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"Los mellizos Potter" — capítulo 119

Capítulo 34:

Lágrimas de Fénix

Los mellizos cayeron de bruces, y el olor del césped les llenó las fosas nasales. La cabeza les daba vueltas sin parar. Tabatha sintió un horrendo mareo y el estómago se le revolvió. Como acto reflejo apretó algo; la fría y sin vida muñeca de Cedric. El corazón parecía querer saltar de su pecho para evitar sufrir como estaba sufriendo. El horror y el agotamiento eran como una pesada ancla que la mantenía pegada al suelo. Tenía que pasar algo para que la hiciera reaccionar.

Como si le sacasen dos tapones de los oídos, se alzó un estrepito ensordecedor. Había gente que gritaba, otros que vitoreaban, pisadas por aquí y por allá, pero nadie parecía darse cuenta de lo que en realidad estaba pasando. Solo una persona lo hizo.

Un agudo grito interrumpió los festejos por la llegada de los campeones de Hogwarts. Alguien por fin lo había notado.

Tabatha cerró los ojos y dejó que un par de la agarraran con fuerza y la sentaran en el suelo.

La profesora McGonagall estaba arrodillada a su lado y la miraba con preocupación.

-Por Merlín, Potter.-exclamó.- ¿Qué pasó?-

-Él…-miró de reojo a Cedric y la voz le patinó. Largas sombras oscuras no tardaron en rodearla. Atrapó la túnica de McGonagall y la acercó a ella.-Él lo hizo.-susurró.-Él lo mató.-se aclaró la garganta y vio que Harry hablaba en voz baja con Dumbledore. Estaba casi en el mismo estado que ella.-Él ha regresado.-

-¡Dios mío!-exclamó Fudge.-Diggory…está muerto, ¡está muerto, Dumbledore!-Tabatha se arrastró por el suelo y quedó junto a Cedric.

Durante el viaje con el traslador, la pelirroja cerró los ojos e imaginó que Cedric JAMÁS había sido alcanzado por la maldición y que estaba solo…durmiendo. Ella se imaginó que al volver a Hogwarts, él despertaría…

La cruda realidad la abofeteo.

Él no volvería a abrir sus bonitos ojos grises, nunca jamás.

-Oh…-musitó, abrazándose al cuerpo de Cedric.-No…no…-McGonagall intentó confortarla, pero ella la apartó.

La multitud ya estaba dispersando la noticia sobre la muerte de Diggory y los espectadores bajaban de sus asientos con la intención de verificarlo con sus propios ojos.

-Suéltalo, Tabatha.-oyó que le decía la voz de Fudge, y notó dedos que intentaban separarla del cuerpo sin vida de Cedric, pero ella no lo soltó.

-¡No!-gritó, abrazándolo con más fuerza.-Pude haberlo salvado…-sollozó.-Pude haberlo empujado…pude…-

-Ya no puedes hacer nada por él.-habló Dumbledore, arrodillándose junto a ella.- Todo acabó. Suéltalo.

-Quería que lo trajéramos.-musitó Harry: le parecía importante explicarlo.- Quería que lo trajéramos con sus padres...

-De acuerdo, Harry...-asintió Dumbledore, luego se volvió hacia la pelirroja.-Querida, ahora suéltalo.-se inclinó y, con extraordinaria fuerza para tratarse de un hombre tan viejo y delgado, la levantó del suelo, poniéndola de pie. Tabatha se tambaleó. Pero McGonagall estuvo para sostenerla y abrazarla mientras nuevas lágrimas brotaban de sus ojos avellanas. A su alrededor, la multitud daba empujones intentando acercarse y ver que estaba pasando.

-¡Tendrán que llevarlo a la enfermería!-dijo Fudge en voz alta.- Está enfermo, está herido...Dumbledore, los padres de Diggory están aquí, en las gradas...

-Yo llevaré a los Potter, Dumbledore, yo los llevaré...-propuso Moody.

-No, yo preferiría...

-Amos Diggory viene corriendo, Dumbledore.-lo apremió Fudge.-Viene para acá... ¿No crees que tendrías que decirle, antes de que vea...?

-Quédense aquí.-ordenó Dumbledore.

Había chicas que gritaban y lloraban histéricas. Tabatha se aferró mucho más a McGonagall. Aún seguía llorando. Harry miraba a su melliza y era como si pudiera sentir su dolor.

-Ya ha pasado, hijo, vamos...-insistió Moody.-Te llevaré a la enfermería.

-Dumbledore me dijo que me quedara.-objetó Harry.

-Tienes que acostarte. Vamos, ven...-Moody empezó a llevarlo, tirando de él por entre la aterrorizada multitud. Harry oía chillidos y gritos ahogados mientras el hombre se abría camino por entre ellos, llevándolo al castillo.

Tabatha sollozó con mayor intensidad, enterrando aún más su rostro contra la túnica de la jefa de su casa.

-Potter, Potter.-Minerva la llevó hacia un banco y la hizo sentar.-Potter, dime que fue lo que pasó.-

-Yo…eh…-la pelirroja cerró los ojos y trató de calmarse.-No lo sé…-susurró.-Tengo muchas cosas en la cabeza y lo menos que quiero es…acordarme que fue lo que pasó.-McGonagall le pasó los pulgares por las mejillas, secándole las lágrimas. Al otro lado del campo de Quidditch, se escuchó un desgarrador grito. Amos Diggory sostenía a su esposa, mientras esta lloraba al ver el cuerpo de su hijo.-No quiero estar aquí.-susurró, tapándose los oídos y cerrando los ojos.-Quiero irme.-

-De acuerdo, querida.-la profesora se reincorporó y miró por encima del lugar.- ¡Lupin! ¡Lupin!-llamó, sacudiendo su mano. En pocos segundos Remus llegó a ella.- Más que seguro que Albus querrá mantenerlos alejados de toda esta gente.-hizo una pausa y miró en busca del azabache.- ¿Dónde está Harry?-

Tabatha se puso de pie y parpadeó varias veces.

-Hum…-se aclaró la garganta.-Voldemort mencionó algo.-Lupin y McGonagall se fijaron en ella.

-¿Qué cosa?-

-¿Voldemort regresó?-

Preguntaron a la vez. Remus tenía una mueca de desconcierto.

-Él mencionó que había un Mortifago infiltrado en Hogwarts.-respondió.

-¿Karkarov?-inquirió Minerva.

-No dijo su nombre.-replicó Tabatha.

-Bien.-McGonagall le apretó suavemente los hombros.- Remus hazme el favor de llevarla al despacho de Dumbledore, yo iré a avisarle a Albus. De paso intentaré encontrar a Harry.-Lupin asintió y pasó su mano por los hombros de la pelirroja.

-Vámonos.-Tabatha miró por última vez a Cedric y se dejó llevar por su padrino.

Las miradas de los espectadores estaban sobre ella. La miraban como si ella tuviese la culpa del estado del chico Diggory. Junto a Remus regresaron al castillo. Tabatha se escondía tras su padrino, como si se sintiese a salvo.

-¿Tú me crees, verdad?-preguntó mientras subían las escalinatas.- ¿Tú me crees que él regresó, verdad?-

-Sé perfectamente que ustedes dos serían incapaces de mentir sobre algo como el regreso de Voldemort.-respondió Remus.

-Fudge nos miró como si estuviésemos locos.-murmuró, bajando la cabeza.

-No le hagas caso.-Lupin le apretó el hombro y la estrechó más contra sí.

Juntos pasaron la gárgola del despacho de Dumbledore y subieron las escalinatas. Remus abrió la pesada puerta, permitiéndole a Tabatha pasar. Los retratos de los directores, por suerte, estaban todos dormidos.

-¿Tienes todavía el chocolate?-preguntó Remus, sentándose frente a ella.

Tabatha asintió y sacó la barra del interior de la túnica del torneo.

-¿Quieres?-ofreció mientras rasgaba el paquete.

-Mejor comételo tú.-Lupin le sonrió cálidamente.-Te hará bien algo dulce.-

Cuando la tableta de chocolate quedó sin la mitad de la envoltura, Tabatha intentó comerse un cuadradito pero tenía un inmenso nudo en el estómago. Cerró los ojos y una mueca de asco se dibujó en sus labios.

-Él estaba ahí, ¿sabes?-habló, depositando la tableta sobre el escritorio.-Peter. Él era el vasallo del cual hablaba la profesora Trelawney el año pasado. Peter ayudo a que Vol…-tener que nombrarlo le causo un asco aún mayor.-…Voldemort reviviera.-se mordió el labio y los ojos comenzaron a escocerle.-Él mató a Cedric.-un amargo sabor comenzó a crecer por su garganta, al punto de llenarle cada recoveco del cuerpo.-Sirius tenía razón.-gruñó, apretando la mano contra la tableta de chocolate hasta partirla.- Debimos haber acabado con él cuando tuvimos la oportunidad.-

-No dejes que el dolor de tu perdida nuble tu juicio, Tabatha.-replicó Remus, con el ceño a medio fruncir.- Lo que ustedes hicieron en la Casa de los Gritos, fue noble a comparación de la traición que hizo Peter. Ustedes tenían todos los motivos para acabar con él, pero no lo hicieron.-Tabatha bajó la cabeza.-Sí, decidieron castigarlo por lo que había hecho y esa fue una excelente idea.-Remus le acarició la cabeza.

-Pero pude haber hecho algo para salvarlo.-murmuró ella.-En el laberinto, los tres encontramos la Copa. Si tan solo Harry o yo la hubiese tocado, él seguiría vivo.-rió con amargura.-Justo a pocos metros de la maldita copa, se le dio por relucir su lado Hufflepuff: durante todo el torneo estuvimos avisándonos sobre cada prueba, y él insistía en que nosotros debíamos tomar la copa y ser los campeones. Sí…sí tan solo…-se sobó la nariz y respiró profundo.-Sí tan solo lo hubiéramos hecho…-

-No sabían qué iba a ver al otro lado.-repuso Remus.-No debes culparte por su muerte.-

Justo en el momento en que padrino y ahijada quedaron en silencio, la puerta del despacho se abrió. McGonagall apareció pero acompañada de un perro. Minerva no dijo nada, solo lo hizo pasar y luego cerró la puerta.

-¡Sirius!-exclamó Tabatha, poniéndose de pie. El enorme perro negro se transformó en el mismo hombre que estaba oculto en la cueva a las afueras de Hogsmeade. Sirius la recibió con los brazos abiertos.

-Lo lamento tanto.-le susurró, aferrándola por la espalda. Tabatha enterró su rostro contra la túnica de Azkaban.

-No quiero hablar del tema.-murmuró, separándose lentamente. Sirius le acarició la mejilla y le sonrió.

..*

Los tres estuvieron en silencio un largo rato en silencio. Tabatha dormitaba en los brazos de Remus, mientras Sirius se paseaba por el despacho. Aún no había novedades de Harry.

-Ya deberían de estar aquí.-murmuraba. Remus lo seguía con la mirada, mientras de vez en cuando palmeaba suavemente la espalda de Tabatha. Él quería que su ahijada pudiese dormir.

El crujido del picaporte abriéndose. Sirius se detuvo en seco. Por la puerta ingresó Dumbledore y a su lado iba Harry. El azabache notó que el rostro de su padrino estaba tan pálido y demacrado como cuando había escapado de Azkaban. Sirius cruzó en dos zancadas el despacho.

-¿Estás bien, Harry?-preguntando, llegando hacia su ahijado.- Lo sabía, sabía que pasaría algo así. ¿Qué ha ocurrido?-el azabache miró por detrás de Sirius y noto a su hermana durmiendo.-Ella no ha querido decirnos nada.-

Las manos de Sirius temblaban al ayudar a Harry a sentarse en una silla, delante del escritorio y frente a Remus.

-¿Qué ha ocurrido?-preguntó, más apremiante. 

Dumbledore comenzó a contarles que el Moody que había estado impartiendo clases, no era el verdadero Alastor Moody, sino que era Barty Crouch Jr., bajo el efecto de la poción Multijugos. También mencionó todo lo que había dicho el impostor. Harry sólo escuchaba a medias. Estaba tan agotado que le dolía hasta el último hueso, y lo único que quería era quedarse allí sentado, que no lo molestaran durante horas y horas, hasta que se durmiera y no tuviera que pensar ni sentir nada más.

Oyó un suave batir de alas. Fawkes, el fénix, había abandonado la percha y se había ido a posar sobre su rodilla.

-Hola, Fawkes.-lo saludó en voz baja. Acarició sus hermosas plumas de color oro y escarlata. El Fénix abrió y cerró los ojos plácidamente, mirándolo. Había algo reconfortante en su cálido peso.

Dumbledore dejó de hablar. Sentado al escritorio, miraba fijamente a Harry, pero éste evitaba sus ojos. Se disponía a interrogarlo. Le haría revivirlo todo.

-Necesito saber qué sucedió después de que tocaron el traslador en el laberinto, Harry.-pidió.

-Podemos dejarlo para mañana por la mañana, ¿no, Dumbledore?-se apresuró a observar Sirius. Le había puesto a Harry una mano en el hombro.

-Creo que también será mejor escuchar a Tabatha.-añadió Remus.

-Mejor dejémoslos dormir.-propuso Sirius.- Que descansen.

A Harry lo embargó un sentimiento de gratitud hacia su padrino, pero Dumbledore desoyó su sugerencia y se inclinó hacia él. Muy a desgana, Harry levantó la cabeza y encontró aquellos ojos azules.

-Harry, si pensara que te haría algún bien induciéndote al sueño por medio de un encantamiento y permitiendo que pospusieras el momento de pensar en lo sucedido esta noche, lo haría.-dijo Dumbledore con amabilidad.- Pero me temo que no es así. Adormecer el dolor por un rato te haría sentirlo luego con mayor intensidad. Has mostrado más valor del que hubiera creído posible: te ruego que lo muestres una vez más contándonos todo lo que sucedió.

El fénix soltó una nota suave y trémula. Tembló en el aire, y Harry sintió como si una gota de líquido caliente se le deslizara por la garganta hasta el estómago, calentándolo y tonificándolo.

Respiró hondo y comenzó a hablar. Conforme lo hacía, parecían alzarse ante sus ojos las imágenes de todo cuanto había pasado aquella noche: vio la chispeante superficie de la poción que había revivido a Voldemort, los Mortifagos apareciéndose entre las tumbas, vio el cuerpo de Cedric tendido en el suelo a corta distancia de la Copa.

En una o dos ocasiones, Sirius hizo ademán de decir algo, sin dejar de aferrar con la mano el hombro de Harry, pero Dumbledore lo detuvo con un gesto, y Harry se alegró, porque, habiendo comenzado, era más fácil seguir.

Hasta se sentía aliviado: era casi como si se estuviera sacando un veneno de dentro. Seguir hablando le costaba toda la entereza que era capaz de reunir, pero le parecía que, en cuanto hubiera acabado, se sentiría mejor. Sin embargo, cuando contó que Colagusano le había hecho un corte en el brazo con la daga, Sirius dejó escapar una exclamación vehemente, y Dumbledore se levantó tan de golpe que Harry se asustó. Rodeó el escritorio y le pidió que extendiera el brazo. Harry les mostró a ambos el lugar en que le había rasgado la túnica, y el corte que tenía debajo. Remus movió suavemente la cabeza de la pelirroja, la cual dormía plácidamente entre sus brazos, y también le enseñó el corte de la mejilla.

-Dijo que nuestra sangre lo haría más fuerte que la de cualquier otro.-explicó Harry.- Dijo que la protección que nos otorgó mi madre... iría también a él. Y tenía razón: pudo tocarme sin hacerse daño, me tocó en la cara.

Por un breve instante, Harry creyó ver una expresión de triunfo en los ojos de Dumbledore. Pero un segundo después estuvo seguro de habérselo imaginado, porque, cuando Dumbledore volvió a su silla tras el escritorio, parecía más viejo y más débil de lo que lo había visto nunca.

-Muy bien.-dijo, volviéndose a sentar.- Voldemort ha superado esa barrera. Prosigue, Harry, por favor. 

Harry continuó: explicó cómo había salido Voldemort del caldero, y les repitió todo cuanto recordaba de su discurso a los Mortifagos. Luego relató cómo Voldemort lo había desatado, le había devuelto su varita y se había preparado para batirse. Cuando llegó a la parte en que el rayo dorado de luz había conectado su varita con la de Voldemort, se notó la garganta obstruida. Intentó seguir hablando, pero el recuerdo de lo que había surgido de la varita de Voldemort le  anegaba la mente. Podía ver a Cedric saliendo de ella, ver al viejo, a Bertha Jorkins... a su madre... a su padre...

Se alegró de que Sirius rompiera el silencio.

-¿Se conectaron las varitas?-repitió, mirando primero a Harry y luego a Dumbledore.- ¿Por qué?

Harry volvió a levantar la vista hacia Dumbledore, que parecía impresionado.

-Priori incantatem.-musitó.

Sus ojos miraron los de Harry, y fue casi como si hubieran quedado conectados por un repentino rayo de comprensión.

-¿El efecto de encantamiento invertido?-preguntó Remus.

-Exactamente.-contestó Dumbledore.- La varita de Harry y la de Voldemort tienen el mismo núcleo. Cada una de ellas contiene una pluma de la cola del mismo fénix. De ese fénix, de hecho.-añadió señalando al pájaro de color oro y escarlata que estaba tranquilamente posado sobre una rodilla del azabache.

-¿La pluma de mi varita proviene de Fawkes?-exclamó Harry  sorprendido.

-Sí.-respondió Dumbledore.-En cuanto saliste de su tienda hace cuatro años, el señor Ollivander me escribió para decir que tú habías comprado la segunda varita.

-Entonces, ¿qué sucede cuando una varita se encuentra con su hermana?-quiso saber Sirius.

-Que no funcionan correctamente la una contra la otra.-explicó Dumbledore.- Sin embargo, si los dueños de las varitas las obligan a combatir... tendrá lugar un efecto muy extraño: una de las varitas obligará a la otra a vomitar los encantamientos que ha llevado a cabo... en sentido inverso, primero el más reciente, luego los que lo precedieron...-miró interrogativamente a Harry, y éste asintió con la cabeza.-Lo cual significa…-añadió Dumbledore pensativamente, fijando los ojos en la cara de Harry.-… que tuvo que reaparecer Cedric de alguna manera. 

Harry volvió a asentir, mirando a su hermana.

-¿Volvió a la vida?-preguntó Sirius.

-Ningún encantamiento puede resucitar a un muerto.-dijo Dumbledore apesadumbrado.-Todo lo que pudo haber fue alguna especie de eco. Saldría de la varita una sombra del Cedric vivo. ¿Me equivoco, Harry?

-Nos habló.-respondió Harry, y de repente volvió a temblar.-Me habló el... el fantasma de Cedric, o lo que fuera.

-Un eco que conservaba la apariencia y el carácter de Cedric.-explicó Dumbledore.- Adivino que luego aparecieron otras formas: víctimas menos recientes de la varita de Voldemort...

-Un viejo.-asintió Harry, todavía con un nudo en la garganta.-Y Bertha Jorkins. Y...

-¿Tus padres?-preguntó Dumbledore en voz baja.

-Sí.-contestó Harry.

Sirius apretó tanto a Harry en el hombro que casi le hacía daño. Remus estrechó aún más a Tabatha.

-Los últimos asesinatos que la varita llevó a cabo.-dijo Dumbledore, asintiendo con la cabeza.-En orden inverso. Naturalmente, habrían seguido apareciendo otros si hubieras mantenido la conexión. Muy bien, Harry: esos ecos... esas sombras... ¿qué hicieron?

Harry describió cómo las figuras que habían salido de la varita habían deambulado por el borde de la red dorada, cómo le dio la impresión de que Voldemort les tenía miedo, cómo la sombra de su padre le había indicado qué  hacer y la de Cedric, su último deseo. En aquel punto, Harry se dio cuenta de que no podía continuar. Miró a Sirius, y vio que se cubría la cara con las manos. Harry advirtió de pronto que Fawkes había dejado su rodilla y había revoloteado hasta el suelo. Apoyó su hermosa cabeza en la pierna herida, y derramó sobre la herida que le había hecho la araña unas espesas lágrimas de color perla. El dolor desapareció. La piel recubrió lisamente la herida. Estaba curado.

-Te lo repito.-prosiguió Dumbledore, mientras el fénix se elevaba en el aire y se volvía a posar en la percha que había al lado de la puerta.-Esta noche los dos han mostrado una valentía superior a lo que podríamos haber esperado de ustedes. La misma valentía de los que murieron luchando contra Voldemort cuando se encontraba en la cima de su poder. Han llevado sobre sus hombros la carga de dos magos adultos, han podido con ellas y nos han dado todo lo que podíamos esperar. Ahora los llevaré a la enfermería. No quiero que vayan esta noche al dormitorio. Creo que les vendrá bien una poción para dormir y un poco de paz... Sirius, Remus, ¿Les gustaría quedarte con ellos? 

Ambos asintieron con la cabeza. Lupin tomó en brazos a Tabatha mientras que Sirius volvió a transformarse en el perro grande y negro, para luego salir del despacho y bajar con ellos un tramo de escaleras hasta la enfermería.