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Matrimonio Borrascoso — capítulo 11

CAPÍTULO 10

Herms se quedó en silencio algunos minutos. Se sentía atontada. No sabía qué decir. O por lo menos no podía expresar sentimientos tan confusos de una forma un poco coherente.

—¿De verdad piensas eso? —logró decir después de un buen rato.

Si de verdad él se sentía así, quizás ella tuviera alguna opción. No estaba demasiado segura de haber entendido bien lo que había querido decirle. Herms frunció el ceño. Por un lado, todo su cuerpo estaba temblando por la excitación de aquella esperanza. Pero, por otro lado, sentía que su corazón se iba endureciendo ante la sospecha de que él estuviese intentando manipularla otra vez.

—¡Claro que sí! —Le contestó Draco mientras le quitaba un mechón de pelo de la frente—. Cada palabra que he pronunciado es cierta. Tú eres la única que puede decidir cuántos hijos vamos a tener. Yo quiero lo que tú quieras, amor mío.

El corazón de Herms dio un vuelco al oír aquellas palabras. Parecía que Draco le estaba hablando con devoción. Sin embargo, se sentía tonta al confiar en que él le estuviese hablando con sinceridad.

En el pasado no lo habría dudado ni un segundo. Él nunca le había dicho expresamente que la amaba, pero Herms lo había creído con todo su ser. Sin embargo, todo había cambiado. Y ella sería una estúpida si no se daba cuenta. No podía confiar en él lo suficiente como para creer que la idea de compartir con él un matrimonio de verdad fuese verdadera. No obstante, aquellos ojos que tenía frente a ella tenían el poder de hipnotizarla y no conseguía apartar la mirada a pesar de que cada palabra tierna y cada mirada de deseo pudiesen esconder detrás una horrible realidad.

—¿Y estarías dispuesto a complacerme si te dijera que quiero tener seis hijos... ? —preguntó.

—Bueno, en tal caso, me alegraría de tu deseo de maternidad, pero intentaría convencerte de que tres es el número perfecto. ¡No podría quedarme indiferente a tu lado si intentaras dar a la luz un equipo entero de fútbol! Sería demasiado para ti y no lo podría permitir. Tú eres demasiado importante para mí.

Draco le acarició la cara con la punta de los dedos, siguiendo la línea de las mejillas a la mandíbula. Herms cerró los ojos, perdida en aquel contacto. Él sabía ser tan cariñoso y al mismo tiempo tan seductor. El principal problema de querer a alguien como ella quería a Draco era que uno estaba dispuesto a creerse todo lo que le decían. Herms no podía evitar agarrarse a un clavo ardiendo para no perder la esperanza. Era consciente de que, en aquellos momentos de intimidad, estaba dispuesta a olvidarse de todo y se sentía incapaz de cambiar su actitud hacia él. Con la boca reseca y el corazón latiendo de forma acelerada, Herms pensó que había llegado el momento de enfrentarse a él y hablarle por fin de su amante. No podía ser demasiado directa. Un ataque habría generado una respuesta inmediata y violenta. Tenía que adoptar un tono más indulgente, hacerse un poco la interesada y luego preguntarle en tono casual si sabía algo acerca de la imposibilidad de Pansy de tener hijos.

—Me parece que Pansy no puede tener hijos... ¿es eso verdad? —dijo estudiando su reacción.

—Sí, fue por un accidente que tuvo cuando era pequeña —le contestó él con un tono relajado, apoyando la cabeza sobre ella—. Pero no es una tragedia como podría serlo para otras mujeres, créeme. Pansy no aguanta a los niños. Tiene una verdadera aversión hacia ellos; no se puede ni siquiera acercar. No tiene instinto maternal y pienso que, en realidad, su esterilidad es lo mejor para ella. Los niños necesitan amor y ella no sería capaz de proporcionarles lo que necesitan.

Herms sintió que Draco estaba profundamente convencido de lo que le acababa de contar. Tenía una idea muy clara de lo que los niños podían necesitar porque él mismo había tenido una vida con muy poco amor y cariño después de la muerte de sus padres.

A Herms se le secó aún más la boca mientras el corazón aceleraba sus latidos. Draco estaba muy contento de convertirse en padre. Parecía claro que no quería dejar a sus hijos en mano de una persona que no fuese capaz de mostrar suficiente amor o cariño hacia ellos. Ella no podía parar de dar vueltas a lo que le decía su corazón mientras miraba los fantásticos ojos dorados que tenía enfrente. Draco le tomo la cara entre sus manos.

Si Herms le daba los hijos que ambos deseaban y si su matrimonio todavía era importante para él, eso implicaba que ella era también importante para Draco. Era una cuestión de lógica. ¿Pansy? Bueno, Herms no podía imaginarse soportando la presencia de la otra mujer en la casa familiar.

No podía olvidar que él amaba a Pansy. Lo había escuchado mientras Draco lo había dicho por teléfono. Y además, según Amanda, todo el mundo se había imaginado que, en un momento dado, los dos contraerían matrimonio. Todo eso había pasado mucho antes que ella entrase en la escena. ¿Podía vivir con él y darle hijos sabiendo que estaba todavía enamorado de la otra? Sí, podría hacerlo si trataba de reconquistar su amor. Como madre de sus hijos, podría hacerle olvidar a aquella mujer, pensó Herms con una determinación inesperada. Sintiéndose como hipnotizada por la calidez de sus ojos, Herms sintió una nueva oleada de deseo apoderándose de su cuerpo.

—¿Vamos a irnos o prefieres quedarte aquí y hacer otra vez el amor? —le preguntó Draco en un susurro.

—¿Tú qué crees? —le contestó ella con una sonrisa radiante.

Herms lo atrajo hacia sí. No podía reprimir el deseo que sentía por él ni su necesidad de amarlo. A veces se sentía tonta, pero en la última semana había aprendido que no podía negar sus propias emociones.

—Me he olvidado de preguntarte si tu madre estaba tan contenta como yo cuando le dijiste que te habías quedado embarazada.

Herms se paró a reflexionar mientras comía un trocito más del sabroso cordero que Xanthe les había preparado aquella noche. La terraza estaba iluminada con faroles y, en el medio de la mesa, alguien había puesto una vela que proyectaba un brillo cálido sobre los platos de ensalada y la deliciosa tarta de almendras. Mientras alcanzaba el vaso de agua helada, Herms se detuvo para contemplar la silueta de él. Llevaba una camisa blanca, unos vaqueros estrechos y el pelo despeinado. La barba de dos días le ensombrecía la mandíbula. Siempre que habían estado en Atenas, Draco se había arreglado mucho. Solía llevar trajes de diseño, camisas estupendas y sabía cómo lograr una apariencia imponente. Pero allí, en la isla, aunque estuviera tan guapo como siempre, parecía más cálido y accesible. Casi le resultaba fácil hablar con él.

—Le he comentado algo, aunque casi se me pasa —confesó mientras dejaba el tenedor encima de la mesa y se ponía a escuchar el ruido del mar—. Se me ha ido el santo al cielo escuchando lo que tenía contarme acerca de la granja. Les has comprado la granja entera y la has puesto a su nombre. ¿Por qué no me lo has dicho? —le preguntó amablemente.

Herms se sentía tan relajada y en paz como no había estado en mucho tiempo.

—Creía que ya lo sabías. Pensé que tus padres te lo habrían dicho —dijo Draco tumbándose cómodamente en el respaldo de la silla. Herms vio por primera vez una señal de desconcierto en su cara mientras se incorporaba otra vez—. No, no es verdad. He dejado que pensases que la seguridad de tus padres dependía de tu decisión de volver conmigo. Pero la verdad es que yo los habría ayudado a pesar de todo porque me gustan. Sé que la gente de negocios no tiene ningún remordimiento por quitarle todo a personas honestas e indefensas como tus padres —admitió él mientras la luz de la vela hacía brillar su pelo negro como el azabache.

Herms estaba perdidamente enamorada de él y sintió que el corazón se le iba a salir del pecho. Detrás de su aspecto severo y práctico de hombre de negocios, Draco tenía un corazón generoso propio del hombre honesto que, con el tiempo, aprendería a amarla y a anteponer su familia. Estaba convencida de que al final se olvidaría completamente de Pansy. O por lo menos eso era lo que ella iba a intentar con todas sus fuerzas. Tenía que tener paciencia porque su amor merecía la pena.

—Lo que he hecho ha sido horrible. Te he amenazado y he creído que ésa era la única forma para que volvieses conmigo. Fue algo despreciable. No tenía que haberlo hecho...

Draco volvió a apoyarse en el respaldo de la silla intentando parecer un poco más relajado que como en realidad se sentía. Estaba tratando de reconquistar su habitual autocontrol antes de proseguir con sus revelaciones.

—Así que ya no hay ninguna amenaza verdadera. Y nunca existió en realidad. Eres libre de tomar tus propias decisiones acerca de nuestra unión. Querías separarte de mí y si todavía tienes motivos para hacerlo... —le dijo con cierta calma aunque los movimientos bruscos de sus manos revelaban su tensión interior—. No quiero escuchar las razones por las que me pediste el divorcio, pero quiero que sepas que puedes hacer lo que pienses que es mejor para ti y para todos. De todas formas, te ruego que te quedes aquí en Grecia para que pueda ver a mi hijo a menudo cuando haya nacido.

Se hizo un silencio denso. Herms tenía una mirada tierna, comprensiva pero de asombro a la vez. Aquel hombre tenía que haber deseado sinceramente su regreso a la vida conyugal si había estado dispuesto a hacer lo que él mismo había definido como despreciable.

Además, había tenido la valentía de reconocerlo abiertamente y le había revelado que las amenazas no tenían fundamento alguno. A Herms le parecía aún más valioso el hecho de que, por primera vez, Draco le hubiese mostrado el corazón tierno que escondía bajo su dura coraza. Por fin empezaba a comprender la situación que estaba viviendo y se sintió segura de que todo lo que había pasado no estaba relacionado ni con el hecho de que estuviese embarazada ni con el deseo de quitarle el bebé que iba a nacer.

Acababa de dejarla embarazada de su primer hijo y ya hablaba de tener otros con ella. De repente, Herms se sintió como si albergara una fuente de felicidad en su interior. Podrían disfrutar de un futuro maravilloso.

Quizás justo antes de que Herms le hubiera pedido el divorcio y se hubiera ido a Inglaterra con sus padres, Draco ya hubiera empezado a olvidarse de ^Pansy y hubiera estado comenzando a enamorarse de ella. Esa era la única explicación razonable por las mentiras que le había dicho acerca de la casa de sus padres y de su precaria situación. Sólo aquélla podía ser la razón por la que Draco había mentido.

—¿ Herms?

Su voz sonaba inexpresiva, pero Herms, que estaba acostumbrada a sus cambios de humor, advirtió una nota de ansiedad. Se había quedado callada durante demasiado tiempo, sin darle ninguna pista de lo que sentía. Y él no tenía la paciencia suficiente para aguantar una espera tan larga. Le agarró de la mano y los dedos de él se aferraron fuertemente alrededor de los suyos.

—Estoy de acuerdo contigo. Los niños necesitan el amor de la madre y del padre. Así que vamos a seguir juntos —le dijo con voz temblorosa por la emoción.

Hubiese sido un error seguir el impulso de lanzarse encima de él y decirle que lo quería con todo su corazón. Era demasiado pronto y seguramente él no estaba listo para escucharlo. Todavía tenía que solucionar las cosas con Pansy y, si como Herms sospechaba, habían estado juntos y habían sido amantes durante muchos años, entonces tenía muchos asuntos a los que enfrentarse. Draco debía entender que el amor que había entre Pansy y él estaba condenado a desaparecer. Tenía que enfrentarse al hecho de que su esposa estaba embarazada y que no podía pensar en dejar el recién nacido en manos de su amante que, como él mismo acababa de reconocer, no tenía ningún instinto maternal.

Mientras jugueteaba con la copa que tenía en la mano, Herms pensó que la única explicación posible para que él hubiese maquinado un plan tan horrible era que su capacidad de juicio estuviera comprometida por un loco deseo hacia Pansy.

Para que su matrimonio prosperara, Herms tendría que solucionar el tema de la relación con la otra mujer. Cada vez que pensaba en ellos, la idea de ser plato de segunda mesa la ponía furiosa. De repente, Herms se dio cuenta del silencio de Draco, de su mirada intensa y de la tensión de su rostro. Estaba esperando algo más, la garantía de que ella no iba a volver a dejarle. Tenía que decirle que estaba contenta de quedarse y de ser la madre de sus hijos. Necesitaba encontrar rápidamente una manera para distender aquella atmósfera cargada de promesas.

—Bueno, aparte de que me agrade la idea de tener hijos contigo, hay que reconocer que el sexo es fabuloso —dijo con un tono más provocador, acariciándole el rostro con la punta de los dedos hasta llegar a rozar la boca sensual.

Por dentro Herms sintió que se le encogía el corazón por su propia frivolidad pero, a pesar de eso, intentó dirigirse a él con su mejor sonrisa.

—¿Por qué nos vamos a privar de tal placer?