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En el espejo de Oesed... — capítulo 21
N/A: Ambientado en el séptimo libro, antes de la llegada de Harry, Ron y Hermione a Hogsmeade.
El pub estaba vacío. Las botellas de whisky de fuego estaban en el cubo y las jarras de cerveza de mantequilla en el fregadero, esperando a estar relucientes de nuevo. Estaba todo en silencio y, aunque hubiera habido algún ruido, el volar de una mosca, o el maullar de un gato, habría sido callado por la capa de polvo y suciedad que había por todo Cabeza de Puerco.
Aberforth entró en su pub precedido por su cabra favorita. La dejó sola y él cerró la puerta. Ya era casi la hora del toque de queda: en unos pocos minutos, los mortífagos saldrían a la calle a patrullar. Quiso cerrar, porque odiaba que fueran a beber cerveza a su pub a tales horas de la noche, siempre sirviéndoles más.
Escribió un cartel que rezaba "estoy enfermo, no molestar" en un trozo de pergamino que encontró por el suelo (si no, no se habría preocupado) y lo enganchó en el marco de la ventana. Después, subió las escaleras hasta la vivienda, sin mirar siquiera hacia la pila de platos que debería lavar.
Todo estaba igual que siempre. Su sillón, lleno de remiendos; su cama, apenas un colchón sobre tablas de madera; sus cuadros y pinturas, empolvados.
Al principio no quiso mirar hacia ella. Al fin y al cabo, se sabía sus rasgos de memoria, y podía visualizarla nítidamente en cualquier momento. Pero el retrato de Ariana lo atraía como ninguna otra cosa, quería posar su mirada siempre en aquellos ojos marrones e imaginar por enésima vez que estaban a su lado de verdad.
Hacía tiempo que Aberforth no lloraba. Mucho, mucho tiempo. Hacía tiempo que había perdido el sentido llorar.
Aquella vez no fue diferente. El hombre dirigió sus fríos ojos azules hacia el retrato de su hermana y se sobresaltó.
No había solo una Ariana, sino dos. Al lado del retrato de siempre había aparecido uno mucho más grande, del tamaño de Aberforth, con un marco dorado y letras grabadas en él. El fondo no era el bosque del original, sino su propia habitación. Ariana sonreía tristemente, como siempre.
Aberforth sacudió la cabeza. ¿Quién habría puesto aquel cuadro tan extraño allí, en su casa?
Apartó la mirada, pero no tardó en volver a dirigirla. Al fin y al cabo, siempre veía a su hermana de la misma manera y, aunque no se cansaba de hacerlo, aquella nueva visión era como un regalo para él.
No supo cuánto tiempo pasó, pero cuando se hubo aprendido los rasgos de aquella Ariana de memoria y para siempre, echó un vistazo al espejo. Sabía lo que era, su hermano Albus le había hablado del espejo de Oesed en una ocasión, pero no entendía lo que hacía allí. Además, no era ningún secreto que su único deseo era ver a Ariana viva. Sin embargo, se preguntó por qué estaba sola. Por qué él no estaba a su lado.
Quizá su deseo fuera que Ariana estuviera viva, aunque aquello significara dar su propia vida a cambio.
Aberforth se quedó dormido frente al espejo, ahogándose en las profundidades de los ojos de su hermana y en sus propias lágrimas contenidas.
Cuando el amanecer lo despertó, el espejo había desaparecido.