Matrimonio Borrascoso — capítulo 7
CAPÍTULO 6
Herms lo miró con los labios entreabiertos y el corazón le dio un vuelco en el pecho.
—No... —dijo con la voz rota por la emoción mientras Draco se acercó para abrazarla. La sangre le corría rápidamente por las venas mientras intentaba alejarse de él y mantener aquel cuerpo masculino a una cierta distancia.
Sólo así podía resistir el impulso de dejarse llevar por su propia debilidad. Pero, sin casi darse cuenta de lo que estaba pasando, Herms se abandonó al torrente de sensaciones placenteras que se estaba desatando en su interior.
—Ves como sí —la corrigió Draco lleno de confianza en sí mismo.
Inclinó la cabeza y la besó con maestría, abriéndose camino con la lengua sin ninguna dificultad. Ella le devolvió aquel beso con un deseo y una voracidad inesperada. Con las defensas neutralizadas por aquellas sensaciones eróticas, Herms no se resistió cuando las manos de él le agarraron las caderas y la empujaron contra su virilidad. En aquel momento, el recuerdo de cómo él se había ido para estar al lado de la mujer a la que en realidad amaba se borró de la mente de Herms, quien se había transformado en víctima de una excitación sensual completamente irracional.
Así había sido desde la primera vez. Siempre. La intensidad con la que Draco le hacía el amor aquietaba todos sus miedos e inseguridades, a pesar de la presencia constante de Pansy en la casa o de los comentarios malévolos de Bellatirx.
—Esto es lo que tendría que ocurrir entre nosotros... ¿no crees? —preguntó Draco.
Respiró profundamente mientras la hacía ir hacia la enorme cama. Su boca experta y sensual rozó otra vez la de ella.
—Sí, sólo puede ser así —continuó con una sonrisa satisfecha.
Draco parecía demasiado consciente de cómo el deseo se estaba apoderando de Herms. La parte de ella que todavía intentaba resistirse se hacía a cada instante más débil y parecía evaporarse con el roce de las manos de él contra su cuerpo. Aquellas manos siempre habían tenido el poder de inspirarle un falso sentido de seguridad. Intentó luchar, pero era imposible. Las manos de él se insinuaron debajo de la camiseta y le acariciaron suavemente los pezones erectos.
Draco sabía perfectamente lo que le estaba haciendo, había aprendido hacía mucho cómo seducir su cuerpo. Utilizaba tácticas desleales, jugaba sucio... esos fueron los últimos pensamientos coherentes de Herms antes de abandonarse completamente. Él la tumbó en la cama y la libró por fin de las sandalias y de la camiseta con un solo movimiento. Incapaz de pensar en nada que no fuese aquel calor que había invadido su cuerpo, Herms le ayudó a quitarle los vaqueros y las bragas de seda. Ahora Herms estaba completamente desnuda bajo la mirada excitada e incandescente de él.
—Eres guapísima —murmuró mientras le besaba el cuello y bajaba hacia sus piernas.
Herms lo agarró por los hombros cuando la mano de Draco le acarició el punto más cálido de su ser. Herms gimió e, incapaz de resistirse a aquellas caricias sensuales, estuvo a punto de gritar su nombre.
—Y tan apasionada...
Herms se dio cuenta que Draco se había puesto de pie y de que la estaba mirando con ojos fríos y lejanos.
—Has vuelto sólo por el sexo —dijo él con frialdad—. Lo siento, pequeña. Pero, a pesar de mi intenso deseo por ti y de todo lo que puedas hacer para seducirme, tengo que resistirme a la tentación hasta que no me digas por qué te has ido. Por qué razón has abandonado un matrimonio feliz y me has pedido el divorcio. Hasta que no me lo digas, no vas a satisfacer tu deseo. Estoy dispuesto a contenerme.
Herms no podía entender lo que había pasado. Estaba sola en la habitación, Draco se había ido dejándola allí desnuda, con el corazón latiéndole salvajemente en el pecho. Él había comentado algo más acerca de la comida y de otros asuntos prácticos, pero Herms no había sido capaz de registrar nada más. Estaba en completo estado de shock.
En el instante en que él había salido de la habitación, Herms se levantó y con gran esfuerzo recogió sus cosas del suelo. Se vistió rápidamente y salió corriendo del dormitorio y de la villa. Tenía que escaparse de él, de la humillación y de la repugnancia que aquella situación le había generado. No sabía cómo enfrentarse a ello. Draco había sido tan cruel... ¿Cómo lo había podido permitir? ¿Cómo había podido olvidarse de sus planes y de cómo él pensaba utilizarla? ¿Cómo había podido ofrecerle así su cuerpo?
Se sentía como la mujer ingenua que hacía tiempo lo había amado... que todavía lo amaba. Se le cerró la garganta mientras intentaba echar aquella idea desagradable de la cabeza. ¿Cómo podía estar enamorada de un hombre que tenía tan baja opinión de ella? Parecía estar convencido de que ella estaba dispuesta a todo para conseguir una pequeña parte de su fortuna. Y no había dejado de amenazarla para forzarla a volver y para que ella retomase sus obligaciones como yegua de cría.
Herms frunció el ceño, se limpió la cara con la mano y tuvo que admitir que había algo un poco raro en todo aquel asunto. El habría podido simplemente hacerle el amor. Si de verdad sólo la quería como madre de alquiler, ¿por qué razón se había echado atrás cuando estaba a punto de conseguir lo que más deseaba? ¿Acaso había sido sólo una muestra de poder, para demostrarle que podía seducirla en cualquier momento? ¿O para humillarla y castigarla por haberlo dejado? Draco Malfoy era un hombre que no sabía lo que significaba ser rechazado. Un hombre que estaba acostumbrado a tener control sobre todo, en todas las situaciones. ¿Qué otra cosa podía pensar?
El sol lucía ardientemente en el cielo azul y ella no podía pensar con claridad. El mar de tonos verdes y azules brillaba irresistible bajo la luz del mediodía. Herms necesitaba un sitio escondido donde poder relajarse y darse un baño en aquellas frescas aguas. No le apetecía bañarse cerca de la villa, necesitaba olvidarse de la reciente humillación y un poco de soledad. En los últimos tres meses de matrimonio, había perdido su espíritu independiente, abandonándose completamente a la pasión. Tenía que reencontrarse. Se alejó aún más de la villa y cruzó un campo de olivos. Se sentó en una pradera desde donde podía admirar el maravilloso paisaje. Tenía que reconquistar su seguridad y encontrar la calma necesaria para enfrentarse a él. Tenía que contarle por fin la verdad y luego acabar con aquella farsa que había sido su matrimonio. Había intentado hablar con él de lo que le había dicho Pansy muchísimas veces en aquellos tres meses. Pero nunca había podido hacerlo, quizás por miedo a que lo que Pansy le había dicho fuera verdad. Pero había llegado el momento de hacerlo. Miró otra vez el agua de aquel mar hermoso y decidió que un buen baño le sentaría bien. Sólo así, gracias al agua azul, lavaría el recuerdo de las caricias de Draco todavía presentes en su cuerpo. Con paso vacilante, Herms se acercó al borde del acantilado y decidió bajar por las rocas para lanzarse al agua cristalina.
Draco no sabía cómo había podido resistirse a la tentación. Estaba preparando una comida ligera para los dos y el cuerpo todavía le dolía por el deseo contenido. Herms había sido la única mujer que había sabido despertar en él tal pasión y lo había llevado hasta las puertas del paraíso y más allá.
Era una verdadera locura. Herms lo había abandonado; le había pedido el divorcio. Tenía que controlar la lujuria y descubrir por qué razón se había ido. Hasta que no lo lograra no estaría en paz consigo mismo.
¿Habría sido por dinero? La idea le daba asco. Él había sido el objetivo de demasiadas cazafortunas sin escrúpulos y no podía tolerar la idea de haber por fin caído en la trampa. Pero aquella parecía ser la única explicación con cierto sentido.
Cuando no le había dejado ninguna otra opción, Herms había tenido que volver con él y aceptar los beneficios materiales de aquella unión. Y seguramente habría querido volver a disfrutar de un sexo fantástico. Lo acababa de probar, ¿no? Llevó la bandeja a la habitación y se sorprendió al no encontrar ni rastro de Herms, ni en la ducha ni en la terraza. Dejó la bandeja encima de una mesita blanca y, con un silbido de impaciencia, se puso a buscarla en todas las demás habitaciones de la villa.
¿Acaso se había escondido para que él no viera lo frustrada que estaba? Herms había desaparecido. No estaba en ninguna habitación de la villa, ni en la piscina ni en la zona del viñedo. Encima de las escaleras que llevaban a la playa más cercana, empezó a encontrarse algo ansioso. No podía haber ido lejos. La isla sólo media unas cinco millas por tres, pero el sol del mediodía era atroz. Con pasos rápidos se acercó a la zona más alta. Casi corriendo, Draco siguió el camino que probablemente Herms había elegido:
Una insolación podía ser fatal para alguien que no estuviese acostumbrado al clima de aquella latitud. Con todo el cuerpo en tensión, Draco maldijo su estupidez. ¿Qué pasaría si Herms de verdad quería separarse porque ya no estaba enamorada?
Él tenía que haberle hecho algo horrible sin darse cuenta. Pero entonces ¿por qué todavía deseaba hacer el amor con él? No, no deseaba hacer el amor, sólo se trataba de sexo, pensó él con desdén. Lo había averiguado en la cama aquel mismo día y la verdad no le había gustado nada.. Había forzado Herms a compartir con él aquel viaje a una isla muy pequeña.
Se sentía culpable. Para poder averiguar la verdad había tenido que romper su código de honor personal. En aquel momento, la vio. Estaba demasiado cerca del borde del acantilado. El ruido de los pasos de Draco la forzaron a darse la vuelta y a acercarse al borde. Mientras él se le acercaba, Herms se desmayó. En unos instantes, Draco estaba a su lado, sosteniéndola e intentando buscar socorro simultáneamente. Herms tenía la cara pálida y la piel de alrededor de los ojos parecía más oscura. Draco sacó el teléfono del bolsillo de los vaqueros e hizo dos llamadas. Luego, con Herms en los brazos, se dirigió otra vez hacia la villa y, en aquel momento, decidió que en cuanto Herms se recuperara se sentarían otra vez a hablar como dos adultos. No podían seguir así, chantajeándose, jugando el uno con el otro. Cuando llegaron al olivar, ella abrió los ojos.
—Estás bien, no te preocupes —le dijo Draco con el corazón más ligero—. Te has desmayado, pero ahora vamos a volver y en breve va a llegar el doctor Papantoniou y se hará cargo de todo.
—No necesito a un médico. Suéltame. Puedo caminar sola.
Herms intentó ponerse de pie, pero los brazos de él la estrecharon aún más fuerte. No podía tolerarlo. No deseaba la presencia de su cuerpo tan cerca. No quería que él se sintiese obligado a ser cariñoso con ella sólo porque se hubiera desmayado a sus pies.
—Me he desmayado, pero no es tan grave —murmuró—. No quiero que me vea un médico. No he desayunado, ¡eso es lo que ha pasado!
—Tranquilízate, por favor, ¿puedes hacer por una sola vez lo que te pido?
Herms se quedó tranquila en sus brazos mientras cruzaban el pasillo de la villa y llegaban a la habitación que había sido el escenario de su tremenda humillación. Cuando él intentó quitarle la ropa, Herms se puso firme.
—No, ¡eso lo puedo hacer yo! No pienso ponerme un camisón para poder justificar el hecho de haber llamado al médico sin razón. Tendrás que esperarlo fuera y explicarle lo que ha pasado. No tengo ninguna intención de recibirle —dijo con voz aguda mientras le golpeaba y se ponía de pie.
Draco dio un paso hacia atrás, pero no se fue de la habitación. Parecía divertido. Herms se fue a la ducha y Draco la siguió.
Herms no podía dejar de pensar en la mirada seductora de Draco mientras se empezaba a duchar y tampoco podía hacer nada para controlar la rabia que aquella situación le había generado. ¡Maldito fuera! Lo odiaba. No quería sentirse así, era la última cosa que necesitaba en aquel momento. Gracias a Dios, el ruido de un motor de coche que se acercaba consiguió distraerla. Escuchó cómo Draco caminaba por la habitación antes de ir a recibir al médico.
—Dile que no me pasa nada, estoy bien. Y que lo siento por haberle hecho perder el tiempo.
—Sí, tienes mejor cara, pero... —contestó Draco con tono seco.
A pesar de todo, una sonrisa había aparecido en sus labios mientras había cerrado la puerta del baño. Estaba intentando otra vez hacerla sentir un poco tonta, como para vengarse del hecho de que se hubiese ido sin decirle nada. La idea que él pudiese estar realmente preocupado por ella se insinuó en aquellas reflexiones. No podía ser; a él no le importaba nada que se encontrara mal. Su única preocupación era el hijo que ella le podía dar. No podía olvidarse de la mujer a la que él realmente amaba y por la que estaba dispuesto a concebir un heredero con otra. Sólo tenía que deshacerse del matrimonio y de su esposa para poder por fin casarse con su verdadero amor. Herms no quería que el médico la viera tumbada en la cama como si estuviese enferma. Sacó unas bragas de cajón, un vestido de algodón de color hueso y se vistió rápidamente. Luego se sentó en el sillón al lado de la ventana y se puso a leer una revista de moda que había encontrado en la mesita de noche.
Cuando el médico entró en la habitación, Herms parecía completamente absorta en la lectura. El doctor Papantoniou era un hombre muy flaco, alto y con canas en el pelo oscuro. Le pidió que se tumbara en la cama. Herms se sintió incómoda porque Draco seguía con un gesto amenazador.
—¡Le felicito! Su mujer va a dar a la luz a un bebé en unos siete meses —dijo Papantoniou dirigiendo la mirada hacia la cara sorprendida de Herms —. Usted está en perfecta forma, kyria. Le tengo que prohibir los paseos al mediodía por el calor, pero puede hacer ejercicio en las horas más frescas y debe comer bien. ¡Será un embarazo feliz!
Luego, se dio la vuelta y encontró la cara sorprendida de Draco.
—Os visitaré de nuevo en Atenas para informaros de las pruebas necesarias y para recomendaros al mejor ginecólogo. Parece que no vais a tener ningún problema, pero estoy seguro de que tú querrás lo mejor para tu esposa y para el futuro bebé —añadió el médico.