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Matrimonio Borrascoso — capítulo 13

CAPÍTULO 12

Draco salió de la consulta del ginecólogo después de haber mantenido una conversación con el médico. Le había garantizado que el estado de salud de Herms estaba mejorando poco a poco. Caminó por el pasillo hasta la habitación privada en la que su esposa llevaba dos días. ¿Acaso Herms lo odiaba? ¿Estaría allí, tumbada a en la cama, preocupada por su hijo y rabiosa por no haberlo tenido a su lado en aquellos momentos difíciles? ¿Querría abandonarlo en cuanto saliera del hospital?

No entendía lo que había sucedido. Hasta el ultimátum, todo había ido bien entre los dos. O por lo menos, él había pensado que por fin habían superado la crisis. Draco apretó la mandíbula. Aquel secreto que ella había guardado tan celosamente y que la había hecho escaparse la primera vez era la clave para entender lo que acababa de pasar.

Él se había negado rotundamente a escuchar aquella razón secreta. No había querido oír nada de eso y testarudamente había preferido eludir algo que podría haber sido motivo de conflicto y malestar entre ellos, especialmente después de haber decidido dar una nueva oportunidad a su matrimonio.

Seguro que sus motivos para fugarse habían sido, por un lado, el deseo de reconquistar su libertad y, por otro, quitarle una buena parte de su riqueza. Un escenario que su tía le había descrito más de una vez y que él había tenido que aceptar, incapaz de encontrar otra explicación razonable. No había querido saber la verdad porque odiaba la idea de estar locamente enamorado de una mujer que simplemente lo consideraba un buen partido. Había escondido la cabeza bajo la arena. Todo había pasado por su culpa, se dijo Draco. Y Herms lo estaba amenazando una vez más con la idea del divorcio. Tenía que forzarla a que le dijera la verdad.

Por lo menos no había perdido el niño. Y el médico había dicho que, con un poco de descanso y de tranquilidad en las semanas siguientes, no iba a tener ningún otro problema a lo largo del embarazo. Draco haría todo lo que estuviese en su poder para asegurarse de que no le pasase nada ni a ella ni al niño.

Con una sonrisa forzada, Draco se pasó la mano por el pelo y maldijo a Pansy y sus problemas por haber generado aquel desastre. Problemas que ella le había echado encima. Pansy había aceptado ponerse en manos de un especialista sólo después de que Draco le hubiera prometido no decírselo a nadie.

Había sido Eleni, una chica joven que trabajaba en la casa, quien había encontrado a Herms en el suelo desmayada dos días atrás y se había ido corriendo a avisar al ama de llaves, que había llamado a una ambulancia. Herms se había quedado sola en el hospital dos días esperando los resultados de los análisis para ver si el niño estaba bien. Dos largos días en los que su tía bellatrix no le había hablado para decirle lo que había pasado. Dos días en los que él se había quedado con Pansy intentando convencerla de que merecía la pena estar vivo y que por fin tenía que confesarle a sus padres que el problema el alcohol que había tenido se estaba resolviendo.

Draco apretó la mandíbula. Si hubiese sabido lo que había pasado, habría dejado a Pansy sola para que se enfrentase a sus problemas. Pero en aquel momento no había intuido que lo que le había parecido ser una simple pataleta de Herms, en realidad había sido algo mucho más serio. No había sido el resultado de sus celos injustificados hacia Pansy. Maldiciendo su propia estupidez, tomó aire e intentó relajarse mientras abría la puerta de la habitación de su esposa.

Apoyada encima de las almohadas, Herms sintió otra puñalada al concentrarse en la revista que una de las enfermeras le había dejado para leer. Se sentía todavía un poco mareada por el sedante que le habían dado el día anterior para relajarse y la revista en griego no le parecía muy interesante. No podía imaginarse, con sus curvas, enfundada en uno de aquellos trajes tan estrechos que sólo las modelos o mujeres como Pansy podían ponerse. Estaban tan flacas que parecían esqueletos. A pesar de su intención de no llorar, las lágrimas brotaron de sus ojos. Draco no la había llamado ni había intentado acercarse a verla. Seguro que había pasado los últimos dos días con Pansy y que había estado demasiado ocupado como para pensar en ella. ¿Cómo podía preocuparse más de su amante que de su hijo? Sintió un nudo en la garganta y tragó saliva mientras se secaba las lágrimas con una esquina de la sábana de algodón.

«Qué ingenua he sido», pensó antes de jurar que no iba volver a pensar ni en él ni en su amante. Tenía que concentrarse en cosas positivas. Se puso la mano encima del vientre, acariciándolo. Su hijo estaba bien y no tenía que preocuparse por nada más. Y menos aún por su marido y su obsesión por una mujer tan flaca que parecía un palo. En cuanto saliera del hospital, volvería a Inglaterra para estar con sus padres hasta el nacimiento. Nunca más aceptaría seguir viviendo cerca de él para que pudiese ver al niño a menudo. Herms no podía permitirse verlo y reabrir unas heridas profundas que todavía seguían sangrando. Cuando Draco se había ido para estar con su amante, a pesar de que ella le había pedido que se quedara, había perdido todos sus derechos. Y si decidía llevarla a juicio, Herms lucharía con todas sus fuerzas para que no le quitaran la custodia de su hijo.

«¡Cálmate!», pensó. No podía permitirse perder el control. Tenía que mantenerse lúcida. Apoyándose aún más en las almohadas, intentó visualizar situaciones felices como olas en la playa o praderas cubiertas de flores que se movían por la brisa primaveral. Pero la única imagen que en realidad invadía su mente era el rostro de Draco. Abrió los ojos al oír que la puerta se estaba abriendo esperando ver a la enfermera. Cuando reconoció a la persona que acababa de entrar en la habitación, abrió aún más los ojos. No se lo podía creer. Si hubiese tenido algo entre las manos, seguro que se lo habría tirado a la cara.

—¡Vete! —fue lo único que pudo decirle.

Draco había tenido que reprimir su deseo de acercarse a la cama para tomarla entre sus brazos. Lo único que quería era abrazarla y tenerla cerca de él para siempre. Herms tenía razones para estar enfadada con él. Pero no podía permitir que se alterara más de lo necesario, necesitaba descansar y recuperarse. Tenía ojeras y un aspecto más delicado de lo normal. Draco cerró las manos en un puño.

—Tienes todo el derecho a estar enfadada conmigo —le dijo con voz decidida—. Me he enterado de lo que ha pasado hace media hora cuando por fin Bellatrix se ha molestado en hablarme. Ya le he dicho que tiene que buscar otra casa para antes de finales de mes. ¡Incluso hoy sería un día perfecto para que se fuera!

Herms agarró con las manos los bordes de la sábana. Luego, lo miró con firme determinación.

—No será necesario. Ya no tengo ninguna razón para mentirte. Tu tía me odia y me ha despreciado desde la primera vez que me vio. Pero no voy a vivir aquí. Nuestro matrimonio se ha acabado, ¿recuerdas?

«No mientras me quede un aliento de vida», pensó Draco. Pero no le podía decir nada en aquel momento. Herms necesitaba estar lo más tranquila posible y reponerse. En las dos o tres semanas siguientes, todo tenía que ser muy suave para ella, no podía permitir que se alterara emocionalmente por discusiones o desacuerdos entre ellos.

—Bueno... de todas formas quiero que vuelvas a casa conmigo para estar un poco tranquila por tu propio bien y el bienestar de bebé. Sólo hasta que recuperes las fuerzas y estamos seguros de que no va a haber ningún otro problema —dijo Draco con cara inexpresiva.

Mientras Herms estuviese en casa bien atendida y mimada por él, Draco podría hacer algo para acabar con el desastre en el que se había vuelto a trasformar su relación de pareja.

—He hablado con el médico y parece estar seguro que todo va a salir bien si te relajas durante unas cuantas semanas a partir de ahora. Y pienso ocuparme personalmente de ello. Te vas a quedar conmigo a partir de esta noche y yo te voy a cuidar, ya verás. Te recogeré a las seis.

Luego se dio la vuelta sintiéndose orgulloso por la manera en la que había sabido manejar la situación evitando que Herms se negara a colaborar. Había sido capaz de convencerla sin que ella volviese a repetir que su relación se había acabado y que no había nada que hacer. Pero tuvo que admitir que no sentía ninguna felicidad por aquel logro y no pudo evitar darse la vuelta para mirarla otra vez.

—No tenía idea de que corrías el riesgo de tener un aborto. De haberlo sabido, le habría dicho a Pansy que resolviera sola sus problemas. ¡No te habría dejado sola ni un segundo!

Herms había estado dispuesta a hacer lo que fuera por el bien de su hijo. No había sido por su propio bien porque estar al lado de su marido y verlo todos los días le generaba un sufrimiento horrible. Pero no había podido volver a Inglaterra nada más salir del hospital, habría sido un acto irresponsable dado su estado de salud.

¿No le había dicho el ginecólogo que lo que necesitaba más que nunca era tranquilidad y reposo absoluto? Los días que había estado en el hospital, había podido descansar muy bien, pero... ¿tranquilidad? En las últimas dos semanas lo había intentado todo para estar un poco serena. Y Draco también parecía estar haciendo todo lo necesario para cuidarla y proporcionarle un ambiente relajado y agradable.

Cuando Herms había llegado a casa, Draco le había comunicado que Bellatrix se había marchado a casa de los padres de Pansy mientras buscaba un apartamento en el centro. No le había dicho nada más. A partir de aquel momento, Herms no lo había visto mucho. Aparecía por la mañana a la hora del desayuno para preguntarle qué tal se encontraba. Y luego lo veía otra vez a la hora de la cena cuando estaban juntos y hablaban de cosas sin importancia como asuntos de trabajo y sus empleados. Ella deseaba hablar del futuro, de lo que iba a pasar después del nacimiento del niño y acordar una fecha para su regreso a Inglaterra. Pero nunca conseguían hablar directamente de lo que para ella era más importante. Draco estaba ansioso por la salud del bebé. Todo lo que en el pasado le había dicho sobre el matrimonio, el deseo de tener otros hijos, todo había sido parte de la estrategia para que ella se quedara tranquila a su lado hasta el nacimiento del niño y, cuando éste hubiese nacido, Draco estaría dispuesto a poner en marcha su cruel plan. Pansy y el niño eran las personas más importantes para él. Ella representaba un instrumento para cumplir sus planes y era, por lo tanto, prescindible:

Draco le había dicho que no se habría ido con su amante si hubiese sabido lo que iba a pasar. Pero Herms no se lo había creído. Siempre que Pansy llamara, él dejaría todo para estar a su lado. Al mismo tiempo parecía dispuesto a hacer cualquier cosa para tranquilizarla y no poner en riesgo la vida de su hijo. Herms no podía evitar sentirse ansiosa y preocupada a pesar de sus atenciones. Aunque lo veía muy poco, Herms podía advertir su presencia invisible en todo lo que la rodeaba. En el paquete de novelas de sus autores favoritos que había llegado desde Inglaterra hacía poco y en las flores que decoraban la suite que habían compartido.

Aquella mañana, Herms se fue a dar un paseo por los jardines de alrededor de la villa. La temperatura había bajado un poco y el ginecólogo, el día anterior, le había dicho que el embarazo iba muy bien. Podía empezar a retomar su vida. Aquella idea la hacía sentir incómoda. Le asustaba la idea de separarse de Draco. Pero sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo. Lo que más le había sorprendido había sido la reacción de Draco ante aquella buena noticia. Se había quedado mirando al médico con una expresión dura, como si estuviese diciéndole algo muy desagradable y casi no le había dirigido la palabra en el camino de vuelta hacia casa. Luego por la noche no había aparecido para cenar con ella. El ama de llaves le había comunicado que su marido se había tenido que quedar en el trabajo y que cenaría sola.

Herms se encogió de hombros e intentó no pensar en él mientras rodeaba la villa para volver a la terraza. Ya nada le impedía irse. Podía reservar el billete para volver a casa y empezar una nueva vida con el bebé dejándole atrás con su querida. Se echó en una tumbona del jardín y esperó, cerrando los ojos. Eleni apareció con una bandeja. Herms no tenía duda de que el personal de la casa estaba encargado de cuidar de ella y de vigilarla a la vez. Probablemente alguno de los jardineros habría comunicado al ama de llaves que Herms había vuelto a casa. Todo eso por órdenes de Draco. Estaba claro que no quería que ella desapareciera otra vez llevándose a su precioso hijo. Herms sonrió mientras oía los pasos de la criada que se ocupaba de ella

Giró la cabeza con una sonrisa y... ¡Draco! Se extrañó al verlo, ya que sólo lo solía ver en el desayuno y en la cena. Y a veces ni siquiera en esas ocasiones. Aquella aparición tan inesperada generó una ola de calor en su vientre dejándola sin aliento. Herms se incorporó apoyándose en los codos mientras la opción de aprovechar el día para descansar desaparecía rápidamente. Lo miró mientras dejaba la bandeja a su lado. Café, un plato de deliciosas galletas, un vaso con unas flores y fruta.

Herms se puso tensa. Aquélla era una ocasión perfecta para volver a hablar de su decisión de romper de una vez por todas con su matrimonio. Pero no le salía ni una palabra. Estaba confundida. Cuando Draco se sentó con ella en la tumbona, Herms apartó las piernas. No quería que la tocara, la sensación de estar perdida hubiese aumentado.

—Nuestro hijo ahora está a salvo —le dijo Draco con voz calmada—. Tenemos que hablar. Y quiero la verdad, toda la verdad. He estado un poco ciego hasta ahora, pero ha llegado el momento de descubrir por fin lo que nos ha pasado.

EL corazón de Herms dio un vuelco. Casi sin darse cuenta de lo que hacía, se llevó las manos al pecho para sentir aquel latido a través de la ligera camisa de organdí. ¿Por qué no contarle todo ya que se relación se había acabado para siempre? Por fin podría alejarse de él con cierta dignidad sin tener que aguantar su desprecio o su piedad. Lo que tenía que decirle quizás tuviera un efecto catártico. Si se callaba aquellos pensamientos, la iban a atormentar para siempre.

—¿ Herms? —dijo él cariñosamente—. Dime, por favor, lo que te indujo a pedirme el divorcio hace unas semanas.

Un músculo se tensó en la garganta de Herms y apartó la mirada. Él tenía que saber lo que había pasado y las razones por las que ella quería acabar con su matrimonio.

—Cuando nos reconciliamos y decidimos seguir adelante con nuestra unión, no quise que me contaras nada acerca de las razones por las que te fuiste. Me equivoqué pensando que se podía empezar desde cero. La mía era una forma de cobardía y no estoy nada contento con mis propias reacciones. Estaba desesperado. Sólo quería que te quedaras conmigo y hacerte feliz. Sólo quería volver a empezar y darnos otra oportunidad. Pero no ha sido así, ¿verdad? No hemos podido empezar de cero, prueba de eso es el hecho de que una vez más me has amenazado con dejarme. Así que ahora necesito saber lo que pasa. ¿Es mi dinero lo que quieres? —le dijo tomando una mano entre las suyas.

Herms se puso de pie y liberó su mano de la de él. No podía soportar aquel contacto físico. No quería su dinero. ¿Cómo podía pensar eso de ella? Su fortuna nunca le había interesado. Y ahora el contacto con él le había recordado la pasión que había descubierto con él. Y aquel deseo no desaparecía a pesar del hecho de que cada día se repitiera que lo odiaba y que no quería saber nada de él.

El verdadero problema era que Herms se conocía muy bien. Sabía que no podía contener tal deseo. No obstante, no se podía permitir quedarse atrapada otra vez en aquella red de seducción y amor incondicional. Se dio la vuelta para mirarlo a la cara. Él también estaba de pie y su imponente cuerpo le dio una sensación de vértigo. Herms rodeó su vientre con los brazos tratando de protegerse y se quedó así, sorprendida por la determinación que podía leer en los ojos de él.

—Sólo unos días después de nuestra boda Pansy vino a contarme por qué te habías casado conmigo.

—¿Y ..? —le preguntó él, agarrándola por los hombros.

Draco tenía una expresión de sorpresa e incomprensión en la cara. Parecía estar tan confuso como ella.

—Bueno, me explicó que yo era una chica de anchas caderas y de familia humilde. Sin dinero. El tipo de mujer que no hubiese sabido cómo enfrentarse a ti cuando llevaras a cabo lo que querías hacer.

—Amor mio…

—¡No! —dijo ella alejándose de él mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.

—¿Pansy te dijo eso? —preguntó él, agarrándola por la cintura y acercándose a ella.

—¡Claro que sí! —contestó Herms con irritación viendo que él dudaba de su palabra e intentaba seguir justificando a su odiosa amante—. Y me ha contado todo. ¡Que estáis locamente enamorados, pero no te has podido casar con ella porque no puede darte el heredero que tanto necesitas! Así que ¡bingo! —añadió Herms casi chillando—. Te consigues una chica sin recursos, la dejas embarazada y, cuando el niño haya nacido, te lo llevas para vivir con la mujer a la que siempre has querido. Gracias y adiós, así, sin más. Ahora no intentes convencerme de que estás conmigo por otra razón que no sea el niño... ¿de acuerdo?

De repente Herms se quedó sin fuerzas, con la sensación de estar a punto de desmayarse. Draco la agarró aún más fuerte y le pidió que se sentara. Tenía los rasgos endurecidos, notó Herms cuando recuperó un poco las fuerzas y levantó la mirada. Se sentía débil y vacía.

—¿Cuándo has hablado con ella? —le preguntó Draco sentándose a su lado.

Estaba muy cerca, demasiado cerca para el gusto de Herms. Podía sentir el calor de su cuerpo, su olor masculino... ¡era una tortura! ¿Qué importancia tenía cuando habían tenido aquella conversación? Quizás quisiera saber todos los detalles para no tener que hablar otra vez de aquel asunto tan desagradable. ¿Por qué no aceptaba simplemente que ella había descubierto su plan? Sólo hubiese tenido que admitirlo y hubiesen podido empezar las negociaciones para la manutención delniño. Herms se pasó una mano por la frente, estaba muerta de cansancio.

—En la fiesta que organizaste para tus amigos, ¿te acuerdas? —contestó ella por fin con un tono de voz muy débil. Sólo el recuerdo de aquel encuentro con Pansy le revolvía el estómago y hablarlo con el hombre que había sido responsable de su enorme sufrimiento era aún peor.

— Herms... ¿por qué no me lo contaste? —le preguntó Draco levantándole la cara y forzándola a mirarle a los ojos.

No estaba negando lo que ella le había dicho, pensó Herms con cierta amargura. ¿Quería que lo hiciese? ¿Acaso quería que Draco hiciese lo que fuera para convencerla y poder seguir viviendo en aquel paraíso que había sido en algunos momentos su relación?

—¡Tenía que haberlo hecho! Estaba escondida en la terraza porque tus invitados me miraron toda la noche como si fuera un bicho raro que hubiese llegado a aquella gala por error. Estaba a punto de volver a buscarte para preguntarte si las palabras de Pansy eran verdad cuando me encontré con Amanda y ella me aconsejó que no te lo contara. Me comentó que Pansy era una mujer amargada y celosa. Que acabábamos de casarnos y que, si entraba allí y te preguntaba aquellas cosas horribles, te estaría poniendo en una situación muy incómoda con tus invitados y pensarías que no confiaba en ti —dijo Herms, jugueteando con el fino tejido de la falda—. En aquel momento decidí seguir su consejo y luego fue ya demasiado tarde para hablar.

—¿Por qué? —preguntó Draco en estado de shock—. Nada de lo que me cuentas es cierto. No es verdad.

Draco se sentía furioso. Lo único que quería en aquel momento era ir a buscar a Pansy para llevarla allí por la fuerza para que se arrodillara ante su querida esposa y le pidiera perdón. Lo que más le aterrorizaba era la idea de que el daño fuera irreparable. Tomó las manos de Herms entre las suyas e intentó calmarse pensando que a lo mejor no era demasiado tarde para convencerla de que confiara en él una vez más.

—¿No es verdad? —le preguntó Herms con cierta frialdad, como si el asunto no tuviera ninguna importancia.

Las manos de ella estaban sin vida en las de él. Herms no tenía suficiente energía para liberarlas.

—Tu tía no ha perdido ocasión de decirme que no era digna ni de limpiar el suelo que tú pisabas. Y junto con la forma en la que Pansy conseguía monopolizar tu atención cuando estaba aquí y tu insistencia en organizar una boda íntima y que pareciera que casi te avergonzaras de mí, todo eso me ha hecho perder la autoestima. Una cosa detrás de otra... ha sido horrible. Así que no te he contado lo que me había pasado porque no quería que vieras cómo me habías herido. No tengo una familia como la tuya ni tu dinero ni tus amigos aristócratas, pero ¡yo también tengo orgullo! Después llegó el día que bajé a desayunar contigo y estabas hablando por teléfono con Pansy. Le dijiste que la querías. Que te irías a su lado enseguida. Así que de repente, me di cuenta de todo. Ya no era sólo una idea abominable de mi cabeza... y te dejé. ¿Y cómo podía haberte contado las verdaderas razones? ¿Cómo habría podido decirte cuánto te amaba y cómo estaba sufriendo sabiendo que para ti nuestra relación no era nada más que un instrumento para lograr un heredero?

De repente se dio cuenta de lo que acababa de decir, de que le acababa de desvelar la fuerza de su amor por él y se sintió aún más frágil.

—¡Y luego me forzaste a volver aquí gracias a una mentira! —añadió Herms intentando recuperar la compostura—. Y me contaste que querías tener más hijos conmigo. Y yo como una idiota, me lo tragué. Pensé que habías decidido acabar con tu relación con Pansy, dejar atrás tu amor por ella y estar por fin conmigo para tener una familia. Pensé que estabas empezando a quererme un poco.

—¿A quererte un poco...? —replicó Draco.

—¡Cállate! —gritó Herms —. Ya sé que he sido una idiota. Me di cuenta por la manera en la que te fuiste con Pansy cuando te rogué que te quedaras conmigo. Me dijiste que no y que no había ninguna opción de que cambiaras de idea. Y luego, después de irte con ella, no has venido a verme en dos días. Dos días... cuando más te necesitaba.

—Nunca me lo perdonaré —empezó Draco con un gemido de dolor—. Como disculpa sólo puedo decir que no sabía nada de lo que te había pasado, amor mío.

Se acercó a ella para acogerla en sus brazos y llevarla hacia sus habitaciones mientras daba instrucciones al personal de la casa para que les llevasen zumos de fruta.

—Tengo mucho que contarte, cariño —añadió Draco mientras cerraba la puerta de la habitación de matrimonio detrás de ellos—. Y tú tienes que calmarte un poco, estas demasiado tensa.

La dejó sobre de la cama y colocó las almohadas detrás de su espalda porque pudiese estar cómoda y relajarse. Luego, con cariño, le quitó los zapatos. Herms se detuvo a mirarlo mientras él volvía a la puerta, la abría con un movimiento decidido y se quedaba allí esperando con una cierta impaciencia.

La única cosa sensata que Herms podía hacer en aquel momento era quedarse allí e intentar reordenar las ideas en aquel caos emocional que se había generado tras aquella conversación. No tenía fuerzas para hacer otra cosa.

Draco recogió la bandeja que el ama de llaves le había llevado y la llevó a la mesa al lado de la cama. Llenó dos copas con zumo de fruta. Sentía que se le encogía el corazón cada vez que pensaba en cómo aquella bruja había podido hacerle eso a Herms. Nada de lo que él había imaginado se parecía a las verdaderas razones por las que Herms había querido el divorcio. Ella estaba tumbada encima de la cama y parecía muda. No había dicho ni una palabra desde que habían llegado a la habitación. Tenía los ojos tristes, como perdidos en el vacío y la cara pálida.

—Toma un poco —le dijo pasándole la copa.

Herms parecía atontada, sus movimientos fueron lentos al beber un poco de líquido. Sentado a su lado, Draco tuvo que resistir el impulso de estrecharla entre sus brazos. Necesitaba mucha paciencia para ganarse su confianza.

—Déjame que te cuente. Me has oído decir a Pansy que la quiero. Es verdad. O por lo menos la quería. Después de lo que acabas de decirme lo único que siento es desprecio —le dijo con los labios apretados—. Cuando era un crío, Pansy fue la única niña con la que pude jugar. Empecé a verla como una hermana. La he querido como una hermana, nada más. A partir de la adolescencia empezó a necesitarme cada día más. Me he trasformado en la solución a todos sus problemas, que han sido el resultado de sus propias elecciones o de su fantasía. Tenía que haber intuido lo que iba a pasar, pero no lo hice. Su eterna posición de víctima me ha hecho convertirme en su protector. La cuidé como la hermana que nunca tuve. Pero ahora voy a romper una promesa por primera vez en mi vida porque tu felicidad es mucho más importante para mí.

Por primera vez, Draco notó un extraño brillo en los ojos de Herms y confió en que pudiese ser la manifestación de una renovada confianza en él. Lo deseaba muchísimo.

—Pansy tiene un problema con el alcohol —le dijo tomando las manos de ella en las suyas—. Cuando lo descubrí, me quedé horrorizado e intenté convencerla de que aquello no era nada bueno para ella y de que necesitaba la ayuda de un profesional. La llevé a una clínica privada aquí, en Grecia. Cuando salió de allí, me hizo prometer que no se lo iba a contar a nadie. No podía decírselo a sus padres ni a mi tía Bellatrix. Mi tía está muy unida a ella y seguramente le va a dejar gran parte de su patrimonio. La conversación telefónica que escuchaste fue muy dura para mí. Pansy había dejado la clínica para volver a Atenas y amenazaba con suicidarse con una sobredosis. Estaba llorando y me preguntó si la quería. Le dije que sí... pero como se lo diría a una hermana pequeña que está desesperada y asustada a la vez. No tenía otra opción que ir allí para convencerla de que volviera a la clínica. La puse en un taxi, me fui a trabajar y, cuando volví, ya no estabas aquí.

—Estaba en esta casa cuando regresamos de Inglaterra. Estaba todo el día pegada a ti como una lapa —le recordó Herms fríamente.

—Sí, estaba aquí —le contestó Draco reconfortado al oír aquella primera señal de interés—. Pero nadie se hubiese podido sentir más molesto que yo en aquel momento. Además, sabiendo lo mal que estaba, tampoco podía hacer mucho al respecto. Tenía que tratarla con mucha delicadeza. Parece que después de tomar el taxi conmigo, volvió a Atenas y luego a casa, donde descubrió que te habías ido. Era lo que ella quería, pero yo no tenía idea de lo que estaba pasando ni conocía sus planes. Sabía que tenía que resolver la situación de otra forma, pero era demasiada responsabilidad porque ella se negaba rotundamente a hablar con sus padres. No quería estar en aquella situación, pero no tenía otra elección. Sólo deseaba ocuparme de ti y convencerte que íbamos a ser felices juntos.

—¿Por qué? ¿Por los niños que te puedo dar? —le preguntó Herms mientras se levantaba.

Herms se sentía mucho más fuerte ahora y estaba decidida a llegar al fondo de aquel asunto tan complicado. Lo que él le había dicho acerca de la relación con Pansy le parecía cierto.

—¡Amor mío! Que puedas darme hijos es un milagro, un regalo de Dios. Pero te querría hasta la muerte aunque no tuviéramos ninguno —la tranquilizó él besándola en la frente. Herms tenía el ceño fruncido—. Te van a salir arrugas...

—¿Y qué pasa?

—Que voy a quererte igual. Te amo.

—Nunca habías pronunciado la palabra «amor» hasta hoy —le dijo ella con una nota de duda en la voz.

Herms no sabía si podía confiar en él y en lo que acababa de escuchar.

—Porque no sabía lo que significaba amar a alguien. La relación con mis padres era fría y educada, no me acuerdo que mis padres me dijeron alguna vez que me querían. Después de que murieran, mi vida ha sido una recopilación de reglas y frías leyes —dijo encogiéndose de hombros—. Pero, cariño, te lo estoy diciendo ahora. Me enamoré de ti el día que te vi en el jardín de Cristos y Amanda, ¿recuerdas? Estabas allí con los pantalones cortos y la cara manchada de barro.

Estabas preciosa. Supe que me había enamorado desde en ese instante y decidí que ibas a ser mi esposa.

Sin que ella casi se diera cuenta, Draco estaba a su lado, tumbado en la cama y la estrechaba en sus poderosos brazos. Herms no podía permitirse ser de nuevo víctima de su irresistible atractivo.

—¿Me puedes jurar, por nuestro hijo, que nada de lo que me dijo Pansy es verdad? —le preguntó decidida.

Draco la miró como si estuviera loca, como si estuviera pidiéndole que jurara que la tierra no era redonda.

—Amor mío, a veces pienso que has perdido la cabeza. Piénsalo querida. Si efectivamente hubiésemos decidido llevar a cabo unos planes tan maquiavélicos contra ti, ¿por qué te los habría desvelado tan rápidamente? Si esos hubiesen sido nuestros planes, Pansy se habría quedado callada y habría esperado con paciencia el momento oportuno.

—¡Ah! —fue lo único que supo decir Herms sintiéndose bastante tonta por no haberlo deducido antes.

—A pesar de todo, no me extraña que te lo hayas creído. Entiendo que en aquel momento te sintieras bastante desorientada y los comentarios malévolos de Bellatrix seguramente no han ayudado a que reconquistaras la confianza en ti misma. No la podré perdonar jamás por lo que te ha hecho. En lo referente a Pansy, lo único que puedo pensar es que se sintió amenazada por ti. Tenía miedo de que le arrebataras mi atención. Ahora me doy cuenta de que ha tenido una actitud muy posesiva hacia mí. Quería que te fueras de mi vida y ha utilizado las mentiras más absurdas para conseguirlo. Amanda tenía razón cuando te dijo que Pansy era una mujer celosa y amargada. Pero se ha equivocado aconsejándote que no me lo contaras inmediatamente.

—¿Crees que no lo sé? —lo lamentó Herms.

Draco se acercó a ella y la besó detenidamente.

—Está todo claro ahora, ¿verdad? No quiero que haya más malentendidos y secretos entre nosotros, cariño.

Herms sentía que todo su ser deseaba reconciliarse con él de una vez por todas, pero tenía todavía que preguntarle una última cosa que seguía preocupándole.

—¿Puedes contarme por qué tuviste que irte con ella el día que yo te supliqué que te quedaras a mi lado?

Herms pensó que Draco no le iba a contestar. Se había puesto rígido y aún más serio.

—Lo siento, cariño, es que no me gusta acordarme de mis errores —le dijo unos segundos después con una nota amarga en la voz—. ¿Te acuerdas de la semana en la que desaparecí antes de llevarte a la isla?

Herms asintió con la cabeza. ¿Cómo hubiese podido olvidarse de aquellos días en los había estado absolutamente convencida de que su marido e Pansy tenían un romance?

—No podía aguantar más —añadió con impaciencia—. Me dijiste que querías el divorcio, pero estaba decidido a hacerte cambiar de idea. Además, Pansy se había transformado en una carga permanente para mí porque se negaba con obstinación en seguir los tratamientos. En aquel momento, necesitaba toda mi energía para convencerte para que volvieras conmigo. Así que decidí que había llegado el momento de que Pansy solucionara sus problemas de una vez por todas. La apunté en un programa de una clínica en California y la acompañé allí personalmente. Pensé que de esa forma se lo pensaría dos veces antes de escaparse. Pero ¡se volvió a escapar! —exclamó con los ojos llenos de rabia—. Volvió a Atenas y reanudó las amenazas de quitarse la vida. No podía correr aquel riesgo. No podía asumir ser responsable de la muerte de una persona que siempre he considerado como una hermana pequeña. Me costó dos días convencerla de que no había arreglado sus problemas y de que sus amenazas eran una manera de pedir ayuda. Luego le expliqué que ya no podía hacerme cargo de su situación y que necesitaba hablar con sus padres. Se había puesto en contacto con Bellatrix justo al llegar a Atenas. Seguramente mi tía le contó que tú estabas embarazada y eso fuera el detonador de su última crisis. Nunca más podré acercarme a esa mujer sin sentir el deseo de estrangularla. ¿Podrás perdonarme?

Su voz se había vuelto ronca y aún más sexy por la emoción.

—Ya lo he hecho —contestó Herms abrazándole—. No sabías lo que me pasaba. Cuando te pedí que te quedaras, acababa de darme cuenta de que podía tener un aborto. Estabas haciendo lo que tenías que hacer... cuidar de una persona que está muy enferma. Sabía que no tenías idea del por qué odiaba a Pansy con tal intensidad. ¿Cómo hubieses podido? Y cuando te dije que tenías que quedarte conmigo o me iría, entonces pensaste que era un ataque de celos injustificado.

El la estrechó en sus brazos y Herms le dedicó una sonrisa radiante. Por fin sabían que se querían con locura.

—Intenta no ser demasiado duro con ella —añadió Herms con la cabeza apoyada en su hombro—. Tiene que estar muy mal. Después de nuestra boda, seguramente se habrá sentido abandonada por su protector así que decidió vengarse a su manera.

Herms sabía que probablemente Pansy había estado enamorada de Draco desde hacía muchos años y se había conformado con su protección esperando que un día aquel amor pudiese ser recíproco. Parecía un cuento triste, pero no quiso compartir con él sus pensamientos por no agobiarlo aun más.

—Eres demasiado generosa, amor mío. Cada día, cada momento, te quiero más. A veces pienso que voy a explotar de tanto amor.

Herms sintió el latido de su corazón y se emocionó. Ya tenía la seguridad de su amor y podía permitirse ser generosa. Por fin sabía que Draco no quería estar con Pansy.

—Te quiero más de lo que puedo expresar —le dijo mirándolo a los ojos con ternura.

—¿Así que nuestro matrimonio está a salvo? —preguntó Draco, dirigiéndole una mirada intensa.

—¡Más que el Banco de Inglaterra! Ahora dame un beso anda...

Draco la besó con ternura y Herms sintió como se le caían lágrimas de emoción. Se acercó a él aún más para sentir y disfrutar el calor de su cuerpo. Luego se echó hacia atrás sobre las almohadas y lo abrazó fuertemente mientras el cuerpo de él caía dulcemente al lado del suyo. Draco le quitó la camisa y volvió a hablar en un tono decidido.

—¿De verdad te molesta haber tenido una boda íntima? Si es así me ocuparé de organizar otra con el vestido de un diseñador de moda, flores y miles de invitados. ¡Sólo tienes que decirlo!

—¡Me gustó muchísimo nuestra boda! No quiero una celebración ostentosa, no me gustaría. Sólo te lo he dicho porque tu tía lo utilizó en contra mía para hacerme sentir inferior.

—Si tengo que decirte la verdad, cariño, me habría gustado más celebrar una gran ceremonia de boda con el objetivo de poder exhibirte a todo el mundo... pero tu padre es el hombre más obstinado que conozco y tú has heredado sus genes. Imagínate la situación, el padre de la novia empeñado en querer pagar los gastos como es tradición. Sabía que no tenía mucho dinero como para desperdiciarlo en organizar una boda lujosa. Entonces pensé que lo mejor sería celebrar una ceremonia íntima, aunque a mí me habría gustado otra cosa.

—¡No sólo eres guapísimo sino también sensible! Ah, Draco, ¡cómo te quiero! —dijo Herms dándole besitos en la cara—. Pero ahora para de hablar por favor y sigue con lo que estabas haciendo hace un minuto.

Y él se puso manos a la obra con gran satisfacción de Herms.

EPILOGO

Herms estaba paseando por el jardín de casa. Tenía las rodillas sucias y la cara sudada. Pero nunca había estado tan feliz en su vida. Estaba muy satisfecha del trabajo que había hecho en la parte de atrás del jardín y Draco había admirado y apreciado su obra de jardinería. Ella había sabido transformar aquel rincón en un oasis de lavanda y jazmín. Era el lugar más agradable de la casa para sentarse a charlar y relajarse tomando un vino juntos.

Era la mujer más feliz del mundo. Su hijo Scorpius estaba acercándosele caminando torpemente. Lo tomó en brazos y lo estrechó fuertemente. Tenía sólo dieciséis meses, pero ya se parecía muchísimo a su padre.

—Tienes que echarte la siesta ahora, cariño —le dijo después de haber dado las gracias a Eleni, que se había quedado con él mientras ella había estado trabajando en el jardín—. Papá va a llegar pronto para jugar un rato contigo.

Draco era un padre estupendo y Herms sintió cómo su corazón daba un vuelco al acordarse de lo que tenía que decirle. Pero iba a esperar hasta el día siguiente, cuando llegaran a la isla, para decirle que iba a ser papá otra vez. Iban a ir a la isla con Scor y... ¡Sería estupendo! Perdida en sus pensamientos,

Herms levantó la mirada y vio a Draco entrar en la casa. Llevaba un traje gris y estaba más guapo que nunca.

—Esos pantalones cortos... —le dijo él con una sonrisa sexy—. La cara sucia…

La quería locamente a pesar de su aspecto desastroso. Además sabía que por la noche se iba a poner un vestido de diseño con un juego de joyería a juego y el pelo recogido en un elegante moño. Iban a ir a una fiesta de gala donde verían a todo el mundo antes de que empezara la estación más cálida del año y la gente empezase a salir de Atenas para pasar las vacaciones en lugares más acogedores. Draco la trataba como a una princesa y Herms había recuperado hasta tal punto la confianza en sí misma, que ya se sentía a gusto con todo tipo de gente.

—Voy a llevar al pequeño a la cama para la siesta —le dijo mirándola intensamente—. Mientras tanto, si quieres, puedes irte dando una ducha y yo enseguida me uniré a ti. Me da la sensación de que necesitarás que alguien te ayude a frotarte la espalda...

Herms sintió que le temblaban las rodillas al ver el deseo en los ojos de Draco y, cuando llegó a su habitación, se desnudó con rapidez mientras esperaba deseosa la llegada de su amado. Sentía que sus pezones se estaban endureciendo. Se excitó aún más cuando lo vio entrar en el baño. Se había quitado la corbata y había dejado la chaqueta tirada en la habitación. Draco estaba desabrochándose los botones de la camisa con urgencia. Su mirada estaba cargada de deseo.

—Sí, necesitas mucha ayuda...

FIN.

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