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Matrimonio Borrascoso — capítulo 4

Disclaimer: todo lo que reconozcan es propiedad de J.K Rowling

Espero que disfruten el capitulo

CAPÍTULO 3

Herms, horrorizada ante aquella ofensa, sólo pudo mirarlo fijamente mientras sentía cómo su cara enrojecía. Aquello demostraba qué poca consideración tenía con ella. Era la prueba definitiva, si es que todavía le hacía falta alguna. De alguna forma, había reconocido que fuera de la cama su relación había sido un desastre y un mal necesario. Cerró las manos en un puño, manos de trabajadora con uñas cortas, palmas endurecidas que la tía de Draco había llegado a criticar, y respiró hondo. De todas formas, no podía herirla más de lo que ya lo había hecho y, por supuesto, Herms no tenía intención de decirle que no quería nada de él. Estaba segura de que no la hubiese creído. ¿Por qué perder el tiempo cuando había preguntas más importantes que hacer? Sus ojos se posaron, después de haberse quedado fijos en los de él, en su copa de vino intacta. Con la clara sensación de que lo peor estaba aún por llegar, Herms tomó la copa y dio un largo trago. El calor del alcohol la hizo atreverse a hablar para poner en duda sus palabras.

—No te creo. Demuéstralo. ¿Por qué mis padres van a perder la casa? ¿Por qué no volvemos ahora y les preguntamos?

—¿A estas horas?

Draco contestó con voz cansina, como si estuviera hablando con una idiota y se inclinó hacia ella para quitarle la copa de vino medio vacía, que parecía estar a punto de romperse en sus manos. La puso sobre la mesa y empujó la bandeja con los sándwiches hacia ella y añadió:

—Están dormidos y felices porque pensarán que, después de nuestros conflictos de recién casados, nos estaremos besando y nos habremos reconciliado. Y no sólo eso, estarán contentos porque yo los voy ayudar en un momento tan difícil. Hay muchas cosas que les preocupan.

Herms, sintiéndose dividida entre expresar su furia porque él hubiera hablado con sus padres y la necesidad de conocer sus dificultades, decidió preguntar sobre lo último.

—¿Qué dificultades? —consiguió preguntar con una nota de urgencia en la voz, deseando que la respuesta saliese rápidamente para marcharse. Lejos de aquel hombre del cual ya no quería estar cerca—. ¡Dímelo! —repitió con insistencia mientras él parecía decidido a quedarse con la boca cerrada y seguía mirándola como si fuera un objeto de interés científico.

Draco parpadeó una y otra vez. Como pensando: «¡Eres estupenda cuando te enfadas!»

Agobiada por la frustración, Herms lo miró mientras inclinaba la cabeza.

—Tu padre está a punto de jubilarse. La empresa para la que trabaja le va a quitar la casa cuando se le acabe el contrato. Aparentemente la necesitarán para el jardinero que va a sustituirlo.

—¿Te lo han dicho ellos? —le pregunto ella con un hilo de voz.

Herms se encontraba mal. No podía ser verdad. Hacía seis años que el anciano sir Joseph había vendido su empresa y la propiedad a un consorcio que la había transformado en un centro de conferencias, con campo de golf, piscinas, sauna y la posibilidad de pescar truchas estupendas en el lago. A su padre no le había gustado el cambio. Echaba de menos a sir Joseph y sus debates relajados en torno a un whisky mientras discutían, en el desorden de la oficina, las cuestiones relacionadas con la finca. En uno de los últimos encuentros, el viejo señor le había confesado que había llegado el tiempo de cambiar. Él no quería, pero ya no podía pagar los gastos, estaba cada vez más viejo y no tenía a nadie de la familia que tomara el relevo del negocio. Una situación deprimente, pero real.

A pesar de aquellos acontecimientos, como había dicho su padre, un trabajo era un trabajo. El chalé era su casa y sir Joseph había dicho que se podían quedar. Sin embargo, aquello parecía no haber sido suficiente, en aquel momento, para tener influencia sobre los hombres que dirigían la finca. La familia de Herms no tenía ningún papel legal que les diera el derecho a quedarse a pesar de los años de fidelidad, de servicio, de amistad y de respeto que siempre habían profesado al anciano señor. De repente, la amenaza de ver a sus padres sin casa no le pareció tan sin sentido.

—Primero me lo dijo tu madre —dijo Draco —. Cuando llegué a tu casa, estaba claramente disgustada. Pensé que era porque la habrías llamado para decirle que estabas decidida a romper nuestro matrimonio.

Bajó la mirada penetrante hasta encontrar la suya, las líneas de su cara morena y atractiva eran duras e implacables.

—Pero no estaba angustiada por esa razón. Cuando se lo dije, se derrumbó y se echó a llorar —añadió.

El corazón de Herms se encogió. La angustia hizo que se le formara un nudo en la garganta y tuvo la sensación de que se iba a ahogar. Sus padres pensaban que Draco Malfoy era el mejor hombre del mundo. Seductor, atento, muy rico y un dechado de virtudes. El tipo de marido que ellos habían podido sólo soñar para su hija adorable pero sencilla.

No era una sorpresa que Joan Granger se hubiese quedado devastada por la noticia. Si ella le hubiese podido contar su versión de la historia primero, su madre no se habría quedado tan consternada por la ruptura del matrimonio. Ella se hubiese sentido decepcionada por aquel yerno ideal que había demostrado ser cínico, manipulador y cruel, y se habría puesto de su lado en todo aquel asunto.

—Así que te has plantado en mi casa, sin ser invitado, y la has armado —le ridiculizó ella, odiándole por causar a su madre tal dolor.

Herms se levantó de la silla, su única prioridad era ir a casa de sus padres para contar la oscura historia del por qué Draco se había casado con una mujer tan insignificante como ella. Herms haría lo que fuera para ayudar a sus padres a mudarse, para encontrar otro sitio y luchar en contra de aquellos hombres de negocios. Tenía que existir una ley que los defendiera de esos abusos despiadados.

—Siéntate —dijo Draco —. Si alguien la ha armado, eres tú. Recuérdalo.

—De acuerdo, ya me has dicho por qué mi familia se va a quedar sin techo —dijo Herms con hostilidad—. Pero esto no cambia las cosas. No puedes hacer nada.

—Es verdad —le atajó él suave como la seda—. No puedo hacer nada para que no pierdan el chalé. Cuando el consorcio escogió a tu padre para trabajar, le pidieron que firmara un contrato de trabajo. Lo he visto y he leído lo que dice la letra pequeña, cosa que tu padre no había hecho. Según él, estaba tan feliz de que lo contratasen que lo firmó sin leerlo. Es un contrato irrecusable. De todas formas, ya te he dicho que puedo impedir que se queden sin casa a condición de que complazcas mis deseos.

No lo había olvidado, ¿cómo iba a poder? Pero, como una tonta, había esperado que él lo hiciera. Y ahora tenía que permanecer sentada y escucharlo, intentando olvidarse de cuánto lo había querido y de cómo él se había aprovechado de su amor y había ocultado su cruel plan.

Le resultaba difícil tener que enfrentarse a su masculinidad magnética con el recuerdo abrasador del tiempo compartido por los dos. Se movió incomoda en la silla, mientras un escalofrío le recorría la espina dorsal. Su cara estaba roja. Se sentía rabiosa porque lo deseaba, a pesar de que su mente y su corazón ya lo odiasen.

—Tus padres y tus hermanos ya han hecho algunos planes —dijo Draco, temiendo que aquel color en su cara significara la explosión de otro momento de rabia—. Como no tienen dinero suficiente para comprar ni alquilar otra propiedad, Sam y Ben están pensando en encontrar un alojamiento más barato. Tus padres tienen intención de mudarse a casa de Adam y Annie, a la habitación vacía, mientras esperan un piso barato del Ayuntamiento. No parece una situación esperanzadora, ¿verdad?

Herms se quedó en silencio. Era una situación lamentable. Sus padres no tenían ahorros. Habían utilizado todo su dinero para ayudar a sus hijos. No importaba que su hermano mayor y su esposa les hubiesen ofrecido quedarse en su pequeña casa, la situación seguía siendo complicada. La familia de Adam estaba creciendo y necesitaba más espacio. Su madre, tan acostumbrada a llevar las riendas de la casa, seguramente se sentiría como un estorbo. Sin lugar a dudas, sus padres merecían algo mejor.

Pero Herms no le iba a dar la satisfacción a Draco de estar de acuerdo con él. En nada, nunca jamás.

Draco la miró con el ceño fruncido. El cuerpo de ella transmitía pura rebeldía. Él trasformaría aquella actitud. Había sido ella quien se había lanzado a la batalla, y él no se podía echar atrás frente a tal desafío. Había que enfrentarse y salir ganando. Había llegado el momento de lanzar el ataque final, pensó él, sin hacer caso a la pena por lo que ellos dos habían compartido en el pasado. O mejor dicho, lo que él pensaba habían compartido, recordó con cinismo.

—Cuando llegué, tus hermanos estaban fuera, intentando persuadir al hombre que les arrienda la tierra para que les alquile también la finca de al lado. De esa manera, podrían producir más y ganar más. ¿Me estas escuchando? —pregunto él con un tono irritado.

Herms se encogió de hombros, no le importaba que se enfadase. Se lo merecía. Ella ya había estado al corriente de las intenciones de sus hermanos antes que él. Sus hermanos habían dicho muy a menudo que necesitaban otra tierra de cultivo. Sus productos ecológicos eran muy populares. Podrían vender el doble sin problema. Pero, para conseguirlo, necesitaban más tierra, otro invernadero grande y más horas para trabajar. Como su padre estaba jubilado, podrían ampliar el negocio y dejarle entrar como socio.

Draco, furioso por dentro, se resistió al imperativo de o bien de hacerla reaccionar, o de besarla. Aún mejor, menos doloroso para su orgullo, habría sido someter para siempre aquella rebeldía que nunca había sospechado en ella. Cuando habló otra vez, su voz parecía casi el ronroneo de un gato salvaje a punto de alcanzar a su víctima.

—Han vuelto deprimidos. El granjero les ha dicho que va a vender. Y además parece que arrendar la tierra donde están trabajando ahora podría llegar a ser un problema para el posible comprador. Quizás quiera comprarlo todo, incluida la hacienda.

Paró un segundo de hablar para darle tiempo a que asumiera esta nueva mala noticia.

—La idea que le he propuesto a tu padre y a tus hermanos ha sido ésta: Yo compraré la finca con la hacienda, ellos vivirán allí y trabajarán en su negocio —sonrió un poco—. Decir que ellos aprueban el plan es quedarse corto. Para responder a las constantes muestras de gratitud he tenido que explicarles que, ahora que son parte de mi familia, es un placer y un deber para mí hacer todo lo que pueda para ayudarles. Por supuesto todo depende de que tú decidas seguir siendo mi mujer hasta que yo no cambie de opinión. De esta manera, te asegurarás de que yo continúe tratando tu familia como si fuese la mía, una responsabilidad mía —concluyó con un tono demasiado dulce, que a Herms le puso los pelos de punta.

—¡Es un chantaje! No quiero estar casada contigo. ¡Lo sabes! —dijo con voz débil.

—O lo tomas o lo dejas. Es tu elección.

Totalmente confusa, Herms se puso en pie, masajeándose las sienes con la punta de los dedos. No podía pensar. Utilizó toda su energía para imaginar el alivio de su familia. Ahora mismo su madre estaría pensando en cómo amueblar y decorar la hacienda. La boca de Herms estaba en tensión, ya que la determinación de echar a Draco de su vida estaba a punto de caer en pedazos.

Él se le acercó y, con voz tranquila, le preguntó cuál había sido su elección. Y luego habló con una voz un poco más áspera, como si estuviera incómodo por lo que le iba a decir.

—Y para ayudarte a elegir, tengo que decirte que hace una semana que ingresaron a tu padre en el hospital por un posible infarto.

La vio levantarse de golpe; estaba muy pálida. Le puso las manos encima de los hombros y esa vez le habló con suavidad, disculpándose.

—Lo siento mucho. Debería habértelo dicho de una manera más suave. La buena noticia es que no ha sido nada grave, sólo una especie de aviso, sin ninguna consecuencia. Tiene que tomar la medicación y evitar el estrés para que todo siga bien. Tu madre me ha dicho que estaba a punto de escribirte una carta para informarte sin asustarte excesivamente.

Así, cerca de él, podía percibir toda la fuerza de su virilidad, todo su poder. La noticia de la enfermedad de su padre la destrozó completamente.

—¿Qué elección tengo? ¡Estoy entre la espada y la pared! —exclamó Herms con voz rota.

—Tú has dado el primer paso —le contestó él de forma inexpresiva—. Ahora tienes que decidirte: volver a Grecia como mi esposa o negar a tu familia la oportunidad de empezar una nueva vida. Es duro, ¿verdad? —preguntó con las manos en los bolsillos—. Tienes que renunciar a tus planes de conseguir un divorcio ventajoso o...

—¡A veces eres tan tonto! —dijo Herms con creciente amargura al constatar que él estaba dispuesto a creerse que ella quisiese librarse de él sólo por el dinero que podía conseguir.

Habría podido aclarar aquel asunto rápidamente, pero la verdad era que no le habría proporcionado ninguna satisfacción. Sólo habría perdido lo único que todavía le quedaba. Su orgullo. ¿Qué opción tenía ahora que aquel desgraciado había logrado hábilmente que su familia confiara ciegamente en él? ¿Cómo podía enfrentarse a ellos para decirles que él se había echado atrás en su prometedora oferta? ¿Cómo podía su padre cargar con tanto estrés? No podía hacerlo.

—De acuerdo, lo vamos a hacer como tú quieras. Y así te puedes quedar con todo tu patrimonio. ¿Satisfecho?— dijo ella, intentando no pensar en lo que acaba de aceptar.

Se dio la vuelta sin esperar una respuesta y se dirigió hacia la puerta con la maleta en la mano, aún incapaz de aceptar que él tuviese todo el poder.

—Llévame a casa. Tengo mis llaves, puedo entrar sin despertarlos —comentó.

—Tienes la lamentable tendencia a actuar sin pensar las cosas dos veces. ¿Lo sabías? —le preguntó con tono suave—. Tus padres estarán convencidos de que hemos hecho las paces, por lo tanto sería un poco raro si volvieras a casa, ¿no crees?

«Tiene razón», pensó ella apretando los dientes. Si su familia hubiese sospechado que Draco la estaba chantajeando para que volviese con él, habrían rechazado su generosa oferta. ¿Y cómo podría perjudicar todo aquello la salud de su padre? No podía ni siquiera pensarlo. Temblando, resentida, aceptó que le quitase la chaqueta mientras los ojos de él vagaban por sus generosas curvas. Se hubiese apartado de aquella mirada intensa si sus piernas hubiesen reaccionado.

—Ha sido un día muy largo —dijo él como si fueran una pareja de amantes en armonía perfecta el uno con el otro—. Ahora tenemos que dormir, porque mañana vamos a hablar con tus padres para contarles que nos hemos reconciliado. Y después le haré al granjero una oferta que no pueda rechazar.

Se apartó de ella mientras se quitaba la corbata.

—Puedes utilizar el baño primero —le ofreció él mostrándose magnánimo.

Recogiendo la maleta del suelo, Herms se fue corriendo al baño y cerró la puerta con un golpe. Era un baño pequeño, para nada el tipo al que ella se había acostumbrado en Grecia, con mármol, espejos en la pared y una elegante bañera en la que se podía hasta nadar... pero era un lugar seguro. No sabiendo cómo manejar todas aquellas emociones, se quedó de pie, respirando hondo. Él había preferido quedarse con su primera esposa para tener un heredero, a perder más tiempo buscando otra mujer. Seguramente su orgullo tuviera mucho que ver con todo aquello. ¡Claro que sí! Sólo él podía decidir romper el vínculo matrimonial. Cualquier otra opción habría sido impensable.

Herms tuvo que repetirse que todavía tenía en sus manos la mejor carta. Hasta que ella no se quedara embarazada, y tenía intención de no acercarse a él de ninguna manera, sus planes no se cumplirían. De repente, se sintió mucho mejor, ya que tenía la situación bajo control.

Decidió tomar un baño relajante y renunciar a la ducha rápida, que le había aparecido más apropiada para aquella hora de la noche. Se quedó en el agua hasta que empezó a enfriarse. Había esperado que el baño tuviese un efecto relajante, pero todavía sentía un nudo en el estomago. Había amado muchísimo a Draco, pero aquel amor se había transformado en un ácido que la estaba quemando por dentro.

Oyó a Draco llamar a la puerta pronunciando su nombre. Mientras tanto, otra idea le vino a la cabeza y la dejó horrorizada. Le había dicho que se haría cargo de su familia como si fuese la suya mientras su matrimonio siguiera adelante. Si ella le negaba un hijo, entonces él podría decidir terminar con aquella unión. Pero si le daba un hijo, él optaría por separarse de todas formas, llevándose al niño consigo, utilizando los mejores abogados y las más crueles mentiras para desacreditarla como madre.

Él no se sentiría obligado con su familia. Y sus padres y sus hermanos se quedarían sin tierras y sin casa de un día para otro. Herms estaba en una situación sin salida. Se mordió el labio inferior para no chillar mientras la puerta se abría de golpe.

—¿Por qué no me contestas? —le preguntó él con la mandíbula en tensión—. He pensado que quizás te hubieses mareado y te hubieses hecho daño.

Le lanzó un mirada llena de desdén y, alcanzando una toalla de encima del radiador, la tiró hacia ella.

—Ponte algo —añadió recordándole de repente que estaba completamente desnuda mientras gotas de agua corrían por su sinuoso cuerpo—. Si quisiera aprovecharme de lo que todavía parece estar en oferta, lo haría. Pero no te quedes así, conteniendo la respiración.

Con dedos temblorosos por la humillación, Herms se envolvió torpemente en la toalla y salió de la bañera ayudada por él.

Después, ella se soltó. Quizás pensara que había planeado aquello, ya que antes había reaccionado a sus propuestas sexuales con deseo y placer. ¡Qué horror! Probablemente pensara que ella quería disfrutar de aquel aspecto del matrimonio además del dinero. ¡Cazafortunas y ramera a la vez! Asfixiada por la angustia, se lanzó hacia la habitación y se puso a mirar detenidamente lo que se había transformado en su prisión. Parecía imposible tragarse el orgullo y decirle la verdadera razón por la que le había dejado. Imposible enseñar las heridas abiertas de aquel amor que él había matado, ya que se colocaría en el papel de víctima que seguía sufriendo por una traición tan cruel. Todo en ella se rebelaba contra aquella posibilidad. Que pensara que sólo deseaba una parte de su fortuna si así quería verlo. ¿Que pensara que lo deseaba sexualmente? Ni hablar. En unos segundos, quitó la colcha de la cama, dejándole el edredón y se tumbó a dormir en el suelo mientras pensaba en su sombrío futuro.

Herms estaba intentando no ponerse a llorar mientras él, soltando una risa irónica al verla tumbada allí, se acercó y se puso a dormir en la cómoda cama. ¡Lo único que Herms deseaba en aquel momento era levantarse y darle unas bofetadas! Silencio. A cada minuto el silencio se hacía más insoportable, el suelo más duro y el sueño más difícil de conciliar.

—Tienes que decirme por qué demonios quieres quedarte con una mujer que sólo quiere librarse de ti. ¡No tiene ningún sentido! —grito Herms, incapaz de hacerse a la idea de que él estaba a punto de dormir el sueño del vencedor, que había logrado domar a su mujer hasta dejarla tumbada en el suelo como si fuera una mascota.

Ella sabía la respuesta, pero quería oírla de los labios de él. Y lo único que consiguió fue una respuesta somnolienta, pero con capacidad de helarle la sangre en las venas.

—Eres mi esposa. Seguirás siéndolo hasta que yo diga lo contrario. No hay más que hablar.