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Sirius Black mi... ¡¿Tutor?! — capítulo 13

Cuando regresé del parque, me sorprendí mucho al ver a los amigos de Sirius en la casa. Me había sonrojado. No porque todos fueran hombres, o porque James me recibiera con un abrazo y me diera una vuelta en el aire, sino porque sentía que estaba hecha un desastre. Mis ropas desarregladas, mi cabello con mechones sueltos, mis mejillas rosadas y mi cuerpo transpirado bajo la ropa. Parecía un niño que acababa de salir del kínder, luego de haber jugado todo el día. Lo peor fue ser el centro de atención, algo que nunca me había gustado.

Remus pareció leerme el pensamiento, porque unos momentos después, distrajo a los demás, diciendo que ya era algo tarde y que debían regresar a sus casas. Le sonreí a modo de agradecimiento. El siempre parecía darse cuenta de todo.

Sirius dijo a James algo como "la furia pelirroja se desatará si llegas tarde", y no fue nada difícil darse cuenta de que hablaba de Lily. Unos recuerdos cruzaron mi mente, sobre ciertas bromas en Hogwarts, hace algunos años. Un repertorio de invitaciones por parte de James que solo recibían una negativa por respuesta. Pero en algún momento eso cambió, casi de repente, y toda la comunidad estudiantil quedó estupefacta.

Reí en mi fuero interno al recordarlo.

James me despidió revolviendo mi cabello (Merlín, de seguro ya estará hecho un caos) y los demás saludaron con la mano.

Cuando se fueron, me perdí escaleras arriba, busqué algo de ropa y me duché en tiempo record. Al bajar, me encontré nuevamente a Sirius preparando la cena. Puse los ojos en blanco y decidí que ya no tenía caso discutir sobre quien cocinaba o limpiaba. Ese acuerdo nunca fue seguido por ninguno de los dos, así que no hice ningún comentario y preparé la mesa.

Dos juegos de platos y cubiertos, algo que no era inusual para mí. Recuerdo que muchas veces mi madre y yo cenábamos solas, cuando papá tenía que trabajar horas extra. Muchos opinan que debía ser difícil para los niños magos tener un padre auror, y aun más, que ambos padres sean aurores. Por este motivo, el Ministerio tenía la consideración de permitir que mi madre se quedara conmigo en ocasiones, en lugar de que se fuera con mi padre.

Pensando en estas cosas, comencé a ayudar a Sirius con la comida. El tampoco hizo ningún comentario, pero me pareció que se sentía un poco aliviado de no tener que lidiar con la cocina él solo.

Pelé papas casi de manera automática, y puse a calentar el aceite. Sirius estaba cocinando en la sartén unos filetes que había en adobo.

Comencé con mi tarea. Los trozos de papas bullían en el aceite caliente, con pequeñas burbujas a su alrededor. Solía ayudar a mi mamá en la cocina desde que era pequeña. Ella me enseñó casi todo lo que sé.

Con mi padre aprendí a leer. Solía sentarme en el sofá junto a él cada vez que tomaba un libro, así que leía para mí, mientras yo seguía las líneas de letras con la vista. En algún momento, esas letras que papá seguía con su dedo índice comenzaron a juntarse en palabras, hasta que finalmente (aunque si intención consciente) aprendí a leerlas.

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que los vi?

Aún me costaba hacerme a la idea de que ya no los vería.

—Estás distraída— dijo Sirius.

Lo miré, saliendo de mis pensamientos. Luego regresé la vista a la papas… que ya estaban por quemarse. ¿Cuánto tiempo hacía que estaba allí parada, pensando en el pasado? Recogí los trozos de papas lo más rápido que pude… y unos pocos cayeron al aceite, salpicando mi mano.

Ahogué un grito de dolor cuando sentí la fuerte quemazón en el dorso y los dedos de la mano, al mismo tiempo que la espumadera caía de mi mano y golpeaba el piso de la cocina.

—¡Val!— exclamó Sirius.

Me encogí por el dolor, llevando mi mano al pecho.

—E… estoy bien— balbuceé conteniendo las lágrimas que se acumulaban en mis ojos. Apreté los labios con fuerza.

Sirius se movió tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de decir algo. Apago las hornallas; me tomó del brazo y me llevó junto al fregadero. Abrió la canilla de agua fría y colocó mi mano bajo la corriente de agua. Un leve gemido escapó involuntariamente de mi boca.

—Lo siento...— se disculpó— Pero intenta calmarte. El agua te aliviará.

Lo sabía. El agua corriente es lo que se usa para las quemaduras en los primeros auxilios. Al cabo de unos instantes el dolor remitió. Quería decirle a Sirius que ya me encontraba bien, que no era necesario que siguiera, pero la firmeza con la que me sostenía el brazo me dio a entender que no cedería tan pronto. Esa era una de las razones que me retuvo. La otra razón era el modo en que me hacía sentir. Quería que me sostuviera; quería que estuviera cerca de mí. Me hacía sentir… segura, protegida. Y esa sensación venció mi obstinación, mi orgullo, mi constante empeño en ocultar todo lo que me afectaba, y de fingir que era fuerte y no necesitaba de él. Porque empezaba a comprender que sí lo necesitaba. Que era parte de mi vida. Que era mi pilar, mi sostén. Que era, quizás, la persona más importante para mí. Él era mi familia ahora… y lo quería.

Al cabo de unos largos instantes en los que permanecí callada, viendo mi mano bajo el agua, y luego viéndolo a él, Sirius cerró la canilla.

Luego de examinar los daños, me sentó en una silla y salió de la cocina, apareciendo al cabo de un minuto con una caja de primeros auxilios. Claro que no era una caja común. Había pociones mágicas, mucho más efectivas que las medicinas muggles. Se sentó a mi lado y, con sumo cuidado, como si temiera lastimarme, esparció un líquido marrón (díctamo, supuse) sobre las quemaduras. Mi atención se fijo en su expresión de concentración mientras me curaba. Sentía una mezcla de alivio y admiración al verlo.

—Bien… esto debería bastar— dijo.

Al salir de mi ensimismamiento, me sorprendí un poco al ver un vendaje en la zona quemada. Sin darme cuenta, me había quedado viéndolo a él, en lugar de prestar atención a lo que hacía.

Miré mi vendaje un momento, y luego levanté la vista.

—Gracias— dije, con una tímida sonrisa.

—No fue nada— dijo, acariciando mi cabello. Luego, me dio la impresión de que iba a decir algo, pero pareció pensárselo mejor, y no dijo nada.

Estaba sentada en el alfeizar de la ventana, viendo como Silver hacía su recorrido nocturno por el despejado cielo de Londres. Sabía que no debía ser nada agradable para él estar encerrado en su jaula todo el día, así que Sirius me aconsejo que lo dejara salir por las noches, para que no lo vieran los vecinos muggles. Eso le gustaba. Salía de su jaula con mucha presteza, extendía sus alas ante la brisa suave y se perdía un rato entre los árboles, sigiloso y veloz, para reaparecer luego como una sombra plateada.

Lo seguí con la vista por un momento, hasta que escuché que golpeaban la puerta.

—Adelante— dije, y Sirius entró a la habitación.

—¿Cómo va eso?— preguntó, acercándose a mí, y haciendo una seña a mi mano.

—Bien, gracias— dije mirando el vendaje. Luego alcé la vista hacia él.

—¿Te duele?

—No, ya no me duele.

Se había sentado junto a mí en el alfeizar. Notaba que me observaba con atención, como si quisiera asegurarse de que decía la verdad.

—Val… ¿Puedo preguntar qué te sucede?

—¿A qué te refieres?

—Bueno, últimamente estas muy distraída. Y esta noche has tenido este accidente… Dime, ¿Hay algo que te preocupa?

Oh… Era cierto que últimamente vivía en las nubes, y era por causa de John. Y por supuesto que no iba a decírselo. Pero lo de esta noche… eso fue diferente. Me había puesto a pensar en mis padres. Y algo había cambiado. Ya no me sentía sola como antes, y sabía que era debido a Sirius.

Por fin había tomado una decisión. Iba a decirle la verdad a Sirius.

—Yo… pensaba en mis padres…

—Oh…— dijo él, un poco incómodo.

—Espera, no es lo que crees— me apresure a decir— Lo que sucede es que… es cierto que a veces me siento triste, pero…

—Pero…— repitió él.

Bajé la mirada. No iba a poder decirlo si lo miraba.

—Yo… no me siento miserable… Porque ya no me siento sola.

Traté de controlarme para evitar sonrojarme como un tomate. Había dicho la verdad; había dicho lo que sentía… o al menos una buena parte.

Hubo unos segundos de silencio en la habitación, mientras ambos asimilábamos lo que acababa de decir. Luego, Sirius se acercó y me rodeó los hombros con un brazo. Instintivamente, apoyé mi cabeza en su pecho.

—Claro que no estás sola— susurró, luego de un breve beso en mi frente.

—Lo sé…

Y comprendí que ya era tiempo.

—Sirius… necesito pedirte un favor…

Era domingo por la tarde. El sol proyectaba rayos de luz que se filtraban entre las hojas, y contrastaban con las sombras y mi atuendo negro.

Sirius había actuado de forma insegura cuando le pedí que me trajera aquí. Aún parecía algo nervioso, a pesar de que Lily, James y Remus nos acompañaban.

No sé en qué momento les pidió que vinieran. Tal vez habló con ellos al día siguiente de nuestra conversación. De cualquier modo, agradecía que hubiesen venido, pues la presencia de ellos y de Sirius me hacía sentir como si formara parte de una familia. Y lo que es más, me acompañaban en uno de los momentos más importante de mi vida: la aceptación. Se trataba de aceptar la muerte de mis padres como un hecho, pero al mismo tiempo comprender que, a pesar de que los extrañaría, no me encontraba sola.

Me acerqué unos pasos a la lápida matrimonial de mármol blanco como la nieve, con la inscripción de los nombres de mis padres.

"Alfred J. Welsh, 3 de mayo de 1943 - 23 de marzo de 1979.

Helen M. Welsh, 14 de febrero de 1944 - 23 de marzo de 1979."

Debajo, había escrita una frase. Me puse en cuclillas y la leí en silencio.

"Somos dueños de nuestro destino."

Me quedé allí unos momentos, viendo las palabras y reflexionando el significado que encerraban. Me pregunté de quién habría sido la idea de poner esa frase. ¿Tal vez habría sido Dumbledore, o quizás alguien más? ¿Era algo que mis padres hubieran elegido, de haber podido hacerlo? ¿O puede que esas palabras en realidad pertenecían a ellos?

Me pregunté quién se habría encargado de cada detalle. ¿Quién habría elegido la lápida? ¿Quién habría organizado la ceremonia fúnebre? ¿Tal vez habría algo que mis padres hubieran dejado? ¿Alguna indicación, algún pedido? ¿O la muerte nos habría tomado por sorpresa a todos?

Dejé el ramo de lirios junto a la lápida. Sabía que surgirían muchas preguntas al venir aquí. Había tanto que no sabía y que probablemente nunca llegaría a saber o entender por completo. El mundo era un lugar demasiado grande y complicado.

Me quedé en la misma postura un largo rato. Unas lágrimas rodaron por mis mejillas. Estando allí, me sentí pequeña otra vez, como cuando aprendí a leer con mi padre, o cuando mi madre me dejaba hacer las galletas caseras de la forma que quería.

Una sonrisa triste se dibujó en mi rostro. Iba a extrañarlos demasiado, de eso no habría duda. Pero la vida sigue.

Sentí que Sirius se había acercado. Me sequé las lágrimas y me puse de pie.

—¿Estás bien?— preguntó.

—Sí— respondí— Es solo que son muchos los recuerdos. Pero… tendré que seguir adelante. Aunque ellos ya no estén conmigo.

Hubo unos segundos de silencio.

—Tus padres te amaban. Lo sabes, ¿Verdad?

Asentí con la cabeza.

—Quienes nos aman, jamás nos dejan— dijo Sirius— Y ellos estarán siempre contigo.

Le sonreí, y él me devolvió la sonrisa, sincera, y luego me rodeó los hombros con su brazo. Nos quedamos de pie unos momentos más.

Al regresar, nos unimos a los demás. Lily me recibió con un abrazo reconfortante, y se quedó a mi lado hasta volver a casa.


Hola! Lamento haberme tardado tanto. Con el trabajo, casi no me quedaba tiempo libre.

Este capítulo me costó un poco escribirlo. Me sentía muy sensible últimamente, así que cada pocas líneas, me daban ganas de llorar.

Espero que les haya gustado, y voy a tratar de actualizar lo más pronto posible.

Un saludo!

valeliza17