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Héroes — capítulo 5
La traducción al alemán corre a cargo de**Kirara11 (Bipa en LBF).**Especiales agradecimientos por su ayuda J
Diario El Profeta, 11 de febrero de 1941
Aunque la batalla de Inglaterra aún continúa imparable, sus resultados no son los mismos que hace unos meses. Hoy hemos tenido noticia, además de que un destacamento inglés marcha hacia Hannover para iniciar un bombardeo sistemático. Seguiremos informando al respecto.
Mientras, en el Ministerio de Magia aumenta la tensión al descubrirse que en el juicio contra Elphias Doge del pasado mes de noviembre se reveló que un mago tenebroso se había infiltrado en el Ministerio y que podría estar colaborando con alguien del interior. Mientras tanto...
Charlus Potter dejó el periódico y se concentró esta vez en la carta de su hermano Harold.
Querido Charlus,
Parto para Europa, junto con James y Septimus. En estos momentos, cuando leas esta carta y si mis cálculos son correctos, estaré llegando hacia Hannover, donde los muggles van a iniciar un bombardeo. Septimus y yo volaremos con ellos, así que deséame suerte.
Tu hermano,
Harold
—¿Alguna noticia de tu hermano? —preguntó Dorea.
—Ya debe estar por Hannover. El ejército va a bombardear la ciudad y él va a volar junto a un caza aliado.
—¿Ya le dejan volar? Creí que eso sólo estaba permitido a los aurores —dijo Milton.
—Han tenido importantes bajas y el reclutamiento es bajo. Lo han preparado para ello, pues fue un excelente jugador de quidditch en el colegio.
Nadie dijo nada más, pero Milton y Dorea observaban de vez en cuando a Charlus. Aquel era su último año en Hogwarts y la idea de alistarse en el ejército todavía le rondaba. Incluso Dorea le había escrito al padre de Charlus acerca de la idea de su hijo, cosa que a Charlus le molestó mucho, pues le valió la llegada de un vociferador gritándole que no iba a permitir que su otro hijo fuese también a esa absurda guerra.
Pero Charlus estaba decidido, aunque no había hecho pública su decisión. Además, también se carteaba con James, pues Harold le enviaba las cartas por él. Y a cada palabra suya leída, Charlus estaba más y más convencido de que quería alistarse. Pero todavía le quedaban unos meses en Hogwarts y, aunque ya era mayor de edad y por tanto podía irse, quería mantener al menos el deseo de su madre de terminar la escuela.
Tras las clases del día, Charlus se encontraban nuevamente en el Gran Comedor, cenando. Aquella tarde tenía que haberle llegado una carta de Harold, pero esta no había llegado. Preocupado, apenas pudo probar el delicioso pastel de carne que había esa noche.
—Señor Potter —llamó el profesor Dumbledore.
—Profesor.
—Acompáñeme al despacho del director Dippet, tengo que decirle algo.
Charlus se levantó y siguió al profesor.
Mientras tanto, en Europa y horas antes de lo que acontecía en Hogwarts, dos hombres se preparaban para entrar en combate.
—¿Estás nervioso? —preguntaba Septimus Weasley a Harold Potter.
—No, para nada —mintió Harold. Estaba que temblaba de miedo. Naturalmente que no era el miedo que sintió en Londres mientras la aviación alemana bombardeaba la ciudad, pero era otro tipo de miedo. Dentro de unos minutos tendría su primera misión como parte de la Real Fuerza Aérea Británica. Y sí, estaba asustado.
—Mientes de pena. Pero tranquilo, todo saldrá bien.
Si Septimus lo decía, entonces tendría que ser verdad, aunque no sabía si fiarse mucho de la misma persona que se estrelló con su escoba en su primera misión. Pero sabía que volaría con los mejores. Eso era algo. Y no sólo se refería a aquellos magos y brujas que conformaban el batallón de vuelo, sino también a los pilotos muggles que escoltarían, incluyendo a James Preston, a quien Harold ya había asegurado que escoltaría mientras volasen.
James... Habían mantenido contacto desde lo ocurrido en Londres, principalmente porque James conocía a Charlus y este le había pedido a Harold que le mantuviese informado. Y Charlus... Harold podía notar cada vez más cómo su hermano pequeño tenía intención de alistarse. Harold había tratado de convencer a su hermano de que no hiciese tal cosa, pues legalmente ya era mayor de edad y por tanto podría dejar el colegio. Y Harold no trataba de convencer a su hermano porque su padre se lo hubiese pedido, que lo había hecho. No, Harold le pedía a su hermano que no se alistase porque había visto de primera mano los horrores de aquella guerra. Yd esde luego no quería eso para su hermano. Sin embargo, a cada carta que recibía de Charlus más estaba convencido de que iba a lograr su propósito. Y eso lo asustaba más que nada.
—Sí, claro que todo saldrá bien —aseguró Harold. De repente se dio cuenta de que había cosas en este mundo por las que estaba mucho más asustado que por el hecho de embarcarse en su primera misión.
Los dos jóvenes cogieron sus escobas y salieron fuera. Pasó un grupo de sanadoras, a las cuales Septimus no quitó ojo.
—Esas son sanadoras mágicas, ¿sabes? —dijo Harold con picaresca.
Sepitmus rodó los ojos.
—Ya sé que ella estará en el hospital muggle de campaña, pero...
James les había asegurado que la enfermera Sarah Granger estaba destinada en su destacamento, pero las reglas del Departamento de Seguridad Mágica y el Cuartel de Aurores habían sido claras. Estaba terminantemente prohibido mezclarse con los muggles salvo para los casos de las misiones. El accidente de Londres, con Septimus atendido en el hospital de campaña, había sido un caso excepcional, igual que ambos jóvenes mantuviesen contacto con James Preston, un verdadero caso excepcional, pues era uno de los pocos militares junto al destacamento muggle que conocía el secreto. El Departamento de Seguridad Mágica ya había dejado clara su posición al respecto. El señor Preston debía ser desmemorizado, pero tuvo que guardarse sus opiniones, pues el Ministro de Magia se opuso a eso, intercedido por Albus Dumbledore.
—¿La echas de menos?
—¿Qué pasa? Era guapa —confesó Septimus.
Llegaron a la tienda de campaña principal donde el Jefe del Cuartel de Aurores ultimaba los detalles de la misión. Tras confirmar los últimos datos, se prepararon para salir.
—¿Listo, Harold?
—Sí —dijo él de manera entrecortada.
—Ya sabes, mantente a una distancia prudencial de tu caza y ayúdale sólo cuando sea necesario. Esto es un bombardeo de la ciudad, no tenemos por qué hacernos los héroes —dijo Septimus.
—De acuerdo.
Ambos dieron sendas patadas al suelo y alzaron el vuelo junto al resto de sus compañeros y compañeras. Pronto alcanzaron los cazas aliados y se posicionaron junto a ellos. Harold encontró a James, quien lo saludó desde su cabina alzando una mano con el pulgar hacia arriba en señal de aprobación. Pronto el bombardeo empezó. Ni siquiera tuvieron que preocuparse porque llegasen aviones enemigos, ya que estos estaban enfrascados en la batalla de Inglaterra, la cual aún se libraba en Gran Bretaña, de modo que simplemente escoltaron a los aviones, atentos a cualquier eventualidad.
—Esto está muy tranquilo, Harold, no debemos preocuparnos por nada —gritó Septimus, que se había acercado un momento a su compañero.
—Tienes razón, todo está muy en calma. No sé, pero... Espera.
—¿Qué pasa?
—Allí, ¿qué es eso?
A lo lejos pudieron divisar unas veinte figuras oscuras, ataviadas con capas negras y que volaban sobre escobas. Se lanzaron sobre los cazas aliados y los miembros del batallón de vuelo.
—¡Magos tenebrosos! ¡Acción evasiva! —gritó el Jefe del Cuartel de Aurores.
Los recién llegados rompieron la formación de los cazas aliados, junto con la del batallón de vuelo. Inmediatamente, las maldiciones asesinas volaron por todas partes, impactando algunas en sus destinos.
—¡Proteged los cazas!
Pero algunos cazas también caían al haber recibido maldiciones asesinas.
—¡Desmaius! —gritó Harold. Sin embargo, una cosa era volar cerca de un caza y actuar sólo cuando la ocasión lo requiriese, a entrar en combate en pleno vuelo. Por no decir que un caza era más grande, se movía más lento y era más fácil de acertar que un mago a lomos de una escoba y con una varita en la mano. Harold no tenía experiencia alguna, pero hacía lo que podía.
—¡Formación de ataque! ¡No abandonéis la posición! ¡Utilizar maldiciones asesinas! —gritaba el Jefe del Cuartel. Aquello se estaba poniendo feo, pero al menos los aviones estaban abandonando la zona y volviendo a su posición. Harold pudo ver a tiempo como James se marchaba, sano y salvo.
Mientras tanto, la batalla, esta vez exclusiva de los magos, continuaba sobre el cielo de Hannover. Las maldiciones asesinas y los hechizos aturdidores volaban de un lado para otro, a veces impactando entre ellos, a veces impactando contra sus destinatarios.
—¡Harold, cuidado! —gritó entonces Septimus.
Una maldición asesina pasó rozándole. No le tocó de milagro, pero sí a su escoba. Perdió la dirección y comenzó a caer. Durante un tiempo que le pareció una eternidad se acordó de todo. De su hogar, de su familia, de su padre, su madre, su hermano Charlus, de su Thomas, su mejor amigo... De todos. Sólo cuando estuvo a punto de aplastarse contra el suelo, sacó su varita y pronunció un hechizo que le hizo disminuir la caída hasta posarse con cuidado en el suelo.
Contempló el cielo, donde la batalla continuaba. Entonces oyó algo, alguien que le gritaba
Aquello sonaba a alemán, naturalmente, aunque Harold no entendía nada. Dadas las circunstancias, podría tratarse de alguien que le decía que se detuviese como si le pedían que acompañase a alguien a tomar el té. Pero como acababa de estrellarse en suelo enemigo, se decantó por la primera opción y echó a correr un conjunto de casas cercanos. Como se temía, aquellos tipos no eran amigables, pues habían empezado a disparar. Por suerte, conjuró a tiempo un escudo protector que impidió que las balas le hiriesen. Llegó a tiempo a una de las casas, donde se ocultó. Antes de que aquellos soldados alemanes pudiesen llegar, se aplicó un hechizo desilusionador.
—Hier ist niemand.—dijo uno de los soldados —. Registriert den Rest der Häuser.*
Y se marcharon. Harold estuvo a punto de hacer lo mismo, pero sintió una fluctuación justo frente a la puerta. Un mago tenebroso se apareció de repente
—Vielleicht hast du sie getäuscht, aber nicht mich. ¡Stupor!*
El hechizo aturdidor golpeó en Harold, haciéndole perder la conciencia.
Mientras tanto, de vuelta a Hogwarts, Charlus Potter entraba en en el despacho del director Armando Dippet.
—Ah, señor Potter, me alegro de que haya podido venir.
—¿Ocurre algo, señor Director?
Se sentó en una de las sillas mientras Dumbledore esperaba de pie. El director Dippet junto las manos y miró al muchacho, igual que hacían el resto de retratos colgados en las paredes.
—Me temo que sí, muchacho. Han llegado noticias del frente. Tus padres ya han sido avisados. Tu hermano Harold... ha sido hecho prisionero.
El silencio se hizo patente en la sala. Charlus no podía articular palabra alguna. El profesor Dumbledore le puso una mano en el hombro, pero el joven se levantó.
—Gracias por el aviso, señor director, trataré de hablar con mis padres —dijo con voz monocorde.
—Tiene usted permiso para viajar a casa de sus padres por medio de la Red Flu, desde la Sala de los Profesores, señor Potter.
—Gracias —dijo nuevamente. Y se fue.
En cuanto cerró la puerta, Dumbledore miró al director.
—¿Se sabe quién lo hizo? —preguntó Armando.
—Nuestros servicios de inteligencia dijeron que eran magos tenebrosos.
—¿De Grindelwald?
—No han sabido responder a esa pregunta.
—Está bien, Albus. De momento debemos preocuparnos por el señor Potter. Buenas noches.
—Buenas noches, director.
Mientras tanto, Charlus viajaba ya hacia la casa de sus padres. Allí fue recibido por ellos. Su madre mostraba síntomas de haber llorado, mientras que su padre se mostraba fuerte, aunque había algo en su mirada que a Charlus le hacía pensar en lo arrepentido que estaba de haberse enfadado con Harold.
—Espero que esto te haga reflexionar acerca de esa estúpida idea de alistarte, hijo —dijo su padre.
—¿Qué?
—Ya me has oído. Tu hermano ha muerto. No perderemos a otro hijo en la guerra. Te quedarás aquí, terminarás la escuela y luego formalizarás tu matrimonio.
—No, otra vez no.
El verano anterior fue horrible. La mayor parte del tiempo sus padres estuvieron en negociaciones con los Black para que Charlus se casase con una de las jóvenes de la familia, Dorea, la cual él ya conocía de Hogwarts y que se había mostrado igual de sorprendida al enterarse.
Tanto los Black como los Potter eran familias mágicas de alta raigambre. Y aunque en esos tiempos era difícil encontrar familias de ese tipo, todavía las había. Los Potter no eran tan extremistas como los Black y desde luego aprobaban que sus miembros se casasen con hijos de muggles. Y sólo en casos extremos con muggles. Pero los Black eran harina de otro costal. Abogaban por la pureza de la sangre y, además, predicaban unas ideas de corte supremacista, en su caso, de la superioridad de los magos por sobre los muggles. Sin embargo, por suerte, aún no se había alzado ninguna voz en el país que compartiese sus ideales y que, por supuesto, tuviese el poder suficiente para llevarlos a cabo. No obstante, la guerra desatada en ese momento en el continente y parte del mundo cumplía con las ideas de los Black, pues a Inglaterra ya habían llegado rumores acerca de un mago tenebroso del norte de Europa que predicaba la pureza de sangre y la supremacía de la raza mágica.
Sin embargo, a Charlus todo aquello le venía grande. Lo único que sabía a ciencia cierta era que los Black no le caían bien, a excepción de unos pocos como Dorea, a la que llegó a conocer bien. Pero el tiempo que esa familia pasó en la mansión Potter el verano pasado fue suficiente como para aumentar, aún más, la animadversión que Charlus sentía por ellos.
—No nos discutas, Charlus. Te casarás con Dorea Black. Tu hermano Harold iba a casarse con Cassiopeia, la hermana de Dorea, pero ahora que está muerto...
—¡Harold no está muerto! —gritó Charlus.
—Nuestro primer deber es mantener la línea familiar. Si vas a la guerra y mueres, nuestro linaje se extinguirá.
—¿Eso es lo único que te importa? Tu hijo ha sido hecho prisionero por el enemigo y tú sólo te preocupas de asegurar el linaje de la familia.
—Aunque lo hayan secuestrado, no tardarán en matarlo. Tu hermano habría pensado igual que yo, Charlus.
—Harold no pensaba igual que tú, padre. Y te lo demostró alistándose para luchar en esta guerra. Y yo tampoco estoy de acuerdo con tus ideales.
Y dicho esto se marchó de allí. En cuanto salió, otra persona entró en la estancia.
—¿Potter?
—Cygnus, no esperábamos tu visita —dijo el señor Potter.
—Vuestro elfo doméstico me ha recibido en el salón. Disculpadme, pero no he podido evitar oír lo que ha dicho vuestro hijo. Confío en que el acuerdo no se haya roto. La muerte de Harold nos ha entristecido a todos, especialmente a Cassiopeia, la cual estaba enamorada de él. Si queremos mantener el linaje de la familia Potter, Charlus debe casarse con Dorea.
—Y así lo hará, Cygnus. Así lo hará.
Para cuando estas palabras habían sido dichas, Charlus estaba de regreso en Hogwarts. Se encontraba en su habitación, preparando su maleta.
—¿Qué haces? —preguntó Milton al verle.
—Mi hermano ha sido secuestrado, Milton. Dejo Hogwarts para alistarme. Estoy dispuesto a encontrarle. El director Dippet me ha permitido marcharme.
Milton no puso objeción alguna.
—Ten cuidado, Charlus. Espero que puedas encontrar a tu hermano.
Charlus dejó por un momento de preparar su maleta y caminó hasta su mejor amigo, al cual abrazó. Minutos después, bajaba las escaleras del Vestíbulo, donde una persona le esperaba. Dorea.
—¿Te vas?
—Sí, Dorea. Voy a alistarme en la fuerza de choque e ir al frente. Mi hermano ha sido secuestrado.
—Cassiopeia me lo ha contado. Lo siento mucho. Ten... ten cuidado, ¿vale?
—Lo tendré —se miraron un momento y, al instante, los dos se besaron. Después se separaron —. Sé que nuestras familias quieren que nos casemos.
—El matrimonio concertado es lo que menos me importa ahora, Charlus. Tú cúidate y... procura volver.
Charlus asintió con la cabeza. Entró en la Sala de los Profesores e invocó las esmeraldas llamas de la Red Flu. Echó un último vistazo a la Sala, al Vestíbulo y a Dorea antes de entrar y gritar:
—¡Ministerio de Magia!
E inmediatamente fue devorado por las llamas.
*—Aquí no hay nadie. Registrad el resto de las casas.
—Puede que a ellos les hayas engañado, pero no a mí. ¡Desmaius!