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Juro Solemnemente que... Somos Merodeadoras — capítulo 5

Era una bonita mañana de septiembre, mejor dicho, la primera mañana de septiembre, en ese  momento muchos niños y niñas que poseen el don de la magia están emocionados, era el día de partir a la mejor escuela de magia del mundo: Hogwarts. A las nueve de la mañana nuestras gemelas protagonistas estaban todavía en sus camas, debajo de las mantas y con un sueño muy profundo, en ese momento si un terremoto ocurriera las gemelas no despertarían.  Pero su querida madre no era un terremoto, era peor que eso.

Cuando Eileen, la madre de las chicas, se casó de llamarlas, subió por las escaleras hacia la habitación  de las chicas, era la habitación preferida de las gemelas en toda su casa, era su santuario, el único lugar donde podían estar en calma. Aunque la habitación estaba decorada por Eileen, la habitación era hermosa, su madre tenía un don para decorar, las paredes eran de un color marrón claro y el suelo era de madera oscura, había una gran cama de matrimonio en medio de la sala, allí dormían las dos hermanas, encima de la cama había dos cojines marrones chocolate y en esa pared estaba pintado en color sus nombres, Abie y Diane.

En la habitación también había dos escritorios y dos armarios, además en la pared había un tablón de madera, allí estaba un folio que ponía Hogwarts con letras alegres, esto era cortesía de By, además también caritas sonrientes por todo el folio, esto era de Dy, el tablón estaba listo para llenarlo de miles de recuerdos de Hogwarts.

La madre de las gemelas llegó a la puerta, allí pasó sin llamar y levantó las persianas y abrió las ventanas, los rayos de sol eran potentes, tanto que pudieron despertar a By, pero Dy ni se inmutó. Su madre enfadada le gritó a Dy en la oreja, esta se levantó sobresaltada pero enseguida sonrió, era la hora de Hogwarts, el día importante, el día de irse lejos a estudiar y divertirse.

Se vistieron iguales como siempre, esta vez llevaban unos vaqueros grises, una sudadera lila y unas zapatillas converse lilas. Bajaron las dos a desayunar, todavía iban un poco dormidas pero no les importaba, la ilusión estaba en sus caras, era el gran día de todo estudiante. Desayunaron rápidamente ya que como Dy no se despertaba si no iban rápido llegarían tarde.

Los padres de las gemelas estaban tristes, se iban a ir sus bebés lejos de ellos, eran sus niñitas y ahora se iban a ir a un internado, lejos de donde ahora vivían. Las niñas ya iban con sus baúles en la mano, iban muy ilusionadas. Fueron corriendo a por sus mascotas, Abie tenía un gatito, Simba, el mimado de las dos, y Dy tenía una lechuza, Tizona, era muy veloz y bonita, una vez listas se subieron al aparato muggle llamado coche, ese aparato tan preciado por su padre, un solo arañazo en él y su ira se desataba. Según Dy era una cosa estúpida ya que ese cachivache se les iba a romper enseguida, pero su padre insistía que no tocaran el coche para nada, y como ellas eran tan obedientes, más de una vez lo habían cogido.

Todos dentro del coche fueron camino a la estación King Cross, una vez llegaron fueron a por los boletos para el tren y a cruzar el muro, las gemelas fueron a cruzar juntas, no podían dejar de pensar que se iban a dar contra el muro pero ellas siguieron, tenían que llegar a Hogwarts si o si, querían llegar ya, el problema era que el muro se le acercaba lentamente y ellas pensaban que se iban a pegar contra él. Traspasaron el muro y no se pegaron con nada, ¡estaban en la estación 9 ¾! Pronto irían a Hogwarts, ya quedaba menos.

Nada más entrar lo vieron, el Expresso de Hogwarts, este era un tren enorme, de color rojo escarlata y en letras doradas estaba el nombre de dicho tren. Era un sueño para las niñas ir a Hogwarts, toda su vida escuchando lo genial que era y ahora iban a estar allí enseguida.

Miraron hacia todos los lados, había millones de magos y brujas de diferentes edades, unos iban a Hogwarts y otros eran los familiares de los próximos estudiantes del colegio. El tren sonó, ya era la hora. Sus padres rápidamente les abrazaron muy fuerte y con lágrimas en los ojos les dieron un beso en la mejilla a cada una, su padre cogió los baúles y los metió en un compartimento vacío perfecto para sus niñas, entonces las hermanas subieron y fueron directas al compartimento. Sacaron la cabeza por la ventana y dijeron adiós a sus padres, a esas personas que les habían apoyado desde que nacieron y ahora esas personas que les veían partir hacia el mejor internado del mundo.

El tren volvió a sonar y entonces todos los futuros estudiantes subieron a este, el tren iba a irse, salieron a la puerta a ver a todos los estudiantes subir y luego volvieron rápidamente al compartimento a decirles adiós a sus padres, era el momento de despedirse, el tren salió, ya no se veía la estación, ahora solamente se veía mucho verde, las gemelas volvieron a sentarse en su sitio, una al lado de la otra. De repente se abrió la puerta del compartimento y por él entraron dos personas.