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Historia 143311 — capítulo 9

9. Como dos extraños.

¡Tranquilízate, Ron! -exclamó Ginny, interviniendo por vez primera en la pelea-. Ya te dije que Malfoy no me besó. ¡Yo lo besé!

-Pero, ¿por qué? -inquirió Harry, parecía un poco contrariado. Sujetaba suavemente a Hermione, pero sus ojos no se apartaban de la pelirroja.

¿Por qué? -repitió Ginny, soltando una risotada irónica-. ¿Y a ti qué te interesa?

-Mira, Malfoy -dijo Ron, obviando los comentarios-. La próxima vez que te acerques a mi hermana, voy a meterte en una bolsa, golpearte hasta el cansancio y luego, ¡te mandaré a la China para no verte nunca más!

-No te preocupes, Weasley -contestó Draco, con media sonrisa, a pesar que no lograba aún respirar bien y debía evitar que los puñetazos de Ron le dieran en la cara-. No tengo ninguna intención de tocar a la pobretona de tu hermana…

Y eso fue la gota que colmó el vaso. Ron comenzó a golpearlo con más fuerza y Hermione debió zafarse de las manos de Harry para intentar separarlos. En eso, el puño del pelirrojo se equivocó de dirección y fue a parar al rostro de Hermione.

Escuchó un grito ahogado (quizás de Parvati o tal vez de Ginny), Harry maldiciendo, Ron disculpándose… y luego, todo negro.


¡Lo lamento! ¡Lo lamento! -escuchó ella a penas fue capaz de abrir los ojos. Al principio, las imágenes eran terriblemente borrosas. La luz amarillenta de las velas la cegó, como si proviniera de un poderoso faro, y la obligó a confundir a las personas que la rodeaban con figuras lumínicas de otro mundo. Parpadeó, entonces, varias veces para acostumbrarse al ambiente y se encontró con un Ron Weasley sumamente apenado, un Harry Potter de rostro preocupado y una Ginny Weasley también alarmada.

-¿Estás bien, Hermy? -indagó Harry, sosteniéndole la mano.

-Estaré bien si dejas de llamarme así -respondió Hermione. El chico de cabello azabache sonrió, suspirando del alivio-. ¿Es muy estúpido si pregunto qué sucedió?

-Bueno, yo… -Ron se rascó nerviosamente la cabeza mientras intentaba explicarlo-. Verás. Es muy gracioso en realidad. Nosotros…

-En vez de pegarle a Malfoy, te pegó a ti -respondió Ginny, sin rodeos-. Y quedaste inmediatamente inconsciente.

-Lo siento -murmuró Ron, con sinceridad en la voz-. ¿Te duele algo?

-La cabeza -dijo Hermione, soltándose de Harry y tomándose el rostro.

-Madame Pomfrey está atendiendo a Malfoy -comentó Harry, a medida que acariciaba cariñosamente su brazo y Ginny miraba hacia otro lado-, pero apenas se desocupe vendrá a comprobar cómo estás.

-¿Cómo quedó él?

Ron y Harry se intercambiaron miradas cómplices y ninguno dijo nada.

-¿Está vivo, por lo menos?

-Bueno, estuvimos casi de celebrarle un funeral -contestó Ginny, una vez más sin dar vueltas en el asunto-. Pero apareció McGonagall y…

-¡Oh, por Merlín! -exclamó Hermione, mirando a Ron-. ¿Fue muy grave tu castigo?

-¿Mí castigo? -inquirió el pelirrojo, volviéndose a rascar la cabeza.

-Nos castigaron a todos -dijo Ginny, negando con la cabeza como con desaprobación-. Partiendo por Ron y terminando por los que apostaron en la pelea. Todos. Ni siquiera Colin Creevey, quien pasaba justo en ese momento por ahí en busca del baño, quedó fuera del castigo. McGonagall estaba mucho más que furiosa. Menos mal que estabas inconsciente porque luego llegó Dumbledore y Snape para gritarnos aún más. Sin contar que tanto Slytherin como Gryffindor quedaron fuera de la serie de partidos de Quidditch que se juegan en dos semanas.

Hermione hizo el esfuerzo de ahogar un gemido frustrante.

-Cuando Katie Bell se enteró -continuó Ginny-, se puso más enojada que McGonagall y casi arma otra lucha a puñetazos contra Ron y Harry de no ser que Fred y George la frenaron antes. Costó mucho para poder calmarla. Esperaba con muchas ansias el partido de Quidditch.

-Además -se atrevió a agregar Harry-, Dumbledore nos quitó cien puntos a cada casa.

Hermione estaba al borde las lágrimas.

-Muy bien, Ronald -festejó Ginny, con sarcasmo.

-¡Esto no hubiera sucedido si esto no te hubieras besuqueado con Malfoy en pleno pasillo! -vociferó Ron, en defensa.

Y comenzó toda una guerrilla verbal. Claro que Hermione hubiera participado; preguntando, por ejemplo, el porqué Ginny se había besado con Malfoy, pero estaba tan contenta que le dirigiera de nuevo la palabra que no quiso tensionar más el asunto.

Luego de unos minutos de discusión, Madame Pomfrey entró a la enfermería y obligó a los visitantes a salir.

-¡Ya no más visitas! -exclamó, y con ello, Harry, Ron y Ginny debieron abandonar el lugar. La enfermera traía en sus manos varios frascos con líquidos de repugnantes colores y vendas blancas. Las dejó en la mesa de noche de la castaña para aproximarse a ella e inspeccionarla de cerca.

-¿Va a utilizar todo eso conmigo? -preguntó Hermione, señalando las pócimas y las vendas.

-No, no -respondió Madame Pomfrey-. Son para el otro paciente.

Hermione se mordió el labio inferior y quiso retener la pregunta que punzaba en su cabeza, pero terminó por salir de su boca.

-Malfoy, ¿verdad?

La enfermera la miró por unos instantes.

-Sí, para el señor Malfoy.

-¿Cómo está él?

Madame Pomfrey la volvió a mirar por una larga pausa.

-Tiene suerte de respirar -respondió ella. Hermione bajó la vista hasta sus manos.

-¿Dónde está?

-Lo llevamos a otra habitación. Tus amiguitos podrían hacerle algo si lo dejamos aquí. Quisimos evitarnos problemas -Madame Pomfrey tomó las vendas y los frascos-. Pero necesariamente lo tenemos que trasladar hasta aquí. Necesita cuidados intensivos.

-¿Qué quiere decir eso?

-Que pasará aquí la noche, señorita Granger -suspiró la enfermera, como si fuera lo más obvio del mundo.

Hermione asintió para así y se acurrucó entre las sábanas. Cerró los ojos, intentando recordar la pelea a medida que la invadía inexplicablemente un gran cansancio. Imágenes de golpes, sangre y moretones le vino a la mente enseguida, tan claras todas como el agua. No podía dejar de figurarse el rostro herido de Malfoy tornándose de un morado color, a la vez que hacía grandes esfuerzos por a) esquivar el puño izquierdo de Ron; y b) intentar respirar. Y luego, conmemoró un grito sordo y una mano cerrada dirigiéndose ya no más a las blanquecinas mejillas del rubio platinado sino a su propia cara.

Un murmullo y un ruido de pasos la volvieron a despertar más tarde. Eran Madame Pomfrey, el profesor Dumbledore y el profesor Snape, quienes pusieron a una oscura figura en una de las camillas de la enfermería guardando el máximo cuidado. Intercambiaron un par de palabras entre sí y cuando Hermione entreabrió los ojos, ya habían salido por la puerta.

La figura, hecha sombra a los ojos de la castaña, estaba inmóvil y silenciosa. Sólo se movía al ritmo de una acompasada respiración.

Hermione, sosteniendo su cabeza con una mano (pues aún le dolía), salió de su camilla y se puso de pie. Titubeó unos minutos, pero luego de una batalla campal con su yo interior, se arrimó a la extraña y tranquila figura.

Verlo dormir, cuan inofensivo muchacho, con el rostro relajado y pacífico; sin esa mirada turbia y de discordia; sin la cabeza altiva de orgullo sino hundida en su almohada e inclinada hacia su hombro derecho; sin su lengua envenenada de insultos y reproches; sin la sonrisa que fácilmente se volvía malévola o indiferente; le produjo a Hermione una aceleración de su bombear sanguíneo, como si su corazón reconociera que la escena que veía era tan tierna como terrible.

La hubieran llamado loca, pero en su defensa, Hermione no pudo contenerse. El hilo de sus pensamientos se cortó de inmediato y no pudo razonar como lo había hecho hasta ese entonces. Su razón no le permitió relacionar el hecho de que el chico rubio que dormía plácidamente, herido como estaba, en esa camilla era el mismísimo Malfoy, uno de los seres más despreciable de la vida. Eso la llevó a tomar uno de tantos trapos que Madame Pomfrey había dejado en la mesita de noche.

Él abrió los ojos cuando sintió una mano sobre su frente. Se enderezó como pudo y notó la presencia de alguien a su lado, a pesar de estar sumamente adormilado.

-Lo-lo lamento. Habías empezado a sangrar y… -se quedó sin palabras. Malfoy tenía esa reacción en ella tan increíble como tortuosa.

-¿Granger? Por Dios, ¿a qué has venido? ¿A terminar lo que tu amiguito empezó?

-No, no… Te dije que intentaba que dejaras de sangrar -Hermione le mostró el trapo vertido de sangre y Draco entrecerró los ojos.

-¿Por qué? -preguntó. Hermione lo miró confundida.

-¿De qué hablas?

-¿Por qué lo haces? -explicó.

-¿Querías que te dejara desangrar? Quizás debería haber hecho eso -dijo ella, retrocediendo.

Malfoy suspiró.

-Gracias.

-¿Dis-disculpa? -seguramente los oídos de la castaña habían escuchado mal.

-¿Eres sorda, Granger? Te dije que gracias.

Se le dibujó una pequeña sonrisa en el rostro a la castaña, quien se apresuró a susurrar:

-No es que me esmeré demasiado.

-No, no hablo de mi herida -dijo Malfoy, negando con la cabeza-. Sino de la pelea.

-¿Qué quieres decir?

-Gracias por intentar defenderme cuando tu loco amigo me atacó.

-Mi amigo no es ningún loco -Hermione frunció el ceño-. Sólo si no te besuquearas con su pequeña e inocente hermana en un lugar tan público como ese pasillo…

Draco comenzó a reírse.

-En primer lugar, Granger, su hermana no es pequeña ni mucho menos inocente. En segundo lugar, no lo hice porque quisiera: ella me lo pidió.

El ceño de Hermione se frunció aún más luego de escuchar aquello.

-¿Ella te lo pidió? ¿Por qué?

-Para darle celos a Potter o algo parecido. La verdad, me trae sin cuidado. El hecho importante aquí es que Weasley casi me mata a golpes.

-¿Celos a Harry? -ahora la castaña lo entendía. Entendía la distancia de Ginny, su enojo, su silencio, todo. Se sintió como si hubiera armado un rompecabezas que en teoría era fácil pero que le había resultado el más complejo sistema del mundo.

-Sí, a ese idiota.

-¡Oye! Harry no es…

-Sí lo es -afirmó Malfoy, sumamente molesto-. No tienes cómo defenderlo. Sabiendo que la hermana de su mejor amigo está enamorada de él, osa aún así entablar una relación con su mejor amiga. No es que me preocupe, más bien me divierte, pero es indudablemente un acto de un idiota. Sólo un tipo con tal grado de idiotez hace eso.

-Malfoy, cállate -dijo Hermione, volteándose.

-Pero creo que tú te llevas el premio mayor. Aceptar ser la novia de tu mejor amigo, por el que no te sientes atraída en absoluto.

-¿Qué sabrás tú?

-¿Me lo vas a negar? -Draco sonrió.

Hermione se quedó en silencio.

-No sabes nada, Malfoy -dijo, al fin. Y caminó hacia su camilla.

-Quizás no, pero lo que sí sé es que mientras Potter te busca, tú te alejas.

-Has pasado mucho tiempo mirándome, ¿eh, Malfoy? -Hermione necesitaba contraatacar y parecía haber funcionado porque al rubio platinado se le borró instantáneamente la sonrisa-. Si no lo has hecho, ¿cómo sabrías que tengo o no atracción por MI novio?

Disgusto. Disgusto te provoca que diga "MI novio" y lo sabes. No es repudio, no es asco. Sabes, Draco, exactamente cómo se llama. Y ahí estaba sin falta la conciencia del herido.

-No necesito mirarte demasiado para darme cuenta de tus arqueadas cada vez que Potter te toma la mano o intenta darte un abrazo.

Fue el turno de Hermione de sonreír.

-¿Y cómo sabes que Harry hace todo eso? Más aún, ¿cómo sabes que yo reacciono de esa manera cuando Harry se me acerca?

-Vete a dormir, Granger.

Ante tal respuesta Hermione se supo vencedora.

-A mí también me gusta jugar, Malfoy. Así que no me provoques.

Y entre la penumbra de la enfermería, la castaña pudo sentir cómo su sonrisa era correspondida por él.


Madame Pomfrey dio de alta a Hermione a la mañana siguiente. Malfoy, sin embargo, debía quedarse unos tres días más hasta que cicatrizaran de forma permanente sus profundas heridas.

Era un alivio para ella volver a clases y normalizar su ritmo habitual, pero el humor de los gryffindors no la hacía sentir muy cálida y bienvenida. Ron había entrado en una semi-depresión que se acrecentaba cuando alguien de la misma Casa pasaba por su lado y decía "Muy bien, Weasley. Nos arruinaste el año". Harry parecía más bien una pared, ya no se mostraba tan cariñoso con ella, apenas le hablaba y cuando lo hacía se podía notar en su voz un dejo de desinterés; vivía entre molesto, indiferente y hasta preocupado por alguna razón. Ginny, en cambio, había vuelto a conversar con ella y a acompañarla en los recreos como antes, se la veía animada, eso le hacía preguntarse a Hermione cómo mantenía buen humor en un momento tan crítico como lo era para Gryffindor.

En el primer día de alta, mientras atardecía, Hermione decidió dejar a Ron y Harry jugando ajedrez y salió de la Sala Común. Creía que alguno de los dos le preguntaría en medio de un reproche a dónde iba tan tarde, pero ninguno pareció interesarle el asunto y la dejaron ir sin dirigirle la palabra.

Se encaminó entonces hacia la enfermería, mientras hacía el esfuerzo por convencerse a sí mismo que no iba a visitar a Malfoy porque extrañaba su presencia sino porque SÓLO sentía lástima por él y lo ocurrido.

Al llegar, se cercioró que Madame Pomfrey no estuviera rondando por ahí y entró, casi en cuclillas. Se dirigió sigilosamente hacia la camilla de Malfoy y lo encontró leyendo un libro rodeado de pócimas, vendas limpias y soledad.

-Malfoy -lo saludó, para sorpresa del rubio, quien sólo atinó a sobresaltarse-. Tranquilo, no muerdo.

-Lo dudaría -dijo, dejando el libro descansar en su regazo-. ¿Qué haces aquí, Granger?

-Venía a molestarte un poco -sonrió ella, sentándose a los pies de la cama, con cuidado para no sentarse sobre las piernas de Malfoy.

-Bueno, ya lo lograste. Ahora te puedes ir -murmuró y retomó la lectura de su libro.

Pero la castaña no se movió, se limitó a parpadear un par de veces e inspirar profundamente, sin hacer ningún comentario.

-¿No me escuchaste? Te dije que te podías ir. Vete -ordenó, lanzando su libro con algo de violencia hacia la mesita de noche.

Pasos se comenzaron a escuchar aproximándose hacia la oficina. El pánico se apoderó de Hermione; estaba al tanto que no era horario de visitas. Draco intercambió con ella una mirada y la castaña pudo darse cuenta que él pensaba exactamente lo mismo.

-Debajo de la camilla -susurró y Hermione asintió, al mismo tiempo que se inclinó para acostarse debajo de la camilla del slytherin.

-¡Ah, señor Malfoy! -dijo Madame Pomfrey, entrando a la enfermería y aproximándose hacia el rubio-. ¿Aún despierto? Lo voy a revisar y después de eso quiero que apague la luz e intente reconciliar el sueño, ¿puede ser? Usted necesita descansar, nada más le pido.

La enfermera chequeó a Draco de pies a cabeza y, tras anotar todo en una vieja libreta suya, abandonó el lugar no sin antes recordarle que se durmiera lo más pronto posible.

-Ya puedes salir -murmuró el rubio. Segundos después, Hermione estaba de pie a su lado de nuevo-. Ahora hazme el favor y vete.

-No, me quedo -respondió ella y se acercó al libro que Malfoy había estado leyendo cuando llegó-. ¿Misterios en la cumbre? No sabía que leías novelas.

-Y yo no sabía que eras tan molesta. Oh, no, espera. Sí lo sabía -el rubio le sacó el libro entre las manos y señaló la puerta de la enfermería-. Ahora vete.

-Espera… te traje esto -Hermione le tendió una caja con forma pentagonal empapelado con color azul y dorado.

-¿Qué es esto?

-Una caja de Ranas de Chocolate. Sé que Madame Pomfrey no les da buena comida ni remedios a sus pacientes. Esto te sacará el gusto horrible de las pócimas.

-No -el slytherin rechazó el regalo y se cruzó de brazos-. No quiero correr la suerte de salir envenenado.

-No están envenenadas, Malfoy -Hermione volvió a tenderle la caja-. ¿Envenenarte e ir a Azkaban? No hago esas estupideces.

-Está bien. Gracias.

-Wow. Segunda o tercera vez que me dices "gracias" este mes. Has roto un record.

Draco rodó los ojos y abrió la caja. La rana de chocolate encantada saltó de ella a una velocidad tan escalofriante que el rubio no alcanzó siquiera a parpadear. Tanto él como Hermione intentaron cazarla, pero la rana iba de un lado a otro de la camilla como si se tratara del más divertido juego del año.

-Maldita rana -susurró Draco, sentándose en la camilla.

Ambos forcejearon por un momento, en los cuales sus manos y ojos bailaron de extremo a extremo entre resoplidos y quejas. Luego, ocurrido todo en un solo segundo, el slytherin pegó un pequeño salto para alcanzar la rana y Hermione en sentido contrario. Chocaron los dos súbitamente, pero la violencia con la que se había lanzado el rubio platinado fue mucho mayor que la de a castaña, provocando que cayeran los dos de lleno en el suelo.

-Lo siento -se disculpó Hermione, no sabiendo qué hacer ni decir. Draco no respondió, pero su conciencia ya le reprochaba todo su accionar.

Se miraron a los ojos. Parecía la primera vez en sus casi seis años de conocerse que lo hacían con toda sinceridad. Hermione sin miedo ni vergüenza y Draco sin su perversa personalidad. Parecían dos extraños en una casi oscura sala de enfermería en una extraña noche. No más palabras ni amague: no necesitaban escondérselo porque ya era demasiado innegable lo que les sucedía. Y entonces, Draco fue más inteligente y resuelto, acercándose a su rostro y rozando sus labios como una caricia tímida y temerosa. Hermione, en cambio, respondió en tono más profundo e insaciable, gritándole en gestos que le correspondía y que no le tuviera miedo. Sucedió así, por vez primera, una lucha silenciosa.

Ni él ni ella recordaron la rana de chocolate, que en ese instante se escabullía por la puerta de entrada y salía de la enfermería, en forma cautelosa. Tampoco recordaron el beso entre Malfoy y Ginny; ni el noviazgo de Hermione con Harry; ni siquiera las peleas, los combates, los desprecios mutuos. Eran, como ya se dijo, sólo dos extraños que parecían conocerse más de lo debido.

Lo sé. Me deben odiar. Pero la otra vez estaba pasando por acá y vi que había dejado súper inconclusa esta historia. Me dije que estaría bueno continuarla, así que comencé a escribir nuevamente. ¡Sepan perdonar!