Matrimonio Borrascoso — capítulo 2
CAPÍTULO 1
Draco Malfoy caminaba inquieto por el pasillo de su suntuosa villa, situada a las afueras de Atenas. Tenía las manos cerradas en un puño y la ancha espalda rígida como si fuera un toro enfurecido a punto de embestir. Eleni, la más joven del personal de la casa, se arrimó contra la pared al acercarse él y sólo empezó a respirar normalmente cuando le vio bajar las escaleras de dos en dos. Draco cruzó la amplia entrada. Las suelas de sus zapatos producían un ruido estridente al pisar el mármol. Finalmente, entró en las habitaciones de su tía.
—¿Lo sabías? le preguntó con voz aguda, lanzándole el papel arrugado que llevaba en el puño.
La miró, los grises de sus ojos se había oscurecido por la furia mientras los dedos pálidos de la hermana mayor de su madre alisaban aquella carta. Algunas palabras que Herms había escrito quemaban como ácido en su cabeza.
Nuestro matrimonio se ha acabado. Mi abogado se pondrá en contacto contigo para los papeles del divorcio.
¡Sólo tres meses juntos y ella había decidido que se había acabado! No le había dejado nada más que una nota encima de la almohada de la cama. ¡Cómo se atrevía!
—¡Deshonra el nombre de los Malfoy! —dijo Draco, con ojos llenos de desdén moviendo la cabeza tras la lectura de la carta.
Bellatrix dejó caer el trozo de papel encima de la mesita y meticulosamente se limpió los dedos con un pañuelo de seda.
—¡Eres tú quien ha deshonrado nuestro nombre eligiéndola como novia! —Prosiguió Bellatrix con una profunda falta de compasión—. Es una de esas caza fortunas que desde el principio tenía en mente un acuerdo de divorcio conveniente. Un precio demasiado alto para encima no haber conseguido tener un heredero.
Bellatrix se acomodó otra vez en el sillón y le despidió alcanzando con la mano su libro.
—No sabía que Herms se hubiese ido. No me he ganado su confianza y tampoco lo he deseado. Te aconsejo mirar en tu caja fuerte para ver cuántas joyas, de las que le regalaste, se ha llevado— añadió la tía para finalizar.
Con la boca rígida por el disgusto, Draco se levantó y se fue. No podía regañar a su tía por dar voz a lo que todo el mundo pensaba. En aquel momento, habría podido golpear a cualquiera que hubiese respirado en su presencia. En pocos segundos, estaba otra vez en su dormitorio abriendo los armarios y los cajones. Con el ceño fruncido, se puso a mirar aquella parte de la Acrópolis que se veía a lo lejos a través la ventana. Al parecer, Herms se había ido sólo con lo puesto, su pasaporte y un bolso como único equipaje. Todos los vestidos de marca y todas las joyas estaban allí. ¿Iría Herms, como había dicho su tía, a por el premio más gordo? ¿Un acuerdo de divorcio en el que ella se quedara con la mitad de su fortuna y por el que todo el mundo se reiría de él? Draco rechinó los dientes. «¡Ni muerto!», pensó.
Dale a un hombre en su orgullo y la cólera de los dioses descenderá sobre ti como justo castigo. ¿No le había dado absolutamente todo lo que una mujer pudiese desear? Una casa estupenda, fondos ilimitados, criados para complacer cada capricho, sexo fabuloso. ¿Había sido el deseo de ella una mera actuación? ¿El hacer el amor, una manera de tenerle contento y confiado mientras se escabullía y le pedía el divorcio? ¡Nadie podía hacerle eso a Draco Malfoy! ¡Nadie! Precipitadamente, llamó por teléfono a su secretaria para cancelar todas las reuniones de los tres días siguientes mientras metía algunas cosas en una maleta. Al acabar la conversación, tecleó el número del aeropuerto y, por fin, con la información necesaria, se puso en contacto con el piloto de su jet personal.
Las lágrimas brotaban de los ojos cansados de Joan Ryan mientras ponía un poco de agua a calentar sobre la antigua estufa. En las últimas veinticuatro horas, había tomado muchísimo té. Había empezado otra vez a temblar. A pesar de todo, por el momento, tenía que olvidarse de sus problemas y ser compasiva. Justo después de que su marido Joe, que debería seguir las órdenes del doctor y descansar después del susto que le había dado el corazón, hubiera salido con los tres hijos, su yerno había llegado trayendo una noticia sorprendente: Herms lo había abandonado. Le había pedido el divorcio.
«No puede ser», pensó Joan con creciente agitación.
No podía entender de ninguna manera cómo aquel matrimonio había podido fracasar de tal manera y tan rápidamente. Su hija había estado radiante de felicidad mientras había pronunciado los votos en una pequeña iglesia parroquial, hacía sólo tres meses. Joe y ella estaban muy felices. Herms, que nunca había tenido novio, se había casado con un hombre de ensueño, rico y guapo. Sus padres adoraban la idea de que Herms por fin hubiese casado.
¡Y ahora eso!
Draco parecía agotado, como cualquiera que hubiese tenido que enfrentarse a tal choque. Había tenido que viajar desde Grecia y conducir hasta allí en un coche de alquiler. Quizás una buena taza de té... Joan se dio la vuelta y llevó la tetera hasta la mesa. Se dio cuenta de cómo Draco se había sentado en la silla de Joe, con las manos agarradas a la mesa.
—Me gustaría poderte ayudar —dijo Joan sintiéndose inútil—. De verdad que no lo puedo entender. Herms, en sus llamadas, nunca me ha dicho que algo fuera mal. Aunque, conociéndola, sé que no cuenta esas cosas. Herms es así. Siempre ha sido muy independiente —dijo con un suspiro, las manos le temblaban mientras tapaba la tetera con un paño para mantenerla caliente—. No he vuelto a hablar con ella desde la última llamada hace una semana. Y tampoco ha aparecido por aquí.
Con esfuerzo, Draco relajó las manos. Estaba claro que Joan no tenía idea de dónde podía estar Herms y parecía estar muy preocupada. Draco se olvidó de la rabia que tenía dentro. Le gustaban los padres de Herms, admiraba su capacidad de trabajo, su sinceridad y su amor por la familia. No podía decirles que su amada hija era una mujer astuta y una cazafortunas intrigante, que se había casado con él sólo por el dinero. Eso no se lo hubiera creído ni él, hasta aquel mismo día.
Desde la adolescencia, había aprendido a reconocer a primera vista aquel tipo de mujer. Habría apostado su vida a que Herms era una chica sincera, que le deseaba sólo por sí mismo y que, como él, también quería tener hijos. ¿Acaso se había vuelto débil desde el instante en que la había visto? La había deseado más que a cualquier otra mujer en su vida. Tenía la intuición de que ella era la única en la que podía confiar completamente. Pero, ¿había otra explicación? Hasta aquel día, su matrimonio había sido fantástico. Ningún enfado, sólo palabras tiernas y sonrisas. Ella había estado un poco más callada los últimos días, y cuando él le había preguntado qué le pasaba, sólo le había sonreído dulcemente y había asegurado que todo iba muy bien. Aquella respuesta había sido una verdad obvia y retorcida, porque todo había marchado según sus codiciosos planes. ¡No quería pensar así de ella! Pero al mismo tiempo, a falta de otras explicaciones, Draco tenía que enfrentarse a la verdad. Joan sacó una silla, se sentó y sirvió el té con mano temblorosa.
—Intente no preocuparse. Aparecerá. —Probablemente haya tomado un avión de línea regular y tardará bastante más que yo en llegar a Heathrow y luego aquí. ¿A qué otro sitio podría ir?
Había mirado el horario de todos los aviones al Reino Unido, suponiendo que ella habría ido a casa.
—¿Se le ocurre otro sitio?
Incapaz de hablar por el nudo que tenía en la garganta, Joan dijo que no con la cabeza. El nudo se hizo más grande mientras Draco volvía a hablar, como para tranquilizarla.
—Aparecerá aquí, estoy seguro. Pero si llama antes de llegar os ruego que no le digáis que estoy aquí. Necesito hablar con ella para arreglar las cosas.
Luego, manteniendo un tono de voz gentil mientras intentaba domar su rabia de hombre traicionado, cubrió la mano de ella con la suya, porque estaba claro que Joan Ryan era una buena persona y que nada de aquello tenía que ver con ella.
—No tienes por qué preocuparte.
Joan siempre pecaba de ser demasiado amable. Y no tenía ninguna intención de cargarle con sus problemas familiares, especialmente en aquel momento que estaba tan preocupado por la desaparición de Herms. Pero ya no podía parar el torrente de sollozos que la atormentaba. Su cariñoso yerno tomó una caja de pañuelos de la ventana, la puso delante de ella y le pasó una mano por encima del hombro.
—¿Qué pasa, Joan? —le preguntó él.
Se había esperado una reacción de sorpresa y de dolor por el comportamiento de la hija, pero no de aquella magnitud.
—Dígame, a lo mejor la puedo ayudar.
Joan no pudo contenerse más y las palabras brotaron de su boca.
Era muy tarde. El taxista estaba gruñendo mientras subía por la carretera tortuosa. Herms, echada hacia delante, le indicaba la dirección.
—Un kilómetro más, siga recto por favor —dijo ella mientras el taxista tomaba el camino de la derecha en la bifurcación—. Le avisaré cuando lleguemos.
El viaje desde Grecia había sido una pesadilla. No quería pensar en la ruptura de su matrimonio, le dolía demasiado, y por lo tanto intentó concentrarse en los detalles de su viaje hacia la libertad. La salida se había retrasado dos horas. Cuando por fin había llegado a Heathrow, había tenido que esperar una eternidad en la cola para poder cambiar los euros en libras. Luego había ido a Euston, donde había tomado un café mientras había esperado el tren para Shrewsbury. Había llamado a casa para decir que estaba de camino y no fue hasta medianoche cuando, por fin, encontró un taxista dispuesto a llevarla hasta su casa.
Su madre parecía un poco rara por teléfono, a pesar de que Herms no le había dicho nada. Prefería esperar a verla cara a cara. Estaba segura de que sus padres se iban a poner muy tristes. Pensaban que había hecho un buen matrimonio. Y habría podido serlo. Ella había querido muchísimo a Draco. Hasta el punto de borrar de su mente la idea de que él se había casado con alguien muy por debajo de su estatus social. Las dudas habían reaparecido, lentamente pero de forma inexorable, cuando había vuelto a Atenas como su esposa. Tuvo que recordarse a sí misma que ella nunca se dejaría utilizar. Nunca se arrepentiría de haberlo dejado. ¿Acaso pensaba Draco que ella no tenía orgullo? ¿O que era demasiado estúpida como para descubrir la verdad? ¿Creía que estaba demasiado fascinada con su magnífico cuerpo y su manera de hacerle el amor, como para intentar descubrir sus razones? Mientras los faros del coche iluminaban la entrada del pequeño chalé de piedra, Herms dejó a un lado aquellas divagaciones sin sentido.
—Puede parar aquí —dijo al conductor.
Unas lágrimas de alivio volvieron borrosa su mirada. ¡Por fin en casa! Una vida nueva e independiente. Nunca más volvería a pensar en Draco Malfoy, salvo en lo referente a los papeles del divorcio. Se dirigió hacia la casa después de haber pagado al taxista. En la oscuridad total, tropezó con un coche desconocido aparcado al lado de los dos todoterrenos de su padre y de sus hermanos. Murmuró entre dientes mientras se inclinaba para frotar la piel donde le iba a salir un moretón. Oyó un portazo y, al alzar la vista, se encontró con la intimidante figura de Draco, que le impedía el paso.
—Súbete al coche.
Aquella orden le produjo un escalofrío en la columna. La mente de Herms estaba en estado de shock. ¿Qué iba a hacer? ¿Acaso no había entendido su sencilla nota sobre la ruptura del matrimonio?
—No voy a ir a ningún lado contigo —dijo ella con un tono de indecisión en la voz—. Me voy a mi casa. Déjame pasar —esta vez un poco más decidida.
Él la tenía inmovilizada por los brazos y el roce de sus manos tenía todavía el poder de afectarla.
—Tu familia ya se ha ido a dormir. Lo hemos hablado y pensamos que lo mejor es que vengas a mi hotel. Tenemos que hablar.
—¡No! No hay nada que hablar —contesto Herms de mala manera.
Pero ella sabía que Draco tenía el poder de convencerla. A pesar de la intención de echarlo de su vida, sabía que para él resultaría fácil hacerla cambiar de idea.
—No me convencerás para que me vaya contigo.
—¿No? Llevo más de media hora metido en el coche esperándote y no me queda mucha paciencia —dijo con voz tranquila, casi de conversación normal—. Nunca he obligado a una mujer a hacer algo que no quisiera. Pero juro que, si te niegas a venir conmigo, tu familia se encontrará sin hogar a finales de mes. Tienes el poder de impedirlo. Es tu elección.