Matrimonio Borrascoso — capítulo 3
Disclaimer: todo lo que reconozcan es propiedad de J.K Rowling
Espero que disfruten el capitulo
CAPÍTULO 2
Herms se acercó, con extrema reticencia, a la puerta del acompañante que Draco mantenía abierta. Ni la oscuridad podía esconder los duros rasgos de su cara. Tragó saliva. Aquélla era la primera vez que Herms tenía que enfrentarse a sus rudos modales. La primera vez que le enseñaba su verdadera naturaleza. El resto, la sonrisa, la dulzura, el calor y la indulgencia de los últimos tres meses, no habían sido más que una actuación, se dijo a sí misma con firmeza. Arrastró los pies hasta la puerta abierta del coche y respiró hondo. En aquel momento, no lo estaba mirando, pero Herms era consciente de que estaba furioso y su helada mirada la estaba atravesando hasta quemarle la piel.
—Estoy esperando. A primera hora de la mañana, te traeré de vuelta a casa de tus padres. Te lo prometo. Hasta entonces, será mejor que crean que estamos intentando solucionar nuestros problemas.
—¿Por qué? Ya no son niños a los que tengamos que ocultar la verdad.
—Te lo explicaré, pero no aquí —dijo con la voz endurecida por la impaciencia.
La boca de Herms Se tensó en una expresión testaruda.
Acostumbrado a que cada uno de sus deseos fuera satisfecho inmediatamente, Draco no era un hombre paciente. Sin embargo, le había llegado el momento de aprender.
Ignorándolo, no sin dificultad, Herms consiguió concentrarse en lo que debía hacer. Tenía dos opciones. Podía seguir con su idea original de entrar en la casa, despertar sus padres y preguntarles de qué demonios estaba hablando su prácticamente ex marido. ¿Cómo podía amenazarlos con quitarles la casa? Estaba diciendo tonterías, ¿verdad?
El único problema residía en que Draco no era una persona que amenazara a la ligera. Herms sintió un escalofrío. En su trabajo, tenía reputación de ser un hombre cruel. Todo lo que decía, lo hacía con convicción y pobre de quien le estorbara o de quien intentara engañarlo. Ella había visto ese lado de Draco, pero nunca pensó que lo iba a utilizar contra ella otra vez.
Escondido cuidadosamente, pero presente en su matrimonio, que había sido organizado con un único objetivo: obtener un heredero. Su fría crueldad se estaba poniendo de manifiesto claramente en aquel momento, y con resignación, optó por la segunda opción.
Se acomodó en el asiento del pasajero. El corazón le latía enloquecidamente. El cerró la puerta con fuerza. Ella tenía la obligación de complacer sus deseos ante la duda de que existiese alguna posibilidad que Draco pudiese cumplir su amenaza.
Hicieron el viaje hasta el pueblo en silencio. A diferencia del primer trayecto que había realizado aquella noche en taxi, Herms no tuvo que dar instrucciones a Draco en aquel laberinto de callejuelas. Él conducía extraordinariamente bien y tenía una memoria sorprendente. Recordaba el complicado recorrido desde la casa al hotel. Era el mismo en el que se había alojado cuando había ido allí tres meses atrás, cuando había iniciado su campaña para que Herms se casara con él.
Sin ningún deseo de recordar lo crédula e ingenua que había sido, Herms apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula y se concentró en el presente. Su presencia tan inesperada estaba destrozándola. Si ella, que lo amaba tanto, había podido tomar una decisión razonable y lo había dejado. Si ella había podido romper el matrimonio, ¿por qué él no hacía lo mismo? Para él debería haber sido mucho más fácil, ya que nunca la había amado y sólo la había valorado por ser una madre en potencia.
Herms frunció el ceño mientras intentaba encontrar una respuesta. Había creído sinceramente que, al descubrir su deseo de acabar con el matrimonio, Draco se iba a encoger de hombros e iba a pasar página. Un divorcio rápido, más sencillo aún por su decisión de no reclamarle nada. Después, llegaría otro matrimonio con una chica como ella, de familia de clase media, pero prolífica. Una mujer que no sería capaz de enfrentarse al grandioso imperio de los Malfoys cuando en un juicio le hubiesen quitado la custodia del niño.
Herms se sonrojó indignada. Había sido humillada. En todo aquel tiempo, tenía que haber caído en la cuenta, o por lo menos haber albergado alguna sospecha de sus verdaderos motivos. Los habría encontrado delante de sus narices si sus ojos los hubiesen querido ver.
Sin embargo, había respondido encantada a todas las preguntas de Draco y lo había informado de que ella pertenecía indudablemente a una familia numerosa. Su furtivo matrimonio y la falta de luna de miel tenían que haber levantado sus sospechas. Pero no había sido así.
Cuando Draco le había contado que tenía que estar en Atenas por razones de trabajo, le había asegurado que lo entendía perfectamente, diciéndole, como una tonta, que ella siempre estaría a su lado. Había estado demasiado cegada por el amor como para darse cuenta de que había algo raro en todo aquello. Mirando atrás, no podía creer que hubiera podido actuar de forma tan ingenua. ¿Cómo había podido pensar, por un solo momento, que aquel hombre tan guapo pudiera desear atarse de por vida a una chica normal y de origen humilde?
En el mismo momento en que Draco paró el coche en frente del hotel del pueblo, Herms se hizo una promesa. Si su retorcido marido intentaba hacerle cambiar de idea porque no quería esperar el tiempo necesario para tramitar los papeles del divorcio, entonces ella se opondría con todas sus fuerzas.
Draco salió del coche impaciente y caminó hasta la puerta del pasajero. La abrió de un tirón y le ordenó de salir. Tuvo que usar hasta la última pizca de autocontrol para evitar arrastrarla y ponerla de pie. En sólo veinticuatro horas, su cariñosa esposa se había trasformado en una desconocida fría como el hielo. Él no sabía por qué, a pesar de tener desagradables sospechas. Le estaba volviendo loco. ¡Nadie podía hacerle eso, ni siquiera su mujer! Como sintiendo su rabia a punto de explotar, Herms decidió moverse. Puso los pies en el suelo, salió del coche y se quedó mirando la fachada de madera del hotel. La luz de la entrada principal iluminaba su cuerpo. Llevaba unos vaqueros y una chaqueta ligera. En su rostro, había una expresión de rebeldía. Draco la agarró del brazo de mala manera y la llevó hacia la puerta principal. Si hubiese inclinado la cabeza, habría podido sentir temblar otra vez aquellos labios debajo de los suyos, sentirlos florecer para él. Eran las puertas del paraíso. A Herms le gustaba el sexo, mucho más de lo que él hubiera podido suponer. Pero, de ninguna manera, estaba dispuesto a consentirlo, ni en aquel momento ni en un futuro cercano. Aquel sería un justo castigo para ella.
El sexo quizás hubiera sido lo único en lo que su esposa no hubiera fingido. Las promesas solemnes habían sido pronunciadas con la mirada fija en el objetivo. Estaba seguro al noventa por cien. Herms había pensado invertir tres meses de su vida a cambio de un acuerdo que le habría permitido vivir lujosamente el resto de sus días. Lógicamente, aquello parecía el único motivo para entender lo que Herms había hecho, a pesar de que él hubiese intentado encontrar, sin ningún resultado, otra explicación. ¡No podía hacerle eso! Draco quitó la mano de su brazo como si aquel contacto fuese contagioso.
Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, Herms empezó a temblar mientras él se alejaba. Ella no había querido aquel enfrentamiento; se lo habían impuesto. Por lo tanto, no era tan raro que estuviese nerviosa. Había demasiada adrenalina corriendo por sus venas. Se dio cuenta de que él estaba rígido por la rabia. Y podía entenderlo. Era un hombre muy ocupado y muy impulsivo.
Amanda, en una de sus conversaciones telefónicas, le había revelado que Draco Malfoy la había interrogado para sacarle información sobre su familia. Tontamente, Herms se había emocionado ante aquella confesión que la había hecho sentirse tan especial. ¡Cómo odiaría haber perdido su precioso tiempo! Aunque tampoco había tenido que esperar mucho, pensó ella sintiendo un nudo en el estómago. Cinco días después, con toda la información necesaria que había conseguido gracias a su ingenua amiga, Draco había utilizado todos su encantos para engatusarla y Herms había sucumbido a un estado de adoración incondicional. Seguramente, él consideraba aquellos meses de matrimonio como un imperdonable desperdicio de tiempo y esfuerzos.
Seguramente, le habría costado mucho tratar a una persona de bajos recursos económicos como ella como si fuera una princesa. Tener que hacerle el amor para dejarla embarazada, pensando todo el rato en cómo librarse de su esposa para casarse por fin con su verdadera amada, debía de haberle enojado mucho. Lo había ocultado bien. Herms tenía que reconocerlo. Sin embargo, la verdad ya había salido a la luz.
¿Pero tenía ella suficiente coraje como para manejar aquella situación? ¿Para descubrir lo que significaban aquellas amenazas? Sí, era su obligación. A aquella hora de la noche, el vestíbulo del hotel estaba desierto, las luces tenues hacían que la antigua posada renovada resultara acogedora. El portero de noche apareció detrás del mostrador de la recepción y le entregó las llaves a Draco. Intercambiaron algunas palabras, que ella apenas pudo oír, y luego Draco se dio la vuelta y la miró con desdén. Aspirando profundamente, ella obedeció un gesto de su mano y caminó hacia él con la cabeza bien alta. Era verdad que no había llegado allí por su propia voluntad, pero no tenía ninguna intención de comportarse como una víctima.
—Podemos hablar en el salón —dijo él con voz firme e indicó con un gesto una puerta entreabierta.
El bar estaba cerrado, pero había unos cómodos sillones alrededor de las mesas y la iluminación de la recepción proporcionaba suficiente luz. Draco pareció no tomar nota de su sugerencia y se dirigió hacia la escalera de roble.
«¡Arrogante!», pensó ella conteniendo un aullido de rabia y lo siguió. Lo alcanzó y él abrió una puerta y encendió la luz.
—Adentro —ordenó Draco.
A Herms se le encogió el estómago. Conocía ese aspecto frío e intimidante de la personalidad de su marido.
Un poco reconfortada con aquella idea, Herms entró en una habitación que parecía no haber sufrido ningún cambio desde el siglo XVI. Gracias a Dios, pensó con aprobación, haciendo el inventario de las preciosas alfombras, del suelo de roble y de la cama con dosel. Estar allí con el hombre al que había querido con locura pero al que en aquel momento odiaba con todo su ser distrajo su mente.
Había una pequeña bolsa de viaje al pie de la cama, así que Draco tenía que haber estado allí antes de haberse acercado a la casa de sus padres para esperarla. Por alguna razón, él había intuido que ella se iba a poner en contacto con su familia al llegar a Inglaterra y que tenía intención de quedarse con ellos o allí cerca hasta el divorcio.
Herms se sentía muy cansada. Todavía no podía entender las acciones precipitadas de su marido. ¿Cómo había logrado llegar antes que ella? Probablemente, ella habría estado ya en el aeropuerto esperando el avión que se había atrasado, cuando él había llegado a casa. Él se habría dirigido a la habitación para disfrutar de su ración de sexo y se habría encontrado con su nota. Y a pesar de eso, había conseguido llegar antes que ella y estaba esperándola. El jet personal ¡claro! ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Seguramente porque nunca había deseado su riqueza, sólo lo había deseado a él.
Aquel hombre tenía herramientas para conseguir lo que quisiera. Cosas con las que la gente humilde no podía ni soñar.
Draco señaló decididamente hacia dos sillones situados en los extremos de una mesa baja de roble.
Se sentó agradecida. No podía acordarse de ningún otro momento de su vida en el que se hubiera sentido tan cansada y sin fuerzas. Draco rondaba cerca de ella, con las manos en los bolsillos de los pantalones de un fantástico traje gris que le sentaba muy bien. Herms cerró los ojos, reprimiendo un suspiro mientras un escalofrío atravesaba su cuerpo. Aquel hombre seguía siendo sexy y magnético. Lo último que necesitaba en aquel momento era que su cuerpo la traicionara... no en aquel momento y nunca jamás. Lo que necesitaba en aquel momento era dormir.
Y si él estaba esperando a que ella le pidiese alguna explicación, entonces podía esperar sentado. Aquella había sido una idea de él, no de ella.
Escuchó que llamaban tímidamente a la puerta y se dio cuenta de que él se dirigía hacia allí. Herms abrió los ojos justo a tiempo para ver cómo el portero de noche dejaba una bandeja encima de la mesa. Draco le dio una propina y se sentó en el otro sillón en frente de ella vigilándola con sus ojos dorados y sin expresión, mientras Herms miraba el plato de sándwiches, la botella de vino y las copas.
Herms se agarró fuertemente a los brazos del sillón mientras reprimía una carcajada. Tenía frente a ella a un marido indignado a punto de soltar infames amenazas contra ella, y ¡la primera cosa en la que él pensaba era en su estómago! ¡Qué situación tan absurda! Sin embargo, él parecía actuar con total normalidad, mientras llenaba las copas y ponía dos sándwiches en un delicado plato de porcelana en frente de ella. Herms pudo ver hasta una leve sonrisa en sus labios. Aquellos labios de una belleza devastadora.
—Si, como yo, no has comido nada desde esta mañana, lo necesitarás.
—No tengo hambre.
Herms miró la comida con desprecio mientras, con el estómago encogido, pensaba en las razones por las que no había podido desayunar ni ingerir ninguna otra cosa desde entonces. Como siempre, Draco se había levantado antes que ella, lleno de energía, dejándola despertarse lentamente, estirándose lujuriosamente en la cama después de una noche de pasión. Después Herms se había levantado, tratando de combatir la idea de que estar en la cama juntos había representado el único momento en el que ella se había sentido realmente feliz. El resto del tiempo se había sentido fuera de lugar, como si hubiera sido una intrusa en aquella atmósfera enrarecida. Lo había seguido, vestida con una túnica de seda que marcaba sus voluptuosas curvas y que a Draco le encantaba, con la esperanza de tomar como siempre una taza de café con él antes de que se fuera a su moderna oficina en el centro de la ciudad. Necesitaba su dosis de Draco para enfrentarse al día, antes de compartir un largo e íntimo descanso a la hora de la comida. Caminó sigilosamente por el salón iluminado por el sol donde se tomaba el desayuno. Su mirada se había vuelto turbia al ver a su marido, que aquel día había llevado un traje negro muy elegante y una camisa blanca. La chaqueta estaba todavía colgada detrás de una silla. Estaba hablando por el móvil. Él no la había visto y prosiguió con la conversación que iba a cambiar para siempre la vida de Herms.
—Cálmate, Pansy. Ya lo hemos hablado. Se necesita tiempo. Por favor, un poco de paciencia.
Un breve silencio siguió y luego él empezó a hablar de manera más decidida.
—Estaré contigo en menos de cinco minutos y claro que te quiero. Tú eres...
Después se hizo otro silencio tras el que comenzó a hablar con la voz rota por la emoción.
—Cálmate. Sólo cinco minutos.
Con el corazón palpitante y la mirada confundida, Herms lo miró mientras agarraba la chaqueta al vuelo y salía de la casa. Se había marchado al encuentro de la mujer a la que quería, dejando atrás a una mujer que había sido sólo un trámite. Herms se había quedado agarrada a la puerta para sostenerse. De repente, todas las mentiras se habían vuelto realidad. Los cotilleos duros y dolorosos.
Por lo menos, él no le había mentido. Nunca le había dicho que la amase.
Draco, en aquel momento, empezó a comer, observándola con ojos inquisidores. Herms estaba muy pálida. También le encantaban sus hermosos rizos de color castaño maravillosamente cuidados por el mejor peluquero de Atenas. El feroz deseo que su cuerpo sensual despertaba en él llenó a Draco de rabia.
—Come antes de que te desmayes —dijo con una voz dura.
Herms, que siempre se había sentido incapaz de obedecer a alguien tan mandón e intimidador, tensó la boca obstinadamente y se cruzó de brazos
—He venido porque has amenazado a mis padres y, aún me pregunto cómo piensas cumplir tu amenaza.
—Oh, por fin hablas —dijo Draco. Estaba tumbado cómodamente, sujetando una copa con su mano hermosamente esculpida—. Nadie me puede exigir nada, ni siquiera mi esposa. Entiéndelo y serás una mujer más sabia —añadió con un tono de voz suave como la seda.
Ella no le había pedido nunca nada, nunca. Tampoco había sido necesario, ya que él le había dado todo, y con mucho gusto. Su nivel social, una posición estable en la sociedad, riqueza ilimitada, joyas... y ella se lo había tirado todo a la cara. El corazón le latía con fuerza por la rabia de ver su orgullo herido. Porque ella deseaba aún más. Quería el divorcio para seguir viviendo lujosamente sin el peso de un marido. Hasta que ella no revelase otra razón más verosímil, ésa parecía ser la única que tenía sentido.
La estaba insultando, dedujo Herms con creciente horror. Sin duda, Draco tenía intención de decirle lo que significaban aquellas amenazas cuando él quisiera. Pero ella no tenía tiempo, pensó furiosa. Estaba a punto de estallar. Podía ponerse a llorar, a tirar cosas o a chillar en cualquier momento por el cansancio. Tenía un dolor de cabeza insoportable y un torrente de lágrimas desconsoladas a punto de brotar. Sentía una desesperada tristeza por la traición y la manipulación de la que había sido objeto. Si aquel enfrentamiento seguía por mucho más tiempo, no iba a poder contenerse.
Draco dejó indignado la copa sobre la mesa con un golpe. La calidez de sus ojos había desaparecido. Había llegado el momento de que ella entendiera que no podía hacerle quedar como un idiota, deshonrarle ni avergonzarle. Se tenía que dar cuenta de quién llevaba las riendas en aquella relación.
—Eres mi mujer. No habrá ningún divorcio. Volverás a Grecia conmigo. Si el matrimonio se acaba en un futuro, como todo parece indicar, seré yo el que le ponga fin. Lo exijo. No quedaré como un idiota delante de mis amigos y colegas.
Porque ella no había podido darle un heredero, tradujo Herms helada hasta los huesos por aquellas palabras tan duras.
—No puedes impedirme pedir el divorcio. Ni forzarme a ir a donde no quiero —dijo ella con la poca serenidad que le quedaba.
—Eso es verdad —dijo Draco, encogiéndose de hombros.
Herms se quedó sin palabras al ver cómo él, a pesar de ser rico y, por lo tanto, estar acostumbrado a obtener todo lo que quería, le contestaba de forma tan inesperada.
Él se soltó el nudo de la corbata y se puso más cómodo en su asiento. Draco era el hombre más guapo del mundo. Herms no podía evitar pensarlo, aunque acto seguido se estuviera reprendiendo por aquel pensamiento. Ya se habían acabado los días de su incontenible amor hacia él. Ya no era la luz de su vida y no se iba a ablandar en su presencia.
—¿Pero? —pregunto Herms con tono seco.
El dragón no se rendía sin más. Tenía que haber un «pero».
Y lo había.
—Pero si sigues adelante con tu idea, puedes estar segura de que tus padres se quedarán sin casa a finales de mes. Está en mí poder evitarlo. Lo haré, pero sólo si cumples con todo lo que te pido. Y si piensas que puedes divorciarte de mí y exigirme un acuerdo económico ventajoso para ayudar a tus padres y vivir una buena vida, olvídate. Todos mis abogados se harán cargo de que no recibas absolutamente nada.
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