Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← "Los mellizos Potter" · de

"Los mellizos Potter" — capítulo 128

Capítulo7

"El Ministerio de Magia"

Tabatha se despertó de golpe.

Nuevamente estaba teniendo aquel horrendo sueño; la misma gélida voz le decía cuan débil era, Cedric volvía a morir ante sus ojos. Pero la diferencia era que una serpiente le recorría los pies mientras ella intentaba huir. Varias veces, estando despierta, sentía esa misma sensación; la mayor parte del tiempo era Crookshanks quien se fregaba contra su pierna.

La noche anterior a la audiencia de Harry ante el Wizengamot, le habían notificado que ella también debía de ir. El señor Weasley había mencionado que si iba como testigo, absolverían a Harry prontamente.

Una vez que se levantó de la cama, notó que en la punta de la cama se hallaba un jean y una camiseta, lavados, planchados y perfumados. Sin duda la señora Weasley quería que se viese presentable ante aquellos magos.

Una vez vestida y peinada, les hecho una mirada a sus amigas; Hermione y Ginny dormían plácidamente.

Abrió la puerta sin hacer mucho ruido y se deslizó silenciosamente por el corredor. En el primer rellano fue en puntillas y evitó el cuadro de la madre de Sirius.

Ya cerca de la cocina, fue sintiendo el dulce aroma a tostadas recién hechas. Al cruzar la puerta,  se había imaginado que la habitación estaría vacía, pero al ingresar vio al señor y a la señora Weasley, Sirius, Remus, Harry y Tonks sentados a la mesa como si estuvieran esperándola. Todos estaban vestidos para salir, excepto la señora Weasley, que llevaba una bata acolchada de color morado. La mujer se puso en pie de un brinco en cuanto la vio.

-¡Desayuno!-exclamó, y sacó su varita y corrió hacia el fuego.

-Buenos días, Tab.- saludó Tonks con voz adormecida.- ¿Cómo has dormido, bonita?-

-Bien…supongo.-respondió, tomando asiento junto a Sirius.

-Yo no he pegado ojo.-comentó ella con un bostezo que la hizo estremecerse.

-¿Qué te apetece comer, querida?-preguntó la señora Weasley.- ¿Copos de avena? ¿Bollos? ¿Arenques ahumados? ¿Huevos con beicon? ¿Tostadas?

-Avena, si no es mucha molestia.-pidió. La señora Weasley le sonrió y se volvió hacia la cocina. Remus le guiñó un ojo y se volvió hacia Tonks. Juntos comenzaron a hablar sobre los problemas del Ministerio.

Una vez que la señora Weasley le colocó un tazón con avena en frente, el estómago de Tabatha se revolvió. Se obligó a tragar saliva y tomó la cuchara. Cuando se dispuso a probar el primer bocado, Harry corrió su plato y se sentó a su lado. La pelirroja le agradeció de mil amores que no le haya preguntado nada. Pero notó la misma expresión en el rostro de su hermano; sin duda, él estaba más nervioso que ella. Tabatha le puso una mano sobre la del azabache. Harry le sonrió de lado.

-¿Cómo te sientes?-preguntó el señor Weasley. El muchacho se encogió de hombros.- Pronto habrá terminado todo.- aseguró con optimismo.- Dentro de unas horas estarás absuelto.-Harry no dijo nada.- La audiencia se celebrará en mi planta, en el despacho de Amelia Bones. Es la jefa del Departamento de Seguridad Mágica, y la encargada de interrogarte.-explicó.

-Amelia Bones es buena persona, Harry.-afirmó Tonks con seriedad.-Es justa y los escuchará.

Harry asintió con la cabeza; seguía sin ocurrírsele nada que decir. Tabatha solo le apretó la mano.

-No pierdas la calma.-intervino Sirius.- Sé educado y cíñete a los hechos. Va para ambos.

Los mellizos asintieron.

-La ley está de nuestra parte.-comentó Remus con voz queda.-Hasta los magos menores de edad están autorizados a utilizar la magia en situaciones de peligro para su vida.

La señora Weasley seguía empeñada en hacerlos ver presentables. A Tabatha le ató el cabello con moño y lo ajustó para que esté prolijo. A Harry intentaba peinarlo con un peine mojado. Le aplastaba con fuerza el pelo contra la coronilla, pero éste volvía a erizarse enseguida.

-¿No hay forma de aplastarlo?-preguntó desesperada.

Harry negó con la cabeza.

El señor Weasley consultó su reloj y miró a los hermanos.

-Creo que deberíamos irnos ya.-dijo.- Es un poco pronto, pero estarás mejor en el Ministerio que aquí, sin hacer nada.

-De acuerdo.-contestó Harry automáticamente; dejó la tostada en el plato y se puso en pie.

Todo irá bien, Harry.-aseguró Tonks, y le dio unas palmaditas en el brazo.

-Buena suerte.-deseó Lupin.- Estoy convencido de que todo saldrá bien.

-Y si no…-añadió Sirius con gravedad.-…ya me encargaré yo de Amelia Bones...-

-Deja que de eso me encargo yo.-murmuró Tabatha. Sirius le palmeó la espalda a su sobrina. Harry solo esbozó una tímida sonrisa. La señora Weasley lo abrazó.

-Todos cruzaremos los dedos.-afirmó.

-Bueno...hasta luego.-se despidió Harry.

Al salir de la cocina, la pelirroja apretó aún más la mano de su hermano. Junto con el señor Weasley subieron al vestíbulo y oyeron cómo la madre de Sirius gruñía en sueños detrás de las cortinas de su retrato. El señor Weasley abrió la puerta de la calle y salieron al frío y gris amanecer.

-Normalmente usted no va al trabajo andando, ¿verdad?-preguntó  Harry cuando empezaron a caminar a buen paso bordeando la plaza.

-No, suelo aparecerme.-respondió el señor Weasley.-Pero evidentemente ustedes no pueden aparecerse, y creo que lo mejor es que lleguemos de forma no mágica. Así causarás mejor impresión, dado el motivo por el que te han sancionado...

Mientras caminaban, el señor Weasley llevaba una mano dentro de la cazadora. Sabían que en esa mano llevaba la varita. Las calles, de aspecto abandonado, estaban casi desiertas, pero cuando llegaron a la desangelada estación de metro la encontraron llena de gente madrugadora que iba al trabajo.

Como le ocurría siempre que se hallaba rodeado de muggles que realizaban su rutina diaria, el señor Weasley a duras penas podía contener su entusiasmo.

-Sencillamente fabuloso.-susurró, señalando los dispensadores automáticos de billetes.-Maravillosamente ingenioso.

-No funcionan.-observó Tabatha señalando el letrero.

-Ya, pero aun así...-dijo el señor Weasley contemplándolos con una sonrisa radiante.

Le compraron los billetes a un soñoliento empleado y cinco minutos más tarde subieron al tren, que los llevó traqueteando hacia el centro de Londres. El señor Weasley no paraba de consultar con ansiedad el plano del metro que había encima de las ventanas.

Bajaron en una estación del centro de Londres y se vieron arrastrados por una marea de hombres vestidos con traje y corbata y de mujeres con maletines. Subieron por la escalera mecánica, pasaron por el torniquete y salieron a una ancha calle con mucho tráfico e imponentes edificios a ambos lados.

-¿Dónde estamos?-preguntó el señor Weasley, desorientado, y por un instante Harry creyó que habían bajado en una estación equivocada, a pesar de las continuas consultas del señor Weasley en el plano; pero entonces el hombre exclamó.- ¡Ah, sí! Por aquí.-los guio por una calle lateral.- Lo siento.-añadió.- Pero nunca voy al Ministerio en metro, y desde la perspectiva muggle todo parece muy diferente. De hecho, nunca he utilizado la entrada de visitantes.

Cuanto más avanzaban, más pequeños y menos imponentes eran los edificios, hasta que al final llegaron a una calle donde había varias oficinas de aspecto destartalado, un pub y un contenedor rebosante de basura.

-Ya hemos llegado.-afirmó, muy alegre, el señor Weasley, y señaló una vieja cabina telefónica roja a la que le faltaban varios cristales, situada frente a una pared cubierta de grafitis.- Después de ustedes.-indicó, y abrió la puerta de la cabina.

Los mellizos intercambiaron una mirada y luego entraron, preguntándose qué demonios significaba aquello. El señor Weasley entró también, se apretujó contra ellos y cerró la puerta. Había muy poco espacio; Harry estaba pegado contra el teléfono, que colgaba torcido de la pared, como si un gamberro hubiera intentado arrancarlo. El señor Weasley estiró un brazo y tomó el auricular.

-Señor Weasley, creo que esto tampoco funciona.-dijo Harry.

-No, no, seguro que funciona.-respondió el hombre levantando el auricular por encima de su cabeza y mirando el disco del teléfono con los ojos entornados.- Veamos... Seis...-marcó el número.- Dos... cuatro... y otro cuatro... y otro dos...

Cuando el disco hubo recuperado la posición inicial, con un suave zumbido, una gélida voz femenina sonó dentro de la cabina telefónica, pero no salía por el auricular que el señor Weasley tenía en la mano, sino que sonaba con fuerza y claridad, como si una mujer invisible estuviera allí dentro con ellos.

-Bienvenido al Ministerio de la Magia. Por favor, diga su nombre y el motivo de su visita.

-Esto...-empezó el señor Weasley sin saber si tenía que hablar por el auricular o no. Lo solucionó acercándose el micrófono a la oreja.- Arthur Weasley, Oficina Contra el Uso Indebido de Artefactos Muggles. He llegado escoltando a Harry y Tabatha Potter, que tienen que presentarse a una vista disciplinaria...

-Gracias.-contestó la gélida voz femenina.- Visitante, tomen las chapas y colóquesela en la ropa en un lugar visible, por favor.

Se oyó un chasquido y un tintineo, algo resbalaba por la rampa metálica por donde normalmente salían las monedas devueltas. Harry tomó las dos; se quedó con una y le entregó la segunda a su hermana. Ambos la observaron, era una chapa cuadrada de plata con sus nombres y el motivo de la visita. Se las engancharon en las camisetas.

-Visitante del Ministerio, tendrá que someterse a una revisión y entregar sus varitas mágicas en el mostrador de seguridad, que se encuentra al final del Atrio.

El suelo de la cabina telefónica se estremeció. Estaban hundiéndose poco a poco. Al otro lado de las ventanas de cristal de la cabina hasta que se quedaron a oscuras por completo. Entonces ya no se vio nada; sólo se oía un monótono chirrido, mientras la cabina telefónica seguía hundiéndose en la tierra. Pasado más o menos un minuto, un resquicio de luz dorada iluminó la parte baja, luego fue creciendo de tamaño y subió por el cuerpo de Harry hasta que le dio en la cara; el muchacho tuvo que parpadear para que no le lloraran los ojos.

-El Ministerio de la Magia les desea un buen día.- saludó la voz de mujer.

La puerta de la cabina telefónica se abrió sola y el señor Weasley salió seguido de los mellizos, quienes tenían la boca abierta.

Se encontraban al final de un larguísimo y espléndido vestíbulo con el suelo de madera oscura muy brillante. En el techo, de color azul eléctrico, había incrustaciones de relucientes símbolos dorados que se movían y cambiaban continuamente, como un inmenso tablón de anuncios celeste. Las paredes del vestíbulo estaban recubiertas de pulida y oscura madera, y en ellas había varias chimeneas doradas. De vez en cuando, una bruja o un mago salían por una de las chimeneas de la pared de la izquierda con un débil ruido. Ante las chimeneas de la pared de la derecha estaban formándose reducidas colas de brujas y de magos que esperaban para entrar.

Hacia la mitad del vestíbulo había una fuente. Un grupo de estatuas doradas, de tamaño superior al natural, se alzaban en el centro de un estanque circular. La figura más alta de todas era la de un mago de aspecto noble, cuya varita señalaba al cielo. A su alrededor había una hermosa bruja, un centauro, un duende y un elfo doméstico. Los tres últimos miraban con adoración a la bruja y al mago, de cuyas varitas salían unos fastuosos chorros de agua, así como del extremo de la flecha del centauro, de la punta del sombrero del duende y de las orejas del elfo doméstico. El tintineante silbido del agua al caer se unía al ruido que hacía la gente al aparecerse y al de los pasos de cientos de brujas y de magos, la mayoría de los cuales ofrecían el apesadumbrado aspecto de los madrugadores, que se dirigían hacia unas puertas doradas que había al fondo del vestíbulo.

-Por aquí.-indicó el señor Weasley.

Se unieron a la multitud y avanzaron entre los empleados del Ministerio, algunos de los cuales transportaban tambaleantes pilas de pergaminos; otros, por su parte, llevaban gastados maletines, y unos cuantos iban leyendo El Profeta mientras andaban. Al pasar junto a la fuente, Harry vio Sickles de plata y Knuts de bronce que destellaban en el fondo del estanque. Un pequeño y emborronado letrero decía:

TODO LO RECAUDADO POR LA FUENTE DE LOS HERMANOS MÁGICOS SERÁ DESTINADO AL HOSPITAL SAN MUNGO DE ENFERMEDADES Y HERIDAS MÁGICAS.

-Por aquí.-volvió a indicar el señor Weasley, y se separaron de la avalancha de empleados del Ministerio que iban hacia las puertas doradas. A la izquierda, sentado a una mesa, bajo un letrero que rezaba Seguridad, había un mago muy mal afeitado y vestido con una túnica de color azul eléctrico, que levantó la cabeza al ver que se acercaban y dejó de leer El Profeta.

-Estoy escoltando a dos visitantes.-dijo el señor Weasley, y señaló a los mellizos.

-Acérquense.- ordenó el mago con voz de aburrimiento.

Harry obedeció y el hombre levantó una varilla larga y dorada, delgada y flexible como la antena de un coche, y se la pasó a Harry por delante y por detrás, recorriéndole todo el cuerpo. Luego hizo lo mismo con Tabatha.

-Varitas.- gruñó a continuación el mago de seguridad, tras dejar el instrumento dorado y tender una mano con la palma hacia arriba.

Los mellizos se las entregaron. El mago las dejó caer sobre un extraño instrumento de latón que parecía una balanza con un único platillo. El aparato empezó a vibrar, y de una ranura que tenía en la base salió un estrecho trozo de pergamino. El mago lo arrancó y leyó lo que había escrito en él:

-Veintiocho centímetros, núcleo central de pluma de fénix, cuatro años en uso. ¿Correcto?-

-Sí.-afirmó Harry, nervioso.

A la segunda varita le ocurrió lo mismo que la primera. Segundos después, un nuevo pedazo de pergamino salió.

-Treinta y cinco centímetros y medio, núcleo central fibra de corazón de dragón, cuatro años en uso, ¿verdad?-preguntó el mago.

-Sí.-respondió Tabatha.

-Yo me quedo esto.-dijo el mago clavando los trozos de pergaminos en un pequeño pinchapapeles de latón.- Ustedes se quedan las varitas.-

-Gracias.

-Un momento...-empezó a decir con lentitud el mago.

Se había fijado en la chapa de plata de visitante que Harry llevaba prendida en el pecho, pero ahora le miraba la frente.

-Gracias, Eric.-intervino el señor Weasley con firmeza, y agarrando a los mellizos por los hombros, los apartó de la mesa y volvieron a mezclarse con la multitud de magos y de brujas que cruzaban las puertas doradas.

Empujado por la gente, siguieron al señor Weasley por las puertas que conducían a un vestíbulo más pequeño donde había, por lo menos, veinte ascensores detrás de unas rejas de oro labrado. Se unieron a un grupito que estaba reunido frente a uno de ellos. Cerca de allí había un corpulento y barbudo mago que llevaba en las manos una gran caja de cartón que emitía unos desagradables ruidos.

-¿Va todo bien, Arthur?-preguntó el mago saludando con la cabeza al señor Weasley.

-¿Qué llevas ahí, Bob?-inquirió éste mirando la caja.

-No estamos seguros.-contestó el mago con seriedad.- Creíamos que se trataba de una gallina normal y corriente hasta que empezó a echar fuego por la boca. Yo diría que nos encontramos ante un caso grave de violación de la Prohibición de la Reproducción Experimental.

Entre fuertes traqueteos y sacudidas, un ascensor descendió ante ellos; la reja dorada se movió hacia un lado, y entraron en el ascensor con los demás. Harry se encontró de pronto apretujado contra la pared del fondo. Tabatha se colocó a su lado. Varias brujas y magos los observaban con curiosidad.

-Ignóralos.-susurró ella, alisándole el flequillo y dándole la espalda a los demás.-Todo irá bien.-Harry le sonrió.

La reja se cerró con un estruendo y el ascensor empezó a subir poco a poco, con un golpeteo de cadenas, mientras volvía a escucharse aquella gélida voz femenina de la cabina telefónica.

-Séptima planta, Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, que incluye el Cuartel General de la Liga de Quidditch de Gran Bretaña e Irlanda, el Club Oficial de Gobstones y la Oficina de Patentes Descabelladas.

Y así, la voz mecánica, fue nombrando plantas. Magos y brujas, subían y bajaban. Avioncitos de papel color morado, llamados memorándum, también subían y revoloteaban alrededor de la luz. Harry se encontraba más que nervioso. La gente no podía evitar mirarle la cicatriz y cuchichear entre ellos.

-Segunda planta, Departamento de Seguridad Mágica, que incluye la Oficina Contra el Uso Indebido de la Magia, el Cuartel General de Aurores y los Servicios Administrativos del Wizengamot.

-Es aquí.-indicó el señor Weasley, una vez que solo quedaron ellos tres y una bruja.  Salieron del ascensor, junto con la mujer, a un pasillo con puertas a ambos lados.- Mi despacho está al otro lado de esta planta.

-Señor Weasley.-dijo Harry cuando pasaban por delante de una ventana por la que entraba la luz del sol.- ¿Estamos todavía bajo tierra?-

-Sí.-confirmó el señor Weasley.- Esas ventanas están encantadas. El Servicio de Mantenimiento Mágico decide el tiempo que tenemos cada día. La última vez que los de ese servicio andaban detrás de un aumento de sueldo, tuvimos dos meses seguidos de huracanes... Por aquí.-

Doblaron una esquina, pasaron por unas gruesas puertas dobles de roble y salieron a una zona, espaciosa pero desordenada, dividida en cubículos de los que surgía un intenso murmullo de voces y risas. Los memorándum entraban y salían volando como cohetes en miniatura. Un letrero torcido, colgado en la puerta del cubículo más cercano, decía: Cuartel General de Aurores.

Los Aurores habían cubierto las paredes con fotografías de sus familias y de los magos más buscados, carteles de sus equipos de Quidditch favoritos y artículos de El Profeta. Dentro había un individuo, con una túnica de color escarlata y una coleta más larga que la de Bill, que estaba sentado con las botas encima de la mesa dictándole un informe a su pluma. Un poco más allá, una bruja con un parche en un ojo hablaba con Kingsley Shacklebolt por encima de la pared de su compartimento.

-Buenos días, Weasley.-saludó Kingsley con desgano cuando se acercaron a él.-Quiero hablar contigo, ¿tienes un momento?

-Si sólo es un momento, sí.-contestó el señor Weasley.- Tengo mucha prisa.

Hablaban como si apenas se conocieran. Siguieron a Kingsley por un pasillo hasta llegar al último cubículo.

Tabatha le apretó la mano a su hermano, pues la cara de Sirius los miraba pestañeando desde todas las paredes, cubiertas de recortes de periódico y viejas fotografías, incluida una de Sirius haciendo de padrino en la boda de los Potter. El único espacio donde no aparecía la cara de Sirius era el que ocupaba un mapamundi en el que había clavados pequeños alfileres rojos que relucían como joyas.

-Toma.-dijo Kingsley con brusquedad al señor Weasley, poniéndole un fajo de pergaminos en las manos.- Necesito toda la información que puedas conseguir sobre vehículos muggles voladores avistados en los doce últimos meses. Hemos recibido información de que Black podría seguir utilizando su vieja motocicleta.-Kingsley le hizo un enorme guiño a los mellizos y añadió en un susurro.- Dale la revista, quizá la encuentre interesante.-luego, volvió a su tono serio.- Y no tardes demasiado, Weasley, el retraso en aquel informe sobre armas de juego tuvo la investigación en suspenso durante más de un mes.

-Si hubieras leído mi informe sabrías que la expresión es armas de fuego.-respondió el señor Weasley fríamente.- Y me temo que si buscas información sobre motocicletas tendrás que esperar, porque ahora estamos muy ocupados.-bajó la voz.-A ver si puedes salir antes de las siete; Molly va a hacer albóndigas.

Les hizo señas a los mellizos y los sacó del cubículo de Kingsley; pasaron por otras puertas de roble, recorrieron otro pasillo, torcieron a la izquierda, desfilaron por otro pasillo más, torcieron a la derecha por un nuevo pasillo, mal iluminado y feo, y por fin se encontraron ante una pared; a la izquierda había una puerta entornada que dejaba entrever un armario de escobas, y a la derecha otra puerta con una placa de latón deslustrada que decía: Uso Indebido de Artefactos Muggles.

El sombrío despacho del señor Weasley parecía un poco más pequeño que el armario de las escobas. Dentro había dos mesas apretujadas, y apenas quedaba espacio para moverse a su alrededor por culpa de los rebosantes archivadores que cubrían las paredes, encima de los cuales había montones de documentos en precario equilibrio. El poco espacio libre de la pared delataba las obsesiones del señor Weasley, pues estaba lleno de varios carteles de coches, entre ellos uno de un motor desmontado, dos ilustraciones de buzones que parecían recortadas de libros infantiles y un diagrama que mostraba cómo montar un enchufe.

Encima de la desbordada bandeja que contenía la correspondencia sin abrir del señor Weasley, se hallaba una vieja tostadora que hipaba con desconsuelo y un par de guantes de piel vacíos que movían los pulgares. Junto a la bandeja había una fotografía de la familia Weasley. Percy, al parecer, había salido de ella.

-No tenemos ventana.-se disculpó el señor Weasley al mismo tiempo que se quitaba la cazadora y la colgaba del respaldo de su silla.- La hemos pedido, pero por lo visto no creen que la necesitemos. Siéntense, veo que Perkins todavía no ha llegado.

Los mellizos compartieron la silla que había detrás de la mesa de Perkins mientras el señor Weasley daba un vistazo al fajo de pergaminos que le había entregado Kingsley Shacklebolt.

-¡Ah!-dijo, sonriendo, y extrajo del montón un ejemplar de la revista El Quisquilloso.-Sí...-e puso a hojear la revista.- Sí, Kingsley tiene razón, seguro que Sirius encuentra esto muy divertido.-un memorándum entró volando por la puerta abierta y se posó encima de la tostadora hipante.-¡Vaya!-exclamó.-¿Qué será eso?-lo desdobló.- *«Tercer inodoro público regurgitante denunciado en Bethnal Green; por favor, investiguen de inmediato.-*negó varias veces con la cabeza.-Esto ya es demasiado...

-¿Un inodoro regurgitante?-repitió Harry.

-Bromistas antimuggles.-explicó el señor Weasley frunciendo el entrecejo.- La semana pasada tuvimos dos, uno en Wimbledon y otro en Elephant and Castle. Los muggles tiran de la cadena y en lugar de desaparecer todo... Bueno, ya se lo imaginan. Los pobres llaman a esos... sonajeros, creo que se llaman, ya sabes, los que arreglan sus cañerías y esas cosas.

-¿Fontaneros?

-Eso es, pero, como es lógico, no saben qué hacer. Espero que podamos atrapar al responsable.

-¿Se encargan los Aurores de buscarlo?-quiso saber Tabatha.

-Oh, no, esto es demasiado trivial para los Aurores; lo hará la Patrulla de Seguridad Mágica.- un anciano mago, encorvado y de aspecto tímido, que lucía un suave y sedoso cabello blanco, acababa de entrar en la habitación jadeando.-Ah, chicos, te presento a Perkins.

-¡Oh, Arthur!-exclamó desesperadamente sin mirarlos.- Por fin te encuentro, no sabía qué hacer, si esperarte aquí o no. He enviado una lechuza a tu casa, pero veo que no la has recibido. Hace diez minutos llegó un mensaje urgente...

-Ya sé, lo del inodoro regurgitante.-comentó el señor Weasley.

-No, no, no es el inodoro, es la vista de ese chico, Potter. Han cambiado la hora y el lugar: empieza a las ocho en punto y se celebra abajo, en la vieja sala número diez del tribunal...

-En la vieja sala... Pero si a mí me dijeron... ¡Por las barbas de Merlín!-el señor Weasley consultó su reloj, soltó un grito y se levantó de un brinco de la silla.- ¡Rápido, hace cinco minutos que deberíamos estar allí!-Perkins se pegó a los archivadores mientras el señor Weasley salía corriendo del despacho con los mellizos pisándole los talones.

-¿Por qué han cambiado la hora?-preguntó Harry, casi sin aliento, mientras pasaban a toda velocidad por delante de los cubículos de los Aurores; la gente asomaba la cabeza y se quedaba mirándolos.

-¡No tengo ni idea, pero menos mal que hemos venido con tiempo; si no te hubieras presentado habría sido catastrófico!-el señor Weasley se detuvo patinando junto a los ascensores y pulsó con impaciencia el botón de Bajar.- ¡Vamos!

Apareció el ascensor, acompañado de fuertes ruidos metálicos, y subieron en él rápidamente. Cada vez que el ascensor se detenía en una planta, el señor Weasley se ponía a maldecir, furioso, y aporreaba el botón número nueve.

-Esas salas del tribunal no se utilizan desde hace años.-explicó con enojo.- No sé cómo se les ha ocurrido celebrar la vista allí, a menos que... Pero no...-una bruja regordeta, que llevaba una copa humeante, entró en ese momento en el ascensor, y el señor Weasley no dio más explicaciones.

-El Atrio.-dijo la gélida voz femenina, y las rejas doradas se abrieron. La bruja regordeta salió del ascensor, y entró un mago de piel cetrina y rostro muy triste.

-Buenos días, Arthur.-saludó con voz sepulcral mientras el ascensor empezaba a descender de nuevo.- No se te ve mucho por aquí abajo.

-Es un asunto urgente, Bode.-dijo el señor Weasley, que se balanceaba sobre la punta de los pies y lanzaba nerviosas miradas a Harry.

-¡Ah, sí!-exclamó Bode mirando a los dos menores sin pestañear.- Claro.-

-Departamento de Misterios.-anunció la voz femenina, y no dijo nada más.

-Rápido.-los apremió el señor Weasley cuando las puertas del ascensor se abrieron, y entonces echaron a correr por un pasillo muy distinto de los superiores.

Las paredes estaban desnudas; no había ventanas ni puertas, aparte de una, negra y sencilla, situada al final. El señor Weasley los agarró por un brazo y los arrastró hacia la izquierda, donde había una abertura que conducía a unos escalones.

-Por aquí, por aquí.-indicó, jadeante, bajando los escalones de dos en dos.- El ascensor no llega tan abajo... ¿Por qué la celebrarán aquí?

Llegaron al final de los escalones y corrieron por un nuevo pasillo, con bastas paredes de piedra en las que había soportes con antorchas. Las puertas de ese pasillo eran de madera muy gruesa, con cerrojos y cerraduras de hierro.

-Sala... diez... Creo que... Ya casi... Sí.-el señor Weasley se detuvo frente a una sucia y oscura puerta con un inmenso cerrojo de hierro y se apoyó en la pared, llevándose una mano al pecho, donde notaba una fuerte punzada.-Adelante.-dijo entrecortadamente, señalando la puerta con el pulgar.- Entren.

-¿Usted no... entra... nosotros?-preguntó Tabatha, tratando de recuperar el aire.

-No, no, yo no estoy autorizado.-respondió.- ¡Buena suerte!

El corazón de Harry latía con violencia contra su nuez. Tragó saliva, giró el pesado pomo de hierro de la puerta y entraron en la sala del tribunal.