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Matrimonio Borrascoso — capítulo 6

Capítulo 5

HERMS no podía dormirse. Se revolvió en la cama, mientras recordaba la fiesta de aquella noche fatídica. Había tenido que enfrentarse a la alta sociedad griega por la primera vez, puesto que nadie de los amigos de Draco abían asistido a su boda.

Se había puesto un elegante vestido de seda color crema, que su marido le había regalado en los días que habían pasado en Londres de compras. Aun así se había sentido incómoda en medio de toda aquella gente rica y sofisticada. Había soportado todas las preguntas y el examen detallado de su aspecto. En un momento dado, había salido. Tenía un horrible dolor de cabeza y quería estar un poco tranquilla y reconquistar la confianza en sí misma. Había salido a la terraza, donde había encontrado un rincón en la sombra y se había sentado en la barandilla de piedra. Pero su paz había sido efímera, porque Pansy había aparecido de repente llevando un vestido dorado de diseño y unas joyas maravillosas. Por instinto, la mano de Herms se había posado en el collar de zafiro que Draco le había regalado diciéndole que le recordaba sus ojos, aunque ninguna joya hubiese podido competir con la hermosura de su mirada. Había sido un halago delicioso que la había reconfortado. Pansy y ella habían estado en la boca de todo el mundo y Herms lo sabía. Pero él la había elegido a ella, y eso le daba confianza.

—Me parece que hay un refrán en Londres que dice que no está hecha la miel para la boca del asno. ¡Qué acertado para la ocasión! Tienes que aprovechar al máximo estos días. Durarán sólo hasta que le des un hijo. Y cuando tengas barriga, Draco no tendrá que esperar mucho más —había dicho Pansy tras inclinar la cabeza con una sonrisa cruel, ignorando la expresión demudada de Herms —. ¿No me crees? Déjame contarte una historia —continuó con el mismo veneno en la voz—. Erase una vez un rico hombre perdidamente enamorado de una hermosa heredera. Ellos deseaban casarse pero lamentablemente, la mujer, aún muy joven, había sufrido un accidente que la había dejado incapacitada para darle un hijo. Pero aquel hijo era necesario. El hombre no tenía ningún hermano que pudiese tener un heredero. Si hubiese muerto sin un heredero, el patrimonio de su familia habría acabado en manos de un primo lejano o de alguno de sus hijos. ¡Qué dilema!

—¿Qué tiene que ver todo esto conmigo? —había preguntado Herms. Odiaba la expresión cruel de Pansy y la manera en la que la había tratado.

—Descúbrelo tú sola —había contestado Pansy, acercándose y hablando más bajo—. ¿No? Entonces permíteme ayudarte. En su desesperación por casarse, los amantes encontraron una solución. No era demasiado ética, pero todo está permitido en el amor y en la guerra, ¿verdad? —había explicado, encogiéndose de hombros—. Él tenía que buscar una mujer fértil que no supiese nada de sus costumbres y tradiciones. Una mujer de origen humilde, para que no le pudiera crear ningún problema. Después, se casaría con ella, tendría un hijo y pediría el divorcio. Se quedaría con el niño y por fin se casaría con la mujer a la que realmente amaba. ¿Sencillo, no? No hay ninguna razón por la que compadecer a la primera esposa. Si ella no era capaz de ver lo que tenía delante de las narices, si no se había preguntado por qué un hombre así había querido casarse con una chica cualquiera como ella, entonces se merecía cualquier cosa.

—¡Estás loca! — Herms había murmurado estremeciéndose. ¿Había pensado de verdad que se iba a creer que estaba hablando de Draco y de ella? ¿A qué había venido aquel cuento tan horrible? No había podido creerlo. Pansy se había estirado y había proseguido con su monólogo.

—No estoy loca. Sólo soy incapaz de darle un hijo. Si él fuese un empleado de un banco y yo una dependienta en una tienda, no habría ningún problema. Pero dadas las circunstancias, te aconsejo que pienses en lo que te he dicho y que reconsideres tu posición.

Luego, había sonreído con una dulzura que había hecho temblar a Herms y había vuelto al interior de la villa. Herms se había puesto en pie. No había creído ni una sola palabra de aquellas tonterías. Volvería a la fiesta en aquel preciso instante, buscaría a Draco y forzaría a Pansy para que repitiese todo lo que le había contado. ¡Cuánta más gente lo presenciara, mejor!

No había dado dos pasos cuando había aparecido Amanda.

—¡Hola, Herms! Te he buscado por todos los lados. No he tenido ocasión de hablar contigo. Y mañana por la mañana me voy con Cristos a hacer un crucero de seis meses, así que no vamos a tener posibilidad de charlar en mucho tiempo.

Amanda la había abrazado y luego se había quedado mirándola.

—¿Qué te ha pasado? ¿Quién te ha molestado?

Herms le había contado todo, relajándose un poco y olvidándose de Pansy por unos instantes, Amanda y ella había compartido todas sus emociones, sentimientos y miedos desde que eran pequeñas. Cuando Herms había acabado la historia, Amanda había silbado con incredulidad.

—Esa mujer es una víbora. ¡Nunca he oído un sinsentido igual! —había dicho con seguridad—. Está claro que se muere de celos. Siempre ha adorado a Draco, y todo el mundo pensaba que se iban a casar. Pero se ha casado contigo. ¿Sabes? Me lo imaginaba. Cuando volviste a Inglaterra, él no dejó de preguntar cosas sobre ti, tu familia, dónde vivías, todo. Cristos también pensó que estaba locamente enamorado de ti.

¿Le habría preguntado si tenía hermanos? ¿Habría hecho indagaciones sobre la tasa de fertilidad de su familia? Herms se sentía culpable por tener aquellas ideas. Tenía que confesar sus preocupaciones.

—Nunca me lo ha dicho —había afirmado.

—¿Dicho qué? —le había preguntado Amanda frunciendo el ceño.

—Que me quiere.

Aquella idea le había causado cierta preocupación, pero había intentado tranquilizarse. Al fin y al cabo bastaba con que le hubiese pedido casarse con él.

—¿Y qué? —dijo Amanda encogiéndose de hombros—. Escúchame. Draco perdió a sus padres. Su tía Bellatrix lo cuidó. Ella es una persona de sangre fría. Cristos dice que Draco apenas si ha tenido muestras de afecto, así que está claro que le cuesta mucho expresar sus sentimientos. Pero se ha casado contigo, ¿verdad? Sigue mi consejo, cariño. No le digas nada. Draco odia estas escenas. Yo, si fuera tú, no hablaría de lo que ha pasado. Os habéis casado hace poco, tenéis todavía que descubrir mucho el uno del otro. Esto sólo le haría pensar que no confías en él, aunque tú digas que no te has creído ni media palabra. La confianza en un matrimonio es fundamental, especialmente cuando estás casada con un hombre de tanto carácter... lo sé por experiencia. Cuéntaselo dentro de dos años para que él pueda tachar el nombre de Pansy de la lista de personas a las que envía postales de Navidad. Ahora vamos a la fiesta, has estado fuera demasiado tiempo.

—Entonces ¿adónde me llevas?

Aquéllas eran las primeras palabras de Herms desde que habían subido a bordo del helicóptero hacía veinte minutos. Detestaba a Draco por lo que le estaba haciendo. Le odiaba con una intensidad que la asustaba; ella que no había odiado a nadie en su vida. Había pasado una semana desde que habían vuelto a Atenas y Draco había estado de viaje hasta la noche anterior. La había dejado sola con Bellatrix, que no la quería allí.

El primer día, el ama de llaves la había informado de que Draco e Pansy se habían marchado a primera hora y le había transmitido el mensaje de que mientras él no estuviera Kyria Malfoy tenía que pensar en sus padres. El mensaje le había llegado muy claramente a Herms, aunque Anna no lo hubiese comprendido. Si se fugaba otra vez, sus padres se quedarían sin granja. Ella tenía que haberlos avisado para que renunciaran a su nueva casa y al negocio. Pero no iba a hacerlo hasta que su padre pudiese enfrentarse a una situación tan estresante. Las llamadas cotidianas a su madre habían confirmado que su padre estaba todavía convaleciente y que se cansaba rápidamente. Él estaba deseando mudarse a vivir a la granja.

—Vamos a pasar unas semanas en mi isla privada —contestó Draco mientras ella se revolvía en su asiento.

Herms no hizo ningún comentario. No le había sorprendido que él fuese el dueño de una isla así como no se había sorprendido de que se fuese con Pansy Parkinson

¿Qué habrían hecho la semana anterior, juntos? ¿Habrían debatido cómo tratar a aquella esposa difícil que no tenía ninguna intención de darle un heredero? ¿Tendrían un plan de acción? ¿Utilizaría Draco todo su magnetismo para llevarla otra vez a la cama y dejarla embarazada? ¿Era aquella la razón por la que había vuelto triste y agotado de su viaje con Pansy?

Quizás Draco intentase volver a conquistarla, pero no lo conseguiría.

Aterrizaron frente a una mansión y Herms empezó a sentirse algo ansiosa al ver a un hombre y una mujer que se les acercaban. Herms no había visto ningún pueblo ni un puerto, sólo una desierta línea de costa, colinas verdes y algunos arroyos de color plata que desembocaban en el mar azul. Estaba aterrorizada ante la idea de quedarse a sola con él. Sobre todo porque sabía que él tenía el poder de volverla loca de deseo. La aparición de la pareja representó un gran alivio. Por lo menos Draco y ella no iban a estar completamente solos. Aquella sensación de alivio no duró mucho.

—Yiannis y Xanthe se ocupan de mi casa. A cambio tienen su propia casa y una pequeña granja en el otro lado de la isla. Te advierto que no hablan ni una palabra de inglés. Así que si estabas pensando en pedirles que te ayuden a huir, tienes que renunciar a la idea —le dijo Draco en un tono glacial.

Luego se dio la vuelta y habló afectuosamente con los dos empleados en su propio idioma. Su sonrisa le recordaba aquellos días felices que habían compartido, pero no olvidaba su rabia por cómo la había utilizado para sus fines.

Estaba claro que Yiannis y su mujer sentían una adoración incondicional por Draco Malfoy. Pero no podía echarles la culpa. ¿No había caído ella misma rendida ante sus encantos?

Draco hizo las presentaciones pertinentes y Herms empezó a sentirse un poco molesta por no entender ni una palabra de lo que ellos le decían. Después, recogieron el equipaje y lo llevaron hasta la puerta principal. Se acercó a Draco, quien estaba intercambiando algunas palabras con el piloto de la empresa. Hacía mucho calor. Los vaqueros y la camiseta estaban pegados a su cuerpo y el pelo le caía sobre la frente y la nuca.

Herms tenía el corazón en un puño. No tenía ni idea de por qué Draco la había llevado hasta aquel lugar tan aislado, pero sabía que, fuese cual fuese la razón, no le iba a gustar.

—Puedes darte una ducha si quieres —dijo él mientras se le acercaba.

Draco parecía a gusto con sus pantalones cortos y la camiseta de algodón gris. Ella tenía calor, estaba sudada. Además, estaba enfadada por sus comentarios.

—¿Me vas a explicar por qué estamos aquí? —preguntó bruscamente.

—La gente piensa que por fin estamos disfrutando de nuestra luna de miel —contestó Draco bruscamente después de algunos instantes de silencio.

Había trabajado día y noche para poder sorprenderla con una luna de miel de tres meses y llevarla a cualquier sitio que le hubiese apetecido. El divorcio había sido el último de sus deseos.

La dura réplica que Herms pensaba hacerle murió en sus labios. El rostro de él delataba su tensión.

¿Acaso Draco odiaba aquella situación tanto como ella? ¿Se habría arrepentido de su plan de dejarla embarazada para obtener así el heredero que tanto necesitaba? Para él un heredero era indispensable. A lo largo del noviazgo, le había hablado de su deseo de fundar una familia y ella le había contestado con un entusiasmo que en aquel momento le horrorizaba. ¿Por qué aquel afán por ser padre? Quizás tuviese un deseo fuerte de construir una familia porque no la había tenido. No había tenido que ser fácil perder sus padres y vivir con su tía Bellatrix. Por lo que Cristos le había dicho a Amanda, su tía nunca había tenido gestos cariñosos ni de ternura hacia él.

Herms se quedó callada mientras él la conducía por la casa. Había un contraste enorme entre el frescor de las habitaciones y el calor de fuera. Caminaron por amplios pasillos hasta llegar al dormitorio principal. Xanthe había deshecho las maletas y estaba poniendo las cosas en el armario. Estaba muy alegre. Sonreía y hablaba mucho mientras preparaba la habitación.

Herms esperó hasta que Xanthe salió para hablar.

—Sé que tenemos que hablar del divorcio —dijo Herms.

Bajo la mirada de Draco sintió que se sonrojaba, pero decidió seguir a pesar de su aparente indiferencia. Se sentía como un empleado que estuviese pidiendo a su jefe un injustificado aumento de salario.

—Pero no había ninguna necesitad de organizar esta farsa —añadió.

—Es verdad, podríamos habernos quedado en Atenas para hablar del divorcio, si es que hubiera alguna opción de conseguirlo ahora.

Una y otra vez él había negado aquella opción. Sus palabras le daban miedo. Draco le concedería el divorcio sólo cuando le viniera bien. En cuanto le hubiese dado un heredero. Y luego le quitaría al niño diciendo que era una mala madre y una esposa incapaz. Sus padres y sus hermanos perderían la granja y su negocio. El no tendría ningún escrúpulo en quitárselo todo cuando ya no la necesitara. Toda la ternura y la compasión que había sentido hacia él desaparecieron. Draco abrió una de aquellas ventanas enormes y luego se dio la vuelta para mirarla. Tenía las manos en los bolsillos y los pantalones se ajustaban a sus caderas.

—Tienes que explicarme por qué quieres el divorcio —dijo él mientras le chispeaban los ojos.

—¡Porque no quiero estar casada contigo! —le contestó ella poniéndose roja—. ¡Pensé que ya te habría quedado claro!

—No estoy demasiado seguro. Pienso que en realidad no sabes lo que quieres.

Se acercó. El magnetismo de sus ojos acaramelados la estaba inmovilizando.

—Pienso que...

Se le ocurrió que tal vez habría dudado cuando lo dejó. Por un lado, quería quedarse con el dinero, pero por otro... de repente, se le ocurrió que quizás Herms no quisiera renunciar a una vida sexual tan satisfactoria. Quizás le estuviera provocando en aquel momento. Los labios entreabiertos, la intensa mirada y la camiseta pegada a aquellos pechos maravillosos... ¡Dios! No tenía que pensar en aquellas cosas. ¡Aquella bruja parecía capaz de excitarle aunque él no quisiese! Mientras intentaba pensar en otra cosa sus ojos se cruzaron con la mirada de ella.

—Eras virgen cuando nos conocimos. Tener sexo conmigo te ha abierto a nuevas sensaciones. Siempre has estado dispuesta a disfrutar.

Herms tuvo que sujetarse las manos para no golpearlo.

—¿Estás intentando decirme algo? —preguntó odiándolo por hacerla sentir como una especie de ninfómana.

—Sólo intento describir lo que ha pasado. Los hechos. Ya que te niegas a decirme la razón por la que te fuiste y me abandonaste. Te has casado conmigo. ¿Por qué? ¿Por el tipo de vida que te ofrecía? ¿O fue por el sexo?

Sintiéndose humillada, Herms no pudo decir ni una palabra en su defensa. ¡Cazafortunas y también ninfómana!

—¿Acaso has pronunciado tus votos pensando en el divorcio? Así que querías conseguir una renta suficiente para vivir con lujo. Y luego, cuando llegó el tiempo de cortar, te has dado cuenta de que estabas a punto de perder la otra cosa importante que te ofrecía esta relación: el sexo.

—¡Estás enfermo! —gritó Herms enfurecida.

¿Cómo podía hacerle eso? ¿Por qué no intentaba seducirla y convencerla de que su matrimonio todavía tenía salvación? Sintió que las lágrimas le inundaban los ojos y que estaba perdiendo fuerza. ¿Acaso quería, en el fondo de su corazón, que Draco estuviese intentando convencerla? Lo miró y luchó contra aquel deseo. No, no podía ser, no era verdad. ¿Cómo podía desear algo así?

—Y todavía me deseas —susurró Draco mientras le miraba los labios.

Herms sentía sus pezones turgentes rozar la camiseta mojada de sudor. Era una sensación muy familiar que ahora rechazaba con todo su ser.

—Si hubiese querido seguir compartiendo tu cama y viviendo con lujo no me habría ido, ¿no? ¡Estás diciendo tonterías!

—¿Eso crees? —le preguntó él con ironía mientras se acercaba y la atraía con su virilidad poderosa—. Por favor, corrígeme si me equivoco. Si realmente hubieses querido acabar con nuestro matrimonio, te habrías ido donde fuera más difícil encontrarte. A un sitio menos obvio, ¿no crees?

Herms se quedó helada. Nunca había considerado las cosas desde aquel punto de vista. Aquella le parecía una deducción ridícula, pero no había tenido en cuenta que el orgullo de Draco le empujaría a seguirla para pedirle explicaciones. Sólo había pensado en el apoyo y el calor de su familia, de la gente que la quería. Para él había sido muy fácil encontrarla. Hasta el punto de que Draco había llegado a Inglaterra antes que ella.

—Creo que tu parte más racional desea seguir siendo mi esposa. Estoy seguro de que prefieres una vida lujosa a la inseguridad de un acuerdo negociado con los abogados. ¡Ah, y acuérdate del sexo! ¿Cómo podrías satisfacer tus apetitos sin mí?

—¡No! —murmuró Herms casi sin voz. Nunca habría podido imaginar las cosas que él estaría dispuesto a decir para justificar su degradante conducta.

—Sí, Herms, todavía deseas el placer que te puedo dar —dijo con una sonrisa sensual—. ¿Quieres ponerme a prueba?

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