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El color de los sentimientos — capítulo 1
POV****Marta
Bajé la cabeza como el condenado a muerte que aguarda la horca frente al verdugo. Me levanté pesadamente, arrastrándome sin ganas, y miré hacia delante: "he ahí mi horca y mi verdugo", pensé. La pizarra negra se me antojaba un pozo de tinieblas, y el señor Roberto era el sicario dispuesto a empujarme hacia su interior.
Llegué junto a mi "estimado" profesor, el cual me tendió una tiza. Me dedicó una cruel sonrisa que mostró todos sus dientes, una auténtica sonrisa de tiburón. Yo, por supuesto, era el pececillo al que ansiaba devorar.
Pero no. Esta vez no. Cogí aire, me armé de valor y le devolví la sonrisa con confianza, con tranquilidad, puede que incluso con gentileza. Tomé la tiza que me ofrecía y, volviéndome hacia la pizarra, empecé a grabar las ecuaciones que me demandaba. Decenas de complicados cálculos, precisamente de esos con los que te rompes la cabeza durante horas y que parecen no tener fin ni objetivo. Pero mi mano escribía las respuestas a mis propios planteamientos sin vacilación de ningún tipo.
En dos escasos minutos, la pizarra mostraba un auténtico galimatías de números y letras, todo para desembocar en una única cifra, apuntada y rodeada en el último hueco libre del encerado.
Me volví hacia el profesor con aire triunfal y le di la tiza. El la cogió en un acto reflejo, distraído, mientras sus ojos volaban veloces sobre mi ejercicio con la boca ligeramente abierta.
-¿Todo en orden, profesor? -pregunté, aun sonriendo, consciente de que estaba dando volteretas sobre la cuerda floja.
El señor Roberto pasó la mirada del encerado a mí y de mí al encerado un par de veces antes de responder.
-Sí. Por extraño que parezca, el ejercicio está correcto. Supongo que al final la influencia de tu hermana habrá logrado sacar a flote el barco hundido que era tu casi inexistente cerebro -dijo con desdén, pero yo no me amedranté ni me dejé picar.
-Puede ser. De hecho, es más que probable. ¿Qué haría yo sin mi hermanita?
-Habría sido una suerte que vuestro hermano Javier se hubiese beneficiado también con esa ayuda que supone tener a alguien como Inés en casa… Retírate a tu sitio, por favor.
Regresé a mi mesa, pisando fuerte. Este último comentario ya me había molestado algo más. Al fin y al cabo, Javi siempre había sacado puros ochos y nueves en matemáticas. ¿De qué se quejaba aquel desgraciado?
El señor Roberto abrió el libro a la vez que la boca, a punto de dictarnos los ejercicios de deberes, pero el timbre sonó estridente desde la planta de abajo, causando un gran revuelo en el aula.
-Salvados por la campana -murmuró un muchacho a mi lado. Sonreí, empezando a recoger mis cosas con deliberada lentitud. Al final, quedé de las últimas en clase, como de costumbre, pero pese a ello me colgué la mochila a los hombros con calma, feliz. El profesor se había vuelto a plantar delante de la pizarra, y repasaba por enésima vez mis operaciones como si no diese crédito a lo que veían sus ojos.
"Es lo que tiene haberse pasado los últimos tres días encerrada con Inés estudiando matemáticas durante horas", pensé; "ay, hermanita, cómo te quiero". Y dando media vuelta, salí jovialmente del aula. Con esa demostración, el siete en la evaluación ya no me parecía tan inalcanzable.
Bajé por las escaleras y alcancé la puerta de entrada… o de salida, dependiendo del punto de mira. Fuera, Inés me esperaba apoyada en una farola, con la mochila en el suelo a sus pies y mirando el reloj con cara de malas pulgas. Alzó la cabeza y, en cuanto me vio, me hizo un gesto que interpreté como "¡Date prisa o te lanzo la mochila!". Le dediqué la mejor y más inocente de mis sonrisas y avancé en su dirección, pero apenas hube dado un par de pasos cuando choqué con alguien, con lo que ambos protagonizamos un aterrizaje forzoso de nuestras reales posaderas contra el frío asfalto.
-¡Descerebrado, mira por dónde vas! -protesté ante el doloroso golpe.
-¡Aplícate el cuento, media neurona! -me replicó una voz masculina y malhumorada. Miré hacia adelante, sorprendida ante la rapidez de la respuesta y dispuesta a dejar en su sitio a aquel fresco, cuando me encontré con una visión que me aturdió: un chico que debía de tener mi edad se frotaba la rodilla, sentado frente a mí y mirándome de mala leche. Tenía el pelo negro brillante, y sus ojos eran del color de la tormenta: gris acuoso, como la pizarra antaña. Era atractivo. Muy atractivo, de hecho…- ¿Qué estás mirando, torpe? -me gruñó, explotando la burbuja en la que me había sumido durante unos segundos. Parpadeé, confusa, pero me rehíce rápidamente y le repliqué, levantándome con tranquilidad:
-Tu cara de idiota. Estaba preguntándome si era la tuya de verdad o solo es una máscara que estás probando para Halloween.
El chico también se puso en pie y, sonriendo burlonamente, respondió:
-No, es de verdad. Quise comprar una máscara realmente aterradora hace un par de días, una que diese tanto asco como tu cara, pero me dijeron que una media neurona había agotado todas las existencias.
Y dicho esto, aquel chico dio media vuelta y se largó, alejándose por la calle a paso ligero con las manos en los bolsillos y una sonrisilla socarrona en los labios que quise borrar de una bofetada.
Apreté los puños con rabia, deseando con toda mi alma acortar la distancia que nos separaba y volarle la cabeza de un puñetazo, pero entonces mi hermana gemela, que sin duda había sido partícipe de la "conversación", se acercó a mí y colocó una mano sobre mi hombro.
-¿Haciendo amigos? -me preguntó con una sonrisa que pretendía ser amable pero que apenas ocultaba su tristeza. Yo sabía que Inés odiaba verme discutir con otra gente. Traté de parecer despreocupada y tranquila cuando respondí:
-Sí, justamente eso: haciendo amigos. Pero creo que ese idiota y yo no haríamos muy buenas migas…
Ella me miró un rato a los ojos, y ambas estuvimos unos segundos en silencio, navegando mutuamente en nuestros ojos idénticos. Finalmente, ella suspiró:
-Venga, anda, volvamos ya a casa. No sé cómo te las arreglas, pero siempre llegamos tarde por tu culpa…
-¡Pero qué dices! ¡Si soy la puntualidad personificada!
Ella rio y tiró de mí hacia adelante, incitándome a caminar, y yo, como hermanita obediente que soy, la seguí.
Sin embargo, sabía que Inés estaba preocupada por mí. Desde que habíamos empezado el bachillerato, un mes atrás, era bastante frecuente que discutiese con otros alumnos, pese a que no solía ser culpa mía. Porque, ¿qué podía hacer yo si la inmensa mayoría de los estudiantes eran tontos de remate? Aunque claro, esto era algo que, al parecer, solo yo entendía…
Realmente, el inicio de mi curso escolar no estaba saliendo como lo había imaginado en un principio.
¡Hola a tod@s! Y, tal y como os prometí, aquí tenéis el primer capítulo de la segunda parte de "El disfraz de los cerezos". Espero de corazón que sea de vuestro agrado, ¡ojalá no os defraude!
Muchas gracias a los que me habéis seguido desde mi primer fic hasta aquí, ¡sois geniales! Y a los que acabáis de llegar, ¡pues bienvenidos, y gracias por darme una oportunidad! Podéis leer este fic sin haber leído la primera parte (cuyo link está en la portada de este), pero tal vez haya puntos de la trama que no comprendáis. Sin embargo, sois totalmente libres de empezar a leer desde aquí.
Un besazo enorme,
MA.A