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Matrimonio Borrascoso — capítulo 12

CAPÍTULO 11

EN Atenas el calor del verano era todavía abrasador. No tenía sentido pensar en lo estupendo que hubiese sido quedarse con Herms en la isla desierta. Además no podía esconder la cabeza debajo de la arena y olvidarse de sus obligaciones. Sin embargo, tampoco conseguía librarse de aquella sensación desagradable que presagiaba que algo horrible estaba a punto de pasar. Draco cerró la puerta de la habitación de su tía Bellatrix y luchó para recuperar el autocontrol y olvidarse de la ansiedad que se estaba apoderando de él. Su tía había vuelto hacía unos tres días y se había mostrado cada vez más insistente con preguntas acerca de Pansy.

—Hace mucho tiempo que no sé nada de ella. Pensé que iba a venir a darme la bienvenida a casa —se quejó Bellatrix—. O no contesta a mis llamadas, o tiene el móvil apagado. Me parece muy raro. Si sus padres saben algo de ella, está claro que no me lo quieren decir. No sé que están intentando ocultar. Tú debes de saber algo. Sé lo unidos que estáis, ¡a pesar del hecho que tú te hayas casado esa mujer que sólo quiere tu dinero!

Si hubiese sido un hombre quien hubiera pronunciado aquellas ofensivas frases, seguramente Draco hubiese empezado una pelea que habría acabado con uno de los dos contra una pared.

—Si te vuelvo a escuchar más comentarios contra mi esposa o descubro que le has hablado de forma desagradable, entonces, a pesar de mi obligación hacia ti por haberme cuidado, te tendré que pedir que te vayas de mi casa.

Luego, Draco hizo un esfuerzo enorme para relajar los hombros y calmarse mientras intentaba encontrar a Herms, suponiendo que se había escondido en algún rincón fresco de la casa. No la encontró en ningún sitio y se fue a preguntar al ama de llaves si tenía idea de dónde se había metido su esposa.

Aunque no se lo hubiera confesado a nadie, cada vez que tenía que dejarla sola por una o dos horas se sentía muy mal y no conseguía borrar de su memoria el recuerdo de aquel día en que se había ido y cuando había regresado a casa Herms se había fugado.

Por la mañana, había tenido que ir a una reunión de negocios y había salido de casa muy temprano. A la vuelta, la tía Bellatrix lo había entretenido más de la cuenta y lo había puesto furioso.

Draco no era idiota y se había dado cuenta del cambio de humor de Herms desde que Bellatrix había regresado de su viaje. Herms parecía más intranquila, como si tuviese alguna preocupación. Cuando estaban comiendo todos juntos, Herms se aislaba aún más. Era como si estuviera intentando ser invisible. Además, aquel cambio de humor evocaba el recuerdo de su actitud reservada e introspectiva previa a la petición de divorcio.

Draco no era un genio ni un adivino, pero estaba seguro de que aquellos cambios habían sido el resultado de algún comentario desagradable de Bellatrix. Había llegado el momento de enfrentarse a la situación cara a cara. Nadie podía ofender su esposa y quedarse tranquilo.

Gracias a su ama de llaves, una mujer robusta que había trabajado para él durante mucho tiempo, descubrió que kyria Malfoy, su esposa, estaba en el jardín. Se sintió mejor, especialmente porque, cada vez que no estaba con ella, un miedo irracional a que Herms rompiese su promesa de quedarse a su lado se apoderaba de él.

Él, que no había tenido nunca miedo y siempre había pensado que podía dominar y enfrentarse a cualquier situación, por fin había descubierto su talón de Aquiles.

Herms estaba tendida sobre una tumbona. Medio dormida, sostenía una carpeta en la mano. Por un momento Draco se quedó de pie allí contemplándola. Llevaba un vestido ligero de color crema. Tenía un bronceado delicioso y el vestido de tirantes dejaba al descubierto sus brazos y hombros perfectamente esculpidos. El tejido ligero le cubría las piernas y el busto. El embarazo no era aún visible, así que Draco aprovechaba todos los momentos en que la desnudaba para apreciarlo.

Bruscamente se calmó y pensó que había otras cosas en las que pensar, no podía permitirse perder el tiempo. Se le acercó. Ella advirtió su presencia y, abriendo los ojos, le sonrió radiante.

—¡Has vuelto, por fin! Tengo que enseñarte una cosa...

Herms se incorporó, puso las piernas a un lado y lo invitó a sentarse con ella en la tumbona. Sus ojos rebosaban alegría.

—Mira. Ha llegado esta mañana —dijo abriendo la carpeta que tenía en la mano.

Puso todos los papeles que estaban dentro de la carpeta encima de la tumbona y le enseñó los diseños que Draco había encargado para la habitación del bebé. Había encargado a un equipo de diseñadores, que había elegido con mucho cuidado, que presentaran varios proyectos.

—Son perfectos. Me gusta muchísimo la gama de colores que han elegido: el amarillo limón, el verde y también este blanco. Me parecen estupendos para la habitación tanto de un niño como de una niña. ¿Has visto el caballito de madera? Es precioso. ¿Por qué no les damos el visto bueno para que empiecen a trabajar cuanto antes?

—De acuerdo.

Su entusiasmo era contagioso. Era muy fácil dejarse llevar por su buen humor especialmente después de los últimos días de tristeza y melancolía. Draco recogió todos los bocetos y los puso otra vez en la carpeta.

— Herms, vamos a mirarlos juntos luego. Ahora quiero hablar contigo de mi tía Bellatrix —dijo tomando sus manos y mirándola intensamente en los ojos—. ¿Ha hecho algo que te haya molestado o herido? Algo ha pasado desde que ella ha vuelto porque ya no eres la misma. Pareces triste. Sé, por experiencia, que tiene una lengua viperina cuando quiere. Pero te prometo que, si te ha dicho o hecho algo desagradable, le pediré que se vaya.

El cuerpo de Herms reaccionó ante aquellas palabras poniéndose rígido. Ella intentó evitar su mirada. ¿Cómo podía decirle la verdad? Aquella mañana, Herms había estado desayunando sola cuando Bellatrix había llegado y la tranquilidad había desaparecido. Herms recordaba perfectamente sus comentarios brutales. Sólo la serenidad del jardín y la excitación ante los preciosos bocetos para el cuarto del bebé le habían permitido relegar a un segundo plano aquellos insultos.

—Así que te has quedado embarazada, ¿verdad? Estarás contenta ahora que has conseguido reafirmar tu posición de esposa de un hombre rico. Pero no te hagas demasiados planes para el futuro... Conozco a mi sobrino más que tú y sé que no duraréis mucho. Cuando se le pase...

Aquellas habían sido las duras palabras de Bellatrix y Herms no sabía cómo compartirlas con su marido. ¿Cómo podía decirle que su tía la odiaba hasta el punto de no perder ocasión para soltarle aquel tipo de comentarios? ¿Cómo hubiese podido confesarle que Bellatrix la odiaba tanto?

Herms no podía permitir que su experiencia desagradable con la tía destruyera la relación con su sobrino. Y ¿cómo se sentiría Bellatrix si su sobrino la echara de la casa donde había vivido casi toda su vida? A pesar de que prefería que se fuera, no podía hacerle eso.

Herms se dio cuenta de que llevaba callada mucho tiempo y sintió los dedos Draco apretando los suyos. Lo miró a los ojos e intentó hablar sin borrar la sonrisa de sus labios.

—No puedes echar a tu tía a pesar de todo lo que haya dicho o hecho. Acabarías con ella y tú no quieres eso, ¿verdad? Parece que no le gusto mucho. Eso es todo —dijo encogiéndose se hombros como si el tema no tuviese la más mínima importancia—. Y si lo piensas bien, se puede entender su reacción. Pienso que ella habría querido que te casaras con Pansy y, ahora que estás casado conmigo, no está feliz. Tenemos que tener paciencia y al final tendrá que aceptarlo.

Aquello era lo único que podía decir para justificar a Bellatrix y, si a Draco le estaba causando dolor acordarse de su relación con Pansy y de cómo le hubiese gustado casarse con ella, Herms lo sentía mucho. No había podido evitarlo.

Después de aquellas palabras, Draco se dio por vencido. Pansy siempre había sido el ojito derecho de Bellatrix, quien había querido que se casase con él. Probablemente considerara a Herms una usurpadora.

—¿Hay algo más que quieras decirme? —le preguntó sospechoso—. ¿Acaso te ha dicho que no eres bienvenida aquí en esta casa?

—No.

Era horrible tener que mentirle. Pero Herms sabía que Draco no hubiera soportado la verdad. ¿Y qué hubiese conseguido diciéndole lo que había pasado desde que había aterrizado allí? Sólo se hubiese librado de los comentarios viperinos de Bellatrix y nada más. Verla irse y sentirse responsable de ello, habría sido un peso demasiado grande para su conciencia. Era un precio demasiado alto para ella. Lo que tenía que hacer era enfrentarse a la anciana y no permitirle que la humillara.

—Puede ser que tu tía no sea capaz de asumir que hay gente nueva en su familia —le dijo con un tono tranquilizador—. Pero después del nacimiento del niño todo irá a mejor, ¡ya verás!

—¿Estás segura? —Draco había notado cómo una vez más Herms intentaba apartar la mirada.

Herms asintió con la cabeza, pero él siguió teniendo las mismas dudas.

Una de las cosas que más le había gustado de Herms había sido su transparencia. Ella no sabía ocultar sus verdaderas emociones ni lo que en realidad pensaba. Estaba seguro de que estaba intentando ocultarle algo. Pero no era una empresa fácil descubrir lo que era. A lo mejor utilizando todo su encanto y su paciencia lo lograra. Pero en aquel momento su paciencia se había agotado.

—Tenemos que ir a comer. Lleva la carpeta para que podamos ver juntos todos los bocetos.

Sintiéndose deprimida, Herms recogió la carpeta y lo siguió. Draco no parecía para nada convencido de lo que ella le había contado y había utilizado un tono apagado. Se estaba alejando de ella. ¿Se habría acordado de la amada que había perdido? Herms se dijo que, a partir de aquel momento y para siempre, tendría que vivir sabiendo que era plato de segunda mesa. Y debía hacerse a la idea por el bien de su matrimonio y de su futuro hijo. Lo único que le quedaba era esperar con fe que él la amase algún día.

Herms se despertó asustada en la cama. Estaba desnuda bajo la sábana de algodón. La casa siempre estaba silenciosa al atardecer. Seguramente Draco estuviera todavía en su estudio intentando solucionar un problema de trabajo. Se había ido al estudio después de comer mientras ella, que se encontraba muy cansada, se había ido a echarse en la cama.

Había estado durmiendo toda la tarde. El sueño podía ser una de las miles maneras de escaparse o de no enfrentarse a la realidad. Herms se acordó de cómo había deseado dejar la mesa mientras habían comido. Había querido escaparse de aquella atmósfera tan tensa. Draco había estado pensativo todo el tiempo, como perdido en sus pensamientos, y su tía había sido muy dura cuando Herms había intentado hacer un acercamiento.

—Estos son los bocetos para la habitación del niño, por si quiere echarles un vistazo —le había dicho con una sonrisa, pasándole la carpeta de los diseñadores—. ¿Le gustan? Nos complacería mucho saber su opinión.

—No se lee a la hora de comer —había contestado Bellatrix ignorando la carpeta y la sonrisa trémula de Herms —. Además mi opinión es absolutamente innecesaria. Mi sobrino nunca contrataría los servicios de un diseñador mediocre que no estuviese a la altura de satisfacer su refinado gusto.

Después de aquella contestación, Herms los había dejado solos y se había ido a descansar a su habitación.

Se levantó de la cama y notó un dolor extraño a la altura de las lumbares. Lo ignoró y se fue al baño para darse una ducha caliente. Quería ponerse uno de los vestidos que Draco le había regalado cuando había llegado a Atenas por primera vez. Quería que los ojos grises de él brillaran al verla. Quería hacerle cambiar de humor para que estuviera menos huraño.

Hacía poco tiempo que había descubierto que a él le gustaba charlar con ella. ¿Sería Pansy también muy habladora? Seguro que siempre habrían hablado de su relación y del amor que sentían el uno por el otro. Pero ya no podía haber nada entre ellos porque Draco había elegido quedarse con ella e intentar construir una nueva familia. Probablemente fuera el honor lo que le impidiese seguir adelante con su plan original.

Otro elemento que seguramente habría determinado el cambio en la postura de él debía de haber sido el hecho de que el sexo entre los dos fuera tan fantástico. ¡Pero Draco no podía haberle reconocido eso a Pansy! Furiosa consigo misma por su habilidad para pensar en todas aquellas cosas desagradables, Herms abrió la puerta del armario y tomó la primera prenda que encontró. Un vestido de seda del mismo color de sus ojos.

¿Podría ser que Draco hubiese empezado a quererla un poco? ¿O al menos a sentir cariño por ella? Eso era lo que parecía. Era como si él quisiese participar completamente activamente en la reconciliación. Como si estuviese dispuesto a poner en primer plano su felicidad y la de su mujer y quisiera olvidarse de Pansy y de su amor por ella.

Cuando habían hablado y Herms había mencionado a Pansy, él se había encerrado en un silencio inusual. Tenía que haberlo previsto. Sólo habían pasado unos días y él había tomado la decisión más sensata, así que podía entenderlo y sentirse aún más enamorada de él.

Herms se cepilló el pelo después de la ducha hasta que su melena rizada estuvo lista. Se maquilló un poco y se fue a buscar a Draco. Pero parecía que se hubiese ido. No conseguía encontrarlo en ningún sitio. La atmósfera de la casa silenciosa parecía tensa, como si estuviese a punto de pasar algo horrible.

Herms se sintió incomoda. Estaba sudando y el dolor de la parte baja de su espalda era cada vez más agudo. Había dormido en una posición rara y quizás algún músculo se hubiera resentido. Cuando Draco apareciera, le sugeriría ir a cenar a un restaurante para estar solos, lejos de la mujer que cada día la hacía sentir más fuera de lugar.

Escaparse de los problemas no era su estilo. O por lo menos no lo había sido en pasado. Las revelaciones de Pansy, la manera en que Bellatrix no había perdido ocasión de decirle que no se merecía el amor de su sobrino Draco, todo aquello la había hecho más débil.

«¡Ya está bien!», pensó ignorando un pinchazo en la pelvis. Herms se dirigió a las habitaciones de Bellatrix. Tenía que hablar directamente con ella y decirle que no podía tolerar más su hostilidad y que tenían que ser amigas.

De antemano sabía que Bellatrix no podía llegar a ser su amiga, pero lo menos que debía exigir era un comportamiento amable y respetuoso. Herms sintió que las piernas le flaqueaban y que no podía mantener su paso habitual. Vio a Draco por la ventana mientras se acercaba a la casa. Había ido a pasear, le gustaba mucho y lo hacía a diario. Con un esfuerzo final, Herms intentó llegar a las dependencias de Bellatrix antes de que él entrara por la puerta principal. Prefería hablar con la tía a solas, para no crear tensión. En aquel momento, sonó el teléfono que estaba encima de una mesita en el vestíbulo y Herms decidió contestar. Iba a tener muchas más ocasiones para hablar directamente y en privado con Bellatrix. Alcanzó el auricular y dijo su nombre.

—Ah, eres tú. Necesito hablar con Draco. ¡Búscalo!

¡Pansy! Estaba histérica. El corazón de Herms empezó a latir más rápidamente y se le cortó el aliento.

—Puedo darle el mensaje —dijo con la voz rota por la emoción.

¿Acaso Draco había decidido acabar con su matrimonio? ¿Por qué Pansy parecía tan alterada? Una serie de insultos le llegaron desde el otro lado del teléfono.

—He hablado a Bellatrix esta tarde. Me ha dicho que estás embarazada. Así que no te hagas la simpática, ¿de acuerdo? Después del nacimiento de tu hijo, se acabará tu matrimonio. Tendrás que marcharte. Te acuerdas, ¿verdad?

Herms se quedó sin palabras y pálida. ¿Acaso Draco estaba todavía anteponiendo su amor por Pansy a la familia y a su hijo? No podía ser verdad. No se lo hubiese permitido.

Herms se dio cuenta de que Draco estaba a su lado y de que la miraba frunciendo el ceño. Le pasó el auricular y se apoyó en la pared mientras intentaba recuperarse de las náuseas que sentía.

—¿Dónde estás? ¿Estás en Atenas? —le preguntó con tono seco y luego se quedó en silencio escuchando—. Estaré allí en quince minutos. No hagas nada, ¿de acuerdo? Quiero que me lo prometas.

Herms no sabía qué pensar. Sólo tenía que aceptar lo que acababa de oír. Pansy lo había llamado y una vez más él estaba dispuesto a abandonarlo todo para irse con ella. Aquella reacción la dejó en estado de shock. El dolor de la zona pélvica seguía aumentando y, en aquel momento, Herms horrorizada, fue consciente de que podía estar a punto de perder su precioso bebé. ¡No podía ser! Abrió la boca para compartir su ansiedad con él, pero Draco le habló primero.

—Lo siento mucho, pero tengo que irme. No me esperes para cenar.

No podía irse, pensó Herms. ¡Lo necesitaba! Pero él ya se había dado la vuelta y, en dos zancadas, se acercó a la puerta principal para salir.

—No te vayas... ¡Te necesito! —le pidió.

El pánico se estaba apoderando de ella. No quería que se fuese. Tenía que estar allí con ella. Lo necesitaba.

Draco se dio la vuelta y la miró, pero parecía no verla. No podía esperar, tenía que irse ya.

—Tengo que irme. Pansy me necesita. Amenaza con... te lo contaré todo en otro momento, te lo prometo, pero ahora no tengo tiempo. Lo siento.

Cuando Pansy lo llamaba, Draco ya no tenía tiempo para su esposa.

—Si te vas ahora, te dejaré y acabaré con nuestro matrimonio —dijo sintiéndose lúcida por primera vez en mucho tiempo.

Lo haría, a pesar del hecho de que le temblaban las rodillas y de que se sentía a punto de desmayarse. Cuando había sentido que su matrimonio se merecía una segunda oportunidad, Herms había luchado y había estado dispuesta a cualquier cosa. Pero no tenía ninguna intención de ser plato de segunda mesa el resto de sus días.

—No acepto ultimátums. Tienes que entenderlo. He dado mi palabra y no puedo echarme atrás.

Su tono de voz la hizo temblar mientras él estaba a punto de salir por la puerta.

—Si eres capaz de amenazarme de forma tan infantil, entonces es que no merece la pena seguir juntos, ¿no te parece? Piénsalo y hablamos luego.

Herms sintió que estaba a punto de perder el conocimiento. Vio a Draco que se alejaba de ella y luego... nada más.