"Los mellizos Potter" — capítulo 101
Capítulo 16:
El Cáliz de fuego
-¡No me lo puedo creer!-exclamó Ron asombrado cuando los alumnos de Hogwarts, formados en fila, volvían a subir la escalinata tras la comitiva de Durmstrang.- ¡Krum, Tab! ¡Es Viktor Krum!
-¡Chicos, por Dios, no es más que un jugador de Quidditch!-dijo Hermione.
-¿Nada más que un jugador de Quidditch?-repitió la pelirroja, mirándola como si no pudiera dar crédito a sus oídos.- ¡Es uno de los mejores buscadores del mundo, Hermione! ¡Nunca me hubiera imaginado que aún fuera al colegio!
Cuando volvían a cruzar el vestíbulo con el resto de los estudiantes de Hogwarts, de camino al Gran Comedor, Harry vio a Lee Jordan dando saltos en vertical para poder distinguir la nuca de Krum. Unas chicas de sexto revolvían en sus bolsillos mientras caminaban.
-¡Ah, es increíble, no llevo ni una simple pluma! ¿Crees que accedería a firmarme un autógrafo en el sombrero con mi lápiz de labios?
-¡Pero bueno!-bufó Hermione muy altanera al adelantar a las chicas, que habían empezado a pelearse por el lápiz de labios.
-Voy a intentar conseguir su autógrafo.-dijo Ron.- No llevarás una pluma, ¿verdad, Tab?
-Las dejé todas en la mochila.-se lamentó.
Se dirigieron a la mesa de Gryffindor. Ron puso mucho interés en sentarse orientado hacia la puerta de entrada, porque Krum y sus compañeros de Durmstrang seguían amontonados junto a ella sin saber dónde sentarse. Los alumnos de Beauxbatons se habían puesto en la mesa de Ravenclaw y observaban el Gran Comedor con expresión crítica. Tres de ellos se sujetaban aún bufandas o chales en torno a la cabeza.
-No hace tanto frío.-dijo Hermione, molesta.- ¿Por qué no han traído capa?
-¡Aquí! ¡Ven a sentarte aquí!-chilló Ron entre dientes.- ¡Aquí! Hermione, hazte a un lado para hacerle sitio...
-¿Qué?-inquirió la chica, mostrándose ofendida.
-Demasiado tarde.-se lamentó Tabatha con amargura.
Viktor Krum y sus compañeros de Durmstrang se habían colocado en la mesa de Slytherin. Harry vio que Malfoy, Crabbe y Goyle parecían muy ufanos por este hecho. En el instante en que miró, Malfoy se inclinaba un poco para dirigirse a Krum.
-Sí, muy bien, hazle la pelota, Malfoy.-dijo Ron de forma mordaz.-Apuesto algo a que Krum no tarda en calarte... Seguro que tiene montones de gente lisonjeándolo todo el día... ¿Dónde creéis que dormirán? Podríamos hacerle sitio en nuestro dormitorio, Harry... No me importaría dejarle mi cama. Yo puedo dormir en una plegable.
Hermione exhaló un sonoro resoplido.
-Parece que están mucho más contentos que los de Beauxbatons.-comentó Harry.
Los alumnos de Durmstrang se quitaban las pesadas pieles y miraban con expresión de interés el negro techo lleno de estrellas. Dos de ellos cogían los platos y las copas de oro y los examinaban, aparentemente muy impresionados.
En el fondo, en la mesa de los profesores, Filch, estaba añadiendo sillas. Como la ocasión lo merecía, llevaba puesto su frac viejo y enmohecido. Él añadió cuatro sillas, dos a cada lado de Dumbledore.
-Pero sólo hay dos profesores más.-se extrañó Harry.- ¿Por qué Filch pone cuatro sillas? ¿Quién más va a venir?
-¿Eh?-dijo Ron un poco ido. Seguía observando a Krum con avidez.
Habiendo entrado todos los alumnos en el Gran Comedor y una vez sentados a las mesas de sus respectivas casas, empezaron a entrar en fila los profesores, que se encaminaron a la mesa del fondo y ocuparon sus asientos. Los últimos en la fila eran el profesor Dumbledore, el profesor Karkarov y Madame Maxime. Al ver aparecer a su directora, los alumnos de Beauxbatons se pusieron inmediatamente en pie. Algunos de los de Hogwarts se rieron. El grupo de Beauxbatons no pareció avergonzarse en absoluto, y no volvió a ocupar sus asientos hasta que Madame Maxime se hubo sentado a la izquierda de Dumbledore. Éste, sin embargo, permaneció en pie, y el silencio cayó sobre el Gran Comedor.
-Buenas noches, damas, caballeros, fantasmas y, muy especialmente, buenas noches a nuestros huéspedes.-dijo Dumbledore, dirigiendo una sonrisa a los estudiantes extranjeros.- Es para mí un placer darles la bienvenida a Hogwarts. Deseo que su estancia aquí les resulte al mismo tiempo confortable y placentero, y confío en que así sea.-
Una de las chicas de Beauxbatons, que seguía aferrando la bufanda con que se envolvía la cabeza, profirió lo que inconfundiblemente era una risa despectiva.
-¡Nadie te obliga a quedarte!-susurró Hermione, irritada con ella.
-El Torneo quedará oficialmente abierto al final del banquete.-explicó Dumbledore.- ¡Ahora los invito a todos a comer, a beber y a disfrutar como si estuvieran en su casa!
Como de costumbre, las fuentes que tenían delante se llenaron de comida. Los elfos domésticos parecían haber tocado todos los registros. Ante ellos tenían la mayor variedad de platos que hubieran visto nunca, incluidos algunos que eran evidentemente extranjeros.
-¿Qué es esto?-dijo Ron, señalando una larga sopera llena de una especie de guiso de marisco que había al lado de un familiar pastel de carne y riñones.
-Bullabesa.-repuso Hermione.
-Por si acaso, tuya.-replicó Ron.
-Es un plato francés.-explicó Hermione.- Lo probé en vacaciones, este verano no, el anterior, y es muy rica.
-Te creo sin necesidad de probarla.-dijo Ron sirviéndose pastel.
El Gran Comedor parecía mucho más lleno de lo usual, aunque había tan sólo unos veinte estudiantes más que de costumbre. Quizá fuera porque sus uniformes, que eran de colores diferentes, destacaban muy claramente contra el negro de las túnicas de Hogwarts. Una vez desprendidos de sus pieles, los alumnos de Durmstrang mostraban túnicas de color rojo sangre.
A los veinte minutos de banquete, Hagrid entró furtivamente en el Gran Comedor a través de la puerta que estaba situada detrás de la mesa de los profesores. Ocupó su silla en un extremo de la mesa y saludó a los mellizos, Ron y Hermione con la mano vendada.
-¿Están bien los Escregutos, Hagrid?-le preguntó Harry.
-Prosperando.-respondió el guardabosque, muy contento.
-Sí, estoy seguro de que prosperan.-dijo Ron en voz baja.- Parece que por fin han encontrado algo de comer que les gusta, ¿verdad? ¡Los dedos de Hagrid!
En aquel momento dijo una voz:
-Pegdonad, ¿no queguéis**bouillabaise?
Se trataba de la misma chica de Beauxbatons que se había reído durante el discurso de Dumbledore. Al fin se había quitado la bufanda. Una larga cortina de pelo rubio plateado le caía casi hasta la cintura. Tenía los ojos muy azules y los dientes muy blancos y regulares.
Ron se puso colorado. La miró, abrió la boca para contestar, pero de ella no salió nada más que un débil gorjeo.
-Puedes llevártela.-aseguró, acercándole la sopera.
-¿Han tegminado con ella?
-Sí.-repuso Ron sin aliento.- Sí, es deliciosa.
La chica tomó la sopera y se la llevó con cuidado a la mesa de Ravenclaw.
Ron seguía mirándola con ojos desorbitados, como si nunca hubiera visto una chica. Harry se echó a reír, y el sonido de su risa pareció sacar a Ron de su ensimismamiento.
-¡Es una Veela!-le dijo a Harry con voz ronca.
-¡Por supuesto que no lo es!-repuso Hermione ásperamente.-No veo que nadie más se haya quedado mirándola con la boca abierta como un idiota.
Pero no estaba totalmente en lo cierto. Cuando la chica cruzó el Gran Comedor muchos chicos volvieron la cabeza, y algunos se quedaban sin habla, igual que Ron.
-¡Te digo que no es una chica normal!-exclamó Ron, haciéndose a un lado para verla mejor.- ¡Las de Hogwarts no están tan bien!
-En Hogwarts las hay que están muy bien.-contestó Harry, sin pensar.
-Qué lindo eres, James.-Tabatha le apretó una de las mejillas, pero el azabache no se refería a su hermana. Daba la casualidad de que Cho Chang estaba sentada a unas pocas sillas de distancia de la chica del pelo plateado.
-Cuando puedan apartar la vista de ahí.-habló Hermione.-Verán quién acaba de llegar.
Señaló la mesa de los profesores, donde ya se habían ocupado los dos asientos vacíos. Ludo Bagman estaba sentado al otro lado del profesor Karkarov, en tanto que el señor Crouch, ocupaba el asiento que había al lado de Madame Maxime.
-¿Qué hacen aquí?-preguntó Harry sorprendido.
-Son los que han organizado el Torneo de los tres magos, ¿no?-repuso Tabatha.- Supongo que querían estar presentes en la inauguración.
Cuando llegaron los postres, vieron también algunos dulces extraños. Ron examinó detenidamente una especie de crema pálida, y luego la desplazó un poco a la derecha, para que quedara bien visible desde la mesa de Ravenclaw. Pero la chica que parecía una Veela debía de haber comido ya bastante, y no se acercó a pedirla.
Una vez limpios los platos de oro, Dumbledore volvió a levantarse. Todos en el Gran Comedor parecían emocionados y nerviosos. Unos asientos más allá, Fred y George se inclinaban hacia delante, sin despegar los ojos de Dumbledore.
-Ha llegado el momento.-anunció el director, sonriendo a la multitud de rostros levantados hacia él.- El Torneo de los tres magos va a dar comienzo. Me gustaría pronunciar unas palabras para explicar algunas cosas antes de que traigan el cofre...
-¿El qué?-murmuró Harry.
Ron se encogió de hombros.
-... sólo para aclarar en qué consiste el procedimiento que vamos a seguir. Pero antes, para aquellos que no los conocen, permítanme que les presente al señor Bartemius Crouch, director del Departamento de Cooperación Mágica Internacional.-hubo un asomo de aplauso cortés.-Y al señor Ludo Bagman, director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos.-aplaudieron mucho más a Bagman, tal vez a causa de su fama como golpeador de Quidditch, o tal vez simplemente porque tenía un aspecto mucho más simpático. Este agradeció los aplausos con un jovial gesto de la mano, mientras que Bartemius Crouch no saludó ni sonrió al ser presentado.-Los señores Bagman y Crouch han trabajado sin descanso durante los últimos meses en los preparativos del Torneo de los tres magos.-continuó Dumbledore.-Y estarán conmigo, con el profesor Karkarov y con Madame Maxime en el tribunal que juzgará los esfuerzos de los campeones.-a la mención de la palabra campeones, la atención de los alumnos aumentó aún más.-Señor Filch, si tiene usted la bondad de traer el cofre...-el celador, se acercó con una gran caja de madera con joyas incrustadas. Parecía extraordinariamente vieja. De entre los alumnos se alzaron murmullos de interés y emoción.
-Los señores Crouch y Bagman han examinado ya las instrucciones para las pruebas que los campeones tendrán que afrontar.-prosiguió Dumbledore mientras Filch colocaba con cuidado el cofre en la mesa, ante él.-Y han dispuesto todos los preparativos necesarios para ellas. Habrá tres pruebas, espaciadas en el curso escolar, que medirán a los campeones en muchos aspectos diferentes: sus habilidades mágicas, su osadía, sus dotes de deducción y, por supuesto, su capacidad para sortear el peligro.
En el Gran Comedor se hizo un silencio tan absoluto que nadie parecía respirar.
-Como todos saben, en el Torneo compiten tres campeones.-continuó Dumbledore con tranquilidad.-Uno por cada colegio participante. Se puntuará la perfección con que lleven a cabo cada una de las pruebas y el campeón que después de la tercera tarea haya obtenido la puntuación más alta se alzará con la Copa de los tres magos. Los campeones serán elegidos por un juez imparcial: el Cáliz de Fuego.
Dumbledore sacó la varita mágica y golpeó con ella tres veces en la parte superior del cofre. La tapa se levantó lentamente con un crujido. Introdujo una mano para sacar un gran Cáliz de madera toscamente tallada. No habría llamado la atención de no ser porque estaba lleno hasta el borde de unas temblorosas llamas de color blanco azulado. Cerró el cofre y con cuidado lo colocó sobre la tapa, para que todos los presentes pudieran verlo bien.
-Todo el que quiera proponerse para campeón tiene que escribir su nombre y el de su colegio en un trozo de pergamino con letra bien clara, y echarlo al Cáliz.-explicó.-Los aspirantes a campeones disponen de veinticuatro horas para hacerlo. Mañana, festividad de Halloween, por la noche, el Cáliz nos devolverá los nombres de los tres campeones a los que haya considerado más dignos de representar a sus colegios. Esta misma noche el Cáliz quedará expuesto en el vestíbulo, accesible a todos aquellos que quieran competir. Para asegurarme de que ningún estudiante menor de edad sucumbe a la tentación.-prosiguió Dumbledore, echando una mirada hacia los gemelos Weasley.-…trazaré una raya de edad alrededor, una vez que lo hayamos colocado en el vestíbulo. No podrá cruzar la línea nadie que no haya cumplido los diecisiete años. Por último, quiero recalcar a todos los que estén pensando en competir que hay que meditar muy bien antes de entrar en el Torneo. Cuando el Cáliz de Fuego haya seleccionado a un campeón, él o ella estarán obligados a continuar en el Torneo hasta el final. Al echar sus nombres están firmando un contrato mágico de tipo vinculante. Una vez convertido en campeón, nadie puede arrepentirse. Así que deben estar muy seguros antes de ofrecer su candidatura. Y ahora me parece que ya es hora de ir a la cama. Buenas noches a todos.
-¡Una raya de edad!-dijo Fred con ojos chispeantes de camino hacia la puerta que daba al vestíbulo.-Bueno, creo que bastará con una poción envejecedora para burlarla. Y, una vez que el nombre de alguien esté adentro, ya no podrán hacer nada. Al cáliz le da igual que uno tenga diecisiete años o no.
-Pero no creo que nadie menor de diecisiete años tenga ninguna posibilidad.-objetó Hermione.- No hemos aprendido bastante...
-Habla por ti.-replicó George.- Tú lo vas a intentar, ¿no, Harry?-
Tabatha le lanzó una mirada inquisidora. El azabache pensó un momento en la insistencia de Dumbledore en que nadie se ofreciera como candidato si no había cumplido los diecisiete años, pero luego volvió a imaginarse a sí mismo ganando el Torneo de los tres magos... Se preguntó hasta qué punto se enfadaría el director si alguien por debajo de los diecisiete hallaba la manera de cruzar la raya de edad...
-¿Dónde está?-dijo Ron, que no escuchaba una palabra de la conversación, porque escrutaba la multitud para ver dónde se encontraba Krum.- Dumbledore no ha dicho nada de dónde van a dormir los de Durmstrang, ¿verdad?
Pero su pregunta quedó respondida al instante. Habían llegado a la altura de la mesa de Slytherin, y Karkarov les metía prisa en aquel momento a sus alumnos.
-Al barco, vamos.-ordenaba.- ¿Cómo te encuentras, Viktor? ¿Has comido bastante? ¿Quieres que pida que te preparen un ponche en las cocinas?
Krum negaba con la cabeza mientras se ponía su capa de pieles.
-Profesor, a mí sí me gustaría tomar un ponche.-dijo otro de los alumnos de Durmstrang.
-No te lo he ofrecido a ti, Poliakov .-contestó con brusquedad Karkarov, de cuyo rostro había desaparecido todo aire paternal.- Ya veo que has vuelto a mancharte de comida la pechera de la túnica, niño indeseable...
Karkarov se volvió y marchó hacia la puerta por delante de sus alumnos. Llegó a ella exactamente al mismo tiempo que los mellizos, Ron y Hermione. Harry se detuvo para cederle el paso.
-Gracias.-dijo Karkarov despreocupadamente, echándole una mirada. Y de repente se quedó como helado. Volvió a mirar a Harry y dejó los ojos fijos en él, como si no pudiera creer lo que veía. Detrás de su director, también se detuvieron los alumnos de Durmstrang. Muy lentamente, los ojos de Karkarov fueron ascendiendo por la cara de Harry hasta llegar a la cicatriz. También sus alumnos los observaban con curiosidad. Por el rabillo del ojo, Harry veía en sus caras la expresión de haber caído en la cuenta de algo. El chico que se había manchado de comida la pechera le dio un codazo a la chica que estaba a su lado y señaló sin disimulo la frente de Harry.
-Sí, es Harry Potter.-dijo desde detrás de ellos una voz gruñona.-Y esa…la pelirroja, debe de ser su hermana.-
El profesor Karkarov se dio la vuelta. Ojoloco Moody estaba allí, apoyando todo su peso en el bastón y observando con su ojo mágico, sin parpadear, al director de Durmstrang.
Ante los ojos de Harry, Karkarov palideció y le dirigió a Moody una mirada terrible, mezcla de furia y miedo.
-¡Tú!-exclamó, mirando a Moody como si no diera crédito a sus ojos.
-Sí, yo.-contestó Ojoloco muy serio.- Y, a no ser que tengas algo que decirle a Potter, Karkarov, deberías salir. Estás obstruyendo el paso.
Era cierto. La mitad de los alumnos que había en el Gran Comedor aguardaban tras ellos, y se ponían de puntillas para ver qué era lo que ocasionaba el atasco.
Sin pronunciar otra palabra, el profesor Karkarov salió con sus alumnos. Moody clavó los ojos en su espalda y, con un gesto de intenso desagrado, lo siguió con la vista hasta que se alejó.
-Bueno, Ron.-habló la pelirroja, emprendiendo el camino nuevamente.-Creo que ya sabes dónde se va a quedar Krum.-
OoOoO
Como al día siguiente era sábado, lo normal habría sido que la mayoría de los alumnos bajaran tarde a desayunar. Sin embargo, Harry, Tabatha, Ron y Hermione no fueron los únicos que se levantaron mucho antes de lo habitual en días de fiesta. Al bajar al vestíbulo vieron a unas veinte personas agrupadas allí, algunas comiendo tostadas, y todas contemplando el Cáliz de Fuego. Lo habían colocado en el centro del vestíbulo, encima del taburete sobre el que se ponía el Sombrero Seleccionador. En el suelo, a su alrededor, una fina línea de color dorado formaba un círculo de tres metros de radio.
-¿Ya ha dejado alguien su nombre?-le preguntó Ron algo nervioso a una de tercero.
-Todos los de Durmstrang.-contestó ella.- Pero de momento no he visto a ninguno de Hogwarts.
-Seguro que lo hicieron ayer después de que los demás nos acostamos.-dijo Harry.- Yo lo habría hecho así si me fuera a presentar: preferiría que no me viera nadie. ¿Y si el cáliz te manda a freír espárragos?-Tabatha lanzó una mirada de preocupación hacia la mesa de Hufflepuff. Cedric todavía no se encontraba allí.
Fred, George y Lee Jordan que bajaban corriendo la escalera. Los tres parecían muy nerviosos.
-Ya está.-les habló Fred en tono triunfal.- Acabamos de tomárnosla.
-¿El qué?-preguntó Ron.
-La poción envejecedora, cerebro de mosquito.-respondió su hermano.
-Una gota cada uno.-explicó George, frotándose las manos con júbilo.- Sólo necesitamos ser unos meses más viejos.
-Si uno de nosotros gana, repartiremos el premio entre los tres.-añadió Lee, con una amplia sonrisa.
-No estoy muy convencida de que funcione, ¿saben?-habló Hermione.
-Estoy de acuerdo.-acotó la pelirroja.-Seguro que Dumbledore ha pensado en eso.-los gemelos y Lee no les hicieron caso.
-¿Listos?-preguntó Fred a los otros dos, temblando de emoción.- Entonces, vamos. Yo voy primero...
Él sacó del bolsillo un pedazo de pergamino con las palabras: Fred Weasley, Hogwarts. Avanzó hasta el borde de la línea y se quedó allí, balanceándose sobre las puntas de los pies como un saltador de trampolín. Luego, observado por todos los que estaban en el vestíbulo, tomó aire y dio un paso para cruzar la línea.
Durante una fracción de segundo, el truco parecía haber funcionado. George, desde luego, también lo creyó, porque profirió un grito de triunfo y avanzó tras su hermano. Pero al momento siguiente se oyó un chisporroteo, y ambos hermanos se vieron expulsados del círculo dorado como si los hubiera echado un invisible lanzador de peso. Cayeron al suelo de fría piedra a tres metros de distancia, haciéndose bastante daño, y para colmo sonó un ¡plin! y a los dos les salió de repente la misma barba larga y blanca.
En el vestíbulo, todos prorrumpieron en carcajadas. Incluso Fred y George se rieron al ponerse en pie y verse cada uno la barba del otro.
-Se los advertí.-dijo la voz profunda de alguien que parecía estar divirtiéndose, y todo el mundo se volvió para ver salir del Gran Comedor al profesor Dumbledore. Examinó a Fred y George con los ojos brillantes.- Les sugiero que vayan a ver a la señora Pomfrey.
Fred y George salieron para la enfermería acompañados por Lee, que se partía de risa, y los mellizos, Ron y Hermione, que también se reían con ganas, entraron a desayunar. Habían cambiado la decoración del Gran Comedor. Como era Halloween, una nube de murciélagos vivos revoloteaba por el techo encantado mientras cientos de calabazas lanzaban macabras sonrisas desde cada rincón. Se encaminaron hacia donde estaban Dean y Seamus, que hablaban sobre los estudiantes de Hogwarts que tenían diecisiete años o más y que podrían intentar participar.
-Corre por ahí el rumor de que Warrington se ha levantado temprano para echar el pergamino con su nombre.-le dijo Dean a Harry.- Sí, hombre, ese sujeto grande de Slytherin que parece un oso perezoso...
Harry movió la cabeza en señal de disgusto.
-¡Espero que no tengamos de campeón a nadie de Slytherin!-
-Y los de Hufflepuff hablan todos de Diggory.-acotó Seamus con desdén.- Pero no creo que quiera arriesgarse a perder su belleza.
-¿Por qué todos dicen eso?-protestó Tabatha.
-¡Escuchen!-interrumpió Hermione repentinamente.
En el vestíbulo estaban lanzando vítores. Se volvieron todos en sus asientos y vieron entrar en el Gran Comedor, sonriendo con un poco de vergüenza, a Angelina Johnson.
-¡Bueno, lo he hecho! ¡Acabo de echar mi nombre!-exclamó, acercándose a la mesa de Gryffindor.
-¡No puedo creerlo!-gritó Ron, impresionado.
-Pero ¿tienes diecisiete años?-inquirió Harry.
-Claro que los tiene. Porque si no le habría salido barba, ¿no?-respondió Tabatha.
-Mi cumpleaños fue la semana pasada.-explicó Angelina.
-Bueno, me alegro de que entre alguien de Gryffindor.-declaró Hermione.- ¡Espero que quedes tú, Angelina!
-Gracias, Hermione.-contestó la chica sonriéndole.
-Sí, mejor tú que Diggory el hermoso.-dijo Seamus, lo que arrancó miradas de rencor de unos de Hufflepuff que pasaban al lado, incluidas la de la pelirroja que tenía enfrente.
-¿Qué vamos a hacer hoy?-preguntó Ron cuando hubieron terminado el desayuno y salían del Gran Comedor.
-Aún no hemos bajado a visitar a Hagrid.-comentó Harry.
-Bien.-apoyó el pelirrojo.-Mientras no nos pida que donemos los dedos para que coman los Escregutos...
A Hermione se le iluminó súbitamente la cara.
-¡Acabo de darme cuenta de que todavía no le he pedido a Hagrid que se afilie a la P.E.D.D.O.!-exclamó con alegría.- ¿Quieren esperarme un momento mientras subo y tomo las insignias?-
-Claro, ve.-le aseguró Tabatha. La chica le sonrió y salió corriendo.
-Pero ¿qué pretende?-preguntó el chico Weasley, exasperado, mientras Hermione subía por la escalinata de mármol.
-Eh, Ron.-le advirtió Harry.-Por ahí viene tu amiga...
Los estudiantes de Beauxbatons estaban entrando por la puerta principal, provenientes de los terrenos del colegio, y entre ellos llegaba la chica Veela. Los que estaban alrededor del Cáliz de Fuego se echaron atrás para dejarlos pasar, y se los comían con los ojos. Madame Maxime entró en el vestíbulo detrás de sus alumnos y los hizo colocarse en fila. Uno a uno fueron cruzando la raya de edad y depositando en las llamas de un blanco azulado sus pedazos de pergamino. Cada vez que caía un nombre al fuego, éste se volvía momentáneamente rojo y arrojaba chispas.
-¿Qué crees que harán los que no sean elegidos?- susurró Ron mientras la chica Veela dejaba caer al fuego su trozo de pergamino.- ¿Crees que volverán a su colegio, o se quedarán para presenciar el Torneo?-
-No lo sé.-dijo Harry.- Supongo que se quedarán, porque Madame Maxime tiene que estar en el tribunal, ¿no?
Cuando todos los estudiantes de Beauxbatons hubieron presentado sus nombres, su directora los hizo volver a salir del castillo.
-¿Dónde dormirán?-preguntó Tabatha, acercándose a la puerta y observándolos.
Un sonoro traqueteo anunció tras ellos la reaparición de Hermione, que llevaba consigo las insignias.
-¡Démonos prisa!-exclamó Ron, y bajó de un salto la escalinata de piedra, sin apartar los ojos de la chica Veela, que iba con Madame Maxime por la mitad de la explanada.
Al acercarse a la cabaña de Hagrid, al borde del bosque prohibido, el misterio de los dormitorios de los de Beauxbatons quedó disipado. El gigantesco carruaje de color azul claro en el que habían llegado estaba aparcado a unos doscientos metros de la cabaña de Hagrid, y los alumnos entraron en él nuevamente. Al lado, en un improvisado potrero, yacían los caballos de tamaño de elefantes que habían tirado del carruaje.
Harry llamó a la puerta de Hagrid, y los estruendosos ladridos de Fang respondieron al instante.
-¡Ya era hora!-exclamó el guardabosque, después de abrir la puerta de golpe y verlos.- ¡Creía que no se acordaban de dónde vivo!
-Hemos estado muy ocupados, Hag...-empezó a decir Hermione, pero se detuvo de pronto, estupefacta, al verlo.
Hagrid llevaba su mejor traje peludo de color marrón, con una corbata a cuadros amarillos y naranja. Era evidente que había tratado de peinarse usando grandes cantidades de lo que parecía aceite lubricante hasta alisar el pelo formando dos coletas. Puede que hubiera querido hacerse una coleta como la de Bill y se hubiera dado cuenta de que tenía demasiado pelo. A Hagrid aquel tocado le sentaba como a un santo dos pistolas.
-Eh... ¿dónde están los Escregutos?-quiso saber Tabatha, tratando de cambiar de tema.
-Andan entre las calabazas.-repuso Hagrid contento.-Se están poniendo grandes: ya deben de tener cerca de un metro. El único problema es que han empezado a matarse unos a otros.
-¡No!, ¿de verdad?-dijo Hermione, echándole a Ron una dura mirada para que se callara, porque éste, viendo el peinado de Hagrid, acababa de abrir la boca para comentar algo.
-Sí.-contestó el gigante con tristeza.-Pero están bien. Los he separado en cajas, y aún quedan unos veinte.
-Bueno, eso es una suerte.-comentó Ron. El guardabosque no percibió el sarcasmo de la frase.
Se sentaron a la mesa mientras Hagrid comenzaba a preparar el té, y no tardaron en hablar sobre el Torneo de los tres magos. Él parecía tan nervioso como ellos a causa del Torneo.
Terminaron comiendo con Hagrid, aunque no comieron mucho: Hagrid había preparado lo que decía que era un estofado de buey, pero, cuando Hermione sacó una garra de su plato, los cuatro amigos perdieron gran parte del apetito. Sin embargo, lo pasaron bastante bien intentando sonsacar a Hagrid cuáles iban a ser las pruebas del Torneo, especulando qué candidatos elegiría el cáliz de fuego y preguntándose si Fred y George habrían vuelto a ser barbilampiños.
A media tarde empezó a caer una lluvia suave. Resultaba muy agradable estar sentados junto al fuego, escuchando el suave golpeteo de las gotas de lluvia contra los cristales de la ventana, viendo a Hagrid zurcir calcetines y discutir con Hermione sobre los elfos domésticos, porque él se negó tajantemente a afiliarse a la P.E.D.D.O. cuando ella le mostró las insignias. A Hermione no le hizo ni pizca de gracia su negativa y volvió a guardarse la caja de las insignias en el bolsillo de la capa.
Hacia las cinco y media se hacía de noche, y Ron, los mellizos y Hermione decidieron que era el momento de volver al castillo para el banquete de Halloween. Y, lo más importante de todo, para el anuncio de los campeones de los colegios.
-Voy con vosotros.-dijo Hagrid, dejando la labor.- Esperen un segundo.
Se levantó, fue hasta la cómoda que había junto a la cama y empezó a buscar algo dentro de ella. No pusieron mucha atención hasta que un olor horrendo les llegó a las narices.
-¿Qué es eso, Hagrid?-preguntó Ron, entre toces.
-¿Qué, no les gusta?-quiso saber el guardabosque, volviéndose con una botella grande en la mano.
-¿Es una loción para después del afeitado?-preguntó Hermione con un hilo de voz.
-Eh... es agua de colonia.-murmuró Hagrid. Se había ruborizado.-Tal vez me he puesto demasiada. Voy a quitarme un poco, esperen...
Salió de la cabaña ruidosamente, y lo vieron lavarse con vigor en el barril con agua que había al otro lado de la ventana.
-¿Agua de colonia?-se preguntó Tabatha sorprendida.- ¿Hagrid?
-¿Y qué me dicen del traje y del peinado?-preguntó a su vez Harry en voz baja.
-¡Miren!-exclamó de pronto Ron, señalando algo fuera de la ventana.
Hagrid acababa de enderezarse y de volverse. Si antes se había ruborizado, aquello no había sido nada comparado con lo de aquel momento. Los cuatro echaron un vistazo por la ventana y vieron que Madame Maxime y sus alumnos acababan de salir del carruaje, evidentemente para acudir al banquete. No oían nada de lo que decía Hagrid, pero se dirigía a la directora con una expresión embelesada.
-¡Se va al castillo con ella!-exclamó Hermione, indignada.- ¡Creía que iba a ir con nosotros!
Sin siquiera volver la vista hacia la cabaña, Hagrid caminaba pesadamente a través de los terrenos de Hogwarts al lado de Madame Maxime. Detrás de ellos iban los alumnos de Beauxbatons, casi corriendo para poder seguir las enormes zancadas de los dos gigantes.
-¡Le gusta!-comentó Ron, incrédulo.-Bueno, si terminan teniendo niños, batirán un récord mundial. Seguro que pesarán alrededor de una tonelada.
Salieron de la cabaña y cerraron la puerta. Fuera estaba ya sorprendentemente oscuro. Se arrebujaron bien en la capa y empezaron a subir la cuesta.
-¡Miren, son ellos!-susurró Hermione.
El grupo de Durmstrang subía desde el lago hacia el castillo. Krum caminaba junto a Karkarov, y los otros alumnos los seguían un poco rezagados. Ron y Tabatha lo observaron emocionados, pero éste no miró a ningún lado al entrar por la puerta principal, un poco por delante de los cuatro Gryffindor.
-¡Pasó a mi lado!-chilló la pelirroja, abrazándose a Ron.- Lo vi de cerca, creo que voy a desmayarme.- Hermione rodó los ojos y la tomó del brazo.
Una vez dentro vieron que el Gran Comedor estaba casi abarrotado. Habían quitado del vestíbulo el cáliz de fuego y lo habían puesto delante de la silla vacía de Dumbledore, sobre la mesa de los profesores. Fred y George, nuevamente lampiños, parecían haber encajado bastante bien la decepción.
-Espero que salga Angelina.-comentó Fred.
-¡Yo también!-exclamó Hermione.- ¡Bueno, pronto lo sabremos!
El banquete de Halloween les pareció mucho más largo de lo habitual. Quizá porque era su segundo banquete en dos días.
Por fin, los platos de oro volvieron a su original estado inmaculado. Se produjo cierto alboroto en el salón, que se cortó casi instantáneamente cuando Dumbledore se puso en pie. Junto a él, el profesor Karkarov y Madame Maxime parecían tan tensos y expectantes como los demás. Ludo Bagman sonreía y guiñaba el ojo a varios estudiantes. El señor Crouch, en cambio, no parecía nada interesado, sino más bien aburrido.
-Bien, el cáliz está casi preparado para tomar una decisión.-anunció Dumbledore.- Según me parece, falta tan sólo un minuto. Cuando pronuncie el nombre de un campeón, le ruego que venga a esta parte del Gran Comedor, pase por la mesa de los profesores y entre en la sala de al lado.-indicó la puerta que había detrás de su mesa.-Allí recibirá las primeras instrucciones.
Sacó la varita y ejecutó con ella un amplio movimiento en el aire. De inmediato se apagaron todas las velas salvo las que estaban dentro de las calabazas y la estancia quedó casi a oscuras. No había nada en el Gran Comedor que brillara tanto como el cáliz de fuego, y el fulgor de las chispas y la blancura azulada de las llamas casi hacía daño a los ojos.
Todo el mundo miraba, expectante. Algunos consultaban los relojes.
De pronto, las llamas del cáliz se volvieron rojas, y empezaron a salir chispas. A continuación, brotó en el aire una lengua de fuego y arrojó un trozo carbonizado de pergamino. La sala entera ahogó un grito. Dumbledore tomó el trozo de pergamino y lo alejó tanto como le daba el brazo para poder leerlo a la luz de las llamas, que habían vuelto a adquirir un color blanco azulado.
-El campeón de Durmstrang...-leyó con voz alta y clara.-…será ¡Viktor Krum!-
-¡Era de imaginar!-gritó Ron, al tiempo que una tormenta de aplausos y vítores inundaba el Gran Comedor. Krum se levantó de la mesa de Slytherin y caminó hacia Dumbledore. Se volvió a la derecha, recorrió la mesa de los profesores y desapareció por la puerta hacia la sala contigua.
-¡Bravo, Viktor!-bramó Karkarov, tan fuerte que todo el mundo lo oyó incluso por encima de los aplausos.- ¡Sabía que serías tú!-
Se apagaron los aplausos y los comentarios. La atención de todo el mundo volvía a recaer sobre el Cáliz, cuyo fuego tardó unos pocos segundos en volverse nuevamente rojo. Las llamas arrojaron un segundo trozo de pergamino.
-La campeona de Beauxbatons…-dijo Dumbledore.-… ¡Fleur Delacour!
-¡Es ella, Ron!-gritó Harry, cuando la chica que parecía una Veela se puso en pie elegantemente, sacudió la cabeza para retirarse hacia atrás la amplia cortina de pelo plateado, y caminó por entre las mesas de Hufflepuff y Ravenclaw.
-¡No pensé que se decepcionasen tanto!-comentó Tabatha elevando la voz por encima del alboroto, y señalando con la cabeza al resto de los alumnos de Beauxbatons. Dos de las chicas que no habían resultado elegidas habían roto a llorar, y sollozaban con la cabeza escondida entre los brazos.
Cuando Fleur Delacour hubo desaparecido también por la puerta, volvió a hacerse el silencio, pero esta vez era un silencio tan tenso y lleno de emoción, que casi se palpaba. El siguiente sería el campeón de Hogwarts... la lengua de fuego se alzó por tercera vez, y de su punta Dumbledore retiró un nuevo pedazo de pergamino.
-El campeón de Hogwarts…-anunció. El tiempo en que tardo en decir el nombre, había causado un pánico interno en Tabatha. Ella cruzó los dedos y apretó los labios, esperando.-…es ¡Cedric Diggory!
-¡No!-gritó la pelirroja, antes de que comiencen los aplausos. Su rostro se tornó rojo furioso y se ocultó detrás de Hermione. Todos y cada uno de los alumnos de Hufflepuff se habían puesto de repente de pie, gritando y pataleando, mientras Cedric se abría camino entre ellos, con una amplia sonrisa, y marchaba hacia la sala que había tras la mesa de los profesores. Naturalmente, los aplausos dedicados a Cedric se prolongaron tanto que Dumbledore tuvo que esperar un buen rato para poder volver a dirigirse a la concurrencia.
-¡Estupendo!-comentó en voz alta y muy contento cuando se apagaron los últimos aplausos.- Bueno, ya tenemos a nuestros tres campeones. Estoy seguro de que puedo confiar en que todos ustedes, incluyendo a los alumnos de Durmstrang y Beauxbatons, darán a sus respectivos campeones todo el apoyo que puedan. Al animarlos, todos ustedes contribuirán de forma muy significativa a...
Pero Dumbledore se calló de repente, y fue evidente para todo el mundo por qué se había interrumpido.
El fuego del cáliz había vuelto a ponerse de color rojo. Otra vez lanzaba chispas. Una larga lengua de fuego se elevó de repente en el aire y arrojó otro trozo de pergamino. Dumbledore alargó la mano y lo tomó. Lo extendió y miró el nombre que había escrito en él. Hubo una larga pausa, durante la cual el director contempló el trozo de pergamino que tenía en las manos, mientras el resto de la sala lo observaba. Finalmente, se aclaró la garganta y leyó en voz alta:
-Harry Potter.-