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En el espejo de Oesed... — capítulo 20
El aire de la casa olía a bizcocho recién hecho y a comida de gato. Las zapatillas de felpa estaban bajo su cama, como siempre, y uno de sus gatos estaba metido dentro de una de ellas.
Arabella Figg suspiró. Echó una ojeada por la ventana y vio a Dudley Dursley cogido del brazo de una bonita chica muggle paseando por Wisteria Walk. Qué rápido pasaba el tiempo.
Sobre su mesita de noche reposaba la última carta que Albus Dumbledore le había mandado hacía tanto tiempo. Las conservaba todas, guardadas bajo el colchón, pero aquella era su favorita. Cuando se sentía triste o menospreciada, la leía y sonreía entre lágrimas amargas.
Echaba de menos las tardes en las que el pequeño Harry Potter iba a visitarla. Cuánto había crecido el chico y cómo le había gustado a ella verlo… Se arrepentía, pensaba todas las noches antes de irse a dormir, se arrepentía de no haber participado más en su vida, de no haberse preocupado más por él, de no haber sido la madre que él nunca tuvo… o la abuela, en su defecto.
Una madre era imposible de reemplazar.
Arabella Figg nunca había sido una mujer con suerte.
Había nacido squib, nunca había tenido su propia varita (solo podía realizar un par de sencillos hechizos), y su familia había muerto pronto, dejándola sola en un mundo que la discriminaba. Parecía que solo Dumbledore se había preocupado alguna vez por la situación de los squibs. Pero Dumbledore había muerto hacía ya quince años, y a Arabella los años le pesaban cada día más.
Muchos squibs tenían ahora trabajos de ayudantes en el ministerio, pero ella, tras la segunda guerra mágica, se había retirado. La Orden del Fénix se había terminado, y Arabella Figg con ella.
No había nada que pudiera hacer en la vida, salvo esperar a la muerte. Suspiró de nuevo y salió de la habitación, dando un portazo.
Caminó cabizbaja hasta su salón. Iba tan inmersa en sus pensamientos que se dio de bruces contra una plancha de un metal muy frío. Se sobresaltó, y se echó hacia atrás.
Era un espejo, muy grande y muy bonito, dorado, con letras alrededor. Parecía muy antiguo. Arabella no tenía ni idea de qué hacía en su sala de estar.
La superficie estaba rayada, y llena de polvo. A pesar de eso, Arabella podía verse a sí misma perfectamente, como si fuera una película. Levantó un brazo, y la Arabella del espejo hizo lo mismo. Sin embargo, al hacer este gesto, la mujer notó que había algo en su mano.
Era una varita, larga, flexible, de unos 12 centímetros, de madera de roble y núcleo de nervio de corazón de dragón. Lo sabía porque siempre se había imaginado que su varita sería así. Año tras año en su infancia había visitado a Ollivander, preguntándole si ya había hecho una varita así para ella. Año tras año recibía el mismo "no, pequeña. Aún no", que la dejaba hecha pedazos, pero con las esperanzas renovadas para esperar un poco más.
Arabella Figg se dio la vuelta inmediatamente. Sabía lo que era aquello, el espejo de Oesed. Pero no tenía nada que ver con ella. Sabía que era mentira, ella nunca conseguiría su varita. Nunca. Era una squib, y con los años había aprendido a aceptarlo.
Se giró de nuevo, pero el espejo ya había desaparecido. En su lugar, Mr. Paws se lamía las patitas y ronroneaba.
Volvió a su habitación con el corazón en un puño, intentando olvidar lo que acababa de ver: su mano aferrando con fuerza la varita, como si estuviera acostumbrada a ella, y la sonrisa de satisfacción personal en el rostro. Esa parte de su vida había terminado.
La carta de Dumbledore reposaba donde la había dejado. Se acercó hacia ella, queriendo leerla pero a la vez queriendo guardarla para siempre, enterrando esa parte de su pasado.
El sonido del timbre la sacó de dudas. La carta permaneció donde estaba, y Arabella miró por la ventana para ver quién podía ser.
Una pareja de jóvenes y tres niños pequeños estaba a la puerta. Los Potter habían venido de visita, como hacían siempre una vez cada dos o tres meses. Arabella sonrió. No había podido ser la abuela de Harry Potter, pero intentaría hacer todo lo posible para ser la de los tres pequeños.
Salió de la habitación cerrando la puerta suavemente, y en silencio se dio las gracias a sí misma por haber metido el bizcocho al horno en tal acertado momento.
Sigo aceptando sugerencias de personajes (dos años después). La verdad es que me ha encantado escribir sobre Arabella, parecía que el capítulo se escribía solo. Es un personaje enigmático, pero muy interesante. Espero que os haya gustado, en los comentarios me podéis decir lo que queráis. Un abrazo y gracias por leer :) Elisa