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"Los mellizos Potter" — capítulo 120

Capítulo 35:

"El error de Fudge"

Cuando Dumbledore abrió la puerta de la enfermería, Harry vio a la señora Weasley, a Bill, Ron y Hermione rodeando a la señora Pomfrey, que parecía agobiada. Le estaban preguntando dónde se hallaban los mellizos y qué les había ocurrido.

Todos se abalanzaron sobre ellos cuando entraron, y la señora Weasley soltó una especie de grito amortiguado.

-¡Harry!, ¡ay, Harry!

Fue hacia él, pero Dumbledore se interpuso.

-Molly.-dijo levantando la mano.-Por favor, escúchame un momento.-Remus aprovechó para depositar a la pelirroja en la cama que le señalaba Madame Pomfrey.-Estos niños han vivido esta noche una horrible experiencia. Y Harry acaba de revivirla para mí. Lo que ahora necesitan es paz, tranquilidad, y dormir. Si quiere que estén con él.-añadió, mirando también a Ron, Hermione y Bill.-Pueden quedarse, pero no quiero que les pregunten nada hasta que ellos estén preparado para responder, y desde luego no esta noche.

La señora Weasley mostró su conformidad con un gesto de la cabeza. Estaba muy pálida. Se volvió hacia Ron, Hermione y Bill con expresión severa, como si ellos estuvieran metiendo bulla.

-¿Han oído?-les dijo en un susurró.- ¡Necesitan tranquilidad!

-Dumbledore.-dijo la señora Pomfrey, mirando fijamente el perro grande y negro en el que se había convertido Sirius.- ¿Puedo preguntar qué...?

-Este perro se quedará un rato haciéndole compañía a Harry. Al igual que el señor Lupin.-respondió sencillamente Dumbledore.- Te aseguro que el perro está extraordinariamente bien educado.-se meció hacia adelante y atrás con las manos cruzadas.-Esperaremos a que te acuestes, Harry.

El azabache sintió hacia su director una indecible gratitud por pedirles a los otros que no le hicieran preguntas. No era que no quisiera estar con ellos, pero la idea de explicarlo todo de nuevo, de revivirlo una vez más, era superiora sus fuerzas.

-Volveré en cuanto haya visto a Fudge, Harry.-dijo Dumbledore.- Me gustaría que mañana te quedaras aquí hasta que me haya dirigido al colegio. Y por sobre todo, quiero que te quedes con tu hermana cuando mencioné lo que pasó.-salió.

 Mientras la señora Pomfrey lo llevaba a la misma cama donde estaba la pelirroja, Harry vislumbró al auténtico Moody acostado en una cama al final de la sala. Tenía el ojo mágico y la pata de palo sobre la mesita de noche.

-¿Qué tal está?-preguntó.

-Se pondrá bien.-aseguró la señora Pomfrey, dándole un pijama y rodeándolo de biombos. 

Él se quitó la ropa, se puso el pijama, y se acostó junto a Tabatha. Ron, Hermione, Bill y la señora Weasley se sentaron a ambos lados de la cama, y el perro negro se colocó junto a la cabecera. Ron y Hermione lo miraban casi con cautela, como si los asustara.

-Estoy bien.-les dijo.- Sólo que muy cansado.

A la señora Weasley se le empañaron los ojos de lágrimas mientras le alisaba la colcha de la cama, sin que hiciera ninguna falta. La señora Pomfrey, que se había marchado aprisa al despacho, volvió con una copa y una botellita de poción de color púrpura.

-Tendrás que bebértela toda, Harry.-le indicó.- Es una poción para dormir sin soñar.

Harry tomó la copa y bebió unos sorbos. Enseguida le entró sueño: todo a su alrededor se volvió brumoso, las lámparas que había en la enfermería le hacían guiños amistosos a través de los biombos que rodeaban su cama, y sintió como si su cuerpo se hundiera más en la calidez del colchón de plumas.

Antes de que pudiera terminar la poción, antes de que pudiera añadir otra palabra, la fatiga lo había vencido.

Harry despertó en medio de tal calidez y somnolencia que no abrió los ojos, esperando volver a dormirse. La sala seguía a oscuras: estaba seguro de que aún era de noche y de que no había dormido mucho rato.

Luego oyó cuchicheos a su alrededor.

-¡Van a despertarlos si no se callan!

-¿Por qué gritan así? No habrá ocurrido nada más, ¿no?

Harry abrió perezosamente los ojos. Alguien le había quitado las gafas. Pudo distinguir junto a él las siluetas borrosas de la señora Weasley y de Bill.

La señora Weasley estaba de pie.

-Es la voz de Fudge.-susurraba ella.- Y ésa es la de Minerva McGonagall, ¿verdad? Pero ¿por qué discuten?

Harry también los oía: gente que gritaba y corría hacia la enfermería.

-Ya sé que es lamentable, pero da igual, Minerva.-decía Cornelius Fudge en voz alta.

-¡No debería haberlo metido en el castillo!-gritó la McGonagall.- Cuando se entere Dumbledore... 

Las puertas de la enfermería se abrieron de golpe. Sin que nadie se diera cuenta, porque todos miraban hacia la puerta mientras Bill retiraba el biombo, Harry se sentó y se puso las gafas. Tabatha se removía en el colchón, frotándose los ojos.

-¿Qué está pasando?-preguntó con voz de adormilada.

Fudge entró en la sala con paso decidido. Detrás de él iban Snape y la profesora McGonagall.

-¿Dónde está Dumbledore?-preguntó el ministro a la señora Weasley.

-Aquí no.-respondió ella, enfadada.- Esto es una enfermería, señor ministro. ¿No cree que sería mejor...?

Pero la puerta se abrió y entró Dumbledore en la sala.

-¿Qué ha ocurrido?-inquirió bruscamente, pasando la vista de Fudge a la profesora McGonagall.- ¿Por qué están molestando a los enfermos? Minerva, me sorprende que tú... Te pedí que vigilaras a Barty Crouch...

-¡Ya no necesita que lo vigile nadie, Dumbledore!-gritó ella.- ¡Gracias al ministro!

Harry no había visto nunca a la profesora McGonagall tan fuera de sí: tenía las mejillas coloradas, los puños apretados y temblaba de furia.

-Cuando le dijimos al señor Fudge que habíamos atrapado al Mortifago responsable de lo ocurrido esta noche.-dijo Snape en voz baja.-Consideró que su seguridad personal estaba en peligro. Insistió en llamar a un Dementor para que lo acompañara al castillo. Y subió con él al despacho en que Barty Crouch...

-¡Le advertí que usted no lo aprobaría, Dumbledore!-exclamó la profesora McGonagall.- Le dije que usted nunca permitiría la entrada de un Dementor en el castillo, pero...

-¡Mi querida señora!-bramó Fudge, que de igual manera parecía más enfadado de lo que Harry lo había visto nunca.- Como ministro de Magia, me compete a mí decidir si necesito escolta cuando entrevisto a alguien que puede resultar peligroso...

Pero la voz de la profesora McGonagall ahogó la de Fudge.

-¡En cuanto ese...ese ser entró en el despacho!-gritó ella, temblorosa y señalando al ministro.- ¡Se echó sobre Crouch y... y...!-Harry sintió un escalofrío, en tanto la profesora McGonagall buscaba palabras para explicar lo sucedido. No necesitaba que ella terminara la frase, pues sabía qué era lo que debía de haber hecho el Dementor: le habría administrado a Barty Crouch su beso fatal. Le habría aspirado el alma por la boca. Estaría peor que muerto.

-¡Pero, por todos los santos, no es una pérdida tan grave!-soltó Fudge.- ¡Según parece, es responsable de unas cuantas muertes!-

-¿Está bromeando?-Tabatha se reincorporó en la cama.- ¡Era una pieza esencial!-exclamó.

-La señorita Potter tiene razón.-admitió Dumbledore.- Ya no podrá declarar, Cornelius.-añadió mirando al Ministro con severidad, como si lo viera tal cual era por primera vez.-Ya no puede declarar por qué mató a esas personas.

-¿Que por qué las mató? Bueno, eso no es ningún misterio.-replicó Fudge.- ¡Porque estaba loco de remate! Por lo que me han dicho Minerva y Severus, ¡creía que actuaba según las instrucciones de Voldemort!-

-¡Lo estaba haciendo!-le recriminó la pelirroja, con intenciones de bajarse de la cama. Ya estaba demasiado despabilada. Remus tuvo que detenerla.

-Las muertes de esas personas fueron meras consecuencias de un plan para restaurar a Voldemort a la plenitud de sus fuerzas.-continuó Dumbledore.- Ese plan ha tenido éxito, y Voldemort ha recuperado su cuerpo.

Fue como si a Fudge le pegaran en la cara con una maza. Aturdido y parpadeando, devolvió la mirada al director como si no pudiera dar crédito a sus oídos.

-¿Que ha retornado Quien-tú-sabes?-farfulló.- Absurdo. ¡Dumbledore, por favor...!

-Como sin duda te han explicado Minerva y Severus.-dijo Dumbledore.-Hemos oído la confesión de Barty Crouch. Bajo los efectos del suero de la verdad, nos ha relatado cómo escapó de Azkaban, y cómo Voldemort, enterado por Bertha Jorkins de que seguía vivo, fue a liberarlo de su padre y lo utilizó para capturar a los mellizos. El plan funcionó, ya te lo he dicho: Crouch ha ayudado a Voldemort a regresar.

-¡Pero vamos, Dumbledore!-exclamó Fudge, de su rostro surgió una ligera sonrisa.- ¡No es posible que tú creas eso! ¿Qué ha retornado Quien-tú-sabes? Vamos, vamos, por favor... Una cosa es que Crouch creyera que actuaba bajo las órdenes de Quien-tú-sabes... y otra tomarse en serio lo que ha dicho ese lunático...

-Cuando ellos tocaron esta noche la Copa de los tres magos, fueron transportados directamente ante lord Voldemort.-afirmó Dumbledore.-Presenciaron su renacimiento. Te lo explicaré todo si vienes a mi despacho.-miró a los mellizos.- Me temo que no puedo consentir que los interrogues esta noche.

La sorprendente sonrisa de Fudge no había desaparecido. Él también los miró; luego volvió la vista a Dumbledore.

-¿Eh... estás dispuesto a aceptar su testimonio, Dumbledore?

Hubo un instante de silencio, roto por el gruñido de Sirius. Se le habían erizado los pelos del lomo, y enseñaba los dientes a Fudge.

-Desde luego que lo acepto.-respondió Dumbledore, con un fulgor en los  ojos—. He oído la confesión de Crouch y he oído el relato de Harry de lo que ocurrió después de que tocara la Copa: las dos historias encajan y explican todo lo sucedido desde que el verano pasado desapareció Bertha Jorkins. -

Fudge conservaba en la cara la extraña sonrisa. Volvió a mirar a los mellizos antes de responder.

-¿Vas a creer que ha retornado lord Voldemort porque te lo dicen un loco asesino y un niño que...? Bueno...-

-¿Acaso duda de nosotros?-inquirió la pelirroja, ignorando a su padrino y poniéndose de pie. Tenía catorce años, pero eso no le molestaba a la hora de enfrentar a un adulto.- ¿Cree que nosotros estamos mintiendo…?-Tabatha cerró los ojos y sonrió.-Usted le cree a Rita Skeeter.-

-¿Y qué si lo he hecho?-soltó, dirigiéndose a Dumbledore.- ¿Qué pasa si he descubierto que has estado ocultando ciertos hechos relativos a estos niños? Conque habla Parsel, ¿eh? ¿Y conque monta curiosos numeritos por todas partes?

-Supongo que te refieres a los dolores de la cicatriz.-repuso Dumbledore con frialdad.

-¿O sea que admites que ha tenido dolores?-replicó Fudge.- ¿Dolores de cabeza, pesadillas? ¿Tal vez... alucinaciones?

-Escúchame, Cornelius.-habló Dumbledore dando un paso hacia Fudge, y volvió a irradiar aquella indefinible fuerza que Harry había percibido en él después de que había aturdido al joven Crouch.- Ellos están tan cuerdos como tú y yo. La cicatriz que tiene en la frente no le ha reblandecido el cerebro. Creo que le duele cuando lord Voldemort está cerca o cuando se siente especialmente furioso.

Fudge retrocedió medio paso para separarse un poco de Dumbledore, pero no cedió en absoluto.

-Me tendrás que perdonar, Dumbledore, pero nunca había oído que una cicatriz actúe de alarma...

-¡Mire, hemos presenciado el retorno de Voldemort!-gritó Harry. Intentó volver a salir de la cama, pero la señora Weasley se lo impidió.- ¡Hemos visto a los Mortifagos! ¡Puedo darle los nombres! Lucius Malfoy...-Snape hizo un movimiento repentino; pero, cuando Harry lo miró, sus ojos estaban puestos otra vez en Fudge.

-¡Malfoy fue absuelto!-dijo Fudge, visiblemente ofendido.- Es de una familia de raigambre... y entrega donaciones para excelentes causas...-

-¡Lamentamos tirarle abajo a su ídolo!-gruñó Tabatha, mientras Remus la detenía.

-¡Macnair!-prosiguió Harry.

-¡También fue absuelto! ¡Y trabaja para el Ministerio!-

-Avery... Nott... Crabbe... Goyle...

-¡No haces más que repetir los nombres de los que fueron absueltos hace trece años del cargo de pertenencia a los Mortifagos!-dijo Fudge enfadado.- ¡Deben de haber visto esos nombres en antiguas crónicas de los juicios!

-¡Claro, porque con solo un año de vida sabíamos leer!-Tabatha aplaudió al aire.

-Por las barbas de Merlín, Dumbledore...estos niños ya se vieron envueltos en una historia ridícula al final del curso anterior...los cuentos que se inventan son cada vez más exagerados, y tú te los sigues tragando. Este niño habla con las serpientes, Dumbledore, ¿y todavía confías en él?

-¡No sea necio!-gritó McGonagall.- Cedric Diggory, el señor Crouch: ¡esas muertes no son el trabajo casual de un loco!-la pelirroja tragó en seco y Minerva le dio una mirada de comprensión.

-¡No veo ninguna prueba de lo contrario!-vociferó Fudge, igual de airado que ella y con la cara colorada.- ¡Me parece que están decididos a sembrar un pánico que desestabilice todo lo que hemos estado construyendo durante trece años!

Harry no podía dar crédito a sus oídos. Siempre había visto a Fudge como alguien bondadoso: un poco jactancioso, un poco pomposo, pero básicamente bueno. Sin embargo, lo que en aquel momento tenía ante él era un mago pequeño y furioso que se negaba rotundamente a aceptar cualquier cosa que supusiera una alteración de su mundo cómodo y ordenado, que se negaba a creer en el retorno de Voldemort.

-Voldemort ha regresado.-repitió Dumbledore.- Si afrontas ese hecho,  Fudge, y tomas las medidas necesarias, quizá aún podamos encontrar una salvación. Lo primero y más esencial es retirarles a los Dementores el control de Azkaban.

-¡Absurdo!-volvió a gritar Fudge.- ¡Retirar a los Dementores! ¡Me echarían a puntapiés sólo por proponerlo! ¡La mitad de nosotros sólo dormimos tranquilos porque sabemos que ellos están custodiando Azkaban!

-¡A la otra mitad nos cuesta más conciliar el sueño, Cornelius, sabiendo que has puesto a los partidarios más peligrosos de lord Voldemort bajo la custodia de unas criaturas que se unirán a él en cuanto se lo pida!-repuso Dumbledore.- ¡No te serán leales porque Voldemort puede ofrecerles muchas más satisfacciones que tú a sus apetitos! ¡Con el apoyo de los Dementores y el retorno de sus antiguos partidarios, te resultará muy difícil evitar que recupere la fuerza que tuvo hace trece años!

Fudge abría y cerraba la boca como si no encontrara palabras apropiadas para expresar su ira.

-El segundo paso que debes dar, y sin pérdida de tiempo…-siguió Dumbledore.-…es enviar mensajeros a los gigantes.

-¿Mensajeros a los gigantes?-gritó Fudge, recuperando la capacidad de hablar.- ¿Qué locura es ésa?

-Debes tenderles una mano ahora mismo, antes de que sea demasiado tarde.-repuso Dumbledore.-O de lo contrario Voldemort los persuadirá,  como hizo antes, de que es el único mago que está dispuesto a concederles derechos y libertad.

-No…no puedes estar hablando en serio.-dijo Fudge entrecortadamente, negando con la cabeza y alejándose un poco más.- Si la comunidad mágica sospechara que yo pretendo un acercamiento a los gigantes... La gente los odia, Dumbledore... Sería el fin de mi carrera...

-¡Estás cegado por el miedo a perder la cartera que ostentas, Cornelius!-dijo Dumbledore, volviendo a levantar la voz y con los ojos de nuevo resplandecientes, evidenciando otra vez su aura poderosa.- ¡Le das demasiada importancia, y siempre lo has hecho, a lo que llaman limpieza de sangre! ¡No te das cuenta de que no importa lo que uno es por nacimiento, sino lo que uno es por sí mismo! Tu Dementor acaba de aniquilar al último miembro de una familia de sangre limpia, de tanta raigambre como la que más... ¡y ya ves lo que ese hombre escogió hacer con su vida! Te lo digo ahora: da los pasos que te aconsejo, y te recordarán, con cartera o sin ella, como uno de los ministros de Magia más grandes y valerosos que hayamos  tenido; pero, si no lo haces, ¡la Historia te recordará como el hombre que se hizo a un lado para concederle a Voldemort una segunda oportunidad de destruir el mundo que hemos intentado construir!

-¡Loco!-susurró Fudge, volviendo a retroceder.- ¡Loco...!-

-¡No se atreva a llamarlo loco, cuando aquí el único loco y estúpido es usted!-gritó Tabatha tan fuerte, que dejo a todos sin hablar.

Se hizo el silencio. La señora Pomfrey estaba inmóvil al pie de la cama de Harry, tapándose la boca con las manos. La señora Weasley seguía de pie al lado del azabache, poniéndole la mano en el hombro para impedir que se levantara.  Bill, Ron y Hermione miraban a Fudge fijamente.

Remus la apartó hacia atrás.

-Si sigues decidido a cerrar los ojos, Cornelius.-prosiguió Dumbledore.-Nuestros caminos se separarán ahora. Actúa como creas conveniente. Y yo... yo también actuaré como crea conveniente.

La voz de Dumbledore no sonó a amenaza, sino como una mera declaración de principios, pero Fudge se estremeció como si le hubieran avanzado hacia él apuntándole con una varita.

-Veamos pues, Dumbledore.-dijo blandiendo un dedo amenazador.-Siempre te he dado rienda suelta. Te he mostrado mucho respeto. Podía no estar de acuerdo con algunas de tus decisiones, pero me he callado. No hay muchos que en mi lugar te hubieran permitido contratar hombres lobo, o tener a  Hagrid aquí, o decidir qué enseñar a tus estudiantes sin consultar al Ministerio. Pero si vas a actuar contra mí...

-El único contra el que pienso actuar.-puntualizó Dumbledore.-Es lord Voldemort. Si tú estás contra él, entonces seguiremos del mismo lado, Cornelius.

Fudge no encontró respuesta a aquello. Durante un instante se balanceó hacia atrás y hacia delante sobre sus pequeños pies, e hizo girar en las manos el sombrero hongo. Al final, dijo con cierto tono de súplica:

-No puede volver, Dumbledore, no puede...

Snape se adelantó, levantándose la manga izquierda de la túnica.  Descubrió el antebrazo y se lo enseñó a Fudge, que retrocedió.

-Mire.-dijo Snape con brusquedad.- Mire: la Marca Tenebrosa. No está tan clara como lo estuvo hace una hora aproximadamente, cuando era de color negro y me abrasaba, pero aún puede verla. El Señor Tenebroso marcó con ella a todos sus Mortifagos. Era una manera de reconocernos entre nosotros, y  también el medio que utilizaba para convocarnos. Cuando él tocaba la marca de cualquier Mortifago teníamos que desaparecernos donde estuviéramos y aparecernos a su lado al instante. Esta marca ha ido haciéndose más clara durante todo este curso, y la de Karkarov también. ¿Por qué cree que Igor ha huido esta noche? Porque los dos hemos sentido la quemazón de la Marca. Entonces, los dos supimos que él había retornado. Karkarov teme la venganza del Señor Tenebroso porque traicionó a demasiados de sus compañeros para esperar una bienvenida si volviera al redil.

Fudge también se alejó un paso de Snape, negando con la cabeza. Daba la impresión de que no había entendido ni una palabra de lo que éste le había dicho. Miró fijamente, con repugnancia, la fea marca que Snape tenía en el brazo. A continuación, levantó la vista hacia Dumbledore.

-No sé a qué están jugando tú y tus profesores, Dumbledore, pero creo que ya he oído bastante. No tengo más que añadir. Me pondré en contacto contigo mañana, Dumbledore, para tratar sobre la dirección del colegio. Ahora tengo que volver al Ministerio.-casi había llegado a la puerta cuando se detuvo. Se volvió, regresó a zancadas hasta la cama de Harry.-Tu premio.-dijo escuetamente, sacándose del bolsillo una bolsa grande de oro y dejándola caer sobre la mesita de la cama.- Mil galeones. Tendría que haber habido una ceremonia de entrega, pero en estas circunstancias...-se encasquetó el sombrero hongo.-Y por cierto, Potter.-se volvió hacia Tabatha.-A los mayores se los trata con respeto.-salió de la sala, cerrando de un portazo. En cuanto desapareció, Dumbledore se volvió hacia el grupo que rodeaba la cama.

-Hay mucho que hacer.-dijo.- Molly... ¿me equivoco al pensar que puedo contar contigo y con Arthur?

-Por supuesto que no se equivoca.-respondió la señora Weasley. Hasta los labios se le habían quedado pálidos, pero parecía decidida.-Arthur conoce a Fudge. Es su interés por los muggles lo que lo ha mantenido relegado en el Ministerio durante todos estos años. Fudge opina que carece del adecuado orgullo de mago. 

-Entonces tengo que enviarle un mensaje.-dijo Dumbledore.- Tenemos que hacer partícipes de lo ocurrido a todos aquellos a los que se pueda convencer de la verdad, y Arthur está bien situado en el Ministerio para hablar con los que no sean tan miopes como Cornelius.

-Iré yo a verlo.-se ofreció Bill, levantándose.-Iré ahora.

-Muy bien.-asintió Dumbledore.-Cuéntale lo ocurrido. Dile que no tardaré en ponerme en contacto con él. Pero tendrá que ser discreto. Fudge no debe sospechar que interfiero en el Ministerio...

-Déjelo de mi cuenta.-dijo Bill.

Le dio una palmada a Harry en el hombro, le revolvió el cabello a Tabatha (a quién Remus había hecho acostar nuevamente), un beso a su madre en la mejilla, se puso la capa y salió de la sala con paso decidido.

-Minerva.-dijo Dumbledore, volviéndose hacia McGonagall.-Quiero ver a Hagrid en mi despacho tan pronto como sea posible. Y también... si consiente en venir, a Madame Maxime.

La profesora McGonagall asintió con la cabeza y salió sin decir una palabra.

-Poppy.-le dijo Dumbledore a la señora Pomfrey.- ¿Serías tan amable de bajar al despacho del profesor Moody, donde me imagino que encontrarás a una elfina doméstica llamada Winky sumida en la desesperación? Haz lo que puedas por ella, y luego llévala a las cocinas. Creo que Dobby la cuidará.

-Muy... muy bien.-contestó la señora Pomfrey, asustada, y también salió.

Dumbledore se aseguró de que la puerta estaba cerrada, y de que los pasos de la señora Pomfrey habían dejado de oírse, antes de volver a hablar.

-Y, ahora.-dijo.-Es momento de que dos de nosotros se acepten. Sirius... te ruego que recuperes tu forma habitual.

El gran perro negro levantó la mirada hacia Dumbledore, y luego, en un instante, se convirtió en hombre.

La señora Weasley soltó un grito y se separó de la cama.

-¡Sirius Black!-

-¡Calla, mamá!-chilló Ron.- ¡Es inocente!

Snape no había gritado ni retrocedido, pero su expresión era una mezcla  de furia y horror.

-¡Él!-gruñó, mirando a Sirius, cuyo rostro mostraba el mismo desagrado.- ¿Qué hace aquí? 

-Está aquí porque yo lo he llamado al igual que a Remus.-explicó Dumbledore, pasando la  vista de uno a otro.- Igual que tú, Severus. Yo confió tanto en uno como en otro. Ya es hora de que olviden sus antiguas diferencias, y confié también el uno en el otro.-Dumbledore pedía un milagro. Sirius y Snape se miraban con intenso odio. -Me conformaré, a corto plazo, con un alto en las hostilidades.-añadió con un deje de impaciencia.-Dense la mano: ahora están del mismo lado. El tiempo apremia, y, a menos que los pocos que sabemos la verdad estemos unidos, no nos quedará esperanza.

Muy despacio, pero sin dejar de mirarse como si se desearan lo peor, Sirius y Snape se acercaron y se dieron la mano. Se soltaron enseguida.

-Con eso bastará por ahora.-dijo Dumbledore, colocándose una vez más entre ellos.- Ahora, tengo trabajo que darles a los dos. La actitud de Fudge, aunque no nos pille de sorpresa, lo cambia todo. Sirius, necesito que salgas ahora mismo: tienes que alertar a Arabella Figg y Mundungus Fletcher: el antiguo grupo. Escóndete por un tiempo en casa de Lupin. Yo iré a buscarte.

-Pero...-protestó Harry.

Quería que Sirius se quedara. No quería decirle otra vez adiós tan pronto.

-No tardaremos en vernos, chicos.-aseguró, volviéndose hacia ellos.- Te lo prometo, Harry. Pero debo hacer lo que pueda, ¿comprendes?

-Claro. Claro que comprendo.

Sirius le apretó brevemente la mano, le sonrió a Tabatha, asintió con la cabeza mirando a Dumbledore, volvió a transformarse en perro, y salió corriendo de la sala, abriendo con la pata la manilla de la puerta. Remus fue detrás de él.

-Severus.-continuó Dumbledore dirigiéndose a Snape.-Ya sabes lo que quiero de ti. Si estás dispuesto...

-Lo estoy.-contestó Snape.

Parecía más pálido de lo habitual, y sus fríos ojos negros resplandecieron de forma extraña.

-Buena suerte entonces.-deseó Dumbledore, y, con una mirada de aprehensión, lo observó salir en silencio de la sala, detrás de Sirius.

Pasaron varios minutos antes de que el director volviera a hablar.

-Tengo que bajar.-dijo por fin.- Tengo que ver a los Diggory.-se acercó a la pelirroja y le sonrió.-Gracias por defenderme, Tabatha.-ella apenas levantó los ojos.-Les diré a los señores Diggory que lamentas lo de Cedric.-Tabatha asintió.-Ahora, tómate la poción que queda. Los veré a todos más tarde.-

Mientras Dumbledore se iba, Harry se dejó caer en las almohadas. Tabatha se acurrucó a su lado, apoyando la cabeza contra la de su mellizo. Hermione, Ron y la señora Weasley los miraban. Nadie habló por un tiempo.

-Te tienes que tomar lo que queda de la poción, Tab.-dijo al cabo la señora Weasley. Al ir a tomar la botellita y la copa, dio con la mano contra la bolsa de oro que estaba en la mesita.- Tienes que dormir bien y mucho. Intenta pensar en otra cosa por un rato... ¡piensa en lo que vas a comprarte con el dinero!

-No lo queremos.-replicó Harry con voz inexpresiva, acariciando el cabello de su hermana.- Tómenlo ustedes. Quien sea. No lo merecemos.

-Se lo merecía Cedric.-susurró Tabatha.

Aquello contra lo que había estado luchando por momentos desde que había salido del laberinto amenazaba con ser más fuerte que ella. Sentía la misma sensación ardorosa y punzante por dentro de los ojos. Parpadeó y miró al techo.

-No fue culpa tuya, cariño.-dijo la señora Weasley.

-Yo le dije que tomáramos juntos la Copa.-musitó Harry.

En aquel momento tenía aquella sensación ardorosa también en la garganta. Le hubiera gustado que Ron desviara la mirada.

La señora Weasley posó la poción en la mesita, se inclinó y abrazó a los mellizos. Todo el peso de cuanto habían visto aquella noche pareció caer sobre ellos mientras la señora Weasley lo aferraba. El rostro de su madre, la voz de su padre, la visión de Cedric muerto en la hierba, todo empezó a darle vueltas en la cabeza hasta que apenas pudo soportarlo y su rostro se tensó para contener el grito de angustia que pugnaba por salir.

Se oyó un ruido como de portazo, y la señora Weasley se separó. Hermione estaba en la ventana. Tenía algo en la mano firmemente agarrado.

-Lo siento.-se disculpó.

-La poción, chicos.-dijo rápidamente la señora Weasley, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano.

Se la bebieron de un trago. El efecto fue instantáneo. Los sumergió una ola de sueño grande e irresistible, y se hundieron entre las almohadas, dormido sin pensamientos y sin sueños, pero manteniéndose abrazados.