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"Los mellizos Potter" — capítulo 114

Capítulo 29

El Pensadero

Se abrió la puerta del despacho y Tabatha se hecho hacia atrás.

-Hola, Potter.-dijo Moody.-Entren.

Los dos hermanos obedecieron. El despacho de Dumbledore se trataba de una habitación circular, muy bonita, decorada con una hilera de retratos de anteriores directores y directoras de Hogwarts, todos los cuales estaban profundamente dormidos.

Cornelius Fudge se hallaba junto al escritorio, con sus habituales sombrero hongo de color verde lima y capa a rayas.

-¡Chicos!-saludó jovialmente, adelantándose un poco.- ¿Cómo están?

-Bien.-mintió Harry.

-Precisamente estábamos hablando de la noche en que apareció el señor Crouch en los terrenos.-explicó Fudge.-Fuiste tú quien se lo encontró, ¿verdad?

-Sí.-contestó Harry.-Pero no vi a Madame Máxime por allí, y no le habría sido fácil ocultarse, ¿verdad?-añadió, mirando a su director, quién con ojos risueños, le sonrió a espaldas de Fudge.

-Sí, bien.-dijo el Ministro sintiendo la situación un tanto embarazosa.- Estábamos a punto de bajar a dar un pequeño paseo. Si nos perdonan...tal vez sería mejor que volvieran a clase.

-Queríamos hablar con usted, profesor.-se apresuró a decir Tabatha mirando a Dumbledore, quien le dirigió una mirada rápida e inquisitiva.

-Espérenme aquí.-les indicó.-Nuestro examen de los terrenos no se prolongará demasiado.

Salieron en silencio y cerraron la puerta. Al cabo de un minuto más o menos dejaron de oírse, procedentes del corredor de abajo, los secos golpes de la pata de palo de Moody.

Los mellizos miraron a su alrededor.

-Hola, Fawkes.-saludó la pelirroja. El fénix estaba posado en su percha de oro, al lado de la puerta. Los saludó agitando en el aire su larga cola y mirándolos con ojos entornados y tiernos.

Luego de eso, se sentaron delante del escritorio de Dumbledore. Durante varios minutos se quedaron allí, contemplando a los antiguos directores del colegio, que resoplaban en sus retratos. Harry se pasó distraídamente los dedos por la cicatriz: ya no le dolía.

-Estoy mejor.-aseguró Tabatha, pasando sus manos por el largo de sus muslos y asintiendo lentamente.-Ya no me duele.-

-No sé tú, pero yo tengo esa sensación de seguridad y tranquilidad al estar aquí.-

-Sí, sí, pienso lo mismo.-la pelirroja sonrió débilmente.

Harry miró la pared  que había tras el escritorio: el Sombrero Seleccionador, remendado y andrajoso, descansaba sobre un estante. Junto a él había una urna de cristal que contenía una magnífica espada de plata con grandes rubíes incrustados en la empuñadura; era la espada de Godric Gryffindor.

La estaba contemplando, recordando cómo había llegado en su ayuda cuando lo daba todo por perdido, cuando vio que sobre la urna de cristal temblaba un punto de luz plateada. Buscó de dónde provenía aquella luz, y vio un brillante rayito que salía de un armario negro que había a su espalda, con la puerta entreabierta. Harry dudó, miró a su hermana y luego se levantó; atravesó el despacho y abrió la puerta del armario.

Había allí una vasija de piedra poco profunda, con tallas muy raras alrededor del borde: eran runas y símbolos que no conocía. La luz plateada provenía del contenido de la vasija, que no se parecía a nada que él hubiera visto nunca. No hubiera podido decir si aquella sustancia era un líquido o un gas: era de color blanco brillante, plateado, y se movía sin cesar.

-Ven a ver esto.-con un gesto de la mano, llamó a Tabatha.

Cuando la pelirroja llegó a su lado,  la superficie se agitó como el agua bajo el viento, para luego separarse formando nubecillas que se arremolinaban. Daba la sensación de ser luz licuada, o viento solidificado. Harry quiso tocarlo, averiguar qué tacto tenía, pero casi cuatro años de experiencia en el mundo mágico le habían enseñado que era muy poco prudente meter la mano en un recipiente lleno de una sustancia desconocida, así que sacó la varita de la túnica, echó una ojeada nerviosa al despacho, volvió a mirar el contenido de la vasija y lo tocó con la varita. La superficie de aquella cosa plateada comenzó a girar muy rápido.

Se inclinaron más, metiendo la cabeza en el armario. La sustancia plateada se había vuelto transparente, parecía cristal. Al principio se miraron y luego miraron dentro esperando distinguir el fondo de piedra de la vasija, y en vez de eso, bajaron la superficie de la misteriosa sustancia, vieron una enorme sala, una sala que parecían observar desde una cúpula de cristal.

Estaba apenas iluminada,  incluso podía ser subterránea, porque no tenía ventanas, sólo antorchas sujetas en argollas como las que iluminaban los muros de Hogwarts. Bajando la cara de forma que la nariz les quedó a tres centímetros escasos de aquella sustancia cristalina, delante de cada pared había varias filas de bancos, tanto más elevados cuanto más cercanos a la pared, en los que se encontraban sentados muchos  brujos de ambos sexos. En el centro exacto de la sala había una silla vacía.

Algo en ella les producía inquietud. En los brazos de la silla había unas cadenas,  como si al ocupante de la silla se lo soliera atar a ella. No parecía que perteneciera a Hogwarts: nunca habían visto en el castillo una sala como aquélla. Además, la multitud que la ocupaba se hallaba compuesta exclusivamente de adultos, y no había tantos profesores en Hogwarts. Parecían estar esperando algo, pensó, aunque no les veía más que los sombreros puntiagudos. Todos miraban en la misma dirección, sin hablar.

Como la vasija era circular, y la sala que veía, cuadrada, no distinguían lo que había en los cuatro rincones. Se inclinaron un poco más, ladeando la cabeza para poder ver...

La punta de las narices tocó la extraña sustancia.  El despacho de Dumbledore se sacudió terriblemente. Fueron propulsados de cabeza a la sustancia de la vasija...

Pero no dieron de cabeza contra el suelo de piedra: se notó caer por entre algo negro y helado, como si un remolino oscuro los succionara...y, de repente, se hallaban sentados en uno de los últimos bancos de la sala que había dentro de la vasija, un banco más elevado que los otros. Harry miró hacia arriba esperando ver la cúpula de cristal a través de la que había estado mirando, pero no había otra cosa que piedra oscura y maciza.

Respirando con dificultad, observaron a su alrededor. Ninguno de los magos y brujas de la sala los miraba. Ninguno de ellos parecía haberse dado cuenta de que dos adolescentes acababan de caer del techo y estaban sentados entre ellos. Tabatha se volvió hacia el mago que tenía a su lado, y profirió un grito de sorpresa que retumbó en toda la silenciosa sala.

Estaban sentados justo al lado de Albus Dumbledore.

-¡Profesor!-dijo en una especie de susurro ahogado.-Lo lamentamos... no pretendíamos...sólo estábamos mirando la vasija que había en su armario...nosotros... ¿Dónde estamos?

Pero Dumbledore no respondió ni se inmutó. Hizo caso omiso. Como todos los demás, estaba vuelto hacia el rincón más alejado de la sala, en el que había una puerta.

Harry miró a Dumbledore desconcertado, luego a toda la multitud que observaba en silencio, y de nuevo a Dumbledore. Y entonces comprendió...

-¿Estaremos en un recuerdo?-susurró Harry.

-Apuesto una bolsa de galeones a que es eso.-respondió la pelirroja, mordiéndose el labio.-Lo mismo pasó con el diario de Tom Riddle.-

Harry levantó la mano derecha, dudó un momento y la movió con brío delante de la cara de Dumbledore, que ni parpadeó, ni lo miró, ni hizo movimiento alguno.  Y eso, le pareció que despejaba cualquier duda. Dumbledore no lo hubiera pasado por alto de aquella manera. Se encontraba dentro de la memoria de alguien, y aquél no era el Dumbledore actual. Sin embargo, tampoco podía hacer muchísimo tiempo de aquello, porque el Dumbledore sentado a su lado ya tenía el pelo plateado.

La sala era seguramente subterránea: parecía más una mazmorra que una sala. La atmósfera del lugar era sórdida e intimidatoria. No había cuadros en las paredes, ni ningún otro tipo de decoración, sólo aquellas apretadas filas de bancos que se elevaban escalonadamente hacia las paredes, colocados para que todo el mundo tuviera una clara visión de la silla de las cadenas.

Antes de que pudieran llegar a una conclusión sobre el lugar en que se encontraban, oyeron pasos. Se abrió la puerta del rincón, y entraron tres personas...o, por lo menos, uno de ellos era una persona, porque los otros dos, que lo flanqueaban, eran Dementores.  Notaron frío en las tripas. Aquellas criaturas encapuchadas se dirigieron muy lentamente hacia el centro de la sala, donde estaba la silla, agarrando cada uno, con sus manos de aspecto putrefacto, uno de los brazos del hombre. Éste parecía a punto de desmayarse. La multitud se echó un poco para atrás cuando lo colocaron en la silla con las cadenas para luego salir de la sala. La puerta se cerró tras ellos.

Se trataba de Karkarov. A diferencia de Dumbledore, Karkarov parecía mucho más joven: tenía negros el cabello y la perilla. No llevaba sus lustrosas pieles, sino una túnica delgada y raída. Temblaba. Las cadenas de los brazos de la silla emitieron un destello dorado y solas se enroscaron como serpientes en torno a sus brazos, sujetándolo a la silla.

-Igor Karkarov.-dijo una voz seca que provenía de la izquierda de Harry. Éste se volvió y vio al señor Crouch de pie ante el banco que había a su lado. Crouch tenía el pelo oscuro, el rostro mucho menos arrugado, y parecía fuerte y enérgico.-Se lo ha traído a este lugar desde Azkaban para prestar declaración ante el Ministerio de Magia. Usted nos ha dado a entender que dispone de información importante para nosotros.  

Sujeto a la silla como estaba, Karkarov se enderezó cuanto pudo.

-Así es, señor.-dijo, y, aunque la voz le temblaba, se percibió ese conocido deje empalagoso.-Quiero ser útil al Ministerio. Quiero ayudar. Sé... sé que el Ministerio está tratando de atrapar a los últimos partidarios del Señor Tenebroso. Mi deseo es ayudar en todo lo que pueda...-se escuchó un murmullo en los bancos. Algunos de los magos y brujas examinaban a Karkarov con interés, otros con declarado recelo.

-Escoria.-dijo una voz gruñona que les resultó conocida. Se inclinaron hacia delante para ver quién estaba al otro lado de Dumbledore. Era Ojoloco Moody, aunque con aspecto muy diferente. No tenía ningún ojo mágico, sino dos normales, ambos fijos en Karkarov y relucientes de rabia. -Crouch va a soltarlo.-musitó Moody dirigiéndose a Dumbledore.-Ha llegado a un trato con él. Me ha costado seis meses encontrarlo, y Crouch va a dejarlo marchar con tal de que pronuncie suficientes nombres nuevos. Si por mí fuera, oiríamos su información y luego lo mandaríamos de vuelta con los Dementores.-por su larga nariz aguileña, Dumbledore dejó escapar un pequeño resoplido en señal de desacuerdo.- ¡Ah!, se me olvidaba...no te gustan los Dementores, ¿eh, Albus?-

-No.-reconoció Dumbledore con tranquilidad.-Me temo que no. Hace tiempo que pienso que el Ministerio se ha equivocado al aliarse con semejantes criaturas.

-Pero con escoria semejante....-replicó Moody en voz baja.

-Dice usted, Karkarov, que tiene nombres que ofrecernos.-dijo el señor Crouch.-Por favor, déjenos oírlos.-

-Tienen que comprender.-se apresuró a decir Karkarov.- Que El-que-no-debe-ser-nombrado actuaba siempre con el secretismo más riguroso...prefería que nosotros... quiero decir, sus partidarios y ahora lamento, muy profundamente, haberme contado entre ellos... -

-No te enrolles.-dijo Moody con desprecio.

-... no supiéramos los nombres de todos nuestros compañeros. Él era el único que nos conocía a todos.-

-Muy inteligente por su parte, para evitar que gente como tú, Karkarov, pudiera delatarlos a todos.-murmuró Moody.

-Aun así, usted dice que dispone de algunos nombres que ofrecernos.-observó el señor Crouch.

-Sí... sí.-contestó Karkarov entrecortadamente.- Y son nombres de partidarios importantes. Gente a la que vi con mis propios ojos cumpliendo sus órdenes. Ofrezco al Ministerio esta información como prueba de que renuncio a él plena y totalmente, y que me embarga un arrepentimiento tan profundo que a duras penas puedo...

-¿Y esos nombres son...?-lo cortó el señor Crouch.

Karkarov tomó aire.

-Estaba Antonin Dolohov.-declaró.- Lo... lo vi torturar a un sinfín de muggles y... y de gente que no era partidaria del Señor Tenebroso.

-Y lo ayudaste a hacerlo.-murmuró Moody.

-Ya hemos atrapado a Dolohov.-dijo Crouch.-Fue apresado poco después de usted.

-¿De verdad?-exclamó Karkarov, abriendo los ojos.-Me... ¡me alegro de oírlo!-pero no daba esa impresión.

-¿Hay más?-preguntó Crouch con frialdad.

-Bueno, sí... estaba Rosier.-se apresuró a decir Karkarov.-Evan Rosier.

-Rosier ha muerto.-explicó Crouch.-Lo atraparon también poco después que a usted. Prefirió resistir antes que entregarse, y murió en la lucha.

-Pero se llevó con él un trozo de mí.-susurró Moody a la derecha de Harry. Lo miró de nuevo, y vio que le indicaba a Dumbledore el trozo que le faltaba en la nariz.

-Se... ¡se lo tenía merecido!-exclamó Karkarov, con una genuina nota de pánico en la voz.

Empezaba a preocuparse por no poder dar al Ministerio ninguna información de utilidad. Los ojos de Karkarov se dirigieron a la puerta del rincón, tras la cual, sin duda, aguardaban los Dementores.

-¿Alguno más?-preguntó Crouch.

-¡Sí!-dijo Karkarov.- ¡Estaba Travers, que ayudó a matar a los McKinnons! Mulciber... Su especialidad era la maldición Imperius, ¡y obligó a un  sinfín de personas a hacer cosas horrendas! ¡Rookwood, que era espía y le pasó a El-que-no-debe-ser-nombrado mucha información desde el mismo Ministerio!

Aquella vez, Karkarov había dado en el clavo. Hubo murmullos entre la multitud.

-¿Rookwood?-preguntó el señor Crouch, haciendo un gesto con la cabeza dirigida a una bruja sentada delante de él, que comenzó a escribir en un trozo de pergamino.- ¿Augustus Rookwood, del Departamento de Misterios?

-El mismo.-confirmó Karkarov.-Creo que disponía de una red de magos ubicados en posiciones privilegiadas, tanto dentro como fuera del Ministerio, para recoger información...

-Pero a Travers y Mulciber ya los tenemos.-dijo el señor Crouch.- Muy bien, Karkarov. Si eso es todo, se lo devolverá a Azkaban mientras decidimos...

-¡No!-gritó Karkarov, desesperado.- ¡Espere, tengo más!-a la luz de las antorchas, su blanca piel contrastaba claramente con el negro del cabello y la barba.

-¡Snape!-gritó.- ¡Severus Snape!

-Snape ha sido absuelto por esta Junta.-replicó el señor Crouch con frialdad.- Albus Dumbledore ha respondido por él. 

-¡No!-gritó Karkarov, tirando de las cadenas que lo ataban a la silla.- ¡Se lo aseguro! ¡Severus Snape es un Mortifago!

Dumbledore se puso en pie.

-Ya he declarado sobre este asunto.-dijo con calma.- Es cierto que Severus Snape fue un Mortifago. Sin embargo, se pasó a nuestro lado antes de la caída de lord Voldemort y se convirtió en espía a nuestro servicio, asumiendo graves riesgos personales. Ahora no tiene de Mortifago más que yo mismo.

Harry se volvió para mirar a Ojoloco Moody. A espaldas de Dumbledore, su expresión era de escepticismo.

-Muy bien, Karkarov.-dijo Crouch fríamente.-Ha sido de ayuda. Revisaré su caso. Mientras tanto volverá a Azkaban...

La voz del señor Crouch se apagó, y los mellizos miraron a su alrededor. La mazmorra se disolvía como si fuera de humo, todo se desvanecía; sólo podían ver sus propios cuerpos: todo lo demás era una oscuridad envolvente.  Y entonces volvió la mazmorra. Estaban sentado en asientos distintos: de nuevo en el banco superior, pero esta vez a la izquierda y derecha del señor Crouch. La atmósfera parecía muy diferente: relajada, se diría que alegre. Los magos y brujas hablaban entre sí, casi como si se hallaran en algún evento deportivo. Una bruja sentada en las gradas del medio, enfrente de Harry, atrajo su atención. Tenía el pelo rubio y corto, llevaba una túnica de color fucsia y chupaba el extremo de una pluma de color verde limón: se trataba, sin duda alguna, de una Rita Skeeter más joven que la que conocía. Dumbledore se encontraba de nuevo sentado a su lado, pero vestido con una túnica diferente.

El señor Crouch parecía más cansado y demacrado, pero también más temible... Harry comprendió: se trataba de un recuerdo diferente, un día diferente, un juicio distinto.  Se abrió la puerta del rincón, y Ludo Bagman entró en la sala. Pero no era el Ludo Bagman apoltronado y fondón, sino que se hallaba claramente en la cumbre de su carrera como jugador de Quidditch: aún no tenía la nariz rota, y era alto, delgado y musculoso. Bagman parecía nervioso al sentarse en la silla de las cadenas; unas cadenas que no lo apresaron como habían hecho con Karkarov, y Bagman, tal vez animado por ello, miró a la multitud, saludó con la mano a un par de personas y logró esbozar una ligera sonrisa.

-Ludo Bagman, se lo ha traído ante la Junta de la Ley Mágica para responder de cargos relacionados con las actividades de los Mortifagos.-dijo el señor Crouch.- Hemos escuchado las pruebas que se han presentado contra usted, y nos disponemos a emitir un veredicto. ¿Tiene usted algo que añadir a su declaración antes de que dictemos sentencia?

¿Ludo Bagman un Mortifago? 

-Solamente.-dijo, sonriendo con embarazo.-Bueno, que sé que he sido bastante tonto.

Una o dos personas sonrieron con indulgencia desde los asientos. El señor Crouch no parecía compartir sus simpatías: miraba a Bagman con la más  profunda severidad y desagrado.

-Nunca dijiste nada más cierto, muchacho.-murmuró secamente alguien detrás de Harry, para que lo oyera Dumbledore. Miró y vio de nuevo a Moody.- Si no supiera que nunca ha tenido muchas luces, creería que una de esas bludgers le había afectado al cerebro...

-Ludovic Bagman, usted fue sorprendido pasando información a los partidarios de lord Voldemort.-prosiguió el señor Crouch.- Por este motivo pido para usted un período de prisión en Azkaban de no menos de...-pero de los bancos surgieron gritos de enfado. Algunos magos y brujas se habían puesto en pie y dirigían al señor Crouch gestos amenazadores alzando los puños.

-¡Pero ya les he dicho que yo no tenía ni idea!-gritó Bagman de todo corazón por encima de la algarabía, abriendo más sus redondos ojos azules.- ¡Ni la más remota idea! Rookwood era un amigo de la familia... ¡Ni se me pasó por la cabeza que pudiera estar en tratos con Quien-ustedes-saben! ¡Yo creía que la información era para los nuestros! Y Rookwood no paraba de ofrecerme un puesto en el Ministerio para cuando mis días en el Quidditch hubieran concluido, ya saben... No puedo seguir parando bludgers con la cabeza el resto de mi vida, ¿verdad?

Hubo risas entre la multitud.

-Se someterá a votación.-declaró con frialdad el señor Crouch. Se volvió hacia la derecha de la mazmorra.-El jurado tendrá la bondad de alzar la mano: los que estén a favor de la pena de prisión...

Harry, al igual que Tabatha, miraron hacia la derecha de la mazmorra: nadie levantaba la mano. Muchos de los magos y brujas de la parte superior de la sala empezaron a aplaudir. Una de las brujas del jurado se puso en pie.

-¿Sí?-preguntó Crouch.

-Simplemente, querríamos felicitar al señor Bagman por su espléndida actuación dentro del equipo de Inglaterra en el partido contra Turquía del pasado sábado.-dijo la bruja con voz entrecortada.

El señor Crouch parecía furioso. En aquel momento, la mazmorra vibraba con los aplausos. Bagman respondió a ellos poniéndose en pie, inclinándose y  sonriendo.

-Una infamia.-dijo Crouch al sentarse junto a Dumbledore, mientras Bagman salía de la sala.- Claro que Rookwood le iba a dar un puesto... el día en que Ludo entre en el Ministerio será un día muy triste...-

Y la sala volvió a desvanecerse. Cuando reapareció, los mellizos observaron a su alrededor. Ellos y Dumbledore seguían sentados al lado del señor Crouch, pero el ambiente no podía ser más distinto. El silencio era total, roto solamente por los secos sollozos de una bruja menuda y frágil que se hallaba al lado del señor Crouch. Con manos temblorosas, se apretaba un pañuelo contra la boca. Harry miró a Crouch y lo vio más demacrado y pálido que nunca. En la sien se apreciaban las contracciones de un nervio.

-Tráiganlos.-ordenó, y su voz retumbó en la silenciosa mazmorra.

La puerta del rincón volvió a abrirse. Aquella vez entraron seis Dementores flanqueando a un grupo de cuatro personas. Harry vio que todo el mundo se volvía a mirar al señor Crouch. Algunos cuchicheaban.  Las criaturas colocaron al grupo en cuatro sillas con cadenas que habían puesto en el centro de la mazmorra. Había un hombre robusto que miró a Crouch inexpresivamente; otro hombre más delgado y de aspecto nervioso, cuyos ojos recorrían la multitud; una mujer con cabello negro, brillante y espeso, y párpados caídos, que se sentó en la silla de cadenas como si fuera un trono, y un muchacho de unos veinte años que parecía petrificado: estaba temblando, y el pelo color de paja le caía sobre la cara de piel blanca como la leche y pecosa. La bruja menuda sentada al lado de Crouch comenzó a balancearse hacia atrás y hacia delante en su asiento, lloriqueando sobre el pañuelo.

Crouch se levantó. Miró a los cuatro que tenía ante él con expresión de odio.

-Se los ha traído ante la Junta de la Ley Mágica.-dijo pronunciando con claridad.-Para que podamos juzgarlos por crímenes tan atroces...

-Padre.-suplicó el muchacho del pelo color paja.- Por favor, padre...

-... que raramente este juzgado ha oído otros semejantes.-siguió Crouch, hablando más alto para ahogar la voz de su hijo.-Hemos oído las pruebas presentadas contra ustedes. Los cuatro están acusados de haber capturado a un Auror, Frank Longbottom, y haberlo sometido a la maldición Cruciatus por creerlo en conocimiento del paradero actual de su jefe exiliado, El-que-no-debe-ser-nombrado...

-¡Yo no, padre!-gritó el muchacho encadenado.- Yo no, padre, lo juro. ¡No vuelvas a enviarme con los Dementores...!

-Se los acusa también…-continuó el señor Crouch.-…de haber usado la maldición Cruciatus contra la mujer de Frank Longbottom cuando él no les proporcionó la información. Planearon restaurar en el poder a El-que-no-debe-ser-nombrado, y volver a la vida de violencia que presumiblemente llevaron ustedes mientras él fue poderoso. Ahora pido al jurado...

-¡Madre!-gritó el muchacho, y la bruja menuda que estaba junto a  Crouch sollozó con más fuerza.- ¡No lo dejes, madre! ¡Yo no lo hice, yo no fui! 

-Pido a los miembros del jurado…-prosiguió el señor Crouch.-…que levanten las manos si creen, como yo, que estos crímenes merecen la cadena perpetua en Azkaban.

Todos a la vez, los magos y brujas del lado de la derecha, levantaron las manos. La multitud de la parte superior prorrumpió en aplausos, tal cual habían hecho con Bagman, con el entusiasmo plasmado en la cara.

-¡No, madre, no!-el muchacho gritó con desesperación.-  ¡Yo no lo hice, no lo hice, no sabía! ¡No me envíes allí, no lo dejes!

Los Dementores volvieron a entrar en la sala. Los tres compañeros del muchacho se levantaron con serenidad de las sillas. La mujer de los párpados caídos miró a Crouch.

-¡El Señor Tenebroso se alzará de nuevo, Crouch!-vociferó.- ¡Échanos a Azkaban: podemos esperar! ¡Se alzará de nuevo y vendrá a buscarnos, nos recompensará más que a ningún otro de sus partidarios! ¡Sólo nosotros le hemos sido fieles! ¡Sólo nosotros hemos tratado de encontrarlo!

El muchacho, en cambio, se debatía contra los Dementores, aun cuando el frío poder absorbente de éstos empezaba a afectarlo. La multitud los insultaba, algunos puestos en pie, mientras la mujer salía de la sala con decisión y el muchacho seguía luchando.

-¡Soy tu hijo!-le gritó al señor Crouch.- ¡Soy tu hijo!

-¡Tú no eres hijo mío!-chilló el hombre, con los ojos repentinamente desorbitado.- ¡Yo no tengo ningún hijo!

La bruja menuda que estaba a su lado lanzó un gemido ahogado y se desplomó en el asiento. Se había desmayado. Crouch no parecía haberse dado cuenta.

-¡Llévenselos!-ordenó a los Dementores, salpicando saliva.- ¡Llévenselos, y que se pudran allí!

-¡Padre, padre, yo no tengo nada que ver! ¡No! ¡No! ¡Por favor, padre!

-Creo, chicos, que ya es hora de volver a mi despacho.-les dijo alguien al oído.

Ambos se sobresaltaron. Miraron a un lado y luego al otro.

Había un Albus Dumbledore sentado a su derecha, que observaba cómo se llevaban los Dementores al hijo de Crouch, y otro Albus Dumbledore a su izquierda, mirándolo a ellos.

-Vamos.-les indicó el Dumbledore de la izquierda, agarrándolos de los codos.

Notaron que se elevaban en el aire; la mazmorra se desvaneció. Por un instante la oscuridad fue total, y luego fue como si dieran una voltereta a cámara lenta y se posaran de pronto sobre sus pies en lo que parecía la luz cegadora del soleado despacho de Dumbledore. La vasija de piedra brillaba en el armario, delante de ellos, y a su lado se encontraba Albus Dumbledore.

-Profesor.-dijo Harry con voz entrecortada.-Sé que no deberíamos... no pretendíamos...la puerta del armario estaba algo abierta y...

-Lo comprendo perfectamente.-los tranquilizó Dumbledore. Levantó la vasija, la llevó a su escritorio, la puso sobre la superficie pulida y se sentó en la silla detrás de la mesa. Con una seña, les indicó a que tomaran asiento enfrente de él.

Lo hicieron, sin dejar de mirar la vasija de piedra. El contenido había vuelto a su estado original, blanco plateado, y se arremolinaba y agitaba bajo su atenta mirada.

-¿Qué es?-preguntó Tabatha, con voz temblorosa.

-¿Esto? Se llama Pensadero.-explicó Dumbledore.- A veces me  parece, y estoy seguro de que ustedes también conocen esa sensación, que tengo demasiados pensamientos y recuerdos metidos en el cerebro.

-Eh...-dijo Harry, que en realidad no podía decir que hubiera sentido nunca nada parecido.

-En esas ocasiones.-siguió Dumbledore, señalando la vasija de piedra.-Uso el Pensadero: no hay más que abrir el grifo de los pensamientos que sobran, verterlos en la vasija y examinarlos a placer. Es más fácil descubrir las pautas y las conexiones cuando están así, ¿me entienden?

-¿Quiere decir que esas cosas son sus pensamientos?-preguntó Harry,  observando la sustancia blanca que giraba en la vasija.

-Eso es.-asintió Dumbledore.- Déjenme que te lo muestre.- sacó la varita de la túnica y apoyó la punta en el canoso pelo de su sien. Al separar la varita, el pelo parecía haberse pegado a la punta, pero luego se dieron cuenta de que era una hebra brillante de la misma extraña sustancia plateada que había en el Pensadero. Dumbledore añadió a la vasija aquel nuevo pensamiento, y anonadados, vieron sus propios rostros en la superficie de la vasija.

Dumbledore colocó sus largas manos a cada lado del Pensadero y lo movió de forma parecida a un buscador de oro que buscara pepitas... y su cara se transmutaba paulatinamente en la de Snape, que abría la boca y se dirigía al techo con una voz que resonaba ligeramente:

-Está volviendo... y la de Karkarov también... más intensa y más clara que nunca...

-Una conexión que yo podría haber hecho sin ayuda.-dijo Dumbledore suspirando.-Pero no importa.-miró por encima de sus gafas de media luna a los mellizos, que a su vez miraban con la boca abierta cómo Snape seguía moviéndose en la superficie de la vasija.-Estaba utilizando el Pensadero cuando llegó el señor Fudge a nuestra cita, y lo guardé apresuradamente. Supongo que no dejé bien cerrado el armario. Es lógico que atrajera su atención.

-Lo lamentamos.-murmuró la pelirroja.

Dumbledore movió la cabeza a los lados.

-La curiosidad no es pecado.-replicó.- Pero tenemos que ser cautos con ella, claro...

Frunciendo el entrecejo ligeramente, tocó con la punta de la varita los pensamientos que había en la vasija. Al instante surgió una chica rolliza y enfurruñada de unos dieciséis años, que empezó a girar despacio, con los pies en la vasija. No vio ni a los mellizos ni al profesor Dumbledore. Al hablar, su voz resonaba como la de Snape, como si llegara de las profundidades de la vasija de piedra.

-Me echó un maleficio, profesor Dumbledore, y sólo le estaba tomando un poco el pelo, señor. Sólo le dije que lo había visto el jueves besándose con Florence detrás de los invernaderos...-

-Pero ¿por qué, Bertha?-preguntó con tristeza Dumbledore, mirando a la chica que seguía dando vueltas, en aquel momento en silencio.- Para empezar, ¿por qué tenías que seguirlo?

-¿Bertha?-susurró Harry, mirándola.- ¿Ésa es... ésa era Bertha Jorkins?

-Sí.-contestó Dumbledore, volviendo a tocar con la varita los pensamientos de la vasija; Bertha se hundió nuevamente en ellos, y la sustancia recuperó su aspecto opaco y plateado.- Era Bertha en el colegio, tal como la recuerdo.

La luz plateada del Pensadero iluminaba el rostro de Dumbledore, y a los mellizos les sorprendió de repente ver lo viejo que parecía.  

-Bueno, chicos.-dijo el director en voz baja.-Antes de que se  perdieran entre mis pensamientos, querían decirme algo.

-Sí.-los dos se miraron.- Profesor... yo estaba en clase de Adivinación, y... eh... me dormí.

-Lo puedo entender. Prosigue. 

-Bueno, y soñé. Un sueño sobre lord Voldemort. Estaba torturando a Colagusano... ya sabe usted...

-Sí, lo conozco.-asintió Dumbledore enseguida.- Continúa.

-A Voldemort le llegó una carta por medio de una lechuza. Dijo algo como que el error garrafal de Colagusano había quedado reparado. Dijo que había muerto alguien. Y luego dijo que Colagusano no tendría que servir de alimento a la serpiente. Dijo... dijo que, en vez de a él, la serpiente podría comernos a nosotros. Luego utilizó contra Colagusano la maldición Cruciatus... y la cicatriz empezó a dolerme. Me desperté porque el dolor era muy fuerte. -Tabatha se estremeció.

Dumbledore simplemente los miró.

-Eh... eso es todo.-concluyó Harry.

-Ya veo.-respondió Dumbledore en voz baja.- Ya veo. ¿Les había vuelto a doler las cicatrices este curso alguna vez, aparte de cuando lo hizo en verano?

-No, no nos...-Tabatha hizo una pausa y miró a su director.- ¿Cómo sabe usted que nos despertamos este verano con el dolor de la cicatriz?-

-Tú no eres el único que se cartea con Sirius.-explicó Dumbledore.- Yo también he estado en contacto con él desde que salió el año pasado de Hogwarts. Fui yo quien le sugirió la cueva de la ladera de la montaña como el lugar más seguro para esconderse.

Dumbledore se levantó y comenzó a pasear por detrás del escritorio. De vez en cuando se ponía en la sien la punta de la varita, se sacaba otro pensamiento brillante y plateado, y lo echaba al Pensadero. Dentro de éste, los pensamientos empezaron a girar tan rápido que no eran más que un borrón de colores.

-Profesor...- llamó Harry después de un par de minutos.

-Disculpa.-dijo, y volvió a sentarse tras el escritorio.

-¿Sabe por qué nos duele la cicatriz?

Dumbledore los observó en silencio durante un momento antes de responder.

-Tengo una teoría, nada más...me da la impresión de que les duele tanto cuando Voldemort está cerca de ustedes como cuando a él lo acomete un acceso de odio especialmente intenso.

-Pero... ¿por qué?-

-Porque ustedes y él están conectados por una maldición malograda.-explicó Dumbledore.-Esas no son cicatrices ordinarias.

-¿Y piensa que ese sueño... sucedió de verdad?-quiso saber Tabatha.

-Es posible.-admitió Dumbledore.-Diría que probable. ¿Vieron a Voldemort?

-No. Sólo la parte de atrás del asiento. Pero... no habría nada que ver, ¿verdad? Quiero decir que... no tiene cuerpo, ¿o sí? Pero... pero entonces, ¿cómo pudo sujetar la varita?-dijo Harry pensativamente.

-Buena pregunta.-murmuró Dumbledore.- Buena pregunta... -ni los mellizos ni Dumbledore hablaron durante un rato. El director tenía la vista fija en el otro lado del despacho, y de vez en cuando se ponía la punta de la varita en la sien y añadía otro pensamiento brillante y plateado a la sustancia en continuo movimiento del Pensadero.

-Profesor.-habló Tabatha al fin.- ¿Cree que está cobrando fuerzas?

-¿Voldemort?-Dumbledore la miró por encima del Pensadero. Era la misma mirada característica y penetrante que le había dirigido en otras ocasiones, y siempre les daba la impresión de que el director veía a través de ellos, de una manera en que ni siquiera podía hacerlo el ojo mágico de Moody.- Una vez más, Tabatha, me temo que sólo puedo hacer suposiciones.-Dumbledore volvió a suspirar, y de pronto pareció más viejo y más débil que nunca.-Los años del ascenso de Voldemort estuvieron salpicados de desapariciones.-explicó.- Ahora Bertha Jorkins ha desaparecido sin dejar rastro en el lugar en que Voldemort fue localizado por última vez. El señor Crouch también ha desaparecido... en estos mismos terrenos. Y ha habido una tercera desaparición, que el Ministerio, lamento tener que decirlo, no considera de importancia porque es la de un muggle. Se llama Frank Bryce; vivía en la aldea donde se crio el padre de Voldemort, y no se lo ha visto desde finales de agosto. Como ves, leo los periódicos muggles, cosa que no hacen mis amigos del Ministerio.-los miró muy serio.-Creo que estas desapariciones están relacionadas, pero el ministro no está de acuerdo conmigo, como tal vez notaran cuando esperaban a la puerta.

Ellos asintieron con la cabeza. Volvieron a quedarse en silencio, y Dumbledore, de vez en cuando, se sacaba de la cabeza un pensamiento. Harry  pensó que quizá debía marcharse, pero la curiosidad lo retuvo en la silla.

-Profesor...-.

-¿Sí, Harry?

-Eh... ¿puedo preguntarle por... esos juicios que presenciamos en el Pensadero? 

-Puedes.-contestó Dumbledore apesadumbrado.- Asistí a muchos juicios, pero algunos regresan a mi memoria con más claridad que otros...especialmente ahora...

-¿Recuerda... recuerda el juicio en que me encontró?, ¿el del hijo de Crouch? Bien... ¿se referían a los padres de Neville?-Dumbledore dirigió a Harry una mirada penetrante.

-¿No les ha contado nunca Neville por qué lo ha criado su abuela?-inquirió el director. Ellos negaron con la cabeza.-Sí, se referían a los padres de Neville.-admitió Dumbledore.- Su  padre, Frank, era un Auror, igual que el profesor Moody. Él y su mujer fueron torturados para sacarles información sobre el paradero de Voldemort después de que éste perdió su poder, tal como oyeron.

-Entonces, ¿están muertos?-preguntó Tabatha en voz baja.

-No.-respondió Dumbledore, con una amargura en la voz.-Están locos. Se encuentran los dos en el Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas. Creo que Neville va a visitarlos, con su abuela, durante las vacaciones. No lo reconocen.-la pelirroja se llevó las manos a la boca.-Los Longbottom eran muy queridos.-prosiguió Dumbledore.- El ataque contra ellos fue posterior a la caída de Voldemort, cuando todo el mundo se sentía ya a salvo. Aquello provocó una oleada de furia como no he conocido nunca. El Ministerio se sintió muy presionado para capturar a los culpables. Por desgracia, y dada la condición en que se encontraban los Longbottom, su declaración no era de fiar.

-O sea ¿que el hijo del señor Crouch podría haber sido inocente?-dijo Harry pensativamente.

-En cuanto a eso, no tengo ni idea.-

Harry se quedó callado una vez más, observando el movimiento de la sustancia del Pensadero. Había otras dos preguntas que rabiaba por hacer, pero atañían a la culpabilidad de personas que estaban vivas.

-Eh.-murmuró.-El señor Bagman...-

-Nadie lo ha vuelto a acusar de ninguna actividad tenebrosa.-contestó Dumbledore con su voz impasible.

-Bien.-dijo Harry apresuradamente, volviendo a observar el contenido del Pensadero, que giraba más despacio porque Dumbledore había dejado de añadir pensamientos.- Y... eh...

Pero el Pensadero parecía estar haciendo la pregunta por él. El rostro de Snape volvía a flotar en la superficie. Dumbledore lo miró, y luego levantó la vista hacia Harry.

-Tampoco al profesor Snape.-respondió.

-¿Qué le hizo pensar que Snape había dejado de apoyar a Voldemort, profesor?-quiso saber Tabatha.

-Eso, querida, es un asunto entre el profesor Snape y yo.-ella asintió y permaneció en silencio.

En silencio, ambos hermanos, se levantaron y Dumbledore hizo lo mismo.

-Chicos.- llamó cuando se estaban acercado a la puerta.-Por favor,  no le digan a nadie lo de los padres de Neville. Tiene derecho a contarlo él, cuando esté preparado.

-Sí, profesor.-asintieron.

-Y...-miraron hacia atrás. Dumbledore estaba sobre el Pensadero, con la cara iluminada desde abajo por la luz plateada, y parecía más viejo que nunca.-Buena suerte en la tercera prueba.

..*

¡Feliz navidad a todos y feliz año nuevo (si no llego a subir antes del 31)!