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Héroes — capítulo 4
Diario El Profeta, 5 de noviembre de 1940
La batalla de Inglaterra prosigue su curso. Los alemanes bombardean sin piedad la ciudad de Londres y enclaves periféricos. Los miembros de la Real Fuerza Aérea Británica, ayudados en secreto por los valerosos miembros de la Real Fuerza Aérea del Ministerio de Magia luchan por mantener a raya a las poderosas fuerzas de alemanas.
Mientras tanto, hoy se celebra el juicio contra Elphias Doge, acusado de espionaje contra el Ministerio de Magia. En estos momentos, los miembros del Wizengamot se encuentran reunidos.
—Orden... ¡Orden! —el presidente del Wizengamot golpeaba el estrado en el que se encontraba con su pequeña maza de madera. Los miembros del Wizengamot se fueron callando —. Nos encontramos hoy aquí para celebrar el juicio del Ministerio de Magia contra Elphias Doge por acusaciones de espionaje por su parte y en contra del Ministerio. ¿Cómo se declara el acusado?
Elphias se encontraba sentado en una silla en el centro del tribunal, rodeado por los miembros del Wizengamot y frente al presidente.
—Me declaro inocente, señoría.
—¿Quién se presenta como acusación particular?
—Elphinstone Urquart, su señoría.
—¿Y quién va a defender al señor Doge?
—Testigo de la defensa, Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore.
Dumbledore caminó de forma decidida, haciendo ondear su túnica. Se situó junto a Elphias, poniendo una mano sobre su hombro mientras miraba de forma seria a Elphinstone, que también había bajado al centro de la sala. Urquart tuvo que apartar la vista al no poder aguantar la penetrante mirada de Dumbledore.
—Muy bien, creo que podemos empezar con las declaraciones por ambas partes. ¿Quién va a ser el primero?
—Si no es molestia, me gustaría empezar a mí —confesó Elphinstone. Dumbledore no se opuso en absoluto —. Perfecto. Señoría, miembros del Wizengamot, estamos aquí para probar la inocencia o culpabilidad de este hombre. Se le acusa de recabar información para pasársela a los alemanes. En pocas palabras, el señor Doge es un espía al servicio de la Alemania Nazi. Y yo voy a demostrar su culpabilidad.
—¿Qué dice la defensa? —preguntó el presidente.
—La defensa va a demostrar que esas palabras son falsas. A mi compañero le tendieron una trampa y voy a probarlo.
Elphinstone rio sin intenciones de disimular. Tras eso, continuó.
—Señor Doge, ¿hasta las once de la mañana del 24 de septiembre de 1940, días después de descubrirse su tapadera, usted era trabajador del Departamento de Seguridad Mágica?
—Sí, así es.
—¿Qué actividades realizaba allí?
—Normalmente me dedicaba a tareas administrativas y a elaborar informes de seguridad. Con la guerra, últimamente hacía balances de datos.
—Por tanto, reunía mucha información sobre las operaciones que el Departamento de Seguridad Mágica, junto al Cuartel de Aurores, planeaba para la guerra. ¿No es así?
—Sí, así es.
—¿Planeaba usted darle esa información a los alemanes, señor Doge?
—Protesto, señoría, está preguntando a mi cliente algo de lo que se le acusa. ¿De verdad cree que va a responder a eso? —preguntó Dumbledore mientras miraba con profundo asco a Urquart.
—Denegado. La acusación puede hacer las preguntas que estime conveniente al acusado. Conteste, señor Doge.
—No, no tenía planeado eso —dijo firmemente Elphias.
Elphinstone rio.
—¿En serio? ¿Ni siquiera cuando ya tenía toda la información acerca de los próximos movimientos de nuestras tropas en la Batalla de Inglaterra, batalla, señores, que todavía se libra ahí fuera? ¿De verdad no tenía pensado dar esa información, ya plenamente preparada para ser enviada a los alemanes?
Elphias miró a Urquart y lo fulminó.
—No, iba a hacer tal cosa.
Urquart sonrió nuevamente.
—No tengo más preguntas, gracias.
—¿Testigo de la defensa?
—Señor Doge, ¿es verdad que durante este tiempo ha estado recabando información para cierta persona?
Elphias miró sorprendido a Dumbledore, pero este sonrió.
—Sí, así es.
—Evidentemente, no para los alemanes, me imagino. ¿Para quién entonces?
Elphias no contestó. No entendía cómo Dumbledore podía estar haciendo eso.
—Conteste a la pregunta, señor Doge —ordenó el presidente.
—Estuve reuniendo información... para Albus Dumbledore.
El grito de sorpresa fue unísono y estruendoso. Hasta Elphinstone Urquart estaba sorprendido, aunque una parte de él se lo esperaba.
—Orden... ¡Orden! —gritó el presidente —. Señor Doge, ¿es eso cierto?
—Sí, señoría.
Todavía había un revuelo formado.
—¿Desde cuándo, señor Doge... —preguntaba Dumbledore, pero tuvo que alzar la voz —. ¡¿Desde cuándo recaba esa información, señor Doge?!
La potente voz del profesor de Transformaciones silenció toda la sala.
—Desde el 22 de junio de 1940, día en que se votó a favor de la intervención mágica en la guerra.
—¿Y por qué lo hizo, señor Doge?
—Porque usted me lo pidió.
—¿Qué le pedí y por qué?
—Me pidió que mantuviese vigilado a Elphinstone Urquart porque no se fiaba del hecho de que él fuese a coordinar las acciones de la guerra, pues escasos minutos antes ese día había votado en contra de la intervención y se había mostrado reacio a ejercer sus funciones.
—Protesto, señoría. Exijo que se acuse de traición a Albus Dumbledore —dijo Elphinstone Urquart.
—Protesta denegada. Quiero oír el testimonio del señor Doge. Que continúe la defensa.
—¿Y qué averiguó, señor Doge? —prosiguió Dumbledore.
—El señor Urquart cumplío con sus deberes como era debido. Únicamente noté algo extraño la mañana de mi detención, cuando vi al señor Urquart hablando con un misterioso hombre rubio y con un abrigo negro. Ese mismo día, el señor Urquart me llevó a su despacho. Para cuando volví, supuestamente habían encontrado esa información que yo estaba recabando.
—Protesto, señoría, la defensa está alegando de que yo le he tendido una trampa al acusado —se quejó Urquart.
—Protesta aceptada. Testigo de la defensa, no se permitira otra acción como esta.
—Perdón, señoría, pero resulta extraño que el señor Urquart se relacione con un hombre misterioso, al cual, por cierto, yo también vi aquel día mientras se llevaban al señor Doge y que al mismo tiempo se acuse a mi cliente justo en el momento en que este se encontraba en el despacho de Urquart.
—Sigue usted acusando al señor Urquart, defensa.
—Perdón, pues. Pido entonces un descanso.
—Concedido. Tienen una hora.
Dumbledore y Elphias se retiraron a una parte de la sala mientras los miembros del tribunal salían. Urquart salió también, no sin antes dirigir una mirada de odio a los dos hombres.
—¿Por qué has hecho eso? Ha sido una locura, podrían acusarte de malas artes, de traición.
—Tan sólo quería desviar la atención y lo he logrado. Por desgracia, tu testimonio no es suficiente. Necesitamos una prueba lo suficientemente concluyente como para exculparte. ¿Alguien ha entrado en tu despacho?
—Lleva cerrado desde mi detención.
—Espérame aquí.
—Pero, Dumbledore, ¿no irás a entrar, verdad? Está prohibido...
Pero el mago le hizo caso omiso. Llegó hasta el despacho de Elphias, el cual habían cerrado. Lo abrió mágicamente y entró. Todo estaba como el último día que Elphias estuvo allí. Una pequeña capa de polvo se acumuló por toda la estancia, pero por lo demás, todo estaba perfectamente dispuesto. Registró la sala pero no encontró nada. Dándose por vencido y empezando a pensar en alguna forma de exculpar a Elphias, se dispuso a salir, pero entonces reparó en un papel que sobresalía debajo del sillón de Elphias. Este se preocupaba mucho por la limpieza, de modo que jamás habría dejado un papel en el suelo, así como si nada. Lo tomó y lo estudió. Inmediatamente se dio cuenta de que ya tenía la prueba para exculpar a Elphias.
Minutos después, se encontraban de nuevo reunidos.
—¿Y bien, defensa, qué va a alegar ahora?
—Señoría, tengo la prueba que exculpará al señor Doge. Pero antes, quiero llamar a declarar a la señorita Alice Fawcett, auror del Ministerio.
Una mujer alta y de pelo negro entró y se sentó en la silla de Elphias. Este estaba en la grada.
—Señoría, miembros del tribunal, tengo aquí un papel que acabo de encontrar en el despacho de Elphias Doge.
—Protesto, señoría, ese despacho está cerrado. Albus Dumbledore ni nadie más podía entrar ahí.
—Concedido. Señor Dumbledore, ese despacho estaba cerrado después de la investigación.
—Investigación que al parecer se dejó algo en el tintero, aunque me atrevo a decir que de manera deliberada pues... fue el Departamento de Seguridad Mágica quien realizó esa investigación —y miró descaradamente a Urquart, que iba a protestar. Sin embargo, Dumbledore se adelantó —. Aquí tengo un papel con el nombre del señor Doge. Es una simple carta que mi cliente había escrito hace meses y que por tanto ha permanecido todo este tiempo en su despacho. Como ven, tiene una extraña marca grabada en él con sangre. La sangre está seca y, aunque necesitaría una poción para determinar el tiempo, diría que se hizo hace mes y medio más o menos, es decir, casi al mismo tiempo en que se produjo la detención del señor Doge. Señorita Fawcett, ¿reconoce este símbolo?
—Sí, señor Dumbledore, es el símbolo distintivo de Gellert Grindelwald y que se encuentra grabado en la entrada de Nurmengard —dijo Alice Fawcett.
—Por tanto, ¿diría que el señor Doge lo ha dibujado?
—Imposible, me atrevería a decir. El símbolo es exclusivo de Grindelwald. Sólo él lo escribe con sangre.
—Gracias, señorita Fawcett. Como ven, el símbolo consiste en un triángulo que encierra a un círculo que a su vez encierra una línea vertical. Este es el símbolo de Gellert Grindewald y que él luce a todas horas. Como ya ha dicho la auror Fawcett, el señor Doge no pudo hacerlo, pues está hecho con sangre, aparte de que el señor Doge, como muchos otros de ustedes, desconocían la existencia de este símbolo. Así pues, establezco que mi cliente fue sometido a una trampa y que no fue otro sino Gellert Grindewald quien dejó esta marca en su despacho y le incriminó.
—Dumbledore, ¿está diciendo que un mago tenebroso ha entrado en el Ministerio —preguntó el presidente.
—Y me atrevería a decir, señor presidente, que está colaborando con alguien del interior —esta vez no miró a Urquart.
—Está bien, Dumbledore, lo tendremos en cuenta. Pero antes tenemos que acabar con este asunto. Procedamos pues a las votaciones. Los que estén a favor de declarar culpable al acusado, que levanten la mano —unas pocas manos se alzaron, entre ellas la de Urquart, aunque inmediatamente se mostró decepcionado —. Los que estén a favor de declararlo inocente, que levanten la mano —la gran mayoría de los presentes alzó la mano. Dumbledore y Elphias sonrieron —. Este tribunal declara inocente a Elphias Doge y le deja libre.
Elphias le dio la mano a Dumbledore mientras los dos sonreían. Elphinstone Urquart se acercó a ellos.
—Mi enhorabuena, una gran defensa. Me alegra ver que todo se ha arreglado. Si me disculpan.
Y se marchó.
—Bueno, todo vuelve a la normalidad, ¿no? —preguntó Elphias.
—No del todo. Seguramente te tendrá vigilado para que no me cuentes nada. Pero no importa. Elphinstone Urquart es el menor de mis problemas, sólo es un peón en este tablero de ajedrez en que se está convirtiendo esta guerra.
—A veces hablas de manera muy enigmática. ¿Qué quieres decir?
—Esta marca ha trastocado todo, Elphias. Tranquilo, no te molestaré más. Simplemente, ten cuidado.
Y se fue de allí para volver a Hogwarts.
Mientras tanto, ya por la noche, Elphinstone Urquart se encontraba sentado tras su escritorio. De repente, alguien apareció, un hombre rubio con un abrigo negro.
—¿Así que lo han soltado? —hablaba con un fuerte acento germano.
—En efecto.
—No importa, al menos nos lo hemos quitado de encima.
—Ha sido una imprudencia dejar la marca en el despacho. Dumbledore la ha encontrado.
—Esa era la finalidad. Ahora que tengo a Dumbledore centrado en una cosa, puedo dar paso a mi siguiente parte del plan.
—¿Qué quieres que haga yo?
—Tú sigue coordinando las acciones de la guerra pero sin levantar sospechas.
—¿Pero... por qué? ¿No vamos a beneficiar a los alemanes?
—Las guerras de los muggles no nos incumben, pues una guerra mayor se está fraguando. Y ellos no tienen nada que hacer.
Tras esto, el misterioso hombre se marchó, dejando a Elphinstone sólo. Sobre la mesa dejó un papel con un símbolo, un triángulo que encerraba a un círculo, que a su vez encerraba una línea vertical. U