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Historia 134463 — capítulo 5
—Hermione —La llamó Ginny de la sala. Ella fue de inmediato—. Oh, ahí estás. Draco se va y pensé que querías despedirle.
—Malfoy —Le dijo ella en forma de despedida.
—Granger —Murmuró él, sin mirarla, a la vez que se disponía su abrigo, sujetaba su maletín y salía por la puerta.
—Estaba un poco alterado, ¿le hiciste algo?
— ¿Yo? Él me preguntó si había terminado con Ron y yo le dije que no, lo que es cierto… Me casé con él, pero ahora estoy sola. Se puede decir que terminé sola no con Ron…
—Hermione, ¿qué me estás tratando de decir? No te entiendo nada…
—Que le pregunté si se había casado y… se fue.
Ginny miró por la puerta y luego su reloj.
—Harry está por llegar, ¿te quedas a comer?
— ¿A comer? Me gustaría pero quizás quieran un tiempo en familia. Además, sólo venía por unos minutos.
— ¿Minutos? ¿Qué? ¿Ya te vas?
—Ginny, de verdad te lo digo, espero que sean muy felicesen Canterbury y que a Harry le vaya muy bien como Auror en ese lugar.
—Pero, Hermione, falta un mes aún…
—Ginny, si yo sigo viniendo luego va a ser más difícil decirte adiós, decirle adiós a Harry… ¡a los niños! No, mejor me voy ahora. Igual, no es una despedida completa; nos veremos cuando el niño o la niña nazca. No te desharás tan fácil de mí.
Ginny la sostuvo de las manos, le sonrió tiernamente y le dijo:
—Nunca buscaría deshacerme de ti, eres la tía de mis hijos y prácticamente la única hermana que Harry tendrá jamás.Además, eres la mejor amiga del mundo.
—Lo sé, Ginny, por eso nos vamos a ver en marzo o en abrildel próximo año, si es que no voy antes.
—Por favor, ve antes.
—El tiempo lo dirá, Ginny. Por ahora, iré a escribir una columna sobre la familia mágica, esto me ha inspirado. ¡Ah, casi me olvidaba! Saluda a Harry por mí.
Esas fueron las últimas palabras de Hermione antes de abandonar la casa de los Potter.
—Caminaré —Se dijo—. Para que el camino se lleve la amargura y el viento quite de mis ojos los recuerdos... Eso es bueno, lo pondré en mi columna.
Caminó con prisa, como si lo que había dicho se cumpliese realmente. Dobló la esquina y para su sorpresa vio el mismo auto que estaba en casa de Ginny, estacionado enfrente de un viejo y descuidado bar.
—Malfoy está aquí.
No supo lo que la impulsó a hacerlo, pero se adentró al bar como si fuera lo último que hiciese en su vida. Era mañana, por lo cual no había mucha gente. Sólo algunos aficionados por las bebidas y el tabaco que se reían sin razón y hablaban con ellos mismos.
Luego de mucho mirar, Hermione encontró a Malfoy sentado en la barra. Y fue allí a donde se aproximó y se sentó en una de las altas sillas.
—Malfoy, ¿qué haces aquí?
El rubio platinado la vio y la castaña pudo notar lo rápido que se había embriagado, ya que no habría sido ni media hora que él había abandonado la casa de los Potter.
Sus ojos estaban como perdidos y se llevaba su copa a los labios cada vez que pestañeaba, parecía que aún no se daba cuenta que estaba vacía. Sus manos temblaban un poco y una de ellas, la que no tenía la copa, iba constantemente a su cabello.
— ¿Qué haces tú aquí?
—Vi tu auto afuera.
— ¿Qué ironía no? —Malfoy desvió sus ojos a la copa—. En Hogwarts insultaba a las sangres impuras como tú, odiaba a los muggles y molestaba a todos lo que yo creía inferiores. Y fui yo el que terminé por comprarme un auto muggle y conseguirme un trabajo miserable. Nunca pensé que iba a terminar así.
—Pero, eres feliz, ¿verdad? Hace unos días, cuando estabas en casa de Harry, te veías contento por lo que hacías.
— ¿Contento? No, no estoy contento. Debí acostumbrarme a lo que me había convertido porque no tenía otra escapatoria. Perdí todo, todo. Y ahora, estoy intentando ganarme de nuevo mi honor. Aunque sea de médico de embarazos.
— ¿Tan mal te fue cuando la batalla en Hogwarts terminó?
—Eso es asunto mío, Granger. Pero para que sepas sí, todo fue de mal en peor cuando tú sabes murió finalmente —Malfoy quedó absorto en sus propios pensamientos, mientras continuaba admirando su copa—. Pero, como te dije, eso es asunto mío.
— ¿Sabes? A mí también me fue mal, Malfoy —Dijo Hermione. Creyó que si ella le demostraba confianza y le contaba sus recuerdos, él haría lo mismo. Aunque, aún no sabía por qué le interesaba—. En casa de Harry me preguntaste si terminé con Ron. Bueno… lo hice. Me casé con él, íbamos a ser muy felices —Hermione sonrió, algo triste—. En ese momento, podía asegurar que al fin y al cabo terminé con él. Pero luego las prioridades se mezclaron y Ron prefirió irse de gira con un equipo de Quidditch que estar casado conmigo. Se fue y… terminé sola. Me costó mucho tiempo superarlo, entonces Harry, Ginny y sus hijos se convirtieron en mi vida. Pero ahora se marchan a Canterbury y volveré a quedar sola.
Malfoy giró a verla un instante, como si procesara todo lentamente.
—Lo lamento —Murmuró él. Ella no dijo nada—. Pero, por lo menos Weasley no está muerto. Eso es algo que debes agradecer. Hubiera sido peor, ¿verdad?
—Supongo que tienes razón.
Se quedaron en silencio, no era uno incómodo como cuando estaban en los Potter, sino uno totalmente pasivo. Ambos necesitaban ese desahogo. Ambos necesitaban otra oportunidad. Otra vida.
—Luego de que toda la batalla terminara, mi familia fue a juicio —Comenzó Malfoy, quien tampoco sabía por qué iba a contar lo que contaría—. Yo me salvé por haber sido extorsionadosupuestamente*,*pero mis padres no. Los encarcelaron a Azkaban y les dieron el beso del dementor unos tres meses después. Luego de un tiempo, me casé con Astoria Greengrass, la hermana menor de Daphne. ¿La recuerdas? Era de Slytherin. Bueno, tuvimos un hijo —Malfoy sonrió, recordándolo—. Scorpius. Era igual que yo, menudo, rubio, tenía la misma barbilla. Era un Malfoy de arriba abajo…
— ¿Qué sucedió, Malfoy? —Preguntó Hermione, temiendo lo peor.
—Se fueron, como se fue mi padre y como se fue mi madre.
— ¿Qué les sucedió? —Dijo la castaña, boquiabierta.
—No lo sé —Los ojos de Malfoy brillaron, mientras aferraba con fuerza la copa y sostenía su cabeza con la otra mano—. Lo único que recuerdo es a un médico decirme que no lo habían logrado y que… habían muerto. Mi pequeño Scorpius…
Hermione no sabía que decir.
—Por Dios, lo lamento…
—Sí, yo también.
La castaña no se atrevió a preguntar más.