"Los mellizos Potter" — capítulo 144
Capítulo 22:
"Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas."
Hermione no dudo en tomar a su amiga por el brazo y arrastrarla fuera de la habitación. Tabatha aun temblaba y a su mente venían las imágenes del ataque. Por momentos sentía la boca pastosa y con gusto a sangre, como si ella misma hubiese mordido a aquel pobre hombre.
-…tú también tendrías que venir, Weasley.-en las escaleras se encontraron con la profesora McGonagall, quién salía del dormitorio de los varones con Harry y Ron.- Granger, Potter.-habló, percatándose de la presencia de ambas.-Regresen a sus camas ahora. Es muy tarde para que anden despiertas.-
-No podemos, profesora.-repuso Hermione mirando nerviosamente a su amiga, quien se había abrazado a sí misma dándose calor con sus propias manos.
-¿Qué ha ocurrido, Potter?-preguntó seriamente la profesora, acercándose a la pelirroja.
-He tenido una horrible pesadilla.-la voz le temblaba al igual que todo el cuerpo.-He visto…una serpiente.-Harry se puso alerta.-Mordió a…-
-Al papá de Ron.-completó el azabache.-Yo he visto lo mismo.-
-De acuerdo.-sentenció la profesora.-Será mejor que yo baje con ellos. Granger, vuelve a tu habitación.-indicó.-Ustedes, síganme.-Hermione se despidió de sus amigos y volvió a la recamara, aunque espió durante unos instantes mientras el grupo bajaba por la escalera de caracol hasta la sala común. Una vez abajo salieron por el hueco del retrato y llegaron al pasillo de la Señora Gorda, iluminado por la luna. Tabatha se aferró a la mano de su hermano mientras que Harry tenía la impresión de que el pánico que se acumulaba en su interior podía desbordarse en cualquier momento. Al cabo de unos minutos llegaron a la gárgola de piedra que vigilaba la entrada del despacho de Dumbledore.- ¡Meigas fritas!-la gárgola cobró vida y se apartó hacia un lado, y la pared que tenía detrás se abrió dejando ver una escalera de piedra que se movía continuamente hacia arriba, como una escalera mecánica de caracol. Montaron los cuatro y la pared se cerró tras ellos con un ruido sordo y empezaron a ascender, describiendo cerrados círculos, hasta que llegaron a la brillante puerta de roble en la que sobresalía la aldaba de bronce que representaba un grifo.
Era más de medianoche, pero en el interior de la habitación se oían voces, como un agitado murmullo. Parecía que Dumbledore estaba reunido por lo menos con una docena de personas. La profesora McGonagall llamó tres veces con la aldaba en forma de grifo y las voces cesaron inmediatamente, como si alguien las hubiera hecho callar pulsando un interruptor. La puerta se abrió sola, y la profesora precedió a los mellizos y a Ron hacia el interior.
El cuarto estaba en penumbra; los extraños instrumentos de plata que había sobre las mesas estaban quietos y silenciosos en lugar de zumbar y despedir bocanadas de humo, como solían hacer; los retratos de anteriores directores y directoras que cubrían las paredes dormitaban en sus marcos. Junto a la puerta, un espléndido pájaro rojo y dorado del tamaño de un cisne dormía en su percha con la cabeza bajo el ala.
-Ah, es usted, profesora McGonagall..., y..., ¡ah!-Dumbledore estaba sentado en una silla de respaldo alto detrás de su mesa, inclinado sobre la luz de las velas que iluminaban los papeles que tenía delante. Aunque llevaba una bata de color morado y dorado con espléndidos bordados sobre una camisa de dormir blanquísima, estaba completamente despierto y tenía los penetrantes ojos azules claro fijos en la profesora.
-Profesor Dumbledore, los Potter han tenido..., bueno, una pesadilla.-declaró la McGonagall.- Dicen que...
-No era ninguna pesadilla.-se apresuró a corregir Harry.
-Está bien, Potter, cuéntaselo tú al director.
-Verá...yo... estaba dormido, es verdad...-empezó a explicar y pese al terror que sentía y la desesperación por conseguir que Dumbledore lo entendiera, le molestó un poco que el director no lo mirara a él, sino que se examinara los dedos, que tenía entrelazados.
-No era un sueño corriente...-musitó Tabatha con apenas un hilillo de voz y la vista baja.- Era real... muy real.-
-Vi cómo pasaba...-continuó Harry, inspirando hondo.- Al padre de Ron, el señor Weasley, lo ha atacado una serpiente gigantesca.
Las palabras resonaron en la habitación y resultaron ligeramente ridículas, incluso cómicas. Luego se produjo un silencio durante el cual Dumbledore se recostó en la silla y se quedó contemplando el techo con aire meditabundo. Ron, pálido y conmocionado, miró a sus amigos y luego al director.
-¿Cómo lo han visto?-preguntó Dumbledore con serenidad, aunque seguía sin mirarlo.
-Pues... no lo sé.-contestó Harry, muy enfadado.- Dentro de mi cabeza, supongo.
-No me has entendido.-repuso el director con el mismo tono reposado.- Me refiero a si... ¿recuerdan... dónde estaban situados cuando presenciaron el ataque?-formuló detalladamente.- ¿Estaban de pie junto a la víctima o contemplaban la escena desde arriba?-aquélla era una pregunta curiosa.
-Yo era la serpiente.-afirmó el azabache.
-Yo…yo era su amo.-acotó la pelirroja.-Me animo a decir que Harry lo vio todo desde los ojos de la serpiente, quién cumplía las ordenes impuestas por Vol…su amo.-se estremeció y apretó aún más la mano de su hermano. Hubo un nuevo momento de silencio; entonces Dumbledore, sin mirar a Ron, que todavía estaba blanco como la cera, preguntó con un tono de voz diferente, más brusca.
-¿Está Arthur gravemente herido?
-Sí.-contestó Harry con ímpetu. El director se puso en pie tan deprisa que los mellizos se sobresaltaron, y se dirigió a uno de los viejos retratos que estaba colgado muy cerca del techo.
-¡Everard!-dijo enérgicamente.- ¡Y tú también, Dilys!-dos personajes que parecían sumidos en el más profundo de los sueños, un mago de rostro cetrino con un corto flequillo negro y una anciana bruja con largos tirabuzones plateados que estaba en el cuadro de al lado, abrieron de inmediato los ojos.- ¿Lo han oído?-el mago asintió con la cabeza
-Por supuesto.-asintió la bruja.
-Es pelirrojo y lleva gafas.-especificó Dumbledore.- Everard, tendrás que dar la alarma y asegúrate de que lo encuentran las personas adecuadas...-el mago y la bruja asintieron y se desplazaron hacia un lado de sus respectivos marcos.-Everard y Dilys fueron dos de los más célebres directores de Hogwarts.-explicó mientras se acercaba al magnífico pájaro que dormía en la percha al lado de la puerta.- Tal es su renombre que ambos tienen retratos colgados en importantes instituciones mágicas. Como tienen libertad para moverse de uno a otro de sus propios retratos, podrán decirnos qué está pasando en otros sitios...
-Pero ¡el señor Weasley podría estar en cualquier parte!-exclamó Harry.
-Siéntense los tres, por favor.-dijo Dumbledore ignorando por completo el comentario del chico.-Everard y Dilys quizá tarden unos minutos en regresar.-miró a la profesora.- McGonagall, ¿quiere acercar unas sillas?-la mujer sacó la varita mágica del bolsillo de la bata y la agitó; de la nada aparecieron tres sillas de madera, con respaldo alto. Los tres estudiantes se sentaron y cada uno se sumió en sus propios pensamientos. El director acariciaba con un dedo las doradas plumas de la cabeza de Fawkes, y el fénix despertó al momento. Levantó su hermosa cabeza y miró a Dumbledore con sus ojos brillantes y oscuros.-Necesitaremos que nos avises.-dijo en voz baja al pájaro. Hubo un fogonazo y el fénix desapareció.
Entonces Dumbledore se inclinó sobre uno de aquellos frágiles instrumentos de plata, lo llevó a su mesa, se sentó de cara a sus visitantes y dio unos golpecitos en él con la punta de la varita: el instrumento cobró vida de inmediato y empezó a emitir unos rítmicos tintineos. Por el minúsculo tubo de plata que tenía en la parte superior empezaron a salir pequeñas bocanadas de un pálido humo verde. Dumbledore lo observaba atentamente con la frente arrugada. Tras unos segundos, las pequeñas bocanadas se convirtieron en un chorro de humo cada vez más denso que formaba espirales en el aire...luego, en el extremo se formó una cabeza de serpiente que abría mucho la boca.
-Naturalmente, naturalmente.-murmuró Dumbledore, al parecer para sí, sin dejar de observar el chorro de humo y sin dar la más leve señal de sorpresa.- Pero ¿dividido en esencia?
Aquella pregunta no tenía ni pies ni cabeza. Sin embargo, la serpiente de humo se dividió al instante en tres serpientes, que siguieron enroscándose y ondulando en la penumbra. Con gesto de amarga satisfacción, Dumbledore dio otro golpecito al instrumento con la varita: entonces el tintineo fue cesando hasta apagarse, y las serpientes de humo quedaron reducidas a una neblina informe que acabó esfumándose y desapareciendo por completo. Dumbledore volvió a dejar el instrumento encima de la mesita de finas patas.
-¡Dumbledore!- Everard había vuelto a su retrato, jadeando ligeramente.
-¿Qué ha pasado?-
-Grité hasta que alguien llegó corriendo.-contó el mago secándose la frente con la cortina que tenía detrás.-Y le dije que había oído que algo se movía abajo. No estaban seguros de si debían creerme, pero fueron a comprobarlo. Ya sabes que allí abajo no hay retratos desde los cuales se pueda mirar. En fin, unos minutos más tarde lo subieron. No tiene buen aspecto, está cubierto de sangre. Corrí hasta el retrato de Elfrida Cragg para verlo bien cuando se marchaban...
-Muy bien.-dijo Dumbledore, y Ron hizo un movimiento convulsivo.- Entonces supongo que Dilys lo habrá visto llegar...-unos momentos después, la bruja de los tirabuzones plateados apareció también en su retrato.
-Sí, lo han llevado a San Mungo, Dumbledore...-afirmó mientras tosía.- Han pasado por delante de mi retrato...tiene mal aspecto...
-Gracias.-dijo el director, quien luego miró a la profesora McGonagall.-Minerva, necesito que vaya a despertar a los otros hijos de Weasley.
-Ahora mismo voy.-la profesora se dirigió rápidamente hacia la puerta. Pero antes de salir se detuvo el tiempo suficiente para mirar al director.- ¿Y... qué hay de Molly, Dumbledore?-
-De eso se encargará Fawkes cuando haya terminado de vigilar si se acerca alguien.-determinó el director.- Pero quizá lo sepa ya, porque tiene ese estupendo reloj...-
Una vez que la profesora se retiró, Dumbledore comenzó a hurgar en el armario que estaba detrás de los estudiantes. Por fin dejó de revolver y apareció con una vieja y ennegrecida tetera que dejó con cuidado sobre su mesa.
-¡Portus!-murmuró apuntando la varita contra el objeto. La tetera tembló brevemente y emitió un extraño resplandor azulado; luego dejó de estremecerse y se quedó tan negra como al principio. Dumbledore se acercó a otro retrato, que representaba a un mago con pinta de listillo, con barba puntiaguda, al que habían pintado vestido de verde y plata, los colores de Slytherin; al parecer, dormía tan profundamente que no oyó la voz de Dumbledore cuando éste intentó despertarlo.
-¡Phineas! ¡Phineas!
Los personajes de los retratos que cubrían las paredes ya no se hacían los dormidos, sino que se movían por sus cuadros para ver lo que pasaba en la habitación. Al ver que el mago con pinta de listo seguía fingiendo que dormía, algunos lo llamaron también a gritos.
-¡Phineas! ¡Phineas! ¡PHINEAS!-como ya no podía disimular más, dio un exagerado brinco y abrió mucho los ojos.
-¿Alguien me llama?
-Necesito que visites una vez más tu otro retrato, Phineas.- pidió Dumbledore.- Tengo un nuevo mensaje.
-¿Visitar mi otro retrato?-repitió Phineas con voz aflautada, y dio un largo y falso bostezo mientras recorría la habitación con la mirada.- ¡Ah, no, Dumbledore, esta noche estoy demasiado cansado!-de pronto los retratos de las paredes estallaron en manifestaciones de protesta.
-¡Insubordinación, señor!-bramó un mago robusto de nariz encarnada, blandiendo los puños.- ¡Negligencia en el cumplimiento del deber!
-¡Estamos moralmente obligados a prestar servicio al actual director de Hogwarts!-gritó un anciano mago de aspecto frágil, el predecesor de Dumbledore, Armando Dippet.- ¡Debería darte vergüenza, Phineas!
-¿Lo convenzo, Dumbledore?-insinuó una bruja de ojos penetrantes que levantó una varita inusualmente gruesa parecida a una vara para dar azotes.
-Está bien, está bien.-cedió Phineas mirando con aprensión la varita de la bruja.-Aunque es posible que ya haya destrozado mi retrato, como ha hecho con los de la mayoría de la familia...
-Sirius sabe perfectamente que no tiene que destruir tu retrato.-replicó Dumbledore.-Tienes que decirle que Arthur Weasley está gravemente herido y que su esposa, hijos y los Potter llegarán en breve a su casa. ¿Lo has entendido?
-Arthur Weasley herido, esposa e hijos y los Potter invitados.-repitió Phineas con aburrimiento.-Sí, sí..., muy bien...
Entonces se inclinó hacia un lado del retrato y desapareció de la vista en el preciso instante en que la puerta del despacho volvía a abrirse. Fred, George y Ginny entraron con la profesora McGonagall; los tres iban en pijama y despeinados, y parecían asustados.
-¿Qué pasa?-preguntó Ginny refiriéndose a los mellizos. Tabatha vio que tenía aspecto de estar muerta de miedo.- La profesora McGonagall dice que han visto cómo atacaban a papá...
-Su padre ha tenido un accidente mientras trabajaba para la Orden del Fénix.-explicó Dumbledore.-Lo han llevado al Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas.-añadió.- Los voy a enviar a casa de Sirius, que está mucho más cerca del hospital que La Madriguera. Allí se reunirán con su madre.
-¿Cómo vamos a ir?-preguntó Fred, muy afectado.- ¿Con Polvos Flu?
-No.-respondió Dumbledore.- Ahora los polvos Flu no son seguros, la Red está vigilada. Utilizarán un Traslador.-señaló la vieja tetera de aspecto inocente que había dejado encima de la mesa.- Estamos esperando el informe de Phineas Nigellus. Antes de enviarlos quiero asegurarme de que no hay ningún peligro.-en ese momento se produjo un fogonazo en medio del despacho; cuando se apagó, apareció una pluma dorada que descendió flotando suavemente.-Es el aviso de Fawkes.-anunció Dumbledore, y tomó la pluma antes de que llegara al suelo.- La profesora Umbridge sabe que no están en sus camas... Minerva, vaya y entreténgala, cuéntele cualquier historia...-acto seguido, la profesora McGonagall salió por la puerta en medio de un vuelo de cuadros escoceses.
-Dice que será un placer.-afirmó una voz aburrida detrás de Dumbledore; Phineas había vuelto a aparecer ante el estandarte de Slytherin.-Mi tataranieto siempre ha tenido un gusto muy extraño con los huéspedes.
-Entonces, vengan aquí.-indicó Dumbledore a los mellizos y los Weasley.- Y rápido, antes de que llegue alguien más.-los hermanos Potter y los demás se agruparon alrededor de la mesa del director.- ¿Todos han utilizado ya un Traslador?-preguntó Dumbledore; todos asintieron y estiraron una mano para tocar alguna parte de la ennegrecida tetera.- Muy bien. Entonces, cuando cuente tres, uno..., dos...- inmediatamente, la cicatriz de Harry se puso a arder, como si se le hubiera abierto la vieja herida, y surgió dentro de él un odio espontáneo y no deseado, aunque horriblemente intenso, y tan potente que por un instante pensó que no había nada que deseara más en el mundo que golpear, morder e hincarle los colmillos al hombre que tenía delante...-...tres.
Todos notaron una fuerte sacudida en el estómago y el suelo desapareció bajo sus pies; todos chocaban contra los otros mientras salían despedidos a toda velocidad hacia delante, en medio de un torbellino de colores y una fuerte ráfaga de viento, arrastrados por la tetera... hasta que tocaron bruscamente el suelo con los pies; la tetera cayó al suelo.
-Ya están aquí esos mocosos traidores a la sangre.-dijo una voz cercana, mientras los recién llegados se intentaban poner de pie.- ¿Es verdad que su padre está muriéndose?
-¡FUERA!-gritó otra voz.
Habían llegado a la lúgubre cocina del sótano del número 12 de Grimmauld Place. Los únicos puntos de luz eran el fuego y una vela parpadeante que iluminaban los restos de una cena solitaria. Kreacher salía en aquel momento por la puerta que daba al vestíbulo; entonces giró la cabeza y les lanzó una mirada maliciosa al mismo tiempo que se colocaba bien el taparrabos. Sirius corría hacia ellos con gesto de preocupación. Iba sin afeitar y todavía llevaba puesta la ropa de calle; despedía un olorcillo a alcohol parecido al de Mundungus.
-¿Qué ha pasado?-preguntó, y estiró una mano para ayudar a Ginny a levantarse.- Phineas Nigellus me ha dicho que Arthur está gravemente herido.
-Pregúntaselo a ellos.-sugirió Fred, señalando a los mellizos.
-Sí, yo también quiero enterarme.-dijo George.
Los gemelos y Ginny miraban fijamente a los hermanos Potter. Los pasos de Kreacher se habían parado en la escalera.
Tabatha no pronunció palabra, pero se reunió con Sirius mientras que sus ojos detonaban el más puro de los miedos. No iba a poder decir dos palabras de corrido.
-Fue...-empezó Harry.-Tuve una... especie de... visión…-y les contó todo lo que había visto, pero alteró el relato, de modo que pareciera que lo había contemplado desde fuera. Ron, que todavía estaba muy pálido, le lanzó una mirada fugaz, aunque no hizo ningún comentario. Cuando Harry hubo terminado, Fred, George y Ginny se quedaron observándolo con atención un momento. Él no sabía si se lo imaginaba o no, pero le pareció detectar un destello acusador en sus ojos. Y si le iban a echar la culpa sólo por haber presenciado el ataque, se alegraba de no haberles contado que lo había visto desde el interior de la serpiente.
-¿Está nuestra madre aquí?-preguntó Fred.
-Seguramente ni siquiera sabe todavía lo que ha pasado.-contestó Sirius.- Lo más importante era sacarlos de Hogwarts antes de que la profesora Umbridge pudiera intervenir. Supongo que ahora Dumbledore estará contándoselo a Molly.
-Tenemos que ir a San Mungo.-dijo Ginny con urgencia, y miró a sus hermanos, que, naturalmente, todavía iban en pijama.- Sirius, ¿puedes dejarnos unas capas o algo?
-¡Un momento, no pueden ir todavía a San Mungo!-la atajó Black.
-Claro que podemos ir a San Mungo si queremos.- contradijo Fred con testarudez.- ¡Es nuestro padre!
-¿Y cómo van a explicar que sabían que Arthur había sido atacado antes incluso de que lo supieran el hospital o su propia esposa?
-¿Qué importancia tiene eso?-preguntó George acaloradamente.
-¡Importa porque no queremos llamar la atención sobre el hecho de que ellos tiene visiones de cosas que ocurren a cientos de kilómetros de distancia!-repuso Sirius con enfado.- ¿Tienen idea de cómo interpretaría el Ministerio esa información?
Era evidente que a Fred y George no les importaba cómo lo interpretara el Ministerio. Ron, por su parte, seguía lívido y callado.
-Podría habérnoslo contado alguien más...-insinuó Ginny.- O podríamos habernos enterado por otra fuente que no fueran ellos.
-¿Ah, sí? ¿Por quién?-preguntó Sirius con impaciencia.- Escuchen, su padre ha resultado herido mientras trabajaba para la Orden, y las circunstancias ya son lo bastante sospechosas para que encima sus hijos lo sepan sólo unos segundos después de que haya ocurrido. Podrían perjudicar gravemente los intereses de la Orden...
-¡Nos trae sin cuidado la maldita Orden!-gritó Fred.
-¡Nuestro padre se está muriendo!-añadió George.
-¡Su padre ya sabía dónde se metía y no va a agradecerles que le pongan las cosas más difíciles a la Orden!-replicó Sirius, tan furioso como ellos.- ¡Esto es lo que hay, y por eso no pertenecen a la Orden! ¡Ustedes no lo entiende, pero hay cosas por las que vale la pena morir!
-¡Qué fácil es decir eso estando encerrado aquí!-espetó Fred.- ¡Yo no veo que tú arriesgues mucho el pellejo!-
-¡Fred!-intervino Tabatha por primera vez.-Ya basta.-miró a su tío.-Los dos. Ya basta. La situación ya es bastante complicada como para que sigamos sumándole problemas.-
El poco color que le quedaba a Sirius en la cara se esfumó de golpe. Durante un momento pareció estar deseando pegarle una bofetada a Fred.
-Ya sé que es difícil, pero hemos de fingir que todavía no sabemos nada.-dijo serenamente.- Debemos quedarnos aquí, al menos hasta que tengamos noticias de su madre, ¿de acuerdo?
Fred y George seguían encolerizados. Ginny, en cambio, fue hacia la silla más cercana y se sentó en ella; la pelirroja fue con ella. Harry miró a Ron, que hizo un movimiento extraño, entre un gesto afirmativo con la cabeza y un encogimiento de hombros, y los dos se sentaron también. Los gemelos miraron con odio a Sirius durante un minuto más; luego se sentaron a ambos lados de ambas chicas.
-Así me gusta.-dijo Sirius alentándolos.-Bueno, vamos a..., vamos a beber algo mientras esperamos.-sacó su varita.- ¡Accio cerveza de mantequilla!-segundos después media docena de botellas salieron de la despensa y fueron volando hacia ellos, se deslizaron por la mesa, esparciendo los restos de la cena de Sirius, y se detuvieron hábilmente delante de cada uno de ellos. Todos bebieron, y durante un rato sólo se oyeron el chisporroteo del fuego de la cocina y el ruido sordo de las botellas al dejarlas en la mesa.
Tabatha bebía de a sorbitos mientras sujetaba firmemente la mano de Ginny. En su cabeza seguía rondando el sueño y eso no la dejaba tranquila. Miró a su hermano, pero él estaba sumido en sus propios pensamientos. Pero por raro que pareciese…ella podía oír lo que él pensaba. Harry estaba apesadumbrado por la situación y se cuestionaba a sí mismo sí realmente él se encontraba en el cuerpo de la serpiente. La pelirroja estiró las piernas por debajo de la mesa y lo pateó. Harry se sobresaltó y apoyó fuertemente la botella contra la mesa; luego la miró. Ella lo observó atentamente y con los ojos le habló. Con una sola mirada le pidió que se mantuviese relajado. Harry asintió levemente mientras bebía nuevamente.
Unos cuantos minutos después se produjo un fogonazo en el aire que iluminó los platos sucios que tenían delante, y mientras gritaban desconcertados, un rollo de pergamino cayó con un ruido sordo sobre la mesa, acompañado de una pluma de cola de fénix.
-¡Fawkes!-exclamó Sirius de inmediato, y agarró el pergamino.- Ésta no es la letra de Dumbledore...-anunció mirando el remitente.-Debe de ser un mensaje de su madre...tomen...
Le puso la carta en la mano a George, que la abrió con rapidez.
-Papá todavía está vivo. Salgo ahora para San Mungo. Quedaos donde estáis. Os enviaré noticias en cuanto pueda. Mamá.-leyó. George miró alrededor de la mesa.-Todavía está vivo...-repitió lentamente.- Pero eso suena como si...-no tuvo que terminar la frase. Pero para Harry también sonaba como si el señor Weasley estuviera debatiéndose entre la vida y la muerte. Ron, aun asombrosamente pálido, se quedó mirando el dorso de la carta de su madre como si allí fueran a aparecer unas palabras de consuelo para él. Fred le arrancó la hoja de pergamino a George y volvió a leer la carta; luego miró a Harry, quien notó que volvía a temblarle la mano sobre la botella de cerveza de mantequilla, y la sujetó más fuerte para detener el temblor.
Sirius propuso una vez, aunque sin mucha convicción, que fueran a acostarse, pero las miradas de repugnancia de los Weasley fueron suficiente respuesta. Se quedaron sentados en silencio alrededor de la mesa, observando cómo la mecha de la vela se hundía más y más en la cera líquida; de cuando en cuando se llevaban una botella a los labios, y sólo hablaban para controlar la hora, para preguntarse en voz alta qué estaría pasando o para tranquilizarse unos a otros diciéndose que si había malas noticias lo sabrían enseguida, porque la señora Weasley ya debía de haber llegado a San Mungo.
Fred se quedó dormido con la cabeza colgando sobre un hombro. Ginny estaba acurrucada como un gato en su silla, pero tenía los ojos abiertos; Tabatha se encontraba recostada contra el pecho de George, mientras le sujetaba la mano y de vez en cuando la presionaba levemente; Harry veía la luz del fuego de la chimenea reflejada en ellos, y Ron permanecía sentado con la cabeza apoyada en las manos, aunque era imposible saber si estaba dormido o despierto.
A las cinco y diez de la mañana, según el reloj de Ron, se abrió la puerta de la cocina y por ella entró la señora Weasley. Estaba extremadamente pálida, pero cuando todos se volvieron para mirarlas, ella forzó una frágil sonrisa.
-Se pondrá bien.-afirmó con voz débil que denotaba cansancio.- Ahora duerme.-añadió.- Más tarde podremos ir a verlo. Bill se ha tomado la mañana libre y está haciéndole compañía.
Fred se desplomó en la silla y se tapó la cara con las manos. George y Ginny se pusieron en pie, fueron corriendo hacia su madre y la abrazaron. Ron soltó una risotada temblorosa y se terminó la cerveza de mantequilla de un solo trago.
-¡A desayunar!-dijo Sirius en voz alta y con regocijo mientras se levantaba.- ¿Dónde está ese maldito elfo doméstico? ¡KREACHER!-pero el elfo no acudió a la llamada.- Bueno, da lo mismo.-murmuró, y se puso a contar a las personas que tenía delante.-A ver, desayuno para... ocho...huevos con beicon, supongo, un poco de té, tostadas...
-No quiero ni pensar qué habría pasado si no llega a ser por ti, Harry.-dijo con voz apagada la señora Weasley, abrazándolo.- Quizá hubieran tardado horas en encontrar a Arthur, y entonces habría sido demasiado tarde, pero gracias a ti él está vivo y Dumbledore ha podido inventarse un buen pretexto para explicar que estuviera donde estaba; no te puedes imaginar los problemas que habría tenido de no ser así; mira lo que le ha ocurrido al pobre Sturgis...-Harry se sentía abrumado por la gratitud de la señora Weasley, pero por suerte ella lo soltó enseguida; entonces la mujer se volvió hacia Sirius.-Oh, Sirius, te lo agradezco muchísimo...-dijo.-Dicen que tendrá que quedarse un tiempo, y sería maravilloso estar cerca de él...aunque eso quizá signifique que tengamos que pasar las Navidades aquí.
-¡Cuantos más, mejor!-exclamó Black con una sinceridad tan evidente que la señora Weasley lo miró sonriendo; luego se puso un delantal y empezó a ayudar a preparar el desayuno.
-Sirius.-llamó Tabatha en voz baja porque ya no podía aguantar ni un minuto más.- ¿Podemos hablar un momento... en privado?-pidió.- ¿Ahora?-
-Claro.-ella lo guio hacia la oscura despensa. Una vez reunidos y sin más preámbulos le contó todos los detalles de su versión de su visión. No omitió nada y le expresó el temor que sentía. En ningún momento tomó aire, pero Sirius le colocó las manos sobre los hombros y ella se calló.
-¿Se lo has contado a Dumbledore?
-Lo intenté.-musitó.-Pero cuando Harry le contó su parte y no supo explicarse bien.-
-Estoy seguro de que si hubiera algo de lo que preocuparse te lo habría dicho.-afirmó Sirius con determinación.
-Pero no se trata sólo de eso.-insistió.- Sirius, creo...-apretó levemente los ojos.-…creo que estoy volviéndome loca.-se mordisqueó el labio.-Días atrás he soñado que yo era…-la voz se le apagó. Tabatha se llevó la mano a la boca y le dio la espalda.-He soñado que era él.-finalizó.-Estaba en su cuerpo, tenía su voz, sus pensamientos. Era…era él.-
-¿Quién?-
Ella se volvió hacia Sirius.
-Yo era Voldemort.-
..*
Cuando todos despertaron descubrieron que sus baúles habían llegado desde Hogwarts mientras ellos comían, así que pudieron vestirse de Muggles para ir a San Mungo. Todos estaban muy contentos mientras se quitaban las túnicas y se ponían vaqueros y sudaderas. Cuando llegaron Tonks y Ojoloco para escoltarlos por Londres, los recibieron con regocijo y se rieron del bombín que Moody llevaba torcido para que le tapara el ojo mágico, y le aseguraron sinceramente que Tonks, que volvía a llevar el cabello muy corto y de color rosa chillón, llamaría la atención en el metro menos que él.
Siguieron a Tonks hasta la escalera mecánica; Moody cerraba el grupo.
-No está lejos de aquí.-gruñó cuando salieron al frío invernal de una calle ancha, llena de tiendas y de gente que hacía las compras navideñas. Empujó con suavidad a los mellizos para que se adelantaran un poco y los siguió de cerca.
-Pensé que el hospital estaría en un lugar…no tan cerca del contacto Muggle.-comentó Tabatha.
-No resultó fácil encontrar un buen emplazamiento para un hospital.-repuso Moody.- En el callejón Diagon no había ningún edificio lo bastante grande, y no podíamos ubicarlo bajo tierra, como el Ministerio, porque no habría sido saludable. Al final consiguieron un edificio por esta zona. La teoría era que así los magos podrían ir y venir y mezclarse con la muchedumbre.-Ojoloco agarró a Harry por un hombro para impedir que lo separaran del grupo unos compradores que, evidentemente, no tenían otro objetivo que entrar en una tienda cercana llena de artilugios eléctricos. -Ya estamos.-anunció Moody un momento más tarde.
Habían llegado frente a unos grandes almacenes de ladrillo rojo, enormes y anticuados, cuyo letrero rezaba: Purge y Dowse, S.A. El edificio tenía un aspecto destartalado y deprimente; en los escaparates sólo había unos cuantos maniquíes viejos con las pelucas torcidas, colocados de pie al azar y vestidos con ropa de diez años atrás.
-Muy bien.-dijo Tonks, y les hizo señas para que se acercaran a un escaparate donde sólo había un maniquí de mujer particularmente feo.- ¿Están preparados?
Todos asintieron y formaron un corro alrededor de ella. Moody le dio otro empujón a los mellizos entre los omoplatos para que siguiera adelante, y Tonks se inclinó hacia el cristal del escaparate observando el desastroso maniquí. El cristal se empañó con el vaho que le salía por la boca.
-¿Qué hay?-preguntó.- Hemos venido a ver a Arthur Weasley.
Resultaba absurdo que Tonks esperara que el maniquí la oyera hablar tan bajito a través de un cristal, sobre todo teniendo en cuenta el gran estruendo que hacían los autobuses al circular por detrás de ella y el bullicio de la calle llena de gente. Pero al cabo de un segundo el maniquí movía brevemente la cabeza y les hacía señas con un dedo articulado, y Tonks agarró a Ginny y a la señora Weasley por los codos, atravesaba el cristal y desapareciendo de la vista. Fred, George y Ron las siguieron.
-Vamos.-gruñó Moody, y les dio otro empujón en la espalda; juntos atravesaron una especie de cortina de agua fría, y salieron secos y calentitos al otro lado.
Al otro lado no había ni rastro de aquel lamentable maniquí ni del sitio en que había estado momentos antes. Se encontraron en lo que parecía una abarrotada sala de recepción donde varias hileras de magos y brujas estaban sentados en desvencijadas sillas de madera; algunos tenían un aspecto completamente normal y leían con atención ejemplares viejos de Corazón de bruja; otros presentaban truculentas desfiguraciones, como trompas de elefante o más manos de la cuenta que les salían del pecho. La sala no estaba mucho más tranquila que la calle porque varios pacientes hacían ruidos extraños. Unos magos y algunas brujas ataviados con túnicas de color verde lima se paseaban por las hileras de pacientes haciendo preguntas y tomando notas en pergaminos que llevaban sujetos por unos sujetapapeles.
-¿Son médicos?-le preguntó Harry a Ron en voz baja.
-¿Médicos?-repitió Ron con asombro.- ¿Esos Muggles chiflados que cortan a la gente en pedazos? No, son sanadores.
-¡Por aquí!-gritó la señora Weasley para que la oyeran y todos la siguieron hasta la cola que había ante una bruja rubia y regordeta que estaba sentada detrás de un mostrador donde un letrero decía Información.
-Hola.-saludó.-Esta mañana iban a cambiar de sala a mi marido, Arthur Weasley. ¿Podría decirnos...?
-¿Arthur Weasley?-repitió la bruja mientras pasaba un dedo por una larga lista que tenía delante.- Sí, primera planta, segunda puerta a la derecha, Sala Dai Llewellyn.
-Gracias.-dijo la señora Weasley.-Vamos.
La siguieron a través de las puertas dobles por un estrecho pasillo que había a continuación en cuyas paredes colgaban más retratos de sanadores famosos iluminado mediante globos de cristal llenos de velas que flotaban en el techo y parecían gigantescas pompas de jabón. Por las puertas por las que iban pasando entraban y salían constantemente brujas y magos ataviados con túnicas de color verde lima. El grupo subió por una escalera y llegaron al pasillo de Heridas Provocadas por Criaturas.
-Nosotros esperaremos fuera, Molly.-anunció Tonks.-Arthur no querrá que entren demasiadas visitas a la vez...-añadió.-Primero deberían entrar sólo los familiares.-Ojoloco gruñó en señal de aprobación y se quedó apoyado en la pared del pasillo, mientras el ojo mágico le giraba en todas direcciones. Los mellizos también se quedaron fuera, pero la señora Weasley alargó un brazo y los empujó por la puerta.
-No sean tontos.-dijo.- Arthur quiere darles las gracias.-cerró la puerta detrás de ellos.
Se trataba de una sala pequeña y muy sombría pues la única ventana que había era estrecha y estaba en lo alto de la pared opuesta a la puerta. La luz procedía de unas cuantas de aquellas relucientes burbujas de cristal. Las paredes estaban recubiertas de paneles de roble y en una de ellas había colgado un retrato de un mago con pinta de malo que llevaba el rótulo: «Urquhart Rackharrow, 1612-1697, inventor de la maldición de expulsión de entrañas.
Sólo había tres pacientes más. El señor Weasley ocupaba la cama del fondo de la sala, junto a la pequeña ventana. Estaba apoyado en varios almohadones y que leía El Profeta aprovechando el único rayo de sol que caía sobre su cama. El señor Weasley levantó la cabeza cuando ellos entraron, y sonrió al comprobar quiénes eran.
-¡Hola!-los saludó, y dejó El Profeta a un lado.- Bill acaba de marcharse, Molly, ha tenido que volver al trabajo, pero me ha dicho que pasará a verte más tarde.
-¿Cómo te encuentras, Arthur?-preguntó la señora Weasley, y se inclinó para besar a su marido en la mejilla y lo miró con gesto de preocupación.- Todavía estás un poco paliducho.
-Me encuentro perfectamente.-respondió con tono alegre, y estiró su brazo sano para abrazar a Ginny.-Si pudieran quitarme los vendajes, estaría en perfectas condiciones para marcharme a casa.
-¿Por qué no pueden quitártelos, papá?-preguntó Fred.
-Porque cada vez que lo intentan empiezo a sangrar a chorro.-contestó sin dar muestras de preocupación. Tomó su varita, que descansaba en la mesilla de noche, y la agitó para hacer aparecer siete sillas junto a su cama para que se sentaran todos.- Por lo visto, en los colmillos de esa serpiente había un veneno muy raro que mantiene abiertas las heridas.-explicó.-Pero están seguros de que encontrarán el antídoto; dicen que han visto casos mucho peores que el mío, y entre tanto sólo tengo que tomarme una poción de reabastecimiento de sangre cada hora. Pero a ese tipo de ahí…-añadió bajando la voz y señalando con la cabeza la cama de enfrente, donde un individuo con un horrible color enfermizo contemplaba el techo.-…lo mordió un hombre lobo, pobrecillo. Eso no tiene remedio.
-¿Un hombre lobo?-repitió la señora Weasley en un susurro, alarmada.- ¿Y no es peligroso que esté en una sala compartida? ¿No debería estar en una habitación privada?
-Todavía faltan dos semanas para que haya luna llena.-recordó su esposo en voz baja.- Esta mañana los sanadores han estado hablando con él y han intentado convencerlo de que podrá llevar una vida casi normal. Yo le he dicho, sin mencionar nombres, por supuesto, que conozco personalmente a un hombre lobo, un tipo muy agradable que se las apaña muy bien.
-¿Y qué ha contestado él?-preguntó George.
-Me ha respondido que si no me callaba me mordería.-repuso el señor Weasley con pesar.- Y esa mujer de allí…-añadió señalando la otra cama ocupada que estaba junto a la puerta.-…se niega a decirles a los sanadores qué bicho la mordió, lo cual nos indica que debió de ser algo que manejaba ilegalmente. Fuera lo que fuese, se llevó un buen pedazo de pierna, y cuando le retiran los vendajes huele que apesta.
-Bueno, papá, ¿vas a contarnos lo que pasó o no?- preguntó Fred acercando más la silla a la cama.
-Pero si ya lo saben, ¿no?-repuso el señor Weasley, y miró con una elocuente sonrisa a Harry.- Es muy sencillo: como había tenido un día muy duro, me quedé dormido; ese bicho se me acercó sigilosamente y me mordió.
-¿Sale tu caso en El Profeta?-inquirió Fred señalando el periódico que el señor Weasley había dejado a un lado.
-No, claro que no.-respondió su padre con una sonrisa un tanto amarga.-El Ministerio no quiere que nadie sepa que una enorme y asquerosa serpiente me ha jo...
-¡Arthur!- previno la señora Weasley.
-...me ha... jorobado.-terminó el señor Weasley atropelladamente.
-¿Y dónde estabas cuando ocurrió, papá?-
-Eso es asunto mío.-respondió el señor Weasley, pero reprimió una sonrisa. Luego tomó El Profeta y volvió a abrirlo.-Cuando han llegado estaba leyendo un artículo sobre la detención de Willy Widdershins. ¿Sabían que ha resultado que Willy estaba detrás de esos inodoros regurgitantes que me llevaron de cabeza durante el verano? Uno de los embrujos le salió mal, el inodoro explotó y lo encontraron inconsciente en el suelo, entre los escombros, cubierto de pies a cabeza de...
-Cuando dices que estabas de guardia.-lo interrumpió Fred hablando en voz baja.- ¿Qué hacías exactamente?
-¡Ya has oído a tu padre!-intervino la señora Weasley.-Eso no es algo de lo que debamos hablar aquí.-miró a su esposo.-Sigue con lo de Willy Widdershins, Arthur.
-Bueno, no me pregunten cómo pero el caso es que se salvó de que lo acusaran por lo de los inodoros.-explicó el señor Weasley con gravedad.- Me imagino que debió de sobornar a alguien...
-Estabas vigilándola, ¿verdad?-insistió George con voz queda.- El arma, eso que busca Quien-tú-sabes, ¿no?
-¡Cállate, George!-espetó su madre.
-Pues bien.-prosiguió el señor Weasley subiendo la voz.-Ahora a Willy lo han pillado vendiendo picaportes mordedores a los Muggles, pero no creo que esta vez se libre fácilmente porque, según este artículo a dos muggles les han seccionado varios dedos y están en San Mungo para someterse a un tratamiento urgente de restauración ósea y de modificación de memoria. ¡Imagínense, muggles en San Mungo! Me encantaría saber en qué sala los tienen.-miró con avidez a su alrededor, como si tuviera la esperanza de ver un letrero que lo indicara.
-¿No dijiste que Quien-tú-sabes tiene una serpiente, Harry?-preguntó Fred mirando a su padre para ver cómo reaccionaba.- Una serpiente enorme. La vieron la noche que él regresó, ¿verdad?
-Basta.-ordenó la señora Weasley con enojo.- Ojoloco y Tonks están esperando fuera, Arthur, quieren entrar a verte.-se volvió hacia los menores.-Ustedes pueden esperar fuera, niños.-añadió.-Después ya entraran a despedirse. ¡Vamos!-los chicos salieron al pasillo y Ojoloco y Tonks entraron en la sala y cerraron la puerta tras ellos. Fred arqueó las cejas.
-De acuerdo.-dijo fríamente mientras hurgaba en los bolsillos.-Como quieras. No nos cuentes nada.
-¿Buscas esto?-preguntó George, que tenía en la mano una cosa que parecía una maraña de cuerdas de color carne.
-Me has leído el pensamiento.-comentó su hermano con una sonrisa.-Vamos a ver si en San Mungo ponen encantamientos de impasibilidad en las puertas de las salas, ¿de acuerdo?-los gemelos desenredaron la cuerda, separaron seis orejas extensibles y las repartieron.
-¡Adelante!-susurró Fred.
Las cuerdas de color carne empezaron a retorcerse como largos y delgados gusanos y se colaron por debajo de la puerta. Al principio no se oía nada; segundos después oyeron a Tonks, que susurraba con tanta claridad.
-...registraron toda la zona, pero no encontraron la serpiente por ninguna parte. Es como si se hubiera esfumado después de atacarte, Arthur... Pero me extraña que Quien-Ustedes-Saben confiara en que la serpiente lograra entrar, ¿no?
-Supongo que la envió como vigía.-gruñó Moody.-Porque hasta ahora no ha tenido mucha suerte, ¿verdad? No, creo que intenta hacerse una idea más clara de qué es aquello a lo que se enfrenta, y si Arthur no hubiera estado allí, la bestia habría tenido mucho más tiempo para curiosear. ¿Y Potter dice que vio cómo ocurría todo?
-Sí.-confirmó la señora Weasley. Su voz denotaba inquietud.- Y tengo la impresión de que Dumbledore casi estaba esperando que ellos vieran algo así.
-Sí, bueno.-repuso Moody.-Hay algo raro en ese par, eso lo sabemos todos.
-Dumbledore parecía preocupado cuando hablé con él esta mañana.-añadió la señora Weasley en un susurro.
-Claro que está preocupado.-gruñó Moody.-Potter ve cosas desde el interior de la serpiente y desde los mismos ojos de Quien-Ustedes-Saben. Evidentemente, no se dan cuenta de lo que eso significa, pero si Quien-Ustedes-Saben está poseyéndolos...