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La hija de Aro Vulturi — capítulo 1

No hay una forma fácil de comenzar con un martirio, un relato que entristece mi alma…

Esperaba que mis criadas llegaran a prepararme para la Gran Corte, el baile de disfraces, la fecha más esperada por todas las damas de la corte.

Dos fuertes brazos tomaron mi cintura, un espasmo recorrió mi cuerpo, el calor ya conocido de caricias secretas entregadas tantas veces atrás.

—Volvió— susurro a mi oído.

Sabia que hablaba de Ana, Lord Thomas me lo había comentado la tarde anterior cuando paseábamos por sus terrenos.

La emoción se apodero de mi cuerpo, Ana había partido muchas primaveras atrás.

—¿Era ya de tu conocimiento? — me pregunto Jorge plantando un beso en mi cuello.

—Podrían vernos— le dije quitando sus manos de mi cintura.

María entro a la habitación radiante de alegría, con unas cuantas criadas tras ella.

—¡Volvió! —

—Lo sabemos— le dije sonriendo.

Jorge salió de la habitación haciendo una pequeña reverencia, no sin antes enviarme un pequeño beso que María en su emoción no había notado.

Suspire al verlo salir por la puerta, las criadas me tomaron en sus brazos y comenzaron a prepararme para la gran noche.

—¿Acaso no te emociona? — me pregunto Maria a quien las criadas también preparaban.

—Siempre es un gran evento que una de las nuestras este de vuelta, espero que Francia allá sido de su agrado. — le respondí.

—Esa es la respuesta que podrías darle a la reina— me dijo María— pero no a mí.

Yo suspire de nuevo, Maria tenia razón, nuestra relación iba más de la que dos damas de compañía tenían.

—Eres como si mi hermana— me dijo ella poniendo su mano sobre mi brazo en señal de apoyo.

No es que yo no lo sintiera de esa forma, es que había cosas que no se confesaban ni por más fuertes que los lasos fueran y mucho menos si se hablaba de un pecado condenado al exilio como en mi caso.

—Nervios— le dije finalmente— quizá un esposo terminaría con mis problemas.

—Pronto habrá un cortejo a tu altura prima.

Muchas veces me preguntaba si no era acaso una maldición nacer en el seno de la corte, con nobles como antepasados, y siendo la hija de un Duque. Enamorase no era un pecado, al menos que ese te llevara a otro como pasaba conmigo, cometer adulterio con un hombre casado, incesto con tu primo, entre muchas otras cosas por las que podía juzgarme ¿Acaso no era orden divina amar? Quizá era la forma como yo lo quería encontrar, una forma en la que mi pecado quizá podía tener perdón y no terminaría en el purgatorio. Me juzgaba a mi misma una y otra vez ¿Por qué me tuve que enamorar de él? Y aun peor ¿Por qué el se tuvo que enamorar de mi?. El  exilio era mi castigo lo sabía y merecía, pero el temor no me permitía confesar ni siquiera bajo secreto de confesión y el amor que se acrecentaba día tras día no me permitía alejarme de mi amado.

En el gran baile todos estaban reunidos, aunque no pudieras diferenciar sus rostros bajo las mascaras multicolores, toda la corte estaba ahí, desde su Majestad el Rey hasta el último Lord, las damas de honor de la reina junto a la hermana más joven del Rey  hicimos una presentación para todos los presentes, Ana se unió a nosotras mientras realizábamos la complicada danza, basta decir que impresiono a todos "Glass of Fashion" como se refirieron a ella desde en entonces, y paso momento alguno en el que llamara la atención.

La belleza exótica de mi prima atraída la mirada de todos, Henry Percy hijo del Conde de Northumberland la cortejaba.

Las primaveras nos habían distanciado y cambiado a todas, aquellas niñas que jugaban en los jardines del palacio Bolena no eran las misma que ahora discutían entre sí, la avaricia y deseo de poder estaba terminado con los lazos familiares que nos mantenían unidos, María era ahora conocida como amante del Rey algo que nos daba muchos favores de su Majestad a todos los Bolena.

—El Rey se ah interesado en Ana— me confió Jorge en uno de nuestros acostumbrados paseos.

Quizá mi madre tenia razón y yo me había adelantado unos años a mi época, mis ideas eran demasiado "revolucionarias y peligrosas" como las llamaba ella.

—Ana tiene quien la corteje, no dejara que su reputación se vea marcada por el placer de un rey adultero.

—Tus palabras te dejaran sin cabeza algún día— me advirtió Jorge.

—Si pensar de forma honesta es mi pecado, merezco la pena de muerte entonces— le dije sin perder la postura, aunque sabía que si alguien además de el me escuchaba blasfemando contra mi rey posiblemente Jorge se volvería un profeta.

—Tu pecado es ser tan hermosa—susurro a mi oído

Esa noche igual que cada  una, Jorge visitaba mis aposentos, para hacer de nuestros deseos prohibidos una realidad, escondidos entre las paredes del castillo nuestros cuerpos llegaban a un éxtasis inimaginable por muchos que solo podía ser alcanzado cuando se amaba con tanta pasión y deseo como nosotros, a pesar que nuestro amor fuera prohibido.

Con el paso del tiempo Jane la esposa de mi primo, comenzó a sospechar que su esposo dejaba su cama por la de alguien más, mientras que bajo el cielo de nuestra amaba corte, María quedo en cinta de una criatura.

—Tenemos que esconderla— le dije cuando lo confeso— es un bastardo, la reina se encargara de acabar con él.

Maria negaba entre lágrimas.

—William Carey— susurro Ana con un brillo de esperanza en sus ojos.

El nombrado se convirtió en el esposo de María, mientras que Ana fue enviada por un corto tiempo a los terrenos rurales de la familia, donde Jorge y yo la acompañamos haciendo más fácil de llevar acabo nuestros deseos, comenzábamos a perder la cordura besos apasionados y caricias dejaban la marca de nuestro pecado donde fuera que estuviéramos, Ana nos describió finalmente.

—Incesto— susurro para sí misma.

Acomode mi vestimenta mientras Jorge hacia lo mismo, sabía lo que vendría Jane se enteraría y yo sería condenada al exilio.

—Amor, hermana— le respondió Jorge con una mirada piadosa.

—Quien no ve, no es cómplice— termino ella volviendo por donde había venido.

Que Ana supiera de nuestros encuentros quitaba dificultad, aunque volvimos hacer tan cuidadosos o más que en el palacio real.

No tardo mucho tiempo en que Ana fuera llamada por su Majestad, volvimos a la corte donde fuimos recibidos con favores, admiradores y amigos,  no fue mucho tampoco el tiempo que paso para que Ana comenzara a ser cortejada por el rey.

—¿Qué le dijiste entonces? — le pregunte emocionada ante el juego de seducción en el que mi prima había caído.

—Suplico su alteza muy seriamente que desista, y  esta mi respuesta en buena parte. Prefiero perder la vida que la honestidad. — relato ella como si el rey se encontrara frete de ella.

Me enorgullecía de mi prima, se había negado a aceptar al rey, no era como María a quien le había quitado la palabra, claro que tiempo después me arrepentiría de ambas cosas, el orgullo y la distancia aunque en momentos y situaciones diferentes.

Se escuchaba a viva voz entre la corte que el rey había pedido la anulación de su matrimonio con la reina Catalina, eso me parecía inaceptable como pueblo solo podíamos tener una reina y esa era ella Catalina de Aragón.

Claro que lo que una simple Lady pensara no era de suma importancia y Ana y el rey Enrique se casaron, asistí a la boda con la alegría en mi rostro pero el corazón ennegrecido, sabía que ese el principio del fin de mi prima.

Las primaveras pasaban y mi prima se convirtió en la su Majestad Reina de Inglaterra, los Bolena llegamos a tocar el cielo con la manos, Maria enviudo y  le fue entregada una pensión de 100 libras al mes con la cual lleva con dignidad una vida de clase alta, ella y sus dos hijos (bastardos del rey).

Ana tenía muchos más favores que la antigua reina, aunque yo aun la veía solamente como mi prima y a Catalina como la verdadera reina la única ante los ojos de Dios. Me convertí en la Gran Dama de la cámara privada de la reina (Siendo la Dama de Compañía más importante).

Con el paso del tiempo la semilla fue plantada en mi prima, una primogénito para él rey lo que mi prima había estado esperando. La desilusión fue grande el día del alumbramiento, lloramos el nacimiento de una niña quien luego se convertiría en mi existir Isabel.

—Algún día serás la reina de Inglaterra— le dije a la bebé mientras la acunaba entre mis brazos arrepentida de haberla rechazado en primera instancia.

—Eso será después de que su hermano muera— me dijo Ana con voz apenas audible por el cansancio de dar a luz.

Las palabras de Ana fueron tomadas en serio en los cielos,  todos los frutos de sus vientre nacían muertos incluso antes de que pudiéramos determinar su sexo, solo el pequeño Edward vivió lo suficiente para ser mencionado aunque no lo suficiente para ser rey, siete lunas y siete soles antes de que su corazón se detuviera.

Mientras Ana intentaba inútilmente darle tan ansiado primogénito a su Majestad el Rey Enrique, la reina Catalina cayó enferma para morir a mitad de un duro invierno, Ana se arropo de color amarillo dando así la demostración pública de su alegría por la muerte de la reina mientras que su Majestad pronuncio "La Princesa Viuda de Gales a muerto, descanse en la paz del señor misericordioso", no pude evitar reír ante el cinismo solo la reconoció como viuda de su hermano fallecido. Tuve que preguntarme ¿Acaso Inglaterra merecía caer en la desgracia de un rey egoísta? Mi respuesta llegaría pronto.

La noticia de la difunta reina había sido envenenada llego a mi.

—El corazón de la reina se encontraba ennegrecido— me confió mi amante.

—¿En que se ah convertido Ana? — fue todo lo que pudo salir de mis labios.

Mi intuición me gritaba que el principio del fin había comenzado, otro fruto marchito del vientre de Ana llego el mismo día del entierro de la reina.

Mientras mi prima se reponía de su fatal perdida, Su Majestad el Rey declaro que su matrimonio había sido maldecido.

"Maldecido por su maldito adulterio" — grito una voz en mi mente. Una de las damas de compañía de Ana había sido llamada a visitar los aposentos del Rey Enrique, Juana Seymour.

Era apenas mayor que una niña y vivía como una princesa, sin tan siquiera tener la misma cantidad de nobles entre sus antepasados que Ana.

—No me aceptaron en la Orden de la Liga— me dijo Jorge.

—¿Aceptaron al hermano de la prostituta? — le pregunte sabiendo la respuesta.

—Un divorcio se acerca, recuérdalo—

Nadie podría haber predicho lo que iba a suceder con la familia Bolena, con Ana ni con todas las desdichadas que se llamaron "Reina de Inglaterra" después, pero mucho menos lo que pasaría con mi niña Isabel o conmigo.