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Matrimonio Borrascoso — capítulo 5

Disclaimer: todo lo que reconozcan es propiedad de J.K Rowling

Espero que disfruten el capitulo

CAPÍTULO 4

MIENTRAS el conductor paraba la limusina delante de la estupenda mansión de Malfoy, Herms, se despertó sobresaltada y se dio cuenta de que lo que había pensado que era una cómoda almohada de viaje, en realidad, era el hombro de Draco. Todos sus sentidos estaban atormentados por aquella presencia masculina tan sensual y provocativa. Librándose del abrazo de él con cierta torpeza, Herms se incorporó. La última cosa que conseguía recordar, era su llegada al aeropuerto en el jet privado de Malfoy. Allí los había estado esperando Milo con la limusina. También recordaba el cansancio y, por fin, el sueño reparador en los asientos de piel del coche de lujo.

Él todavía estaba demasiado cerca. Podía sentir cómo la estaba mirando en la suave luz del atardecer. ¿Estaría satisfecho de que su víctima estuviese otra vez atrapada en aquella red de acero? El orgullo imponía a Draco que fuera él quien pusiera fin al matrimonio, no ella. Lo había dicho muy claramente. Herms se precipitó hacia la puerta.

—¿Estás deseando retomar tu lugar de señora de la casa a pesar de que ayer te escaparas con tanta prisa? —le pregunto él con una sonrisa irónica mientras en dos zancadas se le acercaba y la tomaba del brazo con aire posesivo.

—No es divertido —dijo ella con voz cansada y débil, incapaz de librarse de aquella mano—. Sólo quiero irme a la cama a dormir, sola. Ha sido un día muy largo.

«Un día largo y horrible», pensó.

Al despertarse por la mañana de un sueño inquieto, se había quedado sorprendida al descubrir que Draco estaba ya levantado y vestido. Hablaba por teléfono mientras deambulaba por la habitación con largos pasos. Cuando él la había visto despierta, se había quedado mirándola mientras ella, con dificultad, conseguía librarse de la colcha, que se le había enredado en el cuerpo. Luego, había entrado en el baño de la suite y se había agarrado al lavabo por el fuerte dolor de cabeza y las náuseas que había sentido. Había mirado con ojos resignados su propia cara en el espejo. Odiaba admitirlo, pero él lo había ganado todo. ¿Entonces por qué le extrañaba tener náuseas? Se podría divorciar sólo cuando él quisiera. Cuando ella le hubiese dado aquel heredero que necesitaba desesperadamente. Pero aquello no iba a suceder nunca.

Nunca se volvería a acostar con él, nunca jamás. Así que la única cosa que podía hacer era esperar a que él comprendiese aquel mensaje alto y claro. Y por fin ella volvería a ser libre.

¿Y qué les sucedería a sus padres entonces? Al acordarse de la gratitud de su familia hacia Draco cuando él había explicado que seguía con la intención de comprar la tierra y que todo desde aquel momento estaba en las manos de su abogado, Herms se encontró aún peor. No había encontrado la manera de hablar con sus padres para advertirlos de que no podrían quedarse mucho tiempo en la finca a pesar de que su marido había comprado el terreno. No había sabido cómo decirles que tenían que buscar otro lugar más barato y que ella estaba dispuesta a ayudarlos gracias a la asignación que Draco le había dado y que estaba casi intacta. Había pensado que tenía que esperar hasta que su padre se encontrara mejor. Había ayudado su madre a hacer la comida y ella la había mirado con una cierta preocupación.

—Cariño, ¿va todo bien entre Draco y tú? Me he quedado horrorizada cuando me ha dicho que lo habías dejado. Ha sido una mala noticia más entre otras muchas.

—Lo siento, mamá. Ha sido un desencuentro sin más importancia. ¡Ya sabes cómo soy! Voy a volver con él esta misma tarde. No te preocupes por mí. Concéntrate en ti y en que papá esté bien —dijo Herms cruzando los dedos.

Draco, gracias a su actuación en el papel de marido encantador y feliz de haber hecho las paces con su esposa, había conseguido calmar completamente a su familia, pero la había hecho sentir muy mal al ver con qué facilidad podía fingir.

—Tienes que portarte como espero de ti. Con dignidad —dijo Draco en esos momentos, agarrándola aún más fuerte del brazo—. Vamos a cenar como una familia. Tienes media hora para ducharte y cambiarte de ropa. Y luego podrás pedir disculpas e irte.

Él no podía forzarla a sentarse a la mesa iluminada por la suave luz de la lámpara de araña, en el inmenso comedor. Forzarla a aguantar aquel ritual sin fin, las miradas de curiosidad del personal de servicio y sobre todo el desprecio y la desaprobación visibles en la tía Bellatrix. Claro que no podía, se repitió Herms mientras él la llevaba a través del vestíbulo desierto. Aparentemente desierto, hasta que Pansy Parkinson apareció en el pasillo abovedado que conducía a las habitaciones de Bellatrix. Estaba guapa como siempre. Iba vestida de negro y tenía los labios pintados de rojo y entreabiertos en una sonrisa trémula. Su mirada se encontró con la de Draco.

«¿Qué demonios hace ella aquí?» se preguntó Herms furiosa, mientras el cuerpo de Draco se ponía tenso por la sorpresa. Seguro que él no se esperaba de verla allí, pero de ninguna manera se conformaría con tratar a la mujer a la que verdaderamente quería como una huésped cualquiera. Su mano soltó el brazo de Herms y se acercó a Pansy, que alargó los brazos, como si estuviese suplicándole. Le hablo rápidamente en susurros, haciéndole preguntas, con las manos de ella en las suyas. Pansy, con un aire contrito, negó con la cabeza y dijo algo entre dientes. ¡ Herms deseó darle una bofetada! Y como si de repente la otra mujer hubiese oído aquel pensamiento silencioso, se dio la vuelta y advirtió su presencia por primera vez.

—¿Entonces has decidido volver? —le preguntó con ojos maliciosos que contradecían su tono dulce—. Bellatrix me había comentado que te habías ido y que querías el divorcio. He llegado en cuanto he podido... —dijo tragando saliva después de una pausa—. He venido pensando que podía ser útil. ¿Me he equivocado?

—Siento que hayas venido en vano —contestó Herms sin hacer caso a la repentina mirada furiosa de Draco.

Después de aquellas palabras, Pansy se dirigió a las escaleras y se fue con la cabeza bien alta. Por lo menos todo el asunto quedaba al descubierto. Cuando Pansy le había llamado para que fuese a verla, él lo había dejado todo y se había ido para estar a su lado asegurándole que la amaba. Pansy sólo había tenido que tender los brazos y así se había transformado en el centro de su atención. Aquél habría sido un argumento más si hubiese querido explicarle por qué había decidido dejarle. Pero sólo habría podido decírselo si aquella sensación de haber sido traicionada hubiese desaparecido dejando sitio a la indiferencia.

De ninguna manera Herms iba a desvelar su sufrimiento. No le iba a dar la satisfacción de saber cuánto lo había querido. Mientras entraba en el dormitorio principal, que había compartido con el hombre al que había amado más que su propia vida, sintió cómo los labios le temblaban. Las palabras dulces, las caricias... todo había sido mentira. El instinto le aconsejaba recoger todas sus pertenencias y buscar otra habitación. Pero no. No lo haría de ninguna manera. No tenía por qué escaparse y esconderse como si fuese una persona vulgar que no podía aparecer delante de la buena sociedad. No tenía por qué irse de la habitación nupcial. ¡Lo haría él!

Llamó por teléfono al ama de llaves y le ordenó que llevara todas las cosas del señor a otra habitación. Colgó el auricular rápidamente porque no quería escuchar ningún tipo de pregunta y se fue al baño para darse una ducha caliente y relajante mientras sus órdenes eran llevadas a cabo. No había pedido nunca al personal de la casa que hiciera algo para ella. No le gustaba causar problemas. ¿Acaso no había insinuado Bellatrix que su estatus en la casa era ligeramente inferior al de la señora de la limpieza? Estaba claro que aquella primera orden iba a generar reacciones en cadena. Seguro que enfurecería a Draco, quien sentiría herido su orgullo. Él odiaba que todo el personal de la casa estuviese cotilleando detrás de las puertas, hablando de él y de sus asuntos privados. ¿Había actuado ella por rencor? Quizás. Quizás fuera una forma de castigarle por haber besuqueado a aquella mujer justo delante de sus narices. Aquel triste consuelo duró hasta que, envuelta en su toalla, volvió al dormitorio donde el ama de llaves estaba esperándola al lado de la puerta.

—Hola, Anna. ¿Ha terminado usted?

—Kyria Malfoy —dijo la mujer mayor con el ceño fruncido—. Si usted me lo hubiese preguntado por teléfono, le habría dicho que su marido ya ha dado órdenes de mover todas sus pertenencias a otra habitación. Y ya lo hemos hecho. Pero si usted necesita algo más, aquí me tiene.

—Eso era todo, gracias.

Herms se había quedado tan impresionada, que no entendía ni cómo había podido contestar. Una vez más, él había conseguido adelantarse, quitándole su pequeña revancha. Tenía ganas de romper algo, pero en lugar de eso, se puso a secarse el pelo. Furiosa, se puso a reconsiderar sus opciones. Podía quedarse acurrucada encima de la cama y negarse a bajar con Draco cenar. O podía actuar con dignidad y bajar a cenar con ellos para demostrarles que la insignificante «señorita nadie» no tenía intención de pasarse el resto de su vida escondiéndose avergonzada. La figura esbelta de Pansy, vestida elegantemente de negro, le vino a la mente. Por la forma en la que se había comportado parecía que no tenía ninguna intención de marcharse antes de la cena. La suposición de Herms era que aquella mujer se quedaría a cenar con ellos. Así que... Se acercó rápidamente al enorme armario y sacó el vestido rojo brillante que a Draco siempre le había encantado. Aquél era uno de los muchos vestidos de marca que él le había comprado, confiándole, después de que ella se lo hubiera probado en la boutique exclusiva donde lo habían comprado, que era la prenda más sexy que él había visto en su vida. Su voz ronca en aquel momento la había hecho sonrojarse. Había seguido probándose las otras prendas que él había elegido, intentando no mirarlo. Se había sentido totalmente resarcida por las cosas que Pansy le había dicho la noche anterior durante la fiesta en la que ella había sido presentada por primera vez como esposa de Draco. En aquel momento, había vivido en un paraíso hecho para ingenuos.

Se enfundó el vestido. Estaba muy nerviosa. Contempló su imagen en el espejo y la manera en la que la seda se pegaba a su cuerpo, abrazando su cintura. La falda larga y estrecha, que acentuaba la línea femenina de sus caderas, tenía un corte central que, sin vergüenza, mostraba la piel suave de sus largas piernas. Un impulso de cobardía hizo que casi se quitara el vestido apresuradamente para elegir algo más sobrio, pero el recuerdo de cómo se había sentido aquella primera noche de la fiesta la hizo seguir adelante con su primer impulso.

La primera vez que había estado en aquella casa, se había sentido intimidada por el esplendor de la villa y por la idea que la casa de sus padres tenía los mismos metros cuadrados que aquel vestíbulo inmenso. Draco, como si hubiera percibido su inseguridad, la había agarrado por la cintura y le había susurrado en el oído que estuviera tranquila, que nadie la iba a morder.

—Esta es Anna, nuestra ama de llaves —le había dicho Draco señalando a una mujer de pelo canoso—. Habla muy bien inglés. Es a ella a quien puedes comentarle cualquier cambio que te parezca oportuno hacer en las tareas de la casa.

Herms había sabido en aquel momento que nunca iba a tener suficiente coraje como para hacerlo. Había sonreído a todo el personal de la casa, incapaz de retener ningún nombre, preguntándose cómo iba a sobrevivir a una horda de criados cuando ella estaba acostumbrada a hacerlo todo sola.

Pero con la presencia de Draco a su lado, se había sentido capaz de cualquier cosa. Era una mujer casada; el hecho que su marido fuese multimillonario no la había intimidado. Incluso en aquel momento, no podía evitar recordar la determinación con la que Draco la había cortejado, la forma en la que había eliminado sus dudas secretas, la manera en la que la había forzado a admitir que estaba loca por él.

Herms le había llegado a decir a su madre que estaban tan enamorados, que no había ninguna razón para no casarse cuanto antes. Había cedido a la presión de él, inducida a tal decisión por el miedo a perderlo si se negaba a casarse antes de que él volviera a Atenas. Aun así, no había podido evitar sentirse abrumada cuando él la había llevado del brazo a un salón lleno de antigüedades donde había sido presentada a su familia. Y había sufrido la primera humillación por parte de su tía Bellatrix, que nunca la había aceptado.

Alejando aquellos recuerdos de su mente, Herms siguió arreglándose para la cena. Se puso los zapatos más altos que tenía y salió del dormitorio con una sonrisa forzada. Sonrisa que desapareció al acercarse a la puerta entornada del salón y oír a Bellatrix decir:

—¿Por qué no le has pagado lo que quería y te has librado de ella? Habría sido lo mejor.

Sin esperar a oír la contestación, Herms entró y ocupó su sitio a la mesa, enfrente de Draco. Pansy estaba a la izquierda de él. Sus ojos, que miraban con adoración a Draco, se teñían de desprecio cuando la miraban a ella. Ella apenas participó en la conversación de los otros tres.

A su derecha, Bellatrix dijo:

—Voy a pasar el verano en Suiza. Ninguna de mis amistades se queda aquí con el calor que hace —y, dirigiéndose a Pansy, le preguntó—: ¿Y tú, querida, irás con tus padres a Andros? ¿O podré convencerte para que me acompañes?

Fue la primera vez que Herms vio a Pansy desconcertada y pálida. Ésta miró a Draco como pidiendo ayuda, y éste agarró sus manos y replicó:

—Creo que Pansy ha hecho ya planes. ¿No es así?

Pansy asintió con una sonrisa de satisfacción.

—¡Ah, un misterio! —exclamó Bellatrix con una sonrisa ladina.

Herms apretó los labios, sintiéndose humillada. Era obvio que la anciana pensaba que esos planes incluían a Draco. Probablemente, tuviera razón.

No era un secreto que Bellatrix siempre había querido que su sobrino se casara con Pansy, única hija de su mejor amiga y, además, perteneciente a la poderosa familia Parkinson.

Hablaron de temas insustanciales mientras tomaban el postre y el café.

Cuando Draco miró a su esposa por primera vez desde que había entrado, sintió que el calor líquido del deseo lo asaltaba. ¡Pero se había jurado no sucumbir! Seguiría siendo su esposa de nombre solamente hasta que averiguara las razones por las que había pedido el divorcio.

Simplemente con unos trazos de bolígrafo, su mujer había destrozado su vida.

—¿Y tus planes, Draco, cuáles son? —intervino en esos momentos Bellatrix.

—Mi esposa y yo pasaremos el mes en la isla —replicó él. Tal vez allí le fuera más fácil averiguar por qué ella lo había dejado.

Draco se levantó bruscamente y dijo con un tono imperioso.

—Vamos, Pansy, te acompañaré a tu habitación.

Ya hablaría con su mujer por la mañana.

Herms, que no quería estar ni un minuto a solas con Bellatrix, escapó a su dormitorio. Una vez allí, se quitó aquel odioso vestido. Tampoco le había servido de mucho, ¿no? Había sido todo tan obvio... Al menos, él ya no escondía sus verdaderos sentimientos.

¿Creería que ella no sabía que «te acompañaré a tu habitación» era un eufemismo de «acostémonos»?

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