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-¿Sabes que todos te odiarán después de esto? -Me da igual Malfoy... ya he elegido. — capítulo 1

El ministerio de magia siempre estaba repleto de magos y brujas que iban corriendo de un lado a otro. Hoy no era la excepción. Cientos de magos y brujas yendo de arriba abajo molestando a un rubio que casualmente pasaba por allí.

Draco Malfoy seguía siendo el mismo de siempre frío, arrogante y narcisista, aunque su manera de pensar cambió gracias a su madre Narcissa, quien ya había fallecido dos años atrás. Aceleró un poco el paso para llegar antes a su destino, cruzándose por el camino a Potter y Weasley, a los que saludó con un movimiento rápido de cabeza. Sonrió cínicamente al darse cuenta de que la integrante número tres del trio de oro no iba con ellos, sino que seguramente aún seguiría en su despacho como siempre.

Llegó a una enorme puerta en el departamento de aplicación de leyes mágicas y sin tocar se adentró en la sala. Tal y como había imaginado Hermione Granger estaba tan absorta en sus pergaminos que ni siquiera se dio cuenta de que un apuesto rubio estaba enfrente de ella.

-Hola Granger.- saludó el rubio e instantáneamente, ella apartó su mirada de los papeles y la fijó en él.

-Malfoy... ¿Qué haces aquí?- preguntó bastante sorprendida.

-¿Acaso no puedo venir a verte?- volvió a hablar él, esta vez yendo directamente hacia donde ella estaba. Detrás de la enorme mesa repleta de pergaminos, plumas y tinteros.- Esta mañana te fuiste sin despedirte…- susurró muy cerca de su oído, mientras empezaba a tomarla de la cintura y a acercarla hacia él.

-Malfoy… por favor… aquí no.- decía ella a duras penas, mientras el olor a menta fresca y a pino inundaban sus fosas nasales.- Podría en… entrar alguien.

-¿Me crees tan estúpido? He colocado un hechizo protector al entrar.- continuó sin dejar de acariciar sus curvas por encima de la falda y de la camisa.- Por otra parte… la idea de que entre alguien y nos vea… me resulta muy excitante.

-Hablo enserio… - dijo eta vez mirándolo a esas esferas grises que tanto le gustaban.- He quedado con Harry y Ron para ir a almorzar.

-¿Por qué quedas con ese par de idiotas, pudiendo estar conmigo?- preguntó él haciéndose el ofendido haciendo que la castaña riera.

-Son mis amigos.- respondió ella.- Además, sería de mala educación cancelarlo cuando ya he aceptado ir con ellos.

-¿Qué pensarían tus amigos si se enteraran de lo que haces por las noches con migo?

-Probablemente te matarían.- contestó Hermione sonriéndole.- O bien podrían encerrarte en Azkabán por andar acosándome sin parar. Ron disfrutaría mucho encerrándote…

-Sí… la próxima vez dile a la comadreja que se controle.- dijo el rubio subiéndola a la mesa y colocándose entre sus pierna.- O no me quedará más remedio que lanzarle un buen cruccio la próxima vez que lo vea.

Ella lo fulminó con la mirada haciendo que él estallara en carcajadas.

-No tiene gracia Malfoy.

-Sí que la tiene Granger…puede que no para ti, pero sí la tiene para mí.- añadió el rubio mientras empezaba a deslizar una de sus hábiles manos por el muslo de la castaña, arrancándole suspiros que al parecer era música para sus oídos.- Tengo algo para ti.

-¿Qué?- preguntó ella con curiosidad en el momento en que él sacó un bonito paquete envuelto en papel verde esmeralda, junto con un elegante lazo negro. Muy típico de él.- ¿Qué es?

-Te veré esta noche.- se despidió éste separándose de ella y caminando de regreso a la puerta, pero en vez de salir por ella, volvió a girarse una vez más.- Espero vértelo puesto esta noche...- y dicho esto salió.

La castaña se había quedado muy confusa, pero al cabo de un par de minutos decidió abrir el paquete. No se extrañó demasiado al descubrir el precioso conjunto de ropa interior de encaje que había allí dentro. Definitivamente Malfoy tenía unos gustos demasiado obscenos.

El resto del día pasó más o menos tranquilo. Cientos de pergaminos que rellenar y firmar, entrevistas con el ministro Kingsley, reuniones. Pero eso a Hermione Granger no le importaba, ella estaba acostumbrada a eso y a más. Tras haber finalizado su jornada laboral, decidió irse a su casa. Vivía en la antigua casa de sus padres, aunque había hecho algunos arreglos como conectar su chimenea a la red flu para futuras y seguras visitas.

Su gato Crookshanks siempre la recibía cada vez que llegaba a casa y esa vez tampoco fue la excepción. Al darle su cena se dirigió al piso superior a la antigua habitación de sus padres, ahora suya y decidió tomar un relajante baño de burbujas con la esperanza de relajarse tras un duro día de trabajo en el ministerio. En un día mínimamente normal, se habría puesto su conjunto de dormir, habría tomado una comida ligera y se habría acostado. Pero las noches que pasaba con el rubio, no eran para nada tranquilas. Sonrió ante la idea y al salir empezó a vestirse con lo que le había regalado Malfoy esa mañana con algo de su ropa por encima y tras haber recogido todo salió por la chimenea hacia la mansión Malfoy.

Ésta había cambiado mucho desde que Voldemort la utilizaba como cuartel de mortífagos. Ahora estaba mucho más cuidada y con tonos más alegres y vivos pero sin llegar a perder la elegancia que la caracterizaba.

-Llegas tarde Granger…- comentó una voz desde arriba de las escaleras. La castaña al levantar la mirada, se encontró con unos ojos grises en un semblante serio.

-Lo siento…- contestó ella tímidamente, mientras empezaba a subir hasta llegar a su altura.- Perdí la noción del tiempo.

-Sabes que odio la impuntualidad.- murmuró a su oído como si no la hubiese escuchado.-Deberás recompensarme… Granger.-

-¿Ahora?- preguntó dudosa.- Creí que primero cenaríamos.

Pero en vez de obtener respuesta, el rubio decidió empezar lo mismo de esa mañana en su despacho. Le pasó sus brazos por la cintura y rápidamente la pegó más hacia él, provocando un gritito de sorpresa por parte de ella, que rápidamente calló en su boca.

Antes de que Hermione pudiese darse cuenta, ya estaban en el dormitorio del rubio y éste empezó a desvestirla.Las manos del rubio rozaron entonces premeditadamente despacio la curva de su cintura y acariciaron sus costados, haciéndole olvidar en qué estaba pensando. Se le erizó la piel por completo, y aquel efecto se evidenció bajo la tela de su única prenda superior. Draco siguió rozando su piel, adentrándose hacia su espalda, acariciándola con una arrogancia bochornosa que no hacía sino encenderla contra su voluntad. Sentir sus manos rozándola de aquella manera tan pecaminosa mientras se miraban a los ojos estaba haciendo pedazos la calma de su respiración.

Se tensó cuando sintió sus dedos fríos llegar al broche de su sujetador. Tomó aire tratando de mantenerse tranquila. Él la observaba fríamente, todavía a los ojos, todavía sin moverse, todavía perfectamente vestido aunque completamente empapado por culpa de su anterior paseo por la hierba y bajo la tormenta.

Hermione dejó de respirar y oyó el retumbar de su corazón cuando escuchó el suave sonido del broche al abrirse. La tela del sujetador quedó suelta, evidenciando algo más de su piel y dejándola más indefensa. Malfoy sujetó sus tirantes haciéndole notar exactamente lo que estaba haciendo rozando su piel de vez en cuando en el proceso, y despacio, tormentosamente lento, le quitó la prenda.

Hermione sintió que sus mejillas ardían aún con mayor fuerza al sentir su cuerpo casi completamente expuesto. Él todavía no había desviado la vista de sus ojos. De hecho, no hacía sino sostenerle la mirada con una tranquilidad y una frialdad abrumadoras, sin siquiera fijarse en una sola parte del resto de su cuerpo descubierto.

Entonces Malfoy empezó a desabrocharse los botones de su propia camisa. No quiso desviar la vista de aquellos ojos metálicos que seguían fijos en ella, pero era turbadoramente consciente de que la humedad de sus ropas se pegaba a su piel, remarcando el cuerpo del mago a la perfección.

Y no podía mirar. No debía mirar. Alimentaría el ego de ese arrogante y pretencioso Slytherin y en eso momento no se lo podía permitir.

No tardó en notar cómo él se movía quitándose la camisa, lanzándola lejos. Después creyó notar que bajaba sus manos pálidas hacia el pantalón, pero él, aún sosteniéndole la mirada, le hizo ver notar lo equivocada que estaba.

Se le aceleró el ritmo cardiaco cuando Draco tomó sus manos por sorpresa. Trató de encontrar una razón o una explicación en el gris de sus ojos para aquella nueva artimaña, pero sólo vio que enarcaba una ceja con arrogancia como única respuesta a su muda pregunta. Malfoy guio sus manos aún sin dejar de observarla hasta su cinturón. Hermione temió que él notaría que casi temblaba.

La arrogancia en su mirada se remarcó todavía más al ver que ella no hacía nada sino observarle inmóvil.

Narcisista.

Se abalanzó sobre su boca dispuesto a devorarla. La besó con furia mientras sus manos la sujetaban de las caderas y la pegaba a él en un movimiento firme. La escuchó gemir contra su boca cuando el choque entre sus cuerpos evidenció el estado físico de ambos. Sobre todo el suyo propio. Se dejó llevar por sus ansias contenidas durante días y acarició la piel de la bruja. Era suave, extremadamente. Probablemente la más suave que hubiera tocado en una mujer, lo cual resultaba sorprendente siendo que Granger no se cuidaba en absoluto.

Milagros que sólo Merlín podía comprender.

Mordió uno de los labios de Granger, y notó complacido cómo enterraba los dedos entre sus cabellos tirando de él con vehemencia. La empujó con suavidad pero dirigente, sin soltarla ni liberarla del beso. La acorraló contra la cama y ella tropezó irremediablemente al encontrarla de espaldas. Ambos cayeron sobre el colchón, él rozándola con fiereza, alcanzando sus pechos con una mano mientras con la otra acariciaba toda la extensión de una de sus piernas.

-Draco…

El susurro de su nombre contra sus labios lo excitó en sobremanera. Nunca lo admitiría, pero lo cierto era que sentía casi cierto grado de debilidad por los gemidos de esa bruja. La presionó con su cuerpo, encendiéndola y apartando sus piernas para colocarse entre ellas con mayor facilidad.

La presionó en aquella nueva posición, complacido al sentirla arquearse hacia él como un ofrecimiento cuando sintió la creciente presión que él ejercía sobre certeras partes de su expuesta anatomía. Liberó su boca por fin, y la escuchó tomar aire con brío en busca de aliento. Complacido con su actitud, besó su cuello despacio, respirando contra su piel para marcar el camino que seguía sobre ella. Hermione se removía bajo él, pero él le impedía la huida.

Pero no tuvo tiempo de seguir insultándole y diciéndole todo lo que le parecía que actuara de esa manera, porque él la besó silenciándola de nuevo con el salvaje ritmo de sus pálidos y exigentes labios. Hermione sintió la mano fría del Slytherin ascender por una de sus piernas y obligarla a rodearle a él con ella y después con la otra. Era una forma de mostrarle que estaba complacido, de demostrarle a la castaña lo que no le diría directamente.

De repente liberó su boca, y Hermione comprendió lo que pasaría a continuación con anhelante tensión. Malfoy se adentró en ella con medida fuerza. Ella echó la cabeza hacia atrás mientras gemía de forma incontenible ante su avasallante encuentro.

Él gruñó cuando ella le clavó las uñas en los hombros con rabia como castigo. Aun así, siempre aguantaba ese pequeño dolor que ella le causaba a conciencia. Le encantaba escucharla gemir cuando empezaba con su lascivo juego. Escucharla le excitaba y le incitaba a seguir como pocas cosas lo hacían. Una adicción peligrosa por ella de la que ya no podía desengancharse. Se detuvo estático dentro de ella esperando a que se acostumbrara y que a su respiración se apaciguara.

La castaña volvió a tranquilizarse y se recompuso mirándole con reproche pero sonrojada. Era imposible ocultar que a ella también le gustaban sus libertinos juegos, y al Slytherin eso lo volvía ansioso. Sin previo aviso, Hermione tiró de su cuello acercándolo a ella, tomando la iniciativa con fiereza de Gryffindor y besándole con tímido y fogoso deseo. Él correspondió con tranquilidad, comenzando a moverse sobre la chica lentamente.

Sus manos no tardaron en entrar también en aquel movimiento continuo de sus cuerpos, rozándola, acariciándola, tocándola casi con violencia a veces por el anhelo de poseerla. Escuchaba sus gemidos ahogados, sentía contra él su respiración superficial y ansiosa, se dejaba seducir por el roce de sus dedos y de sus manos contra su espalda, en su cuello, enredándose en su pelo rubio, en el vaivén de su cadera todavía firmemente pegada a él.

Pronto comenzó a moverse más rápido, a adentrarse en su interior hasta que el cuerpo de la bruja le impedía llegar más lejos, a apoderarse de su cuerpo con turbado deseo. Ella se aferró a él con más fuerza, sus piernas lo rodearon con mayor presión y sus manos lo abrazaron mientras gemía de nuevo acabando con aquella placentera tortura de goce carnal.

Él se movió unas veces más, excitado por los gemidos de la chica, por la repentina debilidad de su cuerpo, y colmado de un perverso y prohibido placer, terminó del mismo modo agotador que ella, cayendo sobre la cama a su lado con la respiración salvaje y por fin saciado de su hambre por ella.