"Los mellizos Potter" — capítulo 145
Capítulo 23:
*"*Navidad en la Sala Reservada."
Aquello dejó petrificado a los mellizos. Se hubieran esperado, o más bien hubieran deseado, que sólo se tratase de una mala pesadilla, pero jamás se imaginaron que fuese un caso de posesión. Tabatha se sentía enferma de solo escucharlo e imaginarlo; tenía el estómago tan revuelto, como si quisiera vomitar.
-¿Qué busca, aparte de seguidores?-susurró Harry, mientras ambos se encontraban sentados en un rincón del asiento en el tren de regreso. Para cuando la noticia fue dicha, los dos hermanos se habían apartado del resto. Ya habían tenido suficientes con las miradas de desaprobación cuando contaron lo de la visión.
-Cosas que sólo puede conseguir furtivamente...como un arma.-respondió la pelirroja, sintiéndose cada vez peor. Sentía frio, como si un Dementor le pasase los dedos por la espalda.-Cómo dijeron en la Orden: algo que no tenía la última vez.
-¿Y sí…yo soy el arma?-preguntó alarmado Harry, y sintió como si por sus venas corriera veneno en lugar de sangre, un veneno que lo dejó helado e hizo que rompiera a sudar mientras se mecía con el tren por un oscuro túnel. Tabatha se volvió hacía él y enarcó una ceja. Harry no podía ser el único.- Tal vez Voldemort intenta utilizarme, por eso me ponen vigilantes adondequiera que voy, pero no es para protegerme, sino para proteger a los demás.-murmuró, mirando de reojo al resto del grupo.-Anoche ataqué al señor Weasley, seguro que fui yo. Voldemort me obligó a hacerlo, podría estar dentro de mí ahora mismo escuchando lo que pienso...-
-¿Te encuentras bien, Harry, querido?-preguntó la señora Weasley de repente.-No tienes muy buen aspecto. ¿Estás mareado?-todos lo miraban. Él movió la cabeza enérgicamente y negó.
Tabatha rodó los ojos y apoyó la cabeza contra la ventanilla. Nuevamente había surgido esa disputa silenciosa y desconocida entre los mellizos. Con todo lo que estaba pasando, al parecer el único perjudicado era Harry. Así como también el héroe. Pero, ¿quién le daría merito a alguien quién había confesado estar en el cuerpo de Voldemort, dándole órdenes a la serpiente para atacar? La pelirroja tenía muy en claro que los Weasley jamás le agradecerían el hecho de haber mandado al patriarca de la familia al hospital…pero sí festejaban al chico que había mordido al señor Weasley, sólo por el hecho de haber avisado.
Una vez llegados a Grimmauld Place, Tabatha subió directamente a su habitación. Luego de aquella fatídica noche, ella había pedido tener un cuarto para sí misma. Sirius le había ofrecido el que le pertenecía a una de sus primas, es decir, el que se encontraba más alejado del de los demás. Ella se lo había agradecido, ya que, teniendo en cuenta lo problemático que resultaban sus sueños y la controversia que acarreaba hacia los demás, prefería valerse por su cuenta.
Encerrada en sus aposentos, se ató el cabello en una coleta alta y se deshizo de su poleron. La chimenea estaba encendida e irradiaba un agradable calor. Tabatha se sentó en un taburete junto a las llamas y allí permaneció. Aun sentía un revuelto en el estómago, pero había logrado apaciguarlo un poco sólo con comer algunas grageas.
Todo el tema de la posesión, del repentino, pero obvio, alejamiento de las personas que más quería, habían colmado la paciencia de Tabatha. Claro estaba que ella no había elegido esa clase de vida. Si de ella dependiese, le gustaría cambiar completamente el rumbo de su historia. Le encantaría imaginarse como una chica normal de 15 años, que concurriese a la escuela secundaria y tuviese una vida…medianamente decente en casa de sus tíos.
"No estoy hecha para lo normal."
Masticó con rabia una gragea de pudin de chocolate mientras veía el fuego chisporrotear frente a sus ojos. Por más que ella quisiera olvidar el tema, su cabeza no hacía más que recordárselo todo el tiempo y a su vez paranoicas ideas se apoderaban de su sentido común. ¿Qué efectos tendría el hecho de ser poseída? ¿Sus amigos se alejarían? ¿Su familia la repudiaría, más de lo normal? ¿Sería ella capaz de salvarse? ¿Sería Harry…el arma de Voldemort?… ¿Lo sería ella?
"Harry se cree mejor que los demás." Dijo una vocecilla en su cabeza. "Todo el mundo sabe que de no haber sido por ti, el zopenco se habría envenado en primer año o un hombre lobo se lo habría devorado en tercero. "
La pelirroja apretó los ojos mientras tanteaba en busca de otra gragea.
"Él no es mejor que nadie, sólo tuvo suerte de salir ileso esa noche."
Según los rumores, había voces que contaban que la maldición primero dio en Tabatha y que el segundo impacto fue mucho más leve para Harry, pero lo suficientemente poderoso como para dejar una cicatriz. Es decir, de forma no autentica aun, que ella había salvado a su hermano…una vez más.
La joven se sacó de la boca el caramelo con gusto a pimienta y lo lanzó a la chimenea.
Con aquellas ideas plantadas en su cabeza, dejó el paquete de grageas en el suelo y se puso de pie. En el resto de la habitación reinaba un mortífero frío que hacía que las paredes parecieran hechas de compactos bloques de hielo.
Tabatha se acercó a la cama y se dejó caer en el polvoroso acolchado color esmeralda. A pesar de haber comido dulces, todavía seguía teniendo el estómago revuelto y un reflujo amargo le subía por la garganta. Se arrastró por el amplio colchón y buscó quedar sentada contra el respaldar. Apoyó la cabeza contra la madera tallada e intentó cerrar los ojos.
*"Harry es mi hermano."*Meditó. "Él no es un mal chico. Yo tampoco lo soy, pero la gente nunca llega a entender por todo lo que pasamos. Claro está que a ninguno de los dos le gusta ser el centro de atención, pero somos un imán para los problemas…"
-¿Tabatha?-alguien llamó a la puerta, obligándola a abrir los ojos. Era Tonks.- ¿Se puede?-
-Puedes pasar.-permitió, parpadeando varias veces. Su mente quedó nuevamente limpia y serena.
La perilla giró hacia un costado, en una vuelta casi completa y la puerta finalmente se abrió. Bajo la penumbra de la habitación, el alegre rostro de Nymphadora se asomó.
-Molly dice que la cena está lista.-anunció, dejando ver su chillante cabello color rosa chicle.-Pero también dice que si no te encuentras bien, puedes quedarte en la cama.-
-Preferiría no bajar.-murmuró la pelirroja. La amargura seguía subiéndole por la garganta y estaba más que segura que no eran las grageas.
Tonks titubeó unos instantes, y luego se acercó a la cama.
-Oye…-habló, sentándose en un extremo.- Puedo ser algo torpe, pero sé perfectamente cuando alguien no está bien.-
Tabatha soltó una risita nerviosa.
-Gracias por notarlo.-
-¿Qué te ocurre?-preguntó Tonks.
La pelirroja tuvo que contenerse. Cada vez que alguien le hacía esa clase de pregunta, ella quería soltar de golpe todo lo que venía acumulando. Y a pesar de confiar en Tonks, ella sentía que era muy pronto para abrumarla con tantas cosas.
-No me gustaría hablar de eso ahora.-respondió, acomodándose el cabello. Nymphadora le sonrió honestamente.
-Entonces… ¡cambia esa cara!-exclamó, al tiempo que su boca se transformaba en el pico de un pato.- ¡Mañana es Navidad!-
..*
Temprano al día siguiente todos se dedicaron a colgar adornos navideños. Sirius estaba de tan buen humor que hasta cantaba villancicos, y parecía encantado de tener compañía por Navidad. Tabatha se había animado a salir de su habitación. Las Navidades eran su festividad favorita, y en esos momentos ayudaba a subirle el humor, aunque no podía evitar sentirse observada mientras colocaba algunos adornos.
Harry también se había animado a bajar, pero a pesar de estar tan pálido como ella, fue el que más rodeado de gente estuvo. Tabatha rogaba porque Remus apareciera, así poder tener una conversación con su padrino. También podía hablar con Sirius, pero había algo que ella no tardó en entender: los dos amigos de su padre tenían muy marcada la preferencia. Sirius era más devoto por Harry, mientras que Remus daría su vida por su ahijada.
Luego de la cena, Tabatha se encerró en la biblioteca. Al estar en aquella enorme habitación, le sorprendió ver la cantidad de libros había. Fascinada, se acercó a uno de los libreros y con los dedos acarició los lomos; pronto la yema se le cubrió de polvo. Los títulos eran de historia. Ella sacó el libro más gordo y sopló el excedente de mugre que tenía encima. Y cuando vio la portada, supo que no era cualquier clase de libro; era la historia de los Sangre Puras. Tabatha se sentó en un enorme sillón y colocó el ejemplar sobre sus piernas. La tapa era pesada y las hojas delicadas.
Con suma atención, ojeó algunos capítulos. La información que contenía era sobre los inicios de los magos de sangre pura y lo que hacían para mantener aquel estatus. El narrador de aquel libro ponía demasiados adjetivos ofensivos hacia los Mestizos (personas que parecían más animales brujas o brujos) y los nacidos muggles…simplemente a Tabatha le dio asco y cerró el libro.
Para cuando volvió a ponerse de pie, descubrió que ya era muy tarde y que había perdido mucho tiempo con aquel horrible libro. Dejó el tomo de nuevo en el librero y sopló las velas que había en los candelabros, para luego salir de la biblioteca.
Caminó sin hacer mucho ruido por el pasillo de abajo y subió las escaleras. La casa estaba en un completo silencio y parecía más tétrica de lo normal. Abrazándose a sí misma tuvo cuidado al pasar frente al retrato de la señora Black y luego continuó su camino hacia su habitación.
Al llegar dicho piso se dio cuenta que la luz de su cuarto estaba prendida. Caminó con cautela por el rellano y finalmente dio con sus aposentos. Colocó su mano sobre el picaporte y antes de girarlo, escuchó voces. Respiró profundo y luego empujó la puerta hacia atrás. El agitado murmullo que se escuchaba del exterior se extinguió en cuanto ella entró a la habitación.
-¡Tab!-el alegre rostro de Hermione saltó ante la pelirroja.- ¿Dónde te habías metido?-la castaña corrió hacia su amiga y la abrazó.- Había querido verte desde que he llegado.-Tabatha no se esmeró mucho en entusiasmarse, pero de igual forma le dio una leve palmadita amistosa en la espalda.
-¿No es genial?-preguntó Ginny, quién se encontraba sentada en medio de la enorme cama matrimonial.- Las tres juntas pasaremos unas navidades increíbles.-ambas sonreían, mientras que Tabatha permanecía inexpresiva.
-¿Las clases ya terminaron?-Hermione asintió varias veces.
-Les había contado a los chicos que Umbridge estaba más que furiosa cuando se enteró que ustedes ya no estaban en el colegio.-respondió.-Pero lo que más la irritó fue saber que Dumbledore había sido quién les había dado el permiso…-
-Oh…-la pelirroja se acercó a la cama y se sentó en un extremo.
-Oigan.-habló Ginny.-Dejemos la escuela de lado.-pidió.-Tomémonos la noche para nosotras.-
-¡Oh!-exclamó Hermione.- Traje algunos dulces que me sobraron del tren.-rebuscó en su bolso y sacó algunas ranas de chocolates y varias cajas de grageas.-Tengan.-Ginny se apresuró a tomar las ranas mientras que la pelirroja abría las grageas.
A medida que pasaba los minutos, el humor de la joven Potter fue cambiando drásticamente. Se alegró al saber que tanto Ginny como Hermione habían acomodado la habitación, dándole un aire nuevo. Ambas chicas removieron los viejos cuadros y los reemplazaron por afiches con movimiento de Equipos de Quidditch. Tabatha había quedado enamorada del enorme poster en el que el apuesto capitán de los Murciélagos de Ballycastle, le sonría y le guiñaba un ojo. Sin duda, todos los pensamientos negativos de la pelirroja se perdieron en el rincón más remoto de su mente, en cuanto Hermione sacó la revista Corazón de Bruja y en ella comenzaron a hacerse preguntas con respuestas múltiples. Los resultados variaban y las acotaciones era hilarantes. A Ginny le había salido que era como un hada enamoradiza; su amor podía repartirse entre muchos chicos, pero que solo uno sería su *para siempre.*Las tres reían a carcajadas y hacían exageradas imitaciones de querubines.
Finalmente, se quedaron dormidas alrededor de las dos de la mañana. Las tres estaban agotadas, pero había valido la pena desvelarse. Tabatha tenía plasmada una sonrisa en los labios, mientras iba sumiéndose en sus sueños. Con todo lo malo fuera de su cabeza, ella se permitió soñar con sueños de niñas: recreó en su mente escenas de "El Corazón Peludo del Brujo", uno de los famosos cuentos de Beedle el Bardo. Ella era la Doncella, y era quién había caído enamorada bajo los encantos del Brujo. Esa historia le recordaba de cierta forma al cuento de la Bella y la Bestia, pero la versión mágica le encantaba más.
Durante toda la noche soñó con su Brujo, alterando algunos hechos de la historia real y cuando estaban a punto de besarse…la voz de Sirius sacudió toda la casa. Desde Hermione, que estaba en una punta de la cama, hasta Ginny que estaba en la otra, las tres se despertaron de golpe. A través de las pesadas cortinas de terciopelo se filtraban algunos escasos rayos de sol, pero había algo que opacaba la luminosidad: nieve.
Tabatha saltó de su lugar, destapando a sus dos amigas y saltó por el respaldo bajo de la cama. Corrió por el piso alfombrado y llegó hasta el escritorio que estaba junto a la chimenea; rebuscó entre los cajones y finalmente encontró un trozo de pergamino. Extendió el papel sobre la mesa y tomó una pluma, la cual humedeció en el tintero. Luego procedió a dibujar una rosa y cruzando el tallo dibujó una varita. Eso representaba a la Doncella y al Brujo. Feliz por haber recordado eso de su sueño, tomó el pergamino y buscando una tachuela en los cajones, clavó el dibujo en la pared.
-¿Qué es eso?-preguntó Ginny, fregándose un ojo y bostezando.
-Es un sueño.-respondió Tabatha, mirando con admiración su dibujo.
-¿Otra vez leíste "El Corazón Peludo del Brujo"?-quiso saber Hermione, con todos los pelos desordenados. La pelirroja asintió.
-Pero mi Brujo no intentó arrancarme el corazón…al menos no ésta vez.-murmuró, volviéndose hacia la cama.-No. Lo transformé en un ser amoroso, pero oscuro, como la Bestia, pero igual de caballeroso que…-suspiró y sonrió con anhelo.-…que Cedric.-de hecho, el Brujo era la réplica exacta de Cedric la noche en la que se llevó a cabo el Baile de Navidad, un año atrás.
-¡Regalos!-exclamó Ginny, despertándose de golpe. Había que admitir que la felicidad de Sirius era contagiosa, ya que se había esmerado más que nadie en decorar la casa. La habitación de las chicas, particularmente, rebosaba de adornos navideños. Había muérdago colgando del techo, figuras de renos corriendo por las puertas de los armarios y un coro de duendes cantaban villancicos encima del vértice de la chimenea. Tabatha descubrió una nota encima del escritorio, junto a un plato de bastones de caramelos. Tomó el pergamino y lo abrió. La carta estaba escrita por puño y letra del anfitrión:
"Espero que disfruten de sus regalos y de la decoración. Esa habitación pertenecía a alguien muy oscuro, pero ahora que ustedes la ocupan, el cuarto merece una mejor atención.
Feliz navidad, Sirius."
La pelirroja sonrió complacida y tomó uno de los bastones.
-Este es para ti.-declaró Hermione, yendo hacia su amiga y entregándole el primero de los regalos.
Tabatha se sentó en la mullida alfombra, junto al fuego, se cruzó de piernas y prosiguió a romper el envoltorio. Su primer obsequio, era un modesto presente de Remus; su padrino le había obsequiado una bola de nieve, con una brillante cierva en el medio. Ella sacudió la bola viendo los copos caer alrededor de la figurilla.
-Me encanta.-musitó, agitando la bola nuevamente. También descubrió que grabado en la base de la bola de nieve, se hallaba escrito un nombre y una fecha: Lily, 1991.
El segundo regalo era el riguroso y amoroso sweater tejido por la señora Weasley, más una canasta de pastelillos de frutas; el estómago le rugió y a Tabatha no le quedó más remedio que callarlo con un bocadillo de arándanos y nueces.
Sirius, por su parte, le había dado una estupenda colección de libros titulada "Magia defensiva práctica y cómo utilizarla contra las artes oscuras", con soberbias ilustraciones móviles en color de todos los maleficios y contra embrujos que describía.
Tonks por su parte le había obsequiado un peluche de los Murciélagos de Ballycastle, y un juego de mantenimiento para escobas.
George y Fred, le regalaron muestra gratis de sus productos, más muestras que servían para detener los efectos producidos por aquellas golosinas.
Ron se esmeró un poco más que el año pasado y le obsequió un libro Muggle que, obviamente, había elegido junto con Hermione, y era el de la Cenicienta (y ahí fue cuando él entendió que la Cenicienta era una princesa, y el personaje de un cuento y no una enfermedad).
Harry había optado por un sencillo marco con una foto de ambos. Tabatha sonrió con melancolía: ver esa foto la transportó años atrás, cuando los dos no llegaban a los tres años y por primera vez veían lo que era la nieve. Ese día tío Vernon y tía Petunia habían llevado a Dudley al centro comercial para sus rigurosos regalos navideños, mientras que los mellizos debían quedarse con la señora Figg. Ellos se sentían más a gusto con ella que con su propia familia. Por lo que en la foto, tanto Harry como Tabatha, quién estrujaba amorosamente a un gato mientras sus ojos avellanas brillaban al ver la nieve caer, salían sonriendo.
Cuando bajaban para ir a desayunar, se encontraron con los chicos en la escalera.
-¡Gracias por el libro, Harry!-exclamó Hermione alegremente.- ¡Hacía siglos que buscaba Nueva teoría de numerología!-luego se volvió hacia Ron.-Y ese perfume es muy especial, gracias.
-Me alegro de que te haya gustado.-repuso él, algo cohibido.- Pero ¿para quién es eso?-añadió señalando el paquete cuidadosamente envuelto que Hermione llevaba en las manos.
-Para Kreacher.-contestó ella, muy satisfecha.
-¡Espero que no sea ropa!-la previno Ron.- Ya sabes lo que dice Sirius: Kreacher sabe demasiado, no podemos darle la libertad.
-No, no es ropa.-lo tranquilizó.-Aunque si por mí fuera desde luego que le habría regalado algo para ponerse que no sea ese trapo viejo y mugriento.-
-¿Y qué es?-preguntó Tabatha, sonriéndole a su hermano. En su lenguaje de mellizos le agradeció por el regalo.
-Es una colcha de patchwork.-respondió Hermione.- Pensé que alegraría un poco su dormitorio.
-¿Qué dormitorio?-preguntó Harry bajando la voz al pasar por delante del retrato de la señora Black.
-Bueno, Sirius dice que en realidad no es un dormitorio, sino una especie de... guarida.-explicó.- Por lo visto, Kreacher duerme debajo de la caldera que hay en ese armario de la cocina.
Cuando llegaron al sótano, sólo encontraron a la señora Weasley. Estaba de pie frente a la cocina, y todos esquivaron la mirada cuando les deseó feliz Navidad con la voz tomada.
-¿Así que esto es el dormitorio de Kreacher?-dijo Ron mientras caminaba hacia una deslucida puerta que había en un rincón, frente a la despensa.
-Sí.-confirmó Hermione, que ahora parecía un poco nerviosa.- Esto..., creo que será mejor que llamemos.
Ron golpeó la puerta con los nudillos, pero no obtuvo respuesta.
-Debe de estar espiando por arriba.-comentó, y sin pensárselo dos veces abrió la puerta.- ¡Puaj!-Harry se asomó al interior. Gran parte del armario lo ocupaba una enorme y anticuada caldera, pero en el reducido espacio que quedaba debajo de las tuberías, Kreacher se había construido algo que parecía un nido. Había un revoltijo de mantas y harapos viejos y apestosos amontonado en el suelo, y la pequeña marca que había en el centro indicaba el sitio donde el elfo se acurrucaba para dormir por las noches. Aquí y allá, entre la tela, había mendrugos de pan y pedazos de queso mohoso. En un rincón brillaban unos pequeños objetos y monedas que Harry imaginó que Kreacher había salvado, como una urraca, de la purga que Sirius había hecho en la casa, y también había conseguido rescatar las fotografías familiares con marco de plata que su padrino había tirado aquel verano. Los cristales de los marcos estaban rotos, pero aun así las pequeñas figuras en blanco y negro que había dentro lo miraron con arrogancia, incluida la de la mujer morena de párpados caídos, Bellatrix Lestrange. Al parecer, esa fotografía era la favorita de Kreacher, pues la había colocado delante de todas las demás y había hecho una chapuza para arreglar el cristal con celo mágico.
-Creo que le voy a dejar el regalo aquí.-Hermione puso el paquete en medio del hueco de los trapos y de las mantas y cerró la puerta sin hacer ruido.- Ya lo encontrará más tarde.
-Por cierto.-comentó Sirius al salir de la despensa con un enorme pavo mientras ellos cerraban la puerta del armario.- ¿Alguien ha visto a Kreacher últimamente?
-Yo no lo he visto desde la noche en que volvimos aquí.-contestó Harry.
-Le ordenaste que saliera de la cocina.-acotó Tabatha.
-Sí...-repuso Sirius con el entrecejo fruncido.- Creo que ésa fue también la última vez que lo vi yo...debe de estar escondido arriba.
-No puede haberse marchado, ¿verdad?-añadió Harry.- A lo mejor, cuando le dijiste que se largara, interpretó que querías que se marchara de la casa.
-No, no, los elfos domésticos no pueden marcharse a menos que les regalen ropa. Están atados a la casa de su familia.-respondió Sirius.
-Pueden dejar la casa si de verdad quieren hacerlo.-contradijo la pelirroja.- Dobby se marchó de la casa de los Malfoy hace tres años para prevenirnos. Después tuvo que autocastigarse, pero de todos modos lo hizo.
Sirius se quedó pensativo un momento.
-Ya lo buscaré más tarde.-dijo finalmente.-Supongo que lo encontraré arriba llorando a lágrima viva sobre los bombachos de mi madre o algo así. Aunque podría haberse ahogado en el depósito de agua caliente. Pero no, no caerá esa breva.
Fred, George y Ron rieron; Hermione, en cambio, miró a Sirius con expresión de reproche.
Después de la comida de Navidad, los Weasley, los mellizos y Hermione planearon ir de nuevo a visitar al señor Weasley, escoltados por Ojoloco y Lupin. Mundungus llegó a tiempo para compartir con ellos el pudín de Navidad y los bizcochos borrachos; había pedido prestado un coche para la ocasión porque el metro no funcionaba ese día. Mundungus había realizado un hechizo en el coche para agrandarlo, igual que habían hecho con el Ford Anglia de los Weasley. Aunque por fuera tenía las proporciones normales, dentro cabían cómodamente diez personas, incluido Mundungus, que iba al volante. La señora Weasley se lo pensó antes de entrar, pero finalmente se impusieron el frío que hacía en la calle y las súplicas de sus hijos, y se sentó en el asiento trasero entre Fred y Bill de buen talante.
El viaje hasta San Mungo fue rápido porque había muy poco tráfico. Asimismo, había un discreto goteo de magos y de brujas que iban con disimulo por la calle desierta hacia el hospital. Salieron del coche y Mundungus aparcó en la esquina y se quedó esperándolos. Fueron caminando con toda tranquilidad hasta el escaparate donde estaba el maniquí vestido con el pichi de nailon verde, y una vez allí, uno a uno, atravesaron el cristal.
En la recepción reinaba una agradable atmósfera festiva: habían pintado de rojo y dorado las esferas de cristal que iluminaban San Mungo para que parecieran gigantescas y relucientes bolas de Navidad; había acebo colgado alrededor de las puertas, y en todos los rincones resplandecían unos relucientes árboles de Navidad blancos, cubiertos de nieve mágica y carámbanos de hielo y adornados con una brillante estrella de oro en lo alto. El vestíbulo no estaba tan abarrotado como la última vez que estuvieron allí.
Encontraron al señor Weasley sentado en la cama con los restos del pavo en una bandeja sobre el regazo y con expresión avergonzada.
-¿Va todo bien, Arthur?-preguntó la señora Weasley cuando todos lo hubieron saludado y le hubieron dado sus regalos.
-Sí, sí, todo bien.-contestó él, aunque no muy convencido.- Oye, no han...no han visto al sanador Smethwyck, ¿verdad?
-No.-dijo su esposa con recelo.- ¿Por qué?
-Por nada, por nada.-contestó el señor Weasley quitándole importancia, y empezó a abrir los regalos.- Bueno, ¿lo han pasado bien? ¿Qué les han regalado por Navidad?-preguntó.- ¡Oh, chicos, esto es maravilloso!-acababa de abrir el regalo de los mellizos: un rollo de alambre fusible y un juego de destornilladores. La señora Weasley no pareció quedar muy satisfecha con la respuesta de su marido, y cuando éste se inclinó para estrechar la mano de Harry, ella le miró el vendaje que llevaba debajo del pijama.
-Arthur.-dijo con tono cortante, y su voz sonó como el chasquido de una ratonera.-Te han cambiado los vendajes. ¿Por qué lo han hecho un día antes, Arthur? Me dijeron que no te los cambiarían hasta mañana.
-¿Qué?-preguntó el señor Weasley, asustado, y se tapó con las sábanas hasta la barbilla.- No, no, no es nada, es que...-se desinfló bajo la penetrante mirada de su esposa.- Mira, Molly, no te enfades, pero Augustus Pye tuvo una idea...es el sanador en prácticas, ¿sabes?, un joven encantador, y muy interesado en la... hum... medicina complementaria...ya sabes, esos remedios muggles...bueno, se llaman puntos.-Hermione y Tabatha intercambiaron una mirada. Los puntos eran muy útiles cuando se trataban de cortes, o quebraduras, en fin, en accidentes muggles. Pero ellas no estaban muy seguras de cómo serían los efectos en heridas mágicas.- Molly, dan muy buenos resultados en... en los muggles.-la señora Weasley emitió un ruido amenazador, entre un chillido y un gruñido. Lupin se alejó de la cama del señor Weasley y se acercó a la del hombre lobo, que no tenía visitas y contemplaba con nostalgia el corro que se había formado alrededor de su vecino. Bill murmuró que iba a ver si podía tomarse una taza de té, y Fred y George, sonriendo, se ofrecieron rápidamente para acompañar a su hermano.
-¿Me estás diciendo que has estado tonteando con remedios muggles?-masculló la señora Weasley subiendo la voz con cada palabra que pronunciaba, sin darse cuenta, al parecer, de que las personas que la acompañaban se escabullían para ponerse a cubierto.
-Tonteando no, Molly, querida.-respondió el señor Weasley con tono suplicante.-No es más que...algo que a Pye y a mí nos pareció oportuno probar...sólo que, desgraciadamente... Bueno, con este tipo de heridas... no parece funcionar tan bien como esperábamos...
-¿Y eso qué quiere decir con exactitud?
-Pues..., bueno, no sé si sabes qué son los puntos...
-Suena como si hubieras intentado coserte la piel.-repuso la señora Weasley, y soltó una risotada amarga.-Pero no creo que tú seas tan estúpido, Arthur...
-Yo también me tomaría una taza de té.-dijo Harry, y se puso en pie. Sue hermana, Hermione, Ron y Ginny casi echaron a correr hacia la puerta con él. Cuando ésta se cerró tras ellos, oyeron gritar a la señora Weasley:
-¿QUÉ QUIERE DECIR QUE MÁS O MENOS ES ESO?
-Típico de papá.-comentó Ginny, moviendo la cabeza, cuando enfilaron el pasillo.- Puntos, ya me dirás...
-Pues funcionan muy bien con heridas no mágicas.-dijo Hermione, imparcial.
-Si no funciona en el señor Weasley, debe ser porque el veneno de la serpiente los disuelve o algo así.-razonó Tabatha, recordando la vez que tuvieron que llevarla con el doctor Jacobson, por una herida en la cabeza y en la cual necesitaron usar puntos para cerrarla.- ¿Dónde estará el salón de té?
-En la quinta planta.-indicó Harry al recordar el directorio que había detrás del mostrador de recepción.
Recorrieron el pasillo, pasaron por unas puertas dobles y encontraron una desvencijada escalera, a cuyos lados había otros retratos de sanadores de aspecto brutal. Mientras subían por ella, varios les dirigieron la palabra para diagnosticarles extrañas dolencias y proponerles espantosos remedios. Ron se ofendió muchísimo cuando un mago de la época medieval le gritó que era evidente que sufría un caso grave de spattergroit.
-¿Y se puede saber qué es eso?-le preguntó enfadado al sanador, que lo siguió pasando por seis retratos al mismo tiempo que apartaba a sus ocupantes.
-Una afección gravísima de la piel, joven amigo, que te la dejará más marcada y fea de lo que ya la tienes.-
-¡Mucho cuidado con quien te metes!-le espetó Ron. Se le estaban poniendo las orejas coloradas.
-El único remedio que existe consiste en tomar el hígado de un sapo, atárselo con fuerza alrededor del cuello, quedarse desnudo bajo la luna llena en un barril lleno de ojos de anguila...
-¡Yo no tengo spattergroit!
-Pues esas antiestéticas manchas que tienes en el rostro, joven amigo...
-¡Son pecas!-gritó Ron furioso.- ¡Vuelve a tu cuadro y déjame en paz!-entonces miró a los demás, que hacían un esfuerzo por poner cara seria.
-¿Qué planta es ésta?-preguntó Tabatha, aclarándose la garganta.
-Me parece que es la quinta.-dijo Hermione.
-No, es la cuarta.-rectificó Harry.-Todavía nos queda una por...-pero al llegar al rellano se paró en seco y se quedó mirando la pequeña ventana que había en las puertas dobles que señalaban el inicio de un pasillo que llevaba el letrero de DAÑOS PROVOCADOS POR HECHIZOS. Un hombre los miraba con la cara pegada contra el cristal. Tenía el cabello rubio y ondulado, unos brillantes ojos azules y una amplia sonrisa ausente que dejaba ver unos dientes asombrosamente blancos.
-¡Vaya!-exclamó Ron, que también había visto a aquel individuo.
-¡Por las barbas de Merlín!-dijo de pronto Hermione, perpleja.
-¡Profesor Lockhart!-exclamó Tabatha, igual de perpleja. Su antiguo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras abrió las puertas y echó a andar hacia ellos. Llevaba una larga camisa de dormir de color lila.
-¡Hola, muchachos!-los saludó.-Han venido a pedirme un autógrafo, ¿verdad?
-No ha cambiado mucho, ¿eh?- susurró Harry por lo bajo a Ginny, que sonrió.
-¿Cómo..., cómo está, profesor?- preguntó Ron. Parecía que se sentía un poco culpable, porque había sido su varita estropeada la que había dañado hasta tal punto la memoria del profesor Lockhart que lo habían enviado a San Mungo.
- ¡Muy bien, gracias!-respondió Lockhart, desbordante de entusiasmo, y sacó una maltratada pluma de pavo real de su bolsillo.- A ver, ¿cuántos autógrafos quieren? ¡Ahora ya puedo escribir con letra cursiva!
-Esto..., ahora no queremos ninguno, gracias.-contestó Ron.
-Profesor, ¿lo dejan pasearse por los pasillos?-preguntó Harry.- ¿No debería estar en una sala?
La sonrisa del rostro de Lockhart se esfumó poco a poco.
-¿Nos conocemos?
-Pues... sí. Usted nos daba clases en Hogwarts, ¿no se acuerda?-
-Harry.-masculló Tabatha entre dientes.-La varita de Ron le hizo perder la memoria. El pobre no se acuerda de nada.-
-¿Clases?-repitió Lockhart un tanto agitado, sin escuchar a la pelirroja.- ¿Yo? ¿En serio?-entonces la sonrisa volvió a aparecer en sus labios, tan de repente que los chicos casi se asustaron.-Seguro que les enseñé todo cuanto saben, ¿verdad? Bien, ¿y qué hay de esos autógrafos? ¿Les parece bien que les firme una docena? ¡Así podrán regalar unos cuantos a sus amiguitos y nadie se quedará sin uno!-
-Gilderoy, niño travieso, ¿ya te has escapado otra vez?-una sanadora de aspecto maternal, que llevaba una corona de espumillón en el pelo, echó a andar por el pasillo sonriendo cariñosamente a Harry y a los demás.- ¡Oh, Gilderoy, pero si tienes visitas! ¡Qué maravilla, y el día de Navidad!-exclamó.- ¿Saben qué? Nunca recibe visitas, pobrecillo, y no me lo explico porque es un encanto, ¿verdad, corazón?
-¡Les estoy firmando autógrafos!-explicó Gilderoy a la sanadora con una amplia sonrisa.- ¡Quieren un montón de autógrafos, dicen que no se irán sin ellos! ¡Espero tener suficientes fotografías!
-¿Han visto? —Dijo la sanadora, y tomó a Lockhart por el brazo y le sonrió afectuosamente, como si fuera un niño precoz de dos años.- Antes era muy famoso; creemos que su afición por firmar autógrafos es una señal de que empieza a recuperar la memoria.-volvió a sonreírle.- ¿Quieren venir por aquí? Está en una sala reservada, ¿saben?; ha debido de escaparse mientras yo repartía los regalos de Navidad porque normalmente la puerta está cerrada... Pero ¡no es peligroso! En todo caso...-bajó la voz hasta reducirla a un susurro.-Podría ser un peligro para sí mismo, pobre angelito... No sabe quién es, y a veces sale y no recuerda el camino de regreso...han sido muy amables al venir a visitarlo.
-Esto...-dijo Ron señalando en vano el piso de arriba.-En realidad nosotros sólo...-pero la sanadora les sonreía con expectación, y el débil murmullo de íbamos a tomarnos una taza de té se perdió en el aire. Los chicos se miraron sin poder hacer nada, y luego siguieron a Lockhart y a su sanadora por el pasillo.- No nos quedemos mucho rato, por favor.-imploró en voz baja.
-¡Alohomora!-la puerta de la sala se abrió, y la sanadora entró en la sala, precediendo a los demás y llevando sujeto con firmeza a Gilderoy por el brazo hasta que lo hubo sentado en una butaca, junto a su cama.
-Ésta es nuestra sala para los pacientes que tienen que pasar una larga temporada en el hospital.-explicó en voz baja.- Es decir, para los que han sufrido daños por hechizos.-se apresuró a añadir.-Con un tratamiento intensivo de pociones y encantamientos curativos, y con algo de suerte, conseguimos que mejoren un poco, desde luego. Gilderoy, por ejemplo, empieza a recordar vagamente quién es; y también hemos apreciado una notable mejoría en el señor Bode: parece que está recobrando muy bien la capacidad del habla, aunque todavía no se expresa en ningún idioma que hayamos podido reconocer.-dijo señalando una camilla en el centro de la habitación.-Bueno, tengo que seguir repartiendo los regalos de Navidad.-anunció.-Los dejo con él para que puedan charlar tranquilamente.
Inconfundiblemente la sala era un hogar permanente para los enfermos. Alrededor de las camas se veían muchos más efectos personales que en la sala del señor Weasley; el trozo de pared que abarcaba la cabecera de la cama de Gilderoy, por ejemplo, estaba empapelado con fotografías suyas en las que sonreía mostrando los dientes y saludaba con la mano a los recién llegados. Gilderoy había firmado muchas de aquellas fotografías con una letra deshilvanada e infantil. En cuanto la sanadora lo sentó en la butaca, Gilderoy tomó un montón de ellas y una pluma, y empezó a estampar su firma febrilmente.
-Puedes meterlas en sobres.-le dijo a Ginny, y fue echándoselas en el regazo, una a una, a medida que terminaba de firmarlas.- No me han olvidado, qué va, todavía recibo muchas cartas de admiradores... Gladys Gudgeon me escribe una cada semana... Me encantaría saber por qué...-hizo una pausa, con gesto de desconcierto; luego volvió a sonreír y siguió firmando con renovada energía.-Supongo que será sencillamente por lo guapo que soy...
En la cama de enfrente, un mago de rostro amarillento y un aire de profunda tristeza estaba tumbado contemplando el techo; murmuraba para sí y parecía que no se había dado cuenta de que alguien había entrado en la sala. Dos camas más allá había una mujer cuyo rostro estaba cubierto de pelo. Al fondo de la sala, unas cortinas con estampado de flores tapaban dos camas para que los ocupantes y sus visitas tuvieran un poco de intimidad.
-Toma, Agnes.- dijo la sanadora alegremente a la mujer con la cara cubierta de pelo, y le entregó un montoncito de regalos de Navidad.- ¿Lo ves? ¡No se han olvidado de ti! Además, tu hijo ha enviado una lechuza para decir que esta noche vendrá a visitarte. ¿Estás contenta?-Agnes soltó unos fuertes ladridos.- Y mira, Broderick, te han enviado una planta y un calendario precioso con bonitas ilustraciones de un hipogrifo diferente en cada mes. Seguro que te animarán, ¿verdad?-afirmó la sanadora mientras se acercaba al hombre que yacía murmurando por lo bajo; puso una planta feísima con largos y oscilantes tentáculos en su mesilla de noche y colgó el calendario en la pared con un movimiento de su varita mágica.- Y... ¡Oh, señora Longbottom! ¿Ya se marcha?
Se habían descorrido las cortinas que ocultaban las dos camas del fondo de la sala, y dos visitantes iban por el pasillo: una anciana bruja de aspecto imponente, que llevaba un largo vestido verde, una apolillada piel de zorro y un sombrero puntiagudo decorado con un buitre disecado; y detrás de ella, con aire profundamente deprimido, iba...
-Neville.-musitó Tabatha, quién se había dado vuelta al escuchar a la sanadora.
De pronto ella y Harry comprendieron quiénes debían de ser los pacientes de las camas del fondo. Tenían que distraer a los demás, para que Neville pudiera salir de la sala sin ser visto y sin que le hicieran preguntas, pero Ron también había levantado la cabeza al oír el apellido Longbottom.
-¡Neville!-gritó y el aludido dio un brinco y se encogió, como si una bala hubiera pasado rozándole la cabeza.- ¡Somos nosotros, Neville!-exclamó Ron, muy contento, poniéndose en pie.- ¿Has visto...? ¡Lockhart está aquí! ¿A quién has venido a visitar tú?
-¿Son amigos tuyos, Neville, tesoro?-preguntó gentilmente la mujer que lo acompañaba, y se acercó a ellos. Parecía que Neville deseaba estar en cualquier otro sitio. Un intenso rubor se estaba extendiendo por sus rollizas mejillas, y no se atrevía a mirar a los ojos a ninguno de sus compañeros.- ¡Ah, sí!-exclamó su abuela mirando fijamente a Harry, y le tendió una apergaminada mano con aspecto de garra para que él se la estrechara.- Sí, claro, ya sé quiénes son ustedes dos. Neville siempre habla muy bien de ustedes.
-Gracias.-repuso Harry, y le estrechó la mano. Neville no lo miró: se quedó observándose los pies mientras el rubor de su cara se iba haciendo más y más intenso. Luego le tendió la mano a Tabatha, quién le sonrió amablemente.
-Y es evidente que ustedes dos son Weasley.-continuó la señora Longbottom, y ofreció majestuosamente su mano primero a Ron y luego a Ginny.- Sí, conozco a sus padres, no mucho, desde luego, pero son buena gente, son buena gente... Y si no me equivoco, tú debes de ser Hermione Granger.-a Hermione le sorprendió mucho que la señora Longbottom supiera su nombre, pero de todos modos también le dio la mano.- Sí, Neville me lo ha contado todo sobre ti. Sé que lo has ayudado a salir de unos cuantos apuros, ¿verdad? Mi nieto es buen chico.-afirmó mirando a Neville con severidad, como si lo evaluara, y lo señaló con su huesuda nariz.-Pero me temo que no tiene el talento de su padre.-y esta vez señaló con la cabeza las dos camas del fondo de la sala, lo que provocó que el buitre disecado oscilara peligrosamente.
-¿Cómo?-preguntó Ron, perplejo. A Harry le habría gustado darle un pisotón, pero eso es algo que resulta mucho más difícil hacer sin que los demás se den cuenta cuando llevas vaqueros en lugar de túnica.- ¿Ese de allí es tu padre, Neville?
-¿Qué significa esto?-preguntó la señora Longbottom con brusquedad.- ¿No has hablado de tus padres a tus amigos, Neville?-éste inspiró hondo, miró al techo y negó con la cabeza.- ¡No tienes nada de qué avergonzarte!-exclamó su abuela con enojo.- ¡Deberías estar orgulloso, Neville, muy orgulloso! Tus padres no entregaron su salud y su cordura para que su único hijo se avergüence de ellos, ¿sabes?
-No me avergüenzo.-repuso él con un hilo de voz. Seguía sin mirar a los demás. Ron se había puesto de puntillas para mirar a los pacientes de las dos camas y Tabatha le dio un disimulado codazo en las costillas, para que se quedara quieto.
-¡Pues tienes una forma muy peculiar de demostrarlo!-reprendió la señora Longbottom.- A mi hijo y a su esposa.-prosiguió volviéndose con gesto altivo hacia los demás.-Los torturaron hasta la demencia los seguidores de Quien-ustedes-saben.-Hermione y Ginny se taparon la boca con las manos. Ron dejó de estirar el cuello para mirar a los padres de Neville y puso cara de pena.- Eran Aurores, y muy respetados dentro de la comunidad mágica.-continuó.- Ambos tenían dones extraordinarios, y...sí, Alice, querida, ¿qué quieres?-la madre de Neville, en camisón, se acercaba caminando lentamente por el pasillo. Ya no tenía el rostro alegre y regordete que Harry había visto en la vieja fotografía de la primera Orden del Fénix que le había enseñado Moody. Ahora tenía la cara delgada y agotada, los ojos parecían más grandes de lo normal y el pelo se le había vuelto blanco, ralo y sin vida. Tal vez no quisiera decir nada, o quizá fuera incapaz de hablar, pero le hizo unas tímidas señas a Neville y le tendió algo con la mano.
-¿Otra vez?-dijo la señora Longbottom con un deje de hastío.- Muy bien, Alice, querida, muy bien... Neville, tómalo, ¿quieres?-pero él ya había estirado el brazo, y su madre le puso en la mano un envoltorio de Droobles, el mejor chicle para hacer globos.- Muy bonito, querida.-añadió la abuela de Neville con una voz falsamente alegre, y dio unas palmadas en el hombro a su nuera.
-Gracias, mamá.-dijo Neville en voz baja mientras su madre se alejaba tambaleándose por el pasillo y tarareando algo. Él miró a los demás con expresión desafiante, como si los retara a reírse.
-Bueno, será mejor que volvamos.-anunció la señora Longbottom con un suspiro, y se puso unos largos guantes verdes.- Ha sido un placer conoceros. Neville, tira ese envoltorio a la papelera, tu madre ya debe de haberte dado los suficientes como para empapelar tu dormitorio.-pero cuando se marchaban, Neville se metió el envoltorio del chicle en el bolsillo.
La puerta se cerró detrás de ellos.
-No lo sabía.-comentó Hermione, que parecía a punto de llorar.
-Yo tampoco.-dijo Ron con voz ronca.
-Ni yo.-susurró Ginny.
Todos miraron a los mellizos.
-Nosotros sí.-admitió Harry con tristeza.- Nos lo contó Dumbledore.-
-Pero prometimos que no se lo revelaríamos a nadie...-añadió Tabatha.- Por eso fue por lo que enviaron a Bellatrix Lestrange a Azkaban, por utilizar la maldición Cruciatus contra los padres de Neville hasta que perdieron la razón.
-¿Eso hizo Bellatrix Lestrange?-susurró Hermione, horrorizada.- ¿Esa mujer cuya fotografía Kreacher guarda en su cubil?-su amiga asintió tristemente.
Se hizo un largo silencio que sólo fue interrumpido la voz protestante del desmemoriado Lockhart.
-¡Eh, no he aprendido a escribir con letra cursiva para nada!