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"Los mellizos Potter" — capítulo 98

Capítulo 13:

Ojoloco Moody

A la mañana siguiente la tormenta se había ido a otra parte, aunque el techo del Gran Comedor seguía teniendo un aspecto muy triste. Durante el desayuno, unas nubes enormes de color gris peltre se arremolinaban sobre las cabezas de los alumnos, mientras los mellizos, Ron y Hermione examinaban sus nuevos horarios. Unos asientos más allá, Fred, George y Lee discurrían métodos mágicos de envejecerse y engañar al juez para poder participar en el Torneo de los tres magos.

-Hoy no está mal: fuera toda la mañana.-dijo Ron pasando el dedo por la columna del lunes de su horario.- Herbología con los de Hufflepuff y Cuidado de Criaturas Mágicas... ¡Maldita sea!, seguimos teniéndola con los de Slytherin...

-Y esta tarde dos horas de Adivinación.-se quejó Harry, observando el horario.

-Tendrían que haber abandonado esa asignatura como hice yo.-dijo Hermione con énfasis, untando mantequilla en la tostada.-De esa manera estudiaríais algo sensato como Aritmancia. Y todavía sigo preguntándome Tab, porque decidiste volver a tomar esas clases.-la pelirroja se encogió de hombros.

-Estás volviendo a comer, según veo.-señaló la chica Potter, mirando las generosas cantidades de mermelada que añadía su amiga a su tostada, encima de la mantequilla.

-He llegado a la conclusión de que hay mejores medios de hacer campaña por los derechos de los elfos.-repuso Hermione con altivez.

-Sí... y además tenías hambre.-comentó Ron, sonriendo.

De repente oyeron sobre ellos un batir de alas, y un centenar de lechuzas entró volando a través de los ventanales abiertos. Llevaban el correo matutino. Instintivamente, Harry alzó la vista, pero no vio ni una mancha blanca entre la masa parda y gris. Las lechuzas volaron alrededor de las mesas, buscando a las personas a las que iban dirigidas las cartas y paquetes que transportaban.

Un cárabo grande se acercó a Neville Longbottom y dejó caer un paquete sobre su regazo. Al otro lado del Gran Comedor, el búho de Draco Malfoy se posó sobre su hombro, llevándole lo que parecía su acostumbrado suplemento de dulces y pasteles procedentes de su casa. Phoebe se posó en el asiento vació que se hallaba al costado de su ama y dejó caer una carta.

-¡Es de Remus!-exclamó en voz baja, haciendo a un lado su desayuno. Harry se arrimó para leer también.-Ah…-suspiró Tabatha.-No sabe nada de Sirius.

Tratando de olvidar el nudo en el estómago provocado por la desilusión, Harry volvió a sus gachas de avena. ¿Era posible que le hubiera sucedido algo a Hedwig y que Sirius no hubiera llegado a recibir la carta?

Sus preocupaciones le duraron todo el recorrido a través del embarrado camino que llevaba al Invernadero 3; pero, una vez en él, la profesora Sprout lo distrajo de ellas al mostrar a la clase las plantas más feas que él había visto nunca. Desde luego, no parecían tanto plantas como gruesas y negras babosas gigantes que salieran verticalmente de la tierra. Todas estaban algo retorcidas, y tenían una serie de bultos grandes y brillantes que parecían llenos de líquido.

-Son Bubotubérculos.-les dijo con énfasis la profesora.- Hay que exprimirlas, para recoger el pus...

-¿El qué?-preguntó Seamus, con asco.

-El pus, Finnigan, el pus.-repitió Sprout.- Es extremadamente útil, así que espero que no se pierda nada. Como decía, recogeréis el pus en estas botellas. Tienen que ponerse los guantes de piel de dragón, porque el pus de un Bubotubérculos puede tener efectos bastante molestos en la piel cuando no está diluido.

Exprimir esas plantas resultaba desagradable, pero curiosamente satisfactorio. Cada vez que se reventaba uno de los bultos, salía de golpe un líquido espeso de color amarillo verdoso que olía intensamente a petróleo. Lo fueron introduciendo en las botellas, tal como les había indicado la profesora, y al final de la clase habían recogido varios litros.

-La señora Pomfrey se pondrá muy contenta.-comentó Sprout, tapando con un corcho la última botella.- El pus de Bubotubérculos es un remedio excelente para las formas más persistentes de acné. Les evitaría a los estudiantes tener que recurrir a ciertas medidas desesperadas para librarse de los granos.

-Como la pobre Eloise Migden.-dijo Hannah Abbott, en voz muy baja.- Intentó quitárselos mediante una maldición.

-Una chica bastante tonta.-afirmó la profesora, moviendo la cabeza.- Pero al final la señora Pomfrey consiguió ponerle la nariz donde la tenía.

El insistente repicar de una campana procedente del castillo resonó en los húmedos terrenos del colegio, señalando que la clase había finalizado, y el grupo de alumnos se dividió: los de Hufflepuff subieron al aula de Transformaciones, y los de Gryffindor se encaminaron en sentido contrario, bajando por la explanada, hacia la pequeña cabaña de madera de Hagrid, que se alzaba en el mismo borde del Bosque Prohibido.

El guardabosque los estaba esperando de pie, fuera de la cabaña, con una mano puesta en el collar de Fang. En el suelo, a sus pies, había varias cajas de madera abiertas, y el perro gimoteaba y tiraba del collar, ansioso por investigar el contenido.

-¡Buenas!-saludó Hagrid, sonriendo a los mellizos, Ron y Hermione.- Será mejor que esperemos a los de Slytherin, que no querrán perderse esto: ¡Escregutos de cola explosiva!

-¿Cómo?-preguntó Ron. Hagrid señaló las cajas.

-¡Ay!-chilló Lavender Brown, dando un salto hacia atrás.

Los Escregutos parecían langostas deformes de unos quince centímetros de largo, sin caparazón, horriblemente pálidas y de aspecto viscoso, con patitas que les salían de sitios muy raros y sin cabeza visible. En cada caja debía de haber cien, que se movían unos encima de otros y chocaban a ciegas contra las paredes. Despedían un intenso olor a pescado podrido. De vez en cuando saltaban chispas de la cola.

-Recién nacidos.-dijo con orgullo Hagrid.-Para que podáis criarlos ustedes mismos. ¡He pensado que puede ser un pequeño proyecto!

-¿Y por qué tenemos que criarlos?-preguntó una voz fría. Acababan de llegar los de Slytherin.-Sí, ¿qué hacen?-insistió Malfoy.- ¿Para qué sirven?

Hagrid abrió la boca, según parecía haciendo un considerable esfuerzo para pensar. Hubo una pausa que duró unos segundos, al cabo de la cual dijo bruscamente:

-Eso lo sabrás en la próxima clase, Malfoy. Hoy sólo tienes que darles de comer. Pero tendréis que probar con diferentes cosas. Nunca he tenido Escregutos, y no estoy seguro de qué les gusta. He traído huevos de hormiga, hígado de rana y trozos de culebra. Probad con un poco de cada.

-Primero el pus y ahora esto.-murmuró Seamus.

Nada salvo el profundo afecto que le tenían a Hagrid podría haber convencido a Harry, Tabatha, Ron y Hermione de tomar puñados de hígado despachurrado de rana y tratar de tentar a los Escregutos.

-No entiendo porque hacer esto, si ni siquiera tienen boca.-susurró Tabatha.

-¡Ay!-gritó Dean, unos diez minutos después.- ¡Me ha hecho daño!-Hagrid, nervioso, corrió hacia él.- ¡Le ha estallado la cola y me ha quemado!-explicó el chico enfadado, mostrándole la mano enrojecida.

 -¡Ah, sí, eso puede pasar cuando explotan!-dijo Hagrid, asintiendo con la cabeza.

-¡Ay!-exclamó de nuevo Lavender.- Hagrid, ¿para qué hacemos esto?

-Bueno, algunos tienen aguijón.-repuso con entusiasmo el guardabosque. Lavender se apresuró a retirar la mano de la caja.-Probablemente son los machos... Las hembras tienen en la barriga una especie de cosa succionadora... creo que es para chupar sangre.

-Ahora ya comprendo por qué estamos intentando criarlos.-dijo Malfoy sarcásticamente.- ¿Quién no querría tener una mascota capaz de quemarlo, aguijonearlo y chuparle la sangre al mismo tiempo?

-El que no sean muy agradables no quiere decir que no sean útiles.-replicó Hermione con brusquedad.- La sangre de dragón es increíblemente útil por sus propiedades mágicas, aunque nadie querría tener un dragón como mascota, ¿no?-

-¿Estás hablando de Norberto?-inquirió Tabatha en voz baja.

..*

-Bueno, al menos los Escregutos son pequeños.-comentó Ron una hora más tarde, mientras regresaban al castillo para comer.

-Lo son ahora.-repuso Hermione, exasperada.- Cuando Hagrid haya averiguado lo que comen, me temo que pueden hacerse de dos metros.-

-Bueno, no importará mucho si resulta que curan el mareo o algo, ¿no?-dijo Ron con una sonrisa pícara.

-Sabes bien que eso sólo lo dije para que Malfoy se callara.-contestó Hermione.- Pero la verdad es que sospecho que tiene razón. Lo mejor que se podría hacer con ellos es pisarlos antes de que nos empiecen a atacar.

Se sentaron a la mesa de Gryffindor y se sirvieron patatas y chuletas de cordero. Hermione empezó a comer tan rápido que ellos se quedaron mirándola.

-Eh... ¿se trata de la nueva estrategia de campaña por los derechos de los elfos?-le preguntó Tabatha.- ¿Intentas vomitar?

-No.-respondió la chica con toda la elegancia que le fue posible teniendo la boca llena de coles de Bruselas.-Sólo quiero ir a la biblioteca.

-¿Qué?-exclamó Ron sin dar crédito a sus oídos.- Hermione, ¡hoy es el primer día del curso! ¡Todavía no nos han puesto deberes!-

Ella se encogió de hombros y siguió engullendo la comida como si no hubiera probado bocado en varios días. Luego se puso en pie de un salto, con la promesa de verlos en la cena y salió a toda velocidad.

Cuando sonó la campana para anunciar el comienzo de las clases de la tarde, los mellizos y Ron se encaminaron hacia la torre norte, en la que se encontraba  el aula donde vivía la profesora Trelawney.

Al acercarse a la trampilla recibieron el impacto de un familiar perfume dulzón que emanaba de la hoguera de la chimenea. Como siempre, todas las cortinas estaban corridas. El aula, de forma circular, se hallaba bañada en una luz tenue y rojiza que provenía de numerosas lámparas tapadas con bufandas y pañoletas. Ellos caminaron entre los sillones tapizados con tela de colores, ya ocupados, y los cojines que abarrotaban la habitación, y se sentaron a la misma mesa camilla.

-Buenos días.-saludó la tenue voz de la profesora Trelawney justo a la espalda de Harry, que dio un respingo.-Estás preocupado, querido mío.- dijo en tono lúgubre.- Mi ojo interior puede ver por detrás de tu valeroso rostro la atribulada alma que habita dentro. Y lamento decirte que tus preocupaciones no carecen de motivo. Veo ante ti tiempos difíciles... muy difíciles... Presiento que eso que temes realmente ocurrirá... y quizá antes de lo que crees...-la voz se convirtió en un susurro. Ron y Tabatha miraron a Harry, y éste le devolvió la mirada muy fríamente. La profesora Trelawney los dejó y fue a sentarse en un sillón ante el fuego, de cara a la clase. Lavender y Parvati, estaban sentadas sobre cojines muy cerca de ella.-Queridos míos, ha llegado la hora de mirar las estrellas.-anunció.-Los movimientos de los planetas y los misteriosos prodigios que revelan tan sólo a aquellos capaces de comprender los pasos de su danza celestial. El destino humano puede descifrarse en los rayos planetarios, que se entrecruzan...-

Para cuando la explicación se extendió, Tabatha se desconcentró. Del interior de su túnica sacó el sobre en el que contenía la carta de Remus. Sin hacer mucho ruido y, procurando que la profesora no la vea, se puso a leerla.

"Querida Tabatha:

Estoy contento de que hayas pasado un buen verano en casa de los Weasley. Por cierto, dile a Molly que gracias por las tartas de frutas; no le digas que hubieran estado mejor con chocolate.

Bueno, será mejor que me centré en tu preocupación: ¿cómo es posible que tu cicatriz haya cambiado de forma? Te juro que he estado investigando en todos los libros (ya sean muggles como del mundo mágico) pero no encontré nada que se asemejase a eso.

¿Intentaste hablar con Dumbledore? Tal vez él tenga al menos una respuesta a tu problema. Lamento no poder serte de más ayuda.

Espero verte pronto, pequeña Lunática.

PD: en respuesta a tu pregunta: no, no sé nada sobre Sirius.

Atte. Remus.

-¡Harry!-susurró Ron.

-¿Qué?-para cuando Tabatha guardó el pergamino, se dio cuenta de que toda la clase estaba mirando hacia su mesa. Harry estaba a unos cuantos segundos de quedarse dormido, de no haber sido por el codazo que recibió de parte de Ron.

-Estaba diciendo, queridos míos, que ustedes, los mellizos, nacieron claramente bajo la torva influencia de Saturno.-dijo la profesora Trelawney con una leve nota de resentimiento en la voz ante el hecho de que Harry no hubiera estado pendiente de sus palabras.

-Perdón, ¿nacimos bajo qué?-preguntó la pelirroja.

-Saturno, querida mía, ¡el planeta Saturno!-repitió la profesora, decididamente irritada porque Tabatha no parecía impresionada por esta noticia.- Estaba diciendo que Saturno se hallaba seguramente en posición dominante en el momento de su nacimiento: el pelo oscuro de tu hermano, tus pecas alrededor de la nariz, sus estaturas exiguas, las trágicas pérdidas que sufrieron tan temprano en sus vida... Creo que no me equivoco al pensar, queridos míos, que nacieron justo a mitad del invierno, ¿no es así?-

-Nacimos a fines de Julio.-repuso la pelirroja.- ¡Casi a mitad del verano!-Ron se apresuró a convertir su risa en una áspera tos.

Media hora después la profesora Trelawney le dio a cada alumno un complicado mapa circular, con el que intentaron averiguar la posición de cada uno de los planetas en el momento de su nacimiento. Era un trabajo pesado, que requería mucha consulta de tablas horarias y cálculo de ángulos.

-A mí me salen dos Neptunos.-dijo Harry después de un rato, observando con el entrecejo fruncido su trozo de pergamino.- No puede estar bien, ¿verdad?

-¡Ah!-exclamó Ron, imitando el tenue tono de la profesora Trelawney.-Cuando aparecen en el cielo dos Neptunos es un indicio infalible de que va a nacer un enano con gafas, Harry...-Tabatha no logró contener la risa y su carcajada se escuchó por toda la torre. Seamus y Dean, que trabajaban cerca de ellos, se rieron con fuerza, aunque no lo bastante para amortiguar los emocionados chillidos de Lavender.

-¡Profesora, mire! ¡He encontrado un planeta desconocido!, ¿qué es, profesora?

-Es Urano, querida mía.-respondió la profesora mirando el mapa.

-¿Puedo echarle yo también un vistazo a tu Urano, Lavender?-preguntó Ron con sorna.

Desgraciadamente, la profesora Trelawney lo oyó, y seguramente fue ése el motivo de que les pusiera tanto trabajo al final de la clase.

-Un análisis detallado de la manera en que les afectarán los movimientos planetarios durante el próximo mes, con referencias a su mapa personal.-dijo en un tono duro que recordaba más al de la profesora McGonagall que al suyo propio.- ¡Quiero que me lo entreguen el próximo lunes, y no admito excusas!-

-¡Rata vieja!-se quejó Ron con amargura mientras descendían la escalera con todos los demás de regreso al Gran Comedor, para la cena.- Eso nos llevará todo el fin de semana, ya verán.-

-¿Muchos deberes?-les preguntó muy alegre Hermione, al alcanzarlos.- ¡La profesora Vector no nos ha puesto nada!

-Bien, ¡bravo por la profesora Vector!-festejó irónicamente Tabatha.- ¡Estoy harta de Plutón y de todos esos planetas!-

Llegaron al vestíbulo, abarrotado ya de gente que hacía cola para entrar a cenar. Acababan de ponerse en la cola cuando oyeron una voz estridente a sus espaldas:

-¡Weasley! ¡Eh, Weasley!-

Los mellizos, Ron y Hermione se volvieron. Malfoy, Crabbe y Goyle estaban ante ellos, muy contentos por algún motivo.

-¿Qué?-contestó Ron lacónicamente.

-¡Tu padre ha salido en el periódico, Weasley!-anunció Malfoy, blandiendo un ejemplar de El Profeta y hablando muy alto, para que todos cuantos abarrotaban el vestíbulo pudieran oírlo.- ¡Escucha esto! "MÁS ERRORES EN EL MINISTERIO DE MAGIA  Parece que los problemas del Ministerio de Magia no se acaban, escribe Rita Skeeter, nuestra enviada especial. Muy cuestionados últimamente por la falta de seguridad evidenciada en los Mundiales de Quidditch, y aún incapaces de explicar la desaparición de una de sus brujas, los funcionarios del Ministerio se vieron inmersos ayer en otra situación embarazosa a causa de la actuación de Arnold Weasley, del Departamento Contra el Uso Incorrecto de los Objetos Muggles. -Malfoy levantó la vista.-Ni siquiera aciertan con su nombre, Weasley, pero no es de extrañar tratándose de un don nadie, ¿verdad?-dijo exultante.

-Vamos, Ron.-murmuró Tabatha, tratando de hacer que se moviese.

-¡Espera, Potter!-exclamó Malfoy.- Aún queda más.-todo el mundo escuchaba en el vestíbulo. Con un floreo de la mano, Malfoy volvió a alzar el periódico y siguió leyendo.-*Arnold Weasley, que hace dos años fue castigado por la posesión de un coche volador, se vio ayer envuelto en una pelea con varios guardadores de la ley muggles (llamados policías) a propósito de ciertos contenedores de basura muy agresivos. Parece que el señor Weasley acudió raudo en ayuda de Ojoloco Moody, el anciano ex Auror que abandonó el Ministerio cuando dejó de distinguir entre un apretón de manos y un intento de asesinato. No es extraño que, habiéndose personado en la muy protegida casa del señor Moody, el señor Weasley hallara que su dueño, una vez más, había hecho saltar una falsa alarma. El señor Weasley no tuvo otro remedio que modificar varias memorias antes de escapar de la policía, pero rehusó explicar a El Profeta por qué había comprometido al Ministerio en un incidente tan poco digno y con tantas posibilidades de resultar muy embarazoso.-*Malfoy terminó la oración y miró con maldad a Ron.- ¡Y viene una foto, Weasley!-añadió, dándole la vuelta al periódico y levantándolo.- Una foto de tus padres a la puerta de su casa... ¡bueno, si esto se puede llamar casa! Tu madre tendría que perder un poco de peso, ¿no crees?-

Ron temblaba de furia. Todo el mundo lo miraba.

-Métetelo por donde te quepa, Malfoy.-dijo Harry.

-A nadie le importa lo que dice una mentirosa como Skeeter.-intervino Tabatha.- Y mucho menos lo que repite un idiota como tú, Malfoy.-ella le dio la espalda e intentó empujar a su amigo.- Vamos, Ron...-

-¡Ah, Potter! Ustedes han pasado el verano con ellos, ¿verdad?-prosiguió el Slytherin con aire despectivo.- Díganme, ¿su madre tiene al natural ese aspecto de cerdito, o es sólo la foto?

-¿Y te has fijado en tu madre, Malfoy?-preguntó Harry. De un momento a otro, las dos chicas debieron de sostener a Ron, para evitar que se tirase sobre el rubio.- Esa expresión que tiene, como si estuviera oliendo excremento de dragón, ¿la tiene siempre, o sólo cuando estás tú cerca?

 El pálido rostro de Malfoy se puso sonrosado.

-No te atrevas a insultar a mi madre, Potter.-

-Entonces, tú no hables así de la señora Weasley.-gruñó la pelirroja.- Y ahora, haznos un favor y mantén cerrada tu grasienta bocaza.-para cuando ambos hermanos se dieron la vuelta, se escuchó un ¡BUM!

Hubo gritos. Harry notó que algo candente le arañaba un lado de la cara, y metió la mano en la túnica para tomar la varita. Pero, antes de que hubiera llegado a tocarla, oyó un segundo ¡BUM! y un grito que retumbó en todo el vestíbulo.

-¡AH, NO, TÚ NO, MUCHACHO!

Ambos se volvieron completamente. El profesor Moody bajaba rengueando por la escalinata de mármol. Había sacado la varita y apuntaba con ella a un hurón blanco que tiritaba sobre el suelo, en el mismo lugar en que había estado Malfoy. Un aterrorizado silencio se apoderó del vestíbulo. Salvo Moody, nadie movía un músculo. El profesor se volvió para mirar a los mellizos. O, al menos, los miraba con su ojo normal. El otro estaba en blanco, como dirigido hacia el interior de su cabeza.

-¿Te ha dado?-gruñó. Tenía una voz baja y grave.

-No.-respondió Harry.-Sólo me ha rozado.

-¡DÉJALO!-gritó Moody.

-¿Que deje... qué?-preguntó el azabache, desconcertado.

-No te lo digo a ti... ¡se lo digo a él!-gruñó el profesor, señalando con el pulgar, por encima del hombro, a Crabbe, que se había quedado paralizado a punto de tomar el hurón blanco. Moody se acercó rengueando a Crabbe, Goyle y el hurón, que dio un chillido de terror y salió corriendo hacia las mazmorras.- ¡Me parece que no vas a ir a ningún lado!-le gritó, volviéndolo a apuntar con la varita.

El hurón se elevó tres metros en el aire, cayó al suelo dando un golpe y rebotó.

-No me gusta la gente que ataca por la espalda.-gruñó Moody, mientras el hurón botaba cada vez más alto, chillando de dolor.-Es algo innoble, cobarde, inmundo...

 El hurón se agitaba en el aire, sacudiendo desesperado las patas y la cola.

-No... vuelvas... a hacer... eso...-dijo el ex Auror, acompasando cada palabra a los botes del hurón. De un momento a otro, el animal dejo de estar en el aire y pasó a estar en los pantalones de Crabbe. El chico se sacudía intentando sacárselo, pero el profesor no lo dejaba.

-¡Profesor Moody!-exclamó una voz horrorizada. La profesora McGonagall bajaba por la escalinata de mármol, cargada de libros.

-Hola, Minerva.-respondió el hombre con toda tranquilidad, sacando a Malfoy y haciendo botar aún más alto.

-¿Qué... qué está usted haciendo?-preguntó McGonagall, siguiendo con los ojos la trayectoria aérea del hurón.

-Enseñar.-explicó.

-Ens... Moody, ¿eso es un alumno?-gritó la profesora McGonagall al tiempo que dejaba caer todos los libros.

-Sí.-contestó.

-¡No!-vociferó McGonagall, bajando a toda prisa la escalera y sacando la varita. Al momento siguiente reapareció Malfoy con un ruido seco, hecho un ovillo en el suelo con el pelo lacio y rubio caído sobre la cara, que en ese momento tenía un color rosa muy vivo. Haciendo un gesto de dolor, se puso en pie.- ¡Moody, nosotros jamás usamos la transformación como castigo!-dijo con voz débil la profesora McGonagall.- Supongo que el profesor Dumbledore se lo ha explicado.

-Puede que lo haya mencionado, sí.-respondió Moody, rascándose la barbilla muy tranquilo.-Pero pensé que un buen susto...

-¡Lo que hacemos es dejarlos sin salir, Alastor! ¡O hablamos con el jefe de la casa a la que pertenece el infractor...!

-Entonces haré eso.-contestó, mirando a Malfoy con desagrado. El chico, que aún tenía los ojos llenos de lágrimas a causa del dolor y la humillación, miró a Moody con odio y murmuró una frase de la que se pudieron entender claramente las palabras mi padre.- ¿Ah, sí?-inquirió Moody en voz baja, acercándose con su cojera unos pocos pasos. Los golpes de su pata de palo contra el suelo retumbaron en todo el vestíbulo.- Bien, conozco a tu padre desde hace mucho, muchacho. Dile que Moody vigilará a su hijo muy de cerca... Dile eso de mi parte... Bueno, supongo que el jefe de tu casa es Snape, ¿no?

-Sí.-respondió Malfoy, con resentimiento.

-Otro viejo amigo.-gruñó.-Hace mucho que tengo ganas de charlar con el viejo Snape... Vamos, adelante...-agarró a Malfoy del brazo para conducirlo de camino a las mazmorras.

La profesora McGonagall los siguió unos momentos con la vista; luego apuntó con la varita a los libros que se le habían caído, y, al moverla, éstos se levantaron de nuevo en el aire y regresaron a sus brazos.

-No me hablen.-pidió Ron en voz baja cuando unos minutos más tarde cuando estuvieron en la mesa de Gryffindor, rodeados de gente que comentaba muy animadamente lo que había sucedido.

-¿Por qué no?-preguntó Hermione sorprendida.

-Porque quiero fijar esto en mi memoria para siempre.-contestó, con los ojos cerrados y una expresión de inmenso bienestar en la cara.-Draco Malfoy, el increíble hurón botador...

Los mellizos y Hermione se rieron, y la castaña se sirvió estofado de buey en los platos.

-Sin embargo, Malfoy podría haber quedado herido de verdad.-dijo ella.- La profesora McGonagall hizo bien en detenerlo.

-¡Hermione!-exclamó Ron como una furia, volviendo a abrir los ojos.- ¡No me estropees el mejor momento de mi vida!-

Ella hizo un ruido de reprobación y volvió a comer lo más aprisa que podía.

-¡No me digas que vas a volver ahora, por la noche, a la biblioteca!-dijo Harry, observándola.

-No tengo más remedio.-repuso Hermione.- Tengo mucho que hacer.

-Pero has dicho que la profesora Vector...

-No son deberes.-lo cortó ella.

Cinco minutos después, Hermione ya había dejado limpio el plato y había salido. Su sitio fue inmediatamente ocupado por Fred Weasley.

-¿Qué me dicen de Moody?-exclamó.- ¿No es genial?

-Más que genial.-dijo George, sentándose enfrente de su gemelo.

-Súper genial.-afirmó Lee Jordan, ocupando el asiento que había al lado del de George.- Esta tarde hemos tenido clase con él.-les dijo a los mellizos y Ron.

-¿Qué tal fue?-preguntó Harry con interés. Los tres chicos intercambiaron miradas muy expresivas.

-Nunca hemos tenido una clase como ésa.-aseguró Fred.

-Ése sabe, hombre.-añadió Lee.

-¿Qué es lo que sabe?-preguntó Ron, inclinándose hacia delante.

-Sabe de verdad cómo hacerlo.-dijo George con mucho énfasis.

-¿Hacer qué?-quiso saber Tabatha.

-Luchar contra las Artes Oscuras.-repuso Fred.

-Lo ha visto todo.-explicó George.

-Sorprendente.-dijo Lee.

Ron se abalanzó sobre su mochila en busca del horario.

-¡No tenemos clase con él hasta el jueves!-concluyó desilusionado.