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"Los mellizos Potter" — capítulo 64

Capítulo 9:

Las anormales voces de bienvenida

Tabatha:

Los tres nos dimos media vuelta, sorprendidos. La profesora McGonagall, nos llamaba por encima de las cabezas de la multitud. Tenía una expresión severa y un moño en la nuca; sus penetrantes ojos se enmarcaban en unas gafas cuadradas. Nos abrimos camino hasta ella con cierta dificultad y un poco de miedo. Había algo en la mirada de nuestra jefa de casa, que hacía que pensáramos que habíamos hecho algo malo. De Harry y yo era de esperar, pero ¿de Hermione?

-No tienen que poner esa cara de asustados, sólo quiero hablar con ustedes en mi despacho.-nos dijo.-Ve con los demás, Weasley.- Ron se quedó mirándonos mientras McGonagall se alejaba con nosotros detrás.

Ya en el despacho, una pequeña habitación que tenía una chimenea en la que ardía un fuego abundante y acogedor, nos hizo una señal para que nos sentáramos. También ella se sentó, detrás del escritorio, juntando sus manos sobre el puente de su nariz.

-El profesor Lupin ha enviado una lechuza comunicando que se sintieron indispuestos en el tren, Potter.- mi hermano y yo nos miramos. Antes de que pudiésemos medir palabra; se oyó llamar suavemente a la puerta, y la Madame Pomfrey, la enfermera, entró. Nos sonrojamos un poquito. Ya resultaba bastante embarazoso habernos desmayado o lo que le hubiera pasado, para que encima armaran aquel lío.

-Estamos bien.-dijo hablé con voz casi convincente.-No necesitamos nada...

-Ah, son ustedes.-murmuró Madame Pomfrey, sin escuchar lo que decíamos e inclinándose para mirarnos de cerca.- Supongo que han estado otra vez metiéndose en algo peligroso.

-Ha sido un Dementor; Poppy.-explicó la profesora McGonagall. Ellas dos intercambiaron una mirada sombría y la enfermera chascó la lengua con reprobación.

-Poner Dementores en un colegio.-volvió murmurar echando para atrás la silla de Harry y apoyando una mano en su frente.-No serán los primeros que se desmayen. Sí, está empapado en sudor. Son seres terribles, y el efecto que tienen en la gente que ya de por sí es delicada...-

-¡No somos delicados!-repuso Harry, ofendido.

-Por supuesto que no.-admitió distraídamente Madame Pomfrey, tomándome el pulso.

-¿Qué les prescribes?-preguntó resueltamente la profesora McGonagall.- ¿Guardar cama? ¿Debería pasar esta noche en la enfermería?-

 -¡Estamos bien!-volvió a exclamar Harry, poniéndose en pie de un brinco. No entiendo por qué tanto lio si solo fue un desmayo y nada más. Me puse a pensar que si Malfoy estuviese aquí, estaría en el suelo matándose de la risa al ver el rostro colorado de mi amado mellizo. Bueno, debo admitir que en este preciso momento me estoy mordiendo la lengua para no ser yo la que esté en el suelo riéndome de mi pobre James.

-Bueno. Al menos tendría que tomar chocolate.-propuso la enfermera, que intentaba examinar mis ojos.

-Ya hemos tomado un poco. El profesor Lupin nos lo dio. Nos dio a todos.-respondí.

-¿Sí?-preguntó con aprobación.- ¡Así que por fin tenemos un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras que conoce los remedios!-exclamó alzando los brazos.

-¿Están seguros de que se sienten bien, Potter?-preguntó la profesora McGonagall.

-Sí.-respondimos a coro.

-Muy bien. Tú.- señaló a Harry.- Haz el favor de esperar fuera mientras hablo un momento con la señorita Granger sobre su horario y con tú hermana. Luego podremos bajar al banquete todos juntos.-Harry salió al corredor con la señora Pomfrey, que se marchó hacia la enfermería murmurando algo para sí. Una vez que solo quedamos solas, la profesora sacó de su cajón un pequeño relojito de oro, pero era un poco diferente a cualquier reloj que yo haya visto en mí vida.- Aquí tiene, señorita Granger.-junto a ese relojito le entrego una hoja que eran los horarios. Mire de reojo y me di cuenta que tenía muchas más materias que los convencionales.- Señorita Potter.-aparté la vista del horario y miré a mi profesora.- Debido a sus clases particulares, usted deberá presentarse todos los viernes después de clases y antes de la cena para continuar con sus clases de Transformaciones, está demás decir que sigue siendo confidencial lo que estamos haciendo.- asentí varias veces.-De acuerdo, jovencitas, pueden bajar.- las dos nos despedimos de ella y salimos al pasillo rumbo al Gran Comedor.

-¿Clases especiales de Transformaciones?-preguntó Mione, cuando estábamos a mitad de camino.- ¿De qué va la cosa?-

-El año pasado la profesora McGonagall me advirtió que es inevitable que el Señor Tenebroso regrese y quiera destruir todo lo que nosotros amamos. De alguna manera u otra, irá detrás de Harry, ya que él fue quién lo derrotó la primera vez. Es por eso que estoy tomando clases de Transformaciones para convertirme en Animago y así poder proteger a Harry de cualquier peligro.-respondí mientras seguíamos caminando.

-¿No crees que es un poco peligroso?-

-Harry es la única familia que en verdad amo, jamás me llegaría a perdonar si algo malo le pasase. Es todo lo que tengo.-ella asintió.

-¿El Ministerio sabrá que te transformas?-me encogí de hombros.

-Seguro.-respondí.- Yo no haría nada que estuviese fuera de la ley, a menos que la situación lo amerite.- dejamos de hablar de tema cuando llegamos a la puerta del Gran Comedor.

-¡Nos hemos perdido la selección!-susurró Hermione inclinándose apenas sobre mí. Volví a encogerme de hombros, mientras buscaba con la mirada a Harry o a Ron.

-Mione, quiero que nuestro secreto solo quede entre nosotras.-le pedí tomándola de la manga de la túnica. Ella asintió reiteradamente.

-Claro, claro, cuentas con mí silencio, Tab.-le sonreí y juntas nos sentamos junto a los chicos. En el Comedor reinaba un cálido ambiente de armonía acompañada de los murmullos que hacían los alumnos mientras cenaban. A mí lado estaba mi capitán de Quidditch, Oliver. Me contó que en el verano estuvo planeando diferentes estrategias para este año. Me encantaba conversar con él sobre esos temas.

Todo el salón quedo en silencio cuando Dumbledore, se puso de pie para dar su habitual discurso de principio de año.

-¡Bienvenidos!-comenzó, con la luz de la vela reflejándose en su barba.- ¡Bienvenidos a un nuevo curso en Hogwarts! Tengo algunas cosas que decirles a todos, y como una es muy seria, la explicaré antes de que nuestro excelente banquete los deje aturdidos.-se aclaró la garganta y continuó.-Como todos saben después del registro que ha tenido lugar en el expreso de Hogwarts, tenemos actualmente en nuestro colegio a algunos Dementores de Azkaban, que están aquí por asuntos relacionados con el Ministerio de Magia.-un extraño frío, recorrió mi espalda.- Estarán apostados en las entradas a los terrenos del colegio.-continuó Dumbledore.-Y tengo que dejar muy claro que mientras estén aquí nadie saldrá del colegio sin permiso. A los Dementores no se les puede engañar con trucos o disfraces. No está en la naturaleza de un Dementor ser comprensivo. Por lo tanto, les advierto a todos y cada uno de ustedes que no deben darles ningún motivo para que les hagan daño. Confío en los prefectos y en los últimos ganadores de los Premios Anuales para que se aseguren de que ningún alumno intenta burlarse de los Dementores.- Percy, que se sentaba en frente de mí, sacó pecho mostrando su insignia.-Por hablar de algo más alegre.-continuó.- Este año estoy encantado de dar la bienvenida a nuestro colegio a dos nuevos profesores. En primer lugar, el profesor Lupin, que amablemente ha accedido a enseñar Defensa Contra las Artes Oscuras.-el hombre su puso de pie y se inclinó sobre nosotros. Hermione y yo, aplaudimos con ímpetu, tenía la impresión de que sería un buen profesor. Para cuando Dumbledore nos anunció que Hagrid tendría el puesto de profesor en Cuidado de Criaturas Mágicas, Harry, Ron, Mione y yo, nos pusimos de pie y aplaudimos con mucha más emoción.

Luego del discurso las fuentes doradas y las copas que tenía delante se llenaron de pronto de comida y bebida. No me di cuenta que tenía un hambre atroz. Me serví de todo lo que estaba a mí alcance. Sin duda extrañaba estos banquetes. El Gran Comedor se llenó de conversaciones, de risas y del tintineo de los cuchillos y tenedores. No importaba cuanta comida me llenase, solo tenía ganas de que terminar para hablar con Hagrid. Sabían cuánto significaba para él ser profesor. Hagrid no era un mago totalmente cualificado; había sido expulsado de Hogwarts en tercer curso por un delito que no había cometido. Pero fuimos nosotros quienes nos encargamos de limpiar su nombre el año anterior.

Finalmente, cuando los últimos bocados de tarta de calabaza desaparecieron de las bandejas doradas, Dumbledore anunció que era hora de que todos se fuéramos a dormir pero nosotros vieron que era nuestra oportunidad de hablar con nuestro amigo.

-¡Enhorabuena, Hagrid!-gritó Hermione muy alegre, cuando llegamos a la mesa de los profesores.

-Todo ha sido gracias a ustedes cuatro.-dijo Hagrid mientras nos miraba, secando su cara brillante en la servilleta.-No puedo creerlo... Un gran tipo, Dumbledore... Vino derecho a mi cabaña después de que el profesor Kettleburn dijera que ya no podía más. Es lo que siempre había querido.- embargado de emoción, ocultó la cara en la servilleta y la profesora McGonagall nos hizo irnos.

..*

Nos reunimos con los demás Gryffindor que subían en tropel la escalera de mármol y, ya muy cansados, seguimos por más corredores y subimos más escaleras, hasta que llegamos a la entrada secreta de nuestra torre. Nos interrogó el retrato grande de señora gorda, vestida de rosa.

-¿Contraseña?-

-¡Dejadme pasar; dejadme pasar!-gritaba Percy desde detrás de la multitud.- ¡La última contraseña es «Fortuna Maior»!

-¡Oh, no!-dijo con tristeza Neville. Se sintió un poco mal al no acordarse esta contraseña, al igual que al año pasado y el anterior.

Después de cruzar el retrato y recorrer la sala común, chicos y chicas nos separamos hacia las respectivas escaleras. Hermione y yo subimos la escalera de caracol e ingresamos a nuestro amado dormitorio circular. Estaba demasiado cansada como para desempacar ahora, tal vez lo haría mañana. Miré en el alfeizar de la ventana y Phoebe estaba posada en su barandal con Crookshanks durmiendo a los pies de mi cama. Con muy poca fuerza tomé mi pijama y me fui a cambiar al baño.

Una vez que me despoje de mi túnica, me metí a la cama. Mi espalda me agradeció que le pudiese dar un descanso luego de la caída que tuve en el tren cuando me desmayé. Como todos los años, mi cama estaba junto a la ventana, no me quejaba, adoraba ver la luna antes de ir a dormir. Cuando mis compañeras de cuarto se durmieron, no me quedó más opción que hacer lo mismo. No pasaron ni cinco minutos, que me quedé dormida.

-¡Tabatha!-

-¡Mamá!-