del pasillo a Urquart hablando con un hombre alto y rubio que vestía un abrigo largo de color negro. Los dos lo miraron por un momento, pero Urquart se lo llevó de allí.

Minutos después, alguien llamaba a la puerta del despacho de Elphias.

—Señor Urquart —saludó Elphias al ver a Elphinstone Urquart en la puerta.

—Hola, Elphias. Pasaba por aquí para ver si tenías listo el balance de datos que te había pedido la semana pasada.

—Sí, lo cierto es que te lo iba a llevar ahora, pero no creí que debiese interrumpirte, ya que estabas ocupado.

—Sí, pero ya no. ¿Puedes venir un momento a mi despacho? Necesito discutir algo contigo.

Mientras Urquart se llevaba a Elphias, el mismo hombre misterioso de antes se infiltraba disimuladamente en el despacho de Doge.

Minutos después, aún con el ruido de los bombardeos oyéndose en la lejanía, Dumbledore vio como se formaba revuelo frente al Departamento de Seguridad Mágica.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Dumbledore a Urquart.

—Dumbledore, no hace falta que te quedes, podemos lidiar esto nosotros mismos.

—Soy miembro del Wizengamot, Elphinstone, exijo saber qué ocurre.

Urquart rio sin apenas evitar ocultarlo.

—Simplemente las fuerzas de seguridad se llevan a un delincuente. El señor Elphias Doge, que ha sido descubierto reuniendo información secreta para pasársela al enemigo. En pocas palabras, el señor Doge es un espía de los nazis.

—Eso es absurdo —sentenció Dumbledore —. Elphias Doge es un fiel servidor del Ministerio de Magia inglés.

—Entonces, ¿cómo explicas que hayamos encontrado cantidad de información reunida sobre las operaciones de los aurores en la guerra?

Dumbledore no pudo decir nada. Evidentemente no le había pedido a Elphias que recabara información sobre las operaciones que Urquart y el Jefe del Cuartel de Aurores estaban llevando a cabo, sólo informarle de las actividades de Urquart. ¿Podría ser que Elphias fuese un agente doble o algo por el estilo? No, era imposible. Sonaba más bien a que alguien le había tendido una trampa. Y no sabía por qué pero sospechaba precisamente de Urquart.

En ese momento, dos agentes del Departamento sacaban a Elphias, que miró implorante a Dumbledore.

—Llévenselo a las celdas del tribunal.

Los dos agentes asintieron mientras se llevaban a Doge.

—El señor Doge es inocente.

—No dudo de que creas eso, Dumbledore. Pero las pruebas son concluyentes. Tendrás oportunidad de defenderle cuando sea el juicio, aunque dudo mucho que vayas a conseguir algo. Y ahora, si me disculpas, tengo una guerra con la que tratar.

Urquart se introdujo en el Departamento. Dumbledore, por su parte, vio cómo se llevaban a Elphias. En último momento reparó en una misteriosa figura que portaba un abrigo negro y que también contemplaba cómo se llevaban al acusado.

Al rato, Dumbledore llegó a las celdas del Wizengamot.

—No se puede pasar, señor.

—Tonterías. Soy miembro del Wizengamot y exijo hablar con el detenido.

—Pero...

—Apártense de mi camino.

Los dos magos se quitaron de en medio. Dumbledore caminó hasta la última celda. Elphias Doge lo vio llegar.

—Dumbledore. No es lo que parece. Me han tendido una trampa.

—Lo sé, Elphias, lo sé. Lamento que esto haya sucedido, pero sé perfectamente que tú no has hecho nada.

—Gracias, Dumbledore, gracias. Pero supongo que no puedes sacarme de aquí.

—Has sido acusado por un Jefe de Departamento, además de miembro del Wizengamot. No, no puedes salir, Elphias, lo siento, pero te prometo que haré todo lo que está en mi mano para demostrar que eres inocente.

—Gracias, Dumbledore, gracias.

Mientras tanto, en la superficie, los magos que conformaban el cuerpo militar del Ministerio se preparaban para entrar en combate.

—Esto es lo que haremos. Los miembros del batallón de vuelo escoltarán a los cazas aliados y los ayudarán contra los aviones de la Luftwaffe. La infantería se prepará para un eventual ataque a tierra, aunque no será necesario, pues la batalla es exclusivamente aérea —decía el Jefe del Cuartel de Aurores.

Los aurores se prepararon para montar en sus escobas y emprender el vuelo.

—Espero, novato, que no hagas nada que puedas lamentar. Aunque no te preocupes. Nosotros seremos los héroes —decía Septimus Weasley con sorna.

Harold Potter lo miraba con odio. Sabía perfectamente a lo que se refería. Igual que ya había dicho el Jefe del Cuartel, la infantería, a la cual él pertenecía, no podía hacer mucho en esa batalla salvo ayudar a las enfermeras y rescatar a cualquier miembro del batallón de vuelo en caso de que se estrelle. Por ello no pudo más que odiar lentamente a aquel hombre y marcharse.

Los miembros del batallón emprendieron el vuelo. Septimus Weasley se situó a la cabeza mientras volaba hacia el frente. Los aviones de la Luftwaffe eran muy superiores a los aviones de la Real Fuerza Aérea, pero al menos estos últimos contaban con la ayuda de los magos, aunque de esta ayuda no tenían ni idea. Las órdenes eran claras. Escoltar a los cazas aliados y socorrerles en caso de que se vean en apuros, pero ante todo debían ser los muggles quienes derribasen los cazas enemigos, no los magos.

Septimus escogió un caza inglés y lo siguió de cerca, igual que hicieron sus compañeros. Sólo en algunos casos utilizaba hechizos contra los aviones enemigos, pero por suerte le había tocado un piloto bastante diestro. Aunque no se había aplicado ningún hechizo desilusionador, las nubes le protegían ante la posibilidad de que el piloto le viese. Y aunque lo hiciese, nadie creería que acababa de ver a un hombre volando en escoba.

Se posicionó al lado del piloto y lo miró. Para su sorpresa, él se percató de su presencia y se le quedó mirando, aunque no se mostraba sorprendido. A decir verdad le sonreía mientras alzaba una mano con el pugar hacia arriba, como señal de aprobación. Ahora era Septimus el sorprendido. ¿Acaso sabían los muggles que los magos les ayudaban en esta guerra?

De repente, todo ocurrió muy rápido, pues un caza enemigo disparó contra el caza aliado, provocando una pequeña explosión.

—¡Septimus, cuidado! —gritó alguien que volaba cerca de él.

El caza aliado se desvió hacia donde estaba Septimus, golpeando con un ala en su escoba. Inmediatamente perdió control de la escoba, cayendo al vacío, muy cerca del caza, que también se precipitaba. Tras unos angustiosos segundos, los dos se estrellaron en un callejón. Septimus pudo controlar la escoba los segundos necesarios para caer sobre un coche aparcado, mientras que el caza golpeó las alas contra los edificios. La estrechez de la cale hizo que el caza se quedase encajada a escasos centímetros del suelo.

Mientras tanto, de vuelta al campamento mágico, la noticia de que uno de los miembros del batallón de vuelo se había estrellado acababa de llegar.

—Potter, irás tú. Comprueba que esté bien y deshaz todas las pruebas posibles.

—Yo, pero...

—Está en el sector 3, ¡venga, venga, venga! —gritaba el Jefe del Cuartel.

Harold corrió hacia el sector 3 mientras pensaba en la pura realidad. Se había alistado en la fuerza de choque mágica y para qué. Para darse cuenta en último momento de que estaba asustado, de que aquello era una guerra y de que debía haber hecho caso a su padre y quedarse en casa. Sin embargo, recordando su espíritu Gryffindor, se armó de valor y corrió.

Llegó hasta el callejón indicado y entró. Vio el caza aliado, encajado entre dos edificios. La cabina del piloto estaba vacía. Entonces vio a un hombre inclinado sobre otra persona, la cual estaba ataviada con la ropa de auror.

—¡Eh! —gritó Harold. El hombre lo miró, pero siguió socorriendo a Septimus —. No es necesario que haga algo, señor, yo puedo encargarme de él.

—Ya sé que es un mago, idiota. Y tú también lo eres. Ahora, si no te importa, voy a ayudar al hombre al que casi mato.

—¿Sabe...? ¿Usted lo sabe?

—¿Que los magos existen y nos están ayudando en la guerra? Sabía lo primero, pero lo segundo acabo de descubrirlo ahora.

—Pero nadie lo sabe.

—Pasé un tiempo en Hogwarts, chaval. Buen sitio.

—Es usted, el piloto que se estrelló en el colegio.

—Premio. Ahora, si no te importa, vamos a mover a tu amigo. Todavía respira, pero es necesario llevarlo a un hospital de campaña.

—Mi campamento está demasiado lejos, no llegará a tiempo.

—Por suerte sé de un campamento cerca de aquí. Vamos, yo no diré nada si tú no dices nada, ¿de acuerdo? —preguntó el piloto. Harold asintió con la cabeza —. Entonces, ¡andando!

Levantaron el cuerpo de Septimus con cuidado y lo llevaron hasta la calle mientras el piloto guiaba a Harold.

—¿Cómo se llama?

—James Preston, piloto de la Real Fuerza Aérea. ¿Y tú?

—Harold Potter, señor —no sabía por qué lo llamaba señor, si debían tener la misma edad más o menos, incluso ser Harold un poco más mayor que él. Pero supuso que aquel chico le infundía respeto.

—¿Potter? Conocí a uno en Hogwarts. No serás familiar de Charlus Potter, ¿verdad?

—Sí, si lo soy —confesó Harold.

—El mundo es un pañuelo. Dale recuerdos a tu hermano de mi parte. Supongo que lo sabrás, pero fue él quien me encontró y luego me tuvo informado de lo ocurrido en vuestro mundo respecto a la guerra.

—Charlus está muy interesado en el tema de la guerra. Temo que quiera alistarse.

—Trata de convencerle de que no lo haga, chico. Este mundo no es para los jóvenes —resultaba irónico que él lo dijese, pues era joven, pero estaba en lo cierto.

Finalmente, llegaron al hospital de campaña. Allí, las enfermeras atendieron a Septimus. Minutos después, una de ellas hablaba con James y Harold.

—¿De qué cuerpo es?

—De infantería, señorita. Vino a rescatarme pero sufrió una aparatosa caída mientras trataba de sacarme de la cabina de mi estrellado caza.

—Entiendo. ¿Y él? —señaló a Harold.

—Venía con él.

La enfermera asintió y se dispuso a irse.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Harold.

—Se está estabilizando, pero se recuperará.

Y los dejó solos.

—Bien, en cuanto salgamos de aquí podréis iros. ¿No puedes hacer nada para... acelerar el proceso?

—¿Curarle? No tengo los conocimientos suficientes, pero ya he avisado a un sanador para que venga a verle?

—Bien.

Mientras tanto, Septimus se despertaba. La única enfermera en la sala realizaba unas últimas comprobaciones.

—Vaya... —dijo él.

—Ha despertado. Bien. Procure no moverse.

—¿Estoy en el cielo?

La enfermera rio.

—No, está en Londres, en un hospital de campaña. Ha sufrido una fuerte caída, pero ya está bien.

—Sí, mi escoba se estrelló.

—¿Cómo?

Septimus se percató de que no estaba en su campamento, sino en un hospital muggle de campaña.

—Yo... creo que me he dado un fuerte golpe. Estoy diciendo tonterías —la enfermera no dijo nada y continuó con sus comprobaciones —. Me llamo Septimus Weasley.

—Septimus... Es la primera vez que oigo ese nombre.

—Sí, cosa de mis padres. ¿Y usted es?

La enfermera sonrió pero no dijo nada. Desde que se alistó como enfermera en el ejército, sabía que iba a tener que lidiar con muchos soldados que querrían pedirle una cita o simplemente le tirarían los tejos mientras les curaba. Tras terminar, se dispuso a irse.

—Pasaré más tarde para la revisión, señor Weasley.

—Oh, vamos, ¿mi salvadora no me va a decir su nombre? Si no lo hace puede que tenga una recaída.

La enfermera sonrió de nuevo. Ahí estaba, como muchos otros soldados antes que él y muchos otros que vendrían después. Se dio la vuelta y lo miró.

—Sarah Granger.

Septimus fue quien sonrió esta vez.

—Sarah. Un nombre precioso. Encantado de haberla conocido, señorita Granger y gracias por su ayuda.

Sarah sonrió por última vez y se marchó. Inmediatamente, Septimus se levantó de la camilla. Entonces, Harold y James entraron en la sala.

—Pero... ¿qué? Novato, ¿qué haces aquí?

—He venido a buscarte. Iba a recogerte antes, pero este hombre te encontró también.

—¿Quién es? Un momento, ¿eres el piloto de antes? El que seguía.

—En efecto. James Preston. Y sí, lo sé todo sobre los magos.

Septimus abrió los ojos, sorprendido.

—Pero...

—No tenemos tiempo, Weasley, ahora que no hay nadie es mejor que nos vayamos. Señor Preston, yo...

—Está bien, chico, sé que debéis iros. Saludo a tu hermano de mi parte y espero que nos volvamos a ver.

—Adiós, señor Preston.

Harold ayudó a Septimus a levantarse, pasándole este un brazo por encima del hombro. Al instante, se marcharon, igual que hizo James.

Mientras tanto, lejos de allí, un hombre ataviado con un uniforme alemán contemplaba la ciudad de Londres con sus prismáticos desde un zepelín. Un hombre rubio ataviado con un abrigo negro estaba a su lado.

—Es ist nicht schlecht gegangen um den ersten Tag vom Beschuss, zu sein.

—Allerdings —dijo el hombre rubio.

—Und die Magier?

—Unsere Spione haben seine Anwesenheit in der Schlacht bestätigt.

El oficial alemán maldijo por lo bajo.

—Wann werden seine Leute uns helfen?

—*Geduld, sie werden es bald machen. Ohnehin haben si mich. Sie sind ­machtigerer als die Engländer.*Sie haben nichts zu befürchten.

—Ich hoffe es —dijo el oficial —. Um ihretwillen hoffe ich es.*

*Traducción

—No ha ido mal para ser el primer día de bombardeo de la ciudad.

—En efecto —dijo el hombre rubio.

—¿Y los magos?

—Nuestros espías han confirmado su presencia en la batalla.

El oficial alemán maldijo por lo bajo.

—¿Cuándo nos ayudarán los suyos?

—Paciencia, pronto lo harán. De todos modos, me tienen a mí. Y su fuerza es muy superior a la de los ingleses. No tienen nada que temer.

—Eso espero —dijo el oficial —. Eso espero.