"Los mellizos Potter" — capítulo 143
Capítulo 21
"En el ojo de la serpiente"
El aire frío le corría por cada vertebra, estremeciéndola hasta los huesos. Pero aquella sombra no sentía el frío. No sentía el cambio de temperatura. No sentía nada.
Un largo pasillo se extendía ante sus ojos: largo, oscuro e inhóspito. Pero ella no tenía miedo.
Su andar era arrastrado, pesado y se mantenía en pie de una forma oscilante. Sus pensamientos eran nebulosos y carecían de buenas intenciones. Sentía un profundo odio aflorándole desde el corazón y apoderándose del resto de su cuerpo. Era un odio que no se comparaba con cualquier otro tipo de odio. Ésta expresión se dividía en dos y la dejaba intranquila.
"Deben morir. Sólo después de ver sus cuerpos puedo asegurarme de que mi ascenso no tendrá obstáculos."
Algo pegajoso se deslizó a su lado. Ella se volvió hacia el costado, visualizando una serpiente que se escurría a su lado. Ambos transitaban por el pasillo. Los azulejos negros reflejaban la figura oscura y maligna que se arrastraba, sacando una roja y bípeda lengua. Siseos se elevaban en el aire, llegando a los oídos de la segunda silueta.
"Tranquila, mi pequeña. Pronto los tendremos a ambos."
Al llegar al final del corredor, se encontraron de frente con una puerta de gruesa madera. La eminencia encapuchada estiró sus largos y pálidos dedos reptaron por toda la circunferencia de la perilla, girándola suavemente hacia el costado hasta que un débil chasquido la destrabó.
Una brillante y cegadora luz cubrió por completo a la figura vestida de negro. La serpiente siseaba nerviosamente mientras se enredaba en las pierna de su amo, trazando su camino hacia arriba y descansando sobre los estrechos hombros.
La figura ingresó a la habitación, dejando atrás la oscuridad y sumiéndose en la claridad que proporcionaba aquella habitación blanca.
Allí no había mucho, más que un espejo empotrado contra una pared y en el centro una enorme bola de cristal, pegada contra un pedestal cromado. La serpiente susurraba contra el oído del espectro mientras enredaba la cola alrededor de la muñeca de dicho sujeto.
La sombra se acercó a la bola de cristal y colocó sus tersas y blancas manos sobre la base. En el centro de la bola una nube gris comenzó a disiparse, permitiendo ver figuras borrosas, que poco a poco fueron transformándose en visiones más nítidas.
Lo que allí se mostraba era una habitación mucho más amplia y cavernosa, donde la única fuente de luz era un arco de piedra. Allí había personas que se batían a duelo. Chispas volaban e impactaban en sus blancos o simplemente daban contras las paredes. La sombra se exasperaba al ver a aquella pareja de hermanos luchando contra sus tropas. Pero también se sentía verdaderamente humillado al darse cuenta a la clase de persona a la que le había puesto su marca. Era increíble que un grupo de adultos no pudiese lidiar con unos cuantos mocosos adolescentes. Eso la hacía rabiar.
La serpiente pareció sentir su ira, por lo que continuó siseando en el oído de su amo.
"Lo sé. Lo sé."
La figura arrastraba los pies a medida que se alejaba de la bola y se acercaba al espejo.
"Sí uno quiere que las cosas se hagan, uno debe tomar el asunto entre sus manos."
Al situarse frente a la lámina lustrada, sus dedos fueron hacia su cabeza, corriendo hacia atrás la capucha y revelando un rostro en forma de corazón, piel más blanca que la leche, una revuelta cabellera pelirroja y, más importante e intimidante, un par de ojos más rojos que la sangre.
Tabatha despertó jadeando y con lágrima en los ojos. Estaba fatigada y el corazón parecía que saltar de su pecho. El sudor corría por su frente mientras que su cabello se le pegaba a las mejillas. Tragó saliva forzosamente y temblando se deshizo de las sabanas.
La habitación estaba vacía, por lo que nadie la vio despertar en aquel deplorable estado. Tabatha se sostuvo de las paredes e hizo su camino hacia el baño. Las piernas parecían hechas de gelatina y las manos no lograban aferrarse, como si estuvieran embadurnadas con mantequilla.
Una vez junto al lavabo, tuvo miedo de mirarse al espejo. No quería comprobar si su aspecto era igual al de aquella pesadilla. Con la vista baja se limitó a abrir la canilla y llenar sus manos con agua. Pero se sobresaltó y soltó un gritito cuando vio extrañas marcas curvadas en sus muñecas.
Para aquellos momentos la respiración comenzó a ser irregular y el aire le quemaba en los pulmones. Intentó controlarse, pero estaba empeorando. Se estaba volviendo loca.
-¿Tabatha?-la voz de Lavander la inquieto.- ¿Estás bien?-la pelirroja iba a negar, pero si lo hacía ella tendría que explicarle un montón de cosas que la joven Brown jamás entendería.- ¿Quieres que llame a la profesora McGonagall?-
-¡No!-se apresuró a decir y aunque intentó sonar tranquila, la voz le salió como un gruñido hosco.- No.-repitió.-No hace falta que te molestes.-le sonrió.-Gracias.-
Lavander iba a retirarse, pero se volvió nuevamente.
-¿Qué te ha pasado en las manos?-Tabatha se apresuró a esconder sus muñecas bajo la manga de su pijama.
-¿A qué te refieres?-preguntó nerviosamente.
La joven Brown la escudriñó durante unos instantes mientras que la pelirroja se esforzaba por mantenerse lo más serena posible.
-Nada.-dijo finalmente.-Voy a…-señaló la puerta.-Voy… al Gran Comedor.-
-¡Guárdame un lugar!-exclamó Tabatha, tratando de sonar alegre. Lavander le sonrió débilmente, pero era de aquellas sonrisas que detonaban desconfianza.
La pelirroja se acercó a la puerta y se desplomó contra ella, cerrándola del todo.
..*
Luego de un rápido y casi inexistente desayuno, Tabatha juntó todas sus cosas y salió corriendo del comedor, poniendo rumbo a la cabaña de Hagrid. Se había quedado dormida, por lo que había perdido a Hermione y estaba llegando tres minutos tarde. Sin embargo, para cuando llego a la explanada se encontró con que los de Slytherin y Gryffindor aún no habían comenzado con la clase, con lo que pudo respirar e ir más tranquila.
-¡Oye, Potter!-llamó Parkinson, al verla pasar.- ¡Bonito peinado, ¿te ajustas a la moda de la rara de tu amiga?!-Tabatha ni siquiera se tomó el trabajo de mirarla, mucho menos se preocupó por su cabello, el cual, realmente parecía haber sido peinado con alambre de púas.
Ella llegó junto a sus amigos y se apoyó contra el hombro de Harry.
-¡Nos tenías preocupados!-exclamó Hermione.
-Lo lamento.-se disculpó la pelirroja.-No tuve buena noche.-se excusó sin entrar en detalles, porque eso significaría tener que contarles todo.
Hagrid salió de su cabaña y sobre su llevaba un bulto que parecía la mitad de una vaca muerta.
-¡Hoy vamos a trabajar aquí!-anunció alegremente, señalando con la cabeza los oscuros árboles que tenía a su espalda.- ¡Estaremos un poco más resguardados! Además, ellos prefieren la oscuridad.
-¿Quién prefiere la oscuridad?-preguntó Malfoy ásperamente a Crabbe y a Goyle con un dejo de pánico en la voz.- ¿Quién ha dicho que prefiere la oscuridad? ¿Ustedes lo han oído?
Tabatha lo miró por encima de su hombro y recordó la única ocasión en que Malfoy había entrado en el bosque en primer año; aquella vez tampoco demostró mucha valentía.
-¿Listos?-preguntó Hagrid festivamente.-Muy bien, preparé una excursión al bosque para los de quinto año. Pensé que sería interesante que observaran a esas criaturas en su hábitat natural.-explicó.- Las criaturas que vamos a estudiar hoy son muy raras, creo que soy el único en toda Gran Bretaña que ha conseguido domesticarlas.
-¿Seguro que están domesticadas?-insistió Malfoy, y el dejo de pánico en su voz se hizo más pronunciado.- Porque no sería la primera vez que nos trae bestias salvajes a la clase.-los de Slytherin lo apoyaba, e incluso unos cuantos estudiantes de Gryffindor también parecían opinar que Malfoy tenía razón.
-Claro que están domesticadas.-contestó Hagrid frunciendo el entrecejo y colocándose bien la vaca muerta sobre el hombro.
-Entonces, ¿qué le pasó en la cara?-inquirió Malfoy.
-¡Eso no es asunto tuyo!-espetó el profesor con enojo.- Y ahora, si ya terminaron de hacerme preguntas estúpidas, ¡síganme!- se dio vuelta y entró en el bosque, pero nadie se mostraba muy dispuesto a seguirlo. Harry miró a sus amigos, que suspiraron y asintieron con la cabeza, y los cuatro siguieron a su amigo, precediendo al resto de la clase.
Caminaron unos diez minutos hasta llegar a un lugar donde los árboles estaban tan pegados que no había ni una gota de nieve en el suelo y parecía que la tarde había caído prematuramente. Hagrid, con un gruñido, depositó la media vaca en el suelo, retrocedió y se dio vuelta para mirar a los alumnos, la mayoría de los cuales pasaban sigilosamente de un árbol a otro hacia donde estaba él, escudriñando nerviosos los alrededores como si fueran a atacarlos en cualquier momento.
-Agrúpense, agrúpense.-les aconsejó.- Bueno, el olor de la carne los atraerá, pero de todos modos voy a llamarlos porque les gusta saber que soy yo.
Se dio vuelta, movió la desgreñada cabeza para apartarse el cabello de la cara y dio un extraño y estridente grito que resonó entre los oscuros árboles como el reclamo de un pájaro monstruoso. Nadie rió: la mayoría de los estudiantes estaban demasiado asustados para emitir sonido alguno. Hagrid volvió a emitir aquel chillido. Luego pasó un minuto, durante el cual los alumnos, inquietos, siguieron escudriñando los alrededores por si veían acercarse algo. Y entonces, cuando Hagrid se echó el cabello hacia atrás por tercera vez e infló su enorme pecho, algo se movió entre los arbustos.
Un par de ojos blancos y relucientes empezaron a distinguirse en la penumbra, poco después una cara y un cuello como los de un dragón, y luego el esquelético cuerpo de un enorme y negro caballo alado surgió de la oscuridad. El animal se quedó mirando a los niños unos segundos mientras agitaba su larga y negra cola; a continuación agachó la cabeza y empezó a arrancar carne de la vaca muerta con sus afilados colmillos.
Harry sintió un alivio inmenso. Por fin tenía pruebas de que no se había imaginado aquellas criaturas, de que eran reales: Hagrid también las conocía. Miró ansioso a Ron, pero su amigo seguía observando entre los árboles.
-¿Por qué no sigue llamando Hagrid?-preguntó en un susurro.
-Yo los veo.-musitó Tabatha, con los ojos fijos en aquella criatura.
Pero el resto de los alumnos de la clase ponían la misma cara de aturdimiento y de nerviosa expectación que Ron, y miraban en todas direcciones menos al caballo que tenían delante. Al parecer, sólo había otras dos personas que podían verlo: un muchacho robusto de Slytherin, que estaba detrás de Goyle y contemplaba al caballo con una expresión de profundo disgusto en la cara, y Neville, que seguía con la mirada los movimientos oscilantes de la larga cola negra del animal.
-¡Ah, aquí llega otro!-exclamó Hagrid con orgullo cuando otro caballo negro salió de entre los oscuros árboles. El animal plegó sus alas, que eran como de cuero, las pegó al cuerpo, agachó la cabeza y también se puso a comer.-A ver, que levanten la mano los que pueden verlos.-los mellizos la levantaron.-Sí, claro, ya sabía que ustedes los verían.-repuso con seriedad.- Y tú también, ¿eh, Neville? Y...
-Perdone.-intervino Malfoy con una voz socarrona.-Pero ¿qué es exactamente eso que se supone que tendríamos que ver?
Por toda respuesta, Hagrid señaló el cuerpo de la vaca muerta que yacía en el suelo. Los alumnos la contemplaron unos segundos; entonces varios de ellos ahogaron un grito y Parvati se puso a chillar: lo único que ellos veían eran trozos de carne que se separaban solos de los huesos y desaparecían, y era lógico que les pareciera muy extraño.
-¿Quién lo hace?-preguntó Parvati, aterrada, retirándose hacia el árbol más cercano.- ¿Quién se está comiendo esa carne?
-Son Thestrals.-respondió Hagrid con orgullo.-Hay una manada en Hogwarts. Veamos, ¿quién sabe...?
-Pero ¡traen muy mala suerte!-lo interrumpió Parvati, alarmada.- Dicen que causa todo tipo de desgracias a quien los ve. Una vez la profesora Trelawney me contó...
-¡No, no, no!-negó Hagrid chasqueando la lengua.- ¡Eso no son más que supersticiones!-le restó importancia.-Los Thestrals no traen mala suerte. Son inteligentísimos y muy útiles. Bueno, éstos de aquí no tienen mucho trabajo, sólo tiran de los carruajes del colegio, a menos que Dumbledore tenga que hacer un viaje largo y no quiera aparecerse. Miren, ahí llega otra pareja…-dos caballos más salieron despacio de entre los árboles; uno de ellos pasó muy cerca de Parvati, que se estremeció y se pegó más al árbol.
-¡Me parece que sentí algo!-chilló con los ojos desorbitados.- ¡Creo que está cerca de mí!
-No te preocupes, no te hará ningún daño.-aseguró Hagrid con paciencia.- Bueno, ¿quién puede decirme por qué algunos de ustedes los ven y otros no?
Tabatha tímidamente alzó la mano, viéndose impresionada ante tales animales.
-Adelante.-dijo Hagrid sonriéndole.
-Los únicos que pueden ver a los Thestrals son los que han visto la muerte.-explicó serenamente.
Al ver a los Thestrals una extraña paz le surgió desde lo más profundo del pecho. Su cabeza ya no proyectaba las horrendas imágenes de su pesadilla ni mucho menos recordaba los cortes que llevaba en las muñecas.
-Exacto.-confirmó Hagrid solemnemente.- Diez puntos para Gryffindor. Los Thestrals...
-Ejem, ejem.-la profesora Umbridge había llegado. Estaba a unos palmos de Harry, luciendo su capa y su sombrero verdes, y con el fajo de hojas de pergamino preparado. Hagrid, que nunca había oído aquella tos falsa, miró preocupado al Thestral que tenía más cerca, creyendo que era el animal el que había producido aquel sonido.-Ejem, ejem.
-¡Ah, hola!-saludó Hagrid, sonriendo, cuando por fin localizó la fuente de aquel ruidito.
-¿Recibió la nota que envié a su cabaña esta mañana?-preguntó la profesora Umbridge hablando despacio y elevando mucho la voz.-La nota en la que le anunciaba que iba a supervisar su clase.
-Sí, sí.-afirmó Hagrid muy contento.- ¡Me alegro de que haya encontrado el lugar! Bueno, como verá..., o quizá no... No lo sé... Hoy estamos estudiando los Thestrals.
-¿Cómo dice?-preguntó Umbridge en voz alta, llevándose la mano a la oreja y frunciendo el entrecejo.
Hagrid parecía un poco confundido.
-¡Thestrals!-gritó.-Esos...caballos alados, grandes, ¿sabe?-Hagrid agitó sus gigantescos brazos imitando el movimiento de unas alas. La profesora Umbridge lo miró arqueando las cejas.
-Tiene...que...recurrir...a...un... burdo... lenguaje... corporal.-murmuró mientras escribía. Hermione y Tabatha intercambiaron una tensa mirada.
-Bueno..., en fin...-balbuceó Hagrid, y se volvió hacia sus alumnos. Parecía un poco nervioso.-Este..., ¿por dónde iba?
-Presenta...signos...de... escasa... memoria... inmediata.-continuó la profesora Umbridge lo bastante alto para que todos pudieran oírla.
Draco Malfoy estaba exultante, como si las Navidades se hubieran adelantado un mes. Hermione, en cambio, estaba roja de ira reprimida.
-Hagrid.-habló Tabatha suavemente.- ¿Qué más tienes sobre los Thestrals?-
-¡Ah, sí!-exclamó el profesor, y echó una ojeada a las notas de la profesora Umbridge, inquieto. Pero siguió adelante con valor.-Sí, les iba a contar por qué tenemos una manada. Empezamos con un macho y cinco hembras. Éste.-le dio unas palmadas al caballo que había aparecido en primer lugar.-Se llama Tenebrus y es mi favorito. Fue el primero que nació aquí, en el bosque...
-¿Sabe que el Ministerio de la Magia ha catalogado a los Thestrals como criaturas peligrosas?-intervino Umbridge en voz alta.
Mientras que a Harry se le encogió el corazón, Hagrid se limitó a chasquear la lengua.
-¡Estos animales no son peligrosos!-repuso.- Bueno, quizá peguen un mordisco si uno los fastidia mucho...
-Parece... que... la... violencia... lo motiva.-murmuró la mujer, y continuó escribiendo en sus notas.
-¡En serio, no son peligrosos!-insistió Hagrid, que se estaba poniendo un poco nervioso.-Mire, los perros muerden cuando se los molesta, ¿no? Lo que pasa es que los Thestrals tienen mala reputación por eso de la muerte. Antes la gente creía que eran de mal agüero, ¿verdad? Porque no lo entendían, claro.
La profesora Umbridge no hizo ningún comentario más; terminó de escribir la última nota, levantó la cabeza y miró a Hagrid.
-Continúe dando la clase, por favor.-pidió.-Yo voy a pasearme...-con mímica hizo como que caminaba y Malfoy y Parkinson rieron a carcajadas, aunque sin hacer ruido.-…entre los alumnos…-señaló a unos cuantos estudiantes.-…y les haré preguntas.-añadió, señalándose la boca mientras movía los labios.
Hagrid se quedó mirándola; no se explicaba por qué la profesora Umbridge actuaba como si él no entendiera su idioma. Hermione tenía lágrimas de rabia en los ojos.
-¡Eres una arpía!-dijo por lo bajo mientras la bruja se acercaba a Pansy Parkinson.- Ya sé lo que pretendes, asquerosa, retorcida y malvada...-
-Hagrid.-llamó Tabatha con los dientes apretados, haciéndole señas para que continuase.
-Bueno...-dijo el guardabosque haciendo un esfuerzo por recuperar el hilo de sus ideas.- Thestrals. Sí. Los Thestrals tienen un montón de virtudes...
-¿Te resulta fácil entender al profesor Hagrid cuando habla?- preguntó la profesora Umbridge a Pansy con voz resonante
Parkinson, como Hermione, tenía lágrimas en los ojos, pero las suyas eran de risa. Cuando contestó, apenas se le entendió porque, al mismo tiempo que hablaba, intentaba contener una carcajada.
-No..., porque..., bueno..., siempre parece que estuviera gruñendo...-la profesora Umbridge escribió más notas. Las pocas zonas de la cara de Hagrid que no estaban amoratadas se pusieron rojas, pero intentó fingir que no había oído la respuesta de Pansy.
-Este..., sí, son muy buenas criaturas, los Thestrals.-prosiguió.-Bueno, una vez que están domados, como éstos, nunca volverán a perderse. Tienen un sentido de la orientación increíble, sólo hay que decirles adónde uno quiere ir...
-Lo increíble es que esos caballos lo entiendan a él, desde luego.-observó Malfoy en voz alta, y Pansy Parkinson tuvo otro ataque de risa. La profesora Umbridge les sonrió con indulgencia y luego se volvió hacia Neville.
-¿Tú puedes ver a los Thestrals, Longbottom?-inquirió. Él asintió con la cabeza.- ¿A quién has visto morir? —preguntó nuevamente con indiferencia.
-A... mi abuelo.-contestó Neville.
-¿Y qué opinas de ellos?-continuó la profesora Umbridge, señalando con una mano pequeña y regordeta a los caballos, que ya habían arrancado una gran cantidad de carne a la res, dejándola reducida a los huesos.
-Pues...-dijo Neville, acongojado, y miró a Hagrid.-Bueno... están... muy bien.
-Los... alumnos... están... demasiado... intimidados... para... admitir...que... tienen... miedo.-murmuró la profesora Umbridge tomando otra nota en sus pergaminos.
-¡No!-protestó Neville.- ¡No, yo no tengo miedo!
-No pasa nada.-dijo la profesora, y le dio unas palmaditas en el hombro mostrando una sonrisa que pretendía ser de comprensión, pareció maliciosa.- Bueno, Hagrid.-se volvió hacia él una vez más, y elevó el tono de voz.-Creo que ya he recogido suficiente información. Recibirá…-mediante signos hizo como que agarraba algo que estaba suspendido en el aire.-…los resultados de su supervisión…-señaló sus notas.-…dentro de diez días.-levantó ambas manos, extendiendo todos los dedos, y a continuación amplió más que nunca aquella sonrisa de sapo bajo el sombrero verde, se abrió paso entre los alumnos y dejó a Malfoy y a Pansy desternillándose de risa, a Hermione, temblando de ira, y a Neville, muy confundido y disgustado.
..*
Llegó diciembre, dejando más nieve y un verdadero alud de deberes para los alumnos de quinto año. Aunque con eso las responsabilidades de Ron y Tabatha era más pesadas, pero resultaban placenteras en ciertos puntos. Con la llegada de la navidad, los profesores les pidieron a los Prefectos que los ayudasen con la decoración del Gran Comedor, para ir ambientando al castillo con dicha festividad.
Para Tabatha navidad siempre fue su fecha favorita. Si bien los Dursley no se molestaban mucho en entregarle regalos, ella siempre se las ingeniaba que Harry tuviese, por más sencillo y humilde, un presente. Pero desde que había entrado a Hogwarts, las cosas comenzaron a ser realmente diferente. Ella ya no tenía que preocuparse por preparar el pavo o tener que servir los caprichos de Dudley. Tabatha se sentía relajada en su colegio y eso le encantaba.
-Potter.-llamó McGonagall, caminando hacia ella.-Cuelga éstas guirnaldas, niña.-pidió, pasándole una caja con metros de colores brillantes.
-Enseguida, profesora.-asintió ella, terminando de darle los últimos retoques a las velas que levitaban sobre la mesa de profesores.
Una vez finalizada su última actividad, ella tomó la caja y la llevó hasta la base del enorme pino que formaba parte de los doce árboles de navidad con los que tradicionalmente decoraban el Comedor. Unos metros hacia su derecha, Ron intentaba adornar otro árbol pero el profesor Flitwick era minucioso y no le gustaba la forma en la que la estrella estaba puesta en la punta. Tabatha se detuvo junto a su correspondiente pino y bajó la caja. Luego aspiró con fuerza y sacó su varita; en el aire había un adorable aroma dulce que la hacía amar aún más navidad.
Apuntando las guirnaldas con la varita, ella las sacó de la caja y las hizo levitar hasta el inicio del árbol navideña; la primera punta se enredó en la parte baja del pino y el resto comenzó a enredarse prolijamente por el árbol, dando vueltas alrededor hasta que la segunda parte se escondió entre las ramas más altas.
Tabatha se alejó unos cuantos pasos y contempló su trabajo. El árbol, verde antes, ahora brillaba con una larga guirnalda dorada que hacía juego con las pelotitas azules, plateadas, rojas y amarillas que pendían de las puntas de las ramas.
-Hey, Potter.-ella volteó y se encontró con Malfoy, quién jugaba con uno de los adornos.- ¿Has tenido noticias de cómo le ha ido al tonto de tu amigo Hagrid?-preguntó socarronamente.
-Piérdete, Malfoy.-murmuró la pelirroja, buscando las otras guirnaldas dentro de la caja.
-Sería una increíble lástima que él se vaya y en su lugar pusieran a un profesor más…competente.-continuó Malfoy, siguiéndola de cerca.-Mi padre lo ha tenido entre cejas desde aquel accidente en tercer año.-añadió.- ¿Te dije que casi pierdo el brazo?-
-Hubiera sido mejor que Buckbeak te hubiera arrancado la cabeza.-masculló ella entre dientes.-La tienes sobre los hombros y ni siquiera te molestas en usarla.-
-Me gusta tu actitud.-la pelirroja rodó los ojos.- ¿Alguna vez te he dicho que saldría contigo…?-ella dejó caer las guirnaldas rojas y volteó hacia el Slytherin.-No te miento.-juró él, llevándose una mano al pecho.- Claro ésta, que primero tendrías que deshacerte de esos tres que tu llamas hermano y amigos, y comenzar a reconsiderar tus amistades.-
-Lamento disentir contigo, Malfoy.-repuso ella.-Pero…-sus orbes marrones se fijaron en lo que pendía sobre su cabeza e hizo silencio.-Muérdago.-murmuró. Se volvió hacia el Slytherin.- ¿Sabes qué significa eso?-sus ojos comenzaron a brillar.-Un…beso.-Malfoy soltó el adorno, el cual se estrelló contra el piso, y una expresión de estupefacción le cubrió el rostro.- Vaya.-ella se sonrojó.- Sería horrible no respetar la tradición del muérdago, ¿verdad?-
-Lo sería.-respondió Draco, tragando saliva.
-Entonces…-ella se mordisqueó el labio.-Ven.-él sonrió victorioso y se arregló la túnica, para luego caminar con galantería. Una vez que quedó frente a Tabatha cerró los ojos y se dispuso a besarla. La pelirroja arrugó la nariz y se retiró dos pasos.-Espera.- detuvo.-Déjame hacer algo primero. Quédate así, con los ojos cerrados.-pidió entre susurros mientras caminaba hacia atrás.
Tabatha no quería besarlo, ni aunque fuese el último chico del mundo. Pero quería hacer algo para cobrarse todas las que él le había hecho a sus amigos y las cosas horrendas que había dicho de Hagrid. Pero, ¿qué sería lo sumamente humillante como para ubicar a Malfoy en su lugar?...y, cómo si fuese por arte de magia, la respuesta apareció a pocos metros, sentada en un escalón.
"La Señora Norris."
Sonrió para sí misma y sin hacer ruido, corrió hacia donde se hallaba la gata. Estaba claro decir que ni el felino ni la pelirroja congeniaban, pero Tabatha la necesitaba para su plan.
En cuanto tomó al gato entre sus brazos, la Señora Norris comenzó a retorcerse y a maullar pero Tabatha la cayó con un dulce en forma de ratón. La gata utilizó sus dos patas delanteras y comenzó a darle lengüetazos al dulce.
-Habrá otro si consigues quedarte quieta.-le susurró la pelirroja. El felino quedó más tranquilo a medida que saboreaba su pago. Tabatha camino de regreso a donde estaba Malfoy, quién raramente seguía con los ojos cerrados.-Aquí estoy.-anunció, colocándose frente a él. Vio que los parpados del muchacho aleteaban y se apresuró a detenerlo.-Para que sea perfecto, debes quedarte cómo estás.-pidió.
-¿Tanta vueltas dan las chicas?-se quejó Malfoy.
-¿Quieres el beso o no?-inquirió ella. De haberlos tenido abiertos, el Slytherin habría rodado los ojos.
-De acuerdo.-Malfoy se inclinó hacia adelante, acortando la distancia lentamente mientras ponía sus labios en posición. La pelirroja se mordió el interior de la mejilla e intentó controlar la risa. Justo cuando él estaba a medio centímetro, ella levantó a la Señora Norris, le arrancó el dulce y la puso en medio de los dos, por lo que los labios de Malfoy besaron los pegajosos bigotes de la gata. Y por una breve fracción de segundos, no pareció darse cuenta… hasta qué…
-¡Hey, Malfoy!-exclamó Ron desde el otro lado del Gran Comedor.- ¡Bonita tu novia!-Parkinson se volvió rápidamente sobre sus talones y soltó un agudo chillido.
-¡Draco!-el aludido abrió los ojos y se encontró frente a frente con el felino. Arrugando los labios retrocedió, como si un Dementor le hubiese absorbido el alma. Los prefectos de Ravenclaw y Hufflepuff reían mientras que Malfoy se ponía colorado muy lentamente. Furibundo se volvió hacia Tabatha, quién sonreía inocentemente y abrazaba a la Señora Norris como si fuese el bebé más hermoso del mundo.
-Feliz navidad, Draquito.-
-…-…-…-
-Bueno.-dijo Harry, luego de que los prefectos hubieran finalmente llegado a la Sala de Menesteres.-He pensado que esta noche podríamos repasar lo que hemos hecho hasta ahora, porque ésta es la última reunión antes de las vacaciones, y no tiene sentido empezar nada nuevo antes de un descanso de tres semanas...
-¿No vamos a hacer nada nuevo?-preguntó Zacharias Smith en un contrariado susurro, aunque lo bastante alto para que lo oyeran todos.- Si hubiera sabido, no habría venido.
-Es una lástima que Harry no te lo haya dicho antes.-replicó Fred.
Varios estudiantes rieron por lo bajo. Harry observó que Cho también reía y volvió a notar aquella sensación de vacío en el estómago, como si se hubiera saltado un escalón al bajar por una escalera.
-Practicaremos de a dos.-continuó.-Empezaremos con el embrujo obstaculizador durante diez minutos; luego nos sentaremos en los almohadones y volveremos a practicar los encantamientos aturdidores.
Los alumnos, obedientes, se agruparon de dos en dos; Tabatha se reunió con Hermione mientras la sala se iba llenando enseguida de gritos intermitentes de Impedimenta Uno de los integrantes de cada pareja se quedaba paralizado un minuto, y durante ese tiempo el compañero miraba alrededor para ver lo que hacían las otras parejas; luego recuperaban el movimiento y les tocaba a ellos practicar el embrujo.
Tras diez minutos de practicar el embrujo obstaculizador, esparcieron los almohadones por el suelo y se dedicaron al encantamiento aturdidor. Como no había suficiente espacio para que todos practicaran a la vez, la mitad del grupo estuvo observando a la otra un rato, y luego cambiaron. Harry se sentía muy orgulloso mientras los contemplaba. Ciertamente, Neville aturdió a Padma Patil en lugar de a Dean, al que estaba apuntando, pero tratándose de él podía considerarse un error menor, y todos los demás habían mejorado muchísimo.
Al cabo de una hora, Harry le dijo que pararan.
-Lo están haciendo muy bien.-comentó, sonriente.- Cuando volvamos de las vacaciones, empezaremos a hacer cosas más serias; quizás el encantamiento Patronus.
Hubo un murmullo de emoción y luego la sala empezó a quedarse vacía; los estudiantes se marchaban en grupos de dos y de tres, como de costumbre, y al salir por la puerta deseaban a Harry feliz Navidad. Éste, muy animado, ayudó a su hermana, a Ron y a Hermione a recoger los almohadones, que amontonaron en un rincón. Y mientras que el pelirrojo y la castaña se marchaban, Tabatha se tomó un momento.
En la sala había un enorme espejo de cuerpo completo con algunos recortes pegados en los costados. Ella se colocó frente al reflejo y evitó mirarlo. Las pesadillas habían cesado hacía unos cuantos días, pero las secuelas aún continuaban en su cabeza. Pero siempre estaba buscando cosas con las que entretenerse, nunca dejaba de introducir diversos temas en su mente con la idea de alejar aquellos oscuros pensamientos.
Del bolsillo de su túnica sacó un papel rugoso, el cual estiró antes de pegar contra el espejo. Luego se alejó unos cuantos pasos y se llevó las manos a la espalda, meciéndose sobre la punta de sus pies. El rostro de Cedric le sonreía, mientras un flash le iluminaba las facciones.
-Estoy segura de que a él le hubiera gustado todo esto.-Tabatha volteó hacia el costado, encontrándose con Cho. La muchacha tenía los ojos llorosos y miraba con desdén la fotografía de Cedric.- ¿Es la última que le sacaron, verdad?-preguntó.- La del torneo.-
-Lo es.-respondió ella. Cho soltó unos cuantos sollozos y se tapó la boca.
-Lo lamento.-se disculpó.
La pelirroja enarcó notoriamente una ceja.
-¿Qué ocurre?-intervino Harry, acercándose preocupado. Él le lanzó una inquisidora mirada a su hermana, la cual iba cargada con más de un significado.
-Me tengo que ir.-se excusó la joven Potter, señalando la salida.
-A…adiós…-hipeó Cho, secándose las lágrimas con la manga de la túnica. Tabatha se despidió de su mellizo y mentalmente se dijo a sí misma que debería hostigar a Harry para saber de qué hablaron él y Cho.
...
La Sombra nuevamente se encontraba en la habitación blanca. El espejo había desaparecido pero la bola de cristal aún permanecía donde había estado la primera vez.
Tabatha, en su faceta menos agradable, se paseaba alrededor del taburete donde reposaba dicha esfera mientras deslizaba sus dedos sobre la base pulida y suave. Bajo el manto de niebla ya no se distinguía aquella cavernosa habitación que había visto por primera vez. Ahora se mostraba aquel interminable pasillo a oscuras y helado.
Transitando aquel corredor iba un cuerpo liso, fuerte y flexible. Se deslizaba entre unos relucientes barrotes de metal, sobre una fría y oscura superficie de piedra. A primera vista el pasillo estaba vacío, pero no... Había un hombre sentado en el suelo, enfrente a la serpiente, con la barbilla caída sobre el pecho, y su silueta destacaba contra la oscuridad... el animal sacaba la lengua...percibía el olor que desprendía aquel hombre, que estaba vivo pero adormilado, sentado frente a una puerta, al final del pasillo...Tabatha sabía que su hermano, convertido en serpiente, se moría de ganas de morder a aquel hombre...pero le había advertido que debía contener el impulso..., tenía cosas más importantes que hacer...aunque tenía permitido defenderse si se encontraba en eminente peligro…
No obstante, el hombre se movía...una capa plateada resbalaba de sus piernas cuando se ponía de pie de un salto, y Harry veía cómo su oscilante y borrosa silueta se elevaba ante él; veía cómo salía una varita mágica de su cinturón...no tenía alternativa...se elevaba del suelo y atacaba una, dos, tres veces, hundiéndole los colmillos al hombre, y notaba cómo sus costillas se astillaban entre sus mandíbulas y sentía el tibio chorro de sangre...
El hombre gritaba de dolor... y luego se quedaba callado...se tambaleaba, se apoyaba en la pared...
Tabatha despertó gritando y bañada nuevamente en sudor. El pecho le subía y bajaba, el corazón bombeaba mucho más deprisa que nunca. Los pulmones le ardían, como si estuvieran al rojo vivo y las lágrimas le corrían por las mejillas.
-¡Tabatha!-exclamó Hermione alarmada, poniéndose de pie de un brinco. Parvati y Lavander se hallaban arrinconadas contra sus camas y con expresiones de terror.- ¿Qué ocurre?-la castaña la zarandeó levemente de los hombros, pero la pelirroja no salía de su estado de shock.- ¡Háblame!-
-Han…-la lengua parecía pastosa y las lágrimas le nublaban la vista.-Han…he hecho que ataquen al señor Weasley.-