Matrimonio Borrascoso — capítulo 9
CAPÍTULO 8
DRACO se levantó de la silla con un movimiento brusco.
—Herms, tienes que descansar. Te lo ruego. Ha sido una mañana traumática —dijo frunciendo el ceño al ver que ella no tenía ninguna intención de levantarse—. Ven, te llevaré a tu habitación.
Herms se levantó dejando la mayor parte de la comida en el plato y lo siguió reticente. Podría aprovechar aquellas horas de soledad para pensar un poco y para descansar. Pero, al mismo tiempo, no quería obedecerlo en todo. Casi había conseguido hacerle olvidar su orgullo.
Le temblaron las piernas y Herms tuvo que admitir que lo que le había dicho sobre la intensidad de aquella mañana era verdad. Había sido una experiencia muy estresante y él era el único responsable. Todo había empezado con la humillación a la que la había sometido y después había llegado la noticia del embarazo. Echarse una siesta le parecía, en aquel momento, la mejor idea que había oído en mucho tiempo.
—Estoy segura de que puedo ir sola a mi habitación —dijo porque no quería estar cerca de él bajo ningún concepto. Ya no era su amado, se había transformado en su enemigo número uno. El embarazo lo había hecho aún más evidente. Draco, ignorando su declaración de independencia, la levantó en brazos y se dirigió hacia la habitación.
—¡Déjame en el suelo! ¡No soy una inválida! ¡Puedo ir sola!
—Estoy seguro de que puedes... pero, mientras esté aquí, quiero llevarte yo.
Draco sabía que aquel comentario le iba a parecer frío. No podía hacer otra cosa. Casi no podía ni hablar. Cada vez que la miraba, se sorprendía por la intensidad de su propio deseo. En aquellos momentos lo único en lo que podía pensar era en llevarla a la cama. Pero hasta que no hubiesen aclarado la situación, no permitiría que sus deseos gobernaran sus acciones.
Además, se sentía avergonzado por la manera en la que la había estado tratando. No importaba cuál hubiese sido la razón por la que ella había decidido dejarle. No había justificación para haberla tratado así. La abrazó aún más, apretando el cuerpo de ella contra el suyo, y subió las escaleras sin esfuerzo, mientras Herms intentaba contener las lágrimas que brotaban de sus ojos. Estar tan cerca de él, de aquel hombre al que tanto había amado, le parecía peor que una tortura. A pesar de que su propio cuerpo reaccionase ante la presencia de él, su mente le dijo que lo que tenía que hacer en aquel momento era rechazarlo.
Cuando llegaron a la habitación de matrimonio, Draco la puso en el suelo al lado de la cama nupcial. Estaba todavía cerca, demasiado cerca de ella. Era guapísimo y muy viril. Su cuerpo sexy parecía llamarla... una llamada a la que incluso el alma de Herms respondía sin dudar. La mente lógica de ella era incapaz de frenar el impulso de aquel corazón enamorado.
Herms se dio la vuelta y se encontró atrapada entre la cama y el cuerpo poderoso de él. Se le escapó un suspiro mientras el corazón le daba un vuelco. Despreciaba las reacciones de su propio cuerpo. Sabía a quién tenía enfrente. Era un hombre dispuesto a hacerla enamorarse de él para después pisotear su amor. Así que ¿cómo podía desearlo tanto? Nunca había pensado que fuera una mujer débil, pero, en aquel momento, estaba claro que lo estaba siendo. Como si hubiese entendido su angustia, Draco se alejó de ella y la miró fijamente con sus ojos grises.
—Descansa ahora. Yo estaré trabajando en el estudio al final del pasillo por si me necesitas. Y... —hizo una pausa y luego prosiguió con renovada energía—. Por favor, perdóname por lo que te he dicho. No volverá a pasar nunca más, te lo prometo. Entiendo por qué te has ido a la playa antes... por qué te has escapado de mí.
Luego se dio la vuelta y salió de la habitación. Herms se quedó pasmada y temblando. Se sentó sobre la cama. ¡Su arrogante marido le había pedido perdón! Él, que seguramente estaba acostumbrado a que nadie le llevara la contraria, había admitido que se había equivocado. ¿Por qué? ¿Acaso era otra estrategia para crear un escenario de seducción? Ella estaba embarazada. Draco ya no tenía ninguna necesidad de llevarla a la cama mientras seguía pensando en su verdadero amor, Pansy. Escondió la cara en la almohada y tuvo un sueño agitado. Aquellas últimas reflexiones no le había proporcionado ninguna tranquilidad.
Cuando se despertó hacía más frío. Una brisa ligera soplaba y entraba por las ventanas abiertas. El calor del mediodía había sido reemplazado por la temperatura más agradable de la tarde. Tenía una sensación extraña, era como si no pudiera abrir los ojos, y le dolía la cabeza. Tenía que darse un baño para despertar, decidió confusamente. Se levantó y se quitó la ropa con la que se había quedado dormida.
De repente, se acordó de todo lo que había pasado, de su nueva situación, y fue como recibir un martillazo en la cabeza. Intentó repetirse que tenía que acostumbrarse a todo aquello para no perder la razón. Se levantó y se dio cuenta de que tenía un zumo y un vaso de agua encima de la mesilla de noche. ¿Quién habría sido? Probablemente Draco. Antes de empezar a fantasear sobre aquel gesto tan cariñoso, Herms se repitió que sólo lo había hecho para cuidar de su futuro hijo. Él la protegería y mimaría hasta el parto para luego deshacerse de ella.
Pero Herms tenía que apretar los dientes y resistir unas semanas más jugando a aquel juego tan perverso. Lo odiaba. A pesar de eso, tomó los refrescos con placer. Draco debía de haber ido a la habitación unos minutos antes porque los cubitos de hielo acababan de empezar fundirse. Aquella presencia había sido la que seguramente la hubiese despertado.
¿Cómo podía ser tan sensible al encanto de él? Le hubiese gustado ser completamente indiferente.
Además, a partir de aquel momento, tenía que empezar a serlo. Tenía que comenzar a pensar en sí misma y a ocuparse de sus cosas. Confiando en que Draco estuviese todavía en el estudio y siguiese allí por el resto de la tarde, se quitó la ropa para ponerse un bañador blanco que se ajustaba a su pecho generoso y dejaba a la vista las redondas caderas. Herms no podía explicarse cómo él había podido hacerle el amor tan apasionadamente cuando su cuerpo era tan distinto al de su verdadera amada. Pansy poseía una figura esbelta, sin apenas curvas.
Se dirigió hacia la piscina para intentar olvidarse de él. Tenía que echar de su cabeza el deseo persistente de que su relación se trasformase en una verdadera historia de amor y de que aquellas vacaciones en la isla se trasformaran en una bonita luna de miel. Detrás de la casa y de la terraza había una inmensa piscina ovalada rodeada de cipreses. El agua era de un color azul intenso, limpia y tentadora. La brisa le acariciaba la piel desnuda y llevaba consigo el fuerte olor del mar y los aromas de las plantas medicinales. Dejando la toalla en el borde de mármol, Herms se metió en el agua y buceó, intentando olvidarse de cómo había podido ser tan tonta al no reconocer las verdaderas razones por las que un hombre tan atractivo y rico como Draco había querido casarse con ella tan rápidamente. Había llegado el momento de relajarse y de aprovechar la belleza del paisaje así como de la tranquilidad de aquel lugar para poder sentirse mejor por el bien del niño.
Herms oyó un chapoteo al otro lado de la piscina y, en unos segundos, con sorpresa, vio la cara de Draco aparecer a su lado aflorando a la superficie.
¿Tenía que seguir molestándola? ¡Y no sólo en su media hora de paz y tranquilidad, también durante el resto de su vida!
Herms se apresuró a salir de la piscina. Las gotas de agua le recorrían el cuerpo mientras se dirigía hacia su toalla. A pesar de su rapidez, Draco llegó allí antes que ella.
—¡Despacio, mujer! Se supone que las lunas de miel han de ser lentas, especialmente las que se celebran en islas desiertas como ésta. Relájate. Yo te enseñaré cómo hacerlo.
Herms tuvo que resistirse a la tentación de acariciarle el torso y de mirar con lujuria la piel de seda de sus muslos. Sus dedos estaban a punto de acariciarlo. El traje de baño apenas podía disimular su masculinidad. Sin embargo, se agarró las manos detrás de la espalda e intentó alejarse aún más de él.
—Estaba muy relajada y a gusto hasta que has llegado tú.
Se inclinó hacia delante para agarrar la toalla y cubrirse porque, si no, él no hubiera tardado mucho en darse cuenta de que sus pezones se habían excitado, ya que deseaban ser acariciados. Pero Draco no le dio suficiente tiempo para taparse; se le acercó y le puso las manos en los hombros.
—No soy tu enemigo. Soy tu marido y te deseo muchísimo.
Esa vez Herms no pudo evitar mirarle a los ojos. El contacto con sus manos le provocaba escalofríos en todo el cuerpo. Los ojos de él, como si fueran de un metal líquido, parecían dejar huellas ardientes en sus pechos y caderas, y no pudo evitar abrir las piernas en una invitación silenciosa. Lentamente las manos de Draco bajaron desde los hombros hasta su cintura.
No le había mentido, pensó Herms confusa. Su estado de excitación era evidente. De repente se sintió muy vulnerable, ni siquiera podía entender sus propios sentimientos. Estaba dividida entre la necesidad de poner una distancia entre ellos y el deseo que él le provocaba. Lo deseaba más que nunca. Pero habían hecho un trato. Lo que Herms no podía entender era por qué, a pesar del hecho de que ya se hubiese quedado embarazada, él todavía seguía deseándola sexualmente. Había esperado que fuese cariñoso con ella por el bien del niño, pero nada más.
—No, no somos enemigos —siguió él—. Hemos compartido algo muy bonito. Quiero que lo recuperemos. Ahora vamos a tener un bebé. Vamos a darle la vida a otro ser humano. El futuro puede ser estupendo para nosotros, amor mío, si tú quieres. Todavía me deseas tanto como yo a ti. Estoy dispuesto a olvidarme de todo lo que ha pasado. Y espero que tú hagas lo mismo.
Le acarició la nuca y luego le levantó la cara para darle un beso. Herms no supo resistirse y se abandonó a aquella boca cálida y a las caricias de su lengua mientras se le acercaba con el corazón enloquecido. Tenía fuego en las venas. Draco la levantó en sus brazos, la llevó a la habitación y la depositó en la cama. Le quitó la poca ropa que tenía puesta, despacio, como saboreando cada instante de aquel encuentro.
—Despacio, cariño, muy despacio —murmuró mientras se quitaba el bañador.
Herms no podía esperar. Sentía que la fuerza de su deseo había borrado cualquier otra cosa de su mente. Sólo su boca sensual y sus manos expertas parecían existir en aquel momento.
—¡Por favor, Draco... por favor! —dijo con un gemido de placer.
En aquel momento, Draco se hundió entre sus piernas y empezó una danza primitiva que la llevó más allá del éxtasis. El cuerpo de él se fusionó con el de ella. Se movieron acompasadamente mientras Draco besaba suavemente sus mejillas, sus cejas y sus labios entreabiertos.
—Lo siento, amor mío, no quería que fuera tan rápido —dijo él riéndose después de consumar el acto—. Eres una tentación demasiado irresistible como para poder contenerme.
Luego se levantó y consultó su reloj.
—Xanthe puede llegar en cualquier momento con la cena. Tendré paciencia hasta que hayamos terminado de cenar.
Después de haberle lanzado una pícara mirada, se fue al baño y Herms pudo escucharlo canturrear mientras se daba una ducha. En el pasado le había encantado oírle. Parecía que estaba satisfecho de sí mismo. Pero, en aquel momento, la desesperación, ya compañera habitual, se apoderó de ella otra vez. Draco tenía la libido muy alta. Así que podía mantener relaciones sexuales con ella a pesar de amar a otra. Y había quedado muy claro que su esposa estaba encantada de participar en aquel juego sexual.
Herms se sentía muy mal, estaba avergonzada de cómo su cuerpo había reaccionado. La lujuria se había apoderado de ella dejándola desarmada y débil. Lo que acababa de hacer no tenía ninguna justificación. Su cuerpo estaba muy alterado tras aquel encuentro tan intenso. Se arropó con la sábana.
Hacía tiempo, nada le habría impedido unirse a él en la ducha, feliz de disfrutar una vez más de sus caricias y besos. Pero nada hubiera podido convencerla para que lo hiciese en aquel momento. Así que se quedó allí esperando, hasta que él apareció secándose el pelo con una toalla.
—He oído la motocicleta de Xanthe —dijo Draco mientras salía del baño con una sonrisa aún más ancha—. A Yiannis no le gusta nada que la use, pero ella no pierde ocasión.
Herms no podía contestarle porque sentía demasiada atracción por su poderoso cuerpo desnudo. El corazón le dio un vuelco mientras lo miraba ponerse unos vaqueros blancos y una camiseta negra de seda.
—Me gustaría llamar a mis padres —dijo antes que él se fuese.
—Claro que sí —le contestó él, dándose la vuelta para acercarle el móvil que estaba encima de la mesa—. Tienes que contarles todo. Estoy seguro de que les va a encantar volver a ser abuelos. Por favor salúdalos de mi parte y no tardes mucho. Vamos a cenar en la terraza mirando a las estrellas. Tenemos que festejar nuestro nuevo comienzo.
Luego se fue. Herms estaba furiosa. ¿Cómo podía ser tan hipócrita? ¿Darles saludos? Con todo lo que seguramente planeaba hacerles después del nacimiento del niño. Tenía que avisarlos de que su marido tenía intención de echarlos de casa. Aunque no estaba completamente segura, albergaba muy pocas dudas al respecto.
¿Pero cómo podía contárselo sin que su madre y su padre se pusiesen nerviosos? Estaba hablando con Joan y ella no paraba de decirle que la granja era maravillosa y que sus hermanos no habían parado de trabajar para ponerla aún más bonita.
—No, claro que no. Tu padre no ha estado trabajando con ellos. Tiene que descansar. Se está portando muy bien, da un paseo todo los días y sólo se ocupa de las cuentas —dijo la madre.
—Mamá, ¿papá ha revisado el contrato de alquiler?¿Sabes si ha mirado todas las cláusulas? —preguntó Herms cruzando los dedos.
—¿De qué contrato de alquiler me estás hablando? —contestó la madre después de un silencio largo que dejó Herms con una horrible sensación de haber destruido la alegría familiar.
Pero no había podido ignorar sus sospechas, especialmente porque sabía lo ingenuo que podía llegar a ser su padre. Seguramente su madre también se acordaba de cómo los hombres de la compañía habían podido quitarles la granja porque el padre no había mirado a los detalles del contrato. Y ésa había sido la razón por la que no habían tenido ningún acuerdo escrito. Y de nuevo, volvía a estar sin contrato. Aunque Herms pudiese hacerse una idea bastante clara de cómo habían llegado a aquella situación de nuevo, la noticia le dio náuseas.
—¿ Draco no te lo ha dicho? No, está claro que no. ¿Cómo hubiese podido? Tiene un corazón tan grande que no quiere pavonearse. Ha comprado la finca, pero está a nombre de tu padre y mío. Es nuestra, Herms. Al principio nos resistimos, ya sabes, pobres pero orgullosos... Tu padre ha intentado convencer a Draco de que le concediera un préstamo, pero no quiso. Nos dijo que éramos de la misma familia. Te has casado con un hombre estupendo... ¡no hay muchos como él! Pero, querida, ¿estás bien? Hemos estado preocupados por ti. Parece un hombre de ensueño. Lo mejor que unos padres puedan desear para su hija, pero...
—Sí, mamá, estoy bien, no te preocupes. Y... estoy embarazada.
No tenía por qué preocuparlos más. Tenía todavía dos semanas para decirles la verdad. Estaba muy feliz de escuchar a su madre tan alegre, aunque aquella última noticia la hubiese dejado pensativa y algo preocupada.