"Los mellizos Potter" — capítulo 100
Capítulo 15:
Beauxbatons y Durmstrang
-¿Qué es lo que tenemos hasta ahora, Tab?-preguntó Harry, paseándose por la sala común, con los primeros rayos del sol.
-*Querido Sirius: Creo que lo de que me dolía la cicatriz fue algo que me imaginé, nada más. Estaba medio dormido la última vez que te escribí. No tiene sentido que vengas, aquí, todo va perfectamente. No te preocupes por mí, mi cabeza está bien. Harry.-*leyó la pelirroja, entre bostezos.- Se va a dar cuenta que es una mentira.-
-Es mucho más importante evitar que venga hasta aquí, a que se dé cuenta de que miento o no.-repuso el azabache, arrebatándole el pergamino y cerrándolo dentro de un sobre.
-¡Al menos hubieras tenido la decencia de escribirla tú, James!-exclamó Tabatha, antes de verlo partir por el hueco del retrato.
En las siguientes clases de DCAO, el profesor Moody anunció que les echaría la maldición Imperius por turno, tanto para mostrarles su poder como para ver si podían resistirse a sus efectos.
-Pero... pero usted dijo que eso estaba prohibido, profesor.-le dijo una vacilante Hermione, al tiempo que Moody apartaba las mesas con un movimiento de la varita, dejando un amplio espacio en el medio del aula.-Usted dijo que usarlo contra otro ser humano estaba...
-Dumbledore quiere que se les enseñe cómo es.-la interrumpió, girando hacia ella, el ojo mágico y fijándolo sin parpadear en una mirada sobrecogedora.- Si alguno de ustedes prefiere aprenderlo del modo más duro, cuando alguien le eche la maldición para controlarlo completamente, por mí de acuerdo. Puede salir del aula.
Señaló la puerta con un dedo nudoso. Hermione se puso muy colorada, y murmuró algo de que no había querido decir que deseara irse. Harry y Ron se sonrieron el uno al otro, Tabatha ni siquiera parecía importarle: le entusiasmaba ver el efecto (bajo la vigilancia de un profesor) de la maldición Imperius.
Moody empezó a llamar por señas a los alumnos y a echarles la maldición Imperius. Uno tras otro, hacían las cosas más extrañas bajo su influencia: Dean dio tres vueltas al aula a la pata coja cantando el himno nacional, Lavender imitó una ardilla y Neville ejecutó una serie de movimientos gimnásticos muy sorprendentes, de los que hubiera sido completamente incapaz en estado normal. Ninguno de ellos parecía capaz de oponer ninguna resistencia a la maldición, y se recobraban sólo cuando Moody la anulaba.
-Potter.-gruñó Moody.-Ahora te toca a ti.-le mellizos se miraron los unos a los otros.
-¿Cuál de los dos?-preguntó Harry, mientras avanzaba.
-Ohm…los dos.-ambos avanzaron hasta el centro del aula, quedando frente al profesor. Moody movió sus labios, formando una tosca sonrisa y luego levantó su varita.- ¡Imperio!-el primero en recibir el impacto, fue Harry.
Fue una sensación maravillosa. Aquella maldición había borrado todas las preocupaciones de la cabeza de Harry. Se quedó allí, inmensamente relajado, apenas consciente de que todos lo miraban. Y luego, se oyó la voz de Moody.
-*Harry Potter, salta a la mesa.-*el azabache flexionó las rodillas, pero no obedeció.-Salta a la mesa...-Harry seguía sin moverse de su lugar.- ¡Salta! ¡Ya!
Lo siguiente que notó el azabache fue mucho dolor. Había tratado al mismo tiempo de saltar y de resistirse a saltar. El resultado había sido pegarse de cabeza contra la mesa, que se volcó, y, a juzgar por el dolor de las piernas, fracturarse las rótulas.
-Bien, ¡por ahí va la cosa!-gruñó la voz de Moody.
De pronto Harry sintió que la sensación de vacío desaparecía de su cabeza. Recordó exactamente lo que estaba ocurriendo, y el dolor de las rodillas aumentó.
-¡Miren esto, todos ustedes...Potter se ha resistido!-exclamó.- Se ha resistido, ¡y el condenado casi lo logra! Lo volveremos a intentar, Potter. Ahora…-su ojo mágico se giró hacia Tabatha.-…te toca, Potter.-la pelirroja, parpadeo varias veces y asintió.-Todos los demás presten atención.-volvió a levantar la varita.- *Imperius.-*Tabatha sintió un cosquilleo y le entraron ganas de reí, pero se contuvo. Con la mirada puesta en el profesor, se quedó parada, esperando la orden.-Malfoy, ven aquí.-pidió Moody. De entre la multitud de alumnos, el Slytherin salió.-Ponte aquí.-el profesor lo ubicó frente a la pelirroja.-Veremos cuanto puede resistirse Potter.-Moody, curvó los labios.- *Besa a Malfoy.-el primer movimiento de Tabatha fue ir hacia adelante, pero algo le decía que se mantuviese en un lugar.-¡Hazlo! ¡Ya!-*la cabeza de la pelirroja se impulsaba hacia Malfoy, pero ese mismo algo la detenía. Sus manos, inconscientemente, se colocaron sobre los hombros del rubio y acercó su rostro con decisión y determinación. Una parte de sí, quería besarlo (pero por obligación), pero la otra parte luchaba incesantemente para evitarlo. Cuando ya apenas quedaba nada, pero nada, de distancia…
-¡No!-exclamó, su mente y se separó rápidamente, chocando contra una mesa.
Moody soltó una estruendosa carcajada y tomándola de un costado de la túnica la puso de pie, dándole fuertes palmadas en la espalda.
-¡Excelente! ¡Excelente! ¡Los mellizos Potter, de verdad que muy bien! ¡No les resultará fácil controlarlos!-
-.-.-
Luego de haber practicado unas cuatro veces más, la clase se acabó.
-Por la manera en que habla.-murmuró Harry una hora más tarde, cuando salía rengueando del aula de Defensa Contra las Artes Oscuras.-… se diría que estamos a punto de ser atacados de un momento a otro.
-Sí, es verdad.-acotó Ron, dando alternativamente un paso y un brinco: había tenido muchas más dificultades con la maldición que los mellizos, aunque Moody le aseguró que los efectos se habrían pasado para la hora de la comida.- Hablando de paranoias...- echó una mirada nerviosa por encima del hombro para comprobar que Moody no estaba en ningún lugar en que pudiera oírlo, y prosiguió.-… no me extraña que en el Ministerio estuvieran tan contentos de desembarazarse de él: ¿no le oíste contarle a Seamus lo que le hizo a la bruja que le gritó ¡bu! por detrás el día de los inocentes? ¿Y cuándo se supone que vamos a ponernos al tanto de la maldición Imperius con todas las otras cosas que tenemos que hacer?-
-No lo sé.-respondió Tabatha, agobiada.- Pero deberemos acostumbrarnos a tener horarios apretados, tareas infinitas y más clases con Moody.-Ron no pudo contener una risotada.- ¿Qué te ocurre?-
-Debiste de haber visto tu cara cuando te echaron el maleficio Imperius, era más o menos así…-el chico frunció el ceño e hizo trompita con los labios.-No debo besar a Malfoy, no debo besar a Malfoy.-
-¡Ya basta!-protestó Tabatha, dándole un suave golpe con la mochila.- No fue nada lindo.-
Cuando llegaron al vestíbulo, no pudieron pasar debido a la multitud de estudiantes que estaban arremolinados al pie de la escalinata de mármol, alrededor de un gran letrero. Ron, el más alto de los cuatro, se puso de puntillas para echar un vistazo por encima de las cabezas de la multitud, y leyó en voz alta
TORNEO DE LOS TRES MAGOS
Los representantes de Beauxbatons y Durmstrang llegarán a las seis en punto del viernes 30 de octubre. Las clases se interrumpirán media hora antes.
-¡Estupendo!-exclamó Harry.- ¡La última clase del viernes es Pociones! ¡A Snape no le dará tiempo de envenenarnos a todos!
Los estudiantes deberán llevar sus libros y mochilas a los dormitorios y reunirse a la salida del castillo para recibir a nuestros huéspedes antes del banquete de bienvenida.
-¡Sólo falta una semana!-dijo emocionado Ernie Macmillan, saliendo de la aglomeración.-Me pregunto si Cedric estará enterado. Me parece que voy a decírselo...
-¿Cedric?-repitió Tabatha, tomando Ernie por la túnica.- ¿Quiere participar?-
-Eso estuvo diciendo desde que se anunció el Torneo.-la pelirroja, soltó la prenda, mientras el chico se iba a toda prisa.
-Diggory.-explicó Harry.-Querrá participar en el Torneo.
-¿Ese idiota, campeón de Hogwarts?-gruñó Ron mientras se abrían camino hacia la escalera por entre la bulliciosa multitud.
-Ese idiota es el novio de mi hermana.-aclaró Harry.
-No es idiota, James.-habló Tabatha, con el ceño más fruncido que nunca.- Lo que pasa es que no les gusta porque venció al equipo de Gryffindor en el partido de Quidditch.-
-He oído que es un estudiante realmente bueno.-comentó Hermione.- Y es prefecto.
-Sólo te gusta porque es guapo.-dijo Ron mordazmente.
-Perdona, a mí no me gusta la gente sólo porque sea guapa.-repuso la pelirroja indignada.-Cedric tiene un coeficiente mucho más alto que el tuyo, Ronald.-
El cartel del vestíbulo causó un gran revuelo entre los habitantes del castillo. Durante la semana siguiente, no había más que un tema de conversación: el Torneo de los tres magos. Los rumores pasaban de un alumno a otro como gérmenes altamente contagiosos: quién se iba a proponer para campeón de Hogwarts, en qué consistiría el Torneo, en qué se diferenciaban de ellos los alumnos de Beauxbatons y Durmstrang...
Además, el castillo parecía estar sometido a una limpieza especialmente concienzuda. Habían restregado algunos retratos mugrientos, para irritación de los retratados, que se acurrucaban dentro del marco murmurando cosas y muriéndose de vergüenza por el color sonrosado de su cara. Las armaduras aparecían de repente brillantes y se movían sin chirriar, y Filch se mostraba tan feroz con cualquier estudiante que olvidara limpiarse los zapatos y aterrorizó a dos alumnas de primero hasta la histeria.
Los profesores también parecían algo nerviosos.
Cuando bajaron a desayunar la mañana del 30 de octubre, descubrieron que durante la noche habían engalanado el Gran Comedor. De los muros colgaban unos enormes estandartes de seda que representaban las diferentes casas de colegio. Detrás de la mesa de los profesores, un estandarte más grande que los demás mostraba el escudo de Hogwarts.
Los mellizos, Ron y Hermione vieron a Fred y George en la mesa de Gryffindor. Una vez más, y contra lo que había sido siempre su costumbre, estaban apartados y conversaban en voz baja. Ron fue hacia ellos, seguido de los demás.
-Es un peñazo de verdad.-le decía George a Fred con tristeza.-Pero si no nos habla personalmente, tendremos que enviarle la carta. O metérsela en la mano. No nos puede evitar eternamente.
-¿Quién los evita?-quiso saber Ron, sentándose a su lado.
-Me gustaría que fueras tú.-contestó Fred, molesto por la interrupción.
-¿Qué te parece un peñazo?-preguntó Ron a George.
-Tener de hermano a un imbécil entrometido como tú.-respondió el otro gemelo.
-¿Ya se les ha ocurrido algo para participar en el Torneo de los tres magos?-inquirió Harry.- ¿Han pensado alguna otra cosa para entrar?-
-Le pregunté a McGonagall cómo escogían a los campeones, pero no me lo dijo.-repuso George con amargura.- Me mandó callar y seguir con la transformación del mapache.
-Me gustaría saber cuáles serán las pruebas.-comentó Ron pensativo.- Porque yo creo que nosotros podríamos hacerlo, Harry. Hemos hecho antes cosas muy peligrosas.
-Claro, ustedes solos.-murmuró Tabatha por lo bajo.
-No delante de un tribunal.-replicó Fred.- McGonagall dice que puntuarán a los campeones según cómo lleven a cabo las pruebas.
-¿Quiénes son los jueces?-preguntó Harry.
-Bueno, los directores de los colegios participantes deben de formar parte del tribunal.-declaró Hermione, y todos se volvieron hacia ella, bastante sorprendidos.- Porque los tres resultaron heridos durante el torneo de mil setecientos noventa y dos, cuando se soltó un basilisco que tenían que atrapar los campeones.
Ella advirtió cómo la miraban y, con su acostumbrado aire de impaciencia cuando veía que nadie había leído los libros que ella conocía, explicó:
-Está todo en Historia de Hogwarts. Aunque, desde luego, ese libro no es muy de fiar. Un título más adecuado sería Historia censurada de Hogwarts, o bien Historia tendenciosa y selectiva de Hogwarts, que pasa por alto los aspectos menos favorecedores del colegio.
-¿De qué hablas?-preguntó Ron.
-No la hagas hablar…-pidió Tabatha.
-¡De los elfos domésticos!-la interrumpió Hermione en voz alta.- ¡Ni una sola vez, en más de mil páginas, hace la Historia de Hogwarts una sola mención a que somos cómplices de la opresión de un centenar de esclavos!-Harry movió la cabeza a un lado y otro con desaprobación y se dedicó a los huevos revueltos que tenía en el plato.- ¿Son conscientes de que son criaturas mágicas que no perciben sueldo y trabajan en condiciones de esclavitud las que les cambian las sábanas, encienden el fuego, limpian las aulas y preparan la comida?-les decía furiosa.
-Creo que encontré a un nuevo miembro.-habló Tabatha, cuando un grupo de Hufflepuff ingresó al Gran Comedor.
-¿Y qué estás esperando?-exclamó Hermione, estampándole una razonable cantidad de insignias de PEDDO, en las manos.- Asegúrate que las tengan en todo momento.
-Como digas.-la pelirroja rodó los ojos y corrió el banco hacia atrás. La castaña prosiguió con los reclamos sobre los trabajos de los elfos, pero su voz dejó de escucharse cuando Tabatha llegó a la mesa de los tejones.
-Hey, Cedric, voltea.-habló uno de los alumnos de Hufflepuff.- Alguien vino a verte.-la mayoría de los estudiantes de esa casa, conocían a Tabatha (no solo por ser la Niña que Vivió, sino también por ser la novia del Capitán de Quidditch)
El chico Diggory giró la cabeza hacia el costado y sonrió, haciéndose un lado en el banco.
-Que agradable sorpresa.-comentó, mientras besaba la mejilla de Tabatha.- Nunca te habías unido a nosotros en el desayuno.-
-Siempre hay una primera vez para todo.-Tabatha sonrió nerviosamente. Las miradas de las chicas de Hufflepuff, la ponían nerviosa.- ¿Podemos hablar un momento…a solas?-pidió.
-Claro, claro.-Cedric se disculpó con sus compañeros y junto a la pelirroja, abandonaron el Gran Comedor. Se sentaron en los grandes ventanales del pasillo y aguardaron a que pasase un grupo de estudiantes.- ¿Y bien?-
-¿Vistes el cartel sobre el Torneo?-respondió Tabatha, con otra pregunta.
-Sí, todo el colegio lo vio.-aseguró el chico.
-¿Sigues pensando en concursar?-inquirió la pelirroja.
-No estaría mal un poco de adrenalina, ¿no?-Tabatha trago saliva y trato de mantener estable el tono de voz.
-Adrenalina.-repitió, mordiéndose la lengua.- ¿Escuchaste lo que dijo Dumbledore, no?-el chico asintió.- ¿No te importaría terminar herido o, en el peor de los casos, muerto?
Cedric sonrió y tomó las manos de Tabatha.
-Todo irá bien.-aseguró.- Aparte, no soy el único que quiere participar. Hay un montón de alumnos que quieren ser elegidos. No creo que, justamente, salga mi nombre y sea yo quién represente a Hogwarts.-
-¿Y si mejor no pones tu nombre?-
-Te repito, cabe la posibilidad que sea otro el elegido.-el chico depositó un suave beso y luego se puso de pie, yendo hacia el interior del Comedor.
Tabatha se quedó sentada y un poco desesperanzada. No quería que nada le pasase a Cedric.
-Escucha, Hermione, ¿has estado alguna vez en las cocinas?-preguntó George, una vez que la pelirroja se volvió a reunir con ellos.
-No, claro que no.-respondió la castaña de manera cortante.- Se supone que los alumnos no...-
-Bueno, pues nosotros sí.-la interrumpió George, señalando a Fred.-Un montón de veces, para buscar comida. Y los conocemos, y sabemos que son felices. Piensan que tienen el mejor trabajo del mundo.
-¡Eso es porque no están educados! Les han lavado el cerebro y...-comenzó a decir Hermione acaloradamente, pero las siguientes palabras quedaron ahogadas por el ruido de batir de alas encima de sus cabezas que anunciaba la llegada de las lechuzas mensajeras.
Harry levantó la vista inmediatamente, y vio a Hedwig, que volaba hacia él. Hermione se calló de repente. Ella, Tabatha y Ron miraron nerviosos a Hedwig, que revoloteó hasta el hombro de su dueño, plegó las alas y levantó la pata con cansancio. Harry le desprendió la respuesta de Sirius de la pata y le ofreció los restos de su tocino. Luego, tras asegurarse de que Fred y George habían vuelto a sumergirse en nuevas discusiones sobre el Torneo de los tres magos, Harry leyó en un susurro.
Esa mentira te honra, Harry.
Ya he vuelto al país y estoy bien escondido. Quiero que me envíes lechuzas contándome cuanto sucede en Hogwarts. No uses a Hedwig. Emplea diferentes lechuzas, y no te preocupes por mí: cuida de ti mismo. No olvides lo que te dije de la cicatriz.
Sirius
-Te lo dije.-habló Tabatha, con el ceño a medio fruncir.
-¿Por qué tienes que usar diferentes lechuzas?-preguntó Ron en voz baja.
-Porque Hedwig atrae demasiado la atención.-respondió Hermione de inmediato.- Es muy llamativa. Una lechuza blanca yendo y viniendo a donde quiera que se haya ocultado... Como no es un ave autóctona...-
Harry enrolló la carta y se la metió en la túnica, preguntándose si se sentía más o menos preocupado que antes. Consideró que ya era algo que Sirius hubiera conseguido entrar en el país sin que lo atraparan. Tampoco podía negarse que la idea de que su padrino estuviera mucho más cerca era tranquilizadora. Por lo menos, no tendría que esperar la respuesta tanto tiempo cada vez que le escribiera.
-Gracias, Hedwig.-dijo acariciándola. Ella ululó medio dormida, metió el pico un instante en la copa de zumo de naranja de Harry, y se fue, evidentemente ansiosa de echar una larga siesta en el lechucero.
-.-.-
Aquel día había en el ambiente una agradable impaciencia. Nadie estuvo muy atento a las clases, porque estaban mucho más interesados en la llegada aquella noche de la gente de Beauxbatons y Durmstrang. Hasta la clase de Pociones fue más llevadera de lo usual, porque duró media hora menos. Cuando, antes de lo acostumbrado, sonó la campana, los mellizos, Ron y Hermione salieron a toda prisa hacia la torre de Gryffindor, dejaron allí las mochilas y los libros tal como les habían indicado, se pusieron las capas y volvieron al vestíbulo.
Los jefes de las casas colocaban a sus alumnos en filas.
-Weasley, ponte bien el sombrero.-le ordenó la profesora McGonagall a Ron.- Patil, quítate esa cosa ridícula del pelo.-Parvati frunció el entrecejo y se quitó una enorme mariposa de adorno del extremo de la trenza.-Síganme, por favor.-dijo la profesora.- Los de primero delante. Sin empujar...
Bajaron en fila por la escalinata de la entrada y se alinearon delante del castillo. Era una noche fría y clara. Oscurecía, y una luna pálida brillaba ya sobre el bosque prohibido.
-Son casi las seis.-anunció Ron, consultando el reloj y mirando el camino que iba a la verja de entrada.- ¿Cómo piensen que llegarán? ¿En el tren?
-No creo.-contestó Hermione.
-¿Entonces cómo? ¿En escoba?-quiso saber Harry, levantando la vista al cielo estrellado.
-No creo tampoco... no desde tan lejos...-
-¿En traslador?-sugirió la pelirroja.- ¿Pueden aparecerse? A lo mejor en sus países está permitido aparecerse antes de los diecisiete años.
-Nadie puede aparecerse dentro de los terrenos de Hogwarts. ¿Cuántas veces se los tengo que decir?-exclamó Hermione perdiendo la paciencia.
Escudriñaron nerviosos los terrenos del colegio, que se oscurecían cada vez más. No se movía nada por allí. Todo estaba en calma, silencioso y exactamente igual que siempre. Harry empezaba a tener un poco de frío, y confió en que se dieran prisa. Quizá los extranjeros preparaban una llegada espectacular...
Y entonces, desde la última fila, en la que estaban todos los profesores, Dumbledore gritó:
-¡Ajá! ¡Si no me equivoco, se acercan los representantes de Beauxbatons!
-¿Por dónde?-preguntaron muchos con impaciencia, mirando en diferentes direcciones.
-¡Por allí!-gritó uno de sexto, señalando hacia el bosque.
Una cosa larga, mucho más larga que una escoba, se acercaba al castillo por el cielo azul oscuro, haciéndose cada vez más grande.
-¡Es un dragón!-gritó uno de los de primero, perdiendo los estribos por completo.
-No seas idiota... ¡es una casa volante!-le dijo Dennis Creevey.
La suposición de Dennis estaba más cerca de la realidad. Cuando la gigantesca forma negra pasó por encima de las copas de los árboles del bosque prohibido casi rozándolas, y la luz que provenía del castillo la iluminó, vieron que se trataba de un carruaje colosal, de color azul pálido y del tamaño de una casa grande, que volaba hacia ellos tirado por una docena de caballos alados de color tostado pero con la crin y la cola blancas, cada uno del tamaño de un elefante.
Las tres filas delanteras de alumnos se echaron para atrás cuando el carruaje descendió precipitadamente y aterrizó a tremenda velocidad. Entonces golpearon el suelo los cascos de los caballos, que eran más grandes que platos, metiendo tal ruido que Neville dio un salto y pisó a un alumno de Slytherin de quinto curso. Un segundo más tarde el carruaje se posó en tierra, rebotando sobre las enormes ruedas, mientras los caballos sacudían sus enormes cabezas y movían unos grandes ojos rojos.
El escudo eran dos varitas mágicas doradas cruzadas, con tres estrellas que surgían de cada una.
Un muchacho vestido con túnica de color azul pálido saltó del carruaje al suelo, hizo una inclinación, buscó con las manos durante un momento algo en el suelo del carruaje y desplegó una escalerilla dorada. Respetuosamente, retrocedió un paso. Entonces se vio un zapato negro brillante, con tacón alto, que salía del interior del carruaje. Era un zapato del mismo tamaño que un trineo infantil. Al zapato le siguió, casi inmediatamente, la mujer más grande que habían visto nunca. Las dimensiones del carruaje y de los caballos quedaron inmediatamente explicadas. Algunos ahogaron un grito. Al dar unos pasos entró de lleno en la zona iluminada por la luz del vestíbulo, y ésta reveló un hermoso rostro de piel morena, unos ojos cristalinos grandes y negros, y una nariz afilada. Llevaba el pelo recogido por detrás, en la base del cuello, en un moño reluciente. Sus ropas eran de satén negro, y una multitud de cuentas de ópalo brillaban alrededor de la garganta y en sus gruesos dedos. Dumbledore comenzó a aplaudir. Los estudiantes, imitando a su director, aplaudieron también, muchos de ellos de puntillas para ver mejor a la mujer.
Sonriendo graciosamente, ella avanzó hacia Dumbledore y extendió una mano reluciente. Aunque Dumbledore era alto, apenas tuvo que inclinarse para besársela.
-Mi querida Madame Maxime.-dijo.-Bienvenida a Hogwarts.
-Dumbledog…-repuso Madame Maxime, con una voz profunda.-…espego que esté bien.
-En excelente forma, gracias.-respondió el director.
-Mis alumnos.-dijo la mujer, señalando tras ella con gesto lánguido.
Unos doce alumnos, chicos y chicas, todos los cuales parecían hallarse cerca de los veinte años, habían salido del carruaje y se encontraban detrás de Madame Maxime. Estaban tiritando, lo que no era nada extraño dado que las túnicas que llevaban parecían de seda fina, y ninguno de ellos tenía capa. Algunos se habían puesto bufandas o chales por la cabeza. Todos miraban el castillo de Hogwarts con aprensión.
-¿Ha llegado ya Kagkagov?-preguntó Madame Maxime.
-Se presentará de un momento a otro.-aseguró Dumbledore.- ¿Prefieren esperar aquí para saludarlo o pasar a calentarse un poco?
-Lo segundo, me paguece.-respondió la mujer.- Pego los caballos...
-Nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas se encargará de ellos encantado.-declaró Dumbledore.-En cuanto vuelva de solucionar una pequeña dificultad que le ha surgido con alguna de sus otras... obligaciones.
-Con los Escregutos.-susurró Ron.
-Mis cogceles**guequieguen... eh... una mano podegosa.-explicó Madame Maxime, como si dudara que un simple profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas fuera capaz de hacer el trabajo.-Son muy fuegtes...
-Le aseguro que Hagrid podrá hacerlo.-dijo Dumbledore, sonriendo.
-Muy bien.-asintió la directora, haciendo una leve inclinación.-Y, pog favog, dígale a ese pgofesog Haggid que estos caballos solamente beben whisky de malta pugo.
-Descuide.-dijo Dumbledore, inclinándose a su vez.
-¡Allons-y!-les dijo imperiosamente Madame Maxime a sus estudiantes, y los alumnos de Hogwarts se apartaron para dejarlos pasar y subir la escalinata de piedra.
-¿Qué tamaño calculan que tendrán los caballos de Durmstrang?-dijo Seamus Finnigan, inclinándose para dirigirse a Harry y Ron entre Lavender y Parvati.
-Si son más grandes que éstos, ni siquiera Hagrid podrá manejarlos.-contestó Harry.- Y eso si no lo han atacado los Escregutos. Me pregunto qué le habrá ocurrido.
-A lo mejor han escapado.-dijo Ron, esperanzado.
-¡Ah, no digas eso!-repuso Hermione, con un escalofrío.- Me imagino a todos esos sueltos por ahí...
Para entonces ya tiritaban de frío esperando la llegada de la representación de Durmstrang. La mayoría miraba al cielo esperando ver algo. Durante unos minutos, el silencio sólo fue roto por los bufidos y el piafar de los enormes caballos de Madame Maxime. Pero entonces...
-¿No oyen algo?-preguntó Tabatha repentinamente.
Harry escuchó. Un ruido misterioso, fuerte y extraño llegaba a ellos desde las tinieblas. Era un rumor amortiguado y un sonido de succión, como si una inmensa aspiradora pasara por el lecho de un río...
-¡El lago!-gritó Lee Jordan, señalando hacia él.- ¡Miren el lago!
Desde su posición en lo alto de la ladera, desde la que se divisaban los terrenos del colegio, tenían una buena perspectiva de la lisa superficie negra del agua. Y en aquellos momentos esta superficie no era lisa en absoluto. Algo se agitaba bajo el centro del lago. Aparecieron grandes burbujas, y luego se formaron unas olas que iban a morir a las embarradas orillas. Por último surgió en medio del lago un remolino, como si al fondo le hubieran quitado un tapón gigante... Del centro del remolino comenzó a salir muy despacio lo que parecía un asta negra.
-¡Es un mástil!-exclamó Harry.
Lenta, majestuosamente, el barco fue surgiendo del agua, brillando a la luz de la luna. Producía una extraña impresión de cadáver, como si fuera un barco hundido y resucitado, y las pálidas luces que relucían en las portillas daban la impresión de ojos fantasmales. Finalmente, con un sonoro chapoteo, el barco emergió en su totalidad, balanceándose en las aguas turbulentas, y comenzó a surcar el lago hacia tierra. Un momento después oyeron la caída de un ancla arrojada al bajío y el sordo ruido de una tabla tendida hasta la orilla. A la luz de las portillas del barco, vieron las siluetas de la gente que desembarcaba. Todos ellos, según le pareció a Harry, tenían la constitución de Crabbe y Goyle... pero luego, cuando se aproximaron más, subiendo por la explanada hacia la luz que provenía del vestíbulo, vio que su corpulencia se debía en realidad a que todos llevaban puestas unas capas de algún tipo de piel muy tupida. El que iba delante llevaba una piel de distinto tipo: lisa y plateada como su cabello.
-¡Dumbledore!-gritó efusivamente mientras subía la ladera.- ¿Cómo estás, mi viejo compañero, cómo estás?
-¡Estupendamente, gracias, profesor Karkarov!-respondió Dumbledore.
Karkarov tenía una voz pastosa y afectada. Cuando llegó a una zona bien iluminada, vieron que era alto y delgado como Dumbledore, pero llevaba corto el blanco cabello, y la perilla no ocultaba del todo el mentón poco pronunciado. Al llegar ante Dumbledore, le estrechó la mano.
-El viejo Hogwarts.-dijo, levantando la vista hacia el castillo y sonriendo. Tenía los dientes bastante amarillos, y la sonrisa no incluía los ojos, que mantenían su expresión de astucia y frialdad.-Es estupendo estar aquí, es estupendo... Viktor, ve para allá, al calor... ¿No te importa, Dumbledore? Es que Viktor tiene un leve resfriado...- indicó por señas a uno de sus estudiantes que se adelantara. Cuando el muchacho pasó, su nariz, prominente y curva, y las espesas cejas negras se hicieron notar. Para reconocer aquel perfil no necesitaba el golpe que
Tabatha ahogo un gemido y se prendió del brazo de Ron.
¡Es Krum!-exclamaron al mismo tiempo.
..*
¡CAPÍTULO 100!